sábado, 15 de agosto de 2026
El impactante relato de cómo vio la Asunción de la Santísima Virgen una testigo privilegiada
La madre del Salvador, la que en todo fue sierva de Dios, la Bendita entre todas las mujeres, la llena de gracia, la que sin mancha fue concebida... Así sería conservada para la eternidad y su cuerpo no conocería la corrupción.
por Portaluz
14 Agosto de 2014
Período del relato: 15 de agosto. Año: 48. Lugar: Jerusalén. Hora de inicio del relato: Momentos antes de la hora Nona
“El Tránsito de la Santísima Virgen fue el año 48 después del nacimiento de Cristo... ¡Ay su Tránsito estuvo lleno de tristeza y de alegría!...
Algún tiempo antes de su Tránsito la Santísima Virgen rezó para que vinieran los apóstoles a estar con ella. Vi que les anunciaron su llamada en muy diversos parajes del mundo y todavía me acuerdo de lo siguiente:
...Unas apariciones (ángeles) llamaron a todos, incluso a los más alejados, a que se vinieran con la Virgen.
...Pedro estaba recostado junto a una pared y vi que se le acercaba un joven refulgente que le despertó tomándole de la mano y le dijo que debía levantarse y apresurarse a ir con la Virgen, y que encontraría a Andrés por el camino. Pedro, que ya estaba torpe a causa de la edad y la fatiga, se incorporó apoyando las manos en las rodillas mientras escuchaba al ángel. Apenas desapareció la aparición, se levantó, arregló su manto, se remangó la ropa en el cinturón, empuñó el báculo y se puso en camino. Pronto encontró a Andrés, a quien había llamado la misma aparición. En el camino se encontraron más adelante con Tadeo, a quien también se lo habían dicho así. De este modo llegaron hasta donde estaba María en Jerusalén, donde encontraron a Juan...
(Luego llegarían todos los apóstoles).Los últimos momentos... Vi mucha preocupación y tristeza... Su doncella estaba atribulada al máximo. La Santísima Virgen descansaba... tranquila. Estaba totalmente envuelta, incluso por encima de los brazos, con un saco de dormir blanco... Tenía el velo recogido sobre su frente en dobleces transversales, y para hablar con los hombres lo dejaba caer sobre su rostro: cuando no estaba sola se tapaba hasta las manos.
Por la tarde, cuando la Santísima Virgen supo que se acercaba su Tránsito, quiso despedirse de todos los presentes: apóstoles, discípulos y mujeres, según la voluntad de Jesús.
Su celda dormitorio estaba abierta por todas partes y ella estaba sentada incorporada en su lecho, blanca, resplandeciente y como transida de luz. La Santísima Virgen oraba y bendecía a cada uno con las manos cruzadas mientras le tocaba la frente. Luego habló a todos y, en resumen, hizo lo que Jesús le había mandado en Betania.
Eucaristía y Unción final
Cuando Pedro se acercó a verla, vi que llevaba en la mano un rollo de Escrituras... Mientras tanto habían preparado el altar y los apóstoles se revistieron para el servicio divino con sus largas vestiduras blancas y el ancho cinturón con letras... Ya estaba este algo avanzado cuando llegó de Egipto Felipe con un acompañante. Pasó inmediatamente a ver a la Madre del Señor, recibió su bendición y prorrumpió en llanto.
Entretanto, Pedro había terminado el santo sacrificio. Había consagrado y recibido el cuerpo del Señor y se lo había dado a los apóstoles y discípulos presentes. La Santísima Virgen no podía ver el alatar, pero durante el santo sacrificio estuvo sentada, incorporada en la cama con profundo y constante recogimiento.
Después que Pedro comulgó, dio el Santísimo Sacramento a todos los apóstoles y luego le llevó a la Santísima Virgen la comunión y la Unción final. Todos los apóstoles le acompañaron solemnemente... La Santísima Virgen descansaba sobre su espalda, tranquila y pálida. Miraba arriba constantemente, no hablaba con nadie y estaba como en arrobo permanente. Centelleaba de anhelo y yo podía sentir aquella ansia que la sacaba de sí. ¡Ay mi corazón también quería subir a Dios junto al suyo!
Pedro se acercó y le dio la Unción final más o menos en la misma forma que se hace en nuestros días. Con el óleo santo de la cajita que sostenía Juan, la ungió en la cara, manos, pies y en el costado, donde su ropa tenía una abertura para que no quedara al descubierto lo más mínimo. Mientras tanto los apóstoles estuvieron rezando como en el coro, y después Pedro le dio el Santísimo Sacramento.
Para recibirlo, se incorporó sin apoyarse y luego volvió a tenderse. Los apóstoles rezaron un rato y entonces Juan le dio el cáliz. Al recibir el Santísimo Sacramento entró en María un resplandor, volvió a caer como extasiada y ya no habló más. Entonces los apóstoles regresaron con los santos vasos en el mismo orden solemne al altar... Más tarde volví a ver a los apóstoles y discípulos rezando de pie en torno al lecho de la Santísima Virgen. El rostro de María estaba florido y sonriente como en su juventud, sus ojos miraban con santa alegría .El alma de la Santísima Virgen se separa del cuerpo
Entonces vi un cuadro maravillosamente conmovedor... pude mirar dentro de la Jerusalén celestial como a través de un cielo abierto.
Bajaron dos superficies de gloria como nubes de luz, en las que aparecían muchas caras de ángeles y entre las que fluía una vía de luz hasta María. Vi por encima de María una montaña resplandeciente que entró en la Jerusalén celestial, hacia la cual María extendió sus brazos con infinito anhelo, y vi que su cuerpo se levantaba, con todos sus envoltorios, tan alto por encima del lecho que se podía mirar debajo. Vi salir su alma de su cuerpo como una pequeña forma de luz infinitamente pura que ascendía flotando con los brazos alzados por la vía de luz que subía al cielo como una montaña de luz.
Los coros de ángeles de las dos nubes se juntaron detrás de su alma y se cerraron separándola de su santo cuerpo, que en ese momento de la separación volvió a caer en el lecho con los brazos cruzados sobre el pecho.
Mi mirada siguió su alma y la vi entrar por la vía luminosa en la Jerusalén celestial hasta el trono de la Santísima Trinidad. Muchas almas se precipitaron hacia ella con respetuosa alegría, entre las cuales vi a muchos patriarcas y a Joaquín, Ana, José, Isabel, Zacarías y Juan el Bautista. Pero ella se elevó a través de todos hasta el trono de Dios y de su Hijo quien, irradiando aún más luz por sus heridas que por toda su aparición, la recibió con amor divino y le hizo entrega de una cosa que parecía un cetro, al tiempo que le mostraba abajo en la Tierra todo a su alrededor, como si le entregara un poder.
De este modo, mientras veía el alma de María entrar en la gloria celestial, me olvidé de todo lo que pasaba en torno a ella en el cuadro de la Tierra. Algunos apóstoles, por ejemplo, Pedro y Juan, tienen que haberla visto también, pues tenían alzados sus rostros. Los otros estuvieron la mayor parte del tiempo arrodillados y completamente prostrados en el suelo. Todo estaba lleno de luz y de resplandor como en la Ascensión del Señor...Cuerpo y alma asuntos. Vi que el cuerpo de la Santísima Virgen brillaba al descansar en el lecho con el rostro como una flor, los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre el pecho. Supe que la hora de su Tránsito fue la de la nona, la misma que murió Jesús...
Luego vi también...como si bajara del cielo... una vía de luz en la que venía una figura fina como si fuera el alma de la Santísima Virgen, acompañada de la figura de Nuestro Señor. El resplandeciente cuerpo de María reunido ya con su alma resplandeciente se levantó... y se elevó al Cielo con la aparición del Señor...
Era de noche y veía a los apóstoles y santas mujeres cantar y rezar... miraban hacia arriba rezando asombrados, o se arrojaban conmovidos a postrarse con el rostro en tierra”.
Testigo que narra: La estigmatizada Ana Catalina Emmerich (1774-1824), beatificada por Papa Juan Pablo II en 2004Aclaración:
Esta narración de Ana Catalina Emmerich corresponde a visiones personales que ella testimonia haber tenido. En la Iglesia estas son llamadas “revelaciones privadas” que según se señala en el Catecismo de la Iglesia Católica... “no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de "mejorar" o "completar" la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia.” (Catecismo N° 67) Para mayor beneficio del lector hemos cruzado el texto de Emmerich con antecedentes de la Tradición de la iglesia que constan en archivos vaticanos accesibles online en el sitio vatican.va.Medio de registro: Escrito de sus Visiones particulares.Fuente: Autores Católicos. Revelaciones de Sor Ana Catalina Emmerich.
15 de agosto: Solemnidad de la Asunción de María
¿Qué día y cómo fue la Santísima Virgen al Cielo?
En relación al día, año, y modo en que murió Nuestra Señora, nada cierto se conoce. La referencia literaria más antigua de la Asunción se encuentra en un trabajo griego, De Obitu S. Dominae. De todos modos, la fe católica siempre derivó su conocimiento de este misterio de la Tradición Apostólica.
La creencia en la asunción del cuerpo de María se funda en el tratado apócrifo De Obitu S. Dominae, que lleva el nombre de San Juan, y que pertenece de todos modos al siglo cuarto o quinto. También se encuentra en el libro De Transitu Virginis, falsamente imputado a San Melito de Sardes, y en una carta apócrifa atribuida a San Dionisio el Aeropagita. Si consultamos a los genuinos escritores de Oriente, este hecho es mencionado en los sermones de San Andrés de Creta, San Juan Damasceno, San Modesto de Jerusalén y otros. En Occidente, San Gregorio de Tours (De gloria mart., I, iv) es el primero que lo menciona. Los sermones de San Jerónimo y San Agustín para esta fiesta, de todos modos, son apócrifos. San Juan el Damasceno (P. G., I, 96) formula así la tradición de la Iglesia de Jerusalén:
San Juvenal, Obispo de Jerusalén, en el Concilio de Calcedonia (451), hace saber al Emperador Marciano y a Pulqueria, quienes desean poseer el cuerpo de la Madre de Dios, que María murió en presencia de todos los Apóstoles, pero que su tumba, cuando fue abierta, a pedido de Santo Tomás, fue hallada vacía; de esa forma los apóstoles concluyeron que el cuerpo fue llevado al cielo.
Hoy, la creencia de la asunción del cuerpo de María es Universal tanto en Oriente como Occidente; de acuerdo a Benedicto XIV (De Festis B.V.M., I, viii, 18) es una opinión probable, cuya negación es impía y blasfema.
Tomado de la Enciclopedia Católica (www.enciclopediacatolica.com)
FREDERICK G. HOLWECK
Transcrito por Janet Grayson
Traducido por Angel Nadales
HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María
Castel Gandolfo
15 de agosto de 2007
Fuente: Zenit
Queridos hermanos y hermanas:
En su gran obra «La ciudad de Dios», san Agustín dice en una ocasión que toda la historia humana, la historia del mundo, es una lucha entre dos amores: el amor de Dios hasta la pérdida de sí mismo, hasta la entrega de sí mismo, y el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, hasta el odio de los demás. Esta misma interpretación de la historia, como lucha entre dos amores, entre el amor y el egoísmo, aparece también en la lectura tomada del Apocalipsis, que acabamos de escuchar. Aquí, estos dos amores, aparecen en dos grandes figuras. Ante todo, está el dragón rojo, fortísimo, con una manifestación impresionante e inquietante de poder sin gracia, sin amor, del egoísmo absoluto, del terror, de la violencia.
En el momento en el que san Juan escribió el Apocalipsis, para él este dragón se materializaba en el poder de los emperadores romanos anticristianos, desde Nerón hasta Domiciano. Este poder parecía ilimitado; el poder militar, político, propagandístico del imperio romano era tal que ante él la Iglesia daba la impresión de ser una mujer indefensa, sin posibilidad de supervivencia, y mucho menos de vencer. ¿Quién podía oponerse a este poder omnipresente, que parecía capaz de todo? Y, sin embargo, sabemos que al final venció la mujer indefensa, no venció el egoísmo ni el odio; venció el amor de Dios y el imperio romano se abrió a la fe cristiana.
Las palabras de la Sagrada Escritura trascienden siempre el momento histórico. De este modo, este dragón no sólo hace referencia al poder anticristiano de los perseguidores de la Iglesia de aquel tiempo, sino a las dictaduras materialistas anticristianas de todos los períodos. Vemos cómo se materializa de nuevo este poder, esta fuerza del dragón rojo, en las grandes dictadoras del siglo pasado: la dictadura del nazismo y la dictadura de Stalin tenían todo el poder, penetraban todos los rincones. Parecía imposible que, a largo plazo, la fe pudiera sobrevivir ante este dragón tan fuerte, que quería devorar al Dios hecho niño y a la mujer, la Iglesia. Pero, en realidad, también en este caso al final el amor fue más fuerte que el odio.
También hoy existe el dragón, de maneras nuevas, diferentes. Existe en la forma de las ideologías materialistas que nos dicen: es absurdo pensar en Dios; es absurdo cumplir con los mandamientos de Dios; es algo del pasado. Lo único que vale la pena es vivir la vida. Sacar de este breve momento de la vida todo lo que se puede vivir. Sólo vale el consumo, el egoísmo, la diversión. Esta es la vida. Así tenemos que vivir. Y de nuevo parece absurdo, imposible, oponerse a esta mentalidad dominante, con toda su fuerza mediática, propagandística. Hoy parece imposible seguir pensando en un Dios que ha creado al hombre y que se ha hecho niño y que sería el auténtico dominador del mundo. También ahora este dragón parece invencible, pero también ahora sigue siendo verdad que Dios es más fuerte que el dragón, que quien vence es el amor y no el egoísmo.
Tras considerar las diferentes configuraciones históricas del dragón, veamos ahora la otra imagen: la mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies, rodeada de doce estrellas. Esta imagen también es multidimensional.
Un primer significado, sin duda, es la Virgen, María vestida de sol, es decir de Dios; María, que vive totalmente en Dios, rodeada y penetrada por la luz de Dios. Circunda de doce estrellas, es decir, de las doce tribus de Israel, de todo el Pueblo de Dios, de toda la comunión de los santos y, a sus pies, la luna, imagen de la muerte y de la mortalidad. María ha dejado tras de sí la muerte; está totalmente vestida de vida, ha sido elevada en cuerpo y alma a la gloria de Dios y de este modo, en la gloria, tras haber superado la muerte, nos dice: «Ánimo, ¡al final vence el amor!. Mi vida consistía en decir: “Soy la sierva de Dios”. Mi vida era entrega de mí misma por Dios y por el prójimo. Y esta vida de servicio ahora llega en la auténtica vida. Tened confianza, tened el valor de vivir así también vosotros, contra todas las amenazas del dragón». Este es el primer significado de la mujer que María ha llegado a ser. La «mujer vestida de sol» es el gran signo de la victoria del amor, de la victoria del bien, de la victoria de Dios. Gran signo de consuelo.
Pero, además, esta mujer que sufre, que tiene que huir, que da a luz con un grito de dolor, es también la Iglesia, la Iglesia peregrina de todos los tiempos. En todas las generaciones tiene que volver a dar a luz a Cristo, llevarle al mundo con gran dolor en este mundo que sufre. En todos los tiempos es perseguida, vive casi en el desierto perseguida por el dragón. Pero, en todos los tiempos, la Iglesia, el Pueblo de Dios, vive también de la luz de Dios y es alimentado, como dice el Evangelio, por Dios, alimentado con el pan de la santa Eucaristía. De este modo, en toda tribulación, en todas las diferentes situaciones de la Iglesia a través de los tiempos, en las diferentes partes del mundo, vence sufriendo. Y es la presencia, la garantía del amor de Dios contra todas las ideologías del odio y del egoísmo.
También hoy vemos ciertamente que el dragón quiere devorar al Dios hecho niño. No tengáis miedo por este Dios aparentemente débil. La lucha ya ha sido superada. También hoy este Dios débil es fuerte: es la verdadera fuerza. Y de este modo, la fiesta de la Asunción, es una invitación a tener confianza en Dios y a imitar a María en lo que ella misma dijo: «Soy la sierva del Señor, me pongo a disposición del Señor». Esta es la lección: seguir su camino, dar nuestra vida y no tomar la vida. Precisamente de este modo nos ponemos en el camino del amor que significa perderse, pero un perderse que en realidad es el único camino para encontrarse verdaderamente, para encontrar la auténtica vida.
Contemplemos a María, subida al cielo. Dejémonos alentar en la fe y en la fiesta de la alegría: Dios vence. La fe, aparentemente débil, es la verdadera fuerza del mundo. El amor es más fuerte que el odio. Y digamos con Isabel: «Bendita tú eres entre la mujeres». «Te imploramos con toda la Iglesia: santa María, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.»
“En esta solemnidad de la Asunción contemplamos a María: ella nos abre a la esperanza, a un futuro lleno de alegría y nos enseña el camino para alcanzarlo: acoger en la fe a su Hijo; no perder nunca la amistad con él, sino dejarnos iluminar y guiar por su Palabra; seguirlo cada día, incluso en los momentos en que sentimos que nuestras cruces resultan pesadas. María, el arca de la alianza que está en el santuario del cielo, nos indica con claridad luminosa que estamos en camino hacia nuestra verdadera Casa, la comunión de alegría y de paz con Dios”. Homilía de Benedicto XVI (2010)
¿Qué es el Dogma de la Asunción?
¿Qué día y cómo fue la Virgen al cielo?
La Fiesta de la Asunción
Especial de la Virgen María
La Asunción en la Enciclopedia Católica
Oraciones por la Asunción de la Virgen
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