EL COMBATE CRISTIANO
Traductor: Lope Cilleruelo, OSA
Revisión: Domingo Natal, OSA
CAPÍTULO XII
La fe cristiana reina y vence por doquier
13. Así pues, varones y mujeres, y toda edad y dignidad de este mundo, se nos exhorta a la esperanza de la vida eterna. Unos, abandonando los bienes temporales, vuelan a los divinos. Otros se humillan ante las virtudes de los que eso hacen, y alaban lo que no se atreven a imitar. Unos pocos aún murmuran y se retuercen de vana envidia, son los que buscan sus cosas en la Iglesia aunque parezcan católicos, son los herejes que pretenden gloriarse con el nombre de Cristo, o los judíos que desean defender el pecado de su impiedad o los paganos que temen perder la curiosidad de su vana licencia. Pero la Iglesia católica, difundida a lo largo y lo ancho de todo el orbe, que quebrantó el ímpetu de todos ellos en tiempos pasados, se robustece más y más, no con la resistencia, sino con la tolerancia. Apoyada en su fe, se ríe de los problemas insidiosos que ellos presentan, con diligencia los discute, con inteligencia los resuelve. No se cuida de la paja de sus acusadores, ya que distingue con cautela y diligencia el tiempo de la cosecha, el de la era y el del granero. Corrige a los que denuncian su grano y a los que yerran, o cuenta entre las espinas y la cizaña a los envidiosos.
CAPÍTULO XIII
La fe recta y la acción buena
14. Así pues, sometamos nuestra alma a Dios si queremos reducir a servidumbre nuestro cuerpo y triunfar del diablo. La fe es la primera que somete el alma a Dios. Después, los preceptos para vivir bien, cuya observancia afirma la esperanza, nutre la caridad y comienza a iluminar lo que antes, solo, se creía. Dado que el conocimiento y la acción hacen al hombre feliz, así como hemos de evitar el error en el conocimiento, hemos de evitar la maldad en la conducta. Pues yerra quien piensa que puede conocer la verdad cuando vive inicuamente. Porque iniquidad es amar este mundo y estimar en mucho lo que nace y pasa, así como desearlo y trabajar para conseguirlo, regocijarse cuando abunda, temer que perezca y entristecerse cuando perece. Una vida tal no puede contemplar aquella verdad pura, auténtica e inalterable, ni adherirse a ella ni permanecer con ella para siempre. Por tanto, antes de que se purifique nuestra mente, hemos de creer lo que aún no podemos entender, pues con razón dijo el profeta: si no creyereis, no entenderéis 40.
15. La Iglesia nos transmite, en pocas palabras, la fe con la que se nos confían las cosas eternas, que los carnales no pueden todavía entender, y también las cosas temporales, pasadas y futuras, que la eternidad de la divina Providencia realizó o realizará por la salvación de los hombres. Creamos, pues, en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, personas eternas e inmutables, esto es, un solo Dios, Trinidad eterna en una única sustancia, Dios del que todo, por quien todo y en quien todo existe 41.
CAPÍTULO XIV
Afirmemos la Trinidad
16. Hagamos oídos sordos a los que dicen que solo existe el Padre, que no tiene Hijo, ni tiene consigo al Espíritu Santo, sino que el mismo Padre, a veces, se llama Hijo y, a veces, Espíritu Santo. Porque esos no conocen el Principio, del que todo procede, ni a su Imagen, por quien todo se forma, ni su Santidad, que todo lo ordena.
CAPÍTULO XV
Trinidad no significa tres dioses
17. No oigamos tampoco a los que se indignan y se estomagan porque no decimos que hay que adorar a tres dioses. Pues ignoran lo que es una y la misma sustancia, y les engañan sus fantasías porque suelen ver corporalmente tres animales o tres cuerpos cualesquiera, que se hallan separados en sus propios lugares, y piensan que así hemos de entender la sustancia divina. Y yerran mucho porque son soberbios y no pueden aprender porque se niegan a creer.
CAPÍTULO XVI
Las tres divinas personas son iguales y eternas
18. Ni escuchemos a los que dicen que solo el Padre es Dios verdadero y eterno, que el Hijo no fue engendrado por Él, sino hecho por Él de la nada; que hubo un tiempo en el que el Hijo no existía, aunque ocupa el primer lugar entre todas las criaturas, y que el Espíritu Santo es de menor majestad que el Hijo y que fue hecho después del Hijo y que la sustancia de los tres es diferente como el oro, la plata y el bronce. No saben lo que dicen, y, acostumbrados a ver las cosas con los ojos corporales, se empeñan en transferir sus vanas imágenes a estas sus discusiones. Ciertamente es algo grande contemplar con la mente una generación que no se realiza en el tiempo, sino que es eterna, y contemplar la misma Caridad y Santidad por la que el Engendrador y el Engendrado se unen de modo inefable. Es grande y difícil contemplar esto con la mente, aunque esté sosegada y tranquila. Pero no es posible que vean esto los que, demasiado apegados a la generación terrena, añaden a sus tinieblas también el humo, que no cesan de levantar con sus contiendas y disputas diarias, mientras rebosa su alma de afectos carnales. Son como leños que rezuman humedad, de los que el fuego no logra sacar sino humo y no pueden producir llama limpia. Y esto se puede decir, con razón, de todos los herejes.
CAPÍTULO XVII
La fe en la encarnación de Cristo
19. Creamos, pues, en la Trinidad inmutable al mismo tiempo que en su economía temporal por la salud del género humano. Y no escuchemos a los que dicen que el Hijo de Dios, Jesucristo, no es más que un simple hombre, aunque tan justo que mereció ser llamado Hijo de Dios. A éstos también la disciplina católica los arrojó de su seno, porque, engañados con el apetito de la vanagloria, se empeñaron, con obstinación, en discutir, antes de entenderlo, qué es la Verdad y la Sabiduría de Dios 42, y qué significa: en el principio era el Verbo, por quien fueron hechas todos las cosas, y cómo el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros 43.
CAPÍTULO XVIII
Cristo tuvo verdadero cuerpo
20. Ni oigamos tampoco a los que dicen que el Hijo de Dios no se hizo verdadero hombre, ni nació de mujer, sino que mostró a los que lo vieron una carne falsa y una figura simulada de cuerpo humano. Ignoran que la sustancia divina, al gobernar todas las criaturas, no puede recibir mancha alguna en absoluto, y, en cambio, ellos mismos confiesan que este sol visible esparce sus rayos sobre todas las inmundicias y las manchas corporales, y se mantiene puro e íntegro en todas partes. Si, pues, las cosas visibles y limpias pueden ser tocadas por cosas visibles y sucias sin mancharse, ¿cuánto más la Verdad, invisible e inmutable, al tomar el alma por el espíritu y el cuerpo por el alma, pudo asumir al hombre entero y liberarlo de todas sus enfermedades sin padecer contaminación alguna? Así, éstos padecen grandes angustias cuando temen lo imposible, a saber, que la Verdad se mancille con la propia carne humana. Entonces dicen que mintió la Verdad. Y como Cristo mandase: Poned en vuestros labios: Sí, sí, No, no 44, y el Apóstol clame: No había en Él Sí y No, tan sólo había Sí 45, estos pretenden que su cuerpo fue una carne falsa, de modo que les parece que no imitan a Cristo si no mienten a su audiencia.
CAPÍTULO XIX
Cristo tuvo mente humana
21. Tampoco escuchemos a los que confiesan a la Trinidad, en una solo sustancia eterna, pero se atreven a decir que el mismo hombre que fue asumido en la economía temporal no tuvo mente humana, sino solo alma y cuerpo. Esto es como decir: no fue hombre, aunque tenía miembros humanos. Pues alma y cuerpo tienen también los animales, pero carecen de entendimiento, que es lo propio del espíritu. Pero si hay que anatematizar a los que niegan que Cristo tuviera cuerpo humano, que es lo ínfimo en el hombre, me maravilla que éstos no se sonrojen al negarle que tuviera lo mejor que tiene el hombre. Mucho se ha de deplorar que la mente humana sea vencida por el cuerpo si ni siquiera fue reformada en aquel hombre en el cual el cuerpo humano recibió la dignidad de una forma celestial. Pero Dios nos libre de creer tal cosa, inventada por una ceguera temeraria y una locuacidad soberbia.
CAPÍTULO XX
El Verbo asumió al hombre en Cristo de otro modo que en los santos
22. Hagamos oídos sordos también a los que dicen que la Sabiduría divina asumió al hombre, nacido de la Virgen, igual que cuando hace sabios a unos hombres que así son sabios perfectos. Desconocen el misterio propio de ese hombre asumido y piensan que solo tuvo de especial, respecto a los demás bienaventurados, el haber nacido de una Virgen. Si reparasen bien en ello, quizá creyeran que, si tuvo una dignidad sobre todos los demás, fue porque tal encarnación fue algo muy especial que no lo ha sido en los otros. En efecto, una cosa es hacerse sabio por la Sabiduría de Dios y otra asumir la persona misma de la Sabiduría de Dios. Pues ¿quién hay que no entienda que, aunque la naturaleza del cuerpo de la Iglesia es única, existe una gran diferencia entre el cuerpo y la cabeza? Si la cabeza de la Iglesia es aquel hombre por cuya unión el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros 46, sus miembros son todos los santos con los que se completa y perfecciona la Iglesia. Pues, así como el alma anima y vivifica todo nuestro cuerpo, pero en la cabeza siente con la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto, y, en los otros miembros, solo siente con el tacto, y, por eso, todos los sentidos están sujetos a la cabeza para obrar, pues ella fue colocada arriba para dirigir. Y, así, en cierto modo, la cabeza hace la veces del alma que dirige el cuerpo, y la cabeza es como la sede de la persona y, por eso, están en ella todos los sentidos, del mismo modo el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, es para todo el pueblo de los santos como la cabeza para el cuerpo. Y, por tanto, la Sabiduría de Dios, el Verbo, que estaba en el principio y por quien fueron hechas todas las cosas, no asumió, así, a aquel hombre como a los demás santos, sino de modo mucho más excelente y sublime como a él solo convino asumirlo para que la Sabiduría apareciese en él como convenía que se manifestase visiblemente a los hombres. Por lo que, de un modo son sabios todos los hombres que lo son, o lo fueron o lo serán, y de otro modo lo es el único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús 47, que no solo se beneficia de la Sabiduría, por la que se hacen sabios todos los hombres, sino que él mismo lo es en persona. Pues de las demás almas sabias o espirituales, con razón, puede decirse que tienen en sí al Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, pero de nadie puede decirse, con razón, que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, pues eso solo se puede decir, con plena razón, de nuestro Señor Jesucristo.
Fuente: augustinus.it