sábado, 3 de septiembre de 2016

Santo Rosario con meditaciones para la devoción de los primeros cinco sábados de mes


Hora Santa y rezo del Rosario meditado en reparación y desagravio por los ultrajes cometidos contra el Inmaculado Corazón de María. De modo particular, pediremos la conversión y repararemos por quienes niegan o atentan contra los dogmas marianos.


         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).


         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.



MISTERIOS GOZOSOS


        Primer Misterio: La Anunciación del ángel a la Virgen María 

Meditación


       Jesús, Tu Madre Santísima, la Virgen María, fue concebida por la Santísima Trinidad sin mancha de pecado original y por eso su Nombre Primero y más adecuado es “Inmaculada Concepción”, pero como también fue concebida y fue inhabitada por el Espíritu Santo desde el primer instante de su Concepción sin mancha, la Virgen se llama también “Llena de gracia”, de modo que reúne en sí misma la combinación admirable de dos dones jamás hechos a creatura alguna: ser, al mismo tiempo, concebida sin la mancha de la malicia del pecado original y estar inhabitada por el Espíritu Santo. La razón por la cual la Virgen recibió estos dones, fue que Dios Uno y Trino la pensó y la ideó, desde toda la eternidad, para que Ella fuera la Madre de Dios, al concebir en su seno virginal al Verbo de Dios, que habría de encarnarse en la plenitud de los tiempos para redimir al hombre. Puesto que la Virgen debía alojar en su seno al Verbo Eterno del Padre, el Verbo Purísimo de Dios, no podía la Virgen estar contaminada ni siquiera con la más pequeñísima mancha de pecado, y por ese motivo fue concebida como Inmaculada Concepción, para que Ella, Toda Pulcra y transparente, recibiera en su mente, en su Corazón Inmaculado, y en su cuerpo virginal, al Verbo de Dios encarnado. Y fue concebida inhabitada por el Espíritu Santo porque debía alojar al Hijo del Eterno Padre, que junto con el Padre, tanto como Dios que como Hombre, es Emisor del Espíritu Santo, y puesto que debía alojar en su seno purísimo al Emisor del Paráclito, la Virgen debía estar Ella misma inhabitada por el mismo Espíritu Santo, porque el Emisor del Espíritu, el Verbo de Dios, debía encontrar en su seno maternal, al encarnarse, la misma Pureza, el mismo candor y el mismo Amor que poseía en el seno de Dios Padre en la eternidad. Por este misterio de la Madre de Dios, misterio de tu Amor incomprensible e inagotable y por el cual la creaste como Inmaculada Concepción y como Llena de gracia, te damos gracias, oh Jesús Eucaristía, Dios de toda santidad y majestad, y también te pedimos perdón y reparamos por quienes niegan el dogma de la Inmaculada Concepción.      


 Segundo Misterio: La visita de María a su prima Santa Isabel


Meditación


Jesús, la Virgen es llamada “Madre de Dios”, porque te dio a luz a Ti, Hijo eterno del Padre, Persona Segunda de la Santísima Trinidad. La Virgen es Virgen y Madre al mismo tiempo, porque su maternidad no es una maternidad más entre tantas: es la maternidad de la Madre de Dios y la Madre de Dios se convirtió en Madre sin dejar por eso de ser Virgen, porque en la concepción de su Hijo Dios no intervino hombre alguno. Por este motivo, la Virgen, que es Madre de Dios al mismo tiempo, fue Virgen antes del parto y durante el parto y continúa y continuará siendo Virgen por toda la eternidad. No podía, la Madre de Dios, concebir y dar a luz al Hijo de Dios, sin dejar de ser Virgen, porque la Madre de un Dios tan admirablemente puro, majestuoso y excelso, no podía estar contaminada por las impurezas propias del amor humano, sometido a la concupiscencia y a las pasiones. Al dar a luz y convertirse en Madre sin dejar de ser Virgen, María Santísima se comportó de la misma manera a como se comporta un diamante en relación a la luz: el diamante, roca cristalina, atrapa a la luz, la condensa en su interior y sólo después la emite y ésa es la razón de su brillantez; en la Encarnación, la Virgen recibió en su mente, en su Corazón Inmaculado y en su seno virginal, al Verbo de Dios hecho carne, para darle de sus nutrientes y tejerle un cuerpo con su propia carne y sangre, como hace toda madre con su hijo recién concebido, y como su Hijo, Dios encarnado, es la “Luz de Luz”, porque es Dios Hijo que procede del Padre al ser engendrado en su seno, en la eternidad, la Virgen recibe esta Luz divina que es su Hijo Jesús y la aloja en su útero, y la condensa por nueve meses, para luego darla al mundo en el parto milagroso a esta Luz eterna, y puesto que se comporta como un diamante con la luz, la Virgen y Madre de Dios es también llamada “Diamante del cielo”, que emite la Luz divina, Jesucristo, Luz que habría de derrotar definitivamente, de una vez y para siempre, por el Santo Sacrificio de la Cruz, a las tinieblas del pecado, de la ignorancia, de la muerte y del Infierno. Pero la Perpetua Virginidad de María representa para los cristianos, no solo el modelo de la castidad y de la virginidad corporales, necesarios para la vida de la gracia, sino también representa la pureza de la mente, que solo se deja atraer por la Verdad Absoluta del Verbo de Dios encarnado, y rechaza por lo tanto todo error, toda herejía, toda mentira, y toda doctrina gnóstica y pagana, que la aleje de Jesucristo, Verdad y Sabiduría del Padre, y representa también la pureza del corazón, pureza por la cual el alma solo desea amar a Dios Uno y Trino y nada más que a Él, y si algo ama que no sea Él, lo hace en su Amor, por su Amor, para su Amor, y por lo tanto no contamina su corazón con ningún otro Amor que no sea le Amor del Espíritu Santo, y es esto lo que está representado en la Perpetua Virginidad de María. Por este misterio de Tu Madre, que es Madre de Dios y Virgen al mismo tiempo y lo continuará siendo por los siglos sin fin, te damos gracias, oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y también reparamos y pedimos perdón por quienes niegan y combaten el dogma de la Perpetua Virginidad de María, y te pedimos, para ellos y nosotros, una comprensión celestial acerca de este sublime misterio, de modo que podamos contemplarlo y venerarlo en la tierra, y gozar del fruto de su virginidad y maternidad divina en el cielo, Tú mismo, oh Jesús, Dios Hijo encarnado para nuestra salvación. Amén.


Tercer Misterio: El nacimiento de Jesús.


Meditación


Jesús, la Virgen es tu Madre y puesto que Tú eres Dios Eterno por los siglos, la Virgen es “Madre de Dios”, porque Te dio a luz a Ti, en el tiempo, Persona Segunda de la Trinidad. Pero además de ser Madre de Dios, la Virgen es Madre de todos los hombres, porque Tú en la Cruz nos la diste como verdadera Madre celestial, al decirle a Juan: “Hijo, he ahí a tu Madre” (Jn 19, 26) y a nosotros nos hiciste ser hijos de la Virgen al pie de la cruz, cuando le dijiste: “Madre, he ahí a tu hijo”. La Virgen es Madre de todos los hombres nacidos por la gracia a la vida nueva de los hijos de Dios, mediante el bautismo. Al recibir de parte de Jesús este don y este encargo de ser la Madre de todos los hombres, la Virgen nos toma a su cargo y hace con nosotros lo mismo que hizo con su Hijo Jesús: como a niños pequeños recién nacidos, nos toma entre sus brazos, nos cubre con su manto virginal, nos acuna y nos estrecha suavemente, con amor maternal, contra su Inmaculado Corazón, para que escuchemos sus latidos, y para que sus latidos, que laten al ritmo del Amor del Espíritu Santo, nos calman y nos transmiten la paz, en medio del fragoroso estruendo del mundo sin Dios; como a su Hijo Jesús, la Virgen, que es nuestra Madre, nos acompaña a lo largo de la vida, intercediendo por nosotros y concediéndonos todas las gracias necesarias para crecer, como Jesús, “en sabiduría y gracia”, y nos alimenta con Pan y leche: Pan de Vida eterna y la leche de la Sabiduría Divina; durante toda la vida, igual que su hizo con su Hijo Jesús, la Virgen nos acompaña a lo largo del Camino Real de la Cruz, y con su mirada y su amor maternal y celestial, nos ayuda a llevar la cruz hasta la cima del Monte Calvario, para que unidos a la Pasión y Muerte en cruz de Jesús, muramos al hombre viejo, nazcamos a la vida nueva de los hijos de Dios, y viviendo en el amor de Cristo y obrando la misericordia, nos hagamos merecedores de entrar en el Reino de Jesús, e intercede por nosotros, pecadores, en la hora de nuestra muerte, para que Jesús se apiade de nuestras almas y nos conceda la gracia de la eterna salvación, y esto lo hace porque, como toda madre, que desea estar siempre con sus hijos, porque los ama con locura, así también la Virgen, que es nuestra Madre, desea estar con nosotros, para siempre, en la vida eterna, y para eso es que nos ayuda a llevar la cruz de todos los días, siguiendo a su Hijo Jesús. Por este misterio de Tu Madre, que es Virgen y Madre de Dios al mismo tiempo y es también Nuestra Madre amantísima del cielo, te damos gracias, oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y también reparamos y pedimos perdón por quienes niegan y combaten el dogma de la Maternidad Divina de María, y te pedimos, para ellos y nosotros, una comprensión celestial acerca de este sublime misterio, de modo que podamos contemplarlo y venerarlo en la tierra, y gozar del fruto de su virginidad y maternidad divina en el cielo, Tú mismo, oh Jesús, Dios Hijo encarnado para nuestra salvación. Amén.


Cuarto Misterio: Presentación de Jesús en el templo. 


Meditación


La Virgen fue asunta en cuerpo y alma a los cielos, sin pasar por el trance de la muerte, y esto se debe a que su cuerpo y su alma, inmaculados y llenos de gracia, poseían de tal grado el principio de vida divina, la gracia santificante, que no sufrieron la separación, que es lo que ocurre en la muerte. La Virgen no podía morir, y de hecho no murió, sino que fue Asunta a los cielos, y eso se debió a que poseía en tal medida la gracia santificante, que su estado de gracia la condujo, en el instante en que debía morir, de modo inmediato, al estado de gloria. La Virgen pasó del estado de gracia plena en esta vida temporal, al estado de glorificación del cuerpo y del alma en la vida eterna, en el momento preciso en que debía morir, y esto sucedió porque no podía sufrir la muerte, consecuencia del pecado original, Aquella que había concebido en su seno virginal al Dios que es la Vida Increada en sí misma. El hecho de poseer la Virgen, la gracia en un grado que supera infinitamente a ángeles y santos, le permitió vencer a la muerte, consecuencia del pecado, porque la gracia de la que Ella estaba plena y que le había sido concedida en virtud a los méritos de su Hijo en la cruz, es principio vital y de vida divina, y la vida divina de la que hace partícipes la gracia, es infinitamente superior a la muerte. La Asunción de la Virgen, o Dormición, representa entonces el fruto preciosísimo del sacrificio en cruz de Jesús, porque la Virgen venció a la muerte y fue Asunta en cuerpo y alma a los cielos, porque poseía la gracia santificante que su Hijo, Dios eterno, había conseguido para Ella y para toda la humanidad con su sacrificio redentor. La Asunción de la Virgen representa también, junto con la Ascensión de Jesús, el signo de esperanza para los hijos de la Iglesia que peregrinamos en el desierto de la vida, porque así como Ella fue Asunta, así también los hijos de la Iglesia también esperamos, luego de nuestra muerte, ser asuntos en cuerpo y alma a los cielos, para disfrutar el gozo de contemplar cara a cara a Dios Uno y Trino por toda la eternidad. Por este misterio de Tu Madre, que fue Asunta a los cielos en cuerpo y alma, te damos gracias, oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y también reparamos y pedimos perdón por quienes niegan y combaten el dogma de la Asunción de María y te pedimos, para ellos y nosotros, una comprensión celestial acerca de este sublime misterio, de modo que podamos contemplarlo y venerarlo en la tierra y gozar del fruto de su virginidad y maternidad divina en el cielo, Tú mismo, oh Jesús, Dios Hijo encarnado para nuestra salvación. Amén.



 Quinto Misterio: Jesús perdido y hallado en el templo entre los doctores de la ley.


Meditación


La Virgen es Corredentora, porque Ella participó de la Pasión de su Hijo, sufriendo en su alma y en su Corazón Inmaculado todos los dolores que su Hijo padecía en la Pasión y porque Ella, al pie de la cruz, ofreció al Padre a su Hijo crucificado, implorando que acepte su sacrificio por la redención de los hombres. Al participar de su Pasión y al asociarse a su Hijo Jesús a su sacrificio redentor, la Virgen se convirtió, junto con su Jesús,  Redentor de los hombres, en Corredentora, Ella también, de la humanidad. Afirmar y creer en la Corredención de María, no es por lo tanto, detrimento o menosprecio de Jesús; por el contrario, ensalza y exalta a Jesús como Redentor, porque si María nos salva, es porque Jesús es el Salvador. La fe en la Virgen como Corredentora no es, por lo tanto, una mera cuestión devocional: en este misterio se expresa el Amor infinito de Dios, que para salvarnos, no duda en hacerlo a través de una Madre y Virgen; esto quiere decir que Dios nos ama tanto, que para darnos su Amor redentor y salvífico, eligió al amor maternal para unirnos a Él, porque quien tiene a la Virgen por Madre, tiene a su Madre por Salvadora; quien se refugia en el Corazón de su Madre del cielo, no cumple un mero gesto de devoción: al mismo tiempo que ama a su Madre celestial, obtiene la salvación de su alma por medio de su mismo amor maternal, porque la Madre que lo ama, la Virgen, es, además de Madre, Salvadora de la humanidad junto a su Hijo Jesús y esa Madre que refugia a su hijo adoptivo en su Corazón Inmaculado, no dejará de mover cielo y tierra, para salvarlo y conducirlo al cielo. La Virgen es Corredentora además, porque Ella aplastó la cabeza de la Serpiente Antigua, como lo anuncia el Génesis –“Ella te aplastará la cabeza”- y aplasta a la cabeza de la Serpiente, con la fuerza demoledora de la omnipotencia divina, comunicada y participada a Ella por ser la Virgen y Madre de Dios y, por lo mismo, Corredentora de la humanidad. Por este misterio de Tu Madre que, por participar de tu Pasión, por ofrecerte al Padre para la salvación de los hombres y por aplastar la cabeza del Dragón Rojo, la Serpiente Antigua, el Diablo o Satanás, venciéndolo con el poder divino, es Corredentora de la humanidad, te damos gracias, oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y también reparamos y pedimos perdón por quienes niegan y combaten el hecho de que la Virgen sea Corredentora y te pedimos, para ellos y nosotros, una comprensión celestial acerca de este sublime misterio, de modo que podamos contemplarlo y venerarlo en la tierra y gozar del fruto de su virginidad y maternidad divina en el cielo, Tú mismo, oh Jesús, Dios Hijo encarnado para nuestra salvación. Amén.


         Meditación final


         Jesús, debemos ya retirarnos, pero deseamos quedar, sin embargo, ante tu Presencia sacramental, día y noche, y para ello, dejamos nuestros corazones a los pies del sagrario, para que la Virgen, Madre y Maestra de Adoradores Eucarísticos, los custodie y los mantenga libres de las influencias del mundo y de las asechanzas del Príncipe de las tinieblas, y si en algún momento las seducciones del mundo o las trampas del Tentador nos distrajeran de tu Presencia, te pedimos, oh Jesús, que hagas que la Virgen los estreche contra su Inmaculado Corazón, para que sintiendo sus dulces latidos maternales, que a cada latido nos hablan del Amor de Dios, seamos capaces de rechazar todo cuanto nos aparte de Ti, para que así nos encontremos siempre, día y noche, ante tu Presencia sacramental, en el tiempo que nos queda de vida terrena, para luego contemplar tu Santa Faz cara a cara y gozarnos y alegrarnos en Ti, por toda la eternidad. Que la Virgen, que es la Inmaculada Concepción, que es Virgen y Madre de Dios, que es Asunta a los cielos y que es Corredentora, nos conceda esta gracia, por los méritos infinitos de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Amén.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).


         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.




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