jueves, 4 de septiembre de 2014

San Agustín: Confesiones - El ayuno y la gula

"Pero Tú, Señor y Dios mío, 
pon en mí tus ojos,
óyeme, 
compadéceme y sáname. 
Porque ante tus ojos 
me he convertido en un problema, 
con tanta miseria" 

(Libro X Cap. XXXIII in fine)





"Nadie debe pues sentirse seguro en esta vida que no es sino una continua tentación, como la llama la Escritura. El que de peor que era consiguió hacerse mejor puede también de lo mejor que es volverse peor, como antes era. La única esperanza que tenemos, la única seguridad y firme promesa, está solamente en tu Misericordia." 
(Libro X Cap. XXXII in fine)



Capítulo XXXI 

Del estado en que se hallaba en orden a las tentaciones de la gula 

1. También el día nos ocasiona otro mal y daño, ¡y ojalá que éste fuera único y solo! Porque todos los días reparamos por la comida y bebida las ruinas que cotidianamente padecen nuestros cuerpos, hasta que llegue el día en que Vos destruyáis, no sólo las viandas, sino también al estómago que las destruye a ellas, que será cuando matéis mi hambre y necesidad enteramente con aquella soberana hartura y vistáis a este corruptible cuerpo de una incorruptibilidad perpetua y sempiterna. 

Pero al presente esta hambre y necesidad me es suave y deliciosa, y tengo que pelear contra este mismo deleite y suavidad, para no dejarme prender y cautivar de ella: esta guerra es cotidiana en los ayunos, pues ayunando con frecuencia para reducir mi cuerpo a la sujeción y servidumbre, sucede que esa misma molestia del ayuno hace después más agradable y deleitoso el alimento. El hambre y la sed son ciertos dolores que incomodan, abrasan y consumen como una calentura, y causarían la muerte a cualquiera, si no se les socorriese con la medicina de los alimentos; como ésta la tenemos tan a mano, por la abundancia de vuestros dones, con los cuales hacéis que la tierra, el mar, el cielo contribuyan y sirvan a nuestra necesidad y dolencia, esta especie de trabajo y calamidad se llama ya gusto y regalo. Vos, Señor, me habéis enseñado que debo usar de los alimentos del mismo modo que de los medicamentos.

2. Porque cuando he de pasar desde la molestia que ha causado en mí el hambre y necesidad a la quietud que causa la refacción, en este mismo paso tiene armados contra mí sus lazos el apetito. Porque este mismo pasar desde el hambre al alimento es deleite y gusto, y no hay otro medio por donde pasar a aquel extremo, al cual nos obliga la necesidad a que pasemos. Y siendo la salud la causa motiva de que comamos y bebamos, se le junta como criada o sierva la delectación peligrosa, y muchas veces quiere ella ir delante como principal, para que se haga por causa de la delectación lo que digo que hago o quiero hacer por conservar mi salud. Pero no tiene la una la moderación que tiene la otra, pues lo que para la salud es bastante es poco para el deleite. Muchas veces no se sabe con certeza si es el cuidado necesario de nuestro cuerpo el que pide el manjar para su socorro, o si es el deleitoso engaño de nuestro apetito el que lo solicita, aunque superfluo: la pobre infeliz alma se alegra con esta incertidumbre, y en ella misma tiene preparada o su defensa o su excusa, alegrándose de no saber con certeza cuánto sea lo bastante para el régimen y conservación de la salud, para que ésta sirva de pretexto, cuando realmente es cumplir el deleite y apetito.

3. Éstas son tentaciones cotidianas que procuro resistir todos los días, e invoco vuestra mano poderosa para que me saque a salvo: os refiero las dudas y congojas de mi alma, porque no sé todavía lo que debo practicar en esta materia. Oigo la voz de mi Dios que me impone este precepto: No se agraven ni entorpezcan vuestros corazones con los manjares ni con la embriaguez (Lc. 21, 34). Pero la intemperancia no pocas se llega, pisando quedito; que tu misericordia la aleje de mí. Porque nadie puede ser continente su Tú no le das la continencia (Sap 8,21).

Muchas gracias y beneficios nos concedéis, porque os lo suplicamos: todo el bien que había en nosotros antes que os suplicásemos, de vuestra mano, Señor, lo habíamos recibido, y este mismo conocimiento también es dádiva vuestra. ... 

4. También, Señor, tengo oída aquella palabra vuestra, en que decís: No sigas tus apetitos y apártate de tu propia voluntad (Ecli. 18, 30). También oí por gracia vuestra otra palabra que fue muy de mi gusto, en que decís: Ni porque comamos tendremos de sobra, ni porque no comamos tendremos escasez (1Cor. 8, 8). Que es lo mismo que decir: Ni lo uno me hará rico, ni lo otro me hará pobre. Otra voz oí también vuestra, en que decís: He aprendido a contentarme con cualquier estado en que me halle: sé vivir con abundancia y sé padecer pobreza. Todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp. 4, 12-13). El que dijo esto es un soldado de la milicia del cielo, que ya no es polvo y ceniza como nosotros. Acordaos, pues, Señor, de que somos polvo, y que en el polvo formasteis al hombre, y que habiéndose perdido, Vos le volvisteis a hallar (Lc. 15, 32). 

Ni el mismo que habló aquella sentencia, inspirado de Vos (que porque hablaba así, me aficioné yo a él -San Pablo-), podía cosa alguna por sí mismo, porque él también era polvo. Todo lo puedo, dice, pero lo puedo en Aquél que me conforta. Confortadme a mí, Señor, para que yo lo pueda todo como él. Dadme lo que mandáis y mandadme cuanto queráis. El Apóstol que decía esto reconoce y confiesa que cuanto tenía lo había recibido de Vos: y así cuando él se gloría, se gloría en el Señor (1 Cor. 1,31). Por otra parte oigo también al Sabio, que deseando conseguir este beneficio, os lo pide a Vos, diciendo: Apartad, Señor, de mí los destemplados deseos de comer y de beber (Ecli. 23,6). De donde se infiere, santísimo Dios mío, que cuando cumplimos vuestros mandamientos, Vos sois el que nos dais la gracia de cumplirlos. 

Vos, Padre amabilísimo, me habéis enseñado que, para los que son puros y limpios, todos los manjares son puros y limpios (Tit. 1, 15), pero que sería malo para el hombre comer de cualquier cosa con escándalo de otros; que todas vuestras criaturas son buenas, y nada se debe desechar para alimento, siendo cosa que se pueda comer con acción de gracias (1Tim. 4, 4): que no es la comida la que nos hace recomendables en vuestra presencia; que ninguno debe juzgar a su prójimo por la especie de manjar o bebida que toma (Col. 2,16); finalmente, que aquél que come de todo, no haga desprecio del que no come lo que él, y el que no come de todo, no juzgue ni condene al otro que usa de todo manjar  (Rom. 14, 3) indiferentemente. De Vos, Señor, he aprendido todas estas doctrinas: por lo cual os alabo y doy repetidas gracias a Vos, Dios mío y Maestro mío, que, además de haberos dignado hacer que oyese vuestras palabras, ilustrasteis mi corazón para entenderlas. Libradme también de todas las tentaciones a que me veis expuesto. 

5. Lo que yo temo no es la impureza de los manjares, sino la impureza de mis apetitos. Sé que Vos disteis licencia a Noé, para que comiese de toda especie de animales que tuviesen carnes saludables y buenas; que Elías también se alimentó de carne; que San Juan Bautista, que practicó una abstinencia admirable, no incurrió en inmundicia ni manchó su alma por alimentarse de unos animalejos tan viles como son las langostas. Sé, por el contrario, que Esaú fue engañado por el destemplado apetito que tuvo de comer unas lentejas; que David se reprendió a sí mismo por el deseo que tuvo de beber un poco de agua, y que el demonio, queriendo tentar a nuestro Rey y Señor, no le propuso que comiese carne, sino, que comiese pan. Y finalmente, el pueblo de Israel, a quien Vos mismo guiabais por el desierto, si mereció ser sorprendido y reprobado, no fue porque deseó alimentarse de carne, sino porque llevado del deseo de este manjar, se quejó y murmuró de su Dios y Señor. Y así yo también, enfrentado a tales tentaciones batallo cada día contra el inmoderado apetito de comer y beber. Pero, Señor, ¿quién será aquél que nunca exceda los precisos límites de la necesidad? Cualquiera que sea, ciertamente, es un hombre grande, y os debe dar gracias y engrandecer por ello vuestro nombre. Yo ciertamente no soy tal, porque sólo soy un hombre pecador, aunque también alabo y engrandezco vuestro nombre, y sé que aquel Señor que triunfó del mundo os pide incesantemente el perdón de mis pecados, contándome entre los miembros débiles y flacos de su cuerpo místico, porque vuestros ojos los ven, aunque sean imperfectos, y a todos los tenéis escritos en vuestro Libro (Sal. 138, 16)

Fuente: "Confesiones",  de San Agustín - Libro X Capítulo XXXI 

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