jueves, 2 de julio de 2026

San Agustín: Del Don de la Perseverancia - Capìtulos XIII a XV

 

DEL DON DE LA PERSEVERANCIA

Traductor: Toribio de Castro, OSA


CAPÍTULO XIII

32. Más, puesto que aquí tratamos del don de la perseverancia, ¿por qué Dios presta su ayuda a un no bautizado que va a morir, a fin de que no muera sin el bautismo, y a un bautizado que va a caer en pecado no se le socorre, para que muera antes de caer? A no ser que tengamos que escuchar de nuevo la absurda respuesta de que nada aprovecha el morir antes de caer, porque hemos de ser juzgados en conformidad con aquellos actos que la presciencia divina prevé que haríamos si viviésemos. ¿Quién podrá oír esta perversidad tan contraria a la santa fe? ¿Quién lo aguantará? Y, sin embargo, esto se ven precisados a decir los que no confiesan que la gracia de Dios no se da según nuestros méritos. Los que, por el contrario, la rechazan en vista de su absurdidad y manifiesta falsedad, no les queda otro remedio que condenar lo que la Iglesia condenó en los pelagianos e hizo que el mismo Pelagio condenara, a saber: la gracia de Dios no se nos da en consecuencia de nuestros méritos, pues todos los días están viendo que entre los niños, unos mueren sin ser regenerados por el bautismo y son condenados a muerte eterna, y otros, después de ser regenerados, salen de esta vida para la eterna; que entre los regenerados adultos, unos perseveran hasta el fin, otros continúan viviendo y llegan a caer, los que ciertamente no caerían si hubiesen sido librados de esta vida antes de caer; y, por fin, que algunos que han caído en pecado, se les prolonga la vida hasta que se arrepienten, los cuales en verdad perecerían si hubiesen muerto antes de arrepentirse.

33. Todo esto nos hace ver con toda claridad que la gracia de comenzar el bien (el initium fidei) y la de perseverar hasta el fin no se nos dan a consecuencia de nuestros méritos, sino según la secretísima y al mismo tiempo justísima, sapientísima y misericordiosísima voluntad de Dios, porque a los que predestinó, a ésos llamó71 con la vocación de la que se ha dicho: Los dones y vocación de Dios son inmutables72, y a la cual vocación no se puede afirmar con certeza que pertenezca ningún hombre mientras no salga de este mundo. Mas en esta vida humana, que es continua tentación sobre la tierra73, el que cree estar en pie, vea no caiga74. Por ende, como dijimos en el capítulo 875, por la providentísima voluntad de Dios, los que no han de perseverar están mezclados con los que perseverarán, para que aprendamos a no presumir, sino a acomodarnos a lo que sea más humilde76, y con temor y temblor trabajar en nuestra salvación, pues es Dios el que hace en nosotros el querer y el obrar según su buena voluntad77. Por consiguiente, nosotros queremos, pero es Dios el que obra en nosotros el querer; nosotros obramos, pero es Dios quien hace que obremos según su buena voluntad. Creer y confesar esto nos es necesario; esto es lo piadoso, esto es lo verdadero, para que nuestra confesión sea humilde y sumisa y se reconozca que todo viene de Dios. Pensando creemos, pensando hablamos, pensando hacemos todo lo que hacemos; mas en lo referente a las obras de piedad y al culto verdadero de Dios, no somos capaces por nosotros mismos ni de un buen pensamiento como de nosotros mismos, sino que nuestra capacidad viene de Dios78. "No están en nuestra mano ni nuestro corazón ni nuestros pensamientos", dice San Ambrosio. Y en otro párrafo añade: "¿Quién hay tan feliz que tenga siempre su corazón puesto en Dios? Y esto, ¿quién puede hacerlo sin auxilio de la divina gracia?" Nadie ciertamente, y por esto exclama David: Feliz, Señor, aquel a quien vos auxiliáis; su corazón se eleva hacia vos79. Para decir esto no solamente lo leía en las sagradas Escrituras, pero también, sin género de duda, lo sentía en su corazón. Así, lo que decimos en el prefacio de la santa misa: Que elevemos los corazones a Dios, es un don del Todopoderoso por el que al mismo Señor Dios nuestro debemos dar gracias, según nos amonesta el sacerdote, a lo que responden los fieles: Digno y justo es. No estando nuestro corazón en nuestro poder y siendo la gracia divina la que lo eleva para que guste no las cosas de la tierra, sino las del cielo, donde está Cristo sentado a la diestra del Padre80, ¿a quién hemos de dar las más rendidas gracias sino al Señor nuestro Dios, que, librándonos mediante tal beneficio del piélago de este mundo, nos eligió y nos predestinó antes de la creación y constitución del mismo?

CAPÍTULO XIV

34. Mas algunos dicen: "La doctrina de la predestinación, según se acaba de definir, es perjudicial, hace inútil la predicación". ¡Como si esta doctrina hubiera sido perjudicial a las predicaciones de San Pablo!... ¿Acaso este Doctor de las Gentes en la fe y en la verdad, que tantas veces recuerda la doctrina de la predestinación, dejó de predicar la palabra de Dios? Porque dijo que Dios obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito81, ¿dejó quizá de exhortarnos a querer las cosas que agradan a Dios y a practicarlas? O porque dijo: Quien empezó en vosotros la obra buena, la perfeccionará y completará hasta el día de nuestro Señor Jesucristo82, ¿no aconsejó instantemente a comenzar y perseverar hasta el fin? Nuestro mismo Señor Jesucristo nos mandó que creyésemos diciendo: Creed en Dios y creed en mí83, y por esto no son falsas aquellas palabras: Nadie viene a mí, es decir, nadie cree en mí, si no lo da mi Padre84. Ni porque esta afirmación es verdadera es vano aquel precepto. ¿Por qué, pues, hemos de juzgar la doctrina de la predestinación, que la sagrada Escritura tantas veces nos recuerda, como contraria y perjudicial a la predicación, a los mandatos, a las exhortaciones, a las correcciones, tan frecuentes también en la sagrada Escritura?

35. Naturalmente, nadie se atreverá a decir que Dios no conoció previamente a aquellos a quienes había de darles la gracia de creer o a los que había de entregar a su Hijo para que ninguno se perdiera85; y si lo previo (lo presupo), necesariamente previo los beneficios por los cuales se digna librarnos. Por ende, la predestinación de los santos no es otra cosa que la presciencia de Dios y la preparación de sus beneficios, por los cuales certísimamente se salva todo el que se salva; los qué no, son abandonados por justo juicio de Dios en la masa de perdición, donde quedaron aquellos tirios y sidonios, que hubieran creído si hubiesen visto las maravillosas obras de Cristo Jesús. Pero como no se les dio aquello por lo que hubieran creído, también se les negó el creer. De esto se deduce que algunos reciben de Dios el don natural de la inteligencia, que les llevaría a la fe si oyesen la conveniente palabra de Dios o viesen los milagros a propósito, y, sin embargo, si por más altos juicios de Dios no son separados, por la predestinación de su gracia, de la masa de perdición, ni oirán las palabras divinas ni verán los hechos por los cuales vendrían a la fe si oyesen o viesen tales cosas. En esa misma masa de perdición han quedado los judíos que no pudieron creer ante tan grandes y claras maravillas hechas en su presencia. Y por qué no pudieron creer, nos lo dice el Evangelio: Con haber hecho Jesús tantos milagros delante de ellos, no creían en El, para que se cumpliesen las palabras que dijo el profeta Isaías86: "¡Oh Señor!, ¿quién ha creído a lo que oyó de nosotros?87; y por esto no podían creer, pues ya dijo también Isaías: Cegó sus ojos y endureció su corazón para que con los ojos no vean y no perciban en su corazón por temor de convertirse y de que yo los cure88. No estaba así cegada la vista y endurecido el corazón de los tirios y sidonios, porque hubiesen creído si los milagros que los judíos vieron hubiéranlos visto ellos. Más de nada les valió el que podían creer, porque no estaban predestinados por aquel cuyos juicios son inescrutables e inapelables sus caminos89. Y ni a los judíos perjudicaría el que no pudieran creer si fueran predestinados de tal manera, que Dios iluminase a los ciegos, y a los endurecidos de corazón quisiera quitarles aquel "corazón de piedra". No obstante, lo que el Señor dijo de los de Tiro y Sidón, puede interpretarse de otro modo, a saber: "Nadie viene a Cristo sino aquel a quien se le concede", y se concede a quienes han sido elegidos en El antes de la constitución del mundo; lo que, sin duda, confesará quien no tenga cerrados los oídos del corazón a la palabra divina, que penetra por los oídos de la carne. Esta predestinación, que bien claramente está expuesta en el Evangelio, no impide que el Señor diga por lo que se refiere al comienzo de la fe, o initium fidei: Creed en Dios y creed en mí90; y respecto a la perseverancia: Es necesario orar perseverantemente y no desfallecer, pues oyen estas cosas y las hacen aquellos a quienes se les da; pero no las hacen, óiganlas o no las oigan, los que no reciben ese don; porque, dice, a vosotros se os ha dado el conocer el misterio del reino de los cielos; a ellos no se les ha dado91. De las cuales dos cosas, una pertenece a la misericordia, otra a la justicia de aquel a quien decimos: Yo, Señor, ensalzaré tu misericordia y tu justicia92.

36. La enseñanza del misterio de la predicación no impide el que se predique y se exhorte a perseverar en la fe y a que se hagan continuos progresos en la misma, para que a quienes se ha concedido obedecer oigan lo que les conviene, porque ¿cómo oirán si no hay quien les predique?93 Demás de esto, el predicar y exhortar a ello y a que se persevere hasta el fin no va en contra del misterio de la predestinación, pues así, el que vive y obedece fielmente, no se engreirá de su obediencia como si no fuese un don recibido, sino que quien se gloríe, gloríese en el Señor94. "De nada debemos gloriarnos, cuando nada es nuestro", como fidelísimamente y con toda seguridad enseñó San Cipriano, estableciendo así de manera inconcusa el dogma de la predestinación, pues si "de nada debemos gloriarnos, cuando nada es nuestro", ciertamente que no debemos gloriarnos de nuestra perseverante obediencia, porque no es nuestra, de manera que no lo hayamos recibido. Esta obediencia es un don de Dios, que El previo que había de dar a todo fiel cristiano de los llamados con aquella vocación de la que se dice: Los dones y vocación de Dios son inmutables95. Esta es la predestinación que leal y humildemente predicamos. Y, sin embargo, este santo Doctor y mártir, que creyó en Cristo y perseveró en su santa obediencia hasta la muerte, no por esto cesó de predicar el Evangelio, de exhortar a la fe, a las buenas costumbres y a la perseverancia hasta el fin, aunque había dicho: "De nada debemos gloriarnos, cuando nada es nuestro"; con lo cual sin ambigüedad ninguna declaró y enseñó que era verdadera gracia de Dios, es decir, que no se da según nuestros méritos, y, por ende, también la misma predestinación que Dios previo que había de conceder a sus elegidos. Consecuentemente, si la enseñanza del misterio de la predestinación no impidió a San Cipriano el predicar la obediencia, tampoco a nosotros debe impedírnosla.

37. Así, pues, aunque digamos que la obediencia es un don de Dios, exhortamos a todos los hombres a practicarla; empero, el que lo oigan obedientemente (de manera que obedezcan) es también un don de Dios dado a aquellos que oyen la exhortación de la verdad con obediencia, que no es concedido a los que no lo oyen de esta manera, pues no ha sido un cualquiera, sino el mismo Cristo, quien ha dicho: Nadie viene a mi si mi Padre no se lo concede, y a vosotros se os ha dado el conocer el misterio del reino de los cielos, pero\ a ellos no se les ha dado96; y de la continencia dice: No todos alcanzan esta palabra, sino aquellos a quienes se les ha dado97. Y el Apóstol, exhortando a los esposos a la pudicicia conyugal, dice: Quisiera que todos fueseis como yo mismo; mas cada uno tiene su don de Dios, quién de una manera, quién de otra98. En las cuales palabras bien a la clara enseña que no sólo la continencia es un don de Dios, pero también la castidad de los casados. Siendo todo esto verdadero, exhortamos, no obstante, a estas cosas en cuanto se nos ha dado que podamos exhortar, pues también esto es un don de Dios, en cuyas manos estamos nosotros y todas nuestras palabras99, a lo que dice el Apóstol: Según la gracia que se me ha dado, puse el fundamento cual sabio arquitecto100; y en otro lugar: A cada cual según le dio Dios101: Yo planté, Apolo regó, pero Dios dio el incremento. Por ende, ni el que planta ni el que riega son algo, sino Dios, que da el incremento102. Así, pues, como exhorta y predica justamente el que ha recibido ese don, del mismo modo, oye sumisamente y obedece al que exhorta y predica quien recibió ciertamente éste; y de aquí lo que decía nuestro Señor hablando a los que tenían abiertos los oídos carnales: El que tenga oídos de oír, que oiga103, porque en verdad sabía El que no todos lo tenían. ¿Mas de quién lo tenían todos los que lo tenían sino de aquel que dice: Les daré corazón para conocermey oídospara oír?104 En donde se ve que oídos de oír es el don de obediencia, para que quien los tuviere venga a Él, a quien nadie puede venir si no se le ha dado por su mismo Padre105. En consecuencia, exhortamos y predicamos; pero quien tiene oídos de oír, oye con sumisión, y el que no los tiene, le pasa lo que está escrito: que oyendo, no oyen106, esto es, que oyen con los oídos corporales, pero no prestan asentimiento en su corazón. El porqué unos tienen oídos para oír y otros no, es decir, por qué el Padre da el que unos vengan a su Hijo y otros no; ¿quién conoce los designios de Dios o quién fue su consejero?107 Tú, ¡oh hombre!, ¿quién eres para contender y controvertir con Dios?108 ¿Acaso se ha de negar una cosa clara porque no se puede comprender algo que se nos oculta? ¿Tendremos que decir que no es así lo que vemos que así es porque no descubrimos el porqué de que así sea?

CAPÍTULO XV

38. Mas, según me lo decís en vuestra carta, replican los adversarios: "La corrección y las advertencias serán totalmente ineficaces si públicamente se les predica a los fieles". La sentencia definida, lo establecido por la voluntad de Dios respecto a la predestinación es de tal manera, que algunos de vosotros, recibida la voluntad de obedecer, vinieseis de la infidelidad a la fe, o recibida la perseverancia, permanezcáis hasta el fin en la fe; otros que aún permanecen apegados a sus pecados no salen de ellos todavía, porque todavía no han recibido la ayuda de la misericordiosa gracia de Dios. Sin embargo, si algunos a los que su gracia predestinó para elegidos aun no han sido llamados, recibirán, no obstante, la gracia mediante la cual querréis y seréis elegidos; y si algunos que ahora obedecéis estáis predestinados para ser rechazados, se os quitarán las fuerzas para obedecer, a fin de que ceséis de hacerlo. Estas objeciones no deben asustarnos ni impedirnos confesar y proclamar la verdadera gracia de Dios, a saber, que la gracia se nos concede no según nuestros méritos; ni de reconocer, en conformidad con la misma, la predestinación de los santos, lo mismo que no nos asusta el confesar la presciencia de Dios porque alguno hable al pueblo de esta manera: "Ora al presente viváis bien, ora viváis mal, después seréis tales cuales Dios ha previsto que seréis en lo futuro: ya buenos, si sois buenos; ya malos, si sois malos". ¿Acaso porque algunos al oír esto se entreguen a la molicie y a la pereza y se deslicen por la pendiente de sus libidinosas concupiscencias hemos de tener por falso lo que de la presciencia de Dios decimos? ¿Qué? Si Dios prevé que en lo futuro han de ser buenos, ¿no han de ser buenos aunque ahora sean todo lo malos que quieran? Y si Dios prevé que han de ser malos, ¿no serán malos aunque ahora sean buenos a carta cabal? En nuestro monasterio hubo un religioso que, al corregirle los hermanos porque unas veces hacía lo que no debía y otras no hacía lo que debía, tenía por costumbre de responder: "Sea como sea al presente, seré después tal como Dios ha previsto que seré". Ciertamente decía la verdad; pero nada le aprovechaba para adelantar en el bien, sino que avanzó tanto en el mal, que, abandonado el monasterio, se hizo como perro que vuelve al vómito, y, sin embargo, aun no sabemos qué habrá de ser de él. ¿Acaso por todo esto hemos de callar o de negar lo que con toda certeza se dice de la presciencia divina? Sobre todo cuando, al no predicar esto, se cae en errores mayores.

Fuente: Augustinus.it

martes, 30 de junio de 2026

San Agustín: Del Don de la Perseverancia - Capítulos X al XII

 

DEL DON DE LA PERSEVERANCIA

Traductor: Toribio de Castro, OSA

CAPÍTULO X

24. Cierto autor católico bastante notable ha explicado este pasaje del Evangelio de la siguiente forma: "Precisamente, Dios nuestro Señor había previsto que los tirios y sidonios apostatarían de la fe después de haber hecho en sus ciudades aquellos milagros, y por esto, movido por su misericordia, no los hizo allí, para que no fueran merecedores de mayor pena al apostatar de la fe que no habiéndola tenido nunca". ¿Qué sacaremos de provecho, para la cuestión de que ahora tratamos, de esta opinión de autor tan docto y perspicaz? Pues si por su misericordia no quiso nuestro Señor Jesucristo hacer allí los portentos mediante los cuales se hubieran convertido a la fe, para que así no sufrieran más terrible castigo a causa de la apostasía prevista, claramente se demuestra que nadie es condenado por los pecados previstos, pero no realizados, si precisamente se le ayuda de cualquier manera que sea para que no los cometa, como se dice, si es verdadera la mencionada opinión, que ayudó Cristo a los tirios y sidonios, ya que, antes de que apostataran de la fe según lo previsto, prefirió que nunca la tuvieran. Pero quizá alguno diga: "¿Y por qué no hizo Dios que adquirieran la fe y se les hiciese la gracia de la muerte antes de perderla de nuevo?" Pues... ¡no sé qué hay que responder! Desde luego, quien dice que a los que habían de apostatar y perder la fe se les hizo el gran beneficio de que no la tuviesen nunca, a fin de que no fuesen reos de mayor impiedad, manifiesta bien a la clara que los hombres no son juzgados de los pecados que Dios previo que cometerían si mediante un nuevo beneficio evitó que no los hicieran; como pasó con aquel de quien dice la sagrada Escritura: Fue arrebatado para que la malicia no echara a perder su entendimiento47. Y por qué no se veló así por los tirios y sidonios: que creyesen y fuesen arrebatados para que la malicia no cambiara su entendimiento, quizá podría responder el patrocinador de esta opinión; pero yo, en cuanto atañe a la cuestión de que en este libro tratamos, me doy por satisfecho viendo que, aun en esa sentencia, claramente se demuestra que los hombres ni son juzgados ni condenados por pecados que no hicieron aunque se previera que los habrían hecho. Ciertamente, como ya tengo dicho, me da vergüenza y me repugna tener que refutar tal aserto, no sea que alguien vaya a creer que le damos alguna importancia; pero antes que callarlo, hemos preferido hacerlo tan brevemente.

CAPÍTULO XI

25. Todo depende, por tanto, como dice el Apóstol, no del que quiere ni del corre, sino de Dios, que usa de misericordia48; que así como subviene a los párvulos que Él quiere, aun cuando ellos no quieran ni corran, a aquellos que eligió en Cristo antes de la creación del mundo para darles gratuitamente su gracia, esto es, sin mérito ninguno antecedente ni por su fe ni por sus obras, así también a los adultos, aun a aquellos que previó que habían de creer a sus milagros si los hiciera ante ellos, a los que no quiere subvenir y ayudar, no subviene ni socorre, de los cuales en su predestinación juzgó otra cosa por modo oculto, incomprensible ciertamente, pero justo, pues no cabe injusticia en Dios,49 sino que inapelables son sus juicios e ininvestigables sus caminos50; pero todos los caminos de Dios son misericordia y verdad51. Ininvestigable es su misericordia, por la cual del que quiere se compadece52, sin ningunos méritos antecedentes del mismo; e ininvestigable es su verdad (fidelidad), por la que a quien a El bien le parece endurécele el corazón, precediendo desde luego sus méritos malos, pero que a las veces son iguales a los de aquel de quien tiene misericordia. Así, entre dos gemelos de los cuales uno es elegido y el otro abandonado, los méritos son iguales, pero su suerte totalmente diferente; en lo que como uno es liberado por la gran bondad de Dios, así el otro es condenado, sin ninguna injusticia de parte suya, porque ¿acaso cabe injusticia en Dios? De ningún modo, sino ininvestigables son sus caminos. Reconozcamos, en consecuencia, su misericordia en aquellos que son liberados y su verdad en aquellos que castiga, y no intentemos investigar lo no investigable ni escrutar lo inescrutable, comprender lo incomprensible. De la boca de los niños y de los que maman saca perfecta alabanza53, a fin de que no dudemos ni lo más mínimo de que lo que vemos en los niños, cuya liberación no es precedida por ningún mérito bueno suyo, y en aquellos cuya condenación es precedida por el solo demérito original, común a ambos, también sucede en los mayores, es decir, que no creamos que se da la gracia a alguien conforme a sus méritos ni que se castiga a nadie sino por sus méritos, aunque los liberados y los castigados tengan iguales o desiguales motivos, a fin de que el que piensa estar firme54, mire no caiga y que el que se gloría, gloríese en el Señor55.

26. No veo yo por qué esos hermanos que han motivado vuestra carta no les gusta que se aplique a la cuestión sobre los adultos lo que pasa con los niños. Reconocen y no dudan, contra los pelagianos, la existencia del pecado original, que entró en el mundo por un hombre, en el cual todos pecaron56, lo que no admiten los maniqueos, que no sólo no reconocen autoridad alguna al Antiguo Testamento, pero también el Nuevo lo aceptan con el privilegio, mejor, con el sacrilegio, de admitir lo que quieran y de rechazar lo que no les convenga. Contra estos herejes escribí los libros De libero arbitrio (Sobre la libertad), que son los que me oponen esas personas todas de que me escribís. Entonces no quise resolver ciertas cuestiones incidentales sumamente difíciles para no hacer demasiado prolija aquella obra, en la que, contra tan perversos enemigos de la sagrada Escritura, no podía valerme de testimonios de la misma. Podía contentarme, como entonces lo hice, con proponer varias soluciones, sin decidirme por ninguna, y deducir lógica y apodícticamente, cualquiera que fuese la verdadera, que Dios tiene que ser alabado siempre y en todas las cosas, sin necesidad ninguna de creer, como ellos creen, en los dos principios, del bien y del mal, mezclados y coeternos.

27. En fin, en el primer libro de mis Revisiones (Retractaciones), obra que vosotros aun no habéis leído, cuando llego a la revisión del De libero arbitrio, digo lo siguiente57: "En estos libros se tratan muchas cosas de tal manera, que algunas cuestiones incidentales que yo no podía explicar, o que exigían entonces un muy largo discurso, las diferí para mejor ocasión; mas siempre hice ver que, de cualquier manera que se interpretasen tales cuestiones y que desde cualquier, lado que estuviese la verdad, siempre se demostrase o a lo menos se creyese que Dios ha de ser siempre alabado. Aquella disertación se compuso contra los que niegan que el libre albedrío es el origen del mal, y, por ende, afirman que hay que echar a Dios la culpa, como Creador de todas las naturalezas, queriendo de este modo introducir a la chita callando un principio del mal inmutable y coeterno con Dios, según su impío y blasfemo error". Y en otro pasaje posterior, pongo de manifiesto "la gran miseria justísimamente infligida a los pecadores, de la cual sólo la gracia de Dios libra, pues el hombre, por su libre albedrío, espontáneamente y por sus propias fuerzas puede caer en pecado, pero no levantarse. A esta miseria, a la cual justamente ha sido condenado el hombre, pertenecen la ignorancia y las dificultades de todo género que padece desde el inicio de su vida, y de este mal nadie se libra sino por la gracia de Dios. Los pelagianos, que niegan el pecado original, no quieren reconocer que la susodicha miseria y pena proceden de la justa condenación infligida a la naturaleza humana, aunque la ignorancia y las dificultades para el bien son inherentes al estado de pura naturaleza, y por ello, no hay que acusar a Dios, antes habíamos de alabarlo, como demostré en el mismo libro III, capítulo 20. Allí se trata de refutar la herejía maniquea, que, como hemos dicho, no admite las sagradas Escrituras del Antiguo Testamento donde se narra el pecado original, y con impudicicia detestable afirma que todo lo que en el mismo sentido se lee en los escritos apostólicos ha sido interpolado por los corruptores de la sagrada Escritura y no dicho por los apóstoles. Por el contrario, contra los pelagianos, que admiten los dos Testamentos, hay que defender la verdad establecida en ambos". Hasta aquí lo dicho en el primer libro de mis Revisiones (Retractaciones) al revisar los libros De libero arbitrio. Y no sólo dije esto de tales libros, pero también otras muchas cosas que considero prolijo e innecesario insertar aquí, como vosotros mismos supongo que juzgaréis cuando leáis toda mi obra. Ahora bien: aunque en el libro III De libero arbitrio, al disputar sobre la cuestión de los párvulos, hice ver que, aun supuesto que fuese verdad lo que afirman los pelagianos, a saber, la ignorancia y las dificultades para el bien, sin las que ningún hombre viene a este mundo, no son castigos, sino cosas propias de la naturaleza humana, quedaría refutada la herejía maniquea, que establece dos principios, el del mal y el del bien, iguales y coeternos; o ¿acaso para refutarla hay que abandonar la fe que contra los pelagianos defiende la Iglesia católica, afirmando la existencia del pecado original, el reato del cual, así como se contrae por la generación, ha de ser borrado por la regeneración espiritual? Y si mis comunicantes reconocen con nosotros esta verdad para destruir el error de los pelagianos, ¿por qué ponen en tela de juicio que Dios nuestro Señor, aun a los párvulos, a quienes da su gracia por medio del bautismo, arrebate del poder de las tinieblas y los traslade al reino del Hijo de su amor?58 ¿Por qué no quieren cantar la piedad y justicia del Señor59 al ver que a unos les da su gracia y a otros no se la da? ¿Y por qué a unos sí y a otros no? ¿Quién conoce los designios, las razones de obrar de Dios?60 ¿Quién puede escrutar lo inescrutable, investigar lo ininvestigable?

CAPÍTULO XII

28. Dedúcese, por lo tanto, que la gracia de Dios se da no según los méritos de los que la reciben, sino según su beneplácito61, para alabanza y gloria de su gracia, a fin de que el que se gloría, no se gloríe en sí mismo, sino en el Señor62, que la da a los hombres que quiere, porque es misericordioso, y si no la da, no por eso deja de ser justo, y no la da a los que no quiere, para dar a conocer las riquezas de su gloria en los vasos de misericordia63 y piedad. Dándola a algunos aunque no la merecen, quiso que fuese gratuita ciertamente y, por ende, verdadera gracia; no dándola a todos, claramente manifiesta y hace ver qué es lo que todos merecen. Con esto se muestra Dios bueno al conceder a algunos sus beneficios y justo en el castigo de los demás; y bueno en todas las cosas, porque es bueno cuando da lo debido y también justo cuando, sin perjuicio de nadie, otorga lo no debido.

29. Es indudable que la gracia de Dios es verdadera gracia, esto es, que se da sin mérito alguno precedente, aunque los niños bautizados no sean (como sostienen los pelagianos) sacados de la potestad de las tinieblas, porque, según dichos herejes, no son reos de pecado alguno, sino que solamente son trasplantados al reino de Dios, pues aun así, sin ningunos méritos buenos, se les da el reino de Dios a los que se les da, y sin ningunos méritos malos, no se les da a los que no se les da. Esto ordinariamente oponemos a los pelagianos cuando nos objetan que atribuimos la gracia de Dios a la fatalidad, al hado, al decir que no se nos da según nuestros méritos. Ellos sí que lo hacen depender de la fatalidad en los niños cuando dicen: "Si no hay mérito, el hado lo determina", pues reconocen que en los párvulos no puede haber mérito alguno por el que unos sean trasplantados al reino de Dios y otros sean excluidos o abandonados. Ahora bien: así como para demostrar que la gracia de Dios no se nos da según nuestros méritos he preferido defenderlo en los dos supuestos, a saber, en conformidad con la doctrina de los que afirmamos que los párvulos son reos del pecado original y también en la falsa opinión de los pelagianos, que niegan este pecado original, sin que por esto me quepa la menor duda de que también los párvulos tienen pecado, del que ha de perdonarles aquel que libra a mi pueblo de sus pecados64, así también, en el libro III, capítulos 20 y 23 de la Obra Sobre el libre albedrío, me opuse a los maniqueos, tanto si la ignorancia y la dificultad para el bien, sin las que ningún hombre viene a este mundo, eran consideradas cual castigos, como si se consideraban como el primer estado de la naturaleza humana; y, sin embargo, sostengo y defiendo solamente una de ellas (la primera).

30. En balde, pues, se me echa en cara la anterioridad de aquel libro mío a fin de impedir que me ocupe, como debo, de este asunto de los párvulos y de probar con la luz de la transparente verdad que la gracia de Dios no se da según los méritos de los hombres, porque si, cuando siendo del estado laical, empecé aquellos libros que terminé cuando, ya sacerdote, tenía algunas dudas sobre la condenación de los párvulos que mueren sin el bautismo, y la salvación de los que reciben ese sacramento, me parece que nadie será tan injusto y envidioso para conmigo que me prohíba progresar en el conocimiento de la verdad y me obligue a permanecer en la duda. Por tanto, pudiendo con más exactitud entenderse que yo nunca dudé de estas verdades, aunque para refutar a los maniqueos lo considerara desde distintos puntos de vista, bien que la ignorancia y las dificultades para el bien sean pena del pecado original en los párvulos (como afirma la Verdad), bien que no lo sean, como erradamente dicen algunos, siempre queda en claro que no hay que admitir el error maniqueo de la existencia de dos principios mezclados, el principio del bien y el principio del mal. Lejos de nosotros el que dejemos esta cuestión de los párvulos como si dudáramos aún de que los regenerados en Cristo, si mueren antes del uso de la razón, pasan a la vida eterna, y los no regenerados caen en la muerte segunda, puesto que no se puede entender rectamente de otra manera lo que está escrito: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así se propagó a todos los hombres65; y de la muerte eterna, que es justísima sanción del pecado, nadie libra, ni a los pequeños ni a los grandes, sino aquel que por perdonar los pecados originales y nuestros pecados propios murió sin ningún pecado, ni original ni propio. Pero ¿por qué a unos sí y a otros no? Una y otra vez repetimos sin pizca de vergüenza: ¡Oh hombre!, ¿tú quién eres para controvertir con Dios?66 Inescrutables son sus juicios e ininvestigables sus caminos...67; y ahora añadimos esto: No preguntes cosas más altas que tú y no escrutes cosas que te sobrepujan68.

31. ¿Veis, pues, carísimos, cuan absurdo es y cuán contrario a la sana fe y a la verdad sincera decir que los párvulos muertos antes del uso de la razón serán juzgados según lo que Dios preconoció que habían de hacer si vivieran? Esta opinión, que ciertamente causa horror a todo espíritu humano dotado de una partecica de razón, y especialmente a todo espíritu cristiano, se han visto obligados a abrazar todos aquellos que por horror al error pelagiano sostienen que la gracia de Dios por Jesucristo, con la que únicamente nos socorre después de la caída del primer hombre, en quien todos caímos, se nos da según nuestros méritos. El mismo Pelagio condenó y rechazó dicha opinión ante los obispos de Oriente por temor de su misma condena. Luego si no se puede sostener que los hombres serán juzgados de las obras buenas o malas que habrían hecho si más hubiesen vivido, puesto que tales obras no son nada y en la misma presciencia divina futuramente inexistentes; si esto no se puede sostener sin grave error, ¿qué resta sino confesar paladinamente lo que defiende la Iglesia católica contra la herejía pelagiana, a saber: la gracia de Dios no se da según nuestros méritos, como más evidentemente se ve en los párvulos? Porque el hado no obliga a Dios a socorrer a unos sí y a otros no, siendo la causa común; ni se puede creer que las cosas humanas, en lo que se refiere a los niños, no son dirigidas por la Providencia divina, sino por el destino ciego, el ciego acaso, tratándose de salvar o condenar almas racionales, cuando ni un pajarillo cae sobre la tierra sin que lo disponga nuestro Padre celestial69. Ni tampoco hay que atribuir a la negligencia de los padres el que los párvulos mueran sin el bautismo, de tal manera que para nada intervengan los juicios divinos, como si los que de esta manera malmueren hubiesen elegido por propia voluntad los negligentes padres de que nacieron. ¿Y qué diremos del niño que expira antes de que pueda ser socorrido y lavado con el bautismo? Bien sabéis que a las veces, apresurándose los padres y preparados los ministros para administrar el bautismo, no se le administra, porque no lo quiere Dios, que no le concedió un poco más de vida para que se le administrase. ¿Y de qué procede el que Dios salve de la perdición eterna a los niños de los infieles dándoles lugar a que se les socorra con el bautismo y a los hijos de los fieles no se lo concede? Con todo esto se demuestra con evidencia que Dios no es aceptador de personas70, pues de otra manera libraría Dios antes a los hijos de sus servidores que a los de sus enemigos de Él.

Fuente: Augustinus.it

domingo, 28 de junio de 2026

Oremos por Venezuela - Nuestra Señora de Coromoto: historia

 



Nuestra Señora de Coromoto

Patrona de Venezuela
Fiesta: celebrada tres veces al año, el 2 de febrero y el 8 y 11 de septiembre.

A la llegada de los españoles a la región de Guanare, hacia el 1591, un grupo de indios de la tribu de los Coromotos decide abandonar su tierra y huir hacia el río Tucupido, porque no quieren nada con los blancos ni con la religión que ellos traen.   Cincuenta años después los indios, que siguen sin convertirse al Evangelio, viven en un poblado no muy distante de la villa de los españoles; ambos grupos viven en armonía, pero permanecen aislados entre sí.

Estando así las cosas, una mañana del año 1651, el cacique de los Coromotos, junto con su esposa, contempla asombrado una extraordinaria visión.  En la quebrada del río Tucupido, sobre la corriente de las aguas, una hermosa señora los está mirando con una amable expresión en su rostro; el pequeño niño que lleva en sus brazos también les sonríe plácidamente.  La misteriosa señora llama al cacique y le ordena: "Sal del bosque junto con los tuyos y ve donde los blancos para que reciban el agua sobre la cabeza y puedan entrar en el cielo"

El cacique impresionado por lo que ha visto y oído, decide obedecer a la bella señora y marcha con su tribu para ser instruido en la religión cristiana.  Sin embargo, el indio, acostumbrado a la libertad de los bosques no puede adaptarse al nuevo régimen de vida y junto con su familia, se vuelve a su aldea en la selva.  La señora se aparece nuevamente, esta vez en la modesta choza del indígena; y aunque la Virgen se presenta rodeada de un aura luminosa cuyos rayos inundan de fuego todo el bohío, no logra conmover al cacique que, enojado, trata de echarla y hasta llega a tomar sus armas con la clara intención de amenazar a la amable señora.  Siempre sonriente, la Virgen avanza suavemente hacia el cacique y cuando este extiende con ira su mano para atraparla, ella desaparece ante su vista.  En el puño cerrado del indio coromoto quedó una pequeña estampa en la que ha quedado impresa la imagen de la Señora. 

El mal ejemplo es un obstáculo para que otros encuentren la verdad sobre Jesucristo.   Siempre ha sido así. No por eso la verdad cambia. ¡Cuantos se han separado de la Iglesia por el mal ejemplo de un sacerdote o de alguien que está identificado con la Iglesia!.  ¡Que gran responsabilidad tenemos los cristianos al ser embajadores de Cristo!  Debemos al mismo tiempo recordar que nuestra fidelidad a la Iglesia se fundamenta en Dios que nunca falla. Cuando vemos el pecado ajeno, en vez de separarnos de la Iglesia, debemos examinar nuestro propio comportamiento que es por el que seremos juzgados.  Pero que difícil es eso cuando nunca se ha conocido a Jesús, como en el caso de los indios. ¿como pueden llegar a distinguir entre los católicos malos y la verdad de su religión?.  Por la dificultad de ello es que viene la Virgen a Venezuela, y con su amor de madre lleva a los indios a superar el obstáculo de las diferencias culturales y a recibir por la Iglesia a Jesús.

La Virgen de Coromoto es una diminuta reliquia que mide 27 milímetros de alto por 22 de ancho.  El material de la estampa pudiera ser pergamino o "papel de seda"; la Virgen aparece pintada de medio cuerpo, está sentada y sostiene al Niño Jesús en su regazo.  Su apariencia es de ser dibujada con una fina pluma, trazada como un retrato en tinta china a base de rayas y puntos.

La Virgen y el Niño miran de frente; erguidas sus cabezas coronadas.  Dos columnas unidas entre si por un arco forman el respaldo del trono que los sostiene.   La virgen cubre sus hombros con un manto carmesí con oscuros reflejos morados.   Un blanco velo cae simétricamente sobre sus cabellos cubriéndolos devotamente.   La túnica de la Virgen es de color pajizo y la del niño es blanca como su velo.

La imagen se muestra a la veneración de los fieles protegida dentro en una riquísima custodia. El 7 de octubre de 1944, a petición de los obispos de la nación, Pío XII la declaró, "Patrona de la República de Venezuela" y su coronación canónica se celebró al cumplirse los tres siglos de la aparición, el 11 de septiembre de 1952.

El Emmo, Sr. Cardenal Arzobispo de la Habana, Manuel Artega y Betancourt, coronó la sagrada imagen de Nuestra Señora de Coromoto en representación del Papa Pío XII. Los venezolanos celebran a su patrona en tres ocasiones cada año, el 2 de febrero y el 8 y 11 de septiembre.  El Santuario Nacional de la Virgen de Coromoto, lugar de encuentro de grandes peregrinaciones, fue declarado Basílica por S.S. el Papa Pío XII el 24 de mayo de 1949.