martes, 27 de enero de 2026

San Agustín: Meditaciones - Capítulos 27, 28 y 29

 

MEDITACIONES

Traductor: P. TEODORO CALVO MADRID

Libro único


Capítulo 27. EL CANTO DE LAS ALABANZAS DE DIOS JUNTO CON LOS
BIENA VENTURADOS

Bendice, alma mía, al Señor, y todo lo que hay dentro de mí bendiga a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no te olvides nunca de sus beneficios. Bendecid al Señor todas su obras, y en todos los lugares a donde se extiende su poder, bendice alma mía al Señor. Alabemos al Señor a quien alaban los Ángeles, adoran las Dominaciones, temen las Potestades; a quien los, Querubines y Serafines gritan sin cesar: Santo, Santo, Santo. Unamos nuestras voces a las voces de los santos Ángeles, y alabemos al común Señor según lo permite nuestra debilidad. Aquéllos alaban al Señor de modo purísimo e incesante, porque están siempre contemplando a Dios, no mediante algún espejo o como en enigma, sino directamente cara a cara.

¿Quién podrá expresar con palabras o concebir en su pensamiento cuál es esa multitud de espíritus bienaventurados y de virtudes celestiales que están siempre en la presencia del Señor; cuál es su inmensa e interminable alegría al ver a Dios; su gozo sin deficiencia, y el ardor de su amor que no atormenta sino que deleita; su ardiente deseo de contemplar a Dios y de saciar su alma con esa inefable visión; su deseo que aumenta con la misma satisfacción y que no va acompañado por ninguna pena y cuya saciedad jamás produce fastidio? ¿Quién podrá decir o concebir, cómo su unión con la suma felicidad les hace bienaventurados; cómo su unión con la verdadera luz les convirtió en luz; cómo contemplando sin cesar la inmutable Trinidad pasaron a un estado de inconmutabilidad?

Pero, ¿cómo podremos comprender la gran excelencia de los ángeles, nosotros que ni siquiera somos capaces de conocer la naturaleza de nuestra alma? Para nosotros en esta cuestión todo es misterio. ¿Qué es esa alma que puede animar una carne mortal, pero que es impotente para limitarse solamente a los pensamientos santos, esa alma que es a la vez tan fuerte y tan débil, tan grande y tan pequeña; esa alma que penetra en las verdades más ocultas, contempla las cosas celestes e inventa innumerables artes, tan maravillosas como útiles para la vida? ¿Qué es, pues, esa alma cuyo conocimiento se extiende a tantas cosas, y que, sin embargo, no sabe cómo ha sido hecha ella misma? Aunque algunos autores han formulado opiniones dudosas e inciertas sobre su naturaleza y sobre su origen, sabemos que es una sustancia espiritual o inteligente, creada por el poder de Dios, que es inmortal por la misma condición de su naturaleza, principio de la vida, que anima y sostiene el cuerpo mortal, sujeta a diversos cambios, al olvido, a las agitaciones del temor y de la exaltación del gozo. Es algo maravilloso y que produce un gran estupor. Sobre Dios creador de todas las cosas, y que es incomprensible e inefable, leemos, decimos y escribimos, sin sentir duda ni incertidumbre, cosas sublimes y dignas de admiración; pero cuando se trata de los ángeles o de nuestras propias almas no podemos dar pruebas evidentes y positivas de nuestros asertos.

Que mi alma se aparte de estas cosas, trascienda todo lo creado, corra y se eleve, vuele y atraviese el espacio, y en la medida de sus fuerzas dirija los ojos de la fe al Creador de todas las cosas. Estableceré en mi corazón diversos escalones, y a través de mi misma alma, subiré hasta mi Dios, que reina eternamente sobre mí. Que el espíritu se aleje de todo lo visible por los ojos, y de todo lo representable por la imaginación, y se eleve puro y simple, y en rápido vuelo, hasta el Creador de los ángeles, de las almas y de todo el universo.

Bienaventurada el alma que despojada de todas las cosas terrestres sólo ama las del cielo, y que fija su morada en lo más alto del cielo, y desde la cima de las rocas escarpadas puede, como el águila, fijar y mantener su mirada en el resplandor del sol de la justicia: ¿Hay, efectivamente, algo más bello y más deleitoso que contemplar a Dios con la sola intuición de la mente y la avidez del corazón; que ver invisiblemente y de modo tan maravilloso al Dios invisible de la naturaleza; que ver esa luz divina y no la luz de aquí abajo? Esta luz que alumbra la tierra, y que está cerrada en el espacio, esta luz que termina con el tiempo y que la noche cubre de tinieblas, esta luz que es común a los hombres, a las bestias y a los más humildes gusanos, ¿qué es más que una verdadera noche en comparación con la luz suprema de Dios?

Capítulo 28. LA LUZ INCREADA NO PUEDE SER VISTA EN ESTA VIDA

No está permitido al hombre ver en esta vida la esencia de esa luz suprema e inmutable, esa luz única y verdadera que brilla con eternal resplandor, esa luz que alumbra a los ángeles y que es el premio reservado a los santos y a los elegidos; sin embargo, el creer en ella y el entenderla y el anhelarla con gran deseo equivale en cierto modo a verla y a poseerla.

Así pues, que nuestra voz se eleve sobre la de los ángeles. Que el hombre contemple atentamente las maravillas de Dios; y que las celebre con todas sus fuerzas, porque es justo que la criatura alabe a su Creador. Dios nos creó para alabarle, aun cuando no tenga necesidad de nuestras alabanzas. El poder divino es incomprensible, de nada necesita, y para todo se basta a sí mismo. Porque grande es su poder, y su sabiduría no tiene límites 96grande es el Señor y muy digno de alabanza 97. El debe ser el único objeto de nuestro amor, el único ser cuya gloria celebre nuestra boca, el único sobre cuyas maravillas escriba nuestra mano, el único ser que llene nuestro corazón, y ocupe la mente de los fieles. Que todo hombre animado de estos santos deseos y que desea contemplar y estudiar las cosas del cielo, se alimente siempre de este delicioso manjar, a fin de que fortalecido con este celestial alimento, pueda gritar aún desde lo más hondo del corazón con júbilo y con ardientes deseos.

Capítulo 29. LAS INNUMERABLES PERFECCIONES DE DIOS

Oh Señor soberano, omnipotentísimo, misericordiosísimo y justísimo, secretísimo y presentísimo, hermosísimo y fortísimo, siempre el mismo e incomprensible, invisible y que ve todas las cosas, inmutable y que todo lo cambia, inmortal, no sujeto a lugar ni a ningún término o limitación, infinito, inestimable, inefable, inescrutable. Siendo inmutable, eres el principio de todo movimiento. Tu grandeza es impenetrable e indecible. Eres un Dios terrible, que inspira temor y pavor, pero digno de honor, veneración y respeto. En ti nada se renueva y nada envejece. Sin embargo, tú renuevas todas las cosas, y dejas que envejezcan en sus extravíos los impíos y los soberbios, sin que de ello se den cuenta. Siempre estás en acción, y al mismo tiempo en reposo. Reúnes y conservas todas las cosas sin tener necesidad de ellas. Sostienes el mundo universo sin sentir ningún peso. Encierras en ti todas las cosas, sin ser encerrado por nada. Eres el creador de todo lo existente, y todo lo creado lo proteges, lo conservas y lo perfeccionas. Nada te falta, y estás siempre buscando. Amas sin pasión; tienes celos, pero sin turbación; te arrepientes, pero sin dolor; te miras, pero con tranquilidad; cambias tus obras, pero nunca tus designios. Tomas lo que encuentras, aunque nunca has perdido nada. Libre de toda necesidad y de toda pobreza, deseas sin embargo ganar, y sin ser avaro exiges los intereses debidos a tus dones. Aunque nada tenemos que no venga de ti, quieres deber todo lo que se te debe sin sufrir ninguna pérdida. Tú eres el único principio vital de todo lo creado por ti. Estás todo entero en todas partes. Puedes ser percibido por el espíritu, pero no puedes ser visto por los ojos corporales. Aunque presente en todas partes, estás lejos del espíritu de los impíos y de los malvados, y a pesar de estar lejos sigues estando allí, porque donde no estás presente por la gracia lo estás por la justicia.

Estás en contacto con todas las criaturas, pero no lo estás del mismo modo con todas. A unas les das el ser, pero no la vida ni la sensación; das a otras el ser y la vida, pero no la sensación y el discernimiento; otorgas a otras el ser, la vida y la sensación, pero no la inteligencia; y a otras les concedes el ser, la vida, el sentir y el entender. Aunque nunca eres diverso de ti mismo, obras diversamente en las diversas cosas. Estás presente en todas partes, y no se puede encontrar en ti parte alguna. Estás en nosotros y nosotros te buscamos en nosotros sin poderte alcanzar. Posees todas las cosas, las llenas, las abrazas y las sobrepasas y las sostienes sin cesar. Pero no las sostienes ni las llenas con una parte de tu sustancia, y con otra parte las abrazas y sobrepasas; sino que las llenas abrazándolas totalmente, y llenándolas las abrazas, así como sosteniéndolas las sobrepasas, y sobrepasándolas las sostienes. Tú instruyes los corazones de los fieles sin necesidad del sonido de las palabras. Llegas desde un extremo hasta el otro con fortaleza, y dispones todas las cosas con suavidad 98. Ningún lugar te encierra, y no estás sometido a los cambios del tiempo. Siempre presente todo entero y en todas partes, nunca te acercas ni te alejas de ninguna cosa. Habitas en una luz inaccesible, que ningún hombre ha visto ni podrá ver jamás 99. Recorres sin cesar la obra de tu creación sin abandonar nunca la inefable quietud de tu eterno reposo. Tu naturaleza es una y simple, y por lo mismo indivisible. No puedes ser partido o dividido, porque estás todo entero en todas las cosas, a las que posees enteramente, y las que participan de ti su belleza y resplandor. El espíritu humano nunca podría concebir toda la profundidad de este inefable misterio. Ninguna boca humana, por elocuente que fuere, podría expresar eso mismo, y todos los escritos y los libros publicados sobre la tierra serían insuficientes para explicarlo. El universo entero se llenaría con esos escritos, y tu grandeza y sabiduría seguirían siendo inexplicables. Porque, ¿qué escrito puede explicar lo que la boca no puede expresar? Tú, oh Dios, eres la fuente de la luz divina, y el sol de la eterna justicia. Tu grandeza no tiene medida, y por eso es infinita; tu bondad no puede ser cualificada, y por eso eres el verdadero y sumo bien. Nadie es bueno sino tú solo, cuya voluntad es omnipotente y todo lo que quiere lo puede. Tú creaste todas las cosas de la nada, y basta tu voluntad para hacerlo todo. Sin tener necesidad de tus criaturas, tú las posees; las gobiernas sin sentir fatiga, y las riges sin sentir tedio; nada hay que perturbe el orden de tu imperio ni en las cosas más grandes ni en las más pequeñas. Estás en todos los lugares, sin que ninguno te contenga. Lo abarcas todo, sin que nada te circunscriba. Estás presente en todas partes sin cambiar de lugar, y sin que se pueda decir dónde estás en particular. Aunque puedes hacerlo todo, no eres el autor del mal, porque no podrías hacerlo. Nunca te has arrepentido de haber creado alguna de tus obras. Ninguna turbación de ánimo puede alterar tu eterna seguridad; tu poder se extiende a todas partes, y tu reino no está limitado a ninguna parte del universo. Jamás apruebas u ordenas la comisión de algún crimen o de alguna falta. Nunca mientes, porque tú eres la verdad eterna. Por tu bondad hemos sido creados, por tu justicia castigados, y por tu misericordia liberados. Nada de lo que está en el cielo, nada de lo que brilla ante nuestros ojos, nada de lo existente sobre la tierra, ni nada de lo cognoscible por nuestros ojos merece ser adorado. Tú sólo, oh Dios mío, eres digno de adoración. Sólo tú eres verdaderamente el que eres, sin sufrir el más mínimo cambio. Con razón los griegos te llaman el ὤυ , y los latinos el est, es decir, aquel que es, porque tú eres siempre el mismo, y tus años nunca terminarán 100.

Estas verdades y otras muchas nos las enseña la santa madre Iglesia, de la que yo soy miembro, por el auxilio de tu gracia. La Iglesia me enseñó que tú eres el único Dios vivo y verdadero, incorpóreo, impasible e impalpable. La misma me enseñó que nada puede ser alterado o cambiado en tu sustancia o en tu naturaleza, sino que todo en ti es simple y perfectamente verdadero, y por eso es imposible verte con los ojos de cuerpo, y ningún mortal te ha podido contemplar alguna vez en tu esencia. Lo que nos hace creer que después de esta vida podemos disfrutar de tu vista es el hecho, de que los ángeles poseen ya esa felicidad, aunque no te pueden contemplar absolutamente tal como tú eres. Únicamente tú mismo, oh Dios mío, puedes conocer perfectamente tu Trinidad omnipotente.

Fuente: Augustinus.it