24. Cierto autor católico bastante notable ha explicado este pasaje del Evangelio de la siguiente forma: "Precisamente, Dios nuestro Señor había previsto que los tirios y sidonios apostatarían de la fe después de haber hecho en sus ciudades aquellos milagros, y por esto, movido por su misericordia, no los hizo allí, para que no fueran merecedores de mayor pena al apostatar de la fe que no habiéndola tenido nunca". ¿Qué sacaremos de provecho, para la cuestión de que ahora tratamos, de esta opinión de autor tan docto y perspicaz? Pues si por su misericordia no quiso nuestro Señor Jesucristo hacer allí los portentos mediante los cuales se hubieran convertido a la fe, para que así no sufrieran más terrible castigo a causa de la apostasía prevista, claramente se demuestra que nadie es condenado por los pecados previstos, pero no realizados, si precisamente se le ayuda de cualquier manera que sea para que no los cometa, como se dice, si es verdadera la mencionada opinión, que ayudó Cristo a los tirios y sidonios, ya que, antes de que apostataran de la fe según lo previsto, prefirió que nunca la tuvieran. Pero quizá alguno diga: "¿Y por qué no hizo Dios que adquirieran la fe y se les hiciese la gracia de la muerte antes de perderla de nuevo?" Pues... ¡no sé qué hay que responder! Desde luego, quien dice que a los que habían de apostatar y perder la fe se les hizo el gran beneficio de que no la tuviesen nunca, a fin de que no fuesen reos de mayor impiedad, manifiesta bien a la clara que los hombres no son juzgados de los pecados que Dios previo que cometerían si mediante un nuevo beneficio evitó que no los hicieran; como pasó con aquel de quien dice la sagrada Escritura: Fue arrebatado para que la malicia no echara a perder su entendimiento47. Y por qué no se veló así por los tirios y sidonios: que creyesen y fuesen arrebatados para que la malicia no cambiara su entendimiento, quizá podría responder el patrocinador de esta opinión; pero yo, en cuanto atañe a la cuestión de que en este libro tratamos, me doy por satisfecho viendo que, aun en esa sentencia, claramente se demuestra que los hombres ni son juzgados ni condenados por pecados que no hicieron aunque se previera que los habrían hecho. Ciertamente, como ya tengo dicho, me da vergüenza y me repugna tener que refutar tal aserto, no sea que alguien vaya a creer que le damos alguna importancia; pero antes que callarlo, hemos preferido hacerlo tan brevemente.
CAPÍTULO XI
25. Todo depende, por tanto, como dice el Apóstol, no del que quiere ni del corre, sino de Dios, que usa de misericordia48; que así como subviene a los párvulos que Él quiere, aun cuando ellos no quieran ni corran, a aquellos que eligió en Cristo antes de la creación del mundo para darles gratuitamente su gracia, esto es, sin mérito ninguno antecedente ni por su fe ni por sus obras, así también a los adultos, aun a aquellos que previó que habían de creer a sus milagros si los hiciera ante ellos, a los que no quiere subvenir y ayudar, no subviene ni socorre, de los cuales en su predestinación juzgó otra cosa por modo oculto, incomprensible ciertamente, pero justo, pues no cabe injusticia en Dios,49 sino que inapelables son sus juicios e ininvestigables sus caminos50; pero todos los caminos de Dios son misericordia y verdad51. Ininvestigable es su misericordia, por la cual del que quiere se compadece52, sin ningunos méritos antecedentes del mismo; e ininvestigable es su verdad (fidelidad), por la que a quien a El bien le parece endurécele el corazón, precediendo desde luego sus méritos malos, pero que a las veces son iguales a los de aquel de quien tiene misericordia. Así, entre dos gemelos de los cuales uno es elegido y el otro abandonado, los méritos son iguales, pero su suerte totalmente diferente; en lo que como uno es liberado por la gran bondad de Dios, así el otro es condenado, sin ninguna injusticia de parte suya, porque ¿acaso cabe injusticia en Dios? De ningún modo, sino ininvestigables son sus caminos. Reconozcamos, en consecuencia, su misericordia en aquellos que son liberados y su verdad en aquellos que castiga, y no intentemos investigar lo no investigable ni escrutar lo inescrutable, comprender lo incomprensible. De la boca de los niños y de los que maman saca perfecta alabanza53, a fin de que no dudemos ni lo más mínimo de que lo que vemos en los niños, cuya liberación no es precedida por ningún mérito bueno suyo, y en aquellos cuya condenación es precedida por el solo demérito original, común a ambos, también sucede en los mayores, es decir, que no creamos que se da la gracia a alguien conforme a sus méritos ni que se castiga a nadie sino por sus méritos, aunque los liberados y los castigados tengan iguales o desiguales motivos, a fin de que el que piensa estar firme54, mire no caiga y que el que se gloría, gloríese en el Señor55.
26. No veo yo por qué esos hermanos que han motivado vuestra carta no les gusta que se aplique a la cuestión sobre los adultos lo que pasa con los niños. Reconocen y no dudan, contra los pelagianos, la existencia del pecado original, que entró en el mundo por un hombre, en el cual todos pecaron56, lo que no admiten los maniqueos, que no sólo no reconocen autoridad alguna al Antiguo Testamento, pero también el Nuevo lo aceptan con el privilegio, mejor, con el sacrilegio, de admitir lo que quieran y de rechazar lo que no les convenga. Contra estos herejes escribí los libros De libero arbitrio (Sobre la libertad), que son los que me oponen esas personas todas de que me escribís. Entonces no quise resolver ciertas cuestiones incidentales sumamente difíciles para no hacer demasiado prolija aquella obra, en la que, contra tan perversos enemigos de la sagrada Escritura, no podía valerme de testimonios de la misma. Podía contentarme, como entonces lo hice, con proponer varias soluciones, sin decidirme por ninguna, y deducir lógica y apodícticamente, cualquiera que fuese la verdadera, que Dios tiene que ser alabado siempre y en todas las cosas, sin necesidad ninguna de creer, como ellos creen, en los dos principios, del bien y del mal, mezclados y coeternos.
27. En fin, en el primer libro de mis Revisiones (Retractaciones), obra que vosotros aun no habéis leído, cuando llego a la revisión del De libero arbitrio, digo lo siguiente57: "En estos libros se tratan muchas cosas de tal manera, que algunas cuestiones incidentales que yo no podía explicar, o que exigían entonces un muy largo discurso, las diferí para mejor ocasión; mas siempre hice ver que, de cualquier manera que se interpretasen tales cuestiones y que desde cualquier, lado que estuviese la verdad, siempre se demostrase o a lo menos se creyese que Dios ha de ser siempre alabado. Aquella disertación se compuso contra los que niegan que el libre albedrío es el origen del mal, y, por ende, afirman que hay que echar a Dios la culpa, como Creador de todas las naturalezas, queriendo de este modo introducir a la chita callando un principio del mal inmutable y coeterno con Dios, según su impío y blasfemo error". Y en otro pasaje posterior, pongo de manifiesto "la gran miseria justísimamente infligida a los pecadores, de la cual sólo la gracia de Dios libra, pues el hombre, por su libre albedrío, espontáneamente y por sus propias fuerzas puede caer en pecado, pero no levantarse. A esta miseria, a la cual justamente ha sido condenado el hombre, pertenecen la ignorancia y las dificultades de todo género que padece desde el inicio de su vida, y de este mal nadie se libra sino por la gracia de Dios. Los pelagianos, que niegan el pecado original, no quieren reconocer que la susodicha miseria y pena proceden de la justa condenación infligida a la naturaleza humana, aunque la ignorancia y las dificultades para el bien son inherentes al estado de pura naturaleza, y por ello, no hay que acusar a Dios, antes habíamos de alabarlo, como demostré en el mismo libro III, capítulo 20. Allí se trata de refutar la herejía maniquea, que, como hemos dicho, no admite las sagradas Escrituras del Antiguo Testamento donde se narra el pecado original, y con impudicicia detestable afirma que todo lo que en el mismo sentido se lee en los escritos apostólicos ha sido interpolado por los corruptores de la sagrada Escritura y no dicho por los apóstoles. Por el contrario, contra los pelagianos, que admiten los dos Testamentos, hay que defender la verdad establecida en ambos". Hasta aquí lo dicho en el primer libro de mis Revisiones (Retractaciones) al revisar los libros De libero arbitrio. Y no sólo dije esto de tales libros, pero también otras muchas cosas que considero prolijo e innecesario insertar aquí, como vosotros mismos supongo que juzgaréis cuando leáis toda mi obra. Ahora bien: aunque en el libro III De libero arbitrio, al disputar sobre la cuestión de los párvulos, hice ver que, aun supuesto que fuese verdad lo que afirman los pelagianos, a saber, la ignorancia y las dificultades para el bien, sin las que ningún hombre viene a este mundo, no son castigos, sino cosas propias de la naturaleza humana, quedaría refutada la herejía maniquea, que establece dos principios, el del mal y el del bien, iguales y coeternos; o ¿acaso para refutarla hay que abandonar la fe que contra los pelagianos defiende la Iglesia católica, afirmando la existencia del pecado original, el reato del cual, así como se contrae por la generación, ha de ser borrado por la regeneración espiritual? Y si mis comunicantes reconocen con nosotros esta verdad para destruir el error de los pelagianos, ¿por qué ponen en tela de juicio que Dios nuestro Señor, aun a los párvulos, a quienes da su gracia por medio del bautismo, arrebate del poder de las tinieblas y los traslade al reino del Hijo de su amor?58 ¿Por qué no quieren cantar la piedad y justicia del Señor59 al ver que a unos les da su gracia y a otros no se la da? ¿Y por qué a unos sí y a otros no? ¿Quién conoce los designios, las razones de obrar de Dios?60 ¿Quién puede escrutar lo inescrutable, investigar lo ininvestigable?
CAPÍTULO XII
28. Dedúcese, por lo tanto, que la gracia de Dios se da no según los méritos de los que la reciben, sino según su beneplácito61, para alabanza y gloria de su gracia, a fin de que el que se gloría, no se gloríe en sí mismo, sino en el Señor62, que la da a los hombres que quiere, porque es misericordioso, y si no la da, no por eso deja de ser justo, y no la da a los que no quiere, para dar a conocer las riquezas de su gloria en los vasos de misericordia63 y piedad. Dándola a algunos aunque no la merecen, quiso que fuese gratuita ciertamente y, por ende, verdadera gracia; no dándola a todos, claramente manifiesta y hace ver qué es lo que todos merecen. Con esto se muestra Dios bueno al conceder a algunos sus beneficios y justo en el castigo de los demás; y bueno en todas las cosas, porque es bueno cuando da lo debido y también justo cuando, sin perjuicio de nadie, otorga lo no debido.
29. Es indudable que la gracia de Dios es verdadera gracia, esto es, que se da sin mérito alguno precedente, aunque los niños bautizados no sean (como sostienen los pelagianos) sacados de la potestad de las tinieblas, porque, según dichos herejes, no son reos de pecado alguno, sino que solamente son trasplantados al reino de Dios, pues aun así, sin ningunos méritos buenos, se les da el reino de Dios a los que se les da, y sin ningunos méritos malos, no se les da a los que no se les da. Esto ordinariamente oponemos a los pelagianos cuando nos objetan que atribuimos la gracia de Dios a la fatalidad, al hado, al decir que no se nos da según nuestros méritos. Ellos sí que lo hacen depender de la fatalidad en los niños cuando dicen: "Si no hay mérito, el hado lo determina", pues reconocen que en los párvulos no puede haber mérito alguno por el que unos sean trasplantados al reino de Dios y otros sean excluidos o abandonados. Ahora bien: así como para demostrar que la gracia de Dios no se nos da según nuestros méritos he preferido defenderlo en los dos supuestos, a saber, en conformidad con la doctrina de los que afirmamos que los párvulos son reos del pecado original y también en la falsa opinión de los pelagianos, que niegan este pecado original, sin que por esto me quepa la menor duda de que también los párvulos tienen pecado, del que ha de perdonarles aquel que libra a mi pueblo de sus pecados64, así también, en el libro III, capítulos 20 y 23 de la Obra Sobre el libre albedrío, me opuse a los maniqueos, tanto si la ignorancia y la dificultad para el bien, sin las que ningún hombre viene a este mundo, eran consideradas cual castigos, como si se consideraban como el primer estado de la naturaleza humana; y, sin embargo, sostengo y defiendo solamente una de ellas (la primera).
30. En balde, pues, se me echa en cara la anterioridad de aquel libro mío a fin de impedir que me ocupe, como debo, de este asunto de los párvulos y de probar con la luz de la transparente verdad que la gracia de Dios no se da según los méritos de los hombres, porque si, cuando siendo del estado laical, empecé aquellos libros que terminé cuando, ya sacerdote, tenía algunas dudas sobre la condenación de los párvulos que mueren sin el bautismo, y la salvación de los que reciben ese sacramento, me parece que nadie será tan injusto y envidioso para conmigo que me prohíba progresar en el conocimiento de la verdad y me obligue a permanecer en la duda. Por tanto, pudiendo con más exactitud entenderse que yo nunca dudé de estas verdades, aunque para refutar a los maniqueos lo considerara desde distintos puntos de vista, bien que la ignorancia y las dificultades para el bien sean pena del pecado original en los párvulos (como afirma la Verdad), bien que no lo sean, como erradamente dicen algunos, siempre queda en claro que no hay que admitir el error maniqueo de la existencia de dos principios mezclados, el principio del bien y el principio del mal. Lejos de nosotros el que dejemos esta cuestión de los párvulos como si dudáramos aún de que los regenerados en Cristo, si mueren antes del uso de la razón, pasan a la vida eterna, y los no regenerados caen en la muerte segunda, puesto que no se puede entender rectamente de otra manera lo que está escrito: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así se propagó a todos los hombres65; y de la muerte eterna, que es justísima sanción del pecado, nadie libra, ni a los pequeños ni a los grandes, sino aquel que por perdonar los pecados originales y nuestros pecados propios murió sin ningún pecado, ni original ni propio. Pero ¿por qué a unos sí y a otros no? Una y otra vez repetimos sin pizca de vergüenza: ¡Oh hombre!, ¿tú quién eres para controvertir con Dios?66 Inescrutables son sus juicios e ininvestigables sus caminos...67; y ahora añadimos esto: No preguntes cosas más altas que tú y no escrutes cosas que te sobrepujan68.
31. ¿Veis, pues, carísimos, cuan absurdo es y cuán contrario a la sana fe y a la verdad sincera decir que los párvulos muertos antes del uso de la razón serán juzgados según lo que Dios preconoció que habían de hacer si vivieran? Esta opinión, que ciertamente causa horror a todo espíritu humano dotado de una partecica de razón, y especialmente a todo espíritu cristiano, se han visto obligados a abrazar todos aquellos que por horror al error pelagiano sostienen que la gracia de Dios por Jesucristo, con la que únicamente nos socorre después de la caída del primer hombre, en quien todos caímos, se nos da según nuestros méritos. El mismo Pelagio condenó y rechazó dicha opinión ante los obispos de Oriente por temor de su misma condena. Luego si no se puede sostener que los hombres serán juzgados de las obras buenas o malas que habrían hecho si más hubiesen vivido, puesto que tales obras no son nada y en la misma presciencia divina futuramente inexistentes; si esto no se puede sostener sin grave error, ¿qué resta sino confesar paladinamente lo que defiende la Iglesia católica contra la herejía pelagiana, a saber: la gracia de Dios no se da según nuestros méritos, como más evidentemente se ve en los párvulos? Porque el hado no obliga a Dios a socorrer a unos sí y a otros no, siendo la causa común; ni se puede creer que las cosas humanas, en lo que se refiere a los niños, no son dirigidas por la Providencia divina, sino por el destino ciego, el ciego acaso, tratándose de salvar o condenar almas racionales, cuando ni un pajarillo cae sobre la tierra sin que lo disponga nuestro Padre celestial69. Ni tampoco hay que atribuir a la negligencia de los padres el que los párvulos mueran sin el bautismo, de tal manera que para nada intervengan los juicios divinos, como si los que de esta manera malmueren hubiesen elegido por propia voluntad los negligentes padres de que nacieron. ¿Y qué diremos del niño que expira antes de que pueda ser socorrido y lavado con el bautismo? Bien sabéis que a las veces, apresurándose los padres y preparados los ministros para administrar el bautismo, no se le administra, porque no lo quiere Dios, que no le concedió un poco más de vida para que se le administrase. ¿Y de qué procede el que Dios salve de la perdición eterna a los niños de los infieles dándoles lugar a que se les socorra con el bautismo y a los hijos de los fieles no se lo concede? Con todo esto se demuestra con evidencia que Dios no es aceptador de personas70, pues de otra manera libraría Dios antes a los hijos de sus servidores que a los de sus enemigos de Él.
Fiesta: celebrada tres veces al año, el 2 de febrero y el 8 y 11 de septiembre.
A la llegada de los españoles a la región de Guanare, hacia el 1591, un grupo de indios de la tribu de los Coromotos decide abandonar su tierra y huir hacia el río Tucupido, porque no quieren nada con los blancos ni con la religión que ellos traen. Cincuenta años después los indios, que siguen sin convertirse al Evangelio, viven en un poblado no muy distante de la villa de los españoles; ambos grupos viven en armonía, pero permanecen aislados entre sí.
Estando así las cosas, una mañana del año 1651, el cacique de los Coromotos, junto con su esposa, contempla asombrado una extraordinaria visión. En la quebrada del río Tucupido, sobre la corriente de las aguas, una hermosa señora los está mirando con una amable expresión en su rostro; el pequeño niño que lleva en sus brazos también les sonríe plácidamente. La misteriosa señora llama al cacique y le ordena: "Sal del bosque junto con los tuyos y ve donde los blancos para que reciban el agua sobre la cabeza y puedan entrar en el cielo".
El cacique impresionado por lo que ha visto y oído, decide obedecer a la bella señora y marcha con su tribu para ser instruido en la religión cristiana. Sin embargo, el indio, acostumbrado a la libertad de los bosques no puede adaptarse al nuevo régimen de vida y junto con su familia, se vuelve a su aldea en la selva. La señora se aparece nuevamente, esta vez en la modesta choza del indígena; y aunque la Virgen se presenta rodeada de un aura luminosa cuyos rayos inundan de fuego todo el bohío, no logra conmover al cacique que, enojado, trata de echarla y hasta llega a tomar sus armas con la clara intención de amenazar a la amable señora. Siempre sonriente, la Virgen avanza suavemente hacia el cacique y cuando este extiende con ira su mano para atraparla, ella desaparece ante su vista. En el puño cerrado del indio coromoto quedó una pequeña estampa en la que ha quedado impresa la imagen de la Señora.
El mal ejemplo es un obstáculo para que otros encuentren la verdad sobre Jesucristo. Siempre ha sido así. No por eso la verdad cambia. ¡Cuantos se han separado de la Iglesia por el mal ejemplo de un sacerdote o de alguien que está identificado con la Iglesia!. ¡Que gran responsabilidad tenemos los cristianos al ser embajadores de Cristo! Debemos al mismo tiempo recordar que nuestra fidelidad a la Iglesia se fundamenta en Dios que nunca falla. Cuando vemos el pecado ajeno, en vez de separarnos de la Iglesia, debemos examinar nuestro propio comportamiento que es por el que seremos juzgados. Pero que difícil es eso cuando nunca se ha conocido a Jesús, como en el caso de los indios. ¿como pueden llegar a distinguir entre los católicos malos y la verdad de su religión?. Por la dificultad de ello es que viene la Virgen a Venezuela, y con su amor de madre lleva a los indios a superar el obstáculo de las diferencias culturales y a recibir por la Iglesia a Jesús.
La Virgen de Coromoto es una diminuta reliquia que mide 27 milímetros de alto por 22 de ancho. El material de la estampa pudiera ser pergamino o "papel de seda"; la Virgen aparece pintada de medio cuerpo, está sentada y sostiene al Niño Jesús en su regazo. Su apariencia es de ser dibujada con una fina pluma, trazada como un retrato en tinta china a base de rayas y puntos.
La Virgen y el Niño miran de frente; erguidas sus cabezas coronadas. Dos columnas unidas entre si por un arco forman el respaldo del trono que los sostiene. La virgen cubre sus hombros con un manto carmesí con oscuros reflejos morados. Un blanco velo cae simétricamente sobre sus cabellos cubriéndolos devotamente. La túnica de la Virgen es de color pajizo y la del niño es blanca como su velo.
La imagen se muestra a la veneración de los fieles protegida dentro en una riquísima custodia. El 7 de octubre de 1944, a petición de los obispos de la nación, Pío XII la declaró, "Patrona de la República de Venezuela" y su coronación canónica se celebró al cumplirse los tres siglos de la aparición, el 11 de septiembre de 1952.
El Emmo, Sr. Cardenal Arzobispo de la Habana, Manuel Artega y Betancourt, coronó la sagrada imagen de Nuestra Señora de Coromoto en representación del Papa Pío XII. Los venezolanos celebran a su patrona en tres ocasiones cada año, el 2 de febrero y el 8 y 11 de septiembre. El Santuario Nacional de la Virgen de Coromoto, lugar de encuentro de grandes peregrinaciones, fue declarado Basílica por S.S. el Papa Pío XII el 24 de mayo de 1949.
16. Pero se objeta: "¿Por qué la gracia de Dios no se da según los méritos de los hombres?" Respondo: Porque Dios es misericordioso. "¿Y por qué no a todos?" Porque Dios es Juez justo; y por esto justamente, precisamente, da su gracia gratis y por justo juicio de Dios se manifiesta en otros qué es lo que confiere la gracia a aquellos a quienes se la concede. No seamos, por ende, ingratos si, según su beneplácito y para la gloriosa alabanza de su gracia, quiere Dios misericordioso librar de bien merecida perdición a tantos, cuando, aunque no librase a nadie, no por eso sería injusto, ya que por uno fueron condenados todos, no por injusta, sino por justa y equitativa sentencia. Consecuentemente, el indultado ame la gracia y la agradezca; y el que no es indultado, reconozca su deuda y que merecidamente sufre la condena. Si la bondad se manifiesta perdonando la deuda, la equidad resplandece al exigirla; pero nunca puede verse injusticia alguna en Dios nuestro Señor.
17. Pero se dice: "¿Por qué no solamente en los párvulos, sino mismamente en dos gemelos, una misma causa se resuelve con tan distinta sentencia?" Esta pregunta viene a ser lo mismo que esta otra: "¿Por qué en causas diversas la misma sentencia?" Recordemos la parábola de aquellos obreros viñadores que trabajaron durante todo el día y los que lo hicieron sólo durante una hora28; el trabajo prestado era bien diferente, el salario, sin embargo, fue exactamente el mismo; ¿y acaso los refunfuñantes y murmuradores oyeron del padre de familia otra cosa que "Yo lo quiero así?, ¿y qué?; si a mí me da la gana hacer esto, ¿a vosotros qué?" Fue el padre de familias de tal manera liberal para con unos, que no quebrantó en lo más mínimo la justicia para con los otros. Demás de esto, es de notar que allí se trataba de recompensas acordadas por el Señor, pero en lo tocante a justicia y gracia, puede decírsele al reo que no se le indulta del reo indultado: Toma lo que es tuyo y vete; a este otro quiero darle lo que no se le debe; ¿acaso no me es permitido hacer lo que quiera, o ha de ser tu ojo malo porque yo soy bueno?29 Si éste replicase: "¿Y por qué no a mí?", merecidamente oiría: ¡O homo!, tu quies es qui respondeas Deo?30 (¡Hombre!, ¿quién eres tú para controvertir con Dios?) Reconoce en lo que hace con el primero su munífica liberalidad; en lo que hace contigo, a un justísimo ejecutor; injusto para con nadie, pues si aun castigando a los dos sería justo, el perdonado tiene por qué darle gracias infinitas, y el castigado, nada tiene que reprocharle.
18. Se insiste en la objeción y dicen: "Pero; si convenía que Dios, para manifestar lo que se debía hacer con todos los hombres, condenara a algunos a fin de que así apareciese más graciosa su gracia en los vasos de misericordia, ¿por qué en la misma causa me ha de condenar a mí antes que al otro, o al otro lo ha de indultar mejor que a mí?" ¿Me preguntas el porqué? A esto no respondo, pues confieso que no encuentro qué responder, y si aun insiste que por qué, en este caso concreto te digo que así como es justa su ira, como es grande su misericordia, tan inescrutables son sus juicios.
19. Supongamos que aun insiste: "¿Y por qué a algunos servidores suyos de buena fe no les concede el perseverar hasta el fin?" ¿Por qué crees tú que es sino porque no miente el que dijo: De entre nosotros salieron, pero no eran de nosotros; porque si de nosotros fueran, hubieran permanecido con nosotros?31 ¿Pero acaso hay dos naturalezas de hombres? De ninguna manera. Si existieran dos naturalezas, no habría gracia, puesto que nadie sería gratuitamente liberado si se le daba lo que se le debía. Creen los hombres que todos los que parecen buenos y fieles deben recibir la perseverancia final; pero Dios ha juzgado mejor mezclar con sus santos a algunos que no han de perseverar, a fin de que no se crean seguros aquellos a quienes no les conviene la seguridad en las tentaciones de esta vida. De esta perniciosa soberbia retrae a muchos lo que dice el Apóstol: Por ende, el que piensa estar firme, mire no caiga32. Por su propia voluntad cae el que cae y por voluntad de Dios permanece firme el que permanece firme, pues poderoso es Dios para sostenerlo33; y, por consiguiente, no él a sí mismo, sino Dios, y así, bueno es no engreírse, antes bien vivir con temor34. La caída o estabilidad de cada uno es siempre, debida a algún pensamiento, y el Apóstol dice, según recordaba en el libro anterior: No somos capaces por nosotros mismos para concebir algún pensamiento bueno como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia o capacidad viene de Dios35; y siguiendo al mismo, el bienaventurado Ambrosio se atreve y dice: No están en nuestra mano (no dependen de nosotros) nuestro corazón ni nuestros pensamientos"; lo que todo el que es humilde y sinceramente piadoso tiene por certísimamente verdadero.
20. ¡San Ambrosio, en el libro que escribió titulado De fuga saeculi (De la huida del mundo), desarrolla este pensamiento, y nos enseña que debemos huir de él, no con el cuerpo, pero con el corazón, lo cual afirma que sin el auxilio de Dios no podemos hacerlo. Dice el capítulo 1: "Con frecuencia afirmamos que tenemos que huir del mundo, y ojalá fuese el afecto tan cauto y solícito como fácil es el discurso"; pero, desgraciadamente, los halagos engañosos de los terrenales deseos se introducen furtivamente en nosotros y la ofuscación producida por las vanidades obnubila nuestra mente de tal manera, que estás dándole vueltas en tu magín a aquello mismo que deseas evitar. Es difícil al hombre precaverse contra esto, el evitarlo en absoluto es totalmente imposible; y que es más un buen deseo que verdadera realidad, lo atestigua el profeta diciendo: Inclina mi corazón a tus prescripciones y no a la avaricia36. No están en nuestra mano ni nuestro corazón ni nuestros pensamientos, que de improviso ofuscan nuestro espíritu y lo arrastran a donde no te habías propuesto: a cosas vanas, mundanas, terrenales, voluptuosas, halagadoras; y en el mismo tiempo que intentamos elevar nuestra mente a las cosas del cielo, asaltados por multitud de vanos pensamientos, volvemos a caer, las más de las veces, en cosas de la tierra". Por consiguiente, no está en la mano del hombre el que los hombres tengan poder para ser hechos hijos de Dios37, sino que la reciben de aquel que inspira los buenos pensamientos, por los que alcanzan la fe, que obra por la caridad38; y para adquirir un tan gran bien, conservarlo y progresar perseverantemente hasta el fin no somos capaces por nosotros mismos de concebir ni un buen pensamiento como de nosotros mismos, sino nuestra suficiencia proviene de Dios39, que dispone a su voluntad de nuestros corazones y de nuestros pensamientos.
CAPÍTULO IX
21. ¿Por qué, entre dos niños, igualmente sujetos al pecado original, se tome a éste y se abandone a aquél, y de dos adultos ya grandevos, impíos, se llame a éste de tal modo, que siga al llamante, y al otro, o no se le llame o no se le llame como al primero? Inescrutables son los juicios de Dios. ¿Por qué, entre dos fieles piadosos, a éste se le dé la perseverancia final y al otro no? Más inescrutables todavía son los juicios de Dios. Mas lo que los fieles deben tener como cierto de toda certeza es que aquél es de los predestinados, y el otro, no; porque si fuese de los nuestrosdice uno de los predestinados que había bebido el secreto en el mismo corazón de Jesús, ciertamente hubiese perseverado con nosotros40. ¿Qué significa esto de No eran de los nuestros, porque, si fuesen, hubieran perseverado con nosotros? ¿Qué significa esto, repito? ¿Acaso no fueron ambos creados por Dios? ¿No eran ambos hijos de Adán? ¿No fueron ambos hechos de tierra y no habían recibido de quien dijo: Yo he hecho todo estado41, almas de exactamente la misma naturaleza?; y, finalmente, ¿no fueron igualmente llamados e igualmente siguieron la llamada divina, y ambos justificados, y ambos renovados por el bautismo de la regeneración? A estas preguntas respondería quien no hay duda que sabía muy bien lo que decía: "Todas esas cosas son verdad, y, según ellas, eran de entre los nuestros; sin embargo, según otra cierta diferencia, no eran de los nuestros; porque si fuesen de los nuestros, ambos perseverarían con nosotros". ¿Y cuál es, por fin, esta diferencia? Abramos los santos libros de Dios, no apartemos nuestra mirada; la sagrada Escritura clama, apliquemos nuestro oído: No eran de éstos, porque no habían sido elegidos en Cristo antes de la constitución y creación del mundo; no habían conseguido en El esa suerte; no habían sido predestinados según el propósito del que lo hace todo, pues si fuesen todo eso, serían de éstos y con ellos hubieran perseverado.
22. Sin hablar de lo fácil que es a Dios el traer a su fe las voluntades apartadas y aun las adversas o contrarias de los hombres y el obrar en sus corazones de ellos para que resistan y no cedan ante cualquier adversidad y no se aparten de Él, vencidos por alguna tentación, puesto que, como dice el Apóstol, puede no permitir que sean tentados sobre sus fuerzas42, sin hablar de esta omnipotencia del Señor, ciertamente, sabiendo Dios en su presciencia que habían de caer, podía antes de que esto sucediera sacarlos de esta vida. Naturalmente, ¿no vamos a tener que dilucidar otra vez y evidenciar cuan absurdo es afirmar que los difuntos son juzgados también de los pecados que Dios en su presciencia sabe que habían de cometer si viviesen? Esto es tan contrario y horrendo al sentir cristiano y aun al humano, que hasta el tener que refutarlo causa rubor. ¿Por qué no decir también que la predicación del Evangelio, que tantos trabajos, sudores y dolores cuesta a los santos, ha sido totalmente inútil, ya que los hombres podían ser juzgados aun no oyendo el Evangelio, en conformidad con la contumacia u obediencia que Dios, mediante su presciencia, preconoció (presupo) que habían de ofrecer los hombres que lo oyesen? Si así fuera, no habrían sido condenados los de Tiro y Sidón (aunque serán juzgados con más clemencia que las ciudades no creyentes, en las que Cristo tantos portentos realizó)43, porque si hubieran sido hechos en ellas, hubieran hecho penitencia en cilicio y ceniza, según palabras de la misma Verdad, en las cuales Cristo nuestro Señor nos hace ver la profundidad del misterio de la predestinación.
23. Si se me pregunta que por qué fueron hechos tantos milagros ante aquellos que viéndolos no habían de creer y no ante los que creerían si los viesen, ¿qué responderé? ¿Acaso lo dicho en cierto libro respondiendo a seis preguntas de los paganos, sin perjuicio, naturalmente, de considerar otras razones que los prudentes y eruditos pueden investigar? Sabéis que preguntándoseme por qué Cristo tardó tanto en venir, decía yo en aquel libro: "Jesucristo sabía que en los tiempos y lugares en que no se predicó su Evangelio, los tiempos habían de ser como fueron muchos do los que tuvieron el privilegio de verlo corporalmente, que ni aun resucitando muertos creyeron en El". Además de esto, en el mismo libro, un poco más adelante, contestando a la misma pregunta, digo: "¿Qué de particular tiene que Cristo, sabiendo que el mundo en los primeros tiempos había de estar lleno de gente infiel, no quisiese que su Evangelio fuese predicado a quienes ni a las palabras ni a los portentos habían de creer?" Pero, evidentemente, esto no podemos decirlo de Tiro y Sidón, que, por el contrario, son un ejemplo de los ocultos juicios de Dios en las secretas causas de la predestinación, a la que por entonces no quería referirme. Cosa obvia es acusar de voluntaria infidelidad a los judíos, que no quisieron creer ni ante los grandes milagros hechos a vista de ellos, y el Señor mismo se lo reprocha ásperamente diciendo: ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida!, porque si en Tiro y Sidón se hubiesen hecho los milagros que se han hecho en vosotros, tiempo ha que hubiesen hecho penitencia cubiertas de cilicio y yaciendo sobre ceniza44; pero no podemos decir que los tirios y sidonios no habían de creer a la vista de los milagros y hechos maravillosos si ante ellos se hiciesen, pues Cristo nuestro Señor asegura que hartan penitencia humilde y sincera si en ellas se hubieren realizado todos aquellos portentos. Sin embargo, el día del juicio, Tiro y Sidón serán castigadas, aunque bastante menos que esotras ciudades que, a despecho y pesar de tantos prodigios, se mantuvieron ternes en su incredulidad, porque Cristo continúa y dice: Por tanto, os digo que Tiro y Sidón serán menos rigurosamente castigadas en el día del juicio que vosotras45. En consecuencia, más severamente serán tratados los judíos, más benignamente los tirios y sidonios; pero todos serán castigados. Ahora bien: si Dios ha de juzgar a los hombres después de muertos por los pecados que cometerían si hubiesen vivido más tiempo, luego también, porque éstos habrían sido fieles y buenos si se les hubiera anunciado el Evangelio con tantas señales y prodigios como a los judíos, no serán castigados. No obstante, lo serán; por ende, es falso de toda falsedad que los hombres sean juzgados después de muertos por lo que harían si se les hubiese anunciado el Evangelio. Y si esto es falso, falso también es que los niños que mueren sin el bautismo mueren así en castigo de lo que Dios prevé, esto es, que aunque viviesen y se les predicase el Evangelio, habrían de permanecer en su infidelidad. No resta más que el pecado original, por el que son culpables y merecedores de condenación. Vemos en otros que, teniendo la misma causa, solamente por gracia de Dios totalmente gratuita se les perdona con la regeneración (o bautismo), y por oculto, pero justo juicio de Dios (pues en Dios no hay injusticia)46, a algunos que perecerán viviendo pésimamente después del bautismo se les conserva la vida hasta que perezcan, les cuales no perecerían si se hubiera anticipado la muerte a su caída. En resumen: nadie es juzgado por lo que después de muerto haría de bueno o de malo si no hubiese muerto; de lo contrario, los tirios y sidonios no estarían padeciendo ahora por lo que en realidad hicieran, sino que por lo que habrían hecho, si se les hubiesen anunciado el Evangelio acompañado de señales y prodigios, hubieran conseguido la salvación por su gran penitencia y por su fe en Cristo.
El corazón de María nos evoca el mundo de sentimientos de la Madre del Señor. María es asimismo la creyente que guarda y medita en su corazón los momentos de la manifestación de Jesús; el corazón de María aparece entonces como la cuna de toda la meditación cristiana sobre los misterios de Cristo.
Inmaculado corazón de la Virgen María
La liturgia propone esta memoria al día siguiente de la gran fiesta del Corazón de Jesús. Así, tras la solemnidad en que se celebra el corazón abierto del Salvador, hacemos un recuerdo más discreto del corazón de la madre, la toda-santa, la obra primorosa del Espíritu.
El corazón de María
El símbolo «corazón de María» nos evoca el mundo de sentimientos de la Madre del Señor: ella conoce la alegría desbordante (cf. Lc 1, 28.47), pero también la turbación (cf. Lc 1, 29), el desgarro (cf. Lc 2, 35), las zozobras y angustias (cf. Lc 22, 48). María es asimismo la creyente que «guarda y medita en su corazón» los momentos de la manifestación de Jesús, ya en el nacimiento (Lc 2, 19), o más tarde en la primera Pascua del niño (2, 51); el corazón de María aparece entonces como «la cuna de toda la meditación cristiana sobre los misterios de Cristo» O. Mª Alonso). María es, además, modelo del verdadero discípulo, que escucha la Palabra, la conserva en el corazón y da fruto con perseverancia (Cf. Lc 8, 11-15.19-21 y 11, 27-28). María es, en fin, la mujer nueva que vive sin reservas ni cálculos el don y los afanes del amor: «el corazón de María es su amor»; «su corazón es el centro de su amor a Dios y a los hombres» (Antonio Mª Claret).
Vamos a desarrollar este último punto, comenzando por el amor a Dios. Si a María le hubieran abierto alguna vez las venas, quizá le habría sucedido, y con más razón, lo que se cuenta de un místico: le abrieron las venas, y la sangre, al caer, en vez de formar un charco, trazaba unas letras, que iban componiendo un nombre, el nombre de Dios. Hasta ese punto lo llevaba metido en su propia sangre. Tan «perdidamente» enamorado de él estaba.
María, bajo el título de su Corazón, nos muestra que la vida cristiana no estriba ante todo en someterse a una ley, asentir a un sistema doctrinal, cumplir un ritual en que se honra a Dios con los labios. Ser cristianos es vivir una relación de acogida, confianza y entrega al Dios vivo; es una adhesión personal a Cristo, Desde ahí se vivirá la obediencia a la voluntad de Dios, se acogerá la enseñanza del Evangelio, se adorará a Dios en espíritu y verdad.
Sobre el amor de María a los hombres nos habla el Papa Juan Pablo II. Jesús —decía el Papa en la encíclica Dives in misericordia, n. 9— manifestó su amor «misericordioso» ante todo en el contacto con el mal moral y físico. En ese amor «participaba de manera singular y excepcional el corazón de la que fue Madre del Crucificado y del Resucitado... En ella y por ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Tal revelación es especialmente fructuosa, porque se funda, por parte de la Madre de Dios, sobre el tacto singular de su corazón materno, sobre su sensibilidad particular, sobre su especial aptitud para llegar a todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre».
Pero el papa invita en otro lugar a destacar sobre todo el amor preferencial por los pobres: «La Iglesia, acudiendo al corazón de María, a la profundidad de su fe, expresada en las palabras del Magnificat, renueva cada vez mejor en sí la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes, que, cantado en el Magnificat, se encuentra luego expresado en las palabras y obras de Jesús» (Redemptoris Mater, n. 37).
El corazón de María se muestra así como un corazón dilatado y poblado de nombres, en especial de los nombres de los últimos. Por eso la presentarán algunos como la mujer toda corazón.
Historia de la piedad y la liturgia
Lo Santos Padres habían reflexionado ya sobre el corazón de la Madre del Salvador, pero será más tarde cuando aparezca la devoción cordimariana. Los primeros testimonios proceden del siglo VIII. […]
San Juan Eudes (1601-1680) será el gran promotor de la devoción a los sagrados corazones de Jesús y de María. Sobre el objeto de la devoción a este último escribía: «Deseamos honrar en la Virgen madre de Jesús no solamente un misterio o una acción, como el nacimiento, la presentación, la visitación, la purificación; no sólo algunas de sus prerrogativas, como el ser madre de Dios, hija del Padre, esposa del Espíritu Santo, templo de la Santísima Trinidad, reina del cielo y de la tierra; ni tampoco sólo su dignísima persona, sino que deseamos honrar en ella ante todo y principalmente la fuente y el origen de la santidad y de la dignidad de todos sus misterios, de todas sus acciones, de todas sus cualidades y de su misma persona, es decir, su amor y su caridad, ya que según todos los santos doctores el amor y la caridad son la medida del mérito y el principio de toda santidad».
Hacia 1643 empezó a celebrar la fiesta del Corazón de María, que años después aprobaron numerosos obispos, a pesar de la oposición de los jansenistas, y en 1668 confirmó el cardenal legado para Francia. En Roma se denegó la solicitud de que se estableciera la fiesta, por presentar ciertas dificultades doctrinales. En 1805 se concedió la celebración a todos los que lo solicitasen expresamente de Roma. En 1855 la Congregación de Ritos aprobó nuevos textos, pero con la misma restricción.
El 31 de octubre de 1942, en el 25 aniversario de las apariciones de Fátima, Pío XII consagró la Iglesia y el género humano al inmaculado corazón de María. […] El 4 de mayo de 1944, el papa extendió a toda la Iglesia latina la fiesta litúrgica del Inmaculado Corazón de María, fijando la fecha para el 22 de agosto, octava de la Asunción.
Ya antes del Concilio Vaticano II se registraron notables cambios en la imagen de María: se reduce cierta retórica de las grandezas y los privilegios y se contempla la María de Nazaret inserta en la larga historia del Pueblo de Dios. Se destaca más su condición de sierva que su regio esplendor de soberana, más su ejemplaridad que su poder. Se atisba que también ella vivió la fe pasando por el desconcierto, la oscuridad, incluso la noche (cf. Lc 2, 50); que su amor a Dios conoció la sequedad, la prueba, quizá parecido abandono al de su Hijo; que hubo de mantener su esperanza a pesar de aparentes mentís de la experiencia. María vivió de este modo, desde dentro, desde el corazón, la peregrinación de la fe, los caminos arduos del amor, los combates de la esperanza.
Por su lado, las prácticas señaladas conocerán una fuerte crisis. Acaso se explique por distintos factores: la renovación litúrgica y la celebración eucarística vespertina propiciaban el eclipse o la desaparición de las devociones. El lenguaje sobrecargado de epítetos, teológicamente flojo, quizá incluso dulzón en exceso, no prendía ya en las nuevas generaciones. Una tendencia iconoclasta rechazaba todo lo «preconciliar» y sus acentos «triunfalistas». Una nueva estima por la palabra de Dios desplazaba el anterior interés por los mensajes de las apariciones. La secularización de la sociedad, la búsqueda de una nueva forma de presencia cristiana en el mundo y quizá también cierto complejo vergonzante llevó a la supresión de manifestaciones religiosas masivas en la calle. Una nueva conciencia eclesial tendrá como repercusión el abandono de devociones características de los institutos religiosos, vistas como formas de capillismo.
Sin embargo, nuevas experiencias y reflexiones parecen estar contribuyendo a un renacer. Señalamos, entre otras, la recuperación de la riqueza teológica bíblica apuntada más arriba y la renovada consideración del misterio de María: el gozoso mensaje que su corazón nos transmite sobre las profundidades a que llega la obra del Espíritu, la rica interioridad de ese corazón sabio que guarda y medita la historia de Jesús y compara esta obra nueva de Dios con su acción en el pasado de Israel, la fuerza profética de su canto (el Magnificat), la llamada con que ese corazón de madre invita al cultivo de un elemento materno en los evangelizadores.
Pablo Largo Domínguez, c.m.f.
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,41-51
Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.
Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.
Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».
Él les contestó:
«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que le dijo.
Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.
Su madre conservaba todo esto en su corazón.
Reflexión del Evangelio de hoy
“Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así?”
Hoy celebramos la entrañable fiesta de nuestra Madre y todo su cúmulo de vivencias y sentimientos al acompañar el misterio de nuestra fe, al vivir la fidelidad en el seguimiento de su Hijo, en el encargo que el Padre le hizo: la memoria del corazón de María.
Al evocar el corazón de María, precisamente al día siguiente del corazón de Jesús, nos adentramos en el misterio de tantos hombres y mujeres que viven con intensidad, muchas veces con dolor, pero siempre con confianza, el seguimiento de Jesús y todas sus consecuencias.
María guardaba en su corazón incluso aquello que no comprendía, aquello que le dio felicidad y angustia para que, desde dentro de ella, la fidelidad brotara como un perfume que la rodeó toda su vida.
Dudas, sorpresas, pero sobre todo una intensidad de vida reflejada en cada momento con el acompañamiento a su Hijo, hace que la fiesta de hoy nos haga adentrarnos en nuestra propia vida. María es la primera cristiana, la compañera de camino, el ejemplo de fidelidad y de la confianza, por eso podemos vernos reflejados en ella. No es una mujer más, es “la llena de gracia” que supo guardar en su corazón lo que cada uno de nosotros vivimos, por eso puede ser ejemplo de vida consecuente con nuestras opciones. Aunque, a veces, muchas veces, nos vemos hundidos en una oscuridad que nos hace dudar, que nos hace sentir sumergidos en incertidumbres, podemos mirar a María sabiendo que ella, desde el nacimiento de su Hijo, hasta la cruz, no se dejó arrastrar por los sucesos de su vida ni por acontecimientos que superaban su comprensión.
“¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”
Jesús no se perdió en el templo, no se desorientó dentro de Jerusalén. Jesús tomó una decisión, quedarse, porque “yo debía estar en la casa de mi Padre”. Es muy comprensible la desorientación, no de Jesús, sino de sus padres, porque tomó una decisión sin contar con ellos.
Pero hay una nota que nos hace entender todo el texto: la angustia de unos padres que no encuentran a su hijo, la angustia de tantos hombres y mujeres en un mundo oscuro y lleno de incertidumbre, desaparece cuando el reencuentro se da… la serenidad de María al encontrarse con su hijo guardando todo en su corazón, debería ser también nuestra paz, guardando en nuestro corazón tantas cosas que vivimos debido a nuestras opciones, cosas que nos hacen sufrir, que muchas veces no comprendemos, pero que se convierten en riqueza y en fuerza cuando las guardamos con ternura en nuestro corazón, ante el encuentro, reencuentro, con Jesús.
María, Madre nuestra, luz y compañía en nuestro caminar, que sepamos mirarte como modelo de fidelidad y seguimiento y, en las incertidumbres de nuestra vida, que sepamos, como tú, encontrarnos con tu Hijo y guardar todo en nuestro corazón. De esta manera podremos seguir el camino al que hemos sido llamados: ser constructores del Reino de tu Hijo, constructores de ese nuevo mundo de paz, justicia y amor.
Fuente: Dominicos.org
EL INMACULADO CORAZON DE MARIA
CAUSA DE NUESTRA ALEGRÍA QUE HACE BROTAR LAS SEMILLAS COMO UN JARDIN
1. "María guardaba todas estas cosas en su corazón" (Lc 2,51). Aunque la concepción de Jesús se realizó por obra del Espíritu Santo, pasó por las fases de la gestación y el parto como la de todos los niños. El Corazón de María dio su sangre y su vida a Jesús Niño, pero la maternidad de María no se limitó al proceso biológico de la generación, sino que contribuyó al crecimiento y desarrollo de su hijo. Siendo la educación una prolongación de la procreación, el Corazón de María educó el corazón de su Niño, y le enseñó a comer, a hablar, a rezar, a leer y a comportarse en sociedad. Ella es Theotokos porque engendró y dio a luz al Hijo de Dios, y porque lo acompañó en su crecimiento humano. Jesús es Dios, pero como hombre tenía necesidad de educadores, pues vino al mundo en una condición humana totalmente semejante a la nuestra, excepto en el pecado (Hb 4,15). Y como todo ser humano, el crecimiento de Jesús, requirió la acción educativa de sus padres. El evangelio de san Lucas, particularmente atento al período de la infancia, narra que Jesús en Nazaret estaba sujeto a José y a María (Lc 2,51).
2. Los dones especiales de María, la hacían apta para desempeñar la misión de madre y educadora. En las circunstancias de cada día, Jesús podía encontrar en ella un modelo para imitar, y un ejemplo de amor a Dios y a los hermanos. José, como padre, cooperó con su esposa para que la casa de Nazaret fuera un ambiente favorable al crecimiento y a la maduración personal del Salvador. Enseñándole el oficio de carpintero, José insertó a Jesús en el mundo del trabajo y en la vida social. María, junto con José, introdujo a Jesús en los ritos y prescripciones de Moisés, en la oración al Dios de la Alianza con el rezo de los salmos y en la historia del pueblo de Israel. De ella y de José aprendió Jesús a frecuentar la sinagoga y a realizar la peregrinación anual a Jerusalén por la Pascua. María encontró en la psicología humana de Jesús un terreno muy fértil. Ella garantizó las condiciones favorables para que se pudieran realizar los dinamismos y los valores esenciales del crecimiento del hijo. María le dio una orientación siempre positiva, sin necesidad de corregir y sólo ayudar a Jesús a crecer «en sabiduría, en edad y en gracia» (Lc 2, 52) y a formarse para su misión. María y José son modelos de todos los educadores. Su experiencia educadora es un punto de referencia seguro para los padres cristianos, que están llamados, en condiciones cada vez más complejas y difíciles, a ponerse al servicio del desarrollo integral de sus hijos, para que lleven una vida digna del hombre y que corresponda al proyecto de Dios (Juan Pablo II).
3. Aunque fue su madre quien introdujo a Jesús en la cultura y en las tradiciones del pueblo de Israel, será él quien le revele su plena conciencia de ser el Hijo de Dios, siguiendo la voluntad del Padre. De maestra de su Hijo, María se convirtió en su discípula. Jesús empleó los años más floridos de su vida, educando a su Madre en la fe. Lo trascendental que resulta y fecundo gastar largos años en la formación de un santo. Tres años de vida itinerante y treinta años de vida de familia. La mejor discípula del Señor, fue formada por el mismo Señor, su Hijo. ¡Qué tierra más fértil la suya para recibir sus enseñanzas! Ella fue la única que dio el ciento por uno de cosecha. "¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron! -Más dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la practican" (Lc 11,27).
4. Según Santo Tomás, cuando damos culto al Corazón Inmaculado de María honramos a la persona misma de la Santísima Virgen. "Proprie honor exhibetur toti rei subsistenti” (Sum Theol 3ª q 5 a.1). El honor y culto que se da un órgano del cuerpo se dirige a la persona. El amor al Corazón de Maria se dirige a la persona de la Virgen, significada en el Corazón. Una persona puede recibir honor por distintos motivos, por su poder, autoridad, ciencia, o virtud. La Virgen es venerada en la fiesta de la Inmaculada, de la Visitación, de la Maternidad, o de la Asunción con cultos distintos, porque los motivos son distintos. El culto a su Corazón Inmaculado es distinto por el motivo, que es su amor.
5. Todas las culturas han visto simbolizado el amor en el corazón. En el de María, honramos la vida moral de la Virgen: Sus pensamientos y afectos, sus virtudes y méritos, su santidad y toda su grandeza y hermosura; su amor a Dios y a su Hijo Jesús y a los hombres, redimidos por su sangre. Al honrar al Corazón Inmaculado de María lo abarcamos todo, como templo de la Trinidad, remanso de paz, tierra de esperanza, cáliz de amargura, de pena, de dolor y de gozo.
6. En cada época histórica ha predominado una devoción. En el sig!o I, la Theotocos, la Maternidad divina, como réplica a la herejía de Nestorio. En el siglo XIII, la devoción del Rosario. En el XIX, la Asunción y la Inmaculada. A mediados de ese mismo siglo se fue extendiendo la devoción al Inmaculado Corazón de María, adelantada ya por San Bernardino de Sena y San Juan de Avila; y en el siglo XVII, San Juan Eudes. San Antonio María Claret, fundó la Congregación de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María, en el XIX. Y en el siglo XX, alcanza su cenit con las apariciones de la Virgen en Fátima y la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María. En Fátima la Virgen manifestó a los niños que Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a su Inmaculado Corazón como medio para la salvación de muchas almas y para conservar o devolver la paz al mundo. La Beata Jacinta Marto, le dijo a Lucía: "Ya me falta poco para ir al cielo. Tú te quedarás aquí, para establecer la devoción al Corazón Inmaculado de Maria". También se lo dirá después la Virgen. El año 1942, después de la consagración de varias diócesis en el mundo realizada por sus respectivos obispos, Pío XII hizo la oficial de toda la Iglesia, con lo que la devoción al Inmaculado Corazón de María se vió confirmada y afianzada. Y después Pablo VI y, sobre todo, Juan Pablo II, que respondió en Brasil, cuando le dijeron: “Santo Padre, agradecemos a Dios, sus trece años de pontificado”: -“Tres años de pontificado y diez de milagro”. El ha sido el Pontífice que ha acertado a cumplir plenamente el deseo de la Virgen, cuyos resultados se han visto con el derrumbamiento del marxismo y la conversión de Rusia.
7. Cuando en el siglo XVIII el mundo se enfriaba por el indiferentismo religioso de doctrinas ateas, se manifiesta Cristo a Santa Margarita María de Alacoque en Paray le Monial, y la constituye promotora del culto al Corazón de Jesús, y cuando en el siglo XX, el mundo se va a ver envuelto por amenazas de guerras, divisiones y odios, herencia nefasta del materialismo y del marxismo, pide la Virgen a los niños de Fátima que difundan la devoción al Inmaculado Corazón de Maria. Como remedio a los males actuales, la misma Virgen nos ofrece su Corazón Inmaculado, que es ternura y dulzura, pero también exigencia de oración, sacrificio, penitencia, generosidad y entrega. No basta el culto; hay que imitar sus virtudes.
7. El corazón desarrolla una sinergia, un lazo invisible, pero de irresistible fortaleza, que nos une con Dios, con los hombres y con las criaturas. El Corazón de María, expresa el corazón físico de María, que entregó su sangre para formar la Humanidad de Cristo, y en el que resonaron todos los dolores y alegrías sufridos a su lado; y el corazón espiritual, símbolo del amor más santo y tierno, más generoso y eficaz, que la hicieron corredentora, con el cúmulo de virtudes que adornan la persona de la Madre de Dios.
8. El Corazón es la raíz de su santidad, y el resumen de todas sus grandezas, porque todos sus Misterios se resumen en el amor. Dios, que creó el mundo para el hombre, se reservó en él un jardín donde fuera amado, comprendido, mimado, como el huerto cerrado del Cantar de los Cantares. Es su obra primorosa y singular. Su Corazón y su alma son templo, posesión y objeto de las delicias del Señor. Sólo su corazón pudo ser el altar donde se inmoló, desde el primer instante, el Cordero inmaculado. Según San Bernardo, Maria "fuit ante sancta quam nata": Nació antes a la vida de la gracia que a la de este mundo...No hay un Corazón más puro, inmaculado y santo que el de María. Como el sol reverbera sobre el fango de la tierra, su Corazón brilló sobre las miserias del mundo sin haberse contaminado por ellas. Es la Mujer vestida del sol del Apocalipsis (12,1).
9. La plenitud de la gracia que recibió María repercutió en su Corazón en el que no existió la más leve desviación en sus sentimientos y afectos. Su humildad, su fe, su esperanza, su compasión y su caridad, hicieron de su Corazón el receptáculo del amor y de la misericordia. El Corazón de María es el de la Hija predilecta del Padre. El Corazón de la Madre que con mayor dulzura y ternura haya amado a su Hijo. El Corazón de la Esposa donde el Espiritu realizó la más grande de sus maravillas, concibió por obra del Espíritu Santo.
10. El Corazón de María es también un corazón humano, muy humano. Es el corazón de la Madre: Todos los hombres hemos sido engendrados en el Corazón Inmaculado de Maria: "Mujer, he ahí a tu hijo" (Jn 19,26. San Juan nos representaba a todos. Poque amó mucho mereció ser Madre de Dios y atrajo el Verbo a la tierra; con sufrimiento y con dolor, ha merecido ser Madre nuestra. El amor a su Hjo y a sus hijos es tan entrañable, que guarda en su corazón las acciones más insignificantes de sus hijos, hermanos de su Hijo Jesús, el Hermano Mayor.
11. Dios quiere conceder sus gracias a los hombres por el Corazón Inmaculado de María. Es el cuello del Cuerpo Místico por donde descienden las gracias de la Cabeza. Sus hijos predilectos son los santos. Ella goza cuando interceden por nosotros, y goza viendo que las gracias que le piden llegan a nosotros a través de Ella. Por su Corazón pasa todo cuanto ennoblece y dignifica al mundo: las gracias de conversión, la paz de las conciencias, las santas aspiraciones, el heroismo de los santos, los rayos más luminosos que señalan al mundo los caminos de salvación. Como la imaginación, abandonada a sí misma es la loca de la casa, el corazón dejado a la deriva, sin educar, es la perdición de toda nuestra persona, María nos enseña a amar con ardor, pero con gran pureza. El amor a Dios, a nosotros mismos y a nuestros hermanos, halla el modelo humano más perfecto en el Corazón Inmaculado de Maria.
12. Si María fuera sólo Madre de la Iglesia como comunidad, y no Madre de cada uno de los miembros, sólo se preocuparía del bien de la Iglesia. Pero cada cristiano carecería de seguridad. Sería como un general que ama mucho a su ejército, pero no vacila en sacrificar a todos los soldados para salvar a la nación; y de intimidad, porque en una multitud tan grande, ¿cómo puede cada uno acercarse a Ella? Así como el soldado no tiene acceso fácil al general; ni el ciudadano al Jefe del Estado, María no sería nuestra Madre, sino nuestra Reina, o nuestro general, distante de nuestras pequeñas preocupaciones, si sólo nos mirara como comunidad.
13. Si una madre de diez hijos los amara sólo en grupo, y no se preocupara de cada uno en particular; si preparara comida, camas, descanso, trabajo, recreo para sus hijos, no sería madre de familia, sino administradora de un colegio o de un cuartel, donde la revisión médica y la vacuna colectiva se hace para todos una vez. La madre de familia, lleva al médico a cada hijo siempre que lo necesita o se queja: no tiene un día al año de revisión ni de vacuna para todos. Con la Virgen María no estamos en un cuartel, ni en un colegio, sino en una familia: "No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre se ha complacido en daros el Reino" (Lc. 12,32).
14. A María le sobra corazón para atendernos a todos como si fuéramos únicos: Dios le ha dado Corazón de Madre para que con él ame a todos y cada uno de los hombres, los de hoy y todos los de ayer y de mañana. Nosotros somos como la última floración, como el benjamín, al que prodiga sus cuidados.
15. Toda madre tiene amor particular a cada hijo y más al más desvalido, al subnormal, al extraviado, al más pecador, al más pequeño, al más necesitado. El Corazón de María nuestra Madre, ama a cada hombre con el mismo amor con que ama a toda la Iglesia. Ninguna madre cuando tiene el primer hijo restringe su amor, reservándolo para los que vengan. Da todo su amor al primero y al segundo, sin quitar nada al primero, y sin ahorrar nada para el tercero. Cuida de todos, y de cada uno como si no tuviera otro. Sólo saboreando el amor singular de su Corazón a cada uno, se puede gustar la delicia de sentirse amados por Ella, y se dialogará con ella y se intimará con Ella y se gozará en Ella. Para llegar a su intimidad, que es importantísimo para nuestra vida interior, es preciso tener firme fe en ese amor particular.
16. Todos estos conceptos brotan del "Totus tuus" de Juan Pablo II, que en su Encíclica "Redemptoris Mater", ha escrito: "Se descubre aquí el valor real de las palabras dichas por Jesús a su madre cuando estaba en la Cruz: «Mujer, ahí tienes a tu hijo», y al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26). Estas palabras determinan el lugar de María en la vida de los discípulos de Cristo y expresan su nueva maternidad como Madre del Redentor: la maternidad espiritual, nacida de lo profundo del misterio pascual del Redentor del mundo.... Es esencial a la maternidad la referencia a la persona. La maternidad determina siempre una relación única e irrepetible entre dos personas: la de la madre con el hijo y la del hijo con la madre. Aun cuando una misma mujer sea madre de muchos hijos, su relación personal con cada uno de ellos caracteriza la maternidad en su misma esencia. En efecto, cada hijo es engendrado de un modo único e irrepetible, y esto vale tanto para la madre como para el hijo. Cada hijo es rodeado del mismo modo por aquel amor materno, sobre el que se basa su formación y maduración en la humanidad. Se puede afirmar que la maternidad «en el orden de la gracia» mantiene la analogía con cuanto «en el orden de la naturaleza» caracteriza la unión de la madre con el hijo. En esta luz se hace más comprensible el hecho de que, en el testamento de Cristo en el Calvario, la nueva maternidad de su madre haya sido expresada en singular, refiriéndose a un hombre: «Ahí tienes a tu hijo». Se puede decir, además, que en estas mismas palabras está indicando plenamente el motivo de la dimensión mariana de la vida de los discípulos de Cristo; no sólo de Juan, que en aquel instante se encontraba a los pies de la Cruz en compañía de la Madre de su Maestro, sino de todo discípulo de Cristo, de todo cristiano. El Redentor confía su madre al discípulo y, al mismo tiempo, se la da como madre. La maternidad de Maria, que se convierte en herencia del hombre, es un don: un don que Cristo mismo hace personalmente a cada hombre. El Redentor confia María a Juan en la medida que confía Juan a María"…Entregándose filialmente a Maria, el cristiano, como el apóstol Juan, «acoge entre sus cosas propias» a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su «yo» humano y cristiano: «la acogió en su casa. Así el cristiano trata de entrar en el radio de acción de aquella «caridad materna», con la que la Madre del Redentor «cuida de los hermanos de su Hijo», «a cuya generación y educación coopera» según la medida del don, propia de cada uno por la virtud del Espíritu de Cristo. Así se manifiesta también aquella maternidad según el espíritu, que ha llegado a ser la función de Maria a los pies de la Cruz y en el Cenáculo. Esta relación filial, esta entrega de un hijo a la Madre, no sólo tiene su comienzo en Cristo, sino que se puede decir que definitivamente se orienta hacia El. Se puede afirmar que Maria sigue repitiendo a todos las mismas palabras que dijo en Caná de Galilea: «Haced lo que él os diga.En efecto es El, Cristo, e1 Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 4,6); es El a quien el Padre ha dado al mundo, para que el hombre «no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16)… Para todo cristiano y todo hombre, María es la primera que «ha creído», y precisamente con esta fe suya de esposa y de madre quiere actuar sobre todos los que se entregan a ella como hijos. Y es sabido que cuanto más perseveran los hijos en esta actitud y avanzan en la misma, tanto más María les acerca a la «inescrutable riqueza de Cristo (Ef 3,8). Porque sus hijos reconocen cada vez mejor la dignidad del hombre en toda su plenitud, y el sentido definitivo de su vocación, porque «Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre» (L.G.).
17. Durante el Concilio, Pablo VI proclamó solemnemente que «Maria es Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores» Más tarde, el año 1968, en el Credo del Pueblo de Dios, ratificó esta afirmación de forma más comprometida: "Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo su misión maternal para con los miembros de Cristo, cooperando al nacimiento y al desarrollo de la vida divina en las almas de los redimidos. El Concilio ha subrayado que la verdad sobre la Santísima Virgen, Madre de Cristo constituye un medio eficaz para la profundización de la verdad sobre la Iglesia… Por consiguiente, María acoge, con su nueva maternidad en el Espíritu, a todos y a cada uno en la Iglesia, acoge también a todos y a cada uno por medio de la Iglesia. En este sentido, Maria, Madre de la Iglesia, es también su modelo. En efecto, la Iglesia -como desea y pide Pablo VI- «encuentra en María, la más auténtica forma de la perfecta imitación de Cristo».
18. El egoísmo afecta a todo amor creado, incluido el de las madres, con ser el más puro. Sólo el amor de la Virgen María no tuvo jamás mezcla de egoísmo. El amor de su Corazón es virginal, sin mezcla de egoísmo, amor puro. Amándonos con amor virginal, sabemos que no se busca a sí misma: sólo busca nuestro bien. Incluso nuestra correspodencia de amor a Ella, no la quiere por bien suyo, aunque en ella se goce como madre, sino por bien nuestro, para poder lograr nuestra transformación en Dios. El amor particular que nos tiene engendra nuestra intimidad con Ella, y el abandono en su Corazón. Con el mismo amor con que ama a su Jesús. Al amar a Dios lo ha hecho "Emmanuel", "Dios con nosotros" y al amarnos a nosotros, nos identifica con El.
19. El amor de los padres resulta con frecuencia ineficaz para proteger y defender a sus hijos, que no pueden impedir que enfermen, sufran accidentes, mueran. Hacen por ellos lo que pueden, pero pueden muy poco. Pero como María nos ama con su Corazón de Madre de Dios, su eficacia es absoluta, porque tiene en sus manos la omnipotencia divina, no por ser madre nuestra, sino por ser Madre de Dios.
20. En una familia de cinco hijos si uno es muy rico y poderoso y los otros cuatro pobres, la madre no consentirá que el rico no socorrra a sus hermanos pobres. María no podrá consentir que su Hijo Jesús le impida usar de su infinita riqueza y poder para socorrernos a nosotros. Esto no va a ocurrir nunca, pues Jesús la ha hecho nuestra madre, y administradora de su Corazón. Jesús jamás pondrá límites al uso que su Corazón haga de sus tesoros infinitos.
21. Si el Padre hubiera concedido al Corazón de María algo a condición de que no fuera también nuestro, ella lo hubiera impedido: Si me haces su madre no me des nada que yo no pueda compartir con ellos. Al darnos el Corazón de su Madre y nuestra Madre, ha hecho nuestros todos los dones y riquezas que puso en su Corazón: su predestinación si la queremos, el cariño con que la envuelve, y los regalos con que Dios la recrea. No se puede amar a la Madre, si no se ama a sus hijos, ni se puede dar gusto a la madre, si se abandona a sus hijos.
22. Si a un niño pequeño le diéramos una joya preciosa, la perdería. Por eso se la damos a su madre, para que la conserve. Por eso Dios no ha querido darnos sus dones directamente, para que no nos pase como Adán. Se los ha confiado a María, que nunca los perderá. Estando en sus manos son nuestros. Ella nos los conserva. Su Corazón es nuestra seguridad, nuestro tesoro inviolable. Todo lo suyo es nuestro, Ella lo quiere para nosotros. Toda la inocencia de María, su pureza, su santidad, su humildad, su amor a Dios y a los hermanos es nuestro, porque Ella es nuestra. (San Juan de la Cruz. Dichos de luz y amor, 26). Y como son nuestros los podemos ofrecer a Dios, sobre todo cuando no tenemos nada que ofrecerle. Entonces es cuando le ofrecemos más y la conquistamos más, porque somos más pobres, como su Hijo, recibió los dos reales de la viuda.
23. Su Corazón hace suyos nuestros pecados y dolores, como los hizo suyos Jesús en su pasión y en la Eucaristía. Y nuestras tristezas y aflicciones. «Este es el Cordero de Dios, que toma sobre sí, los pecados del mundo"; los dolores y sufrimientos: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (He 9,4). Como en la Eucaristía Jesús sufre viendo nuestras carencias que reactivan su pasión, y goza inefablemente cuando nos ve a su lado, el Corazón de María, las considera suyas como se identificó con los sufrimientos Jesús como Corredentora, sufriendo todos nuestros dolores y pecados, y recibiendo hoy el consuelo de nuestra gratitud e intimidad . Siempre y en cada momento compadece con nosotros. Cuando pecamos, vuelve a sentirse como avergonzada y pecadora. Por eso Jesús nos perdona tan fácilmente, para quitarle a su Madre la humillación de nuestros pecados, que la oprime porque somos sus hijos. De la misma manera que el Padre nos perdona para quitar a su Hijo el oprobio que en la Eucaristía siente de nuestros pecados porque los hace suyos, y al quitárnoslos se los quita a El. Sin la Eucaristía sería muy difícil nuestro perdón, a pesar de la pasión de Cristo, que quedaría demasiado lejos, y es ahora cuando necesitamos que El haga suyo lo nuestro.
24. Por eso no debemos desconfiar ni desesperar. María es refugio de pecadores. Y cuando después del pecado nos echamos en sus brazos, Ella nos anima diciendo: Me siento Yo manchada; mas como mi Hijo quiere verme totalmente limpia, os limpiará a vosotros para que todos estemos limpios.
25. El Corazón de María es nuestro consuelo. No nos acompaña en el sufrimiento por pura fórmula. Llora con nosotros, sufre con nosotros nuestro mismo dolor, está con nosotros, tratando de que superemos la depresión de vernos solos y abandonados en el sufrimiento y en el dolor, especialmente en esta época de angustia, vacío y ansiedad. Siempre nos queda su Corazón, sus brazos acogedores maternales que llevan nuestra misma carga, haciéndola ligera. Y Jesús, amando a su Madre, para hacer ligera la carga de Ella, la lleva con Ella y con nosotros, y nos dice: "Venid a Mí todos los que estáis cargados y agobiados, y yo os aliviaré, porque mi yugo es suave, y mi carga ligera" (Mt. 11,28). Si aprendemos a ir a Jesús por María, hallaremos fortaleza y hasta verdadera delicia en el sufrimiento y en el dolor. La compañía que nos hacen los que nos aman es externa y desde fuera: son incapaces de llegar al nivel de nuestro dolor. El Corazón de María siente en nosotros y con nosotros todas nuestras angustias y dolores, porque conoce ahora, y siente en su carne, lo que estamos pasando. Y si su Corazón prefiere sufrir con nosotros ese dolor antes que quitárnoslo, es porque ve que es necesario pasarlo. Cuántos bienes deben seguirse de estos sufrimientos, humillaciones, anonadamiento y aislamiento, olvidos, desprecios, dolores físicos y morales, y hasta los mismos pecados que nos humillan y confunden, cuando el Corazón de María, pudiéndolos evitar, prefiere hacerlos suyos, y sufrirlos en nosotros y con nosotros. Si lo tenemos presente veremos la luminosidad de la cruz, y entenderemos lo que nos dice San Pablo: "Dios, a los que decidió salvar, determinó hacerlos conformes a la imagen de su Hijo" (Rom. 8,29), y "seremos conglorificados con El, si padecemos con El"(Rom. 8,17). Entonces comprendemos los deseos ardientes que los santos tuvieron de sufrir, y no nos extrañará oír a Santa Teresa: "O padecer o morir" y a San Juan de la Cruz: “Padecer y ser despreciado por Vos”.
26. La ilusión mayor de una madre es que su pequeño llegue a adulto y se haga fuerte como su padre: «Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto» (Mt. 5,48). Ese es el deseo del Corazón de María: que lleguemos a la perfección del Padre Celestial, copiando a su Jesús, que agota la hermosura del Padre, pues es esplendor de su gloria e imagen desu substancia. Esa es la clave para entender el empeño del Corazón de María en dejarnos sufrir.
27. Es muy provechoso que reflexionemos y meditemos las verdades eternas y desentrañemos con nuestro esfuerzo el valor y la riqueza de las virtudes y la maldad de los pecados y su fealdad y la belleza del amor pero, como obra nuestra, tengo para mí, que esta reflexión y actividad se queda a mitad camino, como diría San Juan de la Cruz, "con ella se hace poca hacienda". Reflexionando vemos, pero ya decía el clásico: "Video meliora, proboque, deteriora sequor". "Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor". Y San Pablo: "No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero" (Rm 7,19). Lo vemos, pero nos faltan fuerzas para hacer la verdad y lo mejor. Son las fuerzas que Dios nos ofrece por manos del Corazón de María, por eso lo más lógico y eficaz de razón y de fe, es llevar a la Eucaristía los problemas y en presencia y compañía del Corazón de María, derramar nuestro corazón, problemas y tentaciones para que como por ósmosis y en otra dimensión de nuestro ser, transformen nuestra vida, sin saber cómo y sin poderlo explicar.
"Entréme donde no supe,
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
Yo no supe dónde entraba,
Pero cuando allí me ví,
Grandes cosas entendí;
No diré lo que sentí,
Pero me quedé no sabiendo,
Toda ciencia trascendiendo"
(San Juan de la Cruz).
28. "¡Oh Dios, tú que has preparado en el Corazón de María, una digna morada al Espíritu Santo, haz que por la intercesión de su Corazón y su compañía e intimidad, lleguemos a ser templos de su gloria". Amen.