jueves, 8 de enero de 2026

San Agustín: Meditaciones - Capítulos 19, 20, 21 y 22

 

MEDITACIONES

Traductor: P. TEODORO CALVO MADRID

Libro único

Capítulo 19. SOBRE LA CASA DE DIOS

Ésta es tu casa, Señor. Una casa que nada tiene de terrestre ni de semejante a la masa corpórea del cielo que nuestros ojos perciben; es una morada espiritual que participa de tu eternidad, porque es perpetuamente incorruptible. La estableciste para que durara por los siglos de los siglos. Lo ordenaste así, y lo querido por ti nunca perecerá 67. Pero no es eterna como tú, porque fue hecha, y no careció de inicio. Es la primera de tus criaturas, pero infinitamente inferior a la sabiduría creada; pues esa sabiduría increada es eterna como tú mismo, oh Padre omnipotente, y por ella creaste tú todas las cosas 68 y ella es el principio mismo del cielo y de la tierra y de todo lo que en ambos se contiene 69. Tu morada es solamente una sabiduría creada, pero es de naturaleza espiritual, y mediante la contemplación de la luz eterna se convierte ella misma en luz y por eso puede decir que es sabiduría, aunque haya sido creada. Pero esta sabiduría creada difiere de tu sabiduría suprema, creadora de todas las cosas, como la luz que alumbra todos los seres difiere de la que de la misma recibe su esplendor, y como la única justicia que puede justificar y que se identifica contigo, oh Señor, difiere de la que es solamente una derivación de la justicia eterna. Nosotros también, como dice el Apóstol, somos justicia de Dios, Padre omnipotente, pero en ti su Hijo único y nuestro Señor Jesucristo 70. Hay, pues, una sabiduría creada, cuya creación fue anterior a todas las cosas 71. Esa sabiduría creada son las inteligencias puras y espirituales que viven en tu ciudad santa, nuestra madre común, que es libre y eterna arriba en el cielo 72. ¿Y qué es ese cielo sino el cielo de los cielos que canta eternamente tus alabanzas? Y en ese cielo de los cielos estableciste tú, oh Señor, tu morada 73. No podemos encontrar algún tiempo anterior a esa sabiduría, porque creada la primera precedió al inicio mismo del tiempo. Pero tú, oh Dios, eres anterior a ella desde toda la eternidad, porque en ti único y soberano Creador de todas las cosas, tuvo ella su origen, no en el orden del tiempo, pues todavía no existía el tiempo, sino en el orden de su naturaleza y condición. Y por esto, oh Señor, dicha sabiduría es algo muy distinto de ti. Aunque encontramos tiempo antes de ella y en ella, aunque ella puede contemplar siempre tu rostro, sin apartar nunca sus ojos de esa inefable visión, y sin que por ello sufra algún cambio, hay sin embargo en ella un principio de mutabilidad que acabaría derramando sobre la misma el frío y las tinieblas, si no siguiera unida a ti por la grandeza de su amor, como un sol meridiano que recibe de ti su luz y su calor. Finalmente, está unida a ti, Dios verdadero y verdaderamente eterno, por un amor tan puro y sincero, que a pesar de no ser eterna como tú, no está sujeta a los cambios ni a las vicisitudes del tiempo, y sin apartarse nunca de ti, encuentra su reposo en tu contemplación inefable. Porque tú, oh Señor, te complaces en manifestarte a esa sabiduría, que te ama sin reserva, y eso basta para su felicidad. Por lo cual no se puede apartar de ti más que de ella misma, y permanece siempre en el mismo estado, en la felicidad inefable de contemplarte sin cesar, y de amarte sin fin, como a única y verdadera luz, y como al único objeto digno de su amor.

¡Oh bienaventurada y sublime criatura, la más excelente de todas, cuya felicidad consiste en estar siempre unida a tu felicidad! Feliz, y demasiado feliz por servirte eternamente de morada, y por ser alumbrada con tu divina luz. Nada encuentro que pueda llamarse más dignamente el cielo del cielo reservado al Señor, que lo que te sirve de morada, y puede contemplar el objeto de sus delicias, sin temor de nunca perderlo. Y esa santa morada son las inteligencias puras, unidas en una perfecta concordia, y en el gozo de una paz inalterable, de comunión de espíritus bienaventurados, en los cielos elevados sobre estos cielos que perciben nuestros ojos.

El alma que siente como demasiado largo su exilio sobre la tierra 74 examine si ya tiene sed de ti, oh Señor, si ha hecho de las lágrimas su pan cotidiano 75, si no tiene otro deseo y otro objetivo que habitar en tu morada todos los días de su vida 76. ¿Y cuál es esta vida, sino tú sólo, oh Dios mío? ¿Y qué son tus días, sino tu eternidad? Pues tus años son años indeficientes. Que el alma comprenda entonces, según sus posibilidades, cómo tu eternidad está sobre la movilidad del tiempo, porque lo que te sirve de morada y que, al contrario que nosotros, no ha tenido que sufrir algún destierro, aunque tampoco es eterno como tú, no debe temer, sin embargo, el cambio y las vicisitudes de los tiempos por estar indeficientemente unida a ti. Pone en ti toda su vida con una piadosa perseverancia, y por eso lo que hay en ella de variable nunca podrá hacerla un sujeto mutable. Siempre en tu presencia, siempre unida a ti con todo el afecto de tu corazón, nada tiene que esperar del futuro, y nada tiene que recordar del pasado, sino que permanece siempre inmutable e inalterable y no recibe del tiempo ni extensión ni crecimiento.

Capítulo 20. ORACIÓN A LA CASA DE DIOS

¡Oh bella y luminosa morada! He amado tu belleza y el lugar de la habitación de la gloria del Señor, mi hacedor y tu poseedor. Que tú seas en este destierro terreno el único objeto de mis aspiraciones, y que día y noche mi corazón sólo respire por ti. Que todos mis pensamientos sólo tiendan a ti, y que el único deseo de mi alma consista en participar un día de tu felicidad infinita. Pido también a quien te hizo a ti que me posea enteramente en ti, porque él es quien te hizo a ti y me hizo a mí. Une tus plegarias y súplicas a las mías para que me haga digno de participar contigo de la gloria de que tú gozas. Yo no podría obtener por mí mismo el favor de estar unido a ti y de participar de tu inefable belleza, pero no pierdo la esperanza de obtenerlo por la sangre preciosa de mi Redentor.

Concédeme, pues, el auxilio de tus propios méritos, y dígnate suplir mi indignidad con tus puras y santas plegarias, que nunca pueden ser ineficaces ante Dios. Confieso que he andado largo tiempo errante, como una oveja perdida, y de esa manera prolongo mi peregrinación sobre la tierra, lejos de la presencia de mi Señor y mi Dios, sumido en la ceguera y en las tinieblas de mi destierro. Después de haber sido excluido de las alegrías del paraíso, deploro diariamente en mí mismo las miserias de mi cautividad. Mis cánticos son cánticos de tristeza y de duelo. Gimo y me lamento sin cesar, pensando en ti, Jerusalén celestial, nuestra madre común, viendo, oh santa y gloriosa Sión, que hasta ahora sólo he posado mis pies a la entrada de tu morada, sin poder penetrar dentro para contemplar sin velo tu celestial belleza. Pero espero que tu divino arquitecto, mi dulce y Buen Pastor, se dignará llevarme sobre sus espaldas, como a la oveja extraviada 77, y hacerme llegar hasta ti 78, para gustar en ti las delicias de la alegría inefable, herencia de todos los que contemplan contigo la grandeza de Dios, nuestro Salvador, quien por su divina Encarnación nos reconcilió con el Padre, y por su preciosa sangre pacificó todo lo que está en los cielos y en la tierra. El es nuestra paz, y él hizo de dos pueblos uno solo 79, reuniéndolos en sí mismo a pesar de ser opuestos entre sí, prometiendo hacernos partícipes de tu eterna felicidad, del mismo modo y en la misma medida en que tú mismo disfrutas, cuando dijo: serán iguales a los ángeles de Dios en los cielos 80.

¡Oh Jerusalén celestial, morada eterna de Dios! Después de Jesucristo eres tú, nuestra alegría y consolación, lo que debemos amar sobre todo. ¡Que el dulce recuerdo de tu nombre bienaventurado alivie nuestros pesares y tedio!

Capítulo 21. LAS MISERIAS Y EL TEDIO DE ESTA VIDA

Me produce mucho tedio, Señor, esta vida y este penoso peregrinar sobre la tierra. Pues esta vida es una vida miserable y caduca, una vida incierta y trabajosa, una vida inmunda y dominada por los malos. Es una vida donde reinan los soberbios, llena de calamidades y de errores, y que más que vida es una muerte que nos puede sorprender en cualquier momento, en las diversas formas en que nosotros estamos expuestos a diversos cambios. Pues, ¿se puede llamar verdadera vida la que nosotros pasamos en este cuerpo mortal, que los humores pueden inflamar, los dolores extenuar, los calores secar, los aires enfermar, los alimentos hinchar, los ayunos agotar, los placeres debilitar, la tristeza consumir, los cuidados oprimir, la seguridad entorpecer, la riqueza llenar de orgullo, la pobreza abatir, la juventud la hace temeraria, la vejez la encorva, la enfermedad la quiebra y la tristeza la deprime? Y a estos males sucede la muerte furiosa que da fin a todas las alegrías de esta miserable vida, que son como si nunca hubieran existido, una vez que han dejado de sentirse. Y, sin embargo, esta vida mortal, o mejor esta muerte viviente, aunque tan llena de amarguras, ¡a cuántos enreda con sus atractivos y a cuántos engaña con sus falsas promesas! A pesar de no ser en sí misma más que mentira y amargura, y a pesar de que no puede ser desconocida a los que la aman con tan gran ceguera, son muchos los que se dejan seducir por sus falsas dulzuras, y los que se embriagan en la copa de oro que ella les presenta para que beban. ¡Felices, aunque infinitamente escasos, los que evitan toda comunicación con ella, los que desprecian sus gozos para no perecer con la que tan cruelmente los engaña!

Capítulo 22. LA FELICIDAD DE LA VIDA ETERNA

Pero tú, ¡vida que Dios reserva a los que le aman, vida que es puente de vida, vida bienaventurada y segura, vida tranquila y hermosa, vida limpia y casta, vida santa y desconocedora de la muerte y de la tristeza, vida sin mancha y sin corrupción, sin dolor, sin ansiedad, sin perturbación, sin variación ni mutación; vida soberanamente bella y soberanamente noble, donde no hay enemigos que temer, ni incentivos de pecado que combatir, sino que lejos de todo temor reinan un amor perfecto y un día sempiterno; donde están todos animados por el mismo espíritu y ven a Dios cara a cara, con una visión divina que constituye para el alma un alimento que la sacia perfectamente! Todo mi agrado consiste en pensar en tu divina claridad, y cuanto más pienso en ti, más siento mi corazón lleno del deseo de disfrutar de tus bienes infinitos. Languidezco de amor por ti, y hacia ti se dirigen mis más ardientes aspiraciones, y tu solo recuerdo me llena de una inefable dulzura.

Por eso mi único gozo y mi único consuelo consisten en elevar hacia ti los ojos de mi alma, en dirigir hacia ti todos los movimientos de mi corazón y conformarlos totalmente a ti. Mi único deleite es oír hablar de ti, hablar yo mismo de ti, hacerte objeto de mis estudios y meditaciones, leer diariamente cosas referentes a tu felicidad y gloria, repasar en el fondo de mi alma todo lo que he leído, a fin de poder pasar de los ardores, los peligros y las penas de esta vida mortal y caduca, a esa morada de dulzuras, de alivio y de paz que sólo se encuentra en ti, durmiendo o por lo menos (como tu discípulo amado) inclinando mi cabeza fatigada sobre tu seno. Para disfrutar de esa gran felicidad recorro tus santas Escrituras como un jardín de delicias, y en el recojo como hierbas frescas y saludables tus divinos mandamientos. Mandamientos que yo medito y que constituyen mi alimento espiritual; y que (reunidos en mi memoria) deposito en el fondo de mi corazón, a fin de que habiendo saboreado tu inefable dulzura, me resulten más soportables los amargores de esta vida miserable.

¡Oh única vida soberanamente feliz, oh verdadera morada de la felicidad que no tiene fin y que carece de muerte; reino divino, sin sucesión de tiempos ni de edades; único reino alumbrado por un día que no conoce la noche y cuya duración no tiene término; reino donde los que combaten y vencen cantan eternamente en honor de Dios, juntamente con los coros angélicos, el cántico de los cánticos de Sión, y con la frente ceñida por una noble e inmortal corona! ¡Ojalá me sea concedido el perdón de mis pecados, y que liberado del peso de esta carne mortal pueda participar de tus gozos eternos y del reposo perpetuo que sólo se encuentra en ti! ¡Ojalá sea yo recibido en el recinto inmenso y glorioso de los muros de tu ciudad para recibir allí la corona de la vida de las mismas manos de mi Señor, para mezclar mi voz a la de los santos ángeles, para contemplar con esos espíritus bienaventurados el rostro hermoso de Cristo, para ser alumbrado por la luz suprema, inefable e infinita, y para que sin ningún temor a la muerte goce siempre del don de una perpetua incorrupción!

Fuente: Augustinus.it

miércoles, 7 de enero de 2026

San Agustín: Meditaciones - Capítulos 16, 17 y 18

 

MEDITACIONES

Traductor: P. TEODORO CALVO MADRID

Libro único

Capítulo 16. ACCIÓN DE GRACIAS A DIOS

Doy gracias con mis labios, con mi corazón, y con todas mis fuerzas, a tu infinita misericordia, oh Señor Dios mío, por todas las misericordias, con las cuales te dignaste ayudar a salvarnos de la perdición por el mismo Hijo tuyo, nuestro Salvador y Redentor, quien murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación 45, y que ahora vive sin fin sentado a tu derecha, e intercediendo por nosotros 46, y se compadece a la vez contigo, porque es Dios como tú, nacido de ti, su Padre divino coeterno y consustancial en todo, y por tanto poderoso eternamente para salvarnos. Aunque su ser humano es inferior a ti, recibió de ti todo poder en el cielo y en la tierra 47 de suerte que ante el nombre de Jesús toda rodilla deba doblarse, no sólo en el cielo y en la tierra, sino también en los infiernos, y toda lengua deba confesar que Jesucristo nuestro Señor está en tu gloria, oh Dios Padre omnipotente 48.El mismo fue constituido por ti juez de vivos y de muertos; pero tú no juzgas a nadie, sino que todo tu juicio lo diste a tu Hijo 49, en cuyo pecho están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia 50. Porque El es testigo y juez; juez y testigo 51, a quien no podrá escapar ninguna conciencia pecadora, porque todas las cosas están desnudas y abiertas ante tus ojos 52. Ciertamente el mismo que fue juzgado inicuamente juzgará todo el orbe de la tierra con justicia, ya los pueblos con equidad 53.

Bendigo, pues, tu santo nombre, y te glorifico con todo mi corazón, oh Señor omnipotente y misericordioso, por esa unión tan admirable e inefable de nuestra humanidad con tu divinidad en una sola y misma persona, ordenada a que en ella Dios no fuera cosa distinta del hombre, sino que una sola y misma persona fuera a la vez Dios-Hombre, y Hombre-Dios. Aunque por un efecto admirable de tu bondad el Verbo se hizo carne, sin embargo ninguna de esas dos naturalezas se transformó en otra sustancia, de modo que no se agregó una cuarta persona al misterio de la Trinidad. Hay unidad, pero no confusión en la naturaleza del Verbo, que es Dios, y del hombre verdadero. Lo que el Salvador tomó de nosotros no se convirtió en Dios y lo que no había sido no pudo convertirse en lo que por sí mismo existe siempre. ¡Oh admirable misterio! ¡Oh inefable comercio! ¡Oh grandeza maravillosa de la divina bondad! Éramos siervos indignos, y he aquí que nos convertimos en hijos de Dios, y en herederos de su reino y coherederos del mismo Jesucristo. ¿De dónde pudo venirnos tanto bien, y cómo pudimos merecerlo? 54

¡Oh clementísimo Dios Padre, te ruego por esta tu inestimable piedad, bondad y caridad, que nos hagas dignos de las muchas y grandes promesas del mismo Hijo tuyo y Señor nuestro Jesucristo! Haz que brille en nuestro favor tu gran poder, y confirma lo que ya has obrado en nosotros. Acaba lo que has comenzado, para que podamos merecer y obtener la plenitud de tus gracias y de tu amor. Que por obra del Espíritu Santo podamos comprender, honrar y venerar dignamente este inefable misterio de caridad, que se manifestó en la carne, fue justificado en el espíritu, se mostró a los ángeles, fue predicado a las naciones, fue creído por el universo y recibido en la gloria 55.

Capítulo 17. LA GRATITUD QUE DEBEMOS A DIOS

¡Cuánto te debemos a ti, Señor Dios nuestro, nosotros que hemos sido rescatados por tu sangre preciosa, salvados con tan gran don, y ayudados por tan glorioso beneficio! ¡Cuánto has de ser temido y amado por nosotros miserables; cuánto has de ser bendecido y alabado, honrado y glorificado, tú que así nos amaste y nos salvaste, así nos santificaste y nos glorificaste! Pues a ti te debemos todo lo que podemos, todo lo que sabemos, todo lo que vivimos. ¿Y quién tiene algún bien que no proceda de ti?, tú eres nuestro Dios y Señor del que proceden todos los bienes. Dígnate, pues, por tu gloria y por el honor de tu nombre santo, enriquecernos con tus bienes, a fin de que por ellos podamos servirte, agradarte según el Espíritu de la verdad, y darte diariamente las gracias debidas por los beneficios con que nos ha llenado tu misericordia. Porque sin el auxilio de tu gracia no podemos servirte ni agradarte. Pues toda gracia excelente y todo don perfecto viene de arriba, y desciende del Padre de las luces, en el que no hay variación ni alguna sombra de cambio 56.

¡Oh Señor Dios nuestro, Dios piadoso, Dios bueno, Dios omnipotente, Dios inefable y de naturaleza infinita, hacedor de todas las cosas, y Padre de nuestro Señor Jesucristo! A ese Hijo amado, nuestro dulce y adorable Salvador, tú mismo le enviaste desde el seno de tu divinidad para que recibiera nuestra vida y nos comunicara la suya. Gracias a ti, oh Padre, es Dios perfecto y gracias a su Madre es Hombre perfecto; es enteramente Dios y enteramente Hombre, siempre él solo y único Jesucristo, eterno y sujeto al tiempo, inmortal y sujeto a la muerte, creador y creado, poderoso y débil, vencedor y vencido, pastor y oveja, alimentador y alimentado, muerto temporalmente y viviente contigo eternamente. Según su promesa dio a los que le aman el derecho de ciudadanía celestial, y nos dijo a todos: todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre lo conseguiréis 57. Por este sumo Sacerdote, por este verdadero Pontífice y buen Pastor, que se ofreció en sacrificio dando la vida por su rebaño; por quien está sentado a tu derecha e intercede por nosotros; por este divino Redentor, nuestro abogado ante ti: yo te suplico, oh Dios lleno de bondad, de clemencia y de amor hacia los hombres, hazme digno mediante una contrición sincera, y por las lágrimas que yo derramaré para borrar mis pecados con gran reverencia y temor, de poder un día bendecirte y glorificarte en todas las cosas con tu Hijo y con el Espíritu Santo, porque teniendo una misma sustancia tenéis también unos mismos dones.

Pero como el cuerpo sujeto a corrupción pesa sobre el alma 58, te suplico que me hagas despertar con los estímulos de tu amor. Haz que persevere con ardor en el cumplimiento de tus preceptos y en el canto de tus alabanzas día y noche. Concédeme que mi corazón se abrase dentro de mí, y que se encienda el fuego en mi meditación 59. Y como tu único Hijo afirmó: nadie viene a mí si no es traído por el Padre que me envió 60, y nadie viene al Padre si no es por mí 61, te ruego y te suplico que me atraigas hacia él, a fin de que él mismo me haga llegar hasta ti, allí donde está sentado a tu derecha, allí donde goza de la vida eterna y eternamente feliz, allí donde te podremos amar perfectamente sin turbación, y sin temor, allí donde brilla un día interminable, allí donde los espíritus y los corazones están perfectamente unidos, donde reina una seguridad suprema, la tranquilidad segura, el gozo tranquilo, la felicidad gozosa, la eternidad feliz, la felicidad eterna, y la visión y la alabanza bienaventurada sin fin. Allí donde tú con el Hijo y el Hijo contigo, en la comunión del Espíritu Santo, eterna y sempiternamente vives y reinas Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.

Capítulo 18. ORACIÓN A JESUCRISTO

Esperanza mía, Cristo mío, tú dulce amador de los hombres, luz, camino, vida, salvación, paz y ornato completo de los tuyos, por cuya salvación quisiste soportarlo todo, carne, cadenas, cruz, heridas, muerte y sepulcro, resucitando al tercer día después de vencer a la muerte, te apareciste a los discípulos, y consolidaste los corazones vacilantes, a los cuarenta días subiste a lo más alto de los cielos, y vives y reinas ahora eternamente por los siglos.

Tú eres, oh Jesús, mi Dios viviente y verdadero, mi Padre santo, mi Señor piadoso, mi gran rey, mi buen pastor, mi único maestro, mi ayuda en las necesidades, mi amado hermosísimo y mi pan de vida. Tú eres mi sacerdote eterno, mi guía para la patria, mi luz verdadera, mi dulzura santa, mi camino recto, mi sabiduría preclara, mi sencillez pura, mi concordia pacífica, mi segura custodia, mi porción o lote perfecto, mi salvación sempiterna, mi gran misericordia, mi paciencia fortísima, mi víctima inmaculada, mi redención santa, mi esperanza futura, mi caridad perfecta, mi resurrección santa, mi vida eterna, mi exultación y visión felicísima que ha de durar para siempre. Te pido, te suplico y te ruego, para que por ti camine, a ti llegue y en ti descanse, pues tú eres el camino, la verdad y la vida 62, y sin ti nadie viene al Padre, pues sólo a ti te deseo, dulcísimo y hermosísimo Señor.

¡Oh esplendor de la gloria del Padre, que estás sentado sobre los Querubines y sondeas los abismos; luz verdadera, luz que ilumina, luz indeficiente en la que desean los ángeles fijar sus miradas; mi corazón está delante de ti, disipa sus tinieblas, para que sea inundado más plenamente por la claridad de tu amor! 63 Entrégate a mí, Dios mío, devuélveme a ti; yo te amo, y si mi amor es insuficiente, haz que te ame todavía más. No puedo saber por mí mismo lo que todavía falta a mi amor para merecer que mi vida sea desde ahora objeto de tu ternura, y que no se aparte más de ti, hasta que se sumerja enteramente en la contemplación de tu rostro. Sólo sé que fuera de ti, y en mí mismo, todo es malo para mí, y que toda la abundancia que no es mi Dios, sólo es para mí pobreza. Tú eres el único bien que no puede tener aumento ni disminución, porque tu naturaleza es simple, y en ti no son cosas diferentes el vivir y el vivir feliz, porque tú mismo eres tu bienaventuranza. Pero en tus criaturas una cosa es el vivir, y otra el vivir felizmente, y a tu gracia deben la vida y la felicidad de su vida. Y por eso tenemos necesidad de ti, Señor nuestro, que nunca tienes necesidad de nosotros. Porque aunque nosotros no existiéramos, nada faltaría a tu felicidad, de la que tú mismo eres la plenitud y el fin.

Es, pues, menester que siempre estemos unidos a ti, Señor, para que con el auxilio de tu gracia podamos vivir según las leyes de la piedad, de la santidad y de la justicia. Si el peso de nuestra fragilidad nos arrastra hacia las cosas de la tierra, tu gracia nos eleva hacia las del cielo, adonde somos llevados por el fuego de tu amor. Nos enardecemos, y subimos. Nos elevamos al cielo por el movimiento de nuestro corazón, cantando el cantar de los grados. Ardemos con tu fuego, que es un fuego divino, y así subimos hacia ti. ¿Y hacia dónde subimos?, hacia la Jerusalén celestial, porque me alegré mucho cuando me dijeron: vamos a ir a la casa del Señor 64. Allí nos colocará tu voluntad benigna, de modo que únicamente queramos habitar allí para siempre.

Pero mientras vivimos en el cuerpo, peregrinamos lejos de ti, Señor 65, y por eso no tenemos aquí abajo una morada fija, sino que buscamos incesantemente la patria futura 66, donde esperamos tener el derecho de ciudadanía celestial. Por eso con el auxilio de tu gracia penetro en lo más secreto de mi corazón para dirigirte un cántico de amor, oh Rey mío y Dios mío, y para lanzar inenarrables gemidos en el mismo lugar de mi destierro, donde las leyes de tu justicia constituyen el objeto de mis alabanzas y de mis cánticos. En este destierro pienso sin cesar en la Jerusalén celestial, hacia la cual se dirigen todos los anhelos de mi corazón; pienso en esa Jerusalén que es mi patria y mi verdadera madre. Así mis anhelos se dirigen también hacia ti, oh Señor, que eres allí el rey, la luz, el padre, el defensor, el protector, el divino pastor, las castas y fuertes delicias, el gozo sólido, y todos los bienes inefables, y al mismo tiempo todas las cosas, porque eres el único sumo y verdadero bien. Jamás dejaré de pensar en ti, hasta el día en que llames a mi ser entero de esta multiplicidad de cosas sin gloria, donde yo me encuentro perdido, para hacerme gozar, por tu divina misericordia, de una paz inalterable en el seno de esa madre amantísima, donde están ya las primicias de mi espíritu.

Fuente: Augustinus.it

lunes, 5 de enero de 2026

6 de enero: Epifanía del Señor



Oleo de Murillo

Los Magos de oriente
Padre Jordi Rivero
(Ver también: Epifanía)

El El Evangelio Mt 2s. nos relata un hecho histórico de gran relevancia para comprender la actitud que Dios espera de nosotros.

El evento es confirmado por descubrimientos arqueológicos y científicos

Cuando ocurrió:
Los Evangelios enmarcan el nacimiento de Jesús en tiempos del censo del imperio ordenado por César Augusto, cuando Quirino era gobernador de Siria, y en los últimos años del rey Herodes, quien falleció el mes de marzo del año 4 a.C. Para los historiadores, por lo tanto, Jesús nació unos siete años antes del año «0».

Al llegar los magos a Jerusalén, éstos preguntaron en la corte el paradero del "Rey de los judíos". Los sacerdotes y maestros de la ley supieron informarles que el Mesías debía nacer en Belén, ciudad natal de David; sin embargo no fueron a adorarlo. Los magos ofrecieron oro, incienso y mirra, sustancias en las que la tradición ve la realeza mesiánica de Cristo (oro), de su divinidad (incienso) y de su humanidad (mirra).

Se les atribuyen lo nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. Los orientales llamaban magos a los doctores; en lengua persa, mago significa "sacerdote". La tradición, más tarde, ha dado a estos personajes el título de reyes. Esta atribución de realeza a los visitantes ha sido apoyada ocasionalmente en numerosos pasajes de la Escritura que describen el homenaje que el Mesías de Israel recibe por parte de los reyes extranjeros.

La Estrella de Belén identificada por la astronomía  -Fuente: Zenit
El evangelista Mateo (2, 2) relaciona el nacimiento de Jesús en Belén con la aparición de una estrella particularmente luminosa en el cielo de Palestina.

  • Johannes Kepler, 1603, astrónomo y matemático de la corte al observar desde el castillo de Praga el acercamiento de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis, se preguntó por primera vez si el Evangelio no se refería precisamente a ese mismo fenómeno. Hizo cálculos hasta descubrir que una conjunción de este tipo tuvo lugar en el año 7 a.C.

  •  Encuentro de una tablilla
    En 1925 el erudito alemán P. Schnabel descifró anotaciones neobabilonias  acuñadas en una tabla de arcilla encontrada entre las ruinas de un antiguo templo del sol, cien kilómetros al norte de Babilonia. La tablilla revela la existencia de una conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis en el año 7 a.C.en tres ocasiones, durante pocos meses: del 29 de mayo al 8 de junio; del 26 de septiembre al 6 de octubre; del 5 al 15 de diciembre. Según los cálculos matemáticos, esta triple conjunción se vio con gran claridad en la región del Mediterráneo.

  • La triple conjunción de los dos planetas explica también la aparición y la desaparición de la estrella, dato confirmado por el Evangelio.  La tercera conjunción de Júpiter y Saturno, unidos como si se tratara de un gran astro, tuvo lugar del 5 al 15 de diciembre. En el crepúsculo, la intensa luz podía verse al mirar hacia el Sur, de modo que los Magos de Oriente, al caminar de Jerusalén a Belén, la tenían en frente. La estrella parecía moverse, como explica el Evangelio, «delante de ellos» (Mt 2, 9).

Por que los Magos deciden viajar en busca del Mesías

  • El viaje en busca del Mesías recién nacido es de cientos de Km. hasta Jerusalén. Representa grandes peligros de ser atacados por ladrones ya que llevaban tesoros.

  • Según explica el catedrático de fenomenología de la religión de la Pontificia Universidad Gregoriana, Giovanni Magnani: «en la antigua astrología,

          Júpiter era considerado como la estrella del Príncipe del mundo
    La constelación de Piscis como el signo del final de los tiempos.
    El planea Saturno era considerado en Oriente como la estrella de Palestina.
     

  • Cuando Júpiter se encuentra con Saturno en la constelación de Piscis, significa que el Señor del final de los tiempos se aparecerá este año en Palestina.

Entonces, ¿Es valida la astrología?

  • Hay que distinguir entre astrología y astronomía. La segunda es una ciencia mientras la primera suele mezclar conocimientos de las estrellas con mitología.  Dios se manifiesta al hombre según este pueda entender. Los Magos ("magoi" en griego) eran una casta de sacerdotes persas o babilonios. No conocían la revelación divina como los judíos. Pero en su deseo de buscar a Dios estudiaban las estrellas. Ellos levantaron sus ojos al cielo buscando en las luz de las estrellas una guía.  Dios es el Señor de los astros y los guió desde ahí hacia la verdadera luz que es Cristo.  

¿Da igual toda religión?

  • NO. Dios se ha dado a conocer a través de los siglos llegando a la plenitud en la revelación de su Hijo Jesucristo.  Los magos no se quedaron satisfechos donde estaban. Fueron a buscar al Mesías. Cuando llegaron a Jesús, lo adoraron.

  • Dios no rechaza a nadie. Pero sí nos llama a todos a buscar la verdad y a la conversión. 

  • Mas tarde Jesús confirmará que los paganos pueden encontrar la verdad si la buscan:
    Ej.: Jesús y el centurión: Pagano. Mateo 8:8-10  “Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado  quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis ordenes, y digo a éste: "Vete", y va; y a otro:  "Ven", y viene; y a mi siervo: "Haz esto", y lo hace.» 

  • Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande.”

  • El centurión abrió su corazón y razonó bien.  La gracia iluminó su razón.

  • Mateo 8,11-12  “Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino  de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.»”

  • Ej: Samaritana en el Pozo: Jesús le dice  Juan 4:22   “Vosotros adoráis lo que no conocéis;  nosotros adoramos lo que conocemos,  porque la salvación viene de los judíos.”

Un corazón cerrado a la verdad no se puede justificar. En el juicio final:

  • Unos apelarán a su ignorancia:   Mt 25,43 “Entonces dirá también a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles.  Mt 25:44  “Entonces dirán también éstos: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?"

  • Otros apelarán a su conocimiento de Cristo: Mateo 7,22  “Muchos me dirán aquel Día: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" 

  • Pero Jesús conoce cada corazón.

Los magos nos dan gran ejemplo en su búsqueda de la verdad.  Estuvieron dispuestos a correr grandes riesgos. Hombres en camellos, llevando tesoros por el desierto donde hay bandas de ladrones.

  • Ellos buscaban al Mesías y nada ni nadie los detuvo. Fueron humildes, preguntaron a otros como llegar.

  • Los Magos llegan a Jerusalén, Mateo 2,2». «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle» preguntan a los habitantes de Jerusalén.

  • Mateo 2:3  “oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén.

  • Los de Jerusalén sabían donde debía nacer el Mesías. Conocían las Sagradas Escrituras. Pero eso no es suficiente: Pudieron dar instrucciones para que los Magos lleguen. Pero ellos mismos no fueron a adorarlo.  Son como tantos hoy: Religión a mi manera, según mi opinión.

  • Ya no esperan mas de Dios. Democracia espiritual.

  • ¡Qué fácil caer en esa actitud! !Qué común es! Desisten de la verdad cuando el camino es estrecho y escabroso. Viven absortos en su pequeño mundo.

  • De todo Jerusalén, fue Herodes quien demostró mas interés por el nacimiento del Mesías.

  • Mateo 2,11 (Los Magos) entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.

  • Oro: rey  / Incienso: Dios /  Mirra: ungüento para las heridas.

  • Pero los Magos se llevaron MAYOR RIQUEZA: conocieron a Jesús.

 




Oficio de Lectura, de la Epifanía

Dios ha manifestado su salvación en todo el mundo
De los sermones de san León Magno, papa
Sermón 3 en la Epifanía del Señor, 1-3.5

La misericordiosa providencia de Dios, que ya había decidido venir en los últimos tiempos en ayuda del mundo que perecía, determinó de antemano la salvación de todos los pueblos en Cristo.

De estos pueblos se trataba en la descendencia innumerable que fue en otro tiempo prometida al santo patriarca, Abrahán, descendencia que no sería engendrada por una semilla de carne, sino por la fecundidad de la fe, descendencia comparada a la multitud de las estrellas, para que de este modo el padre de todas las naciones esperara una posteridad no terrestre, sino celeste.

Así pues, que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán, a la cual renuncian los hijos según la carne. Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya solo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel.

Instruidos en estos misterios de la gracia divina, queridos míos, celebremos con gozo espiritual el día que es el de nuestras primicias y aquél en que comenzó la salvación de los paganos. Demos gracias al Dios misericordioso quien, según palabras del Apóstol, nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz; el nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido. Porque, como profetizó Isaías, el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló. También a propósito de ellos dice el propio Isaías al Señor: Naciones que no te conocían te invocarán, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti.

Abrahán vio este día, y se llenó de alegría, cuando supo que sus hijos según la fe serían benditos en su descendencia, a saber, en Cristo, y él se vio a sí mismo, por su fe, como futuro padre de todos los pueblos, dando gloria a Dios, al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete.

También David anunciaba este día en los salmos cuando decía: Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre; y también: El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia.

Esto se ha realizado, lo sabemos, en el hecho de que tres magos, llamados de su lejano país, fueron conducidos por una estrella para conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. La docilidad de los magos a esta estrella nos indica el modo de nuestra obediencia, para que, en la medida de nuestras posibilidades, seamos servidores de esa gracia que llama a todos los hombres a Cristo.

Animados por este celo, debéis aplicaros, queridos míos, a seros útiles los unos a los otros, a fin de que brilléis como hijos de la luz en el reino de Dios, al cual se llega gracias a la fe recta y a las buenas obras; por nuestro Señor Jesucristo que, con Dios Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Oración

Señor, tú que en este día revelaste a tu Hijo unigénito a los pueblos gentiles, por medio de una estrella, concede a los que ya te conocemos por la fe poder contemplar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: Corazones.org