jueves, 24 de diciembre de 2020

Solemnidad de la Natividad del Señor

 Solemnidad de la Natividad del Señor

Primera: Is 62, 1-5; Salmo 88; Segunda: At 13, 16-17. 22-25; Evangelio: Mt 1, 1-25


Por: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net



 













Sagrada Escritura:

Is 62, 1-5
Sal 88
At 13, 16-17. 22-25
Mt 1, 1-25

 

Nexo entre las lecturas


El anuncio profético del justo que la liturgia pone en boca del profeta Isaías (IL) encuentra su pleno cumplimiento en Jesucristo, Hijo de David según la carne, conforme a la promesa hecha a David (2L). Él es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros (EV) que ha querido inserirse en la compleja historia del género humano para colmar la esperanza de salvación del pueblo elegido (1L), destruyendo la maldad en la tierra y reinando sobre nosotros como Salvador del mundo. Por ello, la Iglesia entera se reúne para proclamar sin cesar la misericordia del Señor (Salmo).


Mensaje doctrinal

1. El Hijo de Dios se hizo hombre por amor al hombre. El misterio del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo no tiene otra explicación que la del amor de Dios por el hombre. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él tenga la vida eterna” (Jn 3, 16). Habiendo caído en el pecado y perdido la comunión con Dios el hombre fue desterrado del paraíso terrenal, de ese estado de amistad, de paz y comunión con Dios en que fue creado. Era necesario, pues, un redentor que nos reconciliase con Dios. En este sentido san Gregorio de Nisa afirma que “nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas hacía falta que nos llegara la Luz; estando cautivos esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador” (Oración catequética 15). Y Dios que ama al hombre por encima de su pecado prometió un redentor. Él, dice san Juan, “nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (I Jn 4, 10). Es ésta la verdad fundamental que desde un inicio ha confesado y no deja de proclamar con gozo la Iglesia en cada celebración de navidad: Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo (Credo niceno-Constantinopolitano). Jesús es, en efecto, la epifanía del amor del Padre.

2. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. “El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre” (Catecismo de la Iglesia Católica 464).

Una verdad que la liturgia natalicia pone bien de manifiesto. Por una parte la genealogía del nacimiento de Cristo que presenta san Mateo quiere acentuar esta verdad profunda y misteriosa del acontecimiento salvífico: Jesucristo es verdadero hombre. Se trata de un hecho histórico, de un verdadero nacimiento colocado en un determinado momento de la historia. Se trata de una verdadera encarnación, de una auténtica inserción por parte de Dios en el género humano, de una verdadera muestra de solidaridad del nuevo Adán con todos los hombres tomando la misma condición humana para redimirnos. Pero al mismo tiempo, afirma que es un nacimiento que se lleva a cabo por intervención especial de Dios, por “obra del Espíritu Santo”. Él es el Dios-con-nosotros que ha venido al mundo como Salvador.


Sugerencias pastorales

1. Navidad sagrada y navidad profana: vivir en profundidad el misterio. No hay duda de que el mundo consumista en el que vivimos nos hace más difícil aún la vivencia profunda del misterio del nacimiento del Hijo de Dios. Siempre está latente el peligro de permanecer en la superficie del misterio, en las manifestaciones externas de alegría propias de ese tiempo del año, pero sin penetrar en la verdad profunda y en lo que significa para cada uno de nosotros. Como pastores de almas, hemos de enseñar a nuestros fieles a no convertir la navidad en una fiesta de regalos, de luces y de música enternecedora, en una cena especial y en una reunión familiar tradicional. Todo ello únicamente tiene sentido cuando se ha comprendido bien el misterio que se celebra. Podemos decir que si la encarnación del Verbo de Dios se concentra en ese Dios-con-nosotros, la vivencia profunda de la navidad debe estar centrada en la liturgia eucarística, lugar donde Dios verdaderamente se hace presente entre nosotros de un modo sacramental y nos acompaña en el peregrinar de nuestra vida

2. Navidad es tiempo de alegría. La verdadera alegría cristiana se funda precisamente en este misterio de luz y de esperanza: Cristo nace para cada uno de los hombres sea cual sea su condición. “No es posible hacer lugar a la tristeza cuando celebramos el nacimiento de la vida... Nadie queda apartado de la participación de esta alegría; para todos hay sólo un motivo de gozo colectivo: que así como Nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, a ninguno encontró libre de culpa, de la misma manera vino para la liberación de todos” (León Magno, homilías sobre el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, 1). La alegría con que los fieles cristianos deben vivir y celebrar este misterio es, pues, una alegría más interior que exterior. Es la alegría de saberse salvado, perdonado. Es la alegría de haber encontrado nuevamente el camino de la vida, la alegría de haber vislumbrado una Luz que de verdad es capaz de iluminar el camino tantas veces incierto de nuestra vida. De hecho, lo que los ángeles anuncian a los pastores es precisamente la alegría de la salvación: “Os traigo una gran alegría, hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador”.


Fuente: Catholic.net