domingo, 26 de julio de 2026

San Agustín: El Don de Perseverancia - Capítulos XXI a XXIII

DEL DON DE LA PERSEVERANCIA

Traductor: Toribio de Castro, OSA


 CAPÍTULO XXI

54. En consecuencia, para descuajar esta doctrina ingratísima para con nuestro Dios y enemiga de los beneficios gratuitos del mismo, defendemos y afirmamos paladinamente, en conformidad con las santas Escrituras, de las que tan abundantes testimonios hemos aducido, que tanto el principio de la fe, o initium fidei, como la perseverancia hasta el fin son dones gratuitos de Dios. Porque si decimos que el primero depende de nosotros, de modo que con él merezcamos los otros dones, lógicamente concluyen los pelagianos que la gracia de Dios se nos da conforme a nuestros méritos. Lo que es tan absolutamente contrario a la fe católica, que el mismo Pelagio lo condenó por temor a ser condenado. Además, si decimos que la perseverancia está en nuestra potestad y no es dádiva divina, responden los pelagianos que, lo mismo que el fin, viene de nosotros el initium fidei. Y aun arguyen de otra manera: Si la perseverancia final en la fe proviene de nosotros, a fortiori el principio de la fe, porque acabar, llevar a término una cosa es bastante más que empezarla, y, en consecuencia, concluyen que la gracia divina se nos da por nuestros méritos. Pero si ambas cosas son de Dios, y en su divina presciencia previó que las había de dar (¿quién se atreverá a negar esto?), de todo en todo hay que reconocer y predicar la predestinación, a fin de poner inexpugnablemente ha cubierto de todo ataque esta verdad: la gracia de Dios no se da según nuestros méritos.

55. Si la memoria no me es infiel, en el libro De correptione et gratia144, cuya edición so agotó rápidamente, creo haber probado más expresa y evidentemente que en ninguna de mis obras anteriores que la perseverancia final es un don que Dios nos concede gratuitamente. Pero no fui yo el primero en decirlo; ya San Cipriano en la exposición de la oración dominical nos enseña, como vimos, que desde la primera petición, la perseverancia es el objeto de la súplica que dirigimos a Dios nuestro Señor cuando le decimos: Santificado sea tu nombre145, pues le pedimos perseverar en el estado en que hemos entrado por la santificación del bautismo. Que los que me distinguen con su aprecio, a los que no quiero ser ingrato, y que, según me decís vosotros, siguen en todo, menos en esto, mis opiniones ¡y sentencias, vean si al fin de los dos libros que dediqué a Simpliciano, obispo de Milán, y poco después de haber sido yo hecho obispo y antes de aparecer la herejía pelagiana, queda algo por lo que haya que poner en duda esta afirmación clara y precisa: la gracia de Dios no se nos da según nuestros méritos. "Vean igualmente que de todo lo allí expuesto, sale más claro que la luz del mediodía que el initium fidei es dádiva gratuita de Dios, y que, aunque allí no esté expreso en términos formales, claramente se deduce que la perseverancia final no procede de otro que de aquel que nos predestinó a su gloria y reino. Consulten después la epístola que escribí a Paulino de Nola ya contra los pelagianos, y que éstos empiezan a contradecir ahora, cuando tantos años hace que la escribí. Repasen, otrosí, mi epístola a Sixto, presbítero de la iglesia romana, con ocasión de nuestra más acérrima disputa contra los dichos herejes, y encontrarán la misma doctrina que en mi carta a Paulino. En fin, traigan a la memoria que ya hace ^bastantes años que se han dicho y escrito contra la herejía pelagiana todas estas cosas que ahora (y no salgo de mi asombro) parece que les disgustan. Pero, desde luego, yo no quiero que nadie siga mis sentencias más que cuando estoy y están ciertos de su verdad. De aquí que traiga ahora entre manos los libros de mis Retractaciones, para que vean que ni yo mismo me sigo siempre, pues por la misericordia de Dios creo haber hecho algunos progresos en la verdad desde que comencé a escribir, ya que no comencé siendo perfecto; y ni ahora mismo, a mi avanzada edad, dejaría de ser más arrogante que "verídico si dijera que ya escribía sin error posible. Pero interesa muy mucho saber cuánto y en qué se yerra y cuan fácilmente se corrija uno o con qué dura pertinacia se intente defender el propio error. Hombre de grande esperanza es quien continuamente progresa en el conocimiento de la verdad hasta el último día de su vida, para que, añadiendo progresos a progresos, sea juzgado digno de llegar a la perfección y no de ser castigado.

56. Pero si no debo ni quiero ser desagradecido a quienes me honran con su predilección, a causa del bien que de mis escritos han sacado antes de que me amaran, ¿cuánto menos debemos serlo para con Dios, a quien no amaríamos si primero no nos hubiese amado El y hecho sus amadores?; porque el amor es de Dios146, como dijo aquel a quien Él hizo no solamente su gran amador, sino también su gran predicador. ¿Y qué mayor desagradecimiento que el negar la gracia de Dios diciendo que se nos confiere según nuestros méritos? Impía doctrina que la Iglesia católica detesta en los secuaces de Pelagio, inventor de esta blasfemia, que él mismo condenó no por amor a la verdad, sino por temor a ser anatematizado. Mas todo el que se horrorice de decir que la gracia se nos da conforme a nuestros méritos, como se horroriza todo buen católico, cuide mucho de no substraer a la gracia de Dios la misma fe con que consiguió la misericordia de Dios para ser fiel, y, consecuentemente, atribuya a la misma gracia la perseverancia final, con la que consigue la misericordia y don que todos los días pide cuando dice que no le deje caer en la tentación. Entre el initium fidei y la perfección de la perseverancia están los medios y gracias que componen una santa vida, los cuáles, como todos admiten, son dones de Dios que nos impetra la fe. Todas estas cosas: el initium fidei y todas las dádivas que le siguen hasta el fin, conoció Dios mediante su presciencia que los había de dar a sus llamados, y, por ende, rebelde en demasía es quien se atreva a contradecir y aun ni siquiera a dudar de la doctrina de la predestinación.

CAPÍTULO XXII

57. Empero, se debe predicar esta doctrina de la predestinación de tal manera que no se haga odiosa a las personas incultas y tardas de inteligencia. Así, la misma doctrina de la presciencia divina (verdad universalmente reconocida) resultaría odiosa diciendo a los hombres: "Lo mismo da que corráis o que os echéis a dormir, siempre seréis lo que previamente conoció quien no se puede engañar". Médico malo o a lo menos inexperto es el que un buen medicamento lo aplica de tal manera que lo hace inútil, ineficaz o nocivo; tal sería quien de ese modo hablara de la presciencia divina; sino que se ha de decir como el Apóstol: Corred de suerte que alcancéis147 y reconozcáis en esa misma vuestra carrera que fuisteis previamente conocidos, de modo que corrierais legítimamente, es decir, de manera digna de recompensa. Puede recurrirse a otro medio cualquiera para espolear la innata pereza humana.

58. Aunque, en definitiva, el dogma de la predestinación, que no es más que el decreto eterno de la voluntad de Dios, es cierto que si los unos pasan de la infidelidad a la fe y en ella perseveran hasta el fin es porque Dios les da la voluntad de obedecer, y si otros que se solazan y deleitan en el camino de condenación del pecado, aunque sean de los predestinados, no han salido todavía de su miserable estado, es porque la gracia y misericordia de Dios no ha venido aún en su ayuda para salir de él, pues si algunos que están predestinados a ser elegidos por la mera gracia de Dios todavía no han sido llamados, no obstante, recibirán a su tiempo la gracia por la que quieran ser y sean elegidos. Mas si algunos obedecen, pero no están predestinados a su reino y gloria, son fieles temporalmente nada más y no perseverarán hasta el fin. Siendo como son verdaderas todas estas afirmaciones, ¿no conviene a muchos el decírselas de tal manera que se hagan la aplicación personal y debemos evitar el decirles lo que esos de quienes me habláis en vuestra carta y cuyas palabras cité hace poco, a saber: "El dogma de la predestinación por voluntad eterna y determinada de Dios es de tal manera, que algunos de vosotros, recibida la gracia de la obediencia, vinieseis de la infidelidad, a la fe?" ¿Qué necesidad hay de decir "algunos de vosotros"? Si hablamos a la Iglesia de Dios, a una reunión de fieles, ¿para qué decir que algunos de ellos han abrazado la fe, injuriando a los demás, pudiendo decir más caritativamente y más convenientemente?: "El dogma de la predestinación por eterna y determinada voluntad de Dios es de tal manera, que, recibida la gracia de la obediencia, vinieseis de la infidelidad a la fe, y recibiendo la perseverancia, perseveréis hasta el fin en la misma".

59. Es también necesario evitar lo siguiente: "Vosotros, los que aun os deleitáis y solazáis en el pecado digno de condenación, no habéis salida de ese miserable estado todavía precisamente porque aun no habéis recibido su gracia miserante", cuando mejor y más convenientemente se puede y deber decir: "Si alguno de vosotros aun se deleita y solaza en el pecado, que aprenda la ciencia de la salud; pero al hacerlo así, que no se envanezca como si fuera de vuestra cosecha ni os gloriéis como si no lo hubieseis recibido, pues bien sabéis que es Dios quien por benevolencia obra en vosotros tanto el querer como el obrar148, y que Dios es quien guía vuestros pasos para que escojáis y améis sus caminos149; y de este vuestro caminar recto y justo deducid vuestra predestinación a la gracia divina.

60. Igualmente, se dice con palabras más duras de la cuenta cuando se habla no a cualesquiera hombres, sino a los miembros de la santa Iglesia, lo que sigue, a saber: "Si algunos que están predestinados por la misma gracia de Dios todavía no han sido llamados, no obstante, recibirán a su tiempo la gracia por la que quieran ser y sean elegidos". ¿Por qué no se les ha de predicar más suavemente, diciéndoles: "Y si algunos no han sido llamados, oremos para que lo sean"? Pues quizá están predestinados, con la condición de que recibirán la gracia con la que quieran y se hagan elegidos si nosotros ofrecemos por ellos nuestras oraciones. Dios, que cumple todo lo que ha predestinado, nos manda que oremos hasta por los enemigos, para que entendamos que también concede a los infieles la fe y les hace querer lo que antes no querían.

61. Respecto a las palabras que siguen, dudo mucho que haya en el pueblo alguien que tenga la fe tan arraigada que pueda oír con provecho las rudas palabras siguientes: "Y los que al presente obedecéis al Señor, si sois de los que, según el decreto de la predestinación, habéis de ser rechazados, se os quitará y no recibiréis la gracia, a fin de que no continuéis siendo obedientes". Decir esto, ¿no es maldecir y profetizar horrendos males? Empero, si es conveniente o necesario hablar algo de los que no perseverarán, ¿por qué no se ha de hablar como ya antes indiqué, de modo que no se dirija directamente la palabra a los que oyen, sino que se hable en general; nunca en segunda persona, sino en tercera, no diciendo: "Vosotros, que ahora obedecéis", etc., sino "los que ahora obedecen", etc., etc.? Cosa no agradable, sino abominabilísima, se dice y cómo se les da en cara de manera ruda y odiosa en demasía a los oyentes al decirles: "Si alguno de vosotros, que aun obedecéis, estáis predestinados a la reprobación, se os quitarán las fuerzas para que ceséis de obedecer". ¿Qué vigor pierde el dogma si en vez de lo anterior se les dice: "Si los que obedecen no están predestinados a su reino y gloria, son fieles temporalmente, pero no perseverarán hasta el fin"? ¿Acaso con esto no se dice lo mismo y aún mejor y más congruentemente? Demás de que al decirlo así no parece que referimos a ellos tan horrendo mal, sino que hablamos de otros, al mismo tiempo que les invitamos a orar para ser preservados de él. Por otra parte, lo mismísimo que dicen esos equivocados hermanos de la predestinación con esas tan rudas palabras se puede decir de la presciencia de Dios, de la que nadie duda ni puede dudar, a saber: "Y los que ahora obedecéis, si Dios en su divina presciencia ha previsto que seréis rechazados, cesaréis de obedecer". Ciertamente, esto es en absoluto verdadero; pero no deja de ser de todo en todo ímprobo, incongruentísimo, importunísimo, no porque sea falso, pero no proficuo ni proporcionado a la debilidad humana.

62. No obstante, esta exposición del dogma de la predestinación, que recomendamos, no me parece suficiente cuando se habla al pueblo cristiano, a no ser que se añadan estas o parecidas palabras: "Y vosotros debéis esperar del Padre de la luces, de quien procede todo don perfecto150, y pedírsela en vuestras cotidianas oraciones; y haciendo esto, confiad en que sois de sus elegidos, porque Él es quien obra y produce en vuestro corazón estas buenas disposiciones. Pero lejos de vosotros el perder la esperanza, porque se os manda que confiéis en El y no en vosotros, pues maldito quien pone en el hombre su esperanza151 y mejor es confiar en el Señor que en el hombre152, porque bienaventurados los que esperan en Él153. Asidos a esta esperanza, servid al Señor con temor y cantad sus alabanzas con temor154, porque nadie puede estar seguro de la vida eterna que el Dios no mentiroso prometió a los hijos de promisión antes de todo tiempo hasta la terminación de esta vida, que es tentación continua sobre la tierra155, pero nos hará perseverar hasta el fin en él, a quien todos los días decimos: No nos dejes caer en la tentación"156. Al decir estas cosas, ya sea a unos pocos, ya a toda la multitud de los fieles, ¿por qué hemos de temer predicar el dogma de la predestinación de los santos y la verdadera gracia de Dios, esto es, la que se nos da no según nuestros méritos, como nos lo enseña la sagrada Escritura? ¿O es que hemos de temer que el hombre desespere cuando se le dice que ponga su esperanza en Dios y que no desesperaría si, lleno de soberbia, el infeliz la pusiera en sí mismo?

CAPÍTULO XXIII

63. Quiera Dios nuestro Señor que los que, a causa de su poca instrucción o inteligencia, no pueden entender las sagradas Escrituras o sus explanaciones, oigan de tal manera, o mejor, no oigan nuestras disputas en esta cuestión de la gracia y que pongan todo su empeño y atención en las oraciones que nuestra Madre la Iglesia les recomienda, y que ella ha rezado y rezará hasta el fin del mundo. De esta cuestión de la gracia que nos vemos obligados no sólo a recordar, pero a defender y proteger contra los nuevos herejes, nunca calló en sus preces y oraciones, si bien a las veces, como no había adversario, no la expuso claramente y de propio intento. ¿Cuándo no se oró en la iglesia por los infieles y por sus enemigos, a fin de que Dios los trajera a la fe? ¿Qué cristiano que tuviera algún amigo, o pariente, o esposa infiel no ha pedido a Dios el espíritu bueno y corazón sincero que obedeciese a la fe cristiana? ¿Qué fiel no ha pedido para sí mismo incesantemente la gracia de permanecer unido para siempre a Jesucristo? Y cuando el sacerdote, invocando la misericordia de Dios sobre los fieles, dice: "Dales, Señor, perseverar en ti hasta el fin", ¿hay quien se atreva a mofarse, no digo de palabra y exteriormente, pero ni con el pensamiento, de tal oración? Por el contrario, ¿no responden todos "Amén" a esta bendición, para dar testimonio de la fe que reina en su corazón y que gustan de confesar con su boca? Todos los fieles al decir la oración dominical, especialmente aquellas palabras: No nos dejes caer en la tentación, piden la perseverancia en esa santa obediencia. Por consiguiente, así como la Iglesia nació y se educó y creció usando estas santas oraciones, así también nació y creció y crece proclamando esta fe, según la cual cree que la gracia de Dios no se da según los méritos de los que la reciben, porque entonces no pediría que Dios diese la fe a los infieles si no creyese que es Dios el que convierte las voluntades de los hombres alejados y aun contrarios a la fe. Ni tampoco pediría, ni engañada ni vencida por el mundo, la perseverancia en la fe de Cristo, si no creyese que de tal manera tiene Dios en su mano nuestros corazones, que el bien, que no tenemos si no interviene nuestra propia voluntad, sin embargo, no lo tendríamos si El no obrase en nosotros el quererlo; porque si la Iglesia se lo pide al Señor, pero cree que es de su propia cosecha, sus oraciones, lejos de ser sinceras, serían una infame parodia. Lo que sólo el pensarlo horroriza y espanta. ¿Quién podría gemir ante el Señor para obtener lo que desea recibir, cuando cree que lo puede conseguir por sí mismo sin la ayuda de su gracia?

64. Sobre todo, porque, como dice el Apóstol, no sabemos que hayamos de orar como conviene, más el Espíritu Santo ruega por nosotros con gemidos inenarrables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, que, según Dios, intercede por los santos157. ¿Qué significa esto de el mismo Espíritu ruega sino que nos hace rogar con gemidos inenarrables y verdaderos y sinceros, porque el Espíritu es la verdad? Del mismo se dice en otro lugar: Envió Dios el Espíritu de su Hijo en nuestros corazones, que clama: "¡Abba, Padre!"158; y esto de clama significa que nos hace clamar, usando de una figura retórica, como cuando decimos: "Hoy es un día alegre", en vez de un día que nos hace estar alegres. En otro pasaje declara esto, diciendo: No recibisteis de nuevo espíritu de esclavonía para temor, sino espíritu de adopción, de hijos, con el que clamamos: "¡Abba!, ¡Padre!"159 Allí decía que clama, aquí con el que clamamos, para significar en qué sentido había dicho lo primero. Con lo que nos da a entender que es don de Dios, a fin do que con corazón sincero y animados por su Espíritu oremos a Dios nuestro Señor. Vean, pues, cómo se engañan los que piensan que pedir, buscar y llamar a la puerta son efectos de nuestra voluntad y no de la gracia de Dios, y que estos primeros movimientos por los que recibimos lo que pedimos, encontramos lo que buscamos y se abre al que llama, preceden a la gracia, y no quieren comprender que pedir, buscar y llamar a la puerta, en una palabra, orar, es dádiva gratuita del Señor, puesto que por su Espíritu de adopción, que hemos recibido, clamamos: Abba,!, ¡Padre! Lo cual ya vio el bienaventurado Ambrosio cuando en el comentario sobre Isaías dice: "El orar a Dios es fruto de la gracia de su Espíritu, según está escrito: Nadie dice Señor Jesús si no es por virtud del Espíritu Santo".

65. Todas estas cosas que desde que comenzó a existir pide la santa Iglesia al Señor, de tal manera preconoció El que las había de dar a sus llamados, que ya se las dio en la misma predestinación, como sin ambigüedad lo declara el Apóstol en su carta a Timoteo: Trabaja a una conmigo por el Evangelio según la virtud de Dios, que nos salvó y tomó con llamamiento santo, no por las obras nuestras, sino por el propósito suyo y la gracia, a nosotros dada eternos tiempos antes en Cristo Jesús, pero manifestada ahora por la aparición del Salvador nuestro, Jesucristo160. Por consiguiente, quien se atreva a decir que la santa Iglesia no pide en sus oraciones o que sus oraciones no son sinceras cuando pide la fe para los infieles o la perseverancia final para los fieles, ése podría decir que la Iglesia no admitió siempre el dogma de la predestinación y de la gracia; mas si siempre pidió tales dones, siempre creyó que eran dones de Dios, y nunca ha sido lícito ni dudar del previo conocimiento divino ni de su presciencia, y, por ende, este dogma de la predestinación que contra los nuevos herejes con renovada solicitud ahora defiende la Iglesia, nunca dejó de creerlo y proclamarlo.

CAPÍTULO XXIV

66. ¿Y para qué más? Creo haber demostrado más que suficientemente que el empezar a creer en Dios, o el initium fidei, y la perseverancia final son dones gratuitos de Dios; los demás bienes pertinentes a una vida piadosa y al verdadero culto del Señor, los mismos para quienes escribimos esto conceden de buen grado que lo son. Pero que todos estos dones y a quiénes se los había de otorgar lo conoció previamente Dios nuestro Señor, no pueden negarlo, y, en consecuencia, como se enseña y predica la presciencia divina, así hay que predicar y enseñar la predestinación, para que el que oye con verdadera obediencia se gloríe no en el hombre, sino en el Señor, como de ello tenemos precepto, el obedecer al cual también es divino; y quien no tenga este don, no dudo en decir que vanamente tiene los demás. Con toda el alma deseamos que los pelagianos reciban ese don y que estos nuestros hermanos lo reciban más abundantemente. No seamos prontos para las disputas y perezosos y tardos para las oraciones. Oremos, mis muy amados hermanos, oremos para que Dios dé su gracia a nuestros enemigos, y sobre todo a nuestros hermanos y a los que nos aman, para comprender y confesar que después de la tremenda e inefable ruina por la que todos en uno caímos, nadie puede ser libre sino por la gracia de Dios, y que ésta no se da como debida a los méritos de los que la reciben, sino que, como verdadera gracia, gratuitamente, sin mérito alguno precedente.

67. Jesucristo es el más admirable y glorioso ejemplo de la verdad de la predestinación. Ya en el primer libro de esta obra hablé de esto161, y quiero terminar el presente con lo mismo. En este divino Mediador deben mirarse todos los fieles para comprender bien la predestinación, todos nos encontramos allí como estereotipados. Me refiero a los fieles que creen y confiesan que en Cristo Jesús hay una verdadera naturaleza humana, es decir, nuestra propia naturaleza, pero glorificada y elevada por su unión con el Verbo de Dios hasta la inefable dignidad del Hijo único de Dios, de tal manera que el Asumente y lo asunto hacen una sola y misma persona en la Beatísima Trinidad, porque la unión de la humanidad con la divinidad no ha producido una cuarta persona, una cuaternidad, sino que permanece invariable la Santísima Trinidad, haciendo inefablemente con aquella asunción la verdad de una sola persona del Dios Hombre. Porque no solamente decimos que Cristo es Dios, como los maniqueos; ni sólo hombre, como los partidarios de Pótino; ni tampoco hombre de tal manera que le falte algo que ciertamente pertenezca a la naturaleza humana, ya el alma, ya la razón en la misma alma, ya la carne, no tomada de mujer, sino hecha por el Verbo, convertido y mudado en carne, las tres cosas falsas y vanas que dividen a los apolinaristas; nada de esto decimos, sino que Cristo es verdadero Dios, nacido de Dios Padre sin ningún principio de tiempo; que es verdadero hombre, nacido en la plenitud de los tiempos de una mujer (hombre); que su humanidad, por la que es inferior al Padre, no disminuye en nada su divinidad, por la que es igual al Padre; que el Dios y el Hombre forman un solo Cristo Jesús, que, como Dios, dijo con toda verdad: Yo y él Padre somos uno162, y que en cuanto hombre, también con toda verdad dijo: Mi Padre es mayor que yo163. Por tanto, quien de la progenie de David hizo un hombre justo que jamás fuese injusto, sin mérito alguno precedente de su voluntad (humana), el mismo de injustos hace justos, sin mérito alguno precedente de la voluntad de los mismos, para que Cristo sea la cabeza y éstos sus miembros. Lo mismo que Dios hizo que CristoHombre, sin mérito alguno precedente de parte suya, no contrajera ningún pecado de origen, ni cometido por su voluntad ninguno que se le pueda perdonar, lo mismo concede la fe en Jesucristo a los hombres, sin que precedan sus méritos de ellos para perdonarles todos sus pecados. Quien hizo a Jesucristo tal que ni ha tenido ni jamás tendrá alguna mala voluntad, el mismo en los miembros de Cristo hace de malas voluntades, buenas. A Él, pues, y a nosotros nos predestinó, porque en El, para que fuese nuestra cabeza, y en nosotros, para que fuéramos su cuerpo, no preconoció (presupo) nuestros méritos precedentes, sino sus futuras obras.

68. Los que lean todo esto que acabamos de escribir, si lo entienden, den rendidas gracias a Dios; los que no lo entiendan, oren para que sea su doctor interior aquel que es la fuente de la ciencia y del entendimiento164, mas quien crea que me equivoco, medite y relea diligentemente lo dicho, no sea que el equivocado sea él. En cuanto a mí, cuando las observaciones de los que me leen me corrigen o enseñan algo, lo tengo por un beneficio de Dios nuestro Señor. Particularmente espero esto de los Doctores de la Iglesia, si tengo la suerte de que mis escritos caigan en sus manos y se dignan prestarles un poco de atención.

sábado, 25 de julio de 2026

25 de julio: Fiesta de Santiago Apóstol

 Santiago Mayor, Apóstol


Estatua de Santiago
sobre el altar mayor,
Basílica de Santiago de
Compostela,
España

Santiago Mayor, Apóstol

Fiesta: 25 de julio

Ver también:
Santiago de Compostela -La tumba del Apóstol, centro mundial de peregrinación.

Oficio de lectura

Santiago es uno de los doce Apóstoles de Jesús; hijo de Zebedeo. El y su hermano Juan fueron llamados por Jesús mientras estaban arreglando sus redes de pescar en el lago Genesaret.

Recibieron de Cristo el nombre "Boanerges", significando hijos del trueno, por su impetuosidad.

En los evangelios se relata que Santiago tuvo que ver con el milagro de la hija de Jairo. Fue uno de los tres Apóstoles testigos de la Transfiguración y luego Jesús le invitó, también con Pedro y Santiago, a compartir mas de cerca Su oración en el Monte de los Olivos.

Los Hechos de los Apóstoles relatan que éstos se dispersaron por todo el mundo para llevar la Buena Nueva.  Según una antigua tradición, Santiago el Mayor se fue a España. Primero a Galicia, donde estableció una comunidad cristiana, y luego a la cuidad romana de Cesar Augusto, hoy conocida como Zaragoza. La Leyenda Aurea de Jacobus de Voragine nos cuenta que las enseñanzas del Apóstol no fueron aceptadas y solo siete personas se convirtieron al Cristianismo. Estos eran conocidos como los "Siete Convertidos de Zaragoza".  Las cosas cambiaron cuando la Virgen Santísima se apareció al Apóstol en esa ciudad, aparición conocida como la Virgen del Pilar. Desde entonces la intercesión de la Virgen hizo que se abrieran extraordinariamente los corazones a la evangelización de España.

En los Hechos de los Apóstoles descubrimos fue el primer apóstol martirizado. Murió asesinado por el rey Herodes Agripa I, el 25 de marzo de 41 AD (día en que la liturgia actual celebra La Anunciación). Según una leyenda, su acusador se arrepintió antes que mataran a Santiago por lo que también fue decapitado. Santiago es conocido como "el Mayor", distinguiéndolo del otro Apóstol, Santiago el Menor.

La tradición también relata que los discípulos de Santiago recogieron su cuerpo y lo trasladaron a Galicia (extremo norte-oeste de España).  Su restos mortales están en la basílica edificada en su honor en Santiago de Compostela. En España, Santiago es el mas conocido y querido de todos los santos.  En América hay numerosas ciudades dedicadas al Apóstol en Chile, República Dominicana, Cuba y otros países.

Ver: Fraude del "osario de Santiago", 2002

Santiago y la Virgen María

Santiago Apóstol preparó el camino para la Virgen María en España y también preparó su llegada al "Nuevo Mundo". El es el Apóstol de la Virgen María, también es conocido como el Apóstol de la Paz.

En 1519, Cortes llegó a Veracruz, y en Lantigua construyó la primera Iglesia dedicada a Santiago Apóstol en el continente Americano. También en 1521, cuando México fue conquistada, Cortes construyó una Iglesia en las ruinas de los Aztecas que al igual fue dedicada a Santiago Apóstol. A esta Iglesia era que Juan Diego se dirigía el 9 de diciembre de 1531, para recibir clases de catecismo y oír la Santa Misa, ya que era la fiesta de la Inmaculada Concepción.

En 1981, se reportó el comienzo de las apariciones de Nuestra Señora en Medjugorie bajo el titulo "Reina de la Paz". Ya Santiago Apóstol se había hecho presente. Unos años antes, se había construido una Iglesia en ese lugar dedicada a Santiago Apóstol. Santiago siendo el Apóstol de la Paz, lleva en sus manos las llaves para abrir la puerta que traería la paz a Medjugorie.

Santiago Apóstol ha preparado el camino para que el mundo reconozca a la Virgen Santísima como "Pilar" de nuestra Iglesia.

Ver: Palabras de Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre el Apóstol Santiago

Audiencia General de S.S. Benedicto XVI
21 de junio, 2006

Queridos hermanos y hermanas: Hoy hablamos del apóstol Santiago. Las listas bíblicas de los Doce mencionan dos personas con este nombre: Santiago, el hijo de Zebedeo, y Santiago, el hijo de Alfeo (cf. Mc 3, 17-18; Mt 10, 2-3), que por lo general se distinguen con los apelativos de Santiago el Mayor y Santiago el Menor. Ciertamente, estas designaciones no pretenden medir su santidad, sino sólo constatar la diversa importancia que reciben en los escritos del Nuevo Testamento y, en particular, en el marco de la vida terrena de Jesús. Hoy dedicamos nuestra atención al primero de estos dos personajes homónimos.

El nombre Santiago es la traducción de Iákobos, trasliteración griega del nombre del célebre patriarca Jacob. El apóstol así llamado es hermano de Juan, y en las listas a las que nos hemos referido ocupa el segundo lugar inmediatamente después de Pedro, como en el evangelio según san Marcos (cf. Mc 3, 17), o el tercer lugar después de Pedro y Andrés en los evangelios según san Mateo (cf. Mt 10, 2) y san Lucas (cf. Lc 6, 14), mientras que en los Hechos de los Apóstoles es mencionado después de Pedro y Juan (cf. Hch 1, 13). Este Santiago, juntamente con Pedro y Juan, pertenece al grupo de los tres discípulos privilegiados que fueron admitidos por Jesús a los momentos importantes de su vida.

Santiago pudo participar, juntamente con Pedro y Juan, en el momento de la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní y en el acontecimiento de la Transfiguración de Jesús. Se trata, por tanto, de situaciones muy diversas entre sí: en un caso, Santiago, con los otros dos Apóstoles, experimenta la gloria del Señor, lo ve conversando con Moisés y Elías, y ve cómo se trasluce el esplendor divino en Jesús; en el otro, se encuentra ante el sufrimiento y la humillación, ve con sus propios ojos cómo el Hijo de Dios se humilla haciéndose obediente hasta la muerte.

Ciertamente, la segunda experiencia constituyó para él una ocasión de maduración en la fe, para corregir la interpretación unilateral, triunfalista, de la primera: tuvo que vislumbrar que el Mesías, esperado por el pueblo judío como un triunfador, en realidad no sólo estaba rodeado de honor y de gloria, sino también de sufrimientos y debilidad. La gloria de Cristo se realiza precisamente en la cruz, participando en nuestros sufrimientos.

Esta maduración de la fe fue llevada a cabo en plenitud por el Espíritu Santo en Pentecostés, de forma que Santiago, cuando llegó el momento del testimonio supremo, no se echó atrás. Al inicio de los años 40 del siglo I, el rey Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande, como nos informa san Lucas, "por aquel tiempo echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos e hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan" (Hch 12, 1-2). La concisión de la noticia, que no da ningún detalle narrativo, pone de manifiesto, por una parte, que para los cristianos era normal dar testimonio del Señor con la propia vida; y, por otra, que Santiago ocupaba una posición destacada en la Iglesia de Jerusalén, entre otras causas por el papel que había desempeñado durante la existencia terrena de Jesús.

Una tradición sucesiva, que se remonta al menos a san Isidoro de Sevilla, habla de una estancia suya en España para evangelizar esa importante región del imperio romano. En cambio, según otra tradición, su cuerpo habría sido trasladado a España, a la ciudad de Santiago de Compostela.

Como todos sabemos, ese lugar se convirtió en objeto de gran veneración y sigue siendo meta de numerosas peregrinaciones, no sólo procedentes de Europa sino también de todo el mundo. Así se explica la representación iconográfica de Santiago con el bastón del peregrino y el rollo del Evangelio, características del apóstol itinerante y dedicado al anuncio de la "buena nueva", y características de la peregrinación de la vida cristiana. Por consiguiente, de Santiago podemos aprender muchas cosas: la prontitud para acoger la llamada del Señor incluso cuando nos pide que dejemos la "barca" de nuestras seguridades humanas, el entusiasmo al seguirlo por los caminos que él nos señala más allá de nuestra presunción ilusoria, la disponibilidad para dar testimonio de él con valentía, si fuera necesario hasta el sacrificio supremo de la vida. Así, Santiago el Mayor se nos presenta como ejemplo elocuente de adhesión generosa a Cristo. Él, que al inicio había pedido, a través de su madre, sentarse con su hermano junto al Maestro en su reino, fue precisamente el primero en beber el cáliz de la pasión, en compartir con los Apóstoles el martirio.

Y al final, resumiendo todo, podemos decir que el camino no sólo exterior sino sobre todo interior, desde el monte de la Transfiguración hasta el monte de la agonía, simboliza toda la peregrinación de la vida cristiana, entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, como dice el concilio Vaticano II. Siguiendo a Jesús como Santiago, sabemos, incluso en medio de las dificultades, que vamos por el buen camino.

 

 

EXTRACTOS DEL DISCURSO DEL B. JUAN PABLO II
EN SU VISITA A
SANTIAGO DE COMPOSTELA
9 de noviembre, 1982

"Por esto, yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca que se ha considerado siempre europea, por sus orígenes, tradiciones,cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavos; Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo.

Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelvea encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. Note deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: «lo puedo».

 

 

CATEDRAL DE SANTIAGO DE COMPOSTELA

La Catedral de Santiago es la Iglesia madre de la Archidiócesis Compostelana. En ella está la cátedra de su Arzobispo: de ahí el nombre de la Catedral. Su singularidad radica en poseer la tumba del Apóstol Santiago, por lo que la convierte a partir del siglo IX en uno de los más importantes santuarios de toda la cristiandad. En 1884 León XIII promulga la Bula "Deus omnipotens", confirmando la autenticidad de las reliquias del Apóstol Santiago y exhortando a peregrinar a Compostela. En el Año Santo de 1982 el B. Juan Pablo II terminó en Compostela su visita apostólica a España. Entonces se refirió a la Catedral Basílica como "uno de los lugares más célebres de la historia…que encierra la tumba de Santiago, el Apóstol que según la tradición fue el evangelizador de España…"

 

 

EL APÓSTOL SANTIAGO Y LA SANTÍSIMA VIRGEN
Por Madre Adela Galindo,sctjm

Santiago era uno de los 12 Apóstoles de Jesús; hijo de Zebedeo, él y su hermano Juan fueron llamados por Jesús mientras estaban arreglando sus redes de pescar en el lago Genesaret. Recibieron de Cristo el nombre “Boanerges”, significando hijos del trueno, por su impetuosidad. En los evangelios se relata que Santiago tuvo que ver con el milagro de la hija de Jairo, estaba durante la Transfiguración y luego acompañó a Jesús durante la oración en el Monte de los Olivos. En los Acotos de los Apóstoles se relata que estos se dispersaron por diferentes regiones para llevar la Buena Nueva al pueblo de Dios. Por las revelaciones de Jesús a Sor María de Jesús de Agreda, una hermana franciscana, se dio a conocer que Santiago, el Mayor, se fue a España a evangelizar. Primero a Galicia, donde estableció una comunidad cristiana, y luego a la ciudad romana de César Augusto, hoy conocida como Saragoza.

El 2 de enero del año 40, el Apóstol Santiago y sus discípulos estaban descansando en las orillas del río Egro y oyeron dulce voces que cantaban. Enseguida vieron como el cielo se llenaba de luces y muchos ángeles que se acercaban. Los ángeles cargaban un trono donde estaba sentada la Reina de los Cielos. María, en ese entonces, vivía en Jerusalén y fue bilocada a España. La Virgen le dijo a Santiago que construyera un santuario adonde Dios sería honrado y glorificado, y le dio un pilar con su imagen para que fuese puesto en el santuario. La Virgen también le dijo que el santuario duraría hasta los fines del tiempo y que ella bendeciría todas las oraciones hecha devotamente en ese lugar. Al final de la aparición, la Virgen le dijo a Santiago que cuando estuviera construido el santuario debería regresarse a Palestina a donde iba a morir.

El Apóstol Santiago cumplió los deseos de la Santísima Virgen y construyó la primera iglesia cristiana en el mundo entero. Santiago regresó a Palestina, donde fue decapitado por órdenes de Herodes el 25 de marzo del año 41 D.C. Sus discípulos recobraron su cuerpo y lo trasladaron a Galicia, en un bote milagroso, sin que nadie lo viera, guiado solamente por Dios.

vvvvvvvvvvvEn el Antiguo Testamento vemos como Jacob construyó un altar a Dios y lo llamo El Bethel, que significa “Casa de Dios” ( Gen. 35, 7). Jacob es un nombre griego, pero traducido en español es Santiago. Jacob construyó la “Casa de Dios” al igual que Santiago Apóstol construyo la primera “Casa de Dios”, la primera Iglesia en el mundo entero.

La tumba de Santiago Apóstol fue olvidada por más de 800 años. Bajo el reinado de Alfonso II (789-842), un ermitaño llamado Pelagio recibió un visión, en la cual el lugar donde se encontraban los restos del Apóstol se fue revelado. El día 25 de julio de 812, adonde supuestamente estaba la tumba, se llenó de una luz brillante y desde entonces se conoce como Compostela “Campo de Estrellas”. El obispo de Iria Flavia, Theodomir, después de investigaciones declaró que eran verdaderamente los restos y la tumba del Apóstol Santiago. Al igual que el Santo Padre, León XIII, en 1884, en forma de Bula Papal, confirmó que los restos en Santiago de Compostela pertenecían a Santiago Apóstol.

Santiago Apóstol también se conocía como el “Matamoros”, matador de los moros. Se dice que había aparecido en ayuda de su pueblo en varias ocasiones en contra de los Morros. Especialmente en el año 1492 cuando se logró la reconquista de España.

1492 fue también el año en el que Cristóbal Colón y sus conquistadores descubrieron las Américas. Colón y sus conquistadores tenían una devoción muy especial a una estatua de la Virgen que había aparecido en las Montañas de las Extremaduras en España, en ese mismo siglo. Se contaba que esta estatua fue hecha por Lucas, el evangelista. La advocación de la estatua era la “Virgen de Guadalupe” nombrada igual que el pequeño río que atravesaba la montaña, y que significaba “El Río de la Luz”. Los conquistadores, Colon y Cortés, visitaban el santuario de la Virgen de Guadalupe ante de irse a conquistar nuevas tierras.

En 1519, Cortés llegó a Veracruz, hoy en día conocido como Lantigua, y construyó la primera Iglesia dedicada a Santiago Apóstol. También en 1521, cuando México fue conquistada de los Aztecas, Cortés construyó una Iglesia en las ruinas de los Aztecas que al igual fue dedicada a Santiago Apóstol. A esta Iglesia era que Juan Diego se dirigía el 9 de diciembre de 1531, para recibir clases de catecismo y oír la Santa Misa, ya que era la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Santiago Apóstol preparó el camino para la Virgen María en España y también preparó el camino para la llegada de María Santísima al “Nuevo Mundo”. El es el Apóstol que va delante de la Virgen María, abriéndole el camino; él es el Apóstol de la Virgen María, también es conocido como el Apóstol de la Paz.

En 1981, cuando Nuestra Señora se apareció en Medjugorie, bajo el título “Reina de la Paz”, ya Santiago Apóstol se había hecho presente. Unos años antes, una iglesia fue construida en ese lugar dedicada a Santiago Apóstol. Santiago, siendo el Apóstol de la Paz, lleva en sus manos las llaves para abrir la puerta que traería la paz a Medjugorie. Debemos rezarle al Apóstol por su intercesión.

Santiago Apóstol ha preparado el camino para que el mundo reconozca a la Virgen Santísima como un “Pilar” de nuestra Iglesia.

Fuente: Corazones.org 

viernes, 24 de julio de 2026

San Charbel: 24 de julio

 



San Chárbel

San Chárbel MAKHLOUF 1828-1898
 Ermitaño del rito maronita y primer santo oriental canonizado por la Sede Apostólica desde el siglo XIII.

Fiesta: 24 de julio

Gran amante de la Eucaristía y de la Virgen Santísima. Ejemplo de vida consagrada y de ermitaño.

Dios ha querido manifestar su gloria por medio de este humilde ermitaño.  Gran cantidad de milagros ocurren por su intercesión.  Numerosas de sus imágenes milagrosamente exudan aceite el cual se utiliza en la oración por los enfermos.  Además de ser bien conocido en el Medio Oriente y en toda la Iglesia, en América es, particularmente venerado en México a partir de la inmigración maronita que comenzó en el siglo XIX. Su devoción se propaga en la actualidad muy rápido por el aumento de milagros. Parece que Dios desea utilizar este santo como signo de su deseo de unificar el Oriente con el Occidente.

 

"Yo tomaré de lo mas escogido del Cedro, de lo alto de sus ramas y le plantaré sobre un monte alto...Y dará fruto y llegará a ser un Noble Cedro"  -Ezequiel 17:22-23

San Chárbel en México

Breve historia  y  Oración a San Chárbel
Nació en el pueblo de Beqakafra, a 140km. del Líbano, capital libanesa, el 8 de mayo, de 1828.  Era el quinto hijo de Antun Makhlouf y Brigitte Chidiac, una piadosa familia campesina. Fue bautizado a los ocho días en la Iglesia de Ntra. Señora en su pueblo natal, recibiendo por nombre Yusef (José). A los tres años el padre de Yusef fue inscrito en el ejército turco en la guerra contra los egipcios y muere cuando regresaba a casa. Su madre cuida de la familia siendo gran ejemplo de virtud y fe. Pasado un tiempo, ella se casa de nuevo con un hombre devoto quien eventualmente será ordenado sacerdote (en el rito maronita, hombres casados son elegibles al sacerdocio).

Yusef ayudó a su padrastro en el ministerio sacerdotal.  Ya desde joven era ascético y de profunda oración. Yusef estudió en la pequeña escuela parroquial del pueblo.  A la edad de 14 años fue pastor de ovejas y aumenta su oración. Se retiraba con frecuencia a una cueva que descubrió cerca de los pastizales para adentrarse en horas de oración.  Por ello recibió muchas burlas de otros jóvenes pastores. Dos de sus tíos maternos eran ermitaños pertenecientes a la Orden Libanesa Maronita. Yusef acudía a ellos con frecuencia para aprender sobre la vida religiosa y el monacato en especial.

Vocación

A los 20 años de edad, Yusef es el sostén de su casa. Es el tiempo de contraer matrimonio pero el se siente llamado a otra vida.  Después de tres años de espera, escuchó la voz del Señor: "Deja todo, ven y sígueme".  Así, una mañana del año 1851 se dirige al convento de Ntra. Señora de Mayfouq, donde fue recibido como postulante. Al entrar en el noviciado renuncia a su nombre bautismal y escoge como nombre de consagración: Chárbel. 

Un tiempo mas tarde lo envían al Convento de Annaya, en donde profesó los votos perpetuos como monje en 1853. Lo enviaron inmediatamente al Monasterio de San Cypriano de Kfifen, donde realizó sus estudios de filosofía y teología, llevando una vida ejemplar de obediencia y observancia.  Fue ordenado sacerdote el 23 de julio, de 1859 por Mons. José al Marid, bajo el patriarcado de Paulo Massad. Al poco tiempo regresó al Monasterio de Annaya por orden de sus superiores. Ahí pasó muchos años de vida ejemplar de oración y apostolado.  Entre estos, el cuidado de los enfermos, el pastoreo de almas y el trabajo manual en cosas muy humildes.

Ermitaño

Chárbel recibió autorización para la vida ermitaña el 13 de febrero, de 1875. Desde ese momento hasta su muerte, ocurrida en la ermita de los Santos Pedro y Pablo, la víspera de la Navidad del año 1898, se dedicó a la oración (rezaba 7 veces al día la Liturgia de las Horas), la ascesis, la penitencia y el trabajo manual.  Comía una vez al día y llevaba silicio.

Muerte y milagros

El padre Chárbel alcanzó la celebridad después de su muerte. Dios quiso señalar a este santo por numerosos prodigios: Su cuerpo se ha mantenido incorrupto, sin la rigidez habitual, con la temperatura de una persona viva. Suda sangre, ocurren prodigios de luz constatados por muchas personas. El pueblo lo veneraba como santo aunque la jerarquía y sus mismos superiores prohibieron su culto formal mientras la Iglesia no pronunciara su veredicto. 

En 1950, al pasarle un amito por la cara, quedó impresa en la prenda el rostro de Cristo como en el Sudario de Turín. 
(Ver "Leyendas Negras de la Iglesia" por Vittorio Messori pg. 210).

Beatificación y Canonización

Dado al constante culto del pueblo, el Padre Superior General Ignacio Dagher solicitó al Papa Pío XI en 1925, la apertura del proceso de beatificación del P. Chárbel.  Fue beatificado durante la clausura del Concilio Vaticano II, el 5 de diciembre, de 1965 por el Papa Pablo VI.  El Papa dijo: "Un ermitaño de la montaña libanesa está inscrito en el número de los Bienaventurados... Un nuevo miembro de santidad monástica enriquece con su ejemplo y con su intercesión a todo el pueblo cristiano. El puede hacernos entender, en un mundo fascinado por las comodidades y la riqueza, el gran valor de la pobreza, de la penitencia y del ascetismo, para liberar el alma en su ascensión a Dios".

El 9 de octubre de 1977, durante el Sínodo Mundial de Obispos, el Papa canonizó al P. Chárbel con la siguiente proclama: "En honor de la Santa e Individua Trinidad, para la exaltación de la fe católica y promoción de la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y nuestra, después de madura deliberación y tras implorar intensamente la ayuda divina... decretamos y definimos que el beato Chárbel Majluf es SANTO, y lo inscribimos en el catálogo de los santos, estableciendo que sea venerado como santo con piadosa devoción en toda la Iglesia. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo."

Es el primer santo oriental desde el siglo XIII.

Oración

Dios, infinitamente santo y glorificado en medio de tus santos. Tú que inspiraste al santo monje y ermitaño Chárbel para que viviese y muriese en perfecta unión con Jesús Cristo, dándose la fuerza para renunciar al mundo y hacer triunfar desde su ermita, el heroísmo de sus virtudes monásticas: pobreza, obediencia y santidad. Te imploramos nos concedas la gracia de amarte y servirte siguiendo su ejemplo.

Dios Todopoderoso, Tú que has manifestado el poder de la intercesión de San Chárbel a través de sus numerosos milagros y favores, concédenos   la gracia que te imploramos por su intercesión (....)  Amén.   (Padrenuestro, Ave María y Gloria).

Coronilla del santo


 Coronilla de San Charbel




La coronilla está compuesta de cinco grupos de cuentas: tres rojas, una blanca y una azul. Cinco cuentas negras separan los grupos. Una medalla del santo conecta la coronilla acompañada de una cuenta blanca.

Orden de Recitación.
Al inicio de la Coronilla, en la primera cuenta blanca se recita la plegaria: "Al Padre de la verdad". Esta es la más bella y querida plegaria de la Misa maronita. Es un poema de S. Jacobo de Sarug del siglo V.

Plegaria al Padre de la Verdad
Padre de la verdad, he aquí a tu Hijo, víctima agradable a ti. Acéptalo, Padre, ya que ha muerto por mí. He aquí su Sangre derramada en el Gólgota por mi salvación.  Ella clama por mi. Por sus méritos acepta mi oblación. Siendo tantos mis pecados mucho mas grande es tu misericordia.
Cuando es puesta en una balanza, tu misericordia sobrepasa el peso de los grandes montes, esos que solo tú conoces. Considera el pecado y considera la propiciación; el sacrificio de la Víctima excede a las deudas. Tu Amado Hijo sufrió los clavos y la lanza por  mis pecados, por lo tanto con sus sufrimientos satisface mi deuda y me da vida.
Gloria al Padre que envió a su Hijo por causa nuestra. Adoración al Hijo que a todos redimió por su crucifixión. Alabanza al Espíritu por quien fue consumado el misterio de nuestra salvación. Bendito sea quien nos vivificó, por su Amor. ¡A Él sea la gloria!

En cada cuenta negra recitar un Padre Nuestro.

Las cuentas rojas representan los votos de pobreza, de castidad y de obediencia. Virtudes por las cuales los religiosos se unen a la pasión de Cristo.
En el primer grupo de cuentas rojas recitar tres "Ave Marías"  en honor a la fidelidad de S. Charbel a su voto de pobreza.
En el segundo grupo de cuentas rojas recitar las tres "Ave María" en honor a la fidelidad de S. Charbel a su voto de castidad.
En el tercer grupo de cuentas rojas recitar las tres "Ave María" en honor a la fidelidad de S. Charbel a su voto de obediencia.

Las cuentas blancas simbolizan la devoción de San Charbel a la Sagrada Eucaristía.  Oramos pidiendo que por su intercesión, crezcamos en amor a Jesús Eucarístico.
Se rezan tres Ave Marías.

Las cuentas azules  simbolizan el amor y la devoción que San Charbel tenía a Ntra. Stsma. Madre. Que por su intercesión crezcamos en devoción a la Virgen.
Se rezan tres Ave Marías.

Concluir la coronilla, en la medalla de S. Chárbel, con la oración para obtener gracias especiales.

Oración:
Dios infinitamente santo y glorificado en tus santos, Tú inspiraste a San Chárbel a llevar una vida de unión perfecta con tu Hijo Jesucristo, según el Evangelio, y a desprenderse del mundo viviendo con heroísmo las virtudes monásticas: pobreza, obediencia y castidad, concédenos, te rogamos, la gracia de amarte y servirte siguiendo su ejemplo.

Señor Dios Todopoderoso, Tú que has manifestado el poder de la intercesión de San Chárbel a través de sus numerosos milagros y favores, como la conversión concédenos hoy la gracia que imploramos...................por su poderosa intercesión. Amén.
 


Para mas información y para obtener estampas: Email: olmmex@mpsnet.com.mx 

Bibliografía: Bustani, José; Charbel, Taumaturgo del Líbano. México: Orden Libanesa Maronita de México, 1998. 

Información para peregrinaciones al Líbano: Consejo Nacional del Turismo, Apartado 5344- Beirut.

Fuente: Corazones.org 

San Agustín: el Don de Perseverancia - Capítulos XVIII a XX

 

DEL DON DE LA PERSEVERANCIA

Traductor: Toribio de Castro, OSA

CAPÍTULO XVIII

A las veces, la predestinación se designa con el nombre de presciencia; así dice el Apóstol: No rechazó Dios a su pueblo, que conoció en su presciencia129. Esta palabra "praescivit", previo (presupo), no tiene otro significado que predestinar, como se ve por el contexto. Tratábase de las reliquias de los judíos, que habían sido salvas, dejando perecer a los demás, pues poco antes había dicho lo que el profeta decía a Israel: Todo el día tuve mis manos extendidas a ese pueblo incrédulo y rebelde130; y como si alguien hubiese respondido: "¿Dónde quedan entonces las promesas de Dios a Israel?", el Apóstol añade al punto: Y digo yo ahora: ¿Por ventura ha desechado Dios a su pueblo? No por cierto, porque yo mismo soy israelita, del linaje de Abrahán y de la tribu de Benjamín131; como si dijera: "Yo soy de esa misma plebe"; y por fin, añade la frase de que aquí tratamos: No rechazó Dios a su pueblo, que conoció en su presciencia132. Y para demostrar que la salvación de aquel pequeño número de israelitas fue gracia de Dios y no mérito de sus obras añade: No sabéis lo que de Elías refiere la Escritura, de qué modo dirige éla Dios sus quejas contra Israel133, etc., etc. ¿Mas qué le responde el oráculo divino? Heme reservado siete mil hombres, que no han doblado su rodilla ante Baal. Donde es de notar que no dice: "Me han reservado" o "Se me reservaron", sino Heme reservado134. Así, pues, en este tiempo, por elección de gracia, por elección gratuita, se ha salvado ese pequeño número residuo. Más si por gracia, es decir, gratuitamente, luego no por sus Obras; de otra manera, la gracia no sería gracia135. Y como conclusión de todo lo que acabamos de referir: ¿Qué, pues?, dice respondiendo a esta interrogación: Que Israel no ha hallado lo que buscaba (la justificación), pero la han hallado los escogidos, habiéndose cegado todos los demás136. Por estos escogidos y por este pequeño número de israelitas salvados por la elección de su gracia designa San Pablo al pueblo, que no rechazó, porque lo previo. Esta es aquella elección mediante la cual a los que quiso, escogió en Cristo antes de la creación del mundo para ser santos y sin mácula en su presencia, por caridad, habiéndolos predestinado a ser hijos suyos adoptivos137. Por consiguiente, a nadie que entienda estas cosas le está permitido dudar o negar que donde dice el Apóstol: No rechazó Dios al pueblo suyo, al cual conoció en su presciencia, quiso significar la predestinación. Conoció previamente el pequeño número de israelitas que por elección de su gracia se había de salvar, esto es, los predestinó. Sin duda, los conoció previamente (los presupo) si los predestinó, pues predestinar es saber previamente (presaber) lo que El mismo había de hacer.

CAPÍTULO XIX

48. Cuando los intérpretes de la Escritura divina nos hablan de la presciencia de Dios refiriéndose a la vocación de los elegidos, debemos entender la dicha predestinación, ya que, quizá, usaron de esta palabra porque choca menos y se entiende mejor, y, por otra parte, se adecúa perfectamente a la verdad, que se relaciona con la predestinación de la gracia. Lo que sé es que nadie ha podido, sin caer en error, contradecir esta doctrina que, fundados en la autoridad de la sagrada Escritura, defendemos sobre la predestinación. Y pienso que a los que quieren conocer la opinión de los santos Doctores en esta cuestión debe serles suficiente la autoridad de varones tan ilustres y conspicuos en la doctrina cristiana como los Santos Cipriano y Ambrosio, cuyos preclaros testimonios hemos aducido, y admitir, sin vacilaciones y epikeyas, ambas cosas, a saber: que la gracia de Dios es de todo en todo gratuita, y así hay que creerlo y enseñárselo a los fieles y que la predicación de esta doctrina no obsta a la exhortación de los perezosos ni a la corrección de los malos, puesto que dichos santos varones, al hablar de la gracia de Dios, afirman: "De nada debemos gloriarnos, porque nada es nuestro"; "Ni nuestro corazón m nuestros pensamientos están en nuestra potestad"; y, sin embargo, ni el uno ni el otro dejaron de exhortar ahincadamente a la observancia de los preceptos divinos. Sin duda que no temían que alguien les dijera: "¿A qué vienen vuestras exhortaciones y vuestras correcciones, si no hay bien alguno que provenga de nosotras, ni están en nuestro poder nuestro corazón ni nuestros pensamientos?" No temían esta objeción, aunque sabían muy bien que solamente a muy pocos se les concede recibir la doctrina de salvación directamente del mismo Dios o por ministerio de los ángeles, en tanto que la inmensa mayoría ha de recibirla por ministerio y predicación de los hombres. No obstante, de cualquier modo que se nos anuncie la palabra de Dios, siempre es efecto de su gracia el que la sigamos de manera que nos sometamos a ella.

49. Así, pues, dichos excelentísimos intérpretes de las santas letras, enseñando la doctrina de la verdadera gracia de Dios como debo ser enseñada, esto es, aquella a la que no precede ningún mérito humano, no cesaron de exhortar al cumplimiento de los divinos preceptos, a fin de que quienes recibiesen el don de obediencia oyesen los mandatos que debían obedecer. Si a la gracia precede algún mérito nuestro, ciertamente ese mérito provendrá de algún hecho, dicho o pensamiento, lo que implica alguna buena voluntad; pero con toda brevedad y concisión abarcó toda clase de méritos el que dijo: "De nada hornos de gloriarnos, porque nada es nuestro"; y quien dijo que "Ni nuestro corazón ni nuestros pensamientos están en nuestra mano", comprendió, sin duda, lo que podemos hacer o decir, ya que todas las acciones y palabras del hombre proceden del corazón o del pensamiento. ¿Qué más podía hacer el glorioso mártir y muy sabio Doctor San Cipriano que recomendarnos en la exposición de la oración dominical el orar por los enemigos de la fe cristiana? Y en el mismo lugar, nácenos ver que el initium fidei es don de Dios, como también, al demostrarnos que la Iglesia de Cristo pide todos los días la perseverancia final, nos enseña que Dios sólo es quien la da a los que perseveran. San Ambrosio, exponiendo lo que dice San Lucas Evangelista: Parecióme también a mí138, dice: "Este designio de San Lucas no procede únicamente de sí mismo, porque no ha sido formado por su sola voluntad, sino según agradó a aquel que habla de mí, Cristo, que hace que lo que es bueno en sí mismo, hace que nos parezca bien a nosotros, pues llama a aquel de quien se compadece, y, por tanto, quien sigue a Cristo, interrogado por qué quiso ser cristiano, puede responder: Parecióme a mí también". Y al decir esto no niega que Dios sea también el autor de ese designio: Dios prepara la voluntad de los hombres139, y todo lo que hacen los santos para honrar a Dios es efecto de la gracia divina. Demás de esto, al exponer la repulsa de los samaritanos, que no quisieron recibir a nuestro Señor Jesucristo cuando subía a Jerusalén, dice: "Nota que no quiso ser recibido por los que no estaban sinceramente convertidos; si hubiese querido, de indevotos los hubiese convertido en muy devotos y entregados a Él. El porqué no lo recibieron, el mismo evangelista nos lo dice: Porque su faz era de quien caminaba a Jerusalén. Los discípulos bien querían entrar en Samaria; pero Dios llama y santifica a los que le place. ¿Qué más evidente, qué más preciso podemos pedir a los intérpretes de la sagrada Escritura, si nos place oír lo que bien claramente nos dicen los sagrados textos? Más que suficientes son estos dos preclaros testimonios, pero añadamos el tercero. San Gregorio paladinamente afirma que nuestra fe en Dios y la confesión de esta fe es dádiva divina cuando dice: "Confesad la Trinidad en un solo Dios, o, si os agrada más, decid que las tres divinas personas tienen una misma naturaleza, y nosotros pediremos a Dios que os conceda profesar por su Santo Espíritu lo que creéis. "Sin duda que os lo concederá, estoy seguro; pues quien dio lo principal, dará lo secundario; quien dio el creer, dará el confesarlo.

50. Por ende, tan ilustres y santos doctores, que nos enseñan que no tenemos NADA de qué gloriarnos como de cosa nuestra y que Dios no nos haya dado; que ni siquiera nuestro corazón y nuestros pensamientos están en nuestra mano; que lo atribuyen todo, absolutamente todo a Dios y que confiesan que de Él recibimos la conversión y la perseverancia, que nos parezca bien y queramos aquello que es bueno, que honremos a Dios, que recibamos a Cristo para que de la infidelidad o indiferencia pasemos a la piedad y devoción, que creamos en la beatísima Trinidad y la confesemos pública, mente, todo esto lo atribuyen a la gracia de Dios, lo reconocen como dones del Señor, paladinamente atestiguan que proceden de Él, no de nosotros mismos; ¿y habrá, algunotanatrevido que ose afirmar que, reconociendo así el poder de la gracia divina, vengan a negar su presciencia, cuando hasta los más ignaros y rudos la confiesan y la palpan? Ciertamente, si sabían que Dios es el dador de estos dones, y que previo que los había de otorgar, y que no podía menos de saber a quién se los había de dar, no hay duda de que reconocían la predestinación, que contra los nuevos herejes nosotros tan laboriosa y diligentemente defendemos, y que nos fue enseñada por los mismos apóstoles, a quienes predicando la obediencia a Dios nuestro Señor y exhortando fervorosamente a la misma, nadie, sin embargo, podía decirles: "Si no queréis que esa obediencia a que tan ardorosamente nos exhortáis se entibie en nuestros corazones, no nos prediquéis la gracia de Dios diciendo que Dios da lo mismo que nos exhortáis que hagamos".

CAPÍTULO XX

51. Ahora bien: si los apóstoles y los doctores de la Iglesia que les sucedieron y han seguido sus huellas, enseñando y predicando ambas cosas, a saber: la gratuidad de los dones de Dios y su gracia, que no se da según nuestros méritos, y la devota obediencia a sus salvadores preceptos, ¿por qué estos nuestros hermanos, a despecho y pesar de la fuerza de la verdad, que les obliga a cerrar la boca, se atreven, no obstante, a decir que, aunque sea cierto lo que se dice de la predestinación, no se debe predicarlo al pueblo? Todo lo contrario; hay que predicarlo, y muy alto, para que el que tenga oídos de oír, que oiga140. ¿Y quién los tiene, si no los ha recibido de aquel que dice: Les daré corazón de conocer y oídos de oír?141 Quien no los haya recibido, que lo rechace si le place; pero el que lo entiende, que tome y beba; beba y viva. Así como se ha do predicar la piedad, para que el que tenga oídos de oír rinda a Dios el culto que le es debido, y se le ha de predicar la pureza, a fin de que no cometa pecado contra la preciosa virtud, y se le ha de predicar la caridad, para que ame a Dios y al prójimo, así también se ha de predicar y enseñar la predestinación, para que el que tenga oídos de oír, se gloríe no en sí mismo, sino en Dios nuestro Señor.

52. Dicen también esos hermanos que no había necesidad de discutir cosa tan incierta, con la que se ha turbado el corazón de los poco inteligentes, y que esta doctrina de la predestinación no ha sido necesaria para defender con celo y eficacia durante tantos años la fe católica contra los herejes, especialmente contra los pelagianos, en los libros de tantos escritores católicos y aun en los míos anteriores. Me admira sobre manera oír tales afirmaciones. Paren mientes, y no hablo más que de mis obras, en que fueron escritas antes de que Pelagio empezase a inocular el veneno de su herejía, y, sin embargo, no conociendo todavía la insidiosa herejía pelagiana, ¡cuán certeros golpes le asestamos al predicar y enseñar que la gracia, mediante la cual Dios nos libra de nuestros males, errores y costumbres, no se nos da en vista de nuestros buenos méritos, sino según su gratuita misericordia! Y de esto me di perfecta cuenta cuando al principio de mi episcopado escribí el tratado que dediqué a Simpliciano, Obispo de Milán, de feliz memoria, cuando también conocí y afirmé y demostré que el initium fidei es don gratuito de Dios.

53. De todos mis libros, el de las Confesiones es el más divulgado y el que mayor aceptación ha tenido; y aunque lo escribí y publiqué mucho antes de aparecer la herejía pelagiana, decía en ellos y muchas veces repetía a nuestro Dios y Señor: "Da lo que mandas y manda lo que quieras"142. En cierta ocasión, un querido hermano y coepíscopo, hablando con Pelagio en Roma, las recordó, y el hereje se puso tan furioso y descompuesto, que casi se viene a las manos con aquel hermano nuestro. ¿Qué es lo que primero y principalmente manda Dios sino que creamos en El? Por tanto, eso nos lo da El si justamente decimos: "Da lo que mandas". Demás de esto, en los libros III y IV, capítulos 11, 12 y 13, respectivamente, donde narro mi conversión143, obra de Dios, a esta fe que con miserable y furiosa locuacidad combatía, ¿no recordáis que al narrarlo manifesté bien claramente que lo que evitó mi perdición fueron las ardientes súplicas y las fieles y cotidianas lágrimas de mi buena madre? Con lo cual a la faz del mundo prediqué y expuse que Dios por su gracia gratuita no sólo convierte las voluntades de los hombres apartados de la sana fe, pero también las contrarias y rebeldes a la misma. Sabéis bien y podéis comprobar, si os place, cómo y cuánto ruego a nuestro Señor me conceda la perseverancia. ¿Quién se atreverá no digo a negar, pero ni a poner en duda, que Dios en su presciencia conoció que había de darme estos dones, que tanto deseé y alabé en mis Confesiones, y que, por tanto, El no sabía a quién se los había de dar? Esto es la mismísima predestinación do los santos, que después ha habido que defender con más diligencia y punto por punto contra la herejía pelagiana, porque cada nueva herejía suscita en la Iglesia cuestiones particulares, contra las que hay que defender con más cuidado y escrupulosidad la autoridad de las sagradas Escrituras. ¿Qué otra cosa nos ha forzado a exponer más minuciosa y claramente los textos en que se habla de la predestinación sino el que los pelagianos afirman que la gracia de Dios se da según nuestros méritos, lo que es negar en absoluto la gratuidad de la gracia?

Fuente: Augustinus.it


sábado, 18 de julio de 2026

San Agustín: Del Don de la Perseverancia - Capítulos XVI y XVII

 

DEL DON DE LA PERSEVERANCIA

Traductor: Toribio de Castro, OSA

39. Hay algunos que no rezan o rezan sin fervor, porque saben, según dijo nuestro Señor Jesucristo, que Dios conoce perfectamente lo que nos es necesario antes de que se lo pidamos109; ¿habrá entonces que abandonar esa verdad o borrarla del Evangelio? ¡Todo lo contrario!, pues nos consta que Dios nuestro Señor da unas cosas sin que se las pidamos, como el initium fidei, y otras solamente las da a los que se las piden, como la perseverancia final. Ahora que el que cree que la perseverancia es de su propia cosecha, naturalmente no reza para que se la den. Por consiguiente, hay que tener mucho cuidado, no sea que por temor a que la exhortación induzca a la tibieza se apague la oración y se encienda la presunción y la soberbia.

40. Prediquemos, pues, siempre la verdad, sobre todo cuando las circunstancias lo exigen imperiosamente, y que lo entiendan los que puedan, no sea que por callar, a causa de los que no pueden entenderlo, no solamente se les escamotee la verdad a quienes puedan entenderla y aun prevenirse contra la falsedad, pero también se les induzca a error. Fácil cosa es, y a las veces útil, callar algo verdadero a causa de los incapaces, como se deduce de aquellas palabras del Señor: Tengo aún muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis comprender110; y lo del Apóstol: Yo no he podido hablaros como a hombres espirituales, sino como a personas carnales. Como niños aún en Cristo, os he alimentado con leche y no con manjares más sólidos, porque no erais todavía capaces de ellos y ni ahora lo sois111; si bien pudieran decirse algunas cosas de tal modo, que fueran leche para los niños y alimento sólido para los grandes; como, v. gr., estas palabras de San Juan: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios112. ¿Qué cristiano puede callar tal verdad y quién comprenderla? ¿Qué verdad más sublime puede encontrarse en la doctrina cristiana? Y, sin embargo, se les enseña lo mismo a los grandes que a los pequeños y aquéllos no se la ocultan a éstos. Más si hay circunstancias en que se debe callar la verdad, hay también ocasiones en las que es necesario proclamarla a todos los vientos. Prolijo en demasía sería el citar y enumerar aquí todas las causas que, a veces, pueden impelirnos a callar la verdad. Una de las principales es la de no hacer peores a los que no la entienden, mientras queremos hacer más doctos a los inteligentes, los cuales al callarnos no se hacen más doctos, pero tampoco se hacen peores. ¿Y qué haremos ante el dilema de que, si callamos la verdad, se perjudica a los que pueden entenderla, y si la decimos, se hacen peores los que no la entienden? ¿No es mejor decirla, y el que pueda entender, que entienda, que callarla, con lo que ninguno la entiende, pero precisamente el más inteligente se hace peor? Tanto más que oyéndola y entendiéndola puede enseñarla a otros muchos, pues cuanto uno es más capaz de entender una cosa, tanto más apto es para enseñársela a los demás. Los enemigos de la gracia instan y urgen de todos los modos posibles a fin de conseguir que se crea que se nos da conforme a nuestros méritos, y así, la gracia ya no sea gracia113. ¿Y vamos nosotros a callar lo que la sagrada Escritura nos prescribe que digamos? ¿Temeremos ofender con la verdad a quien no puede comprenderla y no temeremos exponer al error y a la falsedad a quienes la pueden comprender?

41. Luego o se admite y reconoce la doctrina de la predestinación tal como nos la enseñan las sagradas Escrituras, es decir, que en los predestinados los dones y vocación son inmutables, o hay que admitir que la gracia se nos da conforme a los méritos, como afirma la herejía pelagiana. Si bien esta sentencia, como ya muchas veces hemos dicho, haya sido condenada por el mismísimo Pelagio, a tenor de las actas de los obispos orientales. Pero aquellos por los que escribimos estas páginas distan tanto de la herejía de Pelagio, que, si bien no confiesan aún que los predestinados son los que por la gracia de Dios se someten a la fe y perseveran en ella hasta el fin, admiten, sin embargo, que la gracia previene a la voluntad de aquellos a quienes es dada; por ende, en realidad de verdad no creen que la gracia se dé gratuitamente, como afirma la eterna Verdad, sino conforme a los méritos de la voluntad precedente, según defiende el error pelagiano. La gracia precede a la fe, pues de otra manera, si la fe precede a la gracia, no hay duda que también la voluntad la precede, ya que no puede haber fe sin voluntad de creer; y si la gracia precede a la fe, porque precede a la voluntad, ciertamente precede a toda obediencia y a toda caridad, con la que únicamente se obedece a Dios sincera y suavemente. Y todas estas cosas las realiza la gracia en aquel a quien se da, y que precede a todas las demás cosas.

CAPÍTULO XVII

Permanecer en estos bienes depende de la perseverancia hasta el fin, que en vano se pide a Dios nuestro Señor si no es Él quien por su gracia la produce en aquel cuyas oraciones oye. Ved, pues, cuan contrario a la verdad es el negar que la perseverancia hasta el fin de esta vida es un don de Dios, puesto que El pone fin a la vida cuando le place, y a quien envía la muerte antes de una grave caída, hácelo perseverar hasta el fin. Pero aún más admirable y evidente es para los fieles la bondadosa largueza de Dios cuando da esa gracia a los niños que aun no son capaces de obediencia o desobediencia. Y cuando da Dios estos dones a cualesquiera que los dé, no hay duda que previo que había de darlos y los preparó en su presciencia. A los que predestinó, a los mismos llamó114 con aquella vocación que no me canso de recordar, y de la que dice la sagrada Escritura: Los dones de Dios son inmutables115, pues disponer y ordenar en su presciencia, que ni mudar ni salir fallida puede, sus operaciones futuras es en lo que esencialmente consiste el predestinar, y no es otra cosa. Así, lo mismo que aquel del cual Dios ha presabido (previsto) que será casto trabaja por serlo, aunque él no sabe si Dios lo ha previsto (o presabido), así también el que Dios ha predestinado para ser casto, aunque él no lo sepa, no por eso ha de regatear sus esfuerzos para serlo, no obstante oír que es don de Dios el ser como ha de ser, esto es, casto, y su caridad se enciende más y más y no se infla ni enorgullece como si no lo hubiera recibido116. Por tanto, la enseñanza de la doctrina de la predestinación no sólo no aminora sus esfuerzos, pero también le ayuda, y así, cuando se gloría, gloríase en el Señor.

42. Lo que acabamos de decir de la castidad, de todo en todo puede decirse de la fe, de la piedad, de la caridad, de la perseverancia y, en una palabra, de toda obediencia con que debemos obedecer a Dios. Ahora bien: los que dicen que todos los dones nos los da Dios cuando con fe se los pedimos, a excepción del initium fidei y la perseverancia final, que las hacen depender de nuestra potestad, sin considerarlas dones de Dios, y además afirman que para obtenerlas y conservarlas no es necesario el influjo divino en nuestros pensamientos y voluntades, ¿por qué no temen que la predicación del misterio de esa predestinación haga inútiles sus exhortaciones? ¿O es que tampoco creen en la predestinación de todas esas cosas? Entonces o es que no son concedidas, dadas por Dios, o El no sabía que iba a darlas; porque si las da y sabía que iba a darlas, ciertamente las había predestinado. Por consiguiente, puesto que ellos mismos exhortan a la castidad, a la piedad, a la caridad y a las demás virtudes, las cuales creen ser don de Dios y previstas y presabidas por Dios, luego no pueden negar que son predestinadas y que la presciencia de Dios no impide ni hace inútiles sus exhortaciones. Vean, por tanto, que tampoco debe ser obstáculo a las exhortaciones la presciencia divina del initium fidei y de la perseverancia final, si ambas, como es la verdad, son dones de Dios preconocidos, o sea predestinados. Lo que sí impide la enseñanza de esta doctrina de la predestinación y lo refuta apodícticamente es el perniciosísimo error de quienes afirman que la gracia se nos da conforme a nuestros méritos, para que quien se gloría, se gloríe no en Dios, sino en sí mismo117.

43. Para explicar todo esto con mayor claridad a los más atrasadillos, ruego a los de más elevado ingenio perdonen mi machaconería. Dice el apóstol Santiago: Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídasela a Dios, que a todos da copiosamente y a nadie zahiere, y le será concedida118. Y en los Proverbios de Salomón: Dios da la sabiduría119; de la castidad se lee en el libro de la Sabiduría: Sabiendo yo que nadie puede ser continente o casto si Dios no lo da; y propio de la Sabiduría es el saber de quién es ese don120. En consecuencia, tanto la sabiduría como la continencia son dones de Dios. A lo que asienten estos nuestros contradictores y ni los mismísimos pelagianos, en su dura y herética perversidad, se atreven a negar verdad tan evidente y perspicua. Mas dicen: "El que nos dé Dios estos dones lo alcanza la fe, que empieza por nosotros"; es decir, que es cosa de nuestra cosecha tanto el inicio de la fe como la perseverancia final, y, por ende, estas dos cosas no las recibimos de Dios. Con lo cual bien a la clara contradicen al Apóstol, quien dice: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido?121; y al mártir San Cipriano, que afirma: "De nada podemos gloriarnos, cuando nada es nuestro". Pero habiendo ya citado estos pasajes y otros muchos que ya da fastidio el repetir, y habiendo demostrado que tanto el initium fidei como la perseverancia final son dones de Dios, y que El no puede no saber previamente qué dones futuros y a quiénes los ha de dar en el futuro, y, por consiguiente, por El son predestinados todos aquellos a quienes libra y corona, creen que es una gran objeción esta respuesta: "La doctrina de la predestinación es contraria a la utilidad de la predicación, porque, oyendo esa doctrina, nadie se excitará ante los estímulos de la corrección. Por esto no quieren predicar que es un don de Dios lo mismo el llegar a creer que el permanecer en la fe, no sea que en vez de animar, se descorazone a los oyentes al ver cuán imposible es a la ignorancia humana saber a quién dará Dios esos dones o a quién se los negará". Pero entonces, ¿por qué estos hermanos enseñan, como nosotros, que la castidad y la sabiduría son también dones de Dios?; pues si el predicar esto no obsta para que seamos exhortados a ser castos y sabios, ¿cuál es la razón que impide la exhortación a abrazar la fe y permanecer en ella hasta el fin, si se afirma que éstos son dones del Señor, como paladinamente lo dice la sagrada Escritura?

44. Dejando aparte lo de la continencia, veamos qué nos dicen las sagradas letras respecto a la sabiduría. El ya citado apóstol Santiago afirma: La sabiduría que desciende de arriba, además de ser honesta y llena de pudor, es pacífica, moderada, dócil, suasible, llena de misericordia y de excelentes frutos, que no se mete a juzgar y es ajena a toda hipocresía122. ¿No veis de qué abundancia de dones perfectos está grávida la sabiduría que desciende del Padre de las luces? Todo don perfecto y toda dádiva preciosa, dice, viene de arriba, como que desciende del Padre de las luces123. ¿Por qué, pues, corregimos a los impúdicos y pendencieros (por no hablar de otras cosas), a quienes, no obstante, predicamos que esa sabiduría honesta y pacífica es un don de Dios, y no tememos que, no conocedores de la voluntad de Dios, encuentren en nuestra predicación más motivos de desesperación que de alientos a la virtud, y que, lejos de airarse contra sí mismos ante nuestra corrección, se vuelvan contra nosotras al reprenderlos, porque no tienen lo que no depende de su voluntad, sino de la liberalidad divina? En fin, ¿por qué la predicación de esta gracia no impidió al apóstol Santiago el reprender a los inquietos y turbulentos y decirles: Si tenéis un celo amargo y el espíritu de discordia en vuestros corazones, no hay para qué gloriaros y levantar mentiras contra la verdad, que esa sabiduría no es la que desciende de arriba, sino más bien una sabiduría terrena, animal y diabólica; porque donde hay tal celo y discordia, allí reina el desorden y todo género de vicios?124 Por ende, así como hay que reprender a los pendencieros, según dice la sagrada Escritura y como lo hacen con nosotros los hermanos a quienes nos dirigimos, sin que a estas reprimendas se oponga nuestra afirmación de que esta "sabiduría pacífica", mediante la que sanan y se corrigen los inquietos y turbulentos, es un don de Dios, así también hay que corregir a los infieles y a los que no permanecen en la fe, sin que obste la doctrina de que tanto el principio o initium de la fe como su perseverancia en ella son dones gratuitos de Dios. La sabiduría se obtiene por la fe, porque habiendo dicho Santiago: Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídasela a Dios, que a todos da copiosamente y no zahiere y le será concedida125, inmediatamente añade: pero pídala con fe, sin sombra de duda; pero porque dé Dios la fe antes de que se le pida, no hay que decir que no es don divino y sí cosa de nuestra cosecha. El Apóstol dice bien claramente: Paz a los hermanos y caridad y fe de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo126; por consiguiente, de aquel de quien proceden la paz y la caridad, del mismo viene la fe, por lo cual no solamente le pedimos que la aumente a los que ya la poseen, pero también que se la dé a los que no la tienen.

45. Más aún; los mismos para quienes escribimos esto, y que vociferan que la doctrina de la predestinación y de la gracia impide la corrección, no se limitan a exhortar a aquellos dones que no dependen de Dios, según ellos, sino de nosotros solos; v. gr., el initium fidei y la perseverancia final, y ciertamente debían concretarse a lo siguiente: exhortar a los infieles a creer y a los fieles a perseverar en la fe; pero todo lo demás, que es don de Dios (según lo admiten para evitar el error pelagiano), como la pureza, la continencia, la paciencia, etc., etc., virtudes por las cuales uno es justo, y que se obtiene de Dios por la fe, debían enseñar que había que pedirlas al Señor para sí o para otros, pero no exhortar a adquirirlas y conservarlas. Empero, cuando exhortan y confiesan que hay que exhortar a los hombres a la práctica de estas virtudes, bien paladinamente manifiestan que nuestras exhortaciones a la fe y a la perseverancia final no son inútiles porque digamos que ambas son dones de Dios.

46. Pero dicen: "Por culpa propia abandona uno la fe cuando cede y consiente en la tentación de abandonarla". ¿Quién lo va a negar? ¿Pero y por esto vamos a decir que la perseverancia no es don de Dios? Todos los días la pide el que reza: No nos dejes caer en la tentación127; y si su oración es oída, la recibe, y al pedirla todos los días, ciertamente no pone la esperanza de su perseverancia en sí mismo, sino en Dios. Finalmente, para no ser pesado y machacón en demasía, dejóles a solas con aquellas sus lamentables palabras: "La doctrina de la predestinación es para los oyentes, más que una exhortación a la virtud, motivo de desesperación". Lo que en lenguaje corriente quiere decir: el hombre tiene que desesperar de su salvación cuando pone la esperanza de la misma no en sí mismo, sino en Dios, y a esto dice el profeta: Maldito quien pone su esperanza en el hombre128.

47. Los dones, pues, que se dan a los elegidos, llamados según el designio de Dios, entre los cuales está el empezar a creer y el perseverar en la fe hasta el último instante de la vida, como con tal balumba de razones y autoridades hemos probado, estos dones, digo, no son previstos (presabidos) por Dios si la doctrina de la predestinación que defendemos no es verdadera; pero ciertamente, con toda certeza, son presabidos, previstos por Dios (y esto es la predestinación), luego la doctrina que defendemos es verdadera.