lunes, 22 de julio de 2019

Orad sin cesar

Frente a la grave corrupción del mundo presente y a la frecuencia e intensidad de los ataques contra la fe, es incomprensible la desconexión con el Dios vivo, porque separados de Él, cualquier ídolo inmundo se adueña de nuestro corazón, sellando nuestra vida por la mediocridad y el absurdo.

Tres cosas son indispensables para salir de este estado de cosas: una vida de oración, formación permanente y pertenencia viva a una comunidad donde se enseñe y se viva la fe. Es una triste ilusión pensar uno que porque tiene claras las ideas con eso va a defenderse de los ataques del mundo y las seducciones del mal.

Por su parte, María Santísima no se cansa de de repetirnos cómo debemos combatir la batalla espiritual:

ORACIÓN,
Rezo diario del Santo Rosario original completo
(Misterios Gozosos, Dolorosos y Gloriosos)
PENITENCIA,
AYUNO,
ADORACIÓN AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

FRECUENCIA DIARIA DE LA SANTA MISA Y LA EUCARISTÍA,

CONFESIÓN UNA VEZ AL MES (al menos),
LECTURA DIARIA DE LA PALABRA DE DIOS,





domingo, 21 de julio de 2019

La Reparación, alma de la Consagración al Sagrado Corazón de Jesús




La reparación, alma de la consagración



La reparación surge como el movimiento natural de la consagración al Sagrado Corazón; y además constituye el principio vital que la anima y la consuma. Si la consagración es como el abrazo a Cristo, la reparación es el corazón con el que se abraza.
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Por algo en común llevan todos –o la gran mayoría– de los escritos de los papas del s. XX: la llamada insistente y ardorosa de volver a Cristo. Entre todos sobresale especialmente la Miserentissimus Redemptor de Pío XI. En medio de las dos guerras mundiales, cuando el hombre soñaba con instaurar la paz por medio de su diplomacia o la fuerza militar, el Papa señala un camino del todo distinto: el amor reparador a Cristo, tal cual lo pidió Él mismo en Paray-le-Monial. Hoy queremos recordar esta famosa encíclica para renovar en nuestros corazones la llamada de los pontífices y profundizar en el concepto de reparación, especialmente en su relación con la consagración al Sagrado Corazón.
Primero definiremos la consagración, luego la reparación para terminar relacionando ambas según la doctrina de la Miserentissimus Redemptor.
Consagración
Cuentan que un famoso médico logró llegar hasta el Padre Pío para mostrarle su tesis doctoral de investigación científica. «Este es el mayor fruto de mi vida, la obra a la que he consagrado todos mis esfuerzos». El Padre Pío le miró y le reprochó, gritándole lleno de furia: «¡esa es la obra de tu vida! ¡esa es la obra de tu vida!» Y así lo despidió.
Ese día aquel hombre descubrió que el cristiano (y todo hombre) ha sido llamado a consagrarse a una obra mucho más grande que un trabajo científico. El contraste de esta anécdota es la consagración al Sagrado Corazón; la dedicación más preciosa y fructuosa que puede hacer el hombre.
La consagración al Sagrado Corazón es aquel acto en el que la persona se ofrece de manera firme y estable por amor al mismo amor de Jesús y a su obra salvadora.
No se equivocaba quien la comparaba al canapé en la bandeja dispuesto a ser alimento del comensal. La vida queda dedicada y orientada establemente al amor de Cristo, del cual el Sagrado Corazón es símbolo excelente. No queda sacralizada como la vida consagrada pero sí dirigida en todos sus actos al Señor: sello de pertenencia al Señor, que ha de ir renovándose y actualizándose en el tiempo. Como dice la Miserentissimus Redemptor: «la piadosa y memorable consagración con que nos ofrecemos al Corazón divino de Jesús, con todas nuestras cosas, reconociéndolas como recibidas de la eterna bondad de Dios» (n. 4).
Todo lo cual no sólo se aplica a la persona singular sino también a todo lo humano que deriva de ella y le sirve a su fin sobrenatural: familia, sociedades intermedias, estado etc. Por eso el papa León XIII consagró la humanidad entera al Sagrado Corazón y muchísimas autoridades sensatas han seguido su huella consagrando las instituciones que están bajo su mando.
La reparación
Si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, se sigue espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al amor increado» (MR n. 5). A la consagración sigue la reparación, pero antes de ver la relación entre ambas debemos definir qué quiere decir reparación.
La reparación de Cristo y nuestra reparación
El acto reparador por antonomasia lo realizó Cristo en la cruz y se renueva en cada misa. El pecado del hombre ofende la majestad infinita de Dios, por eso dice el Catecismo sobre el pecado original: «En este pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios: hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto, contra su propio bien». Realmente todo pecado es un acto u omisión por el que nos alejamos de Dios y nos convertimos a las creaturas atentando contra la llamada del Creador. Por lo mismo, aunque sólo puede pecar una creatura libre como el hombre o los ángeles, sólo lo puede sanar Dios mismo, pues supone una ofensa a su infinita dignidad.
La Trinidad no nos abandonó en el drama del pecado.
Decidió libremente la salvación de los hombres a través del camino de la encarnación y la cruz. La sabiduría de Dios envió al Hijo para que haciéndose uno con los hombres en la naturaleza fuera capaz de ofrecer un sacrificio digno del perdón, y así: «Aquel que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros a fin de que en Él nosotros llegásemos a ser justicia delante de Dios» (2 Cor 5, 21)
Respecto al acto reparador de Cristo, la Iglesia advierte un doble error: el de Pelagio y el de Lutero. Pelagio interpretó la cruz como un bonito ejemplo para alcanzar por las propias fuerzas naturales la virtud y la justicia; como si el hombre por sí mismo pudiera merecer ante Dios. Pero san Pablo nos dice otra cosa: «todos pecaron y están privados de la gloria de Dios y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Rom 3, 22-24). La redención se realiza por los méritos de Cristo (especialmente en la cruz), no por las fuerzas humanas.
Lutero, por otra parte, interpretó la cruz como el lugar maldito en el que Dios hizo justicia descargando su ira sobre el Hijo. El esquema es de sustitución: en vez de los hombres, muere el Hijo en su naturaleza humana para calmar la ira del Padre; así merece para la humanidad la no imputación» de la culpa del pecado.
Desde esta mirada, cruz quiere decir maldición y no debe ser ni aceptada ni menos abrazada; la Iglesia no participa –ni debe participar– del misterio de la cruz. Pero san Pablo también sale al paso de este error en la misma Carta a los Romanos: «fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fi de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6, 4).
La comprensión profunda de la cruz supone sin duda entender que de ella nos viene la justicia, sin embargo, no en la línea de la «sustitución legal» sino del «sacrificio vicario solidario» ¿Qué quiere decir este concepto? Un sacrificio es un acto de culto a Dios, una ofrenda para Dios que conlleva una víctima en orden a satisfacer por los pecados del mundo y restaurar las relaciones entre Dios y los hombres.
Se dice vicario porque la Víctima es el Cordero inmaculado que carga con los pecados de los hombres y merece para ellos ante el Padre. Solidario, por último, porque no excluye del sacrificio, sino que por misericordia llama a la Iglesia a participar en su acto de justicia y amor. La cruz es signo inequívoco de que Dios «nos amó primero» y también de que nos une a la construcción de su Reino en el ofrecimiento junto a Él en amor y en justicia. No es que el cuerpo agregue algo al acto de Cristo, sino que en virtud de la vida nueva recibida en el bautismo «completa en su carne lo que falta a la pasión de Cristo»; es decir: se hace un nuevo Cristo (cf. MR 7).
A esta participación del hombre en el misterio de la cruz la llamamos reparación. El movimiento natural que brota del don del Padre: el corazón nuevo, justificado y lleno de su gracia. La marca del carácter y la gracia bautismal nos introducen en el cuerpo de Cristo e infunden en nosotros el mismo amor de la Cabeza, el Espíritu Santo. El Espíritu Santo «inflama nuestros corazones en las ansias redentoras del Corazón de Cristo», cumpliendo así el doble deber de justicia y amor que mueve a la reparación: justicia por la expiación de nuestros pecados («por mis pecados Cristo va a la cruz»), amor por la unión a la expiación de los pecados del mundo. (cf. MR 5)
La cruz no es para el cristiano lugar de maldición sino lugar de la mayor bendición: donde se realiza en esta vida la íntima unión de amor con Dios, aquello que permite que «ofrezcamos de veras nuestras personas y obras en unión con Él por la redención del mundo» (ofrecimiento de obras).
Reparar a Cristo
El Papa no sólo se refiere a la participación en el misterio de la cruz sino, como es lógico y casi evidente, a la unión con el mismo Cristo, recordando la insistente invitación de amor del Señor en Paray-le-Monial.
Pero no se trata de lamentación forzosa y lastimera sino de acompañar al Maestro en el drama de su sacrificio. El alma reparadora no tanto se compadece como padece -con Cristo-, lo cual significa sencillamente contemplar y adentrarse en el misterio del dolor y desgarro de la noche de Getsemaní, donde se manifestó especialmente la sed de Jesús por las almas. Al mismo tiempo el alma reparadora entiende que de una manera distinta y misteriosa este deseo de almas permanece vivo en Cristo Resucitado. En quien, por cierto, no hay dolor ni sufrimiento, pero sí «ansias redentoras». Ansias de las que participan los santos; por eso santa Teresita decía sin problemas que pasaría su Cielo haciendo bien en la tierra. La reparación se hace consuelo para el Corazón de Cristo y junto con cumplir la exigencia de la justicia se abre al amor y a la unión afectiva.
Como dice Pío XI estamos obligados a reparar por «justicia, en cuanto a la expiación de la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas y en cuanto a la reintegración del orden violado; por amor, en cuanto a padecer con Cristo paciente y «saturado de oprobio» y, según nuestra pobreza, ofrecerle algún consuelo» (n. 5).
Síntesis: la reparación, alma de la consagración
Se sigue espontáneamente otro deber». Es decir, la reparación surge como el movimiento natural de la consagración al Sagrado Corazón; y además constituye el principio vital que la anima y la consuma. Si la consagración es como el abrazo a Cristo, la reparación es el corazón con el que se abraza. Porque todo abrazo necesita de un corazón que quiera abrazar, sino será falso y engañoso; sin olvidar que el mismo abrazo mueve también a más amor (sea en quien ya ama o en otro que mira el abrazo desde la distancia).
La reparación es la misma consagración hecha vida por el amor; por ella las potencias afectivas y espirituales del hombre se unifican en la entrega primera de la consagración, para que todas obren al unísono con el obrar reparador del Corazón de Cristo.
¡No olvidemos el deber de sentir con el Corazón de Cristo! La reparación responde perfectamente a la consagración al Sagrado Corazón porque precisamente esta consagración tiene por objeto el amor de Dios en Cristo y la reparación el amor en acto, es unión afectiva y espiritual.
Un paso más: la verdadera reparación obtenida
¿Por qué el Papa al comienzo de la encíclica dice que en la consagración del mundo de León XIII del año 1899 presentía (como se presiente el árbol en la semilla) la plenitud del Reino de Cristo? Sin referirse explícitamente a esta cita, Juan Pablo II nos da la respuesta en su homilía de Paray-le-Monial: «De este modo–y ésta es la verdadera reparación que pide el Corazón del Salvador–, sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, podrá ser construida la tan deseada civilización del amor, el Reino del Corazón de Cristo».
Así como nuestras consagraciones personales y familiares están llamadas a conformar un corazón reparador que siente con los sentimientos del Salvador, así también el mundo entero consagrado ya al Sagrado Corazón está llamado a unirse al acto reparador de Cristo, a consolar a su Rey sirviéndole y, en definitiva, a hacer viva su consagración en todas sus estructuras e instituciones (al presente tantas veces al servicio del pecado). La encíclica deja ver esta esperanza del Pontífice, que hoy nos alienta también a nosotros en medio de las difíciles luchas por extender el Reino de Dios en medio de un mundo apóstata.
Conclusión
Finalmente, después de mirar a la Virgen (maestra de la entrega sincera y completa), el Papa hace práctica y concreta su enseñanza doctrinal con una pequeña oración reparadora.
«Entre tanto, como reparación del honor divino conculcado, te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre, la Virgen, de todos los santos y de los  fieles piadosos, aquella satisfacción que tú mismo ofreciste un día en la cruz al Padre, y que renuevas todos los días en los altares» (MR n. 15).
La reparación se hace vida en actos concretos de amor, especialmente la misa y la adoración al Santísimo, que nos introducen de lleno en el mismo acto reparador de Cristo, también en la oración y trabajos cotidianos, en el amor al prójimo y en todo acto unido al acto reparador de Cristo por el amor sobrenatural.

Francisco Recabarren, seminarista, Hdad. HHNSSC (será ordenado sacerdote D.m. el próximo 7 de julio)
Publicado en Revista CRISTIANDAD, mayo 2019.
Fuente: Infocatólica

La urgencia de la Reparación en los mensajes marianos

LA URGENCIA DE REPARACIÓN EN LOS MENSAJES MARIANOS



¿Queremos amar de veras a Dios? Dos cosas hace el amor: procurar a quien se ama todo el bien de que carezca, y librarle del mal que sobre él pesare. Con el apostolado le procuramos a Dios el bien, le damos las almas; con la reparación le libramos del mal, lavamos Su divino honor de las manchas que le infieren los pecados. Sí, debemos saber que puede una injuria borrarse, dando una satisfacción. Y ¡cuántas podríamos darle no sólo por nuestros pecados, sino por los infinitos que cada día se cometen! Las mismas oraciones, sacrificios, acciones de cada día y propaganda entusiasta que sirven de apostolado, sirven de reparación si con esa intención se hacen, ¡Que reines Jesús, perdónanos nuestras deudas! Porque reines, y por lo que te ofendemos, han de ser jaculatorias que siempre estén en nuestros labios. Dos oficios principales tuvo Jesús en su vida terrestre: el de apóstol, que funda el reino de Dios, y el de sacerdote y víctima que expía los pecados de los hombres. Dios quiere que los mismos tengamos nosotros y pretende hacer de cada hombre una copia exacta de Jesús, un pequeño redentor. ¡Qué sublime y qué honroso para nosotros!  

Mensajes de Jesús y María en San Nicolás, Argentina:
29-12-86               1059
Veo a Jesús, desde el medio de su pecho sale una gran Luz blanca.
Me dice: Mira, este es mi Corazón, herido por la indiferencia de los hombres.
Nada será tan terrible como muchos temen, si las ofensas a Dios son reparadas.
Tus hermanos deberán nutrirse espiritualmente, deberán amar a mi Corazón golpeado tan crudamente.
Pido amor a Dios y no desprecio, sin amor a Dios, desaparece el hombre, si hay amor a Dios, perdurará el hombre.

12-6-87                 1197 
Gladys, ora por el ateísmo, para que no se extienda. Ora, por la persecución, que está sufriendo la Iglesia.  Ora, por la flaqueza espiritual de tus hermanos. La acción misericordiosa del Señor es tan grande, que llegará; todo consiste en la oración, en la reparación. No cesaré de pedir a mis hijos: Dejad ya de ofender a Dios.
Bendito sea El.

6-11-87                  1293 
Es constante mi preocupación por todos mis hijos; es por eso que intervengo, es por eso que necesito almas reparadoras, perseverantes en la oración y confiadas en el Amor de Dios.
Ora hija mía, por las almas  alejadas  del  Corazón de Jesús.
Alabado sea.

24-9-88                   1522 
Veo a la Santísima Virgen, me dice: Cristo Jesús, Cordero sin tacha, Corazón Purísimo, Redentor del mundo, que lavó con Su Sangre, los pecados de los hombres. ¡Tanto Amor encierra Su Corazón y tanto dolor!
Amado sea por todas las almas, porque siendo amado, serán reparados los ultrajes que recibe.
Si es amado, Su Amor, descenderá copiosamente sobre las almas.
Gloria al Señor.
Hazlo conocer.

2-6-89                    1666 
Más tarde veo a la Santísima Virgen. Me dice: Me dirijo a todos mis hijos: El Sagrado Corazón de Mi Hijo, quiere ser consolado; mucho Amor hay en El.
Sed conscientes del Gran Amor de Jesús; sed conscientes de que ha llegado la hora en que los agravios a Su Corazón, deben ser reparados.
Ha llegado la hora de que comprendáis que muy Grande es la Gracia, para que la dejéis escapar.
Podéis retenerla, si sois generosos, si hay humildad, caridad y capacidad de amar en vuestros corazones.
Si hay verdadero amor a Dios, hay verdadera entrega a Dios,
Las Glorias sean a El.
Predícalo.

22-9-89                   1713 
Tengo una visión. Veo gente, violencia, sobre todo en gente joven y miseria, mucha miseria; todo pasa muy rápido frente a mis ojos.
Enseguida veo a la Santísima Virgen; me dice: Los pueblos están sufriendo los más graves estragos producidos por los mismos hombres.
Hija, quiero reparación por todo lo que es ofendido el Señor; en estos tiempos muchas son las ofensas que diariamente recibe.
Clame el alma a Dios, y tendrá Dios, Misericordia del alma.
Gloria a Dios Todopoderoso.

 13-10-89                   1731 
Gladys, hace hoy seis años que hablo contigo; seis años que a todos mis hijos, sin excepción les pido: Amor a Dios, oración, conversión.
Os pido amor a Dios, ya que como verdaderos hijos de Dios, debéis amarle.
Os pido oración, porque la oración es reparadora, consuela y anima el espíritu.
Os pido conversión, porque el alma alejada de Dios, con la conversión, vuelve a Dios.
Lucho por vosotros, almas de Dios, con Mi Corazón Ardiente de Amor.
Las Glorias sean al Salvador.
Predícalo.

3-1-90                    1782 
Hijos míos: Os llamo a una vida conforme a la Voluntad de Dios.
Responded a Mi voz, que crece a medida que crece también la necesidad de reparar las ofensas a Mi Hijo.
Estáis siendo invitados a orar. Sed generosos en vuestra respuesta.
Sed obedientes a la Madre que viene en vuestro auxilio.
Las Glorias sean al Señor.
Hazlo conocer.

11-2-90                (Nuestra Señora de Lourdes)               1804 
Hijos míos: Os invito a vivir paso a paso Mis indicaciones:
Orad, reparad, confiad.
Benditos los que buscan en la oración, un refugio para sus almas.
Benditos los que reparan las graves ofensas que le son inferidas a Mi Hijo.
Benditos los que confían en el Amor de esta Madre.
Todo aquel que confíe en Dios y en María, estará a salvo.
Gloria a Dios.
Predícalo.

Palabras de Jesús a Sor Natalia Magdolna:
Jesús contestó así a los que no creen que Él pueda enviar mensajes:
–Sacerdotes míos, que Me aman, ¿cómo pueden creer que Yo no pueda enviarles mis palabras para que las almas mejoren? Yo les dije: “Estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). ¿Puedo estar inactivo cuando estoy con ustedes? ¿Puedo estar mudo cuando sé que mis palabras pueden salvar miles de almas? ¡Puedo desenmascarar a los falsos profetas y lo haré! Si no pudiera, ¿cómo puedo ser el Dios de amor, luz y providencia? He pedido arrepentimiento hasta con los primeros hombres: Adán y Eva. He pedido arrepentimiento por medio de mi precursor, Juan el Bautista. ¿No les he puesto Yo mismo el ejemplo de reparación y vida de sacrificio? Esta es la razón por la que permanezco en los sagrarios, para llevar a las almas al amor y a la penitencia. ¿No es esto por lo que todavía vivo entre ustedes en los templos, en donde consuelo al Padre celestial tan ofendido? Entonces, si Yo mismo bajo hasta ustedes con tan noble gesto, ¿por qué se apartan de Mí?

Unos días más tarde, después de la sagrada Comunión, Jesús me dijo: “Si mis sacerdotes pudieran ver al mundo a la luz de la verdad, verían que lo he conservado solamente por las obras de reparación de los justos. Las oraciones y reparaciones de los justos mueven mi Corazón a tener misericordia con mi pueblo y a disminuir los bien merecidos castigos”. 

Dijo Jesús:
–Muchos que intentan hacer reparación, lo hacen imperfectamente. En algunos casos aún la mentira puede entrar. Hay un solo camino seguro: unir su esfuerzo de penitencia con mi Madre Inmaculada. Con Ella la reparación será perfecta. Aún si la oración y penitencia están hechas con distracciones, cansancio y otras cosas, serán corregidas por la ayuda y la fe de la Madre Inmaculada.

–Yo aceptaré las oraciones y penitencias de tu pequeño grupo de oración. Su esfuerzo de reparación Me es agradable, porque en la luz de sus imperfecciones ustedes pidieron ayuda a mi Madre Inmaculada. La oración y la reparación traen muchísimas gracias del cielo, ¡pero son tan raras! 

El Salvador una vez me dijo: “Maldecir es como una flecha ponzoñosa que hiere mi Corazón. Hija mía, Yo quiero que tú hagas reparación por las maldiciones y las blasfemias contra mi Nombre; de esta manera Yo te daré una flecha de oro”. Entonces Jesús me enseñó la siguiente oración:

Alabanza, veneración,
amor y adoración
sean dados al Santo Nombre de Dios
por todas las creaturas que viven en el cielo,
en la tierra y debajo de la tierra.
Especial adoración y alabanza
sean dadas al Divino Nombre de Jesús,
presente en todos los sagrarios,
y también a su sagrado Corazón
y al Inmaculado Corazón de María.
Oh mi Jesús,
deseo que tu amorosa sed de amor
por las almas sea siempre satisfecha,
y que todos los corazones de los hombres
Te amen y Te consuelen. Amén.

–Deseo perdonar al país de mi Madre, si encuentro suficiente número de almas reparadoras. Tengo mis planes para esta nación. Hagan penitencia y reparación, de manera que Yo no me vea forzado a aniquilar este país. Deseo perdonarlo. Quiero que el dulce aroma de reparación surja de este país y se eleve hasta mi Corazón. Esto debe empezar en Hungría y extenderse a todo el mundo. Quiero purificar el país de mi Madre, quiero bendecirlo y abrazarlo con mi Corazón.


FORMAS DE HACER REPARACIÓN:
- Acto de Amor. (Repara 1.000 blasfemias cada vez que se reza)
- Hacer horas santas de adoración a la Eucaristía y estar a junto al Sagrario.
Ofrecer pequeños sacrificios, pequeñas renuncias, mortificaciones, ayunos y otras oraciones.
- Aceptar y ofrecer con amor nuestros sufrimientos y enfermedades.
- Cumplir nuestros deberes de estado con espíritu de reparación.
- Hacer todos nuestros actos, hasta los más comunes e insignificantes, por amor a Dios.
Compadezcámonos del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María y démosles amor, amor y más amor, para reparar la ingratitud de los hombres.
Anote en el TABLÓN DE REPARACIÓN las reparaciones que quiere realizar usted
Nota: Se ofrece todos los días una Misa para que podamos cumplir con estas reparaciones anotadas en el Tablón.

Dijo la Santísima Virgen al Padre Gobbi, del Movimiento Sacerdotal Mariano:
Rubbio (Vicenza), 21 de agosto de 1987
Memoria litúrgica de San Pío X.
Mensaje dado de viva voz durante el Rosario


Madre de la adoración y de la reparación
“Hijos predilectos, estoy contenta de que hayáis subido aquí como niñitos que se dejan llevar en mis brazos maternos.

Haceos cada vez más pequeños, dóciles, puros, sencillos, abandonados y fieles.
¡Qué grande es la alegría que siente mi Corazón de Madre cuando os puedo conducir a todos como homenaje perfumado y precioso, para ofrecérselo a mi hijo Jesús, realmente presente en el Sacramento de la Eucaristía!

Yo soy la Madre de la adoración y de la reparación.
Junto a cada Tabernáculo de la tierra está siempre mi presencia materna.

Ésta compone un nuevo y amoroso Tabernáculo a la solitaria presencia de mi hijo Jesús; construye un jardín de amor a su perenne permanencia entre vosotros; forma una armonía celeste que le rodea de todo el encanto del Paraíso, en los coros adorantes de los Ángeles, en la oración bienaventurada de los Santos, en la sufrida aspiración de tantas almas, que se purifican en el Purgatorio.

En mi Corazón Inmaculado todos forman un concierto de perenne adoración, de incesante oración y de profundo amor a Jesús, realmente presente en cada Tabernáculo de la tierra.

Hoy mi Corazón de Madre está entristecido y profundamente herido porque veo que, en torno a la divina presencia de Jesús en la Eucaristía, hay tanto vacío, tanto abandono, tanta incuria, tanto silencio.

Iglesia peregrina y sufriente, de la que soy Madre; Iglesia, que eres la familia de todos mis hijos, arca de la nueva alianza, pueblo de Dios, debes comprender que el centro de tu vida, la fuente de tu gracia, el manantial de tu luz, el principio de tu acción apostólica se encuentra sólo aquí, en el Tabernáculo, donde se custodia realmente a Jesús.

Y Jesús está presente para enseñarte a crecer, para ayudarte a caminar, para fortalecerte en el testimonio, para darte el valor para evangelizar, para ser el sostén de todo tu sufrir.

Iglesia peregrina y paciente de estos tiempos, que estás llamada a vivir la agonía de Getsemaní, y la sangrienta hora del Calvario, hoy quiero traerte aquí Conmigo, postrada delante de cada Tabernáculo, en un acto de perpetua adoración y reparación, para que tú también puedas repetir el gesto que siempre está realizando tu Madre Celeste.

Yo soy la Madre de la adoración y de la reparación.
En la Eucaristía Jesús está realmente presente con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. En la Eucaristía está realmente presente Jesucristo, el Hijo de Dios, aquel Dios a quien Yo he visto en Él en todo momento de su vida terrena, aunque estuviera escondido bajo el velo de una naturaleza frágil y débil, que se desarrollaba a través del ritmo del tiempo y de su crecimiento humano.

Con un acto continuo de fe en mi hijo Jesús siempre veía a mi Dios, y con un profundo amor lo adoraba.
Lo adoraba cuando aún estaba escondido en mi seno virginal como un pequeño capullo, y lo amaba, lo nutría, lo hacía crecer dándole mi misma carne y sangre.
Lo adoraba después de su nacimiento, contemplándole en el pesebre de una gruta pobre y destartalada.
Adoraba a mi Dios en el niño Jesús, que crecía; en el joven inclinado sobre el trabajo de cada día; en el Mesías, que cumplía su pública misión.
Lo adoraba cuando era desdeñado y rechazado, cuando era traicionado, abandonado de los Suyos y negado.
Lo adoraba cuando era condenado y vilipendiado, cuando era flagelado y coronado de espinas, cuando era conducido al patíbulo y crucificado.
Lo adoraba bajo la Cruz, en acto de inefable padecer, y mientras era conducido al sepulcro y depositado en su tumba.
Lo adoraba después de su resurrección cuando, lo primero, se me apareció en el esplendor de su cuerpo glorioso y en la luz de la Divinidad.

Hijos predilectos, por un milagro de amor que, sólo en el Paraíso lograréis comprender, Jesús os ha hecho el don de permanecer siempre entre vosotros en la Eucaristía.

En el Tabernáculo, bajo el velo del pan consagrado, se guarda al mismo Jesús, a quien Yo, la primera, vi después del milagro de su resurrección; al mismo Jesús, que en el fulgor de su Divinidad se apareció a los once Apóstoles, a muchos discípulos, a la llorosa Magdalena, a las piadosas mujeres que le habían seguido hasta el sepulcro.

En el Tabernáculo, escondido bajo el velo eucarístico, está presente el mismo Jesús resucitado, que se apareció también a más de quinientos discípulos y deslumbró al perseguidor Saulo en el camino de Damasco. Es el mismo Jesús que se sienta a la derecha del Padre en el fulgor de su cuerpo glorioso y de su divinidad, si bien, por vuestro amor se vela bajo la cándida apariencia del Pan consagrado.

Hijos predilectos, hoy debéis creer más en su presencia entre vosotros; debéis difundir, con valentía y con fuerza, vuestra sacerdotal invitación al retorno de todos a una fuerte y testimoniada fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

Debéis orientar a toda la Iglesia a reencontrarse ante el Tabernáculo, con vuestra Madre Celeste, en acto de perenne reparación, de continua adoración y de incesante oración.

Vuestra oración Sacerdotal debe convertirse toda en oración eucarística.

Pido que se vuelvan de nuevo a hacer, por doquier, las horas santas de adoración ante Jesús expuesto en el Santísimo Sacramento.

Deseo que se aumente el homenaje de amor hacia la Eucaristía y que se haga manifiesto, incluso a través de signos sensibles, pero tan indicativos de vuestra piedad.

Rodead a Jesús Eucarístico de luces y de flores; envolvedlo en delicada atención; acercaos a Él con gestos profundos de genuflexión y de adoración.

¡Si supieseis cómo os ama Jesús Eucarístico, cómo una pequeña muestra de vuestro amor le llena de gozo y de consuelo!

Jesús perdona muchos sacrilegios y olvida una infinidad de ingratitudes, ante una gota de puro amor sacerdotal, que se deposite en el cáliz de su Corazón Eucarístico.

Sacerdotes y fieles de mi Movimiento, id con frecuencia delante del Tabernáculo; vivid delante del Tabernáculo; orad delante del Tabernáculo.

Sea vuestra oración, una perenne plegaria de adoración y de intercesión, de acción de gracias y de reparación.

Sea, la vuestra, una oración que se una al canto celestial de los Ángeles y de los Santos, a las ardientes imploraciones de las almas que aún se purifican en el Purgatorio.

Sea, la vuestra, una oración que reúna las voces de toda la humanidad, que debe postrarse delante de cada Tabernáculo de la tierra, en acto de perenne gratitud y de cotidiano agradecimiento.
Porque en la Eucaristía, Jesús está realmente presente, permanece siempre con vosotros; y esta presencia se hará cada vez más fuerte, resplandecerá sobre el mundo como un sol, y señalará el comienzo de la nueva era.

La venida del Reino glorioso de Cristo coincidirá con el mayor esplendor de la Eucaristía.

Cristo instaurará su Reino glorioso con el triunfo universal de su Reino Eucarístico, que se desarrollará con toda su potencia y tendrá la capacidad de cambiar los corazones, las almas, las personas, las familias, la sociedad, la misma estructura del mundo.

Cuando haya instaurado su Reino Eucarístico, Jesús os conducirá a gozar de esta su habitual presencia, que sentiréis de manera nueva y extraordinaria, y os llevará a experimentar un segundo, renovado y más bello Paraíso terrenal.

Pero ante el Tabernáculo, vuestra presencia, no sólo sea una presencia de oración, sino también de comunión de vida con Jesús.

Jesús está realmente presente en la Eucaristía porque quiere entrar en una continua comunión de vida con vosotros.

Cuando vais delante de Él, os ve; cuando le habláis, os escucha; cuando le confiáis algo, acoge en su Corazón cada una de vuestras palabras; cuando le pedís algo, siempre os atiende.
Id ante el Tabernáculo para establecer con Jesús una relación de vida simple y cotidiana.

Con la misma naturalidad con que buscáis a un amigo, os fiáis de las personas que os son queridas, y sentís la necesidad de los amigos que os ayudan, id así también ante el Tabernáculo en busca de Jesús.

Haced de Jesús el amigo más querido, la persona de más confianza, la más deseada y amada.
Expresad vuestro amor a Jesús; repetídselo con frecuencia porque sólo esto es lo que le contenta inmensamente, le consuela de todas las ingratitudes, le recompensa de todas las  traiciones: “Jesús, Tú eres nuestro amor; Tú eres nuestro único gran amigo; Jesús, nosotros te amamos; nosotros estamos enamorados de Ti.”

De hecho, la presencia de Cristo en la Eucaristía tiene, sobre todo, la función de haceros crecer en una experiencia de verdadera comunión de amor con Él, de modo que nunca más os sintáis solos, pues permanece aquí abajo para estar siempre con vosotros.

Luego debéis ir ante el Tabernáculo a recoger el fruto de la oración y de la comunión de vida con Jesús, que se desarrolla y madura en vuestra santidad.

Hijos predilectos, cuanto más se desarrolla toda vuestra vida al pie del Tabernáculo en íntima unión con Jesús en la Eucaristía, tanto más crecéis en la santidad.

Jesús Eucarístico se convierte en el modelo y la forma de vuestra santidad.

Él os lleva a la pureza del corazón, a la humildad elegida y deseada, a la confianza vivida, al abandono amoroso y filial.

Jesús Eucarístico se hace la nueva forma de vuestra santidad sacerdotal, a la que llegáis a través de una diaria y escondida inmolación; de una capacidad de aceptar en vosotros los sufrimientos y las cruces de todos; de una posibilidad de transformar el mal en bien, y de obrar profundamente para que las almas que os están confiadas, sean conducidas por vosotros a la salvación.

Por esto os digo: han llegado los tiempos en que os quiero a todos ante el Tabernáculo, sobre todo quiero a vosotros Sacerdotes, que sois los hijos predilectos de una Madre, que está siempre en acto de perenne adoración y de incesante reparación.

A través de vosotros, quiero que el culto eucarístico vuelva a florecer en toda la Iglesia de manera cada vez más intensa.

Debe cesar ya esta profunda crisis de piedad hacia la Eucaristía, que ha contaminado a toda la Iglesia, y que ha sido la raíz de tan gran infidelidad, y de la difusión de una tan vasta apostasía.

Con todos mis predilectos e hijos a Mí consagrados, que forman parte de mi Movimiento, os pongo delante de cada Tabernáculo de la tierra, para ofreceros en homenaje a Jesús, como las joyas más preciosas, y las más bellas y perfumadas flores.

Ahora, vuestra Madre Celeste quiere llevar a Jesús, presente en la Eucaristía, un número cada vez mayor de hijos, porque estos son los tiempos en que Jesús Eucarístico debe ser adorado, amado, agradecido y glorificado por todos.

Hijos míos amadísimos, junto a Jesús que, en cada Tabernáculo se encuentra en perpetuo estado de víctima por vosotros, os bendigo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.”



(Anote en el TABLÓN DE REPARACIÓN las reparaciones que quiere realizar usted)

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Actos piadosos de reparación, desagravio y perdón

Actos de reparación, desagravio y perdón
Contra este gran peso del mal que existe en el mundo y que abate al mundo, el Señor pone otro peso más grande, el del amor infinito que entra en este mundo


Fuente: santuariosagradoscorazones 




REPARACION
(Etim. Latin reparare, preparar de nuevo, restaurar.)
El acto o hecho de hacer enmienda. Implica la intención de restaurar las cosas a su condición de normalidad y pureza, a cómo estaban antes de que algo malo fuese hecho. Se aplica generalmente a recompensar por las pérdidas sufridas o los daños causados por una mala acción moral.
Con respecto a Dios, significa recompensar con mayor amor por el fracaso en el amor a causa del pecado; significa restaurar lo que fue injustamente tomado y compensar con generosidad por el egoísmo que causó la injuria.
En el Antiguo Testamento se habla de reparar la Casa de Dios, el Templo.
Cristo vino para restaurar los daños del pecado en la casa de Dios que es su pueblo vivo . El se ofreció en reparación por todos nuestros pecados en la Cruz.  
Razón de reparar si ya Jesús ha reparado perfectamente entregándose en la cruz por nuestros pecados. Veamos que dice San Pablo :
Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia,
-Colosenses 1,24
conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, -Filipenses 3,10
La entrega de Cristo es perfectamente meritoria pero hay que recordar que nosotros somos el cuerpo de Cristo y como tal hemos de entrar en su sacrificio. Si no reparamos con Cristo no somos cuerpo suyo.
También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. -I Pedro 2,5
Ejemplo de los santos
Los santos saben que hay una imperiosa necesidad de interceder y reparar las ofensas y sacrilegios que tanto ofenden al Señor. 
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 Actos de reparación, desagravio y perdón
Señor Jesús: Tú compartiste nuestra vida humana, alegrías y penas, y, sin acusarnos, por amor, cargaste con la responsabilidad de nuestras culpas para redimirnos. Ayúdanos a seguir tu ejemplo desde nuestra situación de pecadores redimidos. Ante Ti, Señor, nos sentimos sinceramente responsables de un mundo al que pertenecemos, que estamos contribuyendo a forjar, y con el que estamos comprometidos especialmente por tu amor. Avergonzados de nuestras obras, fruto del olvido o rechazo culpable de tus enseñanzas, te pedimos perdón y ayuda.
Perdón, Señor, perdón
– Por los sacrilegios, robos y blasfemias contra la Sagrada Eucaristía,
– Por tantos lugares del mundo donde los sacerdotes y fieles no pueden celebrar libremente la Santa Misa o se ven obligados a hacerlo en secreto por persecución.
 – Por las faltas de respeto e impiedad en las iglesias y ante el Sagrario
 – Por la dejadez y abandono al dejar de asistir a la Santa Misa dominical
– Por la omisión en tantos bautizados al rechazar la confesión y comunión por Pascua
– Por las faltas de inconsciencia en familiares de personas moribundas al dejar que fallezcan sin la asistencia de los sacramentos
– Por la despreocupación respecto de la primera y frecuente Comunión de los niños
– Por las comuniones tibias y frías
– Por las comuniones sacrílegas
– Por los sacerdotes que celebran la Santa Misa en condiciones personales inadecuadas, o por enseñar una vida litúrgica y eucarística contraria a la que manda la Iglesia
– Por la conciliación de la Misa y la recepción de la Sagrada Comunión con vidas incoherentes y vacías de fervor,
– Por la persecución sistemática, violenta o solapada, de los sacerdotes, fieles y personas cristianas que confiesan su Fe en Cristo.
Oración: Señor nuestro, Jesucristo, que has querido permanecer en el Sacramento hasta la consumación de los siglos para dar a tu Padre una gloria infinita y a nosotros el aliento de la inmortalidad; que te has expuesto a todos los ultrajes de los impíos antes de abandonar a tu Iglesia; concédenos la gracia de llorar con verdadero dolor los ultrajes y descuidos que cometen los hombres contra el mayor de los sacramentos, danos celo eficaz para reparar los oprobios que has sufrido en este misterio inefable. Tú que vives y reinas con Dios Padre, en unión del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
 Alabanzas de Desagravio
Bendito sea Dios.
Bendito sea su santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.
Bendito sea el nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendita sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito.
Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el nombre de María Virgen y Madre.
Bendito sea San José, su castísimo Esposo.
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.
Amen.
 ORACIONES DE DESAGRAVIO
Por tanto que se ofende a Dios, hagamos reparación y desagravio. Pidamos perdón y misericordia.
Acto de desagravio
(Después de cada invocación se responde:
"te rogamos, escúchanos")


Señor perdona todos los sacrilegios eucarísticos.

Señor perdona todas las santas comuniones indignamente recibidas.

Señor perdona todas las profanaciones al santísimo sacramento del altar.

Señor perdona todas las irreverencias en la Iglesia.

Señor perdona todas las profanaciones, desprecios y abandono de los sagrarios.

Señor perdona todos los que han abandonado la iglesia.

Señor perdona todo desprecio de los objetos sagrados.

Señor perdona todos los que pasaron a las filas de tus enemigos

Señor perdona todos los pecados del ateismo

Señor perdona todos los insultos a tu santo nombre.

Señor perdona toda la frialdad e indiferencia contra tu amor de redentor

Señor perdona todas las irreverencias y calumnias contra el Santo Padre

Señor perdona todo desprecio de los obispos y sacerdotes.

Señor perdona todo desprecio hacia la santidad de la familia.

Señor perdona todo desprecio a la vida humana.
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ACTO DE DESAGRAVIO COMPUESTO POR S.S. PÍO XI
¡Oh dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! Vednos postrados ante vuestro altar, para reparar, con especiales homenajes de honor, la frialdad indigna de los hombres y las injurias con que, en todas partes, hieren vuestro amantísimo Corazón.

Mas recordando que también nosotros alguna vez nos manchamos con tal indignidad de la cual nos dolemos ahora vivamente, deseamos, ante todo, obtener para nuestras almas vuestra divina misericordia, dispuestos a reparar, con voluntaria expiación, no sólo nuestros propios pecados, sino también los de aquellos que, alejados del camino de la salvación y obstinados en su infidelidad, o no quieren seguiros como a Pastor y Guía, o, conculcando las promesas del Bautismo, han sacudido el suavísimo yugo de vuestra ley.

Nosotros queremos expiar tan abominables pecados, especialmente la inmodestia y la deshonestidad de la vida y de los vestidos, las innumerables asechanzas tendidas contra las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las execrables injurias proferidas contra vos y contra vuestros Santos, los insultos dirigidos a vuestro Vicario y al Orden Sacerdotal, las negligencias y horribles sacrilegios con que es profanado el mismo Sacramento del amor y, en fin, los públicos pecados de las naciones que oponen resistencia a los derechos y al magisterio de la Iglesia por vos fundada.

¡Ojalá que nos fuese dado lavar tantos crímenes con nuestra propia sangre! Mas, entretanto, como reparación del honor divino conculcado, uniéndola con la expiación de la Virgen vuestra Madre, de los Santos y de las almas buenas, os ofrecemos la satisfacción que vos mismo ofrecisteis un día sobre la cruz al Eterno Padre y que diariamente se renueva en nuestros altares, prometiendo de todo corazón que, en cuanto nos sea posible y mediante el auxilio de vuestra gracia, repararemos los pecados propios y ajenos y la indiferencia de las almas hacia vuestro amor, oponiendo la firmeza en la fe, la inocencia de la vida y la observancia perfecta de la ley evangélica, sobre todo de la caridad, mientras nos esforzamos además por impedir que seáis injuriado y por atraer a cuantos podamos para que vayan en vuestro seguimiento.

¡Oh benignísimo Jesús! Por intercesión de la Santísima Virgen María Reparadora, os suplicamos que recibáis este voluntario acto de reparación; concedednos que seamos fieles a vuestros mandatos y a vuestro servicio hasta la muerte y otorgadnos el don de la perseverancia, con el cual lleguemos felizmente a la gloria, donde, en unión del Padre y del Espíritu Santo, vivís y reináis, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.
Fuente: Catholic.net