sábado, 15 de agosto de 2026
El impactante relato de cómo vio la Asunción de la Santísima Virgen una testigo privilegiada
La madre del Salvador, la que en todo fue sierva de Dios, la Bendita entre todas las mujeres, la llena de gracia, la que sin mancha fue concebida... Así sería conservada para la eternidad y su cuerpo no conocería la corrupción.
por Portaluz
14 Agosto de 2014
Período del relato: 15 de agosto. Año: 48. Lugar: Jerusalén. Hora de inicio del relato: Momentos antes de la hora Nona
“El Tránsito de la Santísima Virgen fue el año 48 después del nacimiento de Cristo... ¡Ay su Tránsito estuvo lleno de tristeza y de alegría!...
Algún tiempo antes de su Tránsito la Santísima Virgen rezó para que vinieran los apóstoles a estar con ella. Vi que les anunciaron su llamada en muy diversos parajes del mundo y todavía me acuerdo de lo siguiente:
...Unas apariciones (ángeles) llamaron a todos, incluso a los más alejados, a que se vinieran con la Virgen.
...Pedro estaba recostado junto a una pared y vi que se le acercaba un joven refulgente que le despertó tomándole de la mano y le dijo que debía levantarse y apresurarse a ir con la Virgen, y que encontraría a Andrés por el camino. Pedro, que ya estaba torpe a causa de la edad y la fatiga, se incorporó apoyando las manos en las rodillas mientras escuchaba al ángel. Apenas desapareció la aparición, se levantó, arregló su manto, se remangó la ropa en el cinturón, empuñó el báculo y se puso en camino. Pronto encontró a Andrés, a quien había llamado la misma aparición. En el camino se encontraron más adelante con Tadeo, a quien también se lo habían dicho así. De este modo llegaron hasta donde estaba María en Jerusalén, donde encontraron a Juan...
(Luego llegarían todos los apóstoles).Los últimos momentos... Vi mucha preocupación y tristeza... Su doncella estaba atribulada al máximo. La Santísima Virgen descansaba... tranquila. Estaba totalmente envuelta, incluso por encima de los brazos, con un saco de dormir blanco... Tenía el velo recogido sobre su frente en dobleces transversales, y para hablar con los hombres lo dejaba caer sobre su rostro: cuando no estaba sola se tapaba hasta las manos.
Por la tarde, cuando la Santísima Virgen supo que se acercaba su Tránsito, quiso despedirse de todos los presentes: apóstoles, discípulos y mujeres, según la voluntad de Jesús.
Su celda dormitorio estaba abierta por todas partes y ella estaba sentada incorporada en su lecho, blanca, resplandeciente y como transida de luz. La Santísima Virgen oraba y bendecía a cada uno con las manos cruzadas mientras le tocaba la frente. Luego habló a todos y, en resumen, hizo lo que Jesús le había mandado en Betania.
Eucaristía y Unción final
Cuando Pedro se acercó a verla, vi que llevaba en la mano un rollo de Escrituras... Mientras tanto habían preparado el altar y los apóstoles se revistieron para el servicio divino con sus largas vestiduras blancas y el ancho cinturón con letras... Ya estaba este algo avanzado cuando llegó de Egipto Felipe con un acompañante. Pasó inmediatamente a ver a la Madre del Señor, recibió su bendición y prorrumpió en llanto.
Entretanto, Pedro había terminado el santo sacrificio. Había consagrado y recibido el cuerpo del Señor y se lo había dado a los apóstoles y discípulos presentes. La Santísima Virgen no podía ver el alatar, pero durante el santo sacrificio estuvo sentada, incorporada en la cama con profundo y constante recogimiento.
Después que Pedro comulgó, dio el Santísimo Sacramento a todos los apóstoles y luego le llevó a la Santísima Virgen la comunión y la Unción final. Todos los apóstoles le acompañaron solemnemente... La Santísima Virgen descansaba sobre su espalda, tranquila y pálida. Miraba arriba constantemente, no hablaba con nadie y estaba como en arrobo permanente. Centelleaba de anhelo y yo podía sentir aquella ansia que la sacaba de sí. ¡Ay mi corazón también quería subir a Dios junto al suyo!
Pedro se acercó y le dio la Unción final más o menos en la misma forma que se hace en nuestros días. Con el óleo santo de la cajita que sostenía Juan, la ungió en la cara, manos, pies y en el costado, donde su ropa tenía una abertura para que no quedara al descubierto lo más mínimo. Mientras tanto los apóstoles estuvieron rezando como en el coro, y después Pedro le dio el Santísimo Sacramento.
Para recibirlo, se incorporó sin apoyarse y luego volvió a tenderse. Los apóstoles rezaron un rato y entonces Juan le dio el cáliz. Al recibir el Santísimo Sacramento entró en María un resplandor, volvió a caer como extasiada y ya no habló más. Entonces los apóstoles regresaron con los santos vasos en el mismo orden solemne al altar... Más tarde volví a ver a los apóstoles y discípulos rezando de pie en torno al lecho de la Santísima Virgen. El rostro de María estaba florido y sonriente como en su juventud, sus ojos miraban con santa alegría .El alma de la Santísima Virgen se separa del cuerpo
Entonces vi un cuadro maravillosamente conmovedor... pude mirar dentro de la Jerusalén celestial como a través de un cielo abierto.
Bajaron dos superficies de gloria como nubes de luz, en las que aparecían muchas caras de ángeles y entre las que fluía una vía de luz hasta María. Vi por encima de María una montaña resplandeciente que entró en la Jerusalén celestial, hacia la cual María extendió sus brazos con infinito anhelo, y vi que su cuerpo se levantaba, con todos sus envoltorios, tan alto por encima del lecho que se podía mirar debajo. Vi salir su alma de su cuerpo como una pequeña forma de luz infinitamente pura que ascendía flotando con los brazos alzados por la vía de luz que subía al cielo como una montaña de luz.
Los coros de ángeles de las dos nubes se juntaron detrás de su alma y se cerraron separándola de su santo cuerpo, que en ese momento de la separación volvió a caer en el lecho con los brazos cruzados sobre el pecho.
Mi mirada siguió su alma y la vi entrar por la vía luminosa en la Jerusalén celestial hasta el trono de la Santísima Trinidad. Muchas almas se precipitaron hacia ella con respetuosa alegría, entre las cuales vi a muchos patriarcas y a Joaquín, Ana, José, Isabel, Zacarías y Juan el Bautista. Pero ella se elevó a través de todos hasta el trono de Dios y de su Hijo quien, irradiando aún más luz por sus heridas que por toda su aparición, la recibió con amor divino y le hizo entrega de una cosa que parecía un cetro, al tiempo que le mostraba abajo en la Tierra todo a su alrededor, como si le entregara un poder.
De este modo, mientras veía el alma de María entrar en la gloria celestial, me olvidé de todo lo que pasaba en torno a ella en el cuadro de la Tierra. Algunos apóstoles, por ejemplo, Pedro y Juan, tienen que haberla visto también, pues tenían alzados sus rostros. Los otros estuvieron la mayor parte del tiempo arrodillados y completamente prostrados en el suelo. Todo estaba lleno de luz y de resplandor como en la Ascensión del Señor...Cuerpo y alma asuntos. Vi que el cuerpo de la Santísima Virgen brillaba al descansar en el lecho con el rostro como una flor, los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre el pecho. Supe que la hora de su Tránsito fue la de la nona, la misma que murió Jesús...
Luego vi también...como si bajara del cielo... una vía de luz en la que venía una figura fina como si fuera el alma de la Santísima Virgen, acompañada de la figura de Nuestro Señor. El resplandeciente cuerpo de María reunido ya con su alma resplandeciente se levantó... y se elevó al Cielo con la aparición del Señor...
Era de noche y veía a los apóstoles y santas mujeres cantar y rezar... miraban hacia arriba rezando asombrados, o se arrojaban conmovidos a postrarse con el rostro en tierra”.
Testigo que narra: La estigmatizada Ana Catalina Emmerich (1774-1824), beatificada por Papa Juan Pablo II en 2004Aclaración:
Esta narración de Ana Catalina Emmerich corresponde a visiones personales que ella testimonia haber tenido. En la Iglesia estas son llamadas “revelaciones privadas” que según se señala en el Catecismo de la Iglesia Católica... “no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de "mejorar" o "completar" la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia.” (Catecismo N° 67) Para mayor beneficio del lector hemos cruzado el texto de Emmerich con antecedentes de la Tradición de la iglesia que constan en archivos vaticanos accesibles online en el sitio vatican.va.Medio de registro: Escrito de sus Visiones particulares.Fuente: Autores Católicos. Revelaciones de Sor Ana Catalina Emmerich.
15 de agosto: Solemnidad de la Asunción de María
¿Qué día y cómo fue la Santísima Virgen al Cielo?
En relación al día, año, y modo en que murió Nuestra Señora, nada cierto se conoce. La referencia literaria más antigua de la Asunción se encuentra en un trabajo griego, De Obitu S. Dominae. De todos modos, la fe católica siempre derivó su conocimiento de este misterio de la Tradición Apostólica.
La creencia en la asunción del cuerpo de María se funda en el tratado apócrifo De Obitu S. Dominae, que lleva el nombre de San Juan, y que pertenece de todos modos al siglo cuarto o quinto. También se encuentra en el libro De Transitu Virginis, falsamente imputado a San Melito de Sardes, y en una carta apócrifa atribuida a San Dionisio el Aeropagita. Si consultamos a los genuinos escritores de Oriente, este hecho es mencionado en los sermones de San Andrés de Creta, San Juan Damasceno, San Modesto de Jerusalén y otros. En Occidente, San Gregorio de Tours (De gloria mart., I, iv) es el primero que lo menciona. Los sermones de San Jerónimo y San Agustín para esta fiesta, de todos modos, son apócrifos. San Juan el Damasceno (P. G., I, 96) formula así la tradición de la Iglesia de Jerusalén:
San Juvenal, Obispo de Jerusalén, en el Concilio de Calcedonia (451), hace saber al Emperador Marciano y a Pulqueria, quienes desean poseer el cuerpo de la Madre de Dios, que María murió en presencia de todos los Apóstoles, pero que su tumba, cuando fue abierta, a pedido de Santo Tomás, fue hallada vacía; de esa forma los apóstoles concluyeron que el cuerpo fue llevado al cielo.
Hoy, la creencia de la asunción del cuerpo de María es Universal tanto en Oriente como Occidente; de acuerdo a Benedicto XIV (De Festis B.V.M., I, viii, 18) es una opinión probable, cuya negación es impía y blasfema.
Tomado de la Enciclopedia Católica (www.enciclopediacatolica.com)
FREDERICK G. HOLWECK
Transcrito por Janet Grayson
Traducido por Angel Nadales
HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María
Castel Gandolfo
15 de agosto de 2007
Fuente: Zenit
Queridos hermanos y hermanas:
En su gran obra «La ciudad de Dios», san Agustín dice en una ocasión que toda la historia humana, la historia del mundo, es una lucha entre dos amores: el amor de Dios hasta la pérdida de sí mismo, hasta la entrega de sí mismo, y el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, hasta el odio de los demás. Esta misma interpretación de la historia, como lucha entre dos amores, entre el amor y el egoísmo, aparece también en la lectura tomada del Apocalipsis, que acabamos de escuchar. Aquí, estos dos amores, aparecen en dos grandes figuras. Ante todo, está el dragón rojo, fortísimo, con una manifestación impresionante e inquietante de poder sin gracia, sin amor, del egoísmo absoluto, del terror, de la violencia.
En el momento en el que san Juan escribió el Apocalipsis, para él este dragón se materializaba en el poder de los emperadores romanos anticristianos, desde Nerón hasta Domiciano. Este poder parecía ilimitado; el poder militar, político, propagandístico del imperio romano era tal que ante él la Iglesia daba la impresión de ser una mujer indefensa, sin posibilidad de supervivencia, y mucho menos de vencer. ¿Quién podía oponerse a este poder omnipresente, que parecía capaz de todo? Y, sin embargo, sabemos que al final venció la mujer indefensa, no venció el egoísmo ni el odio; venció el amor de Dios y el imperio romano se abrió a la fe cristiana.
Las palabras de la Sagrada Escritura trascienden siempre el momento histórico. De este modo, este dragón no sólo hace referencia al poder anticristiano de los perseguidores de la Iglesia de aquel tiempo, sino a las dictaduras materialistas anticristianas de todos los períodos. Vemos cómo se materializa de nuevo este poder, esta fuerza del dragón rojo, en las grandes dictadoras del siglo pasado: la dictadura del nazismo y la dictadura de Stalin tenían todo el poder, penetraban todos los rincones. Parecía imposible que, a largo plazo, la fe pudiera sobrevivir ante este dragón tan fuerte, que quería devorar al Dios hecho niño y a la mujer, la Iglesia. Pero, en realidad, también en este caso al final el amor fue más fuerte que el odio.
También hoy existe el dragón, de maneras nuevas, diferentes. Existe en la forma de las ideologías materialistas que nos dicen: es absurdo pensar en Dios; es absurdo cumplir con los mandamientos de Dios; es algo del pasado. Lo único que vale la pena es vivir la vida. Sacar de este breve momento de la vida todo lo que se puede vivir. Sólo vale el consumo, el egoísmo, la diversión. Esta es la vida. Así tenemos que vivir. Y de nuevo parece absurdo, imposible, oponerse a esta mentalidad dominante, con toda su fuerza mediática, propagandística. Hoy parece imposible seguir pensando en un Dios que ha creado al hombre y que se ha hecho niño y que sería el auténtico dominador del mundo. También ahora este dragón parece invencible, pero también ahora sigue siendo verdad que Dios es más fuerte que el dragón, que quien vence es el amor y no el egoísmo.
Tras considerar las diferentes configuraciones históricas del dragón, veamos ahora la otra imagen: la mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies, rodeada de doce estrellas. Esta imagen también es multidimensional.
Un primer significado, sin duda, es la Virgen, María vestida de sol, es decir de Dios; María, que vive totalmente en Dios, rodeada y penetrada por la luz de Dios. Circunda de doce estrellas, es decir, de las doce tribus de Israel, de todo el Pueblo de Dios, de toda la comunión de los santos y, a sus pies, la luna, imagen de la muerte y de la mortalidad. María ha dejado tras de sí la muerte; está totalmente vestida de vida, ha sido elevada en cuerpo y alma a la gloria de Dios y de este modo, en la gloria, tras haber superado la muerte, nos dice: «Ánimo, ¡al final vence el amor!. Mi vida consistía en decir: “Soy la sierva de Dios”. Mi vida era entrega de mí misma por Dios y por el prójimo. Y esta vida de servicio ahora llega en la auténtica vida. Tened confianza, tened el valor de vivir así también vosotros, contra todas las amenazas del dragón». Este es el primer significado de la mujer que María ha llegado a ser. La «mujer vestida de sol» es el gran signo de la victoria del amor, de la victoria del bien, de la victoria de Dios. Gran signo de consuelo.
Pero, además, esta mujer que sufre, que tiene que huir, que da a luz con un grito de dolor, es también la Iglesia, la Iglesia peregrina de todos los tiempos. En todas las generaciones tiene que volver a dar a luz a Cristo, llevarle al mundo con gran dolor en este mundo que sufre. En todos los tiempos es perseguida, vive casi en el desierto perseguida por el dragón. Pero, en todos los tiempos, la Iglesia, el Pueblo de Dios, vive también de la luz de Dios y es alimentado, como dice el Evangelio, por Dios, alimentado con el pan de la santa Eucaristía. De este modo, en toda tribulación, en todas las diferentes situaciones de la Iglesia a través de los tiempos, en las diferentes partes del mundo, vence sufriendo. Y es la presencia, la garantía del amor de Dios contra todas las ideologías del odio y del egoísmo.
También hoy vemos ciertamente que el dragón quiere devorar al Dios hecho niño. No tengáis miedo por este Dios aparentemente débil. La lucha ya ha sido superada. También hoy este Dios débil es fuerte: es la verdadera fuerza. Y de este modo, la fiesta de la Asunción, es una invitación a tener confianza en Dios y a imitar a María en lo que ella misma dijo: «Soy la sierva del Señor, me pongo a disposición del Señor». Esta es la lección: seguir su camino, dar nuestra vida y no tomar la vida. Precisamente de este modo nos ponemos en el camino del amor que significa perderse, pero un perderse que en realidad es el único camino para encontrarse verdaderamente, para encontrar la auténtica vida.
Contemplemos a María, subida al cielo. Dejémonos alentar en la fe y en la fiesta de la alegría: Dios vence. La fe, aparentemente débil, es la verdadera fuerza del mundo. El amor es más fuerte que el odio. Y digamos con Isabel: «Bendita tú eres entre la mujeres». «Te imploramos con toda la Iglesia: santa María, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.»
“En esta solemnidad de la Asunción contemplamos a María: ella nos abre a la esperanza, a un futuro lleno de alegría y nos enseña el camino para alcanzarlo: acoger en la fe a su Hijo; no perder nunca la amistad con él, sino dejarnos iluminar y guiar por su Palabra; seguirlo cada día, incluso en los momentos en que sentimos que nuestras cruces resultan pesadas. María, el arca de la alianza que está en el santuario del cielo, nos indica con claridad luminosa que estamos en camino hacia nuestra verdadera Casa, la comunión de alegría y de paz con Dios”. Homilía de Benedicto XVI (2010)
¿Qué es el Dogma de la Asunción?
¿Qué día y cómo fue la Virgen al cielo?
La Fiesta de la Asunción
Especial de la Virgen María
La Asunción en la Enciclopedia Católica
Oraciones por la Asunción de la Virgen
lunes, 27 de julio de 2026
San Agustín: El combate cristiano
EL COMBATE CRISTIANO
Traductor: Lope Cilleruelo, OSA
Revisión: Domingo Natal, OSA
CAPÍTULO I
La gracia de Cristo vence al diablo
1. La corona de la victoria no se promete sino a los que luchan. En la divinas Escrituras vemos que, con frecuencia, se nos promete la corona si vencemos. Pero para no ampliar demasiado las citas, bastará recordar lo que claramente se lee en el apóstol San Pablo: terminé la obra, consumé la carrera, conservé la fe, ya me pertenece la corona de justicia 1. Debemos, pues, conocer quién es el enemigo, al que si vencemos seremos coronados. Ciertamente es aquel a quien Cristo venció primero, para que también nosotros, permaneciendo en Él, le venzamos. Cristo es realmente la Virtud y la Sabiduría de Dios, el Verbo por quien fueron creadas todas las cosas, el Hijo Unigénito de Dios, que permanece inmutable siempre sobre toda criatura. Y si bajo Él está la criatura, incluso la que no pecó 2, ¿cuánto más lo estará toda criatura pecadora? Si bajo Él están los santos ángeles, mucho más los estarán los ángeles prevaricadores cuyo príncipe es el diablo. Pero como el diablo defraudó nuestra naturaleza, el Hijo único de Dios se dignó tomar esa misma naturaleza, para que, por ella misma, el diablo fuera vencido. Así, Él, que tuvo siempre sometido al diablo, le sometió también a nosotros. A él se refiere cuando dice: el príncipe de este mundo ha sido arrojado fuera 3. No porque fuera expulsado del mundo, como dicen algunos herejes, sino que fue arrojado del alma de los que viven unidos al Verbo de Dios y no aman al mundo del que él es el príncipe porque domina a los que aman los bienes temporales que se poseen en este mundo visible. No quiero decir que él sea el dueño de este mundo, sino que es el príncipe de las concupiscencias con las que se codicia todo lo pasajero. Así, somete a los que aman los bienes caducos y mudables y se olvidan del Dios eterno. Pues: raíz de todos los males es la codicia, a la que algunos amaron y se desviaron de la fe, y, así, se acarrearon muchos sufrimientos 4. Por esta concupiscencia reina el diablo en el hombre y posee su corazón. Esos son los que aman este mundo. Pero se renuncia al diablo, que es el príncipe de este mundo, cuando se renuncia a las corruptelas, a las pompas y a los ángeles malos. Por eso, el Señor, al llevar en triunfo la naturaleza humana, dice: Sabed que yo he vencido al mundo 5.
CAPÍTULO II
Modo de vencer al diablo
2. Pero muchos dicen: ¿Cómo podemos vencer al diablo si no le vemos? Tenemos ya un Maestro que se ha dignado mostrarnos cómo se vencen los enemigos invisibles. Pues de Él dice el Apóstol: se desnudó de la carne y sirvió de modelo a principados y potestades, al triunfar confiadamente de ellos en sí mismo 6. Vencemos las potestades hostiles invisibles cuando vencemos las apetencias invisibles. Y por eso, cuando vencemos en nosotros la codicia de los bienes temporales, necesariamente vencemos en nosotros al que reina en el hombre por esa codicia. Pues, cuando se le dijo al diablo: comerás tierra, se le dijo al pecador: eres tierra y tierra te volverás 7. Así, el pecador fue dado como alimento al diablo. No seamos tierra si no queremos ser devorados por la serpiente. Pues, así como lo que comemos se convierte en nuestro cuerpo, y el mismo alimento se hace aquello mismo que somos por el cuerpo, así también, por las malas costumbres, por la malicia, la soberbia y la impiedad, se hace uno, como el diablo, esto es, igual a él, y se somete a él, como nuestro cuerpo nos está sometido. Y esto es lo que significa ser devorados por la serpiente. Así pues, todo el que tema aquel fuego que está preparado para el diablo y sus ángeles 8, trabaje para triunfar de aquél en sí mismo. Pues a los que nos combaten desde fuera, los vencemos desde dentro cuando vencemos las concupiscencias por las que ellos nos dominan. Porque únicamente a los que encuentran iguales que ellos, los llevan consigo al suplicio.
CAPÍTULO III
¿Cómo viven los demonios en el cielo,
si son príncipes de las tinieblas?
3. El Apóstol recuerda que combate, dentro de sí, contra los poderes exteriores. Dice así: No peleamos contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes y potestades de este mundo y los gobernadores de estas tinieblas, contra los malvados espíritus que habitan en el cielo 9. Con el término "cielo" se designa el aire, en el que se forman los vientos y las nubes, las borrascas y torbellinos, como atestigua la Escritura en muchos pasajes: y tronó desde el cielo el Señor 10, y las aves del cielo 11, y los pájaros del cielo 12, pues es manifiesto que la aves vuelan en el aire. Nosotros mismos tenemos la costumbre de llamar cielo al aire, y, así, cuando preguntamos si hace sereno o nuboso, unas veces decimos: ¿Cómo está el aire?, y otras: ¿Cómo está el cielo? Digo esto para que nadie piense que los demonios habitan donde Dios colocó el sol, la luna y las estrellas. A estos demonios malos el Apóstol los llamó espirituales porque en las divinas Escrituras se llama también espíritus a los ángeles malos. Y se dice que son gobernadores de estas tinieblas, porque llama tinieblas a los pecadores, a quienes los demonios dominan. Por eso, en otro lugar dice: en otro tiempo fuisteis tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor 13, pues los que eran pecadores ya habían sido justificados. No pensemos, pues, que el diablo y sus ángeles habitan en el sumo cielo, de donde creemos que cayeron.
Fuente: Augustinus.it
domingo, 26 de julio de 2026
San Agustín: El Don de Perseverancia - Capítulos XXI a XXIII
DEL DON DE LA PERSEVERANCIA
Traductor: Toribio de Castro, OSA
CAPÍTULO XXI
54. En consecuencia, para descuajar esta doctrina ingratísima para con nuestro Dios y enemiga de los beneficios gratuitos del mismo, defendemos y afirmamos paladinamente, en conformidad con las santas Escrituras, de las que tan abundantes testimonios hemos aducido, que tanto el principio de la fe, o initium fidei, como la perseverancia hasta el fin son dones gratuitos de Dios. Porque si decimos que el primero depende de nosotros, de modo que con él merezcamos los otros dones, lógicamente concluyen los pelagianos que la gracia de Dios se nos da conforme a nuestros méritos. Lo que es tan absolutamente contrario a la fe católica, que el mismo Pelagio lo condenó por temor a ser condenado. Además, si decimos que la perseverancia está en nuestra potestad y no es dádiva divina, responden los pelagianos que, lo mismo que el fin, viene de nosotros el initium fidei. Y aun arguyen de otra manera: Si la perseverancia final en la fe proviene de nosotros, a fortiori el principio de la fe, porque acabar, llevar a término una cosa es bastante más que empezarla, y, en consecuencia, concluyen que la gracia divina se nos da por nuestros méritos. Pero si ambas cosas son de Dios, y en su divina presciencia previó que las había de dar (¿quién se atreverá a negar esto?), de todo en todo hay que reconocer y predicar la predestinación, a fin de poner inexpugnablemente ha cubierto de todo ataque esta verdad: la gracia de Dios no se da según nuestros méritos.
55. Si la memoria no me es infiel, en el libro De correptione et gratia144, cuya edición so agotó rápidamente, creo haber probado más expresa y evidentemente que en ninguna de mis obras anteriores que la perseverancia final es un don que Dios nos concede gratuitamente. Pero no fui yo el primero en decirlo; ya San Cipriano en la exposición de la oración dominical nos enseña, como vimos, que desde la primera petición, la perseverancia es el objeto de la súplica que dirigimos a Dios nuestro Señor cuando le decimos: Santificado sea tu nombre145, pues le pedimos perseverar en el estado en que hemos entrado por la santificación del bautismo. Que los que me distinguen con su aprecio, a los que no quiero ser ingrato, y que, según me decís vosotros, siguen en todo, menos en esto, mis opiniones ¡y sentencias, vean si al fin de los dos libros que dediqué a Simpliciano, obispo de Milán, y poco después de haber sido yo hecho obispo y antes de aparecer la herejía pelagiana, queda algo por lo que haya que poner en duda esta afirmación clara y precisa: la gracia de Dios no se nos da según nuestros méritos. "Vean igualmente que de todo lo allí expuesto, sale más claro que la luz del mediodía que el initium fidei es dádiva gratuita de Dios, y que, aunque allí no esté expreso en términos formales, claramente se deduce que la perseverancia final no procede de otro que de aquel que nos predestinó a su gloria y reino. Consulten después la epístola que escribí a Paulino de Nola ya contra los pelagianos, y que éstos empiezan a contradecir ahora, cuando tantos años hace que la escribí. Repasen, otrosí, mi epístola a Sixto, presbítero de la iglesia romana, con ocasión de nuestra más acérrima disputa contra los dichos herejes, y encontrarán la misma doctrina que en mi carta a Paulino. En fin, traigan a la memoria que ya hace ^bastantes años que se han dicho y escrito contra la herejía pelagiana todas estas cosas que ahora (y no salgo de mi asombro) parece que les disgustan. Pero, desde luego, yo no quiero que nadie siga mis sentencias más que cuando estoy y están ciertos de su verdad. De aquí que traiga ahora entre manos los libros de mis Retractaciones, para que vean que ni yo mismo me sigo siempre, pues por la misericordia de Dios creo haber hecho algunos progresos en la verdad desde que comencé a escribir, ya que no comencé siendo perfecto; y ni ahora mismo, a mi avanzada edad, dejaría de ser más arrogante que "verídico si dijera que ya escribía sin error posible. Pero interesa muy mucho saber cuánto y en qué se yerra y cuan fácilmente se corrija uno o con qué dura pertinacia se intente defender el propio error. Hombre de grande esperanza es quien continuamente progresa en el conocimiento de la verdad hasta el último día de su vida, para que, añadiendo progresos a progresos, sea juzgado digno de llegar a la perfección y no de ser castigado.
56. Pero si no debo ni quiero ser desagradecido a quienes me honran con su predilección, a causa del bien que de mis escritos han sacado antes de que me amaran, ¿cuánto menos debemos serlo para con Dios, a quien no amaríamos si primero no nos hubiese amado El y hecho sus amadores?; porque el amor es de Dios146, como dijo aquel a quien Él hizo no solamente su gran amador, sino también su gran predicador. ¿Y qué mayor desagradecimiento que el negar la gracia de Dios diciendo que se nos confiere según nuestros méritos? Impía doctrina que la Iglesia católica detesta en los secuaces de Pelagio, inventor de esta blasfemia, que él mismo condenó no por amor a la verdad, sino por temor a ser anatematizado. Mas todo el que se horrorice de decir que la gracia se nos da conforme a nuestros méritos, como se horroriza todo buen católico, cuide mucho de no substraer a la gracia de Dios la misma fe con que consiguió la misericordia de Dios para ser fiel, y, consecuentemente, atribuya a la misma gracia la perseverancia final, con la que consigue la misericordia y don que todos los días pide cuando dice que no le deje caer en la tentación. Entre el initium fidei y la perfección de la perseverancia están los medios y gracias que componen una santa vida, los cuáles, como todos admiten, son dones de Dios que nos impetra la fe. Todas estas cosas: el initium fidei y todas las dádivas que le siguen hasta el fin, conoció Dios mediante su presciencia que los había de dar a sus llamados, y, por ende, rebelde en demasía es quien se atreva a contradecir y aun ni siquiera a dudar de la doctrina de la predestinación.
CAPÍTULO XXII
57. Empero, se debe predicar esta doctrina de la predestinación de tal manera que no se haga odiosa a las personas incultas y tardas de inteligencia. Así, la misma doctrina de la presciencia divina (verdad universalmente reconocida) resultaría odiosa diciendo a los hombres: "Lo mismo da que corráis o que os echéis a dormir, siempre seréis lo que previamente conoció quien no se puede engañar". Médico malo o a lo menos inexperto es el que un buen medicamento lo aplica de tal manera que lo hace inútil, ineficaz o nocivo; tal sería quien de ese modo hablara de la presciencia divina; sino que se ha de decir como el Apóstol: Corred de suerte que alcancéis147 y reconozcáis en esa misma vuestra carrera que fuisteis previamente conocidos, de modo que corrierais legítimamente, es decir, de manera digna de recompensa. Puede recurrirse a otro medio cualquiera para espolear la innata pereza humana.
58. Aunque, en definitiva, el dogma de la predestinación, que no es más que el decreto eterno de la voluntad de Dios, es cierto que si los unos pasan de la infidelidad a la fe y en ella perseveran hasta el fin es porque Dios les da la voluntad de obedecer, y si otros que se solazan y deleitan en el camino de condenación del pecado, aunque sean de los predestinados, no han salido todavía de su miserable estado, es porque la gracia y misericordia de Dios no ha venido aún en su ayuda para salir de él, pues si algunos que están predestinados a ser elegidos por la mera gracia de Dios todavía no han sido llamados, no obstante, recibirán a su tiempo la gracia por la que quieran ser y sean elegidos. Mas si algunos obedecen, pero no están predestinados a su reino y gloria, son fieles temporalmente nada más y no perseverarán hasta el fin. Siendo como son verdaderas todas estas afirmaciones, ¿no conviene a muchos el decírselas de tal manera que se hagan la aplicación personal y debemos evitar el decirles lo que esos de quienes me habláis en vuestra carta y cuyas palabras cité hace poco, a saber: "El dogma de la predestinación por voluntad eterna y determinada de Dios es de tal manera, que algunos de vosotros, recibida la gracia de la obediencia, vinieseis de la infidelidad, a la fe?" ¿Qué necesidad hay de decir "algunos de vosotros"? Si hablamos a la Iglesia de Dios, a una reunión de fieles, ¿para qué decir que algunos de ellos han abrazado la fe, injuriando a los demás, pudiendo decir más caritativamente y más convenientemente?: "El dogma de la predestinación por eterna y determinada voluntad de Dios es de tal manera, que, recibida la gracia de la obediencia, vinieseis de la infidelidad a la fe, y recibiendo la perseverancia, perseveréis hasta el fin en la misma".
59. Es también necesario evitar lo siguiente: "Vosotros, los que aun os deleitáis y solazáis en el pecado digno de condenación, no habéis salida de ese miserable estado todavía precisamente porque aun no habéis recibido su gracia miserante", cuando mejor y más convenientemente se puede y deber decir: "Si alguno de vosotros aun se deleita y solaza en el pecado, que aprenda la ciencia de la salud; pero al hacerlo así, que no se envanezca como si fuera de vuestra cosecha ni os gloriéis como si no lo hubieseis recibido, pues bien sabéis que es Dios quien por benevolencia obra en vosotros tanto el querer como el obrar148, y que Dios es quien guía vuestros pasos para que escojáis y améis sus caminos149; y de este vuestro caminar recto y justo deducid vuestra predestinación a la gracia divina.
60. Igualmente, se dice con palabras más duras de la cuenta cuando se habla no a cualesquiera hombres, sino a los miembros de la santa Iglesia, lo que sigue, a saber: "Si algunos que están predestinados por la misma gracia de Dios todavía no han sido llamados, no obstante, recibirán a su tiempo la gracia por la que quieran ser y sean elegidos". ¿Por qué no se les ha de predicar más suavemente, diciéndoles: "Y si algunos no han sido llamados, oremos para que lo sean"? Pues quizá están predestinados, con la condición de que recibirán la gracia con la que quieran y se hagan elegidos si nosotros ofrecemos por ellos nuestras oraciones. Dios, que cumple todo lo que ha predestinado, nos manda que oremos hasta por los enemigos, para que entendamos que también concede a los infieles la fe y les hace querer lo que antes no querían.
61. Respecto a las palabras que siguen, dudo mucho que haya en el pueblo alguien que tenga la fe tan arraigada que pueda oír con provecho las rudas palabras siguientes: "Y los que al presente obedecéis al Señor, si sois de los que, según el decreto de la predestinación, habéis de ser rechazados, se os quitará y no recibiréis la gracia, a fin de que no continuéis siendo obedientes". Decir esto, ¿no es maldecir y profetizar horrendos males? Empero, si es conveniente o necesario hablar algo de los que no perseverarán, ¿por qué no se ha de hablar como ya antes indiqué, de modo que no se dirija directamente la palabra a los que oyen, sino que se hable en general; nunca en segunda persona, sino en tercera, no diciendo: "Vosotros, que ahora obedecéis", etc., sino "los que ahora obedecen", etc., etc.? Cosa no agradable, sino abominabilísima, se dice y cómo se les da en cara de manera ruda y odiosa en demasía a los oyentes al decirles: "Si alguno de vosotros, que aun obedecéis, estáis predestinados a la reprobación, se os quitarán las fuerzas para que ceséis de obedecer". ¿Qué vigor pierde el dogma si en vez de lo anterior se les dice: "Si los que obedecen no están predestinados a su reino y gloria, son fieles temporalmente, pero no perseverarán hasta el fin"? ¿Acaso con esto no se dice lo mismo y aún mejor y más congruentemente? Demás de que al decirlo así no parece que referimos a ellos tan horrendo mal, sino que hablamos de otros, al mismo tiempo que les invitamos a orar para ser preservados de él. Por otra parte, lo mismísimo que dicen esos equivocados hermanos de la predestinación con esas tan rudas palabras se puede decir de la presciencia de Dios, de la que nadie duda ni puede dudar, a saber: "Y los que ahora obedecéis, si Dios en su divina presciencia ha previsto que seréis rechazados, cesaréis de obedecer". Ciertamente, esto es en absoluto verdadero; pero no deja de ser de todo en todo ímprobo, incongruentísimo, importunísimo, no porque sea falso, pero no proficuo ni proporcionado a la debilidad humana.
62. No obstante, esta exposición del dogma de la predestinación, que recomendamos, no me parece suficiente cuando se habla al pueblo cristiano, a no ser que se añadan estas o parecidas palabras: "Y vosotros debéis esperar del Padre de la luces, de quien procede todo don perfecto150, y pedírsela en vuestras cotidianas oraciones; y haciendo esto, confiad en que sois de sus elegidos, porque Él es quien obra y produce en vuestro corazón estas buenas disposiciones. Pero lejos de vosotros el perder la esperanza, porque se os manda que confiéis en El y no en vosotros, pues maldito quien pone en el hombre su esperanza151 y mejor es confiar en el Señor que en el hombre152, porque bienaventurados los que esperan en Él153. Asidos a esta esperanza, servid al Señor con temor y cantad sus alabanzas con temor154, porque nadie puede estar seguro de la vida eterna que el Dios no mentiroso prometió a los hijos de promisión antes de todo tiempo hasta la terminación de esta vida, que es tentación continua sobre la tierra155, pero nos hará perseverar hasta el fin en él, a quien todos los días decimos: No nos dejes caer en la tentación"156. Al decir estas cosas, ya sea a unos pocos, ya a toda la multitud de los fieles, ¿por qué hemos de temer predicar el dogma de la predestinación de los santos y la verdadera gracia de Dios, esto es, la que se nos da no según nuestros méritos, como nos lo enseña la sagrada Escritura? ¿O es que hemos de temer que el hombre desespere cuando se le dice que ponga su esperanza en Dios y que no desesperaría si, lleno de soberbia, el infeliz la pusiera en sí mismo?
CAPÍTULO XXIII
63. Quiera Dios nuestro Señor que los que, a causa de su poca instrucción o inteligencia, no pueden entender las sagradas Escrituras o sus explanaciones, oigan de tal manera, o mejor, no oigan nuestras disputas en esta cuestión de la gracia y que pongan todo su empeño y atención en las oraciones que nuestra Madre la Iglesia les recomienda, y que ella ha rezado y rezará hasta el fin del mundo. De esta cuestión de la gracia que nos vemos obligados no sólo a recordar, pero a defender y proteger contra los nuevos herejes, nunca calló en sus preces y oraciones, si bien a las veces, como no había adversario, no la expuso claramente y de propio intento. ¿Cuándo no se oró en la iglesia por los infieles y por sus enemigos, a fin de que Dios los trajera a la fe? ¿Qué cristiano que tuviera algún amigo, o pariente, o esposa infiel no ha pedido a Dios el espíritu bueno y corazón sincero que obedeciese a la fe cristiana? ¿Qué fiel no ha pedido para sí mismo incesantemente la gracia de permanecer unido para siempre a Jesucristo? Y cuando el sacerdote, invocando la misericordia de Dios sobre los fieles, dice: "Dales, Señor, perseverar en ti hasta el fin", ¿hay quien se atreva a mofarse, no digo de palabra y exteriormente, pero ni con el pensamiento, de tal oración? Por el contrario, ¿no responden todos "Amén" a esta bendición, para dar testimonio de la fe que reina en su corazón y que gustan de confesar con su boca? Todos los fieles al decir la oración dominical, especialmente aquellas palabras: No nos dejes caer en la tentación, piden la perseverancia en esa santa obediencia. Por consiguiente, así como la Iglesia nació y se educó y creció usando estas santas oraciones, así también nació y creció y crece proclamando esta fe, según la cual cree que la gracia de Dios no se da según los méritos de los que la reciben, porque entonces no pediría que Dios diese la fe a los infieles si no creyese que es Dios el que convierte las voluntades de los hombres alejados y aun contrarios a la fe. Ni tampoco pediría, ni engañada ni vencida por el mundo, la perseverancia en la fe de Cristo, si no creyese que de tal manera tiene Dios en su mano nuestros corazones, que el bien, que no tenemos si no interviene nuestra propia voluntad, sin embargo, no lo tendríamos si El no obrase en nosotros el quererlo; porque si la Iglesia se lo pide al Señor, pero cree que es de su propia cosecha, sus oraciones, lejos de ser sinceras, serían una infame parodia. Lo que sólo el pensarlo horroriza y espanta. ¿Quién podría gemir ante el Señor para obtener lo que desea recibir, cuando cree que lo puede conseguir por sí mismo sin la ayuda de su gracia?
64. Sobre todo, porque, como dice el Apóstol, no sabemos que hayamos de orar como conviene, más el Espíritu Santo ruega por nosotros con gemidos inenarrables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, que, según Dios, intercede por los santos157. ¿Qué significa esto de el mismo Espíritu ruega sino que nos hace rogar con gemidos inenarrables y verdaderos y sinceros, porque el Espíritu es la verdad? Del mismo se dice en otro lugar: Envió Dios el Espíritu de su Hijo en nuestros corazones, que clama: "¡Abba, Padre!"158; y esto de clama significa que nos hace clamar, usando de una figura retórica, como cuando decimos: "Hoy es un día alegre", en vez de un día que nos hace estar alegres. En otro pasaje declara esto, diciendo: No recibisteis de nuevo espíritu de esclavonía para temor, sino espíritu de adopción, de hijos, con el que clamamos: "¡Abba!, ¡Padre!"159 Allí decía que clama, aquí con el que clamamos, para significar en qué sentido había dicho lo primero. Con lo que nos da a entender que es don de Dios, a fin do que con corazón sincero y animados por su Espíritu oremos a Dios nuestro Señor. Vean, pues, cómo se engañan los que piensan que pedir, buscar y llamar a la puerta son efectos de nuestra voluntad y no de la gracia de Dios, y que estos primeros movimientos por los que recibimos lo que pedimos, encontramos lo que buscamos y se abre al que llama, preceden a la gracia, y no quieren comprender que pedir, buscar y llamar a la puerta, en una palabra, orar, es dádiva gratuita del Señor, puesto que por su Espíritu de adopción, que hemos recibido, clamamos: Abba,!, ¡Padre! Lo cual ya vio el bienaventurado Ambrosio cuando en el comentario sobre Isaías dice: "El orar a Dios es fruto de la gracia de su Espíritu, según está escrito: Nadie dice Señor Jesús si no es por virtud del Espíritu Santo".
65. Todas estas cosas que desde que comenzó a existir pide la santa Iglesia al Señor, de tal manera preconoció El que las había de dar a sus llamados, que ya se las dio en la misma predestinación, como sin ambigüedad lo declara el Apóstol en su carta a Timoteo: Trabaja a una conmigo por el Evangelio según la virtud de Dios, que nos salvó y tomó con llamamiento santo, no por las obras nuestras, sino por el propósito suyo y la gracia, a nosotros dada eternos tiempos antes en Cristo Jesús, pero manifestada ahora por la aparición del Salvador nuestro, Jesucristo160. Por consiguiente, quien se atreva a decir que la santa Iglesia no pide en sus oraciones o que sus oraciones no son sinceras cuando pide la fe para los infieles o la perseverancia final para los fieles, ése podría decir que la Iglesia no admitió siempre el dogma de la predestinación y de la gracia; mas si siempre pidió tales dones, siempre creyó que eran dones de Dios, y nunca ha sido lícito ni dudar del previo conocimiento divino ni de su presciencia, y, por ende, este dogma de la predestinación que contra los nuevos herejes con renovada solicitud ahora defiende la Iglesia, nunca dejó de creerlo y proclamarlo.
CAPÍTULO XXIV
66. ¿Y para qué más? Creo haber demostrado más que suficientemente que el empezar a creer en Dios, o el initium fidei, y la perseverancia final son dones gratuitos de Dios; los demás bienes pertinentes a una vida piadosa y al verdadero culto del Señor, los mismos para quienes escribimos esto conceden de buen grado que lo son. Pero que todos estos dones y a quiénes se los había de otorgar lo conoció previamente Dios nuestro Señor, no pueden negarlo, y, en consecuencia, como se enseña y predica la presciencia divina, así hay que predicar y enseñar la predestinación, para que el que oye con verdadera obediencia se gloríe no en el hombre, sino en el Señor, como de ello tenemos precepto, el obedecer al cual también es divino; y quien no tenga este don, no dudo en decir que vanamente tiene los demás. Con toda el alma deseamos que los pelagianos reciban ese don y que estos nuestros hermanos lo reciban más abundantemente. No seamos prontos para las disputas y perezosos y tardos para las oraciones. Oremos, mis muy amados hermanos, oremos para que Dios dé su gracia a nuestros enemigos, y sobre todo a nuestros hermanos y a los que nos aman, para comprender y confesar que después de la tremenda e inefable ruina por la que todos en uno caímos, nadie puede ser libre sino por la gracia de Dios, y que ésta no se da como debida a los méritos de los que la reciben, sino que, como verdadera gracia, gratuitamente, sin mérito alguno precedente.
67. Jesucristo es el más admirable y glorioso ejemplo de la verdad de la predestinación. Ya en el primer libro de esta obra hablé de esto161, y quiero terminar el presente con lo mismo. En este divino Mediador deben mirarse todos los fieles para comprender bien la predestinación, todos nos encontramos allí como estereotipados. Me refiero a los fieles que creen y confiesan que en Cristo Jesús hay una verdadera naturaleza humana, es decir, nuestra propia naturaleza, pero glorificada y elevada por su unión con el Verbo de Dios hasta la inefable dignidad del Hijo único de Dios, de tal manera que el Asumente y lo asunto hacen una sola y misma persona en la Beatísima Trinidad, porque la unión de la humanidad con la divinidad no ha producido una cuarta persona, una cuaternidad, sino que permanece invariable la Santísima Trinidad, haciendo inefablemente con aquella asunción la verdad de una sola persona del Dios Hombre. Porque no solamente decimos que Cristo es Dios, como los maniqueos; ni sólo hombre, como los partidarios de Pótino; ni tampoco hombre de tal manera que le falte algo que ciertamente pertenezca a la naturaleza humana, ya el alma, ya la razón en la misma alma, ya la carne, no tomada de mujer, sino hecha por el Verbo, convertido y mudado en carne, las tres cosas falsas y vanas que dividen a los apolinaristas; nada de esto decimos, sino que Cristo es verdadero Dios, nacido de Dios Padre sin ningún principio de tiempo; que es verdadero hombre, nacido en la plenitud de los tiempos de una mujer (hombre); que su humanidad, por la que es inferior al Padre, no disminuye en nada su divinidad, por la que es igual al Padre; que el Dios y el Hombre forman un solo Cristo Jesús, que, como Dios, dijo con toda verdad: Yo y él Padre somos uno162, y que en cuanto hombre, también con toda verdad dijo: Mi Padre es mayor que yo163. Por tanto, quien de la progenie de David hizo un hombre justo que jamás fuese injusto, sin mérito alguno precedente de su voluntad (humana), el mismo de injustos hace justos, sin mérito alguno precedente de la voluntad de los mismos, para que Cristo sea la cabeza y éstos sus miembros. Lo mismo que Dios hizo que CristoHombre, sin mérito alguno precedente de parte suya, no contrajera ningún pecado de origen, ni cometido por su voluntad ninguno que se le pueda perdonar, lo mismo concede la fe en Jesucristo a los hombres, sin que precedan sus méritos de ellos para perdonarles todos sus pecados. Quien hizo a Jesucristo tal que ni ha tenido ni jamás tendrá alguna mala voluntad, el mismo en los miembros de Cristo hace de malas voluntades, buenas. A Él, pues, y a nosotros nos predestinó, porque en El, para que fuese nuestra cabeza, y en nosotros, para que fuéramos su cuerpo, no preconoció (presupo) nuestros méritos precedentes, sino sus futuras obras.
68. Los que lean todo esto que acabamos de escribir, si lo entienden, den rendidas gracias a Dios; los que no lo entiendan, oren para que sea su doctor interior aquel que es la fuente de la ciencia y del entendimiento164, mas quien crea que me equivoco, medite y relea diligentemente lo dicho, no sea que el equivocado sea él. En cuanto a mí, cuando las observaciones de los que me leen me corrigen o enseñan algo, lo tengo por un beneficio de Dios nuestro Señor. Particularmente espero esto de los Doctores de la Iglesia, si tengo la suerte de que mis escritos caigan en sus manos y se dignan prestarles un poco de atención.
sábado, 25 de julio de 2026
25 de julio: Fiesta de Santiago Apóstol
Santiago Mayor, Apóstol
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Santiago Mayor, Apóstol
Fiesta: 25 de julio
Ver también:
Oficio de lectura
Santiago es uno de los doce Apóstoles de Jesús; hijo de Zebedeo. El y su hermano Juan fueron llamados por Jesús mientras estaban arreglando sus redes de pescar en el lago Genesaret.
Recibieron de Cristo el nombre "Boanerges", significando hijos del trueno, por su impetuosidad.
En los evangelios se relata que Santiago tuvo que ver con el milagro de la hija de Jairo. Fue uno de los tres Apóstoles testigos de la Transfiguración y luego Jesús le invitó, también con Pedro y Santiago, a compartir mas de cerca Su oración en el Monte de los Olivos.
Los Hechos de los Apóstoles relatan que éstos se dispersaron por todo el mundo para llevar la Buena Nueva. Según una antigua tradición, Santiago el Mayor se fue a España. Primero a Galicia, donde estableció una comunidad cristiana, y luego a la cuidad romana de Cesar Augusto, hoy conocida como Zaragoza. La Leyenda Aurea de Jacobus de Voragine nos cuenta que las enseñanzas del Apóstol no fueron aceptadas y solo siete personas se convirtieron al Cristianismo. Estos eran conocidos como los "Siete Convertidos de Zaragoza". Las cosas cambiaron cuando la Virgen Santísima se apareció al Apóstol en esa ciudad, aparición conocida como la Virgen del Pilar. Desde entonces la intercesión de la Virgen hizo que se abrieran extraordinariamente los corazones a la evangelización de España.
En los Hechos de los Apóstoles descubrimos fue el primer apóstol martirizado. Murió asesinado por el rey Herodes Agripa I, el 25 de marzo de 41 AD (día en que la liturgia actual celebra La Anunciación). Según una leyenda, su acusador se arrepintió antes que mataran a Santiago por lo que también fue decapitado. Santiago es conocido como "el Mayor", distinguiéndolo del otro Apóstol, Santiago el Menor.
La tradición también relata que los discípulos de Santiago recogieron su cuerpo y lo trasladaron a Galicia (extremo norte-oeste de España). Su restos mortales están en la basílica edificada en su honor en Santiago de Compostela. En España, Santiago es el mas conocido y querido de todos los santos. En América hay numerosas ciudades dedicadas al Apóstol en Chile, República Dominicana, Cuba y otros países.
Ver: Fraude del "osario de Santiago", 2002
Santiago y la Virgen María
Santiago Apóstol preparó el camino para la Virgen María en España y también preparó su llegada al "Nuevo Mundo". El es el Apóstol de la Virgen María, también es conocido como el Apóstol de la Paz.
En 1519, Cortes llegó a Veracruz, y en Lantigua construyó la primera Iglesia dedicada a Santiago Apóstol en el continente Americano. También en 1521, cuando México fue conquistada, Cortes construyó una Iglesia en las ruinas de los Aztecas que al igual fue dedicada a Santiago Apóstol. A esta Iglesia era que Juan Diego se dirigía el 9 de diciembre de 1531, para recibir clases de catecismo y oír la Santa Misa, ya que era la fiesta de la Inmaculada Concepción.
En 1981, se reportó el comienzo de las apariciones de Nuestra Señora en Medjugorie bajo el titulo "Reina de la Paz". Ya Santiago Apóstol se había hecho presente. Unos años antes, se había construido una Iglesia en ese lugar dedicada a Santiago Apóstol. Santiago siendo el Apóstol de la Paz, lleva en sus manos las llaves para abrir la puerta que traería la paz a Medjugorie.
Santiago Apóstol ha preparado el camino para que el mundo reconozca a la Virgen Santísima como "Pilar" de nuestra Iglesia.
Ver: Palabras de Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre el Apóstol Santiago
Audiencia General de S.S. Benedicto XVI
21 de junio, 2006
Queridos hermanos y hermanas: Hoy hablamos del apóstol Santiago. Las listas bíblicas de los Doce mencionan dos personas con este nombre: Santiago, el hijo de Zebedeo, y Santiago, el hijo de Alfe
o (cf. Mc 3, 17-18; Mt 10, 2-3), que por lo general se distinguen con los apelativos de Santiago el Mayor y Santiago el Menor. Ciertamente, estas designaciones no pretenden medir su santidad, sino sólo constatar la diversa importancia que reciben en los escritos del Nuevo Testamento y, en particular, en el marco de la vida terrena de Jesús. Hoy dedicamos nuestra atención al primero de estos dos personajes homónimos.
El nombre Santiago es la traducción de Iákobos, trasliteración griega del nombre del célebre patriarca Jacob. El apóstol así llamado es hermano de Juan, y en las listas a las que nos hemos referido ocupa el segundo lugar inmediatamente después de Pedro, como en el evangelio según san Marcos (cf. Mc 3, 17), o el tercer lugar después de Pedro y Andrés en los evangelios según san Mateo (cf. Mt 10, 2) y san Lucas (cf. Lc 6, 14), mientras que en los Hechos de los Apóstoles es mencionado después de Pedro y Juan (cf. Hch 1, 13). Este Santiago, juntamente con Pedro y Juan, pertenece al grupo de los tres discípulos privilegiados que fueron admitidos por Jesús a los momentos importantes de su vida.
Santiago pudo participar, juntamente con Pedro y Juan, en el momento de la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní y en el acontecimiento de la Transfiguración de Jesús. Se trata, por tanto, de situaciones muy diversas entre sí: en un caso, Santiago, con los otros dos Apóstoles, experimenta la gloria del Señor, lo ve conversando con Moisés y Elías, y ve cómo se trasluce el esplendor divino en Jesús; en el otro, se encuentra ante el sufrimiento y la humillación, ve con sus propios ojos cómo el Hijo de Dios se humilla haciéndose obediente hasta la muerte.
Ciertamente, la segunda experiencia constituyó para él una ocasión de maduración en la fe, para corregir la interpretación unilateral, triunfalista, de la primera: tuvo que vislumbrar que el Mesías, esperado por el pueblo judío como un triunfador, en realidad no sólo estaba rodeado de honor y de gloria, sino también de sufrimientos y debilidad. La gloria de Cristo se realiza precisamente en la cruz, participando en nuestros sufrimientos.
Esta maduración de la fe fue llevada a cabo en plenitud por el Espíritu Santo en Pentecostés, de forma que Santiago, cuando llegó el momento del testimonio supremo, no se echó atrás. Al inicio de los años 40 del siglo I, el rey Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande, como nos informa san Lucas, "por aquel tiempo echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos e hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan" (Hch 12, 1-2). La concisión de la noticia, que no da ningún detalle narrativo, pone de manifiesto, por una parte, que para los cristianos era normal dar testimonio del Señor con la propia vida; y, por otra, que Santiago ocupaba una posición destacada en la Iglesia de Jerusalén, entre otras causas por el papel que había desempeñado durante la existencia terrena de Jesús.
Una tradición sucesiva, que se remonta al menos a san Isidoro de Sevilla, habla de una estancia suya en España para evangelizar esa importante región del imperio romano. En cambio, según otra tradición, su cuerpo habría sido trasladado a España, a la ciudad de Santiago de Compostela.
Como todos sabemos, ese lugar se convirtió en objeto de gran veneración y sigue siendo meta de numerosas peregrinaciones, no sólo procedentes de Europa sino también de todo el mundo. Así se explica la representación iconográfica de Santiago con el bastón del peregrino y el rollo del Evangelio, características del apóstol itinerante y dedicado al anuncio de la "buena nueva", y características de la peregrinación de la vida cristiana. Por consiguiente, de Santiago podemos aprender muchas cosas: la prontitud para acoger la llamada del Señor incluso cuando nos pide que dejemos la "barca" de nuestras seguridades humanas, el entusiasmo al seguirlo por los caminos que él nos señala más allá de nuestra presunción ilusoria, la disponibilidad para dar testimonio de él con valentía, si fuera necesario hasta el sacrificio supremo de la vida. Así, Santiago el Mayor se nos presenta como ejemplo elocuente de adhesión generosa a Cristo. Él, que al inicio había pedido, a través de su madre, sentarse con su hermano junto al Maestro en su reino, fue precisamente el primero en beber el cáliz de la pasión, en compartir con los Apóstoles el martirio.
Y al final, resumiendo todo, podemos decir que el camino no sólo exterior sino sobre todo interior, desde el monte de la Transfiguración hasta el monte de la agonía, simboliza toda la peregrinación de la vida cristiana, entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, como dice el concilio Vaticano II. Siguiendo a Jesús como Santiago, sabemos, incluso en medio de las dificultades, que vamos por el buen camino.
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EXTRACTOS DEL DISCURSO DEL B. JUAN PABLO II
EN SU VISITA A
SANTIAGO DE COMPOSTELA
9 de noviembre, 1982
"Por esto, yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca que se ha considerado siempre europea, por sus orígenes, tradiciones,cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavos; Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo.
Yo, Obispo d
e Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelvea encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. Note deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: «lo puedo».
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CATEDRAL DE SANTIAGO DE COMPOSTELA
La Catedral de Santiago es la Iglesia madre de la Archidiócesis Compostelana. En ella está la cátedra de su Arzobispo: de ahí el nombre de la Catedral. Su singularidad radica en poseer la tumba del Apóstol Santiago, por lo que la convierte a partir del siglo IX en uno de los más importantes santuarios de toda la cristiandad. En 1884 León XIII promulga la Bula "Deus omnipotens", confirmando la autenticidad de las reliquias del Apóstol Santiago y exhortando a peregrinar a Compostela. En el Año Santo de 1982 el B. Juan Pablo II terminó en Compostela su visita apostólica a España. Entonces se refirió a la Catedral Basílica como "uno de los lugares más célebres de la historia…que encierra la tumba de Santiago, el Apóstol que según la tradición fue el evangelizador de España…"
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EL APÓSTOL SANTIAGO Y LA SANTÍSIMA VIRGEN
Por Madre Adela Galindo,sctjm
Santiago era uno de los 12 Apóstoles de Jesús; hijo de Zebedeo, él y su hermano Juan fueron llamados por Jesús mientras estaban arreglando sus redes de pescar en el lago Genesaret. Recibieron de Cristo el nombre “Boanerges”, significando hijos del trueno, por su impetuosidad. En los evangelios se relata que Santiago tuvo que ver con el milagro de la hija de Jairo, estaba durante la Transfiguración y luego acompañó a Jesús durante la oración en el Monte de los Olivos. En los Acotos de los Apóstoles se relata que estos se dispersaron por diferentes regiones para llevar la Buena Nueva al pueblo de Dios. Por las revelaciones de Jesús a Sor María de Jesús de Agreda, una hermana franciscana, se dio a conocer que Santiago, el Mayor, se fue a España a evangelizar. Primero a Galicia, donde estableció una comunidad cristiana, y luego a la ciudad romana de César Augusto, hoy conocida como Saragoza.
El 2 de enero del año 40, el Apóstol Santiago y sus discípulos estaban descansando en las orillas del río Egro y oyeron dulce voces que cantaban. Enseguida vieron como el cielo se llenaba de luces y muchos ángeles que se acercaban. Los ángeles cargaban un trono donde estaba sentada la Reina de los Cielos. María, en ese entonces, vivía en Jerusalén y fue bilocada a España. La Virgen le dijo a Santiago que construyera un santuario adonde Dios sería honrado y glorificado, y le dio un pilar con su imagen para que fuese puesto en el santuario. La Virgen también le dijo que el santuario duraría hasta los fines del tiempo y que ella bendeciría todas las oraciones hecha devotamente en ese lugar. Al final de la aparición, la Virgen le dijo a Santiago que cuando estuviera construido el santuario debería regresarse a Palestina a donde iba a morir.
El Apóstol Santiago cumplió los deseos de la Santísima Virgen y construyó la primera iglesia cristiana en el mundo entero. Santiago regresó a Palestina, donde fue decapitado por órdenes de Herodes el 25 de marzo del año 41 D.C. Sus discípulos recobraron su cuerpo y lo trasladaron a Galicia, en un bote milagroso, sin que nadie lo viera, guiado solamente por Dios.
En el Antiguo Testamento vemos como Jacob construyó un altar a Dios y lo llamo El Bethel, que significa “Casa de Dios” ( Gen. 35, 7). Jacob es un nombre griego, pero traducido en español es Santiago. Jacob construyó la “Casa de Dios” al igual que Santiago Apóstol construyo la primera “Casa de Dios”, la primera Iglesia en el mundo entero.
La tumba de Santiago Apóstol fue olvidada por más de 800 años. Bajo el reinado de Alfonso II (789-842), un ermitaño llamado Pelagio recibió un visión, en la cual el lugar donde se encontraban los restos del Apóstol se fue revelado. El día 25 de julio de 812, adonde supuestamente estaba la tumba, se llenó de una luz brillante y desde entonces se conoce como Compostela “Campo de Estrellas”. El obispo de Iria Flavia, Theodomir, después de investigaciones declaró que eran verdaderamente los restos y la tumba del Apóstol Santiago. Al igual que el Santo Padre, León XIII, en 1884, en forma de Bula Papal, confirmó que los restos en Santiago de Compostela pertenecían a Santiago Apóstol.
Santiago Apóstol también se conocía como el “Matamoros”, matador de los moros. Se dice que había aparecido en ayuda de su pueblo en varias ocasiones en contra de los Morros. Especialmente en el año 1492 cuando se logró la reconquista de España.
1492 fue también el año en el que Cristóbal Colón y sus conquistadores descubrieron las Américas. Colón y sus conquistadores tenían una devoción muy especial a una estatua de la Virgen que había aparecido en las Montañas de las Extremaduras en España, en ese mismo siglo. Se contaba que esta estatua fue hecha por Lucas, el evangelista. La advocación de la estatua era la “Virgen de Guadalupe” nombrada igual que el pequeño río que atravesaba la montaña, y que significaba “El Río de la Luz”. Los conquistadores, Colon y Cortés, visitaban el santuario de la Virgen de Guadalupe ante de irse a conquistar nuevas tierras.
En 1519, Cortés llegó a Veracruz, hoy en día conocido como Lantigua, y construyó la primera Iglesia dedicada a Santiago Apóstol. También en 1521, cuando México fue conquistada de los Aztecas, Cortés construyó una Iglesia en las ruinas de los Aztecas que al igual fue dedicada a Santiago Apóstol. A esta Iglesia era que Juan Diego se dirigía el 9 de diciembre de 1531, para recibir clases de catecismo y oír la Santa Misa, ya que era la fiesta de la Inmaculada Concepción.
Santiago Apóstol preparó el camino para la Virgen María en España y también preparó el camino para la llegada de María Santísima al “Nuevo Mundo”. El es el Apóstol que va delante de la Virgen María, abriéndole el camino; él es el Apóstol de la Virgen María, también es conocido como el Apóstol de la Paz.
En 1981, cuando Nuestra Señora se apareció en Medjugorie, bajo el título “Reina de la Paz”, ya Santiago Apóstol se había hecho presente. Unos años antes, una iglesia fue construida en ese lugar dedicada a Santiago Apóstol. Santiago, siendo el Apóstol de la Paz, lleva en sus manos las llaves para abrir la puerta que traería la paz a Medjugorie. Debemos rezarle al Apóstol por su intercesión.
Santiago Apóstol ha preparado el camino para que el mundo reconozca a la Virgen Santísima como un “Pilar” de nuestra Iglesia.
Fuente: Corazones.org
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