miércoles, 18 de enero de 2017

Perdón, Señor

La creación agoniza  ante la humanidad ciega de odios, perversiones y egos en pugna. 

Se siente el peso de tu brazo sobre un mundo que supo ser hermoso, hoy desfigurado por los crímenes de tus amadas creaturas, a las que sin embargo, no dejas de abrazar. 

Y si bien no hay impotencia en tu dolor, ya que un soplo tuyo acabaría en un instante con tanta rebeldía y maldad y "habrá un cielo nuevo y una tierra nueva" (Apocalipsis 21, 1), vos, Señor mío, Rey mío, Padre mío, sosteniéndote en la locura del amor más extremo, te convertiste en el último holocausto. El decisivo. Un holocausto firmado con sangre de linaje celestial. 

En la mayor de las soledades marchaste a la cruz por nuestra causa “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (Juan 1, 11) , fuiste "traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades". Y auqnue "por tus heridas hemos sido sanados" (Isaías 53, 5), lejos de solidarizarnos, nos escondimos de Vos. Desde entonces disparamos caóticamente hacia adelante con la mochila repleta de pecados y cruces a cuestas, con tal de no compartir tu Santa Cruz.
  
Sin tenernos en cuenta ese pecado, abatiéndose sobre tu cuerpo el fragor de la mayor crueldad, Vos solo hablaste para suplicar al Eterno un perdón incomprensible hacia tus asesinos, bajo la absurda excusa de que no sabíamos lo que hacíamos. 

Sabíamos, Señor. Sabíamos muy bien lo que hacíamos. 

Sin embargo, nadie, nunca, ningún ser humano antes o después de Vos se pronunció en tus términos sobre el alcance del despojo y del perdón. 


Perdón, por cuánto te herimos. 

Perdón, por tu gravísima ofensa. 

Perdón, por tus sagrarios abandonados
 al llanto de los ángeles. 

Perdón, por nuestra discapacidad 
para sostenernos en tu Amor.




Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, mi buen Jesús, óyeme!
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos.

Amén.

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