MEDITACIONES
Traductor: P. TEODORO CALVO MADRID
Libro único
Capítulo 30. PLURALIDAD DE LAS PERSONAS Y UNIDAD DE DIOS
Tú no eres más que un solo y mismo Dios en diversas personas, y tu unidad, al igual que la divina esencia, supera todo número, todo peso y toda medida. Tú eres la suma bondad, el principio del que proceden todas las cosas, el ser por el cual y en el cual todo existe, y nosotros reconocemos que tú mismo no procedes de nada y que todo viene de ti. Tu sustancia ha sido y será siempre inmaterial, y de ti recibe su forma totalmente divina, increada, perfecta y principio de todas las demás formas. Aunque todas las obras que salen de tus manos llevan como el sello de esa forma divina, sin embargo están lejos de ser semejantes a ti, y al imprimir sobre ellas ese signo de tu poder no sufres en ti ningún cambio, ni de aumento ni de detrimento. Todo lo existente en la naturaleza lo has creado tú, oh santa Trinidad, que eres un solo y único Dios, cuya omnipotencia posee, gobierna y llena todas las obras creadas por él. Cuando decimos que llenas todas las cosas, no queremos decir que esas cosas te contienen, sino que son contenidas por ti. Y no llenas todas por partes, de suerte que cada criatura reciba una porción de ti mismo según la proporción de su grandeza: o sea, las más grandes una parte mayor y las más pequeñas una parte menor, porque tú estás en todas y todas están en ti. Tu poder infinito abarca todas las cosas y nada de lo que abarcas puede escapar a tu poder. Quien no ha sabido aplacarte no podrá evitar tu ira, porque está escrito: Ni del oriente, ni del occidente, ni del lado del desierto os llegará algún auxilio, pues Dios mismo es vuestro Juez 101. Y en otro lugar: ¿Dónde iré yo para librarme de tu espíritu, y dónde me esconderé de tu rostro? 102 Es tal la inmensidad de tu divina grandeza, que estás dentro de todas las cosas, sin ser abarcado por ninguna, y a la vez estás fuera de todas las cosas sin estar excluido de ninguna. Estás dentro de todo para llenarlo todo, y estás fuera de todo para abarcarlo todo con la inmensidad de tu grandeza. Así pues, por el hecho de estar fuera de todas las cosas muestras que eres el Creador de todo, mas por el hecho de estar dentro de todo, muestras que todo lo gobiernas. Si estás en todo y fuera de todo lo creado por ti, es para que tus criaturas no estén nunca sin ti, y para que todo esté encerrado en ti, no por la grandeza del espacio y de la extensión, sino por tu soberana presencia, porque tú estás presente en todo, como todo está presente ante ti, aunque algunos entiendan esto, y otros no lo entiendan.
La inseparable unidad de tu naturaleza hace imposible toda separación de personas, porque como tú no eres más que un Dios en tres personas, así también esas tres personas no forman más que un solo y único Dios. Cada una de esas personas es a veces designada con nombres diferentes; pero tú, oh santa Trinidad, no eres más que un solo Dios, y eres tan inseparable en tus personas divinas que ninguna de ellas puede ser nombrada sin indicar la relación que tiene con las demás. Porque, ¿se puede pronunciar el nombre del Padre sin relacionarle realmente con el del Hijo, o el nombre del Hijo sin referirlo al Padre, y el del Espíritu Santo sin relación con el Padre y el Hijo? Esos nombres expresan tu poder y tu esencia divina o todo lo que se llama propiamente Dios, convienen igualmente a cada una de las tres personas, como cuando se dice que Dios es grande, omnipotente, eterno, y todo lo que podemos saber de tu naturaleza, oh Dios. Así pues, no hay ningún nombre que designe tu naturaleza y que te convenga a ti, oh Padre omnipotente, sin convenir igualmente a tu Hijo y al Espíritu Santo. Decimos que tú, Padre, eres Dios por naturaleza, pero tu Hijo también es Dios naturalmente como tú, y lo mismo hay que afirmar del Espíritu Santo. Sin embargo, no sois tres Dioses, sino que por esencia y naturaleza sois un solo y único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Eres, pues, oh Santa Trinidad, un solo Dios inseparable en tus divinas personas, aunque según el lenguaje humano esas personas sean llamadas con nombres diversos. Pero no hay más que un solo nombre para expresar tu naturaleza divina. De lo cual se infiere claramente que las tres personas son inseparables en la Santa Trinidad, que es un solo y verdadero Dios, porque el nombre de cada persona se refiere al de las otras dos. Porque no puedo hablar del Padre sin apuntar al Hijo, ni del Hijo sin recordar al Padre, ni del Espíritu Santo sin dar a entender que es el Espíritu de alguno, a saber, del Padre y del Hijo. Tal es la fe verdadera que viene de la sana doctrina. Tal es la fe católica y ortodoxa, que tu gracia me enseñó, oh Dios, en el seno de la madre Iglesia.
Capítulo 31. INVOCACIÓN A LA SANTÍSIMA TRINIDAD
La fe que en tu bondad me concediste para mi salvación es la que te invoca, oh Señor; porque el alma fiel vive de la fe, y ya posee en esperanza lo que algún día verá en la realidad.
Te invoco, oh Dios mío, con toda la pureza de mi conciencia, con todo el ardor de la fe que tú me diste por tu dulce amor, y mediante la cual, después de haber disipado las tinieblas que rodeaban mi espíritu, me hiciste llegar al conocimiento de tu eterna verdad. Esa fe, oh Señor, la llenaste tú de suavidad y dulzura, haciéndome renunciar, por el inefable dulzor de tu amor, a los falsos gozos de este mundo que dejan detrás de sí tantas amarguras.
Oh bienaventurada Trinidad, te invoco con alta voz y con el sincero amor de la fe, con la que (mediante la luz de tu gracia) alimentaste y alumbraste mi alma desde mi más tierna infancia, y que fortaleciste después con las instrucciones de la santa Iglesia, nuestra madre. Yo te invoco, oh Trinidad bienaventurada, bendita y gloriosa, Padre, Hijo y Espíritu Santo; Dios único, Señor consolador de las almas: caridad, gracia y celestial inspiración. Padre eterno, Verbo engendrado por el Padre, Espíritu Santo, divino regenerador; luz verdadera, luz verdadera de la luz, iluminación verdadera; fuente, río y riego; Padre eterno, principio de todo ser creado; Verbo eterno por el que todo ha sido creado; Espíritu Santo en el que todo ha sido creado. Todo viene del Padre, todo existe por el Hijo, todo existe por el Espíritu Santo. Tú eres la vida por esencia, oh Padre todopoderoso; Verbo increado, tú eres la vida engendrada desde toda la eternidad; tú eres, oh Espíritu Santo, el vínculo y el centro de todo lo viviente. Padre omnipotente, tú existes por ti mismo; Hijo divino, tú has sido engendrado por el Padre; Espíritu Santo, tú procedes del Padre y del Hijo. Por sí mismo el Padre es el que es; por el Padre el Hijo es el que es; por el Padre y el Hijo el Espíritu Santo es el que es. El Padre es verdadero, el Hijo es la misma verdad, el Espíritu Santo es también la verdad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen, pues, una misma esencia, un mismo poder y una misma bondad.
Capítulo 32. INVOCACIÓN A DIOS
Dios es la suma y verdadera felicidad, y desde él, por él, y en él son felices todos los seres que son felices. Dios es la verdadera y suma vida, desde el cual, por el cual y en el cual viven todas las cosas que viven verdadera y felizmente. Dios es el bien y la belleza, y desde él, por él y en él es bueno y hermoso todo lo que es bueno y hermoso. Dios con su verdad nos excita, con su esperanza nos levanta, con su caridad nos une a sí mismo. Dios nos manda que le pidamos a él mismo, y nos concede encontrarle, y nos abre cuando llamamos a su puerta 103. Alejarse de Dios es caer, acercarse es levantarse; morar en él es gozar de una seguridad inalterable. A Dios sólo se le pierde por el error y el pecado; no se le puede buscar sin haber sido iluminado por él, ni se le puede encontrar sin haber sido purificado de toda mancha. Conocerte a ti, oh Dios, es vivir, y servirte es reinar; alabarte es proporcionar al alma el gozo y la salvación. Yo te alabo con la boca y con el corazón, y con toda la fuerza y el ardor de que soy capaz. Yo te bendigo y te adoro, doy gracias a tu misericordia y a tu bondad por los beneficios con que me has colmado, y elevo mi voz hacia ti para cantar el himno de tu gloria: «Santo, Santo, Santo». Te invoco, oh Trinidad bienaventurada, para que vengas a mí, y me conviertas en templo digno de tu gloria. Ruego al Padre por el Hijo, y al Hijo por el Padre, y al Espíritu Santo por el Padre y el Hijo, para que limpies mi alma de todos los vicios que la manchan, y plantes en ella todas las santas virtudes. Dios inmenso, de quien todo procede, por quien todas las cosas visibles e invisibles han sido creadas, por el cual y en el cual únicamente subsisten: tú estás fuera de las cosas para abarcarlas, dentro para llenarlas, sobre ellas para gobernarlas, y debajo de ellas para sostenerlas; cúbreme, pues, con tu protección, porque yo soy obra de tus manos, y toda mi esperanza y mi confianza está en tu misericordia.
Te suplico que me socorras donde estoy, y en todas las partes donde pueda estar, ahora y siempre, dentro y fuera, antes y detrás, arriba y abajo, y alrededor, de modo que los enemigos no encuentren lugar para tenderme sus trampas. Tú eres el Dios omnipotente, protector y guardián de todos los que esperan en ti, y sin el cual nadie está seguro y libre de peligros. Tú eres el único y verdadero Dios del cielo y de la tierra, y sólo tú puedes hacer cosas grandes, maravillosas, inescrutables y sin número.
Capítulo 33. PLEGARIA A DIOS PARA PODER ALABARLO DIGNAMENTE
Sólo a ti se deben alabanzas e himnos de gloria. A ti los ángeles, a ti los cielos y todas las Potestades celestes te cantan himnos, y celebran sin cesar tus alabanzas, cantándote como criaturas al Creador, como siervos al Señor, como soldados al Rey. ¡Oh santa e indivisible Trinidad, todas las criaturas te ensalzan y todos los espíritus te alaban!
¡Oh Señor, los santos y los humildes de corazón, los espíritus y las almas de los justos, todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial, los órdenes y los coros de los espíritus bienaventurados te adoran humildemente y cantan sin cesar tu eterna gloria! Todos los habitantes de la patria celestial te alaban de modo magnífico y admirable; que te alabe también el hombre, porque también él es una de tus excelentes criaturas.
Aunque yo soy un hombre miserable y pecador, deseo también alabarte, y ansío amarte con gran amor. Porque tú, oh Dios, eres mi vida, mi fortaleza y mi gloria. Permíteme, pues, que te alabe; ilumina mi corazón con tu luz divina, y pon en mis labios palabras dignas de ti, a fin de que mi corazón pueda meditar tu gloria, y mi boca pueda celebrar sin cesar tu grandeza. Pero como la boca del pecador nunca podrá alabarte dignamente 104, y yo soy un hombre de labios impuros 105, Fuente de toda santidad, dígnate santificar mi alma y mis sentidos, y hazme digno de poder alabarte como tú lo mereces. Recibe bondadosamente este sacrificio de mis labios, como una ofrenda de mi corazón y de mi amor dedicada a ti. Que te sea agradable este sacrificio, y que suba como olor de suavidad hasta la presencia de tu divina majestad. Que tu recuerdo y tu inefable dulzura llenen por sí solos mi alma entera, y la enciendan en el amor de las cosas invisibles. Haz que pueda elevarse desde las cosas visibles a las invisibles, desde las cosas terrestres a las celestiales, desde las temporales a las eternas; que pase por todas estas cosas hasta llegar a la visión admirable de tu ser.
¡Oh eterna verdad, oh verdadera caridad, oh amada eternidad! Tú eres mi Dios, y a ti suspiro noche y día; tengo ansia de ti, hacia ti tiendo, y hasta ti deseo llegar. Quien te conoce a ti, conoce la verdad, y conoce la eternidad 106. Tú eres la verdad que todo lo preside; tú eres el que veremos como eres, una vez terminada esta vida ciega y mortal, en la cual nos preguntan: ¿Dónde está tu Dios? Yo digo: ¿Dios mío, dónde estás? A veces respiro en ti, cuando mi alma desborda de alegría, confesando y celebrando tu gloria y tu grandeza. Pero pronto vuelve a estar triste, porque vuelve a caer en sí misma como en un abismo, o más bien porque siente que todavía ella misma es un abismo. Entonces exclamo con esa misma fe que tú encendiste en mí para alumbrar mis pasos en la noche: ¿Por qué estás triste, alma mía, y por qué me turbas? Espera en el Señor 107, pues su palabra es luz para mis pies; espera y persevera hasta que pase la noche que es la madre de los malvados, y hasta que pase la ira del Señor, esa ira de la que fuimos hijos alguna vez. Pues fuimos algún tiempo tinieblas, y lo seremos mientras no pasen totalmente esas tinieblas cuyos residuos todavía arrastramos en el cuerpo muerto por el pecado; y hasta que nazca el día, y se alejen las tinieblas, espera alma mía en el Señor. Me levantaré con la aurora para contemplar a mi Dios 108, y encontrar en esa inefable contemplación mi gozo y mi salvación. El mismo Dios vivificará, por el Espíritu Santo que habita en nosotros, nuestros cuerpos mortales 109, a fin de que nos convirtamos en luz; mientras que ahora sólo estamos salvados en la esperanza, El nos convertirá de hijos de la noche y de las tinieblas en hijos del día y de la luz 110. Pues éramos antes tinieblas, pero ahora somos luz en ti, oh Dios nuestro 111; Y sin embargo todavía conocemos por la fe y no visiblemente. Pues la esperanza que se ve deja de ser esperanza 112
Alábente, oh Señor, los coros inmortales de tus santos ángeles, y glorifiquen tu nombre todas las Virtudes supracelestiales. Todos éstos no tienen necesidad, como nosotros, de leer las Sagradas Escrituras para conocer tu santa e indivisible Trinidad. Os contemplan sin cesar, y esa contemplación es para ellos como un libro divino, en el que leen, sin necesidad de sílabas temporales, qué es lo que quiere tu eterna voluntad. Ese libro es el único objeto de sus meditaciones y de su amor. Lo leen sin cesar, y no olvidan jamás lo que han leído. Con esa lectura, y con el amor que les inspira conocen tus inmutables designios. Es un libro que nunca se cierra, sino que está siempre abierto ante sus ojos, porque tú, oh Señor, eres para ellos ese divino libro, y así lo serás eternamente. Bienaventuradas y muy bienaventuradas las Virtudes de los cielos que pueden alabarte santa y purísimamente en un inefable éxtasis de dulzura y de gozo. El objeto de su gozo es también el objeto de sus alabanzas, porque no cesan de ver lo que pueden alabar y lo que les hace felices. Pero nosotros no te podemos alabar dignamente, pues estamos oprimidos por el peso de nuestra carne mortal, y estamos lejos de ti en este lugar de peregrinación, y nos apartan constantemente de ti las múltiples distracciones mundanas. Porque sólo te conocemos por medio de la fe, y no por visión directa; mientras que los espíritus celestiales te conocen cara a cara, y no mediante la fe, y de ahí que nuestras alabanzas sean tan diversas de las suyas. Sin embargo, a pesar de esa diferencia, los cielos y la tierra ofrecen sin cesar un sacrificio de alabanza a ti que eres el Dios único y el Creador de todas las cosas. Y esperamos también que, gracias a tu misericordia, nos reuniremos un día con esos espíritus bienaventurados, con los que podremos contemplarte y alabarte eternamente.
Concédeme, Señor, que mientras viva en este cuerpo frágil, te alabe mi corazón y te cante mi lengua, y que todos mis huesos digan: Señor, ¿quién hay semejante a ti? Tú eres el Dios omnipotente, a quien servimos y adoramos como trino en las personas, y uno en la sustancia de la deidad; Padre no engendrado, Hijo unigénito del Padre, y Espíritu Santo, que procede de ambos y en ambos permanece; santa e indivisible Trinidad, y un solo Dios omnipotente. Cuando todavía no existíamos, tú nos sacaste de la nada con tu poder. Cuando estábamos perdidos por el pecado, tú nos salvaste por tu misericordia y por tu maravillosa bondad. No permitas, te lo suplico, que paguemos con ingratitudes todos los beneficios con que nos has colmado, y no consientas que seamos indignos de tus misericordias. Te pido, te suplico y te ruego que aumentes en nosotros la fe, la esperanza y la caridad. Concédenos la gracia de que esta fe sea inquebrantable y eficaz en sus obras, y que estas obras correspondientes a la sinceridad y a la grandeza de nuestra misma fe nos permitan, con tu divina misericordia, llegar a la vida eterna, y que contemplando tu gloria tal como es, podamos adorar tu majestad, y podamos cantar con todos los que tú mismo hayas hecho dignos de ver tu inmensa belleza: Gloria al Padre que nos hizo, gloria al Hijo que nos redimió, gloria al Espíritu Santo que nos santificó, gloria a la suma e indivisible Trinidad, cuyas obras son inseparables, y cuyo imperio dura eternamente. A ti se deben la alabanza, el himno de honor, y toda la gloria. A ti la bendición, y el esplendor; a ti la acción de gracias, y el honor; y el poder y la fortaleza se deben a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Así sea.
Fuente: Augustinus.it
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