DEL DON DE LA PERSEVERANCIA
Traductor: Toribio de Castro, OSA
CAPÍTULO VIII
16. Pero se objeta: "¿Por qué la gracia de Dios no se da según los méritos de los hombres?" Respondo: Porque Dios es misericordioso. "¿Y por qué no a todos?" Porque Dios es Juez justo; y por esto justamente, precisamente, da su gracia gratis y por justo juicio de Dios se manifiesta en otros qué es lo que confiere la gracia a aquellos a quienes se la concede. No seamos, por ende, ingratos si, según su beneplácito y para la gloriosa alabanza de su gracia, quiere Dios misericordioso librar de bien merecida perdición a tantos, cuando, aunque no librase a nadie, no por eso sería injusto, ya que por uno fueron condenados todos, no por injusta, sino por justa y equitativa sentencia. Consecuentemente, el indultado ame la gracia y la agradezca; y el que no es indultado, reconozca su deuda y que merecidamente sufre la condena. Si la bondad se manifiesta perdonando la deuda, la equidad resplandece al exigirla; pero nunca puede verse injusticia alguna en Dios nuestro Señor.
17. Pero se dice: "¿Por qué no solamente en los párvulos, sino mismamente en dos gemelos, una misma causa se resuelve con tan distinta sentencia?" Esta pregunta viene a ser lo mismo que esta otra: "¿Por qué en causas diversas la misma sentencia?" Recordemos la parábola de aquellos obreros viñadores que trabajaron durante todo el día y los que lo hicieron sólo durante una hora28; el trabajo prestado era bien diferente, el salario, sin embargo, fue exactamente el mismo; ¿y acaso los refunfuñantes y murmuradores oyeron del padre de familia otra cosa que "Yo lo quiero así?, ¿y qué?; si a mí me da la gana hacer esto, ¿a vosotros qué?" Fue el padre de familias de tal manera liberal para con unos, que no quebrantó en lo más mínimo la justicia para con los otros. Demás de esto, es de notar que allí se trataba de recompensas acordadas por el Señor, pero en lo tocante a justicia y gracia, puede decírsele al reo que no se le indulta del reo indultado: Toma lo que es tuyo y vete; a este otro quiero darle lo que no se le debe; ¿acaso no me es permitido hacer lo que quiera, o ha de ser tu ojo malo porque yo soy bueno?29 Si éste replicase: "¿Y por qué no a mí?", merecidamente oiría: ¡O homo!, tu quies es qui respondeas Deo?30 (¡Hombre!, ¿quién eres tú para controvertir con Dios?) Reconoce en lo que hace con el primero su munífica liberalidad; en lo que hace contigo, a un justísimo ejecutor; injusto para con nadie, pues si aun castigando a los dos sería justo, el perdonado tiene por qué darle gracias infinitas, y el castigado, nada tiene que reprocharle.
18. Se insiste en la objeción y dicen: "Pero; si convenía que Dios, para manifestar lo que se debía hacer con todos los hombres, condenara a algunos a fin de que así apareciese más graciosa su gracia en los vasos de misericordia, ¿por qué en la misma causa me ha de condenar a mí antes que al otro, o al otro lo ha de indultar mejor que a mí?" ¿Me preguntas el porqué? A esto no respondo, pues confieso que no encuentro qué responder, y si aun insiste que por qué, en este caso concreto te digo que así como es justa su ira, como es grande su misericordia, tan inescrutables son sus juicios.
19. Supongamos que aun insiste: "¿Y por qué a algunos servidores suyos de buena fe no les concede el perseverar hasta el fin?" ¿Por qué crees tú que es sino porque no miente el que dijo: De entre nosotros salieron, pero no eran de nosotros; porque si de nosotros fueran, hubieran permanecido con nosotros?31 ¿Pero acaso hay dos naturalezas de hombres? De ninguna manera. Si existieran dos naturalezas, no habría gracia, puesto que nadie sería gratuitamente liberado si se le daba lo que se le debía. Creen los hombres que todos los que parecen buenos y fieles deben recibir la perseverancia final; pero Dios ha juzgado mejor mezclar con sus santos a algunos que no han de perseverar, a fin de que no se crean seguros aquellos a quienes no les conviene la seguridad en las tentaciones de esta vida. De esta perniciosa soberbia retrae a muchos lo que dice el Apóstol: Por ende, el que piensa estar firme, mire no caiga32. Por su propia voluntad cae el que cae y por voluntad de Dios permanece firme el que permanece firme, pues poderoso es Dios para sostenerlo33; y, por consiguiente, no él a sí mismo, sino Dios, y así, bueno es no engreírse, antes bien vivir con temor34. La caída o estabilidad de cada uno es siempre, debida a algún pensamiento, y el Apóstol dice, según recordaba en el libro anterior: No somos capaces por nosotros mismos para concebir algún pensamiento bueno como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia o capacidad viene de Dios35; y siguiendo al mismo, el bienaventurado Ambrosio se atreve y dice: No están en nuestra mano (no dependen de nosotros) nuestro corazón ni nuestros pensamientos"; lo que todo el que es humilde y sinceramente piadoso tiene por certísimamente verdadero.
20. ¡San Ambrosio, en el libro que escribió titulado De fuga saeculi (De la huida del mundo), desarrolla este pensamiento, y nos enseña que debemos huir de él, no con el cuerpo, pero con el corazón, lo cual afirma que sin el auxilio de Dios no podemos hacerlo. Dice el capítulo 1: "Con frecuencia afirmamos que tenemos que huir del mundo, y ojalá fuese el afecto tan cauto y solícito como fácil es el discurso"; pero, desgraciadamente, los halagos engañosos de los terrenales deseos se introducen furtivamente en nosotros y la ofuscación producida por las vanidades obnubila nuestra mente de tal manera, que estás dándole vueltas en tu magín a aquello mismo que deseas evitar. Es difícil al hombre precaverse contra esto, el evitarlo en absoluto es totalmente imposible; y que es más un buen deseo que verdadera realidad, lo atestigua el profeta diciendo: Inclina mi corazón a tus prescripciones y no a la avaricia36. No están en nuestra mano ni nuestro corazón ni nuestros pensamientos, que de improviso ofuscan nuestro espíritu y lo arrastran a donde no te habías propuesto: a cosas vanas, mundanas, terrenales, voluptuosas, halagadoras; y en el mismo tiempo que intentamos elevar nuestra mente a las cosas del cielo, asaltados por multitud de vanos pensamientos, volvemos a caer, las más de las veces, en cosas de la tierra". Por consiguiente, no está en la mano del hombre el que los hombres tengan poder para ser hechos hijos de Dios37, sino que la reciben de aquel que inspira los buenos pensamientos, por los que alcanzan la fe, que obra por la caridad38; y para adquirir un tan gran bien, conservarlo y progresar perseverantemente hasta el fin no somos capaces por nosotros mismos de concebir ni un buen pensamiento como de nosotros mismos, sino nuestra suficiencia proviene de Dios39, que dispone a su voluntad de nuestros corazones y de nuestros pensamientos.
CAPÍTULO IX
21. ¿Por qué, entre dos niños, igualmente sujetos al pecado original, se tome a éste y se abandone a aquél, y de dos adultos ya grandevos, impíos, se llame a éste de tal modo, que siga al llamante, y al otro, o no se le llame o no se le llame como al primero? Inescrutables son los juicios de Dios. ¿Por qué, entre dos fieles piadosos, a éste se le dé la perseverancia final y al otro no? Más inescrutables todavía son los juicios de Dios. Mas lo que los fieles deben tener como cierto de toda certeza es que aquél es de los predestinados, y el otro, no; porque si fuese de los nuestrosdice uno de los predestinados que había bebido el secreto en el mismo corazón de Jesús, ciertamente hubiese perseverado con nosotros40. ¿Qué significa esto de No eran de los nuestros, porque, si fuesen, hubieran perseverado con nosotros? ¿Qué significa esto, repito? ¿Acaso no fueron ambos creados por Dios? ¿No eran ambos hijos de Adán? ¿No fueron ambos hechos de tierra y no habían recibido de quien dijo: Yo he hecho todo estado41, almas de exactamente la misma naturaleza?; y, finalmente, ¿no fueron igualmente llamados e igualmente siguieron la llamada divina, y ambos justificados, y ambos renovados por el bautismo de la regeneración? A estas preguntas respondería quien no hay duda que sabía muy bien lo que decía: "Todas esas cosas son verdad, y, según ellas, eran de entre los nuestros; sin embargo, según otra cierta diferencia, no eran de los nuestros; porque si fuesen de los nuestros, ambos perseverarían con nosotros". ¿Y cuál es, por fin, esta diferencia? Abramos los santos libros de Dios, no apartemos nuestra mirada; la sagrada Escritura clama, apliquemos nuestro oído: No eran de éstos, porque no habían sido elegidos en Cristo antes de la constitución y creación del mundo; no habían conseguido en El esa suerte; no habían sido predestinados según el propósito del que lo hace todo, pues si fuesen todo eso, serían de éstos y con ellos hubieran perseverado.
22. Sin hablar de lo fácil que es a Dios el traer a su fe las voluntades apartadas y aun las adversas o contrarias de los hombres y el obrar en sus corazones de ellos para que resistan y no cedan ante cualquier adversidad y no se aparten de Él, vencidos por alguna tentación, puesto que, como dice el Apóstol, puede no permitir que sean tentados sobre sus fuerzas42, sin hablar de esta omnipotencia del Señor, ciertamente, sabiendo Dios en su presciencia que habían de caer, podía antes de que esto sucediera sacarlos de esta vida. Naturalmente, ¿no vamos a tener que dilucidar otra vez y evidenciar cuan absurdo es afirmar que los difuntos son juzgados también de los pecados que Dios en su presciencia sabe que habían de cometer si viviesen? Esto es tan contrario y horrendo al sentir cristiano y aun al humano, que hasta el tener que refutarlo causa rubor. ¿Por qué no decir también que la predicación del Evangelio, que tantos trabajos, sudores y dolores cuesta a los santos, ha sido totalmente inútil, ya que los hombres podían ser juzgados aun no oyendo el Evangelio, en conformidad con la contumacia u obediencia que Dios, mediante su presciencia, preconoció (presupo) que habían de ofrecer los hombres que lo oyesen? Si así fuera, no habrían sido condenados los de Tiro y Sidón (aunque serán juzgados con más clemencia que las ciudades no creyentes, en las que Cristo tantos portentos realizó)43, porque si hubieran sido hechos en ellas, hubieran hecho penitencia en cilicio y ceniza, según palabras de la misma Verdad, en las cuales Cristo nuestro Señor nos hace ver la profundidad del misterio de la predestinación.
23. Si se me pregunta que por qué fueron hechos tantos milagros ante aquellos que viéndolos no habían de creer y no ante los que creerían si los viesen, ¿qué responderé? ¿Acaso lo dicho en cierto libro respondiendo a seis preguntas de los paganos, sin perjuicio, naturalmente, de considerar otras razones que los prudentes y eruditos pueden investigar? Sabéis que preguntándoseme por qué Cristo tardó tanto en venir, decía yo en aquel libro: "Jesucristo sabía que en los tiempos y lugares en que no se predicó su Evangelio, los tiempos habían de ser como fueron muchos do los que tuvieron el privilegio de verlo corporalmente, que ni aun resucitando muertos creyeron en El". Además de esto, en el mismo libro, un poco más adelante, contestando a la misma pregunta, digo: "¿Qué de particular tiene que Cristo, sabiendo que el mundo en los primeros tiempos había de estar lleno de gente infiel, no quisiese que su Evangelio fuese predicado a quienes ni a las palabras ni a los portentos habían de creer?" Pero, evidentemente, esto no podemos decirlo de Tiro y Sidón, que, por el contrario, son un ejemplo de los ocultos juicios de Dios en las secretas causas de la predestinación, a la que por entonces no quería referirme. Cosa obvia es acusar de voluntaria infidelidad a los judíos, que no quisieron creer ni ante los grandes milagros hechos a vista de ellos, y el Señor mismo se lo reprocha ásperamente diciendo: ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida!, porque si en Tiro y Sidón se hubiesen hecho los milagros que se han hecho en vosotros, tiempo ha que hubiesen hecho penitencia cubiertas de cilicio y yaciendo sobre ceniza44; pero no podemos decir que los tirios y sidonios no habían de creer a la vista de los milagros y hechos maravillosos si ante ellos se hiciesen, pues Cristo nuestro Señor asegura que hartan penitencia humilde y sincera si en ellas se hubieren realizado todos aquellos portentos. Sin embargo, el día del juicio, Tiro y Sidón serán castigadas, aunque bastante menos que esotras ciudades que, a despecho y pesar de tantos prodigios, se mantuvieron ternes en su incredulidad, porque Cristo continúa y dice: Por tanto, os digo que Tiro y Sidón serán menos rigurosamente castigadas en el día del juicio que vosotras45. En consecuencia, más severamente serán tratados los judíos, más benignamente los tirios y sidonios; pero todos serán castigados. Ahora bien: si Dios ha de juzgar a los hombres después de muertos por los pecados que cometerían si hubiesen vivido más tiempo, luego también, porque éstos habrían sido fieles y buenos si se les hubiera anunciado el Evangelio con tantas señales y prodigios como a los judíos, no serán castigados. No obstante, lo serán; por ende, es falso de toda falsedad que los hombres sean juzgados después de muertos por lo que harían si se les hubiese anunciado el Evangelio. Y si esto es falso, falso también es que los niños que mueren sin el bautismo mueren así en castigo de lo que Dios prevé, esto es, que aunque viviesen y se les predicase el Evangelio, habrían de permanecer en su infidelidad. No resta más que el pecado original, por el que son culpables y merecedores de condenación. Vemos en otros que, teniendo la misma causa, solamente por gracia de Dios totalmente gratuita se les perdona con la regeneración (o bautismo), y por oculto, pero justo juicio de Dios (pues en Dios no hay injusticia)46, a algunos que perecerán viviendo pésimamente después del bautismo se les conserva la vida hasta que perezcan, les cuales no perecerían si se hubiera anticipado la muerte a su caída. En resumen: nadie es juzgado por lo que después de muerto haría de bueno o de malo si no hubiese muerto; de lo contrario, los tirios y sidonios no estarían padeciendo ahora por lo que en realidad hicieran, sino que por lo que habrían hecho, si se les hubiesen anunciado el Evangelio acompañado de señales y prodigios, hubieran conseguido la salvación por su gran penitencia y por su fe en Cristo.
Fuente: Augustinus.it
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