martes, 14 de febrero de 2017

A TU MANERA, SEÑOR (testimonio)



Querido Dios:

La creación agoniza ante una humanidad ciega de odios, perversiones y egos en pugna. El peso de tu brazo, suspendido sobre un mundo que supo ser hermoso, lo alcanza hoy desfigurado por los crímenes de tus amadas creaturas, a las que sin embargo, no dejás de abrazar.

Pienso en cuánto te herimos, en tu gravísima ofensa, en tus sagrarios abandonados al llanto de los ángeles, en mi propia discapacidad para sostenerme en tu Amor... Y quisiera consolarte, darte alivio, que te resulte confortable mi corazón cuando te comulgo, pero no permanezco  ni un minuto en tu Gracia por mí misma. Solo con Vos alcanzo pureza. Y casi siempre ¡me tenés que primerear, Señor!

Si bien no hay  impotencia en tu dolor, ya que un soplo tuyo acabaría en un instante con tanta rebeldía y maldad y "habrá un cielo nuevo y una tierra nueva" (Apocalipsis 21, 1), Vos, Señor mío, Rey mío, Padre mío, prodigándote en la locura del amor más extremo, te convertiste en el último holocausto. El decisivo. Un holocausto firmado con sangre de linaje celestial.

En la mayor de las soledades marchaste a la cruz por nuestra causa “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (Juan 1, 11), fuiste traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. Y aunque por  tus llagas hemos sido sanados (Isaías 53, 5), lejos de solidarizarnos, nos escondimos de Vos. Desde entonces escapamos caóticamente hacia adelante con la mochila repleta de culpas y de cruces, con tal de eludir tu Santa Cruz.

Sin tenernos en cuenta ese pecado, abatiéndose tu cuerpo en el fragor de la mayor crueldad, Vos solo hablaste para suplicar al Eterno un perdón incomprensible hacia tus asesinos, bajo la absurda excusa de que no sabíamos lo que hacíamos (“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” -Lucas 23,34-).

Sabíamos, Señor. Sabíamos muy bien lo que hacíamos.

Sin embargo, nadie, nunca, ningún ser humano antes o después de Vos se pronunció en tus términos sobre los alcances del despojo, del perdón y de la Caridad.

Aun así, no pasa nada  con tu filosofía de vida.

Verás, Señor: seguirte a tu manera (¿acaso hay otra?) resulta extremadamente complicado y agotador. Tu Evangelio es de enorme Caridad, Perdón y Misericordia, sí. Pero es una caridad demencial, una clase de Perdón delirante (perdonar hasta setenta veces siete -Mateo 18, 22-, o sea infinitamente) y una Misericordia sustentada en un fanatismo absoluto ya que siempre se la encontrará, pase lo que pase, hasta que llegues con tu Justicia. 

No, Dios. 

No voy a ir contra toda corriente lógica. No me pondré contra el mundo que me tratará bonito, en tanto no me pronuncie por Vos.

Es decir, dar la otra mejilla cuando ya me pegaron en la primera, amar a los que me hacen daño y rezar por ellos, bendecir a los que me maldicen, hacer el bien a los que me odian (Lucas 6,27-28), domesticar mi corazón para que no recuerde ningún mal y no olvide ningún bien, no acopiar bienes materiales en esta tierra donde la polilla los corroe porque estamos de paso, dar a todos los que me pidan algo… No, gracias. Es desquiciante, ¿no te das cuenta?

Ya sé, Vos nunca dejaste plantado a nadie. 

Pero no, Señor. No me presentaré ante tu Cruz para decirte “sí, acepto”; “Sí, te sigo”. “Sí, renuncio a mí". Lo lamento, no te pedí que te sacrificaras, no me digas que fue por mí.

Tal vez alguna vez me lo piense, pero a poco que lo hago, caigo en la locura. La Cruz es una locura. De Amor, es cierto.  Pero, ¿qué puedo hacer? 

¿Qué querés de mí, por qué no me dejás en paz?

¿Qué te entregue mi vida? ¿Qué te ceda mis heridas, mis flaquezas, mis partes oscuras, mis egoísmos, soberbias y maldades? ¿Por qué lo haría? ¿Mis enfermedades? ¿También mis hijos, mi familia, mi perro, mi casa, mi pasado, presente y futuro? Estás loco, Señor. Mucho más que yo, que sí que lo estoy hace ratote porque… ya no puedo más.

Te propongo un ensayo: te ofrezco por un tiempo mis sueños, todo lo que tengo, todo lo que soy, todo lo que amo, todo lo que recuerdo, todo lo que anhelo, todas mis miserias, desde mi concepción.  Y quiero ver cómo te arreglás con semejante fardo. 

¿Qué si no sé qué cosa? ¡Ah, eso!:

“Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mateo 11, 25-30).

¿Vos pelearás mis batallas, cargándote el peso que me toca? 

¿Es una especie de endoso? 

Entonces, ¡que así sea, Señor!, con tal de experimentar la suavidad de tu yugo y la ligereza de tu carga. Y de hallar descanso para mi alma. 

¡Ah!, pero tendré que pastorear mi corazón para volverlo manso y humilde como el tuyo. Ni idea de cómo… 

¿Vos también te ocuparás de eso? 

En pocas palabras, ¿me domesticarás como el Principito al zorro, por el crisol del amor? 

No tengo objeciones, mi Dios. ¿Cómo podría tenerlas, bajo condiciones tan a mi favor?  

¡Ay, Señor! Pero yo estuve en tu holocausto. Participé activamente, querido Dios.

Escuché claramente en Getsemaní cuando instruiste a los apóstoles: “Velad y orad para no caer en tentación”. 

Transido de aflicción te alejaste como a un tiro de piedra y te pusiste a orar, rostro en tierra, sumido en una angustia mortal. Lágrimas y sudor corrieron por tu cuerpo rompiendo en gotas de sangre que empaparon el suelo.

Vos insistías. A medida que arreciaba tu agonía, más urgente se volvía tu súplica al Padre Celestial para que, de ser posible, alejara de Vos ese cáliz, pero que no se hiciera tu voluntad, sino la Suya. Enseguida bajó un ángel del cielo a confortarte. (Lucas 22, 40-44).

Le habías dicho a Pedro que sentías una tristeza de muerte.

Tu persistencia en la plegaria más triste de todos los tiempos me dejó estupefacta.

Pude ver el enjambre de maldades del género humano, a lo largo y a lo ancho, clavarse en tu cuerpo; presencié cómo te atravesó cuerpo, mente y corazón, el dolor por aquellas almas que de todos modos se perderían, tornando inútil tu inminente matanza, provocando esa mortaja de sangre en que se habían convertido tu sudor y tu llanto.

El sopor del Maligno se coló en los corazones de tus apóstoles y no pudieron permanecer despiertos a causa de la tristeza. 

Yo también dormía, mi Jesús dulcísimo, pero por indiferencia. (Solo mucho tiempo después comprendí el inmenso poder reparador de la penitencia y la oración).

Enseguida llegó Judas a entregarte. Los tuyos se dispersaron. Yo me posicioné en el bando de los que iban a llevar a cabo la más grande traición jamás consumada. Así estaba de endurecido mi corazón.    

Ya en el Pretorio, después de lavarme las manos junto con Pilatos, fui a la columna de tu flagelación y até las tuyas con mis gravísimas faltas. Entre horrorizada e incrédula vi cómo se ensañaron sobre tu cuerpo todos los pecados de la carne, desde Adán hasta el final de los tiempos, destrozando tus músculos y tejidos.

Los soldados, borrachos de maldad, se divertían con Vos; clavaron en tu sagrada cabeza una corona de brutales espinas en la que se albergaba, con gran desparpajo, un mugriento conglomerado de pensamientos de iniquidad, perversión, injusticia y crímenes de toda la humanidad. Vos callabas. Las almas, esas almas por las que tu locura de amor se inmolaba, se burlaban con descaro. Yo no estuve ajena, Señor. También me mofé. Hubo muchas espinas mías en tu sádica coronación. Más de las que pueden soportar mis recuerdos.

Fue entonces que reparé en la  presencia de tu Madre. El agobio de sus lágrimas cayó sobre mi aridez y Ella recogió el vaso abstruso de mi alma. A raíz de mi corazón entumecido por tantos  pecados -que yo pregonaba que no eran tales- apenas lo percibí.

La Babel en que se había convertido el gentío alrededor de tu bestial martirio por las calles de Jerusalén era insoportable. Vos te alejabas con la cruz al hombro fuera de los muros de la ciudad hacia tu último ocaso. Corrí para alcanzarte; fue fácil, el camino al Gólgota era cuesta arriba y tus pasos tan patéticos como lentos. Cuando caíste, exhausto por el peso de la cruz sobre tu espalda lacerada, aproveché para sentarme en el madero, ultrajando así tu padecimiento. No me importó, total ya eras hombre muerto.

De este modo, con la conciencia desligada, llegué sin molestias al escenario final. Ni tu exasperante agonía ni el estrés de tu suplicio me movieron a compasión. Allí me puse híper activa y aporté clavos, martillazos, indiferencia y cinismo, en exceso, Señor. En cambio, me desesperó que te arrancaran la ropa pegada a tus escalofriantes  heridas. Eso me dolió con un dolor sorpresivo, aunque insuficiente. También me golpeó la exhibición de tu sangrienta desnudez. Pero enseguida dejé ese atisbo de sentimiento para participar del reparto de tu ropa y del sorteo infame de tu manto.

Vos quedaste cubierto de sangre y agua por todo abrigo. Yo te evitaba, no quería verte. Entre Vos y yo se desplegaban dos realidades paralelas según la magnitud de mi ego, huérfano de piedad. Pero Vos sí que me miraste, querido Dios. Me miraste a los ojos y me llamaste por mi nombre, incluso. Entonces sentí miedo y fui a entretenerme con las cosas del mundo; esas que aportan justificación y olvido.


 PENSAD EN LA PASIÓN DE JESÚS


 Ya te había marginado de mi vida, cuando un sábado leí un mensaje de tu Madre: “Debéis sacrificaros más. Pensad en la Pasión de Jesús” (parte del segundo mensaje de la Santísima Virgen María en Garabandal, el 18 de junio de 1965).


¡Pensad en la Pasión de Jesús!

Justo lo que no quería recordar. Justo lo que me perturbaba por escandaloso y demoledor.

Instintivamente repudié esas palabras. Sin embargo, instintivamente también, me dije: “podrías rezar un Rosario”. Pero había olvidado cómo era y hube de buscarlo en internet. Andaría por el décimo Ave María del primer misterio Gozoso, cuando aquellas lágrimas de tu Madre permearon mi espíritu amurallado. Me vi frente a su Corazón Inmaculado y mi realidad se tambaleó como un beodo. Quedé sobrecogida y recordé, con la mirada perdida en los flecos de tu sangre, cuánto la había amado en mi niñez, cuando mi corazón era inocente y puro. Ese mismo que ahora tronaba enloquecido saltándose del pecho y que dolía como si un puñal lo retuviera. Sorpresivamente me encontré empapada en lágrimas torrentosas. Un calor fuerte me abrasó por dentro y lloré amargamente muchas horas en el regazo de tu Madre, Señor, que también es mi Madre.

Ella, María, la llena de Gracia, tomó mi arrepentimiento, mi dolor y mis miserias y los transformó en oleadas de bendiciones y consuelos extraordinarios. Sucedió en una tarde, en unas horas y en un día que eran de Ella. En esas pocas horas, cuatro o cinco, Ella me dio a luz, sanó mis heridas y simplemente, ya no fui la misma persona, a partir de esas horas y de ese día. 
 
Pero antes de esto, cuando me entretuve con las cosas del mundo, trajiné caminos de extravío y perdición. Aunque estimé, entonces, que por fin era feliz. ¿Paz? Bueno, no. La  vida está llena de conflictos.

Dijo la Santísima Virgen en La Salette que “la verdadera  fe se ha extinguido y la falsa luz alumbra al mundo” (Aparición de la Santísima Virgen el 19 de septiembre de 1846 en La Salette-Fallavaux, Francia, a los pastorcitos Maximino y Melania). Una atractiva y depravada luz, una luz bella. Luzbel.

La falsa luz resulta irresistible. Nos envuelve con dedos de terciopelo, pero oscuros, el alma y nos sumerge en una irrealidad creíble, confortable, que en verdad no es más que una calle sin salida de sueños rotos.

Me volví irreverente y arrogante, no te necesitaba. Desde este lugar sobra decirte que ya casi nadie habla de Vos, ¿sabés? Y los que lo hacen son tildados de retrógrados, fanáticos, o son blanco de comentarios como: "Y bueno, se aferró a la fe, ¡pobre!"

En orden al asunto de tu Pasión, con el tiempo se convirtió en leyenda. Una leyenda sobre la cual no valía la pena volver, ni revisar, ni nada que abriera la posibilidad de tornarla  actual.


Dos mil años después (O cómo te crucifiqué)


En la escuela de mis hijos, ¡otra vez el crucificado! No lo digo por Cristo, nunca abominaría de Él, no. Pero, ¿qué tiene que ver la cruz? Es traumática. ¡Ojalá los chicos no le presten atención! ¿Qué clase de desquiciados replican esta imagen morbosa  por todas partes? Y ojo que yo creo en Dios. Pero el crucificado es un espectáculo denso. Sí, ya sabemos, conocemos la historia hasta el hartazgo (¿la conocemos...?). Pero paremos la mano con la cruz. ¡A quién se le ocurre!

A vos, Señor. La ocurrencia es toda tuya. El resultado es todo mío. Y la ganancia también. Porque transité tu Vía Dolorosa sentada en el madero que llagó tu Santo Hombro. Yo no sufrí un rasguño. Mi peso lo cargaste con mis circunstancias, maldades y enfermedades. Ya en el Gólgota, me uní a los soldados y fariseos: "¡Eh, vos! Vos, que decís que sos el hijo de Dios, ¿qué estás esperando para hacer un milagro más y bajar de allí? ¿O fueron puros trucos del demonio para los desesperados?". En realidad no me interesaba conocer la respuesta. Me fui a seguir con mi vida, decidida a olvidar ese espectáculo vergonzante. No entendí nada ni quise entender.

Sinceramente, me aburría escuchar de Vos. Y si me insistían un poquito, me sacaban de quicio. La falsa luz... Es tan cálida y placentera que la defendía con uñas y dientes. ¡No me la quiten! "nadie cede gratuitamente los espacios ganados". (¡Y yo defendiendo tan mortal cautiverio!). Que se arrodillen ante tu cruz los fanáticos, los fundamentalistas y los ignorantes. Pero que se callen la boca, que celebren sus trasnochados ritos detrás de puertas bien cerradas. Me daban pena y rabia. Más rabia que pena. Menos mal que me salí de ese abominable hecho perdido en la noche de los tiempos; hoy un formidable anzuelo para los débiles de mente, los reprimidos y los frustrados. Chiflados con pretensiones de conquistas post mortem. ¿Quién en su sano juicio les podría dar crédito?

¡Sacramentos! Otra extravagancia. Otra atadura al eficaz recurso de la culpa que garantiza una adicción enfermiza y grave. El culto a la razón es el mejor detente. Si voy a inclinarme ante un dios, que sea mi raciocinio. Voltaire, Diderot: ¡Marchons! Yo hago que suceda. No soy títere de entidades improbables. Es tan claro el asunto. Tan evidente... Los veo cuando salen de eso que llaman Misa. Hay que estar muy fuera de eje, muy atormentado o desahuciado para creer todo lo que te dicen que sucede en la Misa. En forma invisible, obvio.

Por suerte a mí no me agarran. Sí creo en que algo nos generó, digamos. A mi manera, desde ya. ¿Qué si hay cielo, resurrección, reencarnación, o nada? Ni idea. Nadie volvió para contarlo.

Bueno, no. Vos sí que volviste, Señor.

Pero, ¿quién abonaría tal cosa? Pueden ser inventos de la iglesia. Con tanto poder, ¿cómo no defender sus propias fábulas? En esta época, lo que no es visible no existe. (¿Seguro? ¿No dijo Saint Exupéry en “El Principito” que “lo esencial es invisible a los ojos”?  Y si Dios es lo esencial, el autor lo tenía claro: “Porque Tú eres, Señor, la común medida de uno y otro. Eres el nudo esencial de actos diversos” - Final de “Ciudadela”, de A. de Saint Exupéry).

Es así, Señor. Pasaste de moda, el intelecto que nos regalaste desacreditó tanto tu persona como tu historia. Ni hablar de tu supuesta divinidad. Solo los niños, un tiempo breve en la primera infancia a veces te invocan, quizás porque aún recuerdan que fueron soñados en tu Corazón (Salmo 139:13,15. Gálatas 1:15). Pero llegado el uso de razón y su cultivo, chau Dios.

No es nada personal, pero mirá, nos avergüenzan tus signos, Jesús.

 Adornamos orgullosos nuestros espacios más íntimos -o nos vestimos- con símbolos, talismanes e imágenes de los que desconocemos su historia y significado y que suelen provenir de prácticas ocultistas de tiempos remotos.

Menos a Vos, Señor, recurrimos a cualquier cosa o persona cuando estamos en apuros. Recorremos chamanes, tarotistas, videntes, médiums, adivinos, magos, hechiceros, yoguis, astrólogos, gurúes y toda clase de mancias a fin de solucionar nuestros problemas. Así, metemos al mismísimo Satanás en casa y en nuestro cuerpo. Después no nos explicamos por qué nos suceden y se nos replican ciertos raros infortunios. A tu Santa Cruz la sacamos por lo menos de nuestra vista, en el mejor de los casos. O la mezclamos con las cosas del Diablo, poniendo ataduras a tu Señorío. (Le decimos que No a tu Cruz que es nuestro pasaporte al Cielo para la eternidad, ¡ay, si seremos necios!). “Multiplican sus dolores lo que siguen en pos de extraños dioses” (Salmo 16,4).

Acá estamos para pasarla lo mejor posible sin perjudicar a nadie, nosotros somos dios. A nuestra manera, ya que estamos, también tenemos poderes propios, Señor. ¿O no viste la New Age de cuyos ingredientes ignoramos todo, empezando por sus orígenes? Especialmente ignoramos su condena expresa por Vos cuando nos mandás “no practicar encantamiento ni astrología, ni hacernos tatuajes, ni dirigirnos a los nigromantes, ni consultar a los adivinos, haciéndonos impuros por su causa” (Levítico 19, 27-31). No obstante lo tragamos completo con una ingenuidad casi mística, solo porque es una moda que enaltece nuestro ego. Y porque da resultado, claro. Ya se sabe que Satanás es tu mona, te imita en todo y es capaz hasta de sanaciones, aunque después pagaremos un precio brutal por otro lado, ya que “es homicida desde el principio” (Juan 8, 44). En la Sagrada Biblia está todo clarito, clarito. (Deuteronomio 18, 9-14). Pero casi nadie la toma en serio.

Nada más seductor que el atractivo centrifugado de la Nueva Era junto con tus Verdades, de cuya ecuación se obtiene un batido demoníaco preciosamente enmascarado y gustoso, mucho más digerible que seguirte solo a través de tu irritante Evangelio, Señor y, por eso mismo, más tentador: nos coloca en la errónea y fatal idea de que igual estamos con Vos. O peor, de que somos como Vos. Cuando en realidad estamos contra Vos y por tanto, sirviendo al que “vino a robar, matar y destruir” (Juan 10, 10), en ese orden.

Pecamos contra Vos con los bienes de tu Creación, colocándolos por encima tuyo con prescindencia de Vos, Señor. ¡Qué loco! Muy descarado está Satán en esta época donde todo va peor que nunca, patas arriba, pese a las vibraciones cósmicas que ostentamos en términos de energías que ni idea de donde vienen.

Pese a la conciencia cósmica del universo, novísima suerte de anti creencia, invocación y bendición atea con tal de no nombrarte a Vos, Dios, creador del Universo y de la Tierra, sobre la  que tus pies descansan como su escabel (Isaías 66,1). Debiera ser al revés, si esas cosas provinieran de Vos, ¿no? Y, como lo que no viene de Vos, “en quien los demonios creen y tiemblan” (Santiago 2, 19)… Ya ves. Nadie quiere enterarse de esto. Yo tampoco quería.

Fuerte es la arremetida de Lucifer y muy tenaz nuestra flojera para replantearnos nada, con tal de evitar traerte al escenario, Dios. Obstinados, impenitentes, vamos contra Vos comandados por lobos que ya ni se toman la molestia de camuflarse de corderos.

Desdeñando tus muchos y cada vez más urgentes avisos, insistimos en que al fin y al cabo no somos malos. Nada más no te necesitamos, Señor. No a un Dios que nos ponga mandamientos y nos cuide. Vos quedate allá en tus comarcas celestiales y dejame acá abajo en mi paz. No en tu paz, que mirá si me cuesta algo raro.

Yo sí creo en Vos. A mi manera. Así que conformate, escuchame cuando te pido algo, y hasta la próxima. No abomino de vos, sino de la historia que me encajaron tus consagrados y los que se la pasan en tus templos. Y de lo que califican de "pecado". Mirá, me saca de quicio la sola palabreja. Significa ir contra vos, dicen. "Ir contra Dios, voluntariamente". Sin embargo no siento que voy en tu contra por no concurrir a la iglesia, por ejemplo (aunque estás vivo en el Sagrario). Por el contrario dejé atrás un peso, un formalismo que no me sirve. El mundo se volvió más ancho y complaciente, estoy relajada y estimo que las cosas que se supone vienen de Vos no puede colocarme en tu contra por disfrutarlas fuera de tus mandamientos. Poco a poco mis límites interiores ceden y soy más flexible e inclusiva. Me libré de doctrinas piadosas y arcaicas; extirpé de mi camino abstenciones supuestamente ofensivas a Vos. Al fin, llegué a la equívoca conclusión de que muchas cosas me las enseñaron mal, solo porque así justifico mi estilo de vida. (“Ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella”: Mateo 7,13).

Olvidé que Vos, Señor, no te mudás. Sos el que Sos. (Éxodo 3, 14).

¿Los diez mandamientos? ¿El famoso Decálogo?: 1) Amarás al Señor, tu Dios, por sobre todas las cosas y no tendrás otros dioses aparte de Mí. 2) No dirás el nombre de Dios en vano; 3) Santificarás las fiestas; 4) Honra a tu padre y a tu madre para que tus días sean alargados sobre la tierra que el Señor tu Dios te da; 5) No matarás; 6) No cometerás adulterio; 7) No robarás; 8) No darás falso testimonio contra tu prójimo; 9) No consentirás pensamientos ni deseos impuros; 10) No codiciarás los bienes ajenos (Éxodo 20, 3-17). Son prehistoria. Otra sociedad, otros mandatos, tabúes, nada que ver con la actualidad. Debieran interpretarse simbólicamente. Rescato no matar y no robar como pilares morales de todos los tiempos. El resto es pasado, no encajan, Señor, con la vida de hoy.

 “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros así como yo los he amado” (Juan 13,34).

Así, de pronto he abolido tu Nueva Alianza sellada y firmada con tu Sangre preciosa en mi beneficio, otorgándome rango de heredera tuya. He rechazado ese rango y me aprovecho de tu herencia, mientras pretendo negar que es tu Aliento el que nos sostiene y mueve  el Universo.

Tampoco soy más feliz ni tengo más paz. Hay niños sin padres originales juntos, en cada casa. Hay muchas casas, pero pocos hogares. Porque si sigo solo mis sentimientos no estoy yendo hacia el amor sino hacia el placer. Que suele ser el altar donde se sacrifica el amor, empezando por nuestros hijos. A veces incluso solemos matarlos antes de nacer, si nos importuna su llegada. Ni los animales lo hacen. Por cada aborto se multiplican los espíritus luciféricos. “La sed de sangre del demonio no se ha apagado con la muerte del Hijo de Dios en el Calvario. Su odio al Hijo de Dios se extiende a los nuevos hijos de Dios y a las que pueden ponerlos en el mundo, las mujeres encintas (Padre José Mª Montiu de Nuix). Cada aborto es una ofrenda a los demonios de las vidas soñadas y programadas por Vos. Es el peor crimen contra Vos, Dios, apunta derecho a tu Corazón. Sin embargo esta matanza de los inocentes está amparada por regímenes legales.

Tal vez el amor sea cuestión de responsabilidad, de voluntad, a fin de evitar los daños colaterales, se me ocurre. Entonces descubro que deviene positivo no ceder a los impulsos. Porque el amor es tender un puente hacia el otro, no para conquistarlo sino para ser uno con él en Vos Señor: “Y si alguien puede prevalecer contra el que está solo, dos lo resistirán. Un cordel de tres hilos no se rompe fácilmente”. (Eclesiastés 4,12).

En cuanto al mandamiento “no cometerás adulterio”, ya lo advertiste: cuando me uno a otro a través del sexo, aunque sea circunstancialmente, me estoy fusionando con toda su historia y no tendré el control de los resultados de tales uniones. Bien claro dejaste que evitemos la fornicación, que “cualquier otro pecado cometido por el hombre es exterior a su cuerpo, pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen, sino que han sido comprados, ¡y a qué precio! Glorifiquen entonces a Dios en sus cuerpos” (1Corintios 6, |3-20). Para peor, no me interesa saber, me es suficiente con ese placer pasajero aunque ofrende mi cuerpo a los espíritus inmundos. ¡Qué baratos le resultamos a Satanás! “Mi pueblo es destruido por falta de conocimiento” (Oseas 4, 6). Así, esas historias ajenas pasarán a gravitar en mi vida con sus tormentos y cautiverios, me guste o no, ya que todo deja consecuencias. Porque decretaste que los dos serán una sola carne (Génesis 2, 24). Prescindiendo del tercer cordel, o sea de Vos, fácilmente seremos derribados.

En fin, Señor, el asunto es que tarde o temprano nos alcanzará el caos que sembramos y entonces clamaremos tu auxilio. O peor, te culparemos por los males que supimos conseguir.

Admiro tu paciencia, ¿sabés, Dios?

Dijo también la Santísima Virgen en La Salette que “Ya no hay almas generosas ni persona digna de ofrecer la víctima sin mancha al Eterno, en favor del mundo”.

Es que está todo tan pervertido, Señor, que ni siquiera nos percatamos de lo esencial. Nada es malo, todo vale y da igual. Esto es patente de reciente brillo legal, como la ideología de género, que apunta a tus planes primordiales, en cuanto has dicho “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza…  Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios le creó, y los creó hombre y mujer.” (Génesis 1,26-27); solo en el hombre y en la mujer la diferencia sexual lleva en sí la imagen y la semejanza de Dios.

O la eutanasia, la eugenesia, el aborto… ¿Sabemos realmente a qué nos conducen estas novedades? Van directo contra tu Voluntad, contra tus planes específicos de vida, Señor, de la que sos exclusivo Autor. (1Corintios 6, 9-11).

Nos rebelamos contra Vos temeraria y groseramente. Con el agravante de que en el rumbo de la ideología de género robamos la inocencia a los niños sin inmutarnos. La violación a la pureza primigenia e íntima de los pequeños, indefensos ante tan letales doctrinas, también goza de legalidad jurídica.

“Después dijo Jesús a sus discípulos: "Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños. Por lo tanto, ¡tengan cuidado!” (Lucas 17, 1-3).

Terrible amonestación la tuya, Señor. Igual marchamos contra Vos sin miramientos, en una novedosa y más perversa crucifixión. “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7, 16). Hay que quitarte del medio, a Vos que sos Dios. A Vos, que si retirases tu aliento fenecería toda forma de vida conocida.

Avanzamos despejándole el terreno a los espíritus malignos, a su príncipe Satanás que posee el control y derecho legal sobre estas infamias y lo usará para llevarse las almas que adhirieron a ellas. Peleará con contundencia a la hora de la muerte con gran posibilidad de ganar la pulseada ya que, a diferencia de nosotros, conoce muy bien las Escrituras.

No te dejaremos alternativa ante las elecciones que efectuamos en vida, Señor, a sabiendas de que íbamos contra tus preceptos más sagrados. Salvo que en algún momento, antes de la muerte, volvamos el corazón a Vos, a tu manera, querido Dios.

Por mucho menos sucumbieron bajo tu santa ira Sodoma y Gomorra (Génesis 19, 1-26). Pero no nos interesa conocer esa historia. Lo que no nos conviene lo negamos, enseguida le ponemos rótulo de “leyenda” y a otra cosa.

Cuando nos demos por enterados ya estaremos bien encadenados y con el alma perdida, vendida al acusador infernal. No importa, total su mayor logro es hacernos creer que no existe. Yo estaba convencida. Y pagué con mis hijos, en mi pertinaz ignorancia.

“La familia que reza unida, permanece unida”. Suena milagroso. Una familia unida. La última que recuerdo es la mía, la que supieron formar mis padres. No la que no supe hacer yo.

Claro que “Todos los pecados del mundo entero, desde el principio de los tiempos hasta el fin de los tiempos, juntos, no son nada más que una gota de agua en el mar de la Misericordia de Dios, si me arrepiento de corazón” (Santa María Faustina Kowalska). Es decir que si, desde la demolición de mi arrepentimiento, imploro tu Misericordia, Vos, Señor, mi Dios, revertirás todo mal y me darás una vida nueva. Porque grande es tu fidelidad y siempre cumplís tus promesas. Porque no hay nada imposible para Vos. Además es manifiesta tu amnesia respecto de los pecados confesados y perdonados, simplemente dejaron de existir.

También en La Salette expresó la Virgen que estás muy ofendido por la deserción de nosotros, tus hijos, en cuanto a santificar los días consagrados a Vos. Y que esa deserción pesará mucho en el juicio particular.

Es que entretenidos como estamos en el prisma de la falsa luz, tu sed de almas nos tiene sin cuidado, Señor.

“Tengo sed”, repetís desde la Cruz. Y te alcanzamos el vinagre de nuestros pecados con tal de callarte. Sin embargo Vos, Señor de la Paciencia, conociendo que también tenemos sed, nos esperás, desbordado de misericordia.

¡Seguro que necesitamos de coloquios con Vos, Padre!

Así, si cada seis días de alternar por el mundo obedezco tu tercer mandamiento y el domingo lo dedico a estar con Vos, a escucharte y a contarte mis cosas, en fin, a pasar con Vos un rato de intimidad espiritual, necesariamente voy a desacelerar. Tu paz y algo tuyo voy a llevarme en ese milagro llamado Misa en la que Vos sos el Sumo Sacerdote, el Altar del Sacrificio y la Víctima propiciatoria, a la vez y en el mismo instante. Porque Tu Palabra no vuelve sin dar fruto (Isaías 55,11). Empezaré a gozar por adelantado de esa cita nuestra, a esperarla, a desear tus ternuras más seguidas, todos los días, de ser posible. Tal como hacías con nuestros primeros padres, antes que se rompiera el vínculo divino con Vos, antes que sobreviniera la muerte. Por entonces Vos paseabas y conversabas con tus hijos y ellos disfrutaban de esos encuentros al abrigo de una Creación que por cierto, es hermosa; no hay artista que haya podido mínimamente arrimarse un poco a su belleza e inteligente armonía. 

Si dos que te sienten así se unen, difícilmente se separen porque serán como una soga de tres cuerdas. ¿Es por eso que prometiste también que cuando dos o más se reunieran en tu Nombre, estarías en medio de ellos? (Mateo 18, 20).

Pero antes debo optar por Vos libremente y sin reservas. Porque viniste por mí, por los pecadores, amándonos tal como somos, aunque aborreciendo el pecado. En cuanto volvemos el rostro a Vos, de inmediato nos abandonan los harapos de la indigencia espiritual, Vos mismo te encargás del vestuario interno de los que te buscan de corazón. Porque de lo único que no sos capaz, querido Dios, es de odiar.

Ante la intimidad así afirmada con Vos, en Vos y por Vos, tus otros mandamientos se caerían de maduro. No digo que seremos santos por propia iniciativa –solo Vos podés hacernos santos- pero sí que correré a pedirte perdón de rodillas, Señor mío,  cada vez que te falte. Y lo haré a tu manera, no a la mía, porque sería un martillazo más en tu santa carne y ya no quiero tener nada más que ver con tu martirio y tu muerte atroz. Solo deseo abrazarte y decirte que “Sí, acepto mi cruz. Sí, quiero seguirte. Sí, renuncio a mí”. Aborrezco mi rebeldía y llevarte la contra; quiero ser obediente. Obediente a Vos como una niña "Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mateo 18,3).

Claro que yo sola no llego ni hasta la esquina, dependo enteramente de tu Santa Voluntad, mi Dios. Sin embargo, algo inesperado sucedió en medio de este insólito proceso, Señor: me enamoré perdidamente de Vos.

Ingresé a tu Amor y su puerta selló mi entendimiento tal como lo conocía. Debí reaprender mi vida bajo tu Luz, Camino y Vida porque “nadie va al Padre sino por Vos” (Juan 14, 6). Debí desaprender lo viejo mediante disoluciones terminantes y dolorosas. Hube de renunciar a secuencias de estafa; había comprado quimeras, fuegos fatuos e intrigas cuya malicia no se detecta en la impureza. Intrigas que me traspasaron invadiendo corazones muy queridos por mí. Mas esta clase de renuncia es carnada de cuchillas recelosas, blanco de comerciantes invisibles en la clandestinidad de las tinieblas, donde desespera el lazo del cazador. También es piedra que lastima, pero solo al principio. Después es roca que refunda, piedra angular, casa que permanece.
   
Yo me pronuncio públicamente por Vos, querido Dios “Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo” (Mateo 10, 32). No quiero anidar debajo de una mesa con tu luz, “no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa” (Mateo 2, 15). Ojalá a través de este indigno y malogrado instrumento puedas dar a conocer tu Palabra, contagiar tu Amor y la fe; que todos te reconozcan y doblen sus rodillas. “Porque al nombre de Jesús toda rodilla se dobla en el Cielo, en la tierra y en los abismos” (Filipenses 2, 10).

Los resultados con arreglo a seguirte a mi manera devinieron en un desastre, fue pura rebeldía, fue ponerme por encima de Vos, gritarte: “¡No te serviré!”, como una vez lo hizo el ángel rebelde antes de caer como un rayo del Cielo (“¡Cómo has caído del cielo, oh lucero de la mañana, hijo de la aurora! Has sido derribado por tierra, tú que debilitabas a las naciones” Isaías 14, 12). ¡Ah, no! Mi casa y yo te serviremos, Señor. Te paso el control de mi vida. Tomalo, por favor, querido Dios.

Me opuse a tus cosas por enojo en principio –así entra Lucifer en la vida, ladinamente, por las heridas emocionales no sanadas, por la falta de perdón- y después por el puro placer de desobedecerte, por la violencia que la soberbia ejercía en mí sutilmente, con el Diablo al timón, hasta llegar a encadenarme cada vez en pecados más graves, al punto que al final no me quedó mandamiento sin vulnerar. Y aunque ya me perdonaste, ¡hay que ver cómo pesan, Señor! No se me escapa que a quien mucho se le ha perdonado, mucho habrá de reparar.

Ya no quiero darte la espalda, querido Dios, ni a las cosas que vienen de Vos, porque son para mi propio bien, ese bien que con mi orgullo y raciocinio no supe conseguir ni siquiera un poco; solo sembré y coseché, desde que te di la espalda, calamidades y males al por mayor. Te los entrego, Señor. Los dejo a los pies de tu Santa Cruz para que dispongas de ellos según tu voluntad. Te agradezco infinitamente que no me hayas quitado la vida antes de conocer tu Amor, porque iba a morir en pecado mortal y Satanás vendría a recogerme. Así de sencillo.

Tus sacramentos, tan criticados por mí, fueron sin embargo en las horas amargas, el más eficiente escudo contra los planes destructores del adversario. Esos mismos que les negué a mis hijos, por obstinación maligna, ya que no puedo alegar desconocimiento en mi defensa. Me dediqué a poner en duda todas y cada una de tus verdades. Así me fue. Y a mis hijos, la mayor amargura en la que estoy crucificada, aunque con Vos como solícito y delicado Cirineo del Santo Abandono.  

Ay, Jesús dulcísimo, cuánta basura te traigo en mi regreso. ¿No te dije “Gracias, Señor?” ¿No? Pues no me va a alcanzar lo que me quede de vida, aunque viva añísimos, para reparar tanto error, ni para decirte suficientes “gracias, Señor, mi Dios”. Gracias también por los Sacramentos instituidos por Vos, en verdad constituyen una formidable defensa contra los ataques de los espíritus infernales.

Vos, Señor, lo primero que me regalaste fue otra mirada sobre mi misma. Me diste una vida nueva, nacida de tu Santo Espíritu, y no de la carne. Sentí el viento pero no supe de dónde venía ni a dónde iba. Ahora comprendo ese pasaje de la Biblia que con gran ternura le explicaste a Nicodemo (Juan 3, 3-8). También entiendo las parábolas del Tesoro y de la Perla (Mateo 13, 44-46). ¡Es justo mi historia de encuentro con Vos!

Y pensar que unos días antes de volverme hacia Vos y gozar de tu indescriptible y amorosa intimidad, pronuncié mis últimas palabras en tu contra: “Jesús y yo, nada que ver”. Espero que te hayas reído de mi estupidez y no llorado, querido Dios, porque tu semilla ya estaba plantada en mi alma.

Cuando la Santísima Virgen María, a cuyo corazón está firmemente atado el mío, abrió las compuertas, entraste en mi vida con la fuerza de un tsunami. Nada ni nadie te detuvo. Me abrazaste y perdonaste antes que yo dijera: “perdoname”. Me pusiste ropa nueva y me acogiste en tu casa, que es tu corazón, donde por fin pude descansar al abrigo de tu calidez y dormir dulcemente, sin sobresaltos, en tu pecho. La sensación es justamente la de que regresé a Casa.

Lástima que Satanás, cuando advierte que nos va a perder, se encarga de que pequemos con enorme saña a fin de que después la conciencia nos remuerda y la amargura de ese recuerdo, ya en tus brazos, nos ensombrezca el alma. Pero no debemos discutir con las tentaciones sino escondernos de inmediato en tu Corazón Misericordioso. (Diario la Divina Misericordia en mi alma, Sor María Faustina Kowaslka, Numeral 1.760). Porque Vos también te cargaste estas cosas en la Cruz.

Hoy no consigo entender cómo pude estar tan ciega durante tanto tiempo, tan obstinada en la persistencia de una maraña de errores regidos por la vanidad y sentimentalismos presentados en lindos envoltorios por el Maligno, bajo el disfraz de ángel de luz, cuyo precio es enorme. Porque desparramé esos errores por todas partes como un cáncer agresivo, en las personas que más quería y quiero. Esa es la especialidad de Lucifer, el último zarpazo: nos hace sus sirvientes, nos envía hipnotizados como zombies a perder a otras almas en quimeras que deleitan, como el veneno fatal se enmascara en el más irresistible y exquisito dulce, hasta formar legiones. Porque el Mal nunca anda solo, la complicidad anestesia las conciencias. ("Mi nombre es Legión, porque somos muchos". Marcos 5, 9).

Ahora te encargo, Señor mío y Dios mío, a todas esas personas y te suplico: “Jesús, Hijo de David, ¡tené piedad de ellas! Jesús, sánalas. Jesús, sálvalas, Jesús, libéralas. Si Vos lo hacés, ellas quedarán verdaderamente liberadas. Jesús, ¡tené piedad de mi familia, tené piedad de mis antepasados, tené piedad de mi árbol genealógico! Tené piedad del mundo entero”.

Servite de mí, Señor. Según tu Palabra se haga en mí tu santa voluntad, Señor, mi Dios, mi Amor Eterno.

Servite de mí en la Caridad, por sobre todo otro don, Señor. Así te lo pido. (1ra.Corintios 13, 1-13). Porque, si después del regalo de esta milagrosa restauración no soy capaz de verte en cada uno de mis hermanos cualquiera sea; si no soy capaz de colocar mi corazón en el suelo, ese suelo regado por tu sangre preciosísima para que los pasos de los demás transcurran en un ligero vuelo hacia el conocimiento de tu Amor, entonces te habré crucificado de nuevo. Y eso ya no lo resistiría. Espero en Vos, en el don previo de la Fe, en que me vacíes de todo lo que no viene de Vos y me llenes de tu Amor a fin de que mi servicio sea tal que Vos vivas en mí y no yo. (Gálatas 2, 20).

Jesús, vos que sos carpintero, tomá la nudosa madera de mi alma y librala de impurezas. Dale forma, la que quieras. Nivelá, lijá, cortá, pegá, lustrá, hasta que te quede una talla recién nacida a tu Gracia.


Epílogo I


Ya sé, mi dulce Amor, que veré milagros y frutos impensados. Como una de las veces que regresé al Gólgota a fin de menguar tu martirio. Entonces, encontrándote en la piedra de la Unción todavía con la corona de espinas, quise inhibir ese dolor postrero. Metí despacio la mano en ella para sacarlas suavemente, con el propósito de besar las llagas que te dejaron. Pero en vez de sangre ¡mis dedos quedaron empapados de miel! De las llagas de las espinas, de entre la espinas, ¡solo extraje miel! No conseguí quitarlas porque me colmaste de tanta dulzura mientras mis ojos iban atónitos de tu Santa Faz a mis dedos llenos de tu miel que…no sé cómo explicarme, Señor. Tan grande es el misterio de tu Amor. Solo sé que ya no puedo moverme muy lejos de tu Pasión.

Comprendo que el combate más trascendente recién empieza. Que es escarpado el camino que lleva a tus vergeles. Que esta lucha finaliza en el último minuto del último día y que entonces ganará en intensidad. La diferencia es que no estoy sola, Vos estás conmigo. Y, una vez en la cima, las glorias de Tu Edén serán inimaginables, ya que  nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman (1ra. Corintios, 2, 9).

Vos me esperás, como en Emaús, cálido y atento. Y yo, siempre ignorante, arrebatada por una tierna corazonada, te diré: “Quédate conmigo, porque está atardeciendo, y el día ya ha declinado” (Lucas 24, -35). Me esperás en la tierra de la que mana leche y miel (Levítico 20, 24), donde el lobo descansará junto al cordero y un niño los pastoreará (Isaías 11,6) y no habrá más lágrimas ni rechinar de dientes. La muerte será un recuerdo vencido (Apocalipsis 21,4). Ya no veremos como a través de un espejo sino que te veremos cara a cara (1ª.Corintios 13,12), mi Dios, mi Amor eterno, mi Completud, mi tierno Autor.

La Nueva Alianza brillará así en la tierra como en el cielo. Pero ahora mismo, no sé cómo, su amoroso Sumo Sacerdote se alojó con sus delicias en mi corazón. Solo temo, Jesús mío, que no sea lo suficiente suave para que en él reclines tu cabeza, tan malherida por mis iniquidades. ¡Lo siento mucho, querido Dios!

Te amo mucho, Dios. Me gusta decirte Dios.

Tengo un Dios. ¡Quién lo hubiera dicho!


Epílogo II

Egoísta, soberbia, presuntuosa, impaciente, imprudente, narcisista, intolerante, yo fui todo eso y mucho más. Y todavía lo soy “como lo somos todos; pero ninguno está solo, nunca, ni siquiera en la desesperación o en la oscuridad. Dios está con nosotros. Dios es más hermano que ningún hermano, más amigo que cualquier amigo, más amante que ningún amante”. (San Agustín).


Señor, no permitas que jamás me separe de Vos. No permitas que caiga en pecado mortal. No permitas que muera en pecado mortal. Esta petición la hago extensiva a mis hijos y a todas las personas que perjudiqué durante el largo tiempo en el que te di la espalda.

Del Rosario




Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, mi buen Jesús, óyeme!
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos.
AmEn.

2 comentarios:

  1. ¡Bravo! Felicito a la autora. Hay momentos sublimes, poéticos, de una gran belleza y amor a Dios, que transitas de forma suave; otros resultan casi hirientes, sin duda por ver reflejado nuestra propia miseria, nuestra propia seducción por el mundo, nuestra propia forma de amar a Cristo, pero a nuestra manera... nuestra propia rebeldía a quien lo dio todo por nosotros. En algunos puntos me ha emocionado, pues parecía recorrer un camino conocido.

    Con tu permiso, lo comparto.

    Qué Dios te bendiga.

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    1. Muchas gracias, querida amiga. Aunque que me feliciten por este texto me resulta agridulce, doloroso. Hubiera preferido no tener que escribirlo nunca. Por supuesto que entiendo el sentido de tus palabras reconfortantes, mucho, por cierto. Lo único que espero es que su lectura sirva a muchos para no llegar tan lejos. Aunque a Jesús no hay abismos que se le resistan, no nos hace falta conocerlos. Gracias de nuevo. Que Dios te bendiga también, copiosamente.

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