viernes, 12 de junio de 2026

12 de junio: Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

 


Adoramos el Corazón de Cristo porque es el Corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho Hombre. 

PROMESAS DE JESÚS A QUIENES OFREZCAN LA COMUNIÓN DURANTE NUEVE PRIMEROS VIERNES DE MES 

Una devoción permanente y actual

La Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús el viernes posterior al II domingo de pentecostés. Todo el mes de junio está, de algún modo, dedicado por la piedad cristiana al Corazón de Cristo.

Hay quien podría pensar que la devoción al Sagrado Corazón es algo trasnochado, propio de otras épocas, pero ya superado en el momento actual. Sin embargo, el Papa Juan Pablo II, en la carta entregada al Prepósito General de la Compañía de Jesús, P. Kolvenbach, en la Capilla de San Claudio de la Colombière, el 5 de octubre de 1986, en Paray-le-Monial, animaba a los Jesuitas a impulsar esta devoción:

«Sé con cuánta generosidad la Compañía de Jesús ha acogido esta admirable misión y con cuánto ardor ha buscado cumplirla lo mejor posible en el curso de estos tres últimos siglos: ahora bien, yo deseo, en esta ocasión solemne, exhortar a todos los miembros de la Compañía a que promuevan con mayor celo aún esta devoción que corresponde más que nunca a las esperanzas de nuestro tiempo».

Esta exhortación a promover con mayor celo aún esta devoción que corresponde más que nunca a las esperanzas de nuestro tiempo, se fundamenta, según el pensamiento del Papa, en dos motivos, principalmente:

1) Los elementos esenciales de esta devoción «pertenecen de manera permanente a la espiritualidad propia de la Iglesia a lo largo de toda la historia», pues, desde siempre, la Iglesia ha visto en el Corazón de Cristo, del cual brotó sangre y agua, el símbolo de los sacramentos que constituyen la Iglesia; y, además, los Santos Padres han visto en el Corazón del Verbo encarnado «el comienzo de toda la obra de nuestra salvación, fruto del amor del Divino Redentor del que este Corazón traspasado es un símbolo particularmente expresivo».

2) Tal como afirma el Vaticano II, el mensaje de Cristo, el Verbo encarnado, que nos amó «con corazón de hombre», lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso humano y, fuera de Él, nada puede llenar el corazón del hombre (cf Gaudium et spes, 21). Es decir, junto al Corazón de Cristo, «el corazón del hombre aprende a conocer el sentido de su vida y de su destino».

Se trata, por consiguiente, de una devoción a la vez permanente y actual.

Esta exhortación de Juan Pablo II enlaza con la enseñanza de sus predecesores. Como es sabido, existe un rico magisterio pontificio dedicado a explicar los fundamentos y a promover la devoción al Corazón de Jesús: desde las encíclica “Annum Sacrum” y «Tametsi futura», de León XIII; pasando por «Quas primas» y «Miserentissimus Redemptor», de Pío XI; hasta «Summi Pontificatus» y «Haurietis aquas», del Papa Pío XII. Igualmente, Pablo VI dirigió en 1965 una Carta Apostólica a los Obispos del orbe católico, «Investigabiles divitias». En ella animaba a:

«actuar de forma que el culto al Sagrado Corazón, que – lo decimos con dolor – se ha debilitado en algunos, florezca cada día más y sea considerado y reconocido por todos como una forma noble y digna de esa verdadera piedad hacia Cristo, que en nuestro tiempo, por obra del Concilio Vaticano II especialmente, se viene insistentemente pidiendo…»

Al honrar el corazón de Jesús, la Iglesia venera y adora, en palabras de Pío XII, «el símbolo y casi la expresión de la caridad divina» . Poco después del Gran Jubileo de los 2000 años del nacimiento de Jesucristo, meditar sobre la devoción al Corazón de Jesús es un medio propicio para secundar la iniciativa del Papa que nos invitaba a contemplar el acontecimiento de la Encarnación del Hijo de Dios, misterio de salvación para todo el género humano.

El fundamento del culto al Corazón de Jesús: la Encarnación

El fundamento del culto al Corazón de Jesús lo encontramos precisamente en el misterio de la Encarnación del Verbo, quien, siendo «consustancial al Padre», «por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre».

Adoramos el Corazón de Cristo porque es el corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho hombre, de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que, sin dejar de ser Dios, asumió una naturaleza humana para realizar nuestra salvación. El Corazón de Jesús es un corazón humano que simboliza el amor divino. La humanidad santísima de Nuestro Redentor, unida hipostáticamente a la Persona del Verbo, se convierte así para nosotros en manifestación del amor de Dios. Sólo el amor inefable de Dios explica la locura divina de la Encarnación: «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que el que crea en él no muera, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16). Es el misterio de la condescendencia divina, del anonadamiento de Aquel que «a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 6 ss).

El Corazón de Cristo transparenta el amor del Padre

En la vida de Jesucristo se transparenta el amor del Padre: «Quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14, 9): «Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino…» (“Dei Verbum”, 4).

Toda su existencia terrena remite al misterio de un Dios que es Amor, comunión de Amor, Trinidad de Personas unidas por el recíproco amor, que nos invita a entrar en la intimidad de su vida.

La ternura de Jesús

El Evangelio deja constancia de la ternura de Jesús. Él es «manso y humilde de corazón». Es compasivo con las necesidades de los hombres, sensible a sus sufrimientos. Su amor privilegia a los enfermos, a los pobres, a los que padecen necesidad, pues «no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos».

La parábola del hijo pródigo resume muy bien su enseñanza acerca de la misericordia de Dios. El Señor, con su actitud de acogida con respecto a los pecadores, da testimonio del Padre, que es «rico en misericordia» y está dispuesto a perdonar siempre al hijo que sabe reconocerse culpable. «Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, ha podido revelarnos el abismo de su misericordia de una manera a la vez tan sencilla y tan bella» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1439).

La parábola del hijo pródigo es, a la vez, una profunda enseñanza acerca de la condición humana. El hombre corre el riesgo de olvidarse del amor de Dios y de optar por una libertad ilusoria. Por el pecado se aleja de la casa del Padre, donde era querido y apreciado, para ir a vivir entre extraños. El mal seduce prometiendo una felicidad a corto plazo. El hombre sigue así un camino que lleva a la esclavitud y a la humillación.

Nuestra época constituye un testimonio claro de este engaño. Vivimos en una cultura que margina positivamente lo religioso, que, dejando a Dios de lado, prefiere rendir culto a los ídolos falsos del poder, del placer egoísta, del dinero fácil.

Es importante – lo recordaba el Papa – ayudar a descubrir en la propia alma la «nostalgia de Dios». En el fondo de todo hombre resuena una llamada del Amor; una llamada que no debe ser desoída. Quizá el ruido externo no permite captarla y por eso es urgente crear espacios que no ahoguen la dimensión espiritual que todo ser humano posee en tanto que creado por Dios y llamado a la comunión de vida con Él.

Nuestras iglesias, nuestras comunidades, pueden ser uno de estos espacios propicios para escuchar la brisa en la que Dios se manifiesta. Al entrar en una iglesia, el hombre de nuestro tiempo debe tener aún la posibilidad de preguntarse sobre el motivo que anima a quienes la frecuentan. La vida de los cristianos debe ser para todos un indicador que apunta hacia Dios, una señal de que por encima de todo está Él.

El misterio de la Cruz

«Con amor eterno nos ha amado Dios; por eso, al ser elevado sobre la tierra, nos ha atraído hacia su corazón, compadeciéndose de nosotros» (Antífona 1 de las I Vísperas del Sagrado Corazón).

La Cruz del Señor es el momento supremo de la manifestación de su inmenso amor al Padre en favor nuestro. El Señor nos «amó hasta el extremo»(Jn 13,1), ya que «nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).

Su Corazón es un corazón traspasado a causa de nuestros pecados y por nuestra salvación. Un corazón que nos ama personalmente a cada uno. Toda la humanidad está incluida en ese corazón infinitamente dilatado. Ya nadie puede sentirse solo o desamparado, pues al ser amado por Cristo es amado por Dios.

No hay fronteras ni límites que contengan el alcance de la redención: Él se ha puesto en nuestro lugar, ha cargado con todo el pecado y la culpa de la humanidad, para expiar con su muerte nuestro alejamiento de Dios. Él es el Cordero Inmaculado que con su entrega obediente repara nuestra desobediencia.

En el sufrimiento y en la muerte, «su humanidad se convierte en el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. De hecho, Él ha aceptado libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: `Nadie me quita la vida, sino que yo la doy voluntariamente´ (Jn 10, 18)» (Catecismo de la Iglesia Católica, 609) .

En la Cruz se expresa la «riqueza insondable que es Cristo». En la Cruz se comprende «lo que trasciende toda filosofía»: el amor cristiano, un amor que, muriendo, da la vida.

Una inagotable abundancia de gracia

En la oración colecta de la Misa del Corazón de Jesús se pide a Dios todopoderoso que, al recordar los beneficios de su amor para con nosotros, nos conceda recibir de la fuente divina del Corazón de su Unigénito «una inagotable abundancia de gracia». Del Corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz brotan el agua y la sangre, dando nacimiento a la Iglesia y a los sacramentos de la Iglesia.

La Iglesia, Esposa de Cristo, es hoy presencia viva en el mundo del amor compasivo de Dios. A imagen de su Señor, la Iglesia debe hacerse obediente hasta la muerte, sirviendo a los hombres para que puedan «acercarse al corazón abierto del Salvador» y «beber con gozo de la fuente de la salvación».

El motor que mueve a la Iglesia no es otro que el amor. Lo expresó bellamente Teresa de Lisieux en sus “Manuscritos autobiográficos”:

«Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, un corazón ardiente de Amor. Comprendí que sólo el Amor impulsa a la acción a los miembros de la Iglesia y que, apagado este Amor, los Apóstoles ya no habrían anunciado el Evangelio, los Mártires ya no habrían vertido su sangre… Comprendí que el Amor abrazaba en sí todas las vocaciones, que el Amor era todo, que se extendía a todos los tiempos y a todos los lugares… en una palabra, que el Amor es eterno» (“Manuscritos autobiográficos”, B 3v).

Los sacramentos

Los sacramentos que edifican la Iglesia son los cauces de gracia a través de los cuales nos llega la vida nueva de la redención.

El agua del bautismo nos purifica y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Dios infunde en nuestra alma las virtudes teologales para que podamos conocerle por la fe, amarle por la caridad, tender hacia Él como meta de nuestra existencia por la esperanza.

Dios es el que nos otorga, por pura gracia, la posibilidad de amarle sobre todas las cosas y de amar a los hermanos por amor a Él. Si somos dóciles y no obstaculizamos la acción del Espíritu Santo, la caridad irá poco a poco informando nuestra vida, animándola con un principio nuevo que unificará nuestra acción, a fin de que nuestro corazón se vaya asimilando progresivamente al de Cristo.

De este modo será un corazón engrandecido en el que todos tendrán cabida, pues nos dolerán las almas y desearemos ardientemente que todos conozcan el amor de Dios.

La Eucaristía nos alimenta con el pan de la inmortalidad. Dentro de poco celebraremos la Solemnidad del Corpus Christi. En este «sacramento admirable» el Señor quiso dejarnos el «memorial de su Pasión». La Eucaristía es una muestra excelsa de los «beneficios del amor de Dios para con nosotros». El Señor quiso dejarnos esta prueba de su amor, quiso quedarse con nosotros, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, para hacernos partícipes de su Pascua.

La Penitencia renueva nuestra alma para que podamos presentarnos ante Dios, cuando Él nos llame, limpios de nuestros pecados. Igualmente, el sacerdocio es un don del Corazón de Jesús.

El envío del Espíritu Santo

Acerquémonos al Corazón de Cristo. Respondamos con amor al Amor. Que nuestra vida sea un homenaje – callado y humilde – de amor y de cumplida reparación. «Quiero gastarme sólo por tu Amor», escribía Santa Teresita del Niño Jesús.

También nosotros le pedimos al Señor la gracia de corresponder – en la medida de nuestras pobres fuerzas – a su infinita compasión para con el mundo. Señor, ¡qué nos gastemos sólo por tu Amor». Qué prendamos en las almas el fuego de tu Amor.

La primera señal del amor del Salvador es la misión del Espíritu Santo a los discípulos, después de la Ascensión del Señor al cielo, recuerda Pío XII (“Haurietis aquas”, 23). El Espíritu Santo es el Amor mutuo personal por el que el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, y es enviado por ambos para infundir en el alma de los discípulos la abundancia de la caridad divina. Esta infusión de la caridad divina brota también del Corazón del Salvador, en el cual «están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2, 3).

Al Espíritu Santo se debe el nacimiento de la Iglesia y su admirable propagación. Este amor divino, don del Corazón de Cristo y de su Espíritu, es el que dio a los apóstoles y a los mártires la fortaleza para predicar la verdad y testimoniarla con su sangre.

A este amor divino, que redunda del Corazón del Verbo encarnado y se difunde por obra del Espíritu Santo en las almas de los creyentes, San Pablo entonó aquel himno que ensalza el triunfo de Cristo y el de los miembros de su Cuerpo: «¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el riesgo?, ¿la persecución?, ¿la espada?… Mas en todas estas cosas triunfamos soberanamente por obra de Aquel que nos amó. Porque estoy seguro de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni lo presente ni lo futuro, ni poderíos, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna será capaz de apartarnos del amor de Dios manifestado en Jesucristo nuestro Señor» (Rm 8, 35.37-39).

El Espíritu Santo nos ayudará a conocer íntimamente al Señor y a descubrir, junto al Corazón de Cristo, el sentido verdadero de nuestra vida, a comprender el valor de la vida verdaderamente cristiana, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. «Así – como pedía el Papa Juan Pablo II – sobre las ruinas acumuladas del odio y la violencia, se podrá construir la tan deseada civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo» (Carta al P. Kolvenbach).

Comentarios al autor en (Catecismo de la Iglesia Católica, 609) .

En la Cruz se expresa la Una inagotable abundancia de gracia

En la oración colecta de la Misa del Corazón de Jesús se pide a Dios todopoderoso que, al recordar los beneficios de su amor para con nosotros, nos conceda recibir de la fuente divina del Corazón de su Unigénito «Los sacramentos

Los sacramentos que edifican la Iglesia son los cauces de gracia a través de los cuales nos llega la vida nueva de la redención.

El agua del bautismo nos purifica y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Dios infunde en nuestra alma las virtudes teologales para que podamos conocerle por la fe, amarle por la caridad, tender hacia la esperanza.


Historia 

Los Padres de la Iglesia tomaron la rica Tradición Apostólica sobre el Corazón de Cristo. Comprendían que Cristo tiene un corazón humano, actúa con corazón humano y nos hace capaces de compartir su amor humano y divino. San Agustín (+430), padre de la Iglesia, aparece frecuentemente en la iconografía con el corazón ardiendo de amor por Dios.

Los Padres meditaron sobre la Ultima Cena, evangelio de San Juan, cuando San Juan se reclinó sobre el pecho de Jesús del que recibió sabiduría divina. San Agustín escribe que Juan bebió de los «secretos sublimes de las profundidades mas íntimas del Corazón de Nuestro Señor». Otro Padre, San Paulinus de Nola (+431), escribe que fue así como San Juan recibió sabiduría para escribir la Palabra de Dios.

Los Padres también hacen referencia a las Sagrada Llaga del costado de Jesús, a la Sangre y Agua que brotaron de su corazón, de donde recibimos los sacramentos. San Ambrosio + 397 escribe: «El Agua nos limpia, la Sangre nos redime.» San Juan Crisóstomo (+407) escribe en la misma línea.

Edad Media

En el siglo XII se destaca Guillermo de S. Thierry (+1148) quien enseñaba la importancia de «entrar de lleno en el Corazón de Jesús, en el Santo de los Santos». Su amigo San Bernardo de Claraval (+1153) enseña que el traspaso del costado del Señor revela Su bondad y la caridad de su Corazón por nosotros. San Victor (+1173) decía que no se puede encontrar dulzura ni ternura que compare a la del Corazón de Jesús.

Santa Clara +1253 saludaba al Sagrado Corazón en el Santísimo Sacramento muchas veces al día.
San Buenaventura +1274, franciscano, doctor de la Iglesia, escribió del Corazón de Jesús como “Fuente Viva”. Jesús nos promete, como a la Samaritana, agua viva. Por eso gritó «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba» (Juan 7,37). Todo cristiano debe convertirse en el pregonero Dios y gritar también como Jesús. Que todos se acerquen a beber la sangre y agua del Corazón de Jesús.

¡Que bueno, que dulce es habitar en Tu Corazón, Oh Jesús! ¿Quien hay que no desearía esta perla? Prefiero darlo todo, todos mis pensamientos, y todos los afectos de mi alma por El, echando mi mente entera en el Corazón de mi buen Jesús. -S. Buenaventura

El himno más antiguo al Sagrado Corazón que se conserva es «Summi Regis Cor Aveto». Se cree que es obra de Herman Joseph (+1241), norbertino de Colonia, Alemania.

Los cartujos fueron los primeros monjes devotos al Sagrado Corazón. Ludolf de Sajona (+ 1378), escribió: «El Corazón de Jesús fue herido de amor por nosotros, para que, respondiendo a su amor, podamos entrar por esa herida abierta a Su Corazón y allí ser inflamados con Su amor, tal como el hierro puesto al fuego se hace incandescente.» El cartujo Lansperguis +1539 es el primera persona conocida por recomendar a la gente el tener la imagen del Sagrado Corazón en un lugar visible para venerarla e inspirar al alma.

Muchos santos

Jesús siempre ha estado presente, revelando su amor. Numerosas místicas en diversas épocas tuvieron experiencias del Corazón de Jesús, fuente de amor y modelo para nuestro corazón:

Sta. Angela de Foligno

Lutgarda +1246 con quien intercambió corazones

Matilde +1298

Sta.Gertrudis la Grande +1302 Vidente de Corazón de Jesús. Enseña cuanto Jesús se deleita del corazón de los hombres. El corazón de Jesús renovará la humanidad.

Johannes Tauler OP +1361 Invita a refugiarse en Corazón de Jesús.

Beato Enrique Suso OP +1366, vio un ángel tomando su corazón y uniéndolo con el de Jesús.

Santa Catalina de Siena +1380 Preguntó al Señor: «Dulce Cordero sin mancha, tu estabas muerto cuando Tu costado fue abierto. ¿Para que, entonces, permitiste que Tu Corazón fuese de tal forma herido y abierto a la fuerza? Nuestro Señor le respondió. «Por varias razones, de las que te diré la principal. Mis deseos hacia la raza humana eran infinitos y el tiempo actual de sufrimiento y tortura estaban al terminar. Ya que mi amor es infinito, yo no podía por este sufrimiento manifestarte cuanto te amo. Es por ero Yo quise revelarte el secreto de mi corazón, permitiéndote verlo abierto, para que puedas entender que te amé mucho mas de lo que te podía probar por un sufrimiento que ha terminado»

Santa Juliana de Norwich +1416 -inglesa. Tuvo una visión. Jesús le invitó a contemplar dentro de Su Corazón, donde caben todos los que se salvarán.

Margarita de Cortona

Santa Teresa de Avila +1582, dijo que debíamos hacer la Llaga Sagrada nuestro lugar de refugio.

Sta. Verónica Giuliani +1727 experiencia con los Dos Corazones

Sierva Josefa Menéndez

Sta.Gema Galgani +1903

Después de las divisiones de la Iglesia en el siglo XVI, el jesuita (San Pedro Canisio SJ, +1597) y otros fueron impulsados por el amor al Corazón de Jesús a la renovación de la Iglesia. (San Francisco de Sales +1622, obispo y doctor de la Iglesia atribuía la fundación de la Visitantinas a la «obra de los Corazones de Jesús y María») y (Santa Juana de Chantal +1641 dijo: «Que el Señor nos de la gracia para vivir y morir en el Sagrado Corazón»). Ambos amantes del Corazón de Jesús cofundaron las orden de la Visitación. Una de sus novicias recibiría las apariciones del Sagrado Corazón que impulsará la devoción por el mundo entero.

Pero fue en el siglo XVII cuando la devoción al Corazón de Jesús se llega a propagar de manera sin precedentes. El gran santo y fundador, (Juan Eudes +1680), une la devoción al Corazón de Jesús a la del corazón de María Santísima, dos amores, dos corazones inseparables. Fue el primero que organizó y celebro las fiesta a del Corazón de Jesús y el Corazón de María. Por la misma época 1673, (Santa Margarita María de Alocoque +1690), novicia de la visitación, comienza a recibir las apariciones de Jesús quien le muestra Su Corazón y le comunica mensajes que transformaron su vida. Jesús le ordena a propagar estos mensajes lo cual se ocurre con la ayuda de (San Claudio de la Colombiere SJ +1682), quien providencialmente llega a ser su director espiritual.

Desde el pequeño convento en Paray Le Monial, Jesús dispuso que el amor de su corazón se propagase hasta los confines de la tierra. A través de San Claudio, los jesuitas (Jesuitas y el Corazón de Jesús) fueron llamados por Dios para colaborar con las visitantinas en la propagación de la devoción al Corazón de Jesús y la formación de apóstoles. Se divulgaron por todas partes libros e imágenes y las asociaciones del Sagrado Corazón llegaron a ser muchos miles. También muchas congregaciones religiosas desde ese tiempo adoptaron la devoción.

El Corazón de Jesús nos vincula con la Eucaristía, la Iglesia y la Virgen María

Eucaristía La devoción al Sagrado Corazón está vinculada con el amor a la Eucaristía. La Eucaristía ES la Presencia Real de Jesús, es su Corazón vivo que se nos da. San Pedro Canisio, uno de los primeros jesuitas devotos al Corazón de Jesús y doctor de la Iglesia, se sintió impulsado a buscar a Cristo en el Santísimo Sacramento y a agradecerle a Cristo presente por la gracia que había recibido de Su Sagrado Corazón.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. La devoción al Corazón nos mueve a desear ser Iglesia con todo el corazón y a propagarla por el mundo entero. Es así que el devoto al Corazón de Jesús busca propagar Su Reino.

Virgen María. Nadie como ella ama el Corazón de Su Hijo. Como nos expone S. Juan Eudes, los dos Corazones inseparables. Nosotros somos llamados a unirnos a ellos en un solo pensar y sentir.

La devoción al Sagrado Corazón, por ser fundamentada en el amor, se expande para abarcar a todos. También han habido hermanos separados que profesan devoción al Corazón de Jesús. Juan Wesley, fundador de los Metodistas, en 1819 re-imprimió un libro sobre el Sagrado Corazón. Wesley también profesaba amor a la Virgen María.

El Apostolado de la Oración (APOR), fue fundado en Vals, cerca de Le Puy, en Francia, el 3 diciembre 1844, por el P. Francisco Javier Gautrelet, SJ para los estudiantes jesuitas. El P. Ramiere +1883 llamó al apostolado Liga Santa de corazones unidos al Corazón de Jesús. En 1861 nació, en Francia, la primera publicación en grande para promover la devoción al Corazón de Jesús: El Mensajero. Pronto publicaciones similares surgieron por todo el mundo. Juan Pablo ll, ha dicho que el APOR «se ha distinguido por su empeño en difundir la devoción y la espiritualidad del Corazón del Redentor».

En 1917, Fátima, el ángel y la Virgen enseñaron a los niños a rezar y responder a los designios de los designios de los Corazones de Jesús y María. El ángel les dijo:

Orad así. «Los Corazones de Jesús y María están atentos a la voz de vuestras suplicas»

Los niños lograron propagar la devoción a los dos corazones ya comenzada por S. Juan Eudes en el siglo XVII. A partir de Fátima, la devoción a los corazones de Jesús y María se prendió como fuego.

El siglo XX, en medio de tantos combates espirituales, fue privilegiado con las apariciones de Jesús a la novicia polaca Santa Faustina +1938. Le reveló Su Corazón radiando rayos rojos y blancos. Le dictó también un diario donde El se da a conocer como La Divina Misericordia. Expresó que el desea derramar la misericordia de Su Corazón sobre toda la humanidad. La oposición fue fuerte. Pero con el asenso del cardenal polaco de su diócesis a la sede de Pedro las cosas cambiaron. Juan Pablo II canonizó a Santa Faustina. Fue la primera canonización del año jubilar 2000. La devoción a la divina misericordia ha tenido una difusión verdaderamente milagrosa. Soy testigo de que la imagen de Jesús de la misericordia se encuentra con frecuencia en los lugares mas remotos. Después de la muerte de Santa Faustina se han cumplido muchas de las promesas.

Oposición

Nunca faltó la oposición a la devoción al corazón de Jesús y a sus adeptos. En el siglo XVII, mientras Dios actuaba por medio de sus santos (ver arriba), el enemigo fomentaba odio, desprecio y burla contra la devoción al Corazón de Jesús. Los jansenistas fueron grandes enemigos de la devoción. También fue un gran golpe la supresión, en 1773, de la Compañía de Jesús. Desde España a Austria, todo lo relacionado al Sagrado Corazón: asociaciones, imágenes, libros, etc, fue perseguido. Los amantes de Sagrado Corazón eran perseguidos aun dentro de la Iglesia. En los seminarios se llegó a decir: «la fiesta del Sagrado Corazón ha echado una grave mancha sobre la religión.».

Siendo así las cosas, Francia fue castigada con la Revolución. Mas tarde sufrió el castigo toda Europa. Los que no quisieron aceptar de Francia el don de Dios recibieron de ella el flagelo de las guerras napoleónicas. Tal como ocurría ya al pueblo de Israel, los castigos fueron de purificación y después de ellos la devoción se propagó.

Numerosas revoluciones comunistas también se han ensañado diabólicamente contra el Corazón de Jesús. En Cuba, por ejemplo, muchas estatuas del Corazón de Jesús fueron destruidas y las imágenes fueron remplazadas por las del guerrillero ateo Che Guevara, con los ojos elevados en pose mística. Es por eso la importancia de la visita del Papa a Cuba en la que se desplegó una enorme imagen del Sagrado Corazón.

La oposición y las consecuentes persecuciones continuarán en el futuro. Pero contamos con la promesa alentadora de Jesús a Sta. Margarita: «Mi Corazón reinará a pesar de mis enemigos».

Proclamas de los Papas

-1856, Pío IX extendió la fiesta del Sagrado Corazón a toda la Iglesia.

-1899 León XIII consagró el Género Humano al Sagrado Corazón de Jesús –Annum Sacrum

-1956, Pio XII Sobre el culto al Sagrado Corazón –Haurietis Aquas,

-1928 Pio XI . Encíclica sobre la reparación que todos debemos al Sagrado Corazón –Miserentissimus Redemtpor.

-1999, Juan Pablo II -En el Centenario de la consagración

Muchos países también han sido consagrados al Corazón de Jesús. Ecuador fue uno de los primeros. España, inspirada por la promesa hecha por Jesús al P. Bernardo de Hoyos, SJ, se consagró el 30 de mayo de 1919 en el Cerro de los Ángeles.

Fuentes: corazondejesus.es

Corazones.org

miércoles, 10 de junio de 2026

San Agustín: el Don de la Perseverancia - Capítulos VI y VII

 

DEL DON DE LA PERSEVERANCIA

Traductor: Toribio de Castro, OSA


CAPÍTULO VI

10. Pero los hermanos a cuento de los cuales me escribís, dicen que "no se debe afirmar de la perseverancia que no se pueda obtener por nuestros ruegos o perder por nuestra mala y contumaz voluntad". ¡Qué poco se fijan en lo que dicen! Tratamos de aquella perseverancia con la que se persevera hasta el fin; pero si no se perseveró hasta el fin, es que no se concedió, de lo que ya hemos tratado ampliamente. No hay que decir que a alguno se le ha dado la perseverancia hasta el fin mientras no llegue ese fin y cuando se vea que ese tal persevera hasta el fin. Sin duda, llamamos casto al que conocemos ahora como tal, prescindiendo de si continuará o no continuará siéndolo; y lo mismo si ha recibido de Dios otra virtud cualquiera, que uno puede conservar o perder, decimos que las tiene mientras las tiene; pero si las pierde, decimos que las tuvo; mas la perseverancia hasta el fin, como no la tiene nadie si no persevera hasta el fin, pueden tenerla muchos, pero no puede perderla ninguno. Y no hay que temer que en quien persevera hasta el fin nazca una mala voluntad de no perseverar hasta el fin. Consecuentemente, podemos alcanzar con nuestras súplicas este don de Dios; pero cuando nos ha sido dado, no se puede perder, ya que perseverando hasta el fin, ni éste ni los demás dones de Dios pueden perderse, porque, en efecto, ¿cómo se podría perder lo que hace que no pueda perderse lo perdible?

11. Se dirá quizá que, ciertamente, no se puede perder la perseverancia final cuando se ha recibido, es decir, cuando se ha perseverado hasta el fin; pero que, en cierto modo, se pierde cuando el hombre con contumacia hace que no pueda llegar a ella, como decimos que el hombre que no persevera hasta el fin pierde el reino de Dios o gloria eterna; no que ya la poseyera, sino que la poseería si hubiese perseverado. Dejémonos de cuestiones de palabras. Concedo que muchas cosas que no tenemos, pero que esperamos tener, podemos perderlas; más ¿quién se atreve a decirme que Dios no puede conceder lo que nos manda que le pidamos? Pensar así no sólo es irracional, pero también insensato; no es de quien solamente chochea, sino que está rematadamente loco. Mandó Dios que sus santos, orando, le digan: No nos dejes caer en la tentación15, y en consecuencia, quien pidiendo esto es oído, no se le deja caer en esa tentación de contumacia, con la que perdería o se haría digno de perder la perseverancia en la santidad.

12. Se me replicará: "Es por propia voluntad por lo que el hombre se aparta de Dios, y así merece que Dios le abandone". ¿Y quién va a negar esto? Mas precisamente pedimos que no nos deje caer en la tentación para que eso no suceda, y si somos oídos, ciertamente no sucede, porque Dios no permite que suceda, ya que nada se hace sino lo que El hace o permite que se haga. Suficientemente poderoso es Dios para doblegar las voluntades del mal al bien y a las inclinadas al mal convertirlas y dirigirlas por caminos de su agrado, por lo que no en balde se dice: ¡Oh Dios!, tú que conviertes, vivifícanos16; tampoco se le dice inútilmente: No permitas que vacile17; ni aquello de No me entregues a mi pecador deseo18, y, finalmente, para no cansarnos, porque otras muchas citas se os ocurrirán a vosotros, no en balde se le dice: No nos dejes caer en la tentación. Pues a quien no se le deja caer en la tentación, ciertamente no se le deja caer en la tentación de su mala voluntad, y si no se le deja caer en ésta, en ninguna se le deja caer. Según está escrito: Cada uno es tentado19, atraído y halagado por la propia concupiscencia20; mas Dios a nadie tienta con tentación al mal; porque hay tentaciones útiles, que, lejos de seducirnos, sirven para probarnos, según aquello: ¡Oh Dios mío!, pruébame y tiéntame21. En cuanto a las tentaciones dañinas, de las que dice el Apóstol: No sea que os tiente el tentador y sea nuestro trabajo inútil22, Dios, como dije, no tienta a nadie con ellas, es decir, a nadie induce a esa tentación. Pues el ser tentado y no caer en la tentación no es malo; por el contrario, es un bien; esto es ser probado. Por ende, cuando decimos a Dios: No nos induzcas en tentación, ¿qué otra cosa pedimos sino que nonos deje caer en ella? Por esto hay quien dice y en muchos códices está escrito, como lo pone el beatísimo Cipriano: No permitas que caigamos en tentación; sin embargo, en el evangelio griego siempre vi no nos induzcas en tentación. Es mucho más seguro el atribuirlo todo a Dios que dar una parte a El y otra para nosotros, y así lo afirma San Cipriano al exponer esta parte de la oración dominical: "Cuando rogamos a Dios que no vengamos a dar en tentación, se nos hace ver nuestra debilidad e impotencia, para que nadie se ensalce ni se adjudique algo con soberbia y arrogancia; y si ha tenido la gloria de confesar a Cristo y aun de padecer por El, no crea que le pertenece, porque el mismo Señor, dándonos lecciones de humildad, dijo: Vigilad y orad para que no entréis (caigáis) en la tentación; el espíritu, en verdad, está pronto, pero la carne es flaca (débil)23, a fin de que, precediendo la humilde y obediente confesión de nuestra debilidad y atribuyéndolo todo a Dios, se nos conceda por su infinita piedad lo que con instantes y humildes ruegos y con santo temor pedimos".

CAPÍTULO VII

13. Consecuencia de todo lo dicho es que, aunque no tuviéramos otras autoridades y documentos probativos, bastaríanos esta oración dominical en pro de la causa de la gracia, porque no nos ha dejado nada de qué gloriarnos como de cosa nuestra, cuando afirma que es Dios sólo el que puede hacernos la gracia de que no le abandonemos y que a El se lo pidamos. Esto de ninguna manera depende de las fuerzas del libre albedrío humano en el estado actual después de la caída. Si estaba en la potestad del hombre antes del primer pecado de Adán y cuánta era la prestancia y poder de la libertad del hombre en aquel primitivo estado, se echa de ver en los ángeles buenos, que, cayendo el diablo y todos sus secuaces, permanecieron firmes en la verdad y merecieron llegar a la seguridad perpetua de no caer, de la que con toda certeza sabemos que ahora gozan. Pero después de la caída del hombre, quiso Dios que solo y exclusivamente a su gracia perteneciera el que el hombre vuelva a El y también el que no se aparte de El.

14. Esta gracia púsola en aquel por el que fuimos llamados como por suerte, habiendo sido predestinados según el decreto del que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad24; y, por ende, así como depende de Él, así como obra en nosotros el que nos volvamos y acerquemos a Él, lo mismo realiza el no apartarnos de El. Por lo cual el profeta le dice: Manifiesta tu poder sobre tu elegido y sobre el hijo del hombre que para ti corroboraste, y ya jamás nos apartaremos de ti25. Ciertamente este elegido no es el primer Adán, en quien nos apartamos de Dios, sino el segundo, sobre el que se manifiesta su potencia para que no nos desviemos del Señor; porque Jesucristo es un todo con sus miembros respecto a la Iglesia, que es su cuerpo y su plenitud. Cuando Dios, pues, manifiesta su poder a fin de que no nos apartemos de Él, hasta nosotros llega la influencia de Dios, que no es más que la operación por la que permanecemos unidos a Dios en Jesucristo, ya que en Adán nos habíamos separado de Él. En Cristo fuimos llamados como por suerte, habiendo sido predestinados según el decreto de aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad. De la potencia de Dios, y no de la nuestra, depende el que no nos apartemos de Dios, porque este adherirse al Señor solamente está en manos de quien dijo: Pondré mi temor en su corazón para que no se aparten de mí26.

15. Por esto es por lo que Dios nuestro Señor ha querido que le pidamos que no nos induzca (no nos deje caer), porque si no somos inducidos, expuestos a tentación, de ningún modo nos separaremos du El. No hay que dudar que podía darnos esto sin pedírselo, pero quiso que nuestra misma oración nos revelara a quién debíamos estos beneficios. ¿De quién sino de aquel a quien se nos mandó que se lo pidamos? Por consiguiente, no tiene la Iglesia en esta cuestión que hacer difíciles indagaciones y sí solamente atender a sus oraciones. Ora la Iglesia a fin de que los incrédulos crean, y Dios los convierte a la fe; ora para que los fieles creyentes perseveren, y Dios da la perseverancia final. Dios preconoció (presupo, si se puede decir) desde toda la eternidad que había de suceder esto, y esta presciencia constituye la predestinación de los santos, a los que eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que sean santos e inmaculados en su acatamiento en caridad, predestinándolos a la adopción de hijos para El por Jesucristo según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de gloria de su gracia, con la cual los agració en el amado Hijo suyo; en quien tienen la redención por su sangre, el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia, la cual abundantemente les comunicó con toda sabiduría y sentido, notificándoles el arcano de su voluntad conforme al beneplácito suyo, que se propuso en sí para dispensarle en el cumplimiento de los tiempos, de recapitular (instaurar) en Cristo todas las cosas, las que en los cielos y las que en la tierra, en El. En el cual también fuimos por suerte elegidos, como quienes habíamos sido predestinados según el propósito de aquel que todas las cosas obran conforme a la determinación de su voluntad27. ¿Quién de fe sana y vigilante admitirá cualesquiera clamores humanos contra este tan claro alta voz de la verdad?

Fuente: Augustinus.it

martes, 9 de junio de 2026

San Agustín: el don de la Perseverancia (C. I a V)

 

DEL DON DE LA PERSEVERANCIA

Traductor: Toribio de Castro, OSA

CAPÍTULO I

1. Puesto que en el primer libro (De la predestinación de los santos) hemos indicado algo de la perseverancia al hablar del comienzo de la fe (el initium fidei), vamos a tratar en éste, con mayor diligencia, exactitud y espacio, de dicha perseverancia. Afirmamos en primer lugar paladinamente que la perseverancia, con la que se persevera en el amor de Dios y de Cristo hasta el fin, esto es, hasta que se termina esta vida, en la cual únicamente hay peligro de caer, es un don gratuito de Dios. Por ende, nadie sabe todavía si ha recibido ya tal don mientras vive en esta vida terrena, porque si cae antes de morir, se dice que no perseveró, y se dice con toda verdad; ¿cómo, pues, podía decir que recibió la perseverancia el que no perseveró? Así, si alguno tiene la continencia y cae, haciéndose incontinente, o tiene la justicia, o la paciencia, o la misma fe y las pierde, con toda verdad se dice que las tuvo, pero no las tiene; fue continente, fue justo, fue paciente, fue fiel mientras lo fue; empero, cuando dejó de serlo, ya no es lo que fue. El que no persevera, ¿cómo fue perseverante, si perseverando es como se demuestra que uno persevera, cosa que el tal no hizo? Y no se me venga diciendo que si desde que se hizo fiel o aceptó la fe vivió, v. gr., diez años, y a la mitad de este tiempo apostató, ¿acaso no perseveró cinco años? Yo no trato de la materialidad de las palabras, en virtud de lo cual a eso se llama también perseverancia en ese tiempo; de la que yo, trato, de la perseverancia con la que se persevera en Cristo hasta el fin, de ningún modo puede decirse que la poseyó quien no perseveró hasta el fin. Y mejor se puede decir que la tuvo el hombre que fue fiel un año o menos, si hasta que murió vivió en conformidad con la fe, que el otro que fue fiel durante muchos años, pero poco antes de la muerte apostató de la fe.

CAPÍTULO II

2. Esto bien establecido, veamos si la perseverancia, de la que se dice: El que perseverare hasta el fin, será salvo1, es don gratuito de Dios. Si no lo es, ¿cómo sería verdad lo que dice el Apóstol: A vosotros se ha dado por Cristo no solamente el que creáis en El, pero también el que por El padezcáis?2 De estas dos cosas, una pertenece al principio de la fe (al initium fidei), y la otra, al fin; mas ambas son dádiva gratuita de Dios, porque se dice en el texto citado que las dos han sido dadas; ¿y cuándo más verdaderamente comienza a ser uno cristiano que cuando cree en Cristo? ¿Y; qué fin mejor que sufrir la muerte por El? Respecto a creer en Cristo, alguien ha pretendido que sí es don de Dios el incremento o acrecentamiento de la fe, pero no el initium fidei, lo que con la ayuda del Señor hemos ya ampliamente refutado. Y ¿cómo es posible decir que no se le ha dado la perseverancia hasta él fin al que se le concede sufrir, o mejor, morir por Cristo? San Pedro Apóstol, demostrando que esto es un don de Dios, afirma: Mejor es padecer haciendo bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer obrando mal3. Al decir si tal es la voluntad de Dios, demuestra que es don de Dios el padecer por Cristo, cosa que no se da a todos los santos, y por esto no se ha de decir que no alcanzan el reino de Dios, no entran en su gloria perseverando hasta el fin en Cristo, aquellos que no tienen la gloria de padecer por Cristo, porque Dios no lo quiere. ¿Y quién osará sostener que no se les concede la perseverancia a los que, a causa de una enfermedad corporal o por otro accidente cualquiera, mueren en Cristo?, pues más difícil es perseverar donde el enemigo combate para que no se persevere, y, por ende, se lucha hasta la muerte por perseverar. Aquella perseverancia es más difícil tenerla, ésta es más fácil, pero igualmente fácil le es dar una y otra a aquel para quien nada es difícil. Dios nuestro Señor prometió esta perseverancia, diciendo: Pondré mi temor en su corazón para que no se aparten de mí4. Que es decir: Tal y tanto será el temor mío que yo pondré en su corazón, que se adherirán y unirán a mí con perseverancia.

3. Pero ¿y por qué se ha de pedir a Dios esta perseverancia, si no es El quien la da? ¿Acaso no es una irrisión el pedir a uno algo que se sabe que ni lo da ni puede darlo y que, sin darlo él, podemos tomarlo cuando nos plazca? ¿No es más bien un insulto que acción de gracias el dárselas a Dios por lo que ni nos dio ni nos hizo? Empero, lo que allí dije, dígolo aquí: No os engañéis, dice el Apóstol; de Dios nadie se ríe5. ¡Oh hombre! Dios es testigo no sólo de tus palabras, pero también de tus pensamientos. Si con sinceridad y con fe pides algo a tan gran Señor, cree que lo que recibes, lo recibes de aquel a quien lo pides; no quieras honrarlo de pico y anteponerte a El en tu corazón creyendo que es cosa tuya propia aquello mismo que finges pedir. O ¿es que no le pedimos a El esta perseverancia de que venimos tratando? Al que esto diga, ya no tengo que refutarlo con mis razones, sino abrumarlo con los testimonios y afirmaciones de los santos. ¿Hay, acaso, alguno de éstos que no pida continuamente a Dios la perseverancia, cuando al recitar la oración dominical no se hace otra cosa que pedir dicha dádiva divina?

4. Leed atenta y reposadamente la exposición de la misma en el libro que el bienaventurado Cipriano mártir compuso sobre esta materia, y cuyo título es De dominica oratione, y veréis cuántos años antes y cuál antídoto preparó contra este futuro veneno pelagiano. Tres cosas principalmente son, como sabéis, las que la santa Iglesia católica defiende contra ellos, a saber: que, la gracia de Dios no se da según nuestros méritos, puesto que todos, absolutamente todos los méritos de los santos son dones de Dios y se confieren por pura gracia del mismo; que nadie vive en este cuerpo corruptible, por muy justo que sea, sin algunos pecadillos, 'y que todo hombre nace sujeto al pecado del primer Adán y digno de condenación, a no ser que el reato que se contrae por la generación quede perdonado por la regeneración bautismal. En el libro citado del glorioso mártir se trata de las dos primeras con tanta perspicuidad, que dichos herejes, enemigos nuevos de la gracia de Cristo, fueron desbaratados y confundidos mucho antes de nacer. Demostrando que los méritos de los santos, lo mismo que la perseverancia, son dones gratuitos de Dios, afirma: Decimos Santificado sea tu nombre6 no porque deseemos a Dios que su nombre sea santificado por nuestras oraciones, sino que le pedimos que sea santificado en nosotros, porque la fuente de toda santidad, ¿por quién va a ser santificada? Pero, puesto que El dijo: Sed santos, porque yo soy el santo7, pedimos y rogamos que los que fuimos santificados en el bautismo perseveremos en aquello que comenzamos a ser. Y un poco más adelante, tratando del mismo asunto y enseñándonos a pedir al Señor la perseverancia, lo que de ninguna manera diría veraz y sinceramente si tal perseverancia no fuese un don de Dios, afirma: Suplicamos que esta santificación permanezca en nosotros, y puesto que el Señor y Juez nuestro conmina al que sanó y vivificó a que no vuelva a pecar, no sea que le suceda algo peor8, nosotros a la continua, de día y de noche, hacemos esta oración y pedimos que la santificación y vivificación que de su gracia hemos recibido se nos conserve mediante su protección. Por ende, cuando, santificados por el bautismo, decimos: Santificado sea tu nombre, este santo Doctor entiende que le pedimos la perseverancia en la santidad, esto es, que perseveremos en la santidad. Y pedir lo que ya hemos recibido, ¿qué es sino pedir que se nos conceda también el no dejar de poseerlo? Así, pues, cuando el santo suplica al Señor que sea santo, pide ciertamente que persevere siendo santo; y lo mismo el casto, que pide ser casto; el continente, continente; el justo, justo; el piadoso, piadoso, y todo lo demás que contra los pelagianos defendemos que son dones de Dios, no hay duda que piden la perseverancia en esos bienes que bien saben que han recibido. Si lo reciben, ciertamente reciben la misma, perseverancia, que es el gran don de Dios, que conserva todas sus dádivas.

5. Además de esto, ¿qué pedimos a Dios cuando decimos: Venga a nos tu reino?9 Pues que venga a nosotros lo que estamos bien ciertos que ha de venir a todos sus santos. Consecuentemente, los que ya son santos (o fieles) piden la perseverancia en esa santidad que ya se les ha concedido, pues no de otra manera ha de venir a ellos el remo de Dios, que solamente viene a aquellos que perseveran hasta el fin.

CAPÍTULO III

6. La tercera petición es: hágase tu voluntad en el cielo y en la tierra10, o como se lee en muchos códices, y es lo que más comúnmente se dice: así en la tierra como en el cielo, lo que muchos entienden de este modo: como los ángeles, así nosotros también hagamos tu voluntad. El santo Doctor y mártir interpreta por cielo y tierra nuestro espíritu y nuestra carne, de tal manera que, según él, nosotros pedimos que ambos en concordancia cumplan la voluntad de Dios. Vio, además, en estas palabras otro sentido, de todo en todo concordante con la más pura fe, del que ya hemos hablado, a saber: los fieles, que, como ya revestidos del Adán celestial, merecidamente son llamados cielo, ruegan por los infieles, que son aún tierra, puesto que llevan sólo el Adán terreno de la primera natividad. Con esto evidentemente indica y afirma que el initium fidei es don de Dios, pues la santa Iglesia ruega no solamente por los fieles, para que Dios acreciente en ellos la fe o perseveren en ella, sino también por los infieles, a fin de que empiecen a tener esa misma fe que no tenían, y contra la cual tenían predispuestos sus corazones. Mas ahora no tratamos del comienzo o principio de la fe, del initium fidei, del que en el libro anterior yahemos hablado suficientemente, sino de la perseverancia que hay que tener hasta el fin, que es lo que los fieles que hacen la voluntad de Dios piden cuando dicen: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Si ya se ha hecho en ellos la voluntad de Dios, ¿por qué aún piden que se haga, a no ser para perseverar en lo que comenzaron a ser? Bien es verdad que se puede replicar aquí que los santos no piden que se haga la voluntad de Dios en el cielo, sino que se haga así en la tierra como se hace en el cielo; que la tierra imite al cielo, esto es, el hombre al ángel, el infiel al fiel, y,enconsecuencia, los santos piden que se haga lo que aun no se hace, no que persevere lo que es, pues sea todo lo santo que fie quiera un hombre, todavía no es igual a los ángeles de Dios y, por consiguiente, no se hace en ellos la voluntad de Dios como en el cielo. De aquí que en aquella parte en que deseamos que los hombres de infieles se hagan fieles, no pedimos la perseverancia, sino el initium fidei; mas cuando nos referimos a que los hombres se igualen a los ángeles en hacer la voluntad de Dios, cuando los santos ruegan con esta intención, bien a la clara se ve que lo que piden es la perseverancia, ya que nadie llega a aquella felicidad suma del reino celestial si no persevera hasta el fin en la santidad que adquirió en la tierra.

CAPÍTULO IV

7. La cuarta petición es: El pan nuestro de cada día dánosle hoy11. El bienaventurado Cipriano nos hace ver que también aquí lo que se pide es la perseverancia, pues entre otras cosas dice: "Pedimos que se nos dé cada día este pan, no sea que los que estamos en Cristo, los que somos fieles a Cristo y recibimos todos los días la Eucaristía como alimento espiritual de nuestra vida, seamos separados del cuerpo de Cristo si, a causa de algún grave delito, nos vemos precisados a abstenernos de comulgar este pan celestial". Claramente indican estas palabras del glorioso mártir que los santos piden a Dios la perseverancia cuando con esta intención pronuncian las palabras El pan nuestro de cada día dánosle hoy, para que no sean separados del cuerpo místico de Cristo, sino que permanezcan en esta santidad, mediante la cual no cometan pecado alguno que les hiciera merecedores de tal separación.

CAPÍTULO V

8. En quinto lugar decimos: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores12. En esta petición es en la única en que no pedimos la perseverancia, pues los pecados que pedimos nos sean perdonados ya son pretéritos, ya pasaron, y la perseverancia que nos hace salvos para siempre es necesaria en esta vida, no en el tiempo pasado, sino para el que nos queda hasta el fin de nuestra existencia terrena. Aquí es muy digno de tenerse en cuenta cómo, exponiendo esta petición, «e1 bienaventurado San Cipriano asaeteaba con el dardo de la invicta verdad a los herejes que habían de existir mucho tiempo después, a estos pelagianos, que se atreven a decir que el justo ya no hace ningún pecado en esta vida y que en tales hombres se verifica que la Iglesia, ya en este tiempo presente, no tiene mancha ni arruga alguna13, la cual es la única verdadera esposa de Cristo, como si no fuese verdadera esposa de El esta Iglesia que por toda la tierra dice y canta lo que de El aprendió, a saber: Perdónanos nuestras deudas. Pero notad cómo el gloriosísimo mártir descuaja y desmenuza a estos herejes en el citado libro: "¡Cuan necesariamente, cuan providente y saludablemente se nos advierte que somos pecadores cuando se nos manda rogar por nuestros pecados para que, al pedir perdón a Dios, el alma escudriñe su conciencia! A fin de que nadie se pavonee de inocente y, ensoberbeciéndose, caiga más profundo, se le enseña que peca cada día, cuando se le manda que todos los días pida perdón. Finalmente el apóstol San Juan, en su primera Epístola, dice: Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.

9. Por ende, cuando los santos o fieles dicen: No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de mal14, ¿qué otra cosa piden sino que perseveren en la santidad? Por tanto, concediéndoseles este don de Dios (y que es don de Dios, bien salta a la vista, cuando es a El a quien se le pide), pues concediéndoseles el que no caigan en la tentación, todos los santos consiguen la perseverancia hasta el finen la santidad, ya que para no perseverar en el camino de la santidad cristiana es necesario que primero se caiga en la tentación. Luego si se le concede que no caiga en la tentación, ciertamente por don de Dios persiste en la santidad que del mismo recibió.

Fuente: Augustinus.it

domingo, 7 de junio de 2026

7 de junio: Solemnidad de Corpus Christi

 

 




Eucaristía

Solemnidad de Corpus Christi

Corpus Christi: "Cuerpo de Cristo", en latín. 


Esta fiesta conmemora la institución de la Santa Eucaristía el Jueves Santo con el fin de tributarle a la Eucaristía un culto público y solemne de adoración, amor y gratitud. Por eso se celebraba en la Iglesia Latina el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

La Solemnidad de Corpus Christi se remonta al siglo XIII. Dos eventos extraordinarios contribuyeron a la institución de la fiesta: Las visiones de Santa Juliana de Mont Cornillon y El milagro Eucarístico de Bolsena/Orvieto.

Urbano IV, amante de la Eucaristía, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por Protestantes.

La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306. El Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia.

Procesiones. Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes en a partir del siglo XIV.

El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Juan Pablo II ha exhortado a que se renueve la costumbre de honrar a Jesús en este día llevándolo en solemnes procesiones.

En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.


Santa Juliana de Mont Cornillon y la fiesta de Corpus Christi.
La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Por diferentes intrigas tuvo que irse del convento. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Juliana, desde joven, tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre añoraba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haberse intensificado por una visión que ella tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad. Ella comunicó esta visión a Roberto de Thorete, el entonces obispos de Liège, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos; a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y finalmente al Papa Urbano IV.

El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; también el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan debía escribir el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.

El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez con los cánones de San Martín en Liège. Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero.


El santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Solemnidad.

¡Oh banquete precioso y admirable!

De las obras de santo Tomás de Aquino, presbítero.
Opúsculo 57, en la fiesta del Cuerpo de Cristo, lect. 1-4

El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipe de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que hecho hombre, divinizase a los hombres.

Además, entregó por nuestra salvación todo cuan tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.

Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fie­les, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida.

¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saluda­ble y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?

No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las vir­tudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.

Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.

Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en el cual gustamos la suavidad espiri­tual en su misma fuente y celebramos la memoria del in­menso y sublime amor que Cristo mostró en su pasión.

Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando, después de celebrar la Pascua con sus discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.


 "Corpus Christi: “Toda rodilla se doble…"

Monseñor José Ignacio Munilla, Obispo de Palencia

 En la homilía que Benedicto XVI pronunciaba en el Corpus del año pasado, realizaba una hermosa catequesis sobre el significado de esta postura corporal en la oración y en la liturgia: "Arrodillarse en adoración ante el Señor (...) es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento".

En su obra "El espíritu de la liturgia", el entonces Cardenal Ratzinger daba respuesta a la objeción que juzga que la cultura moderna es refractaria al gesto de "arrodillarse". Con clarividencia y profunda convicción afirmaba que "quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse. Una fe o una liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central".

El hecho de que en nuestros días se esté extendiendo la costumbre de permanecer de pie en el momento de la consagración en la Santa Misa, o de que se suprima alegremente la genuflexión al pasar ante el sagrario, no parece que sea algo casual o insignificante. La "herejía" más extendida en nuestro tiempo -la secularización- no se caracteriza tanto por negar verdades concretas del Credo, cuanto por debilitar la firmeza de nuestra adhesión a la fe. Da la impresión de que lo políticamente correcto fuese creer a "cierta distancia", sin entregar plenamente nuestro corazón. En el fondo, estamos ante el olvido de aquellas palabras de Jesús: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero" (Mt 22, 37-38).

No podemos olvidar que la adoración es el mejor antídoto frente al relativismo y que, por lo demás, es indudable que la genuflexión está estrechamente ligada al acto de adoración: Es el reconocimiento que la creatura hace del Creador, es la manifestación humilde de nuestra sumisión ante un Dios todopoderoso que, paradójicamente, también "se ha arrodillado" ante nosotros en la encarnación, en su muerte redentora, y en su decisión de permanecer entre nosotros en la Sagrada Eucaristía.

Mención aparte merecen tantas personas que bien quisieran poder expresar de rodillas su adoración a Cristo, y que por limitaciones físicas se han de contentar con hacerlo con una inclinación u otros gestos de fervor y cariño. ¡Cuántas lecciones nos dan con su valiente perseverancia, sin rendirse a sus "achaques"!


Comulgar "a Cristo" y comulgar "con Cristo"

"El segundo mandamiento es semejante a éste: 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas" (Mt 22, 39-40). En efecto, el acto de adoración a Dios es consecuentemente seguido del ejercicio de la caridad con todos los necesitados. Éste es el motivo por el que la Iglesia ha unido los dos días "más eucarísticos" del año (Jueves Santo y Corpus Christi), a nuestro compromiso con los pobres, ejercido especialmente a través de Cáritas.

El acto de comulgar no termina con la recepción del sacramento. Recurro de nuevo a otras palabras del Cardenal Ratzinger recogidas en el citado libro: "Comer a Cristo es un proceso espiritual que abarca toda la realidad humana. Comerlo significa adorarle. Comerlo significa dejar que entre en mí, de modo que mi yo sea transformado y se abra al gran 'nosotros', de manera que lleguemos a ser uno solo con Él".

Por lo tanto, comulgar "a Cristo" supone también comulgar "con Cristo", es decir, comulgar con todo lo que Él ama, con sus preocupaciones, alegrías, esperanzas y sufrimientos... de una forma especial, con sus predilectos, los pobres. Ciertamente, estamos ante dos señales determinantes para evaluar la calidad de nuestra participación en la Sagrada Eucaristía: la actitud de adoración y -fruto de ésta- nuestro compromiso con los necesitados.


Fuente: Corazones.org