domingo, 11 de enero de 2026

San Agustín: Meditaciones. Capítulos 23, 24, 25 y 26.

 


MEDITACIONES

Traductor: P. TEODORO CALVO MADRID

Libro único


Capítulo 23. LA FELICIDAD DE LOS QUE MUEREN SANTAMENTE

¡Feliz el alma que libre de la cárcel terrestre se eleva hasta el cielo! Segura y tranquila, no temerá al enemigo ni a la muerte; tendrá siempre presente y contemplará incesantemente la belleza del Señor al que sirvió, al que amó y al que llegó finalmente llena de gozo y de gloria. Felicidad suprema y gloria inefable que ningún día podrá alterar, ni ningún enemigo arrebatar. La vieron las hijas de Sión, y la proclamaron felicísima, y las reinas y las favoritas la alabaron  81 diciendo: ¿quién es ésta que asciende desde el desierto toda llena de alegría y apoyada sobre su amado? 82¿quién es ésta que avanza como la aurora naciente, bella como la luna, elegida como el sol, terrible como un ejército en orden de batalla? 83 Con alegría y con prontitud corre hacia su amado, cuando oye que le dice: levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven porque ya pasó el invierno y ya cesaron las lluvias, las flores aparecieron y llegó el tiempo de la poda; se oyó en nuestra tierra la voz de la tórtola, la higuera produjo sus frutos primeros, y las viñas florecidas derramaron su aroma; levántate, date prisa, hermosa mía, paloma mía que vives en las grietas de las rocas y en los huecos de las murallas; muéstrame tu rostro, y suene tu voz en mis oídos, porque dulce es tu voz y hermoso tu rostro 84. Ven, pues, elegida de mi corazón, mi belleza suprema, mi paloma sin mancha, mi amada esposa; ven y estableceré mi trono en tu corazón porque deseo ardientemente tu hermosura. Ven a alegrarte en mi presencia con mis ángeles, cuya compañía te he prometido. Ven después de superar muchos peligros y fatigas a participar con ellos de los gozos del Señor, que ya nadie te podrá arrebatar.

Capítulo 24. INVOCACIÓN DE LOS SANTOS

Felices vosotros, santos de Dios, que ya habéis atravesado este mar tempestuoso de la vida mortal, y habéis merecido llegar al puerto del sosiego eterno, de la paz y de la inalterable seguridad, donde ya no habrá para vosotros más que tranquilidad, felicidad y gozo.

Os suplico, en nombre de la caridad que es madre de los hombres; os suplico a vosotros que ya nada tenéis que temer, que tengáis cuidado de nosotros, y os pido que seguros de vuestra inaccesible gloria os mostréis solícitos de remediar nuestras muchas miserias. Os ruego que penséis sin cesar en nosotros; os lo pido por aquel que os eligió y os dio vuestro ser, por aquel cuya belleza os sacia de gozo, por aquel que os comunicó la inmortalidad, y de cuya felicísima visión siempre disfrutáis; remediad nuestras miserias pues todavía estamos expuestos al oleaje tempestuoso de esta vida. Vosotros sois las puertas hermosísimas y excelsas de la Jerusalén celestial; no nos abandonéis a nosotros que somos únicamente el vil pavimento sobre el que vosotros camináis. Tendednos vuestra mano auxiliadora para elevarnos de nuestro abatimiento, a fin de que curados de nuestra debilidad seamos poderosos para combatir en la batalla. Interceded y orad sin cesar por nosotros, pobres pecadores y llenos de innumerables negligencias, a fin de que mediante vuestras plegarias obtengamos la gracia de entrar en vuestra santa compañía, pues ese es el único modo en que podemos salvarnos. Porque somos seres frágiles, sin fuerza y sin mérito alguno, esclavos de la carne como los más viles animales, en los que apenas aparece algún vestigio de nobleza. Sin embargo, por nuestra fe en Jesucristo, somos llevados sobre el leño de la cruz, navegando por este mar grande y espacioso, donde hay innumerables reptiles, donde se mezclan los animales pequeños con los grandes, y donde se agita el cruelísimo dragón 85, siempre dispuesto a devorar, donde están los peligrosos escollos de Escila y Caribdis y otros innumerables peligros, en los que naufragan los incautos y los de fe insegura. Orad, pues, a Dios, orad piísimos santos; orad ejércitos todos de los santos y todos los coros de los bienaventurados, para que ayudados por vuestros méritos y oraciones, salvando la nave y todas las mercancías merezcamos llegar al puerto del reposo perpetuo, de la paz continua y de la seguridad interminable.

Capítulo 25. DESEO ARDIENTE DEL CIELO

¡Oh Jerusalén, madre nuestra, ciudad santa de Dios, esposa queridísima de Cristo: mi corazón te ama y mi mente desea ardientemente tu belleza! ¡Qué hermosa, qué gloriosa y qué noble eres tú! Eres toda hermosa y en ti no hay ninguna mancha 86. Salta de gozo y alégrate, hermosa hija del príncipe, porque el rey está prendado de tu belleza, y se enamoró de tu hermosura el más bello de todos los hijos de los hombres. Pero ¿cuál es el más querido entre todos los amados por ti, oh la más bella de las mujeres? Tu amado es blanco y rubio, escogido entre miles 87. Como el manzano entre los árboles del bosque, así es tu amado entre los hijos de los hombres. He aquí que estoy sentado alegremente a la sombra del que amo, y sus frutos son dulces para mi boca 88. Mi amado pasó la mano por la abertura de la puerta, y mis entrañas se conmovieron con su contacto 89. ¡En mi lecho busqué durante la noche a mi amado; lo busqué y conseguí encontrarlo 90; lo tengo junto a mí y no le dejaré marchar hasta que me lleve a tu casa y a tu morada, oh Jerusalén, gloriosa madre mía! Allí me amamantarás 91 abundante y perfectamente de la leche de tus pechos castísimos, y me saciaré con una maravillosa saciedad, de modo que ya nunca más sienta ni hambre ni sed. Feliz sería, alma mía, y eternamente feliz, si yo fuera digno de contemplar tu gloria, oh ciudad celestial, y de admirar tu felicidad y tu belleza, tus puertas, tus murallas y tus plazas, tus magnificas moradas y tus nobles ciudadanos, así como ver en todo su esplendor y su belleza a tu rey fortísimo, nuestro Señor Jesucristo.

Pues tus murallas están hechas con piedras preciosas, tus puertas con las perlas más finas, y tus plazas con oro purísimo, y en ellas suenan sin cesar cantos de amor y de gozo. Los fundamentos de tus moradas son piedras cuadradas de zafiro, cubiertas con planchas de oro. Nada impuro hay en esas mansiones, y están cerradas para todos los hombres malvados. ¡Qué bella y llena de delicias la Jerusalén celestial, nuestra madre Jerusalén! Nada hay en ti de las penas que aquí padecemos, nada de los males que vemos en esta miserable vida. No hay en ti tinieblas, ni noche, ni cualquier otra diversidad de tiempos. No brilla en ti luz de lámparas, ni luz de luna, ni el esplendor de las estrellas, sino solamente el Hijo de Dios, luz de luz y sol de justicia que siempre te ilumina: el Cordero inmaculado, brillante y bellísima es tu luz. La inefable contemplación de la belleza de tu reyes tu único y soberano bien, y el sol que te ilumina. Ese mismo Rey de reyes, está en medio de ti, rodeado por sus hijos. Allí los coros de los ángeles y la asamblea de los bienaventurados entonan sin cesar a tu gloria cánticos de reconocimiento y de amor. Se celebra allí solemnemente el retorno de los que, después de su triste peregrinar sobre la tierra, han sido llamados a disfrutar de tus delicias. Allí están ya reunidos los profetas a quienes Dios iluminó con su Espíritu, los doce Apóstoles que deben juzgar al mundo, el innumerable y victorioso ejército de los mártires, los santos confesores de Cristo, los verdaderos y perfectos anacoretas, las santas mujeres que triunfaron sobre los placeres del mundo y sobre la debilidad de su sexo, los muchachos y muchachas cuya santidad de costumbres fue superior a su número de años. Se encuentra allí la grey feliz de las ovejas y de los corderos que no cayeron en las trampas que les tendieron las voluptuosidades de este mundo. Todos los habitantes de esta ciudad tienen mansiones especiales o diferentes grados de gloria, pero el gozo de cada uno es el gozo de todos. Pues reina allí únicamente la caridad plena y perfecta, porque Dios está todo en todos 92; ese Dios que ellos contemplan sin cesar, y cuya visión les mantiene encendidos siempre en el amor. Aman y alaban a Dios sin fin. Su única y constante ocupación consiste en celebrar eternamente la gloria divina.

¡Qué felicidad, qué felicidad perpetua la mía, si después de la disolución de este cuerpo mortal pudiera escuchar la melodía celestial de estos santos himnos cantados en honor del rey eterno por los habitantes de la patria celeste y por los coros de los espíritus bienaventurados! Feliz y muy feliz sería yo si pudiera unir mi voz a la suya, acercarme a mi Rey, mi Dios y mi Jefe soberano, y contemplarle en todo el esplendor de su gloria, como él mismo nos lo prometió cuando dijo: Padre, quiero que los que me diste estén conmigo, para que vean el esplendor que tuve en tu presencia antes de la creación del mundo 93; y en otro lugar: Quien me sirva que me siga y donde yo estoy, allí estará también mi servidor 94; y en otro pasaje: Quien me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él  95.

Capítulo 26. HIMNO A LA GLORIA DEL PARAÍSO

Mi alma reseca tiene sed de la fuente del agua perenne y quiere romper las cadenas que la retienen cautiva en esta prisión carnal. Todos sus deseos, anhelos y esfuerzos tienden al gozo de la patria de la que está desterrada. Abrumada de dolor y de tristeza, gime contemplando la gloria perdida por el pecado, y el recuerdo de esa pérdida hace todavía mayor su mal presente.

Pues ¿quién podrá expresar toda la alegría y la paz que se siente en la patria divina? Allí las moradas están construidas con perlas brillantes: el oro brilla en los techos y brilla también en el interior. Toda la estructura del edificio está hecha de piedras preciosas. Las calles de esa maravillosa ciudad están pavimentadas con un oro tan puro como el cristal Nada en ella hay impuro, y nada que pueda molestar a la vista.

Son desconocidos en ella los rigores del invierno y los calores ardientes del verano. Una primavera eterna hace brillar las rosas, blanquear los lirios y que las flores desplieguen los colores rutilantes de la púrpura y los aromas más suaves. Allí hay praderas siempre verdeantes, y mieses siempre florecientes. Por doquier mana la miel, y se respiran los perfumes y los aromas más deliciosos, y de las ramas de los árboles, siempre en flor, cuelgan frutos que nunca caen a tierra.

No sucede el brillar de la luna al lucir del sol, ni la luz del sol al brillo de las lunas y de las estrellas. El Cordero puro y sin mancha es la luz eterna de esa dichosa morada. No hay allí ni las tinieblas de la noche ni la variación de los tiempos, y brilla siempre un continuo día. Cada uno de los santos habitantes de esa ciudad brilla con una luz tan viva como la del sol. Con la frente ceñida por una corona triunfal narran entre sí, con alegría común y con perfecta seguridad, los combates que libraron contra los enemigos por ellos vencidos.

Purificados de toda mancha, ya no tienen que luchar contra los deseos de la carne, porque su carne se ha hecho espiritual, y Dios es el único objeto de sus pensamientos. Viven en una paz inalterable, en la que no están sujetos a los escándalos del pecado, y despojados de todo lo que en ellos había de cambiante y perecedero viven en el estado primitivo de la naturaleza. Su felicidad consiste ahora en contemplar la belleza de la verdad inmortal, yen disfrutar abundantemente de la dulzura vital de la fuente de agua viva.

Reciben un nuevo modo de existencia que permanece siempre igual. Brillantes, vivos, alegres, ya no están expuestos a los accidentes ni a la enfermedad. Gozan en su ancianidad de las fuerzas y de la salud de la juventud. Todo su ser se ha convertido en inmortal, y en ellos es imposible en adelante cualquier mutación. Lo que en ellos había de corruptible ha desaparecido, y la inmortalidad ha triunfado sobre la muerte.

¿Qué pueden ignorar ahora los que conocen a quien todo lo sabe? Conocen mutuamente los secretos más escondidos de su corazón, y lo que cada uno quiere o no quiere todos lo quieren o no lo quieren. Aunque es diferente el mérito de cada uno según sus obras sobre la tierra, la caridad que los anima mueve a uno a deleitarse en lo que ama el otro, y lo que es propio a cada uno se convierte en común a todos.

Donde está el cuerpo, allí con razón se congregan las águilas. Allí con los ángeles y con los santos se recrean las almas. Con el mismo pan viven los ciudadanos de una y de otra patria. A pesar de estar siempre saciados, tienen siempre deseo de ese pan. Ni la saciedad les produce fastidio, ni les atormenta el hambre; comen siempre deseosos, y comiendo siguen teniendo deseo.

Armonías siempre nuevas y deliciosas melodías y cánticos de gozo suenan dulces sin cesar en los oídos de los felices habitantes de la patria celestial, que celebran sin fin la gloria de quien les concedió la victoria. Feliz el alma que puede así contemplar a su Rey presente, y que ve moverse debajo de su trono la máquina del universo, y que puede seguir los movimientos del sol, de la luna y de todas las estrellas y de los planetas.

¡Oh Cristo, palma y corona de los santos guerreros, haz que después de cumplir yo mi deber aquí abajo en tu sagrada milicia, pueda entrar en tu gloriosa ciudad, y hazme partícipe de la suerte de sus felices ciudadanos! Dame nuevas fuerzas en los combates que todavía he de sostener, a fin de que habiendo servido fielmente bajo tus banderas disfrute del reposo debido a un soldado emérito, y sea digno de poseerte como premio eterno. Así sea.


Fuente: Augustinus.it