lunes, 14 de septiembre de 2026

Novena a María del Rosario de San Nicolás



La Santísima Virgen nos pidió en San Nicolás que recemos el Santo Rosario durante nueve días seguidos -Novena-, comenzando el día 17 de cada mes para terminarla el 25 que es su fiesta. Ella prometió que se obtendrán muchas gracias:

"Mi rostro refleja tristeza por las almas infieles, por los que no se acercan a mi Corazón, por los que no quieren ver el padecimiento que sufrió Cristo. Orad vosotros, los corazones fieles al Señor. Comenzad una Novena el día 17 (hasta el día 25), haced peticiones y en el correr de los días serán concedidas. Gloria al Señor."  (Mensaje 401 del 8-12-1984). 


NOVENA 
Antes de empezar, pedimos a María la gracia grande de poder contemplar, "vivir" los Misterios del Rosario desde su Corazón Inmaculado, para aprender a amar a su Divino Hijo, a su Sagrado Corazón, como Ella lo hace.  


ORACIONES PREVIAS AL REZO DEL SANTO ROSARIO 

Señal de la Cruz
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios Nuestro. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Pésame
Pésame Dios mío y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el Cielo que perdí; pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Vos. Antes querría haber muerto que haberos ofendido y propongo firmemente no pecar más y evitar todas las ocasiones próximas de pecado. Amén. 
Credo  
Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor; que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; nació de Santa María Virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso; desde allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos. Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.  

Invocación al Espíritu Santo
Ven Espíritu Santo, ven por medio de la poderosa intercesión del Corazón Inmaculado de María, Tu amadísima Esposa. 


Nos unimos a las intenciones pedidas por María: 

"Que el Señor tenga misericordia con el mundo entero, y que el mundo entero responda a su llamado de conversión; que el hombre se entregue totalmente a Dios y que no deje pasar este momento tan especial". (PM 43)

Pedimos por nuestras intenciones

Damos gracias al Señor por todo lo que nos da


Rezo de los Misterios

Oraciones del Santo Rosario

Padre Nuestro
Padre Nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como el en Cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén. 

Ave María
Dios te salve, María, llena eres de Gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.  

Gloria
Gloria al Padre, Gloria al Hijo y Gloria al Espíritu Santo, como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. 

Jaculatoria 
(después del Gloria en cada decena)
Padre, líbranos de todo mal; con tu Santa Sabiduría, Señor, sálvanos de todo pecado. En nombre de todos cuantos te queremos, Señor, llévanos por el camino del bien. Amén. 

Rezamos el Santo Rosario según los Misterios que correspondan a cada día: Gozosos, Luminosos, Dolorosos y Gloriosos, haciendo una meditación evangélica.

Al terminar las cinco decenas correspondientes, rezamos un Padre Nuestro y tres Ave María por las intenciones del Santo Padre y la Iglesia Católica.



Oración de la Novena 
(se reza al teminar el Rosario)

Madre, una gracia te pido, 
que me sanes en cuerpo y alma, 
sé que debo despojarme de mi orgullo, 
y de todos mis pecados.

Qué lejos estaba de Ti, 
qué negro velo cubría mi alma, 
hoy te descubro y quiero vivir, 
detiene tu mano, 
pósala en mi corazón.
Amén. 


ORACIONES POSTERIORES AL REZO DEL ROSARIO

Letanías a la Santísima Virgen

Señor, ten piedad
Cristo, ten piedad
Señor, ten piedad.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Dios, Padre celestial, 
ten piedad de nosotros.

Dios, Hijo, Redentor del mundo, 
ten piedad de nosotros.
Dios, Espíritu Santo, 
ten piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios,
ten piedad de nosotros.

Santa María, 
ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios,
ruega por nosotros.
Santa Virgen de las Vírgenes,
ruega por nosotros.
Madre de Cristo, 
ruega por nosotros.
Madre de la Iglesia,
ruega por nosotros. 
Madre de la divina gracia, 
ruega por nosotros.
Madre purísima, 
ruega por nosotros.
Madre castísima,
 ruega por nosotros.
Madre siempre virgen,
ruega por nosotros.
Madre inmaculada, 
ruega por nosotros.
Madre amable, 
ruega por nosotros.
Madre admirable,
 ruega por nosotros.
Madre del Buen Consejo, 
ruega por nosotros.
Madre del Creador,
 ruega por nosotros.
Madre del Salvador, 
ruega por nosotros.
Madre de Misericordia,
ruega por nosotros. 
Virgen prudentísima, 
ruega por nosotros.
Virgen digna de veneración, 
ruega por nosotros.
Virgen digna de alabanza, 
ruega por nosotros.
Virgen poderosa, 
ruega por nosotros.
Virgen clemente, 
ruega por nosotros.
Virgen fiel, 
ruega por nosotros.
Espejo de justicia, 
ruega por nosotros.
Trono de la sabiduría, 
ruega por nosotros.
Causa de nuestra alegría, 
ruega por nosotros.
Vaso espiritual, 
ruega por nosotros.
Vaso digno de honor,
 ruega por nosotros.
Vaso de insigne devoción, 
ruega por nosotros.
Rosa Mística,
ruega por nosotros. 
Torre de David, 
ruega por nosotros.
Torre de marfil, 
ruega por nosotros.
Casa de oro,
ruega por nosotros. 
Arca de la Alianza, 
ruega por nosotros.
Puerta del cielo, 
ruega por nosotros.
Estrella de la mañana, 
ruega por nosotros.
Salud de los enfermos, 
ruega por nosotros.
Refugio de los pecadores, 
ruega por nosotros.
Consoladora de los afligidos, 
ruega por nosotros.
Auxilio de los cristianos, 
ruega por nosotros.
Reina de los Ángeles, 
ruega por nosotros.
Reina de los Patriarcas, 
ruega por nosotros.
Reina de los Profetas, 
ruega por nosotros.
Reina de los Apóstoles, 
ruega por nosotros.
Reina de los Mártires,
 ruega por nosotros.
Reina de los Confesores, 
ruega por nosotros.
Reina de las Vírgenes, 
ruega por nosotros.
Reina de todos los Santos,
ruega por nosotros. 
Reina concebida sin pecado original, 
ruega por nosotros.
Reina asunta a los Cielos, 
ruega por nosotros.
Reina del Santísimo Rosario, 
ruega por nosotros.
Reina de la familia, 
ruega por nosotros.
Reina de la paz,
ruega por nosotros.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, 
perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, 
escúchanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, 
ten misericordia de nosotros.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. 
Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.


Oremos: Te suplicamos, oh Dios y Señor nuestro, nos concedas gozar de continua salud de alma y cuerpo, y por la gloriosa intercesión de la bienaventurada siempre Virgen María, vernos libres de las tristezas de la vida presente y disfrutar de las alegrías eternas. 
Por Cristo nuestro Señor. Amén.


 Alabanzas al Padre Celestial 

A cada una de las alabanzas repetimos: Danos la bendición diaria.

Camino de los perdidos,
Medicina de los enfermos,
Bebida de los sedientos,
Riqueza de los humildes,
Bendición de sus hijos,
Espíritu Consolador,
Amor de los amores,
Vida de lo eterno.
Padre de la Divina Misericordia.
(m. 810; 27-2-86)



ORACIONES DE LA CONSAGRACIÓN A MARÍA

"Oh, Madre, quiero consagrarme a Ti,Virgen María, hoy consagro mi vida a Ti. Siento necesidad constante de tu presencia en mi vida, para que me protejas, me guíes y me consueles. Sé que en Ti mi alma encontrará reposo y la angustia en mí no entrará; mi derrota se convertirá en victoria; mi fatiga en Ti, fortaleza es. Amén. (m. 275)

Dios me conceda la gracia de vivir para Ti, de amar a tu Corazón con todo mi ser, y que seas Tú, Madre Mía, la que limpie mi alma y la purifique. Amadísima Madre, enséñame a amar a Jesús, hazme digno de Jesús y de Ti, Madre, y que la consagración de este día me una más a Ti y a tu Hijo. Amén. (m. 939)  


Algunos mensajes de María del Rosario de San Nicolás que se refieren a la importancia de orar la Novena:

14-12-83 (ex 7) PM 43
Pide en tus intenciones, en la manera en que lo estás haciendo:
"Que el Señor tenga misericordia con el mundo entero, y que el mundo entero responda a su llamado de conversión, que el hombre se entregue totalmente a Dios y que no deje pasar este momento tan especial".
"Dad a conocer mi Novena, que todos tengan oportunidad de hacerla y pedir al Señor por todos ellos; vosotros seguidla fielmente, no la cortéis, unidos debéis rezar y pedir. Yo la mandé, respetadla...".
Leed: Hebr. 10, 19-25; 11, 1-3 

15-1-85  443
Hijos míos, comenzad una Novena especial el día diecisiete para terminar el veinticinco.
Digo especial, porque quiero que hagáis peticiones, y os aseguro que ninguna súplica hecha con amor, quedará desoída por vuestra Madre.
Esta Novena, se renovará todos los meses y abundarán Gracias.
Alabado sea el Señor. 

18-4-86  857
Hija mía: Que tus hermanos sepan, que de las novenas que hacéis salen conversiones. Las oraciones dan sus frutos.
Muchos más darían, si ellos amaran verdaderamente al Sagrado Corazón de mi Hijo.
Darse a Dios, es amar, pura y exclusivamente a Dios.
Amén, amén. 

19-7-86  923
Hija, quiero de tus hermanos una especial devoción al rezo del Santo Rosario, quiero Novenas perpetuas; quiero decir, jamás interrumpidas. Orando se aleja al maligno, orando se llega a Dios, orando se salvan las almas.
Gloria al Señor.
Leed: Tobías C.13, V.6 - 7 

25-2-87 (Día de Peregrinación)  1110
¡Oh hija mía! Mi Corazón participa con todos tus hermanos en cada Novena.
Nadie se detenga jamás, nadie de un paso atrás, nada sea motivo de impedimento para orar.
Voy lentamente llevando adelante, haciendo realidad la obra de mi Hijo, obra perfecta de Redención para la salvación de los hombres.
Aleluia.
Debes darlo a conocer.




San Agustín: El combate cristiano



EL COMBATE CRISTIANO

Traductor: Lope Cilleruelo, OSA

Revisión: Domingo Natal, OSA


CAPÍTULO XII

La fe cristiana reina y vence por doquier

13. Así pues, varones y mujeres, y toda edad y dignidad de este mundo, se nos exhorta a la esperanza de la vida eterna. Unos, abandonando los bienes temporales, vuelan a los divinos. Otros se humillan ante las virtudes de los que eso hacen, y alaban lo que no se atreven a imitar. Unos pocos aún murmuran y se retuercen de vana envidia, son los que buscan sus cosas en la Iglesia aunque parezcan católicos, son los herejes que pretenden gloriarse con el nombre de Cristo, o los judíos que desean defender el pecado de su impiedad o los paganos que temen perder la curiosidad de su vana licencia. Pero la Iglesia católica, difundida a lo largo y lo ancho de todo el orbe, que quebrantó el ímpetu de todos ellos en tiempos pasados, se robustece más y más, no con la resistencia, sino con la tolerancia. Apoyada en su fe, se ríe de los problemas insidiosos que ellos presentan, con diligencia los discute, con inteligencia los resuelve. No se cuida de la paja de sus acusadores, ya que distingue con cautela y diligencia el tiempo de la cosecha, el de la era y el del granero. Corrige a los que denuncian su grano y a los que yerran, o cuenta entre las espinas y la cizaña a los envidiosos.

CAPÍTULO XIII

La fe recta y la acción buena

14. Así pues, sometamos nuestra alma a Dios si queremos reducir a servidumbre nuestro cuerpo y triunfar del diablo. La fe es la primera que somete el alma a Dios. Después, los preceptos para vivir bien, cuya observancia afirma la esperanza, nutre la caridad y comienza a iluminar lo que antes, solo, se creía. Dado que el conocimiento y la acción hacen al hombre feliz, así como hemos de evitar el error en el conocimiento, hemos de evitar la maldad en la conducta. Pues yerra quien piensa que puede conocer la verdad cuando vive inicuamente. Porque iniquidad es amar este mundo y estimar en mucho lo que nace y pasa, así como desearlo y trabajar para conseguirlo, regocijarse cuando abunda, temer que perezca y entristecerse cuando perece. Una vida tal no puede contemplar aquella verdad pura, auténtica e inalterable, ni adherirse a ella ni permanecer con ella para siempre. Por tanto, antes de que se purifique nuestra mente, hemos de creer lo que aún no podemos entender, pues con razón dijo el profeta: si no creyereis, no entenderéis 40.

15. La Iglesia nos transmite, en pocas palabras, la fe con la que se nos confían las cosas eternas, que los carnales no pueden todavía entender, y también las cosas temporales, pasadas y futuras, que la eternidad de la divina Providencia realizó o realizará por la salvación de los hombres. Creamos, pues, en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, personas eternas e inmutables, esto es, un solo Dios, Trinidad eterna en una única sustancia, Dios del que todo, por quien todo y en quien todo existe 41.

CAPÍTULO XIV

Afirmemos la Trinidad

16. Hagamos oídos sordos a los que dicen que solo existe el Padre, que no tiene Hijo, ni tiene consigo al Espíritu Santo, sino que el mismo Padre, a veces, se llama Hijo y, a veces, Espíritu Santo. Porque esos no conocen el Principio, del que todo procede, ni a su Imagen, por quien todo se forma, ni su Santidad, que todo lo ordena.

CAPÍTULO XV

Trinidad no significa tres dioses

17. No oigamos tampoco a los que se indignan y se estomagan porque no decimos que hay que adorar a tres dioses. Pues ignoran lo que es una y la misma sustancia, y les engañan sus fantasías porque suelen ver corporalmente tres animales o tres cuerpos cualesquiera, que se hallan separados en sus propios lugares, y piensan que así hemos de entender la sustancia divina. Y yerran mucho porque son soberbios y no pueden aprender porque se niegan a creer.

CAPÍTULO XVI

Las tres divinas personas son iguales y eternas

18. Ni escuchemos a los que dicen que solo el Padre es Dios verdadero y eterno, que el Hijo no fue engendrado por Él, sino hecho por Él de la nada; que hubo un tiempo en el que el Hijo no existía, aunque ocupa el primer lugar entre todas las criaturas, y que el Espíritu Santo es de menor majestad que el Hijo y que fue hecho después del Hijo y que la sustancia de los tres es diferente como el oro, la plata y el bronce. No saben lo que dicen, y, acostumbrados a ver las cosas con los ojos corporales, se empeñan en transferir sus vanas imágenes a estas sus discusiones. Ciertamente es algo grande contemplar con la mente una generación que no se realiza en el tiempo, sino que es eterna, y contemplar la misma Caridad y Santidad por la que el Engendrador y el Engendrado se unen de modo inefable. Es grande y difícil contemplar esto con la mente, aunque esté sosegada y tranquila. Pero no es posible que vean esto los que, demasiado apegados a la generación terrena, añaden a sus tinieblas también el humo, que no cesan de levantar con sus contiendas y disputas diarias, mientras rebosa su alma de afectos carnales. Son como leños que rezuman humedad, de los que el fuego no logra sacar sino humo y no pueden producir llama limpia. Y esto se puede decir, con razón, de todos los herejes.

CAPÍTULO XVII

La fe en la encarnación de Cristo

19. Creamos, pues, en la Trinidad inmutable al mismo tiempo que en su economía temporal por la salud del género humano. Y no escuchemos a los que dicen que el Hijo de Dios, Jesucristo, no es más que un simple hombre, aunque tan justo que mereció ser llamado Hijo de Dios. A éstos también la disciplina católica los arrojó de su seno, porque, engañados con el apetito de la vanagloria, se empeñaron, con obstinación, en discutir, antes de entenderlo, qué es la Verdad y la Sabiduría de Dios 42, y qué significa: en el principio era el Verbo, por quien fueron hechas todos las cosas, y cómo el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros 43.

CAPÍTULO XVIII

Cristo tuvo verdadero cuerpo

20. Ni oigamos tampoco a los que dicen que el Hijo de Dios no se hizo verdadero hombre, ni nació de mujer, sino que mostró a los que lo vieron una carne falsa y una figura simulada de cuerpo humano. Ignoran que la sustancia divina, al gobernar todas las criaturas, no puede recibir mancha alguna en absoluto, y, en cambio, ellos mismos confiesan que este sol visible esparce sus rayos sobre todas las inmundicias y las manchas corporales, y se mantiene puro e íntegro en todas partes. Si, pues, las cosas visibles y limpias pueden ser tocadas por cosas visibles y sucias sin mancharse, ¿cuánto más la Verdad, invisible e inmutable, al tomar el alma por el espíritu y el cuerpo por el alma, pudo asumir al hombre entero y liberarlo de todas sus enfermedades sin padecer contaminación alguna? Así, éstos padecen grandes angustias cuando temen lo imposible, a saber, que la Verdad se mancille con la propia carne humana. Entonces dicen que mintió la Verdad. Y como Cristo mandase: Poned en vuestros labios: Sí, sí, No, no 44, y el Apóstol clame: No había en Él Sí y No, tan sólo había Sí 45, estos pretenden que su cuerpo fue una carne falsa, de modo que les parece que no imitan a Cristo si no mienten a su audiencia.

CAPÍTULO XIX

Cristo tuvo mente humana

21. Tampoco escuchemos a los que confiesan a la Trinidad, en una solo sustancia eterna, pero se atreven a decir que el mismo hombre que fue asumido en la economía temporal no tuvo mente humana, sino solo alma y cuerpo. Esto es como decir: no fue hombre, aunque tenía miembros humanos. Pues alma y cuerpo tienen también los animales, pero carecen de entendimiento, que es lo propio del espíritu. Pero si hay que anatematizar a los que niegan que Cristo tuviera cuerpo humano, que es lo ínfimo en el hombre, me maravilla que éstos no se sonrojen al negarle que tuviera lo mejor que tiene el hombre. Mucho se ha de deplorar que la mente humana sea vencida por el cuerpo si ni siquiera fue reformada en aquel hombre en el cual el cuerpo humano recibió la dignidad de una forma celestial. Pero Dios nos libre de creer tal cosa, inventada por una ceguera temeraria y una locuacidad soberbia.

CAPÍTULO XX

El Verbo asumió al hombre en Cristo de otro modo que en los santos

22. Hagamos oídos sordos también a los que dicen que la Sabiduría divina asumió al hombre, nacido de la Virgen, igual que cuando hace sabios a unos hombres que así son sabios perfectos. Desconocen el misterio propio de ese hombre asumido y piensan que solo tuvo de especial, respecto a los demás bienaventurados, el haber nacido de una Virgen. Si reparasen bien en ello, quizá creyeran que, si tuvo una dignidad sobre todos los demás, fue porque tal encarnación fue algo muy especial que no lo ha sido en los otros. En efecto, una cosa es hacerse sabio por la Sabiduría de Dios y otra asumir la persona misma de la Sabiduría de Dios. Pues ¿quién hay que no entienda que, aunque la naturaleza del cuerpo de la Iglesia es única, existe una gran diferencia entre el cuerpo y la cabeza? Si la cabeza de la Iglesia es aquel hombre por cuya unión el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros 46, sus miembros son todos los santos con los que se completa y perfecciona la Iglesia. Pues, así como el alma anima y vivifica todo nuestro cuerpo, pero en la cabeza siente con la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto, y, en los otros miembros, solo siente con el tacto, y, por eso, todos los sentidos están sujetos a la cabeza para obrar, pues ella fue colocada arriba para dirigir. Y, así, en cierto modo, la cabeza hace la veces del alma que dirige el cuerpo, y la cabeza es como la sede de la persona y, por eso, están en ella todos los sentidos, del mismo modo el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, es para todo el pueblo de los santos como la cabeza para el cuerpo. Y, por tanto, la Sabiduría de Dios, el Verbo, que estaba en el principio y por quien fueron hechas todas las cosas, no asumió, así, a aquel hombre como a los demás santos, sino de modo mucho más excelente y sublime como a él solo convino asumirlo para que la Sabiduría apareciese en él como convenía que se manifestase visiblemente a los hombres. Por lo que, de un modo son sabios todos los hombres que lo son, o lo fueron o lo serán, y de otro modo lo es el único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús 47, que no solo se beneficia de la Sabiduría, por la que se hacen sabios todos los hombres, sino que él mismo lo es en persona. Pues de las demás almas sabias o espirituales, con razón, puede decirse que tienen en sí al Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, pero de nadie puede decirse, con razón, que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, pues eso solo se puede decir, con plena razón, de nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: augustinus.it

martes, 25 de agosto de 2026

San Agustín: El combate cristiano - Capítulos VIII, IX, X y XI

 

EL COMBATE CRISTIANO

Traductor: Lope Cilleruelo, OSA

Revisión: Domingo Natal, OSA

CAPÍTULO VIII

Todo lo gobierna la divina Providencia

9. Pero, así como estas almas, con voluntad capaz de dañar y entendimiento para pensar, están ordenadas por la ley divina, para que nadie padezca injustamente, del mismo modo, todas las cosas, animales y corporales, cada una según su género y orden, están sometidas a la ley de la divina Providencia y son gobernadas por ella. Por eso dice el Señor: ¿No se venden dos pájaros por un as, y no cae en tierra uno de ellos sin la voluntad de vuestro Padre? 24 Pues esto lo dijo para mostrar que la omnipotencia divina gobierna incluso lo que los hombres consideran muy vil. Así, atestigua la Verdad que Dios alimenta las aves del cielo, viste a los lirios del campo y tiene incluso contados los cabellos de nuestra cabeza 25. Pero como Dios cuida, por sí mismo, de las puras almas racionales, ya se trate de los grandes y óptimos ángeles, ya de los hombres, que le sirven con toda su voluntad, y lo demás lo gobierna por medio de ellos, con toda verdad se pudo decir también lo del Apóstol: ¿acaso se cuida Dios de los bueyes? 26 En las santas Escrituras, Dios enseña a los hombres cómo han de comportarse con los otros hombres y servir al mismo Dios. Ya saben ellos, por sí mismos, cómo tratar a sus animales, esto es, cómo cuidar su salud, dada la experiencia, la pericia y la razón natural, unas dotes que han recibido de los grandes tesoros de su Creador. Así pues, el que pueda, entienda cómo Dios su Creador gobierna a todas sus criaturas por medio de las almas santas, que son sus ministros en el cielo y en la tierra. Esas almas santas fueron hechas por Él y mantienen el primado de todas sus criaturas. El que pueda, pues, entender, entienda y entre en el gozo de su Señor 27.

CAPÍTULO IX

Gustar la dulzura divina

10. Pero si no podemos entenderlo mientras vivimos en este cuerpo y peregrinamos alejados del Señor 28, gustemos al menos cuán suave es el Señor 29, que nos dio las arras del Espíritu 30, con el que podamos experimentar su dulzura, y codiciemos la fuente misma de la vida, en la que, con sobria embriaguez, seamos regados e inundados, como el árbol plantado al borde de la corriente de agua 31, que da fruto a su tiempo y sus hojas nunca caen. Pues dice el Espíritu Santo: Los hijos de los hombres esperarán a la sombra de tus alas, se embriagarán de las riquezas de tu casa y los abrevarás en el torrente de tus delicias. Porque en ti está la fuente de la vida 32. Esa embriaguez no quita el sentido, sino que lo arrebata hacia lo alto y produce el olvido de las cosas terrenas, de modo que podamos decir, de todo corazón: como desea el ciervo las fuentes de agua, así te desea a ti mi alma, ¡oh Dios! 33

CAPÍTULO X

El Hijo de Dios se hizo hombre por nosotros.
El libre albedrío

11. Pero si acaso no somos capaces de gustar la dulzura del Señor, a causa de las enfermedades que el alma contrajo por el amor de este mundo, creamos a la autoridad divina que en las Escrituras santas habló acerca de su Hijo, que como dice el Apóstol: vino a ser del linaje de David según la carne 34. Como está escrito en el Evangelio: todo fue creado por Él y sin Él nada se hizo 35. Él se compadeció de nuestra flaqueza, flaqueza que no es obra suya, sino que hemos merecido por nuestra voluntad. Pues Dios hizo al hombre inmortal y le dotó de libre albedrío 36, ya que no sería perfecto si hubiese tenido que cumplir los mandamientos de Dios por la fuerza y no de grado. Todo esto, a mi juicio, es muy fácil de entender, pero no quieren entenderlo los que abandonaron la fe católica y quieren llamarse cristianos. Pues si con nosotros confiesan que la naturaleza humana no se cura sino haciendo el bien, confiesen que no se debilita sino pecando. Por lo tanto, no podemos creer que nuestra alma sea sustancia divina, porque, si lo fuese, no se podría deteriorar ni por su propia voluntad ni por ninguna necesidad imperiosa. Pues es bien sabido que Dios es inmutable para todos aquellos que no se empeñan en disputas, celos y deseos de vanagloria y en hablar de lo que no saben, sino que, con humildad cristiana, perciben la bondad de Dios y le buscan con un corazón sencillo 37. El Hijo de Dios se dignó asumir esta nuestra flaqueza: y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros 38. No porque su eternidad fuera suplantada, sino porque mostró a la mirada mudable humana la criatura mudable que asumió con inmutable majestad.

CAPÍTULO XI

Conveniencia de la encarnación de Dios para liberar al hombre

12. Realmente son unos necios los que dicen: ¿No podía la Sabiduría divina liberar al hombre de otro modo sino asumiendo al hombre, naciendo de mujer y padeciendo tanto de parte de los pecadores? A éstos les decimos: Podía perfectamente. Pero, si lo hubiese hecho de otro modo, también hubiese disgustado a vuestra necedad. Si no hubiese aparecido a los ojos de los pecadores, no hubiesen podido contemplar su esplendor eterno, visible a la mirada interior pero invisible a las mentes corruptibles. Pero ahora, al dignarse instruirnos con su apariencia visible para disponernos a lo invisible, disgusta a los avaros porque no tuvo un cuerpo de oro, disgusta a los impuros porque nació de mujer, y los impuros odian muchísimo el que las mujeres conciban y den a luz, disgusta a los altivos porque sufrió con paciencia las injurias, disgusta a los sibaritas porque fue atormentado, y disgusta a los medrosos porque padeció la muerte. Y para que no parezca que defienden sus vicios, dicen que eso no les disgusta en los hombres, sino en el Hijo de Dios. Pues no entienden en qué consiste la eternidad de Dios que asumió al hombre, ni en qué consiste esa misma criatura humana, que con esas mutaciones fue reconducida a su antigua firmeza, para que aprendiéramos, por la enseñanza divina, que la enfermedad contraída por el pecado se cura con la virtud. Así, también se nos mostraba a qué grado de caducidad había llegado el hombre, por su pecado, y de qué fragilidad fue liberado con el auxilio divino.

Para eso el Hijo de Dios asumió al hombre y en él padeció los achaques humanos. Esta medicina del género humano es tan alta que no podemos ni imaginarla. Porque ¿qué soberbia podrá curarse si no se cura con la humildad del Hijo de Dios? ¿Qué avaricia podrá curarse si no se cura con la pobreza del Hijo de Dios? ¿Qué ira podrá curarse si no se cura con la paciencia del Hijo de Dios? ¿Qué impiedad podrá curarse si no se cura con la caridad del Hijo de Dios? Finalmente, ¿qué miedo podrá curarse si no se cura con la resurrección del cuerpo de Cristo el Señor? Levante el género humano su esperanza y reconozca su naturaleza y vea qué alto lugar ocupa entre las obras de Dios. No os menospreciéis, ¡oh varones!, pues el Hijo de Dios se hizo varón. No os menospreciéis, ¡oh mujeres!, pues el Hijo de Dios nació de mujer.

Pero tampoco améis lo carnal, pues, en el Hijo de Dios, no somos ni varón ni mujer. No améis las cosas temporales, porque si pudieran amarse rectamente, las hubiese amado el hombre asumido por el Hijo de Dios. No temáis las afrentas ni la cruz ni la muerte, porque si dañasen al hombre no las hubiera padecido el hombre que asumió el Hijo de Dios. Toda esta exhortación que, ahora, por doquier se pregona y venera, que cura a toda alma obediente, no entraría en las vidas humanas si no se hubiesen realizado todas esas cosas que tanto disgustan a los necios. ¿A quién se dignará imitar la ambiciosa altivez, para llegar a gustar la virtud, si se avergüenza de imitar a aquel de quien se dijo, antes de nacer, que será llamado Hijo del Altísimo, y que de hecho así es ya llamado por todo los pueblos, cosa que nadie puede negar?

Si tan alta estima tenemos de nosotros mismos, dignémonos imitar a aquel que se llama Hijo del Altísimo. Si nos tenemos en poco, osemos imitar a los publicanos y pecadores que le imitaron a Él. ¡Oh medicina que a todos aprovecha: reduce todos los tumores, purifica todas las podredumbres, suprime todo lo superfluo, conserva todo lo necesario, repara todo lo perdido, corrige todo lo depravado! ¿Quién se enorgullecerá contra el Hijo de Dios? ¿Quién desesperará de sí, cuando el Hijo de Dios quiso ser tan débil por él? ¿Quién pondrá la vida feliz en aquellas cosas que el Hijo de Dios enseñó a despreciar? ¿A qué adversidades cederá, quien cree que la naturaleza humana fue preservada, por el Hijo de Dios, entre tantas persecuciones? ¿Quién pensará que tiene cerrado el reino de los cielos, cuando sabe que los publicanos y las meretrices imitaron al Hijo de Dios? 39 ¿Y de qué maldad no se librará quien contempla, ama e imita los hechos y dichos de aquel hombre en el que el Hijo de Dios se nos ofreció como ejemplo de vida

Fuente: Augustinus.it

domingo, 16 de agosto de 2026

San Agustín: El Combate Cristiano - Capítulos IV, V, VI y VII.

EL COMBATE CRISTIANO

Traductor: Lope Cilleruelo, OSA

Revisión: Domingo Natal, OSA

 


CAPÍTULO IV

Teoría de los maniqueos

4. Erraron, pues, los maniqueos cuando dijeron que antes de la creación del mundo había un linaje de las tinieblas que se rebeló contra Dios. Creen los infelices que en esta guerra no pudo el Dios omnipotente defenderse contra ellos de otro modo que arrojando una parte de su sustancia divina. Los príncipes de aquel linaje, según ellos, devoraron parte de la sustancia divina y así quedaron sosegados de modo que pudo fabricarse el mundo a partir de ellos. Explican así que Dios logró la victoria con grandes calamidades, tormentos y desventuras de sus miembros. Pues, según añaden, los miembros divinos tuvieron que ser asimilados por las entrañas tenebrosas de aquellos príncipes para calmarlos y mitigar su furor. No entienden que su secta es tan sacrílega que presenta al Dios omnipotente luchando con las tinieblas, no por medio de las criaturas que Él creó, sino con su propia sustancia, lo que es realmente sacrílego. Y no solo esto, sino que añaden que los vencidos se hicieron así mejores, pues quedó mitigado su furor, aunque la sustancia divina, que venció, se envileció. Más aún, dicen que, al mezclarse con las entrañas tenebrosas, la sustancia divina perdió el entendimiento, la bienaventuranza y quedó sumida en grandes errores y desventuras. Y aunque expliquen que, al fin, toda la sustancia divina quedará purificada, afirman una gran impiedad contra el Dios omnipotente, cuya sustancia creen que ha sufrido errores y castigos sin culpa alguna. Incluso, los infelices se atreven a decir que no toda la sustancia se podrá purificar, y que esa parte no purificada contribuirá al bien de su portador al quedar envuelta y sepultada en el mal. Así siempre habrá una parte desventurada de Dios, porque aunque en nada delinquió quedará sujeta, para siempre, a la cárcel de las tinieblas.

Esto dicen los maniqueos para seducir a las almas sencillas. Pero ¿quién será tan ingenuo que no vea que todo esto es un sacrilegio, pues se afirma que el Dios omnipotente, vencido por la fatalidad, tuvo que entregar una parte propia, buena e inocente, para verse envuelta en tantas desventuras y mancillada con tanta inmundicia, de modo que no pueda libertarse del todo y, así, sin poder liberarse quede sujeta a cadena perpetua? ¿Quién no execrará todo esto? ¿Quién no comprenderá que es algo impío y nefando? Pero ellos, cuando captan a alguien, no comienzan por decirle esto, puesto que, si así lo hicieran, todos se burlarían de ellos y les abandonarían, sino que comienzan por seleccionar los pasajes de la Escritura que los sencillos no entienden, y así les engañan, como a almas inexpertas, preguntándoles que de dónde viene el mal. Así lo hacen, por ejemplo, con este pasaje en el que dice el Apóstol: Los gobernadores de estas tinieblas y los espíritus malos que habitan en el cielo 14. Vienen, pues, estos seductores y preguntan a un hombre que no entiende las divinas Escrituras cómo pueden estar en el cielo los gobernadores de las tinieblas, para que, al no saber responder, sea arrastrado por ellos al engaño, pues toda alma ignorante es curiosa. Mas quien conoce bien la fe católica y vive protegido por las buenas costumbres y la verdadera piedad, aunque no conozca su herejía, sabe cómo responderles. Pues nadie puede engañar al que conoce lo que atañe a la fe católica, difundida por el orbe de la tierra, ya que ella vive segura, bajo el gobierno de Dios, frente a los impíos y pecadores y frente a los mismos católicos negligentes.

CAPÍTULO V

De cómo los espíritus malos habitan en el cielo

5. Decíamos que el apóstol San Pablo afirma que estamos en combate contra los gobernadores de las tinieblas y los espíritus malos que habitan en el cielo. Y ya hemos probado que se llama cielo incluso al aire próximo a la tierra. Ahora, es preciso creer que nosotros luchamos contra el diablo y sus ángeles que se gozan en nuestra perturbación. En efecto, el mismo Apóstol, en otro lugar, llama al diablo príncipe del poder del aire 15. Aunque este pasaje, en que dice: los espíritus malos del cielo, pueda entenderse de otro modo, para que no ponga en el cielo a los mismos ángeles prevaricadores, sino más bien a nosotros de quienes en otro lugar dice: nuestra conversación está en el cielo 16. Y para que aferrados a las cosas celestiales, es decir, caminando en los preceptos espirituales de Dios, luchemos contra los espíritus malos que tratan de arrojarnos de allí. Mucho nos hemos de preguntar cómo podemos luchar y vencer a los enemigos que no vemos, para que no piensen los necios que peleamos con el aire.

CAPÍTULO VI

Para vencer al diablo y al mundo hay que someter el cuerpo

6. El mismo Apóstol nos enseña cuando dice: No peleo como quien azota el aire, sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que, mientras predico a otros, yo sea encontrado réprobo 17. Y también dice: Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo 18. Por lo que hemos de entender que el Apóstol triunfó, en sí mismo, de los poderes de este mundo, como lo había dicho el Señor 19, cuyo imitador se declara. Imitémosle, pues, nosotros, como él nos exhorta, y castiguemos nuestro cuerpo y reduzcámoslo a servidumbre si queremos vencer al mundo. Pues el mundo puede dominarnos con sus placeres ilícitos, con sus pompas y curiosidad malsana. Puesto que los placeres perniciosos de este mundo esclavizan a los amantes de las cosas temporales, y les obligan a servir al diablo y a sus ángeles. Pero si hemos renunciado a todas esas cosas, reduzcamos a servidumbre a nuestro propio cuerpo.

CAPÍTULO VII

Para someter nuestro cuerpo debemos someternos a Dios,
a quien todo sirve quiera o no

7. Pero quizá alguien pregunte cómo hacer para reducir nuestro cuerpo a servidumbre. Esto puede fácilmente entenderse y realizarse si primero nosotros nos sometemos a Dios con buena voluntad y sincera caridad. Verdad es que toda criatura, quiera o no, está sometida a su único Dios y Señor. Pero se nos amonesta que sirvamos al Señor nuestro Dios con plena voluntad. Porque el justo sirve libremente, el injusto forzosamente, pero todos sirven a la divina Providencia. Unos obedecen como hijos y hacen así lo que es bueno, otros trabajan encadenados, como esclavos, y se hace con ellos lo que es justo. Así, el Dios omnipotente, Señor de la creación entera, que, como está escrito, hizo todas las cosas muy buenas 20, las ordenó de tal modo que hacen el bien por las buenas o por las malas. En efecto, lo que se hace con justicia, bien se hace. Con justicia son bienaventurados los buenos y justamente padecen suplicio los malos. Dios hace el bien a los buenos y a los malos porque todo lo hace con justicia. Buenos son los que con toda su voluntad sirven a Dios, y malos los que sirven por necesidad, pero nadie se sustrae a la ley del Omnipotente. Con todo, una cosa es hacer lo que la ley ordena y otra padecer lo que la ley impone. Por eso, los buenos actúan según las leyes, y los malos padecen según las leyes.

8. No nos impresione el que los justos toleren muchos sufrimientos graves y ásperos en esta vida que llevan en su carne mortal. Pues ningún mal padecen los que pueden decir lo que pregona y alaba aquel varón espiritual que fue el Apóstol, cuando dice: Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la paciencia, la paciencia la prueba, la prueba la esperanza, y la esperanza no queda defraudada, porque la caridad de Dios se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado 21. Luego, en esta vida, donde hay tantas tormentas, los hombres justos y buenos no solo pueden tolerarlas con ánimo tranquilo cuando las sufren, sino que también pueden gloriarse en la caridad de Dios. Pues ¿qué hemos de pensar de aquella vida que se nos promete, en la que no hemos de sentir molestia alguna en el cuerpo? Para diferente destino resucitará el cuerpo de los justos y el cuerpo de los impíos, como está escrito: todos resucitaremos, pero no todos seremos transformados 22. Y para que nadie piense que esta transformación no se promete a los justos, sino, más bien, a los injustos estimando que ese cambio es para castigo, continúa diciendo: y los muertos resucitarán incorruptos y seremos transformados 23. Todos los malos que hay han sido ordenados así: cada uno es dañino para sí, y todos son dañinos para todos. Apetecen lo que no puede amarse sin la propia ruina y lo que fácilmente se les puede quitar, y así se lo quitan unos a otros cuando se persiguen mutuamente. Y, porque aman los bienes temporales, sufren aquellos a los que se les quitan, pero los que se los arrebatan se regocijan. Esa alegría es ceguera y suma miseria, ya que esclaviza al alma y la arrastra a mayores tormentos. Pues también se regocija el pez cuando, sin ver el anzuelo, se lanza a la carnaza, pero cuando el pescador comienza a tirar de él, primero siente el tormento en sus entrañas, y, luego, pasa del regocijo a la muerte con el mismo cebo que le entusiasmó. Así, todos los que se sienten felices con los bienes temporales, se han tragado el anzuelo y con él viven la zozobra, pero vendrá un tiempo en que sentirán los graves tormentos que, con tanta avidez, han devorado. Y, por eso, en nada se daña a los buenos cuando les quitan lo que no aman, ya que aquello que aman y por lo que son felices, nadie se lo puede quitar. Pues los dolores corporales afligen míseramente a las almas malas, mientras purifican con reciedumbre a las buenas. Así acontece que el hombre malo y el ángel malo luchan a favor de la Providencia divina, aunque no saben el bien que Dios realiza por medio de ellos. Por tanto, no se les pagará con el mérito del servicio, sino con el salario de la malicia.

Fuente: Augustinus.it


sábado, 15 de agosto de 2026

El impactante relato de cómo vio la Asunción de la Santísima Virgen una testigo privilegiada

                                    



La madre del Salvador, la que en todo fue sierva de Dios, la Bendita entre todas las mujeres, la llena de gracia, la que sin mancha fue concebida... Así sería conservada para la eternidad y su cuerpo no conocería la corrupción.
por Portaluz
14 Agosto de 2014
Período del relato: 15 de agosto. Año: 48. Lugar: Jerusalén. Hora de inicio del relato: Momentos antes de la hora Nona

“El Tránsito de la Santísima Virgen fue el año 48 después del nacimiento de Cristo... ¡Ay su Tránsito estuvo lleno de tristeza y de alegría!...
Algún tiempo antes de su Tránsito la Santísima Virgen rezó para que vinieran los apóstoles a estar con ella. Vi que les anunciaron su llamada en muy diversos parajes del mundo y todavía me acuerdo de lo siguiente:

...Unas apariciones (ángeles) llamaron a todos, incluso a los más alejados, a que se vinieran con la Virgen.

...Pedro estaba recostado junto a una pared y vi que se le acercaba un joven refulgente que le despertó tomándole de la mano y le dijo que debía levantarse y apresurarse a ir con la Virgen, y que encontraría a Andrés por el camino. Pedro, que ya estaba torpe a causa de la edad y la fatiga, se incorporó apoyando las manos en las rodillas mientras escuchaba al ángel. Apenas desapareció la aparición, se levantó, arregló su manto, se remangó la ropa en el cinturón, empuñó el báculo y se puso en camino. Pronto encontró a Andrés, a quien había llamado la misma aparición. En el camino se encontraron más adelante con Tadeo, a quien también se lo habían dicho así. De este modo llegaron hasta donde estaba María en Jerusalén, donde encontraron a Juan...

(Luego llegarían todos los apóstoles).Los últimos momentos... Vi mucha preocupación y tristeza... Su doncella estaba atribulada al máximo. La Santísima Virgen descansaba... tranquila. Estaba totalmente envuelta, incluso por encima de los brazos, con un saco de dormir blanco... Tenía el velo recogido sobre su frente en dobleces transversales, y para hablar con los hombres lo dejaba caer sobre su rostro: cuando no estaba sola se tapaba hasta las manos.

Por la tarde, cuando la Santísima Virgen supo que se acercaba su Tránsito, quiso despedirse de todos los presentes: apóstoles, discípulos y mujeres, según la voluntad de Jesús.

Su celda dormitorio estaba abierta por todas partes y ella estaba sentada incorporada en su lecho, blanca, resplandeciente y como transida de luz. La Santísima Virgen oraba y bendecía a cada uno con las manos cruzadas mientras le tocaba la frente. Luego habló a todos y, en resumen, hizo lo que Jesús le había mandado en Betania.
 
Eucaristía y Unción final 
Cuando Pedro se acercó a verla, vi que llevaba en la mano un rollo de Escrituras... Mientras tanto habían preparado el altar y los apóstoles se revistieron para el servicio divino con sus largas vestiduras blancas y el ancho cinturón con letras... Ya estaba este algo avanzado cuando llegó de Egipto Felipe con un acompañante. Pasó inmediatamente a ver a la Madre del Señor, recibió su bendición y prorrumpió en llanto.

Entretanto, Pedro había terminado el santo sacrificio. Había consagrado y recibido el cuerpo del Señor y se lo había dado a los apóstoles y discípulos presentes. La Santísima Virgen no podía ver el alatar, pero durante el santo sacrificio estuvo sentada, incorporada en la cama con profundo y constante recogimiento.

Después que Pedro comulgó, dio el Santísimo Sacramento a todos los apóstoles y luego le llevó a la Santísima Virgen la comunión y la Unción final. Todos los apóstoles le acompañaron solemnemente... La Santísima Virgen descansaba sobre su espalda, tranquila y pálida. Miraba arriba constantemente, no hablaba con nadie y estaba como en arrobo permanente. Centelleaba de anhelo y yo podía sentir aquella ansia que la sacaba de sí. ¡Ay mi corazón también quería subir a Dios junto al suyo!

Pedro se acercó y le dio la Unción final más o menos en la misma forma que se hace en nuestros días. Con el óleo santo de la cajita que sostenía Juan, la ungió en la cara, manos, pies y en el costado, donde su ropa tenía una abertura para que no quedara al descubierto lo más mínimo. Mientras tanto los apóstoles estuvieron rezando como en el coro, y después Pedro le dio el Santísimo Sacramento.

Para recibirlo, se incorporó sin apoyarse y luego volvió a tenderse. Los apóstoles rezaron un rato y entonces Juan le dio el cáliz. Al recibir el Santísimo Sacramento entró en María un resplandor, volvió a caer como extasiada y ya no habló más. Entonces los apóstoles regresaron con los santos vasos en el mismo orden solemne al altar... Más tarde volví a ver a los apóstoles y discípulos rezando de pie en torno al lecho de la Santísima Virgen. El rostro de María estaba florido y sonriente como en su juventud, sus ojos miraban con santa alegría .El alma de la Santísima Virgen se separa del cuerpo

Entonces vi un cuadro maravillosamente conmovedor... pude mirar dentro de la Jerusalén celestial como a través de un cielo abierto.
Bajaron dos superficies de gloria como nubes de luz, en las que aparecían muchas caras de ángeles y entre las que fluía una vía de luz hasta María. Vi por encima de María una montaña resplandeciente que entró en la Jerusalén celestial, hacia la cual María extendió sus brazos con infinito anhelo, y vi que su cuerpo se levantaba, con todos sus envoltorios, tan alto por encima del lecho que se podía mirar debajo. Vi salir su alma de su cuerpo como una pequeña forma de luz infinitamente pura que ascendía flotando con los brazos alzados por la vía de luz que subía al cielo como una montaña de luz.

Los coros de ángeles de las dos nubes se juntaron detrás de su alma y se cerraron separándola de su santo cuerpo, que en ese momento de la separación volvió a caer en el lecho con los brazos cruzados sobre el pecho.

Mi mirada siguió su alma y la vi entrar por la vía luminosa en la Jerusalén celestial hasta el trono de la Santísima Trinidad. Muchas almas se precipitaron hacia ella con respetuosa alegría, entre las cuales vi a muchos patriarcas y a Joaquín, Ana, José, Isabel, Zacarías y Juan el Bautista. Pero ella se elevó a través de todos hasta el trono de Dios y de su Hijo quien, irradiando aún más luz por sus heridas que por toda su aparición, la recibió con amor divino y le hizo entrega de una cosa que parecía un cetro, al tiempo que le mostraba abajo en la Tierra todo a su alrededor, como si le entregara un poder.

De este modo, mientras veía el alma de María entrar en la gloria celestial, me olvidé de todo lo que pasaba en torno a ella en el cuadro de la Tierra. Algunos apóstoles, por ejemplo, Pedro y Juan, tienen que haberla visto también, pues tenían alzados sus rostros. Los otros estuvieron la mayor parte del tiempo arrodillados y completamente prostrados en el suelo. Todo estaba lleno de luz y de resplandor como en la Ascensión del Señor...Cuerpo y alma asuntos. Vi que el cuerpo de la Santísima Virgen brillaba al descansar en el lecho con el rostro como una flor, los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre el pecho. Supe que la hora de su Tránsito fue la de la nona, la misma que murió Jesús...

Luego vi también...como si bajara del cielo... una vía de luz en la que venía una figura fina como si fuera el alma de la Santísima Virgen, acompañada de la figura de Nuestro Señor. El resplandeciente cuerpo de María reunido ya con su alma resplandeciente se levantó... y se elevó al Cielo con la aparición del Señor...

Era de noche y veía a los apóstoles y santas mujeres cantar y rezar... miraban hacia arriba rezando asombrados, o se arrojaban conmovidos a postrarse con el rostro en tierra”.

Testigo que narra: La estigmatizada Ana Catalina Emmerich (1774-1824), beatificada por Papa Juan Pablo II en 2004Aclaración:

Esta narración de Ana Catalina Emmerich corresponde a visiones personales que ella testimonia haber tenido. En la Iglesia estas son llamadas “revelaciones privadas” que según se señala en el Catecismo de la Iglesia Católica... “no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de "mejorar" o "completar" la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia.” (Catecismo N° 67) Para mayor beneficio del lector hemos cruzado el texto de Emmerich con antecedentes de la Tradición de la iglesia que constan en archivos vaticanos accesibles online en el sitio vatican.va.Medio de registro: Escrito de sus Visiones particulares.Fuente: Autores Católicos. Revelaciones de Sor Ana Catalina Emmerich.