domingo, 26 de julio de 2026

San Agustín: El Don de Perseverancia - Capítulos XXI a XXIII

DEL DON DE LA PERSEVERANCIA

Traductor: Toribio de Castro, OSA


 CAPÍTULO XXI

54. En consecuencia, para descuajar esta doctrina ingratísima para con nuestro Dios y enemiga de los beneficios gratuitos del mismo, defendemos y afirmamos paladinamente, en conformidad con las santas Escrituras, de las que tan abundantes testimonios hemos aducido, que tanto el principio de la fe, o initium fidei, como la perseverancia hasta el fin son dones gratuitos de Dios. Porque si decimos que el primero depende de nosotros, de modo que con él merezcamos los otros dones, lógicamente concluyen los pelagianos que la gracia de Dios se nos da conforme a nuestros méritos. Lo que es tan absolutamente contrario a la fe católica, que el mismo Pelagio lo condenó por temor a ser condenado. Además, si decimos que la perseverancia está en nuestra potestad y no es dádiva divina, responden los pelagianos que, lo mismo que el fin, viene de nosotros el initium fidei. Y aun arguyen de otra manera: Si la perseverancia final en la fe proviene de nosotros, a fortiori el principio de la fe, porque acabar, llevar a término una cosa es bastante más que empezarla, y, en consecuencia, concluyen que la gracia divina se nos da por nuestros méritos. Pero si ambas cosas son de Dios, y en su divina presciencia previó que las había de dar (¿quién se atreverá a negar esto?), de todo en todo hay que reconocer y predicar la predestinación, a fin de poner inexpugnablemente ha cubierto de todo ataque esta verdad: la gracia de Dios no se da según nuestros méritos.

55. Si la memoria no me es infiel, en el libro De correptione et gratia144, cuya edición so agotó rápidamente, creo haber probado más expresa y evidentemente que en ninguna de mis obras anteriores que la perseverancia final es un don que Dios nos concede gratuitamente. Pero no fui yo el primero en decirlo; ya San Cipriano en la exposición de la oración dominical nos enseña, como vimos, que desde la primera petición, la perseverancia es el objeto de la súplica que dirigimos a Dios nuestro Señor cuando le decimos: Santificado sea tu nombre145, pues le pedimos perseverar en el estado en que hemos entrado por la santificación del bautismo. Que los que me distinguen con su aprecio, a los que no quiero ser ingrato, y que, según me decís vosotros, siguen en todo, menos en esto, mis opiniones ¡y sentencias, vean si al fin de los dos libros que dediqué a Simpliciano, obispo de Milán, y poco después de haber sido yo hecho obispo y antes de aparecer la herejía pelagiana, queda algo por lo que haya que poner en duda esta afirmación clara y precisa: la gracia de Dios no se nos da según nuestros méritos. "Vean igualmente que de todo lo allí expuesto, sale más claro que la luz del mediodía que el initium fidei es dádiva gratuita de Dios, y que, aunque allí no esté expreso en términos formales, claramente se deduce que la perseverancia final no procede de otro que de aquel que nos predestinó a su gloria y reino. Consulten después la epístola que escribí a Paulino de Nola ya contra los pelagianos, y que éstos empiezan a contradecir ahora, cuando tantos años hace que la escribí. Repasen, otrosí, mi epístola a Sixto, presbítero de la iglesia romana, con ocasión de nuestra más acérrima disputa contra los dichos herejes, y encontrarán la misma doctrina que en mi carta a Paulino. En fin, traigan a la memoria que ya hace ^bastantes años que se han dicho y escrito contra la herejía pelagiana todas estas cosas que ahora (y no salgo de mi asombro) parece que les disgustan. Pero, desde luego, yo no quiero que nadie siga mis sentencias más que cuando estoy y están ciertos de su verdad. De aquí que traiga ahora entre manos los libros de mis Retractaciones, para que vean que ni yo mismo me sigo siempre, pues por la misericordia de Dios creo haber hecho algunos progresos en la verdad desde que comencé a escribir, ya que no comencé siendo perfecto; y ni ahora mismo, a mi avanzada edad, dejaría de ser más arrogante que "verídico si dijera que ya escribía sin error posible. Pero interesa muy mucho saber cuánto y en qué se yerra y cuan fácilmente se corrija uno o con qué dura pertinacia se intente defender el propio error. Hombre de grande esperanza es quien continuamente progresa en el conocimiento de la verdad hasta el último día de su vida, para que, añadiendo progresos a progresos, sea juzgado digno de llegar a la perfección y no de ser castigado.

56. Pero si no debo ni quiero ser desagradecido a quienes me honran con su predilección, a causa del bien que de mis escritos han sacado antes de que me amaran, ¿cuánto menos debemos serlo para con Dios, a quien no amaríamos si primero no nos hubiese amado El y hecho sus amadores?; porque el amor es de Dios146, como dijo aquel a quien Él hizo no solamente su gran amador, sino también su gran predicador. ¿Y qué mayor desagradecimiento que el negar la gracia de Dios diciendo que se nos confiere según nuestros méritos? Impía doctrina que la Iglesia católica detesta en los secuaces de Pelagio, inventor de esta blasfemia, que él mismo condenó no por amor a la verdad, sino por temor a ser anatematizado. Mas todo el que se horrorice de decir que la gracia se nos da conforme a nuestros méritos, como se horroriza todo buen católico, cuide mucho de no substraer a la gracia de Dios la misma fe con que consiguió la misericordia de Dios para ser fiel, y, consecuentemente, atribuya a la misma gracia la perseverancia final, con la que consigue la misericordia y don que todos los días pide cuando dice que no le deje caer en la tentación. Entre el initium fidei y la perfección de la perseverancia están los medios y gracias que componen una santa vida, los cuáles, como todos admiten, son dones de Dios que nos impetra la fe. Todas estas cosas: el initium fidei y todas las dádivas que le siguen hasta el fin, conoció Dios mediante su presciencia que los había de dar a sus llamados, y, por ende, rebelde en demasía es quien se atreva a contradecir y aun ni siquiera a dudar de la doctrina de la predestinación.

CAPÍTULO XXII

57. Empero, se debe predicar esta doctrina de la predestinación de tal manera que no se haga odiosa a las personas incultas y tardas de inteligencia. Así, la misma doctrina de la presciencia divina (verdad universalmente reconocida) resultaría odiosa diciendo a los hombres: "Lo mismo da que corráis o que os echéis a dormir, siempre seréis lo que previamente conoció quien no se puede engañar". Médico malo o a lo menos inexperto es el que un buen medicamento lo aplica de tal manera que lo hace inútil, ineficaz o nocivo; tal sería quien de ese modo hablara de la presciencia divina; sino que se ha de decir como el Apóstol: Corred de suerte que alcancéis147 y reconozcáis en esa misma vuestra carrera que fuisteis previamente conocidos, de modo que corrierais legítimamente, es decir, de manera digna de recompensa. Puede recurrirse a otro medio cualquiera para espolear la innata pereza humana.

58. Aunque, en definitiva, el dogma de la predestinación, que no es más que el decreto eterno de la voluntad de Dios, es cierto que si los unos pasan de la infidelidad a la fe y en ella perseveran hasta el fin es porque Dios les da la voluntad de obedecer, y si otros que se solazan y deleitan en el camino de condenación del pecado, aunque sean de los predestinados, no han salido todavía de su miserable estado, es porque la gracia y misericordia de Dios no ha venido aún en su ayuda para salir de él, pues si algunos que están predestinados a ser elegidos por la mera gracia de Dios todavía no han sido llamados, no obstante, recibirán a su tiempo la gracia por la que quieran ser y sean elegidos. Mas si algunos obedecen, pero no están predestinados a su reino y gloria, son fieles temporalmente nada más y no perseverarán hasta el fin. Siendo como son verdaderas todas estas afirmaciones, ¿no conviene a muchos el decírselas de tal manera que se hagan la aplicación personal y debemos evitar el decirles lo que esos de quienes me habláis en vuestra carta y cuyas palabras cité hace poco, a saber: "El dogma de la predestinación por voluntad eterna y determinada de Dios es de tal manera, que algunos de vosotros, recibida la gracia de la obediencia, vinieseis de la infidelidad, a la fe?" ¿Qué necesidad hay de decir "algunos de vosotros"? Si hablamos a la Iglesia de Dios, a una reunión de fieles, ¿para qué decir que algunos de ellos han abrazado la fe, injuriando a los demás, pudiendo decir más caritativamente y más convenientemente?: "El dogma de la predestinación por eterna y determinada voluntad de Dios es de tal manera, que, recibida la gracia de la obediencia, vinieseis de la infidelidad a la fe, y recibiendo la perseverancia, perseveréis hasta el fin en la misma".

59. Es también necesario evitar lo siguiente: "Vosotros, los que aun os deleitáis y solazáis en el pecado digno de condenación, no habéis salida de ese miserable estado todavía precisamente porque aun no habéis recibido su gracia miserante", cuando mejor y más convenientemente se puede y deber decir: "Si alguno de vosotros aun se deleita y solaza en el pecado, que aprenda la ciencia de la salud; pero al hacerlo así, que no se envanezca como si fuera de vuestra cosecha ni os gloriéis como si no lo hubieseis recibido, pues bien sabéis que es Dios quien por benevolencia obra en vosotros tanto el querer como el obrar148, y que Dios es quien guía vuestros pasos para que escojáis y améis sus caminos149; y de este vuestro caminar recto y justo deducid vuestra predestinación a la gracia divina.

60. Igualmente, se dice con palabras más duras de la cuenta cuando se habla no a cualesquiera hombres, sino a los miembros de la santa Iglesia, lo que sigue, a saber: "Si algunos que están predestinados por la misma gracia de Dios todavía no han sido llamados, no obstante, recibirán a su tiempo la gracia por la que quieran ser y sean elegidos". ¿Por qué no se les ha de predicar más suavemente, diciéndoles: "Y si algunos no han sido llamados, oremos para que lo sean"? Pues quizá están predestinados, con la condición de que recibirán la gracia con la que quieran y se hagan elegidos si nosotros ofrecemos por ellos nuestras oraciones. Dios, que cumple todo lo que ha predestinado, nos manda que oremos hasta por los enemigos, para que entendamos que también concede a los infieles la fe y les hace querer lo que antes no querían.

61. Respecto a las palabras que siguen, dudo mucho que haya en el pueblo alguien que tenga la fe tan arraigada que pueda oír con provecho las rudas palabras siguientes: "Y los que al presente obedecéis al Señor, si sois de los que, según el decreto de la predestinación, habéis de ser rechazados, se os quitará y no recibiréis la gracia, a fin de que no continuéis siendo obedientes". Decir esto, ¿no es maldecir y profetizar horrendos males? Empero, si es conveniente o necesario hablar algo de los que no perseverarán, ¿por qué no se ha de hablar como ya antes indiqué, de modo que no se dirija directamente la palabra a los que oyen, sino que se hable en general; nunca en segunda persona, sino en tercera, no diciendo: "Vosotros, que ahora obedecéis", etc., sino "los que ahora obedecen", etc., etc.? Cosa no agradable, sino abominabilísima, se dice y cómo se les da en cara de manera ruda y odiosa en demasía a los oyentes al decirles: "Si alguno de vosotros, que aun obedecéis, estáis predestinados a la reprobación, se os quitarán las fuerzas para que ceséis de obedecer". ¿Qué vigor pierde el dogma si en vez de lo anterior se les dice: "Si los que obedecen no están predestinados a su reino y gloria, son fieles temporalmente, pero no perseverarán hasta el fin"? ¿Acaso con esto no se dice lo mismo y aún mejor y más congruentemente? Demás de que al decirlo así no parece que referimos a ellos tan horrendo mal, sino que hablamos de otros, al mismo tiempo que les invitamos a orar para ser preservados de él. Por otra parte, lo mismísimo que dicen esos equivocados hermanos de la predestinación con esas tan rudas palabras se puede decir de la presciencia de Dios, de la que nadie duda ni puede dudar, a saber: "Y los que ahora obedecéis, si Dios en su divina presciencia ha previsto que seréis rechazados, cesaréis de obedecer". Ciertamente, esto es en absoluto verdadero; pero no deja de ser de todo en todo ímprobo, incongruentísimo, importunísimo, no porque sea falso, pero no proficuo ni proporcionado a la debilidad humana.

62. No obstante, esta exposición del dogma de la predestinación, que recomendamos, no me parece suficiente cuando se habla al pueblo cristiano, a no ser que se añadan estas o parecidas palabras: "Y vosotros debéis esperar del Padre de la luces, de quien procede todo don perfecto150, y pedírsela en vuestras cotidianas oraciones; y haciendo esto, confiad en que sois de sus elegidos, porque Él es quien obra y produce en vuestro corazón estas buenas disposiciones. Pero lejos de vosotros el perder la esperanza, porque se os manda que confiéis en El y no en vosotros, pues maldito quien pone en el hombre su esperanza151 y mejor es confiar en el Señor que en el hombre152, porque bienaventurados los que esperan en Él153. Asidos a esta esperanza, servid al Señor con temor y cantad sus alabanzas con temor154, porque nadie puede estar seguro de la vida eterna que el Dios no mentiroso prometió a los hijos de promisión antes de todo tiempo hasta la terminación de esta vida, que es tentación continua sobre la tierra155, pero nos hará perseverar hasta el fin en él, a quien todos los días decimos: No nos dejes caer en la tentación"156. Al decir estas cosas, ya sea a unos pocos, ya a toda la multitud de los fieles, ¿por qué hemos de temer predicar el dogma de la predestinación de los santos y la verdadera gracia de Dios, esto es, la que se nos da no según nuestros méritos, como nos lo enseña la sagrada Escritura? ¿O es que hemos de temer que el hombre desespere cuando se le dice que ponga su esperanza en Dios y que no desesperaría si, lleno de soberbia, el infeliz la pusiera en sí mismo?

CAPÍTULO XXIII

63. Quiera Dios nuestro Señor que los que, a causa de su poca instrucción o inteligencia, no pueden entender las sagradas Escrituras o sus explanaciones, oigan de tal manera, o mejor, no oigan nuestras disputas en esta cuestión de la gracia y que pongan todo su empeño y atención en las oraciones que nuestra Madre la Iglesia les recomienda, y que ella ha rezado y rezará hasta el fin del mundo. De esta cuestión de la gracia que nos vemos obligados no sólo a recordar, pero a defender y proteger contra los nuevos herejes, nunca calló en sus preces y oraciones, si bien a las veces, como no había adversario, no la expuso claramente y de propio intento. ¿Cuándo no se oró en la iglesia por los infieles y por sus enemigos, a fin de que Dios los trajera a la fe? ¿Qué cristiano que tuviera algún amigo, o pariente, o esposa infiel no ha pedido a Dios el espíritu bueno y corazón sincero que obedeciese a la fe cristiana? ¿Qué fiel no ha pedido para sí mismo incesantemente la gracia de permanecer unido para siempre a Jesucristo? Y cuando el sacerdote, invocando la misericordia de Dios sobre los fieles, dice: "Dales, Señor, perseverar en ti hasta el fin", ¿hay quien se atreva a mofarse, no digo de palabra y exteriormente, pero ni con el pensamiento, de tal oración? Por el contrario, ¿no responden todos "Amén" a esta bendición, para dar testimonio de la fe que reina en su corazón y que gustan de confesar con su boca? Todos los fieles al decir la oración dominical, especialmente aquellas palabras: No nos dejes caer en la tentación, piden la perseverancia en esa santa obediencia. Por consiguiente, así como la Iglesia nació y se educó y creció usando estas santas oraciones, así también nació y creció y crece proclamando esta fe, según la cual cree que la gracia de Dios no se da según los méritos de los que la reciben, porque entonces no pediría que Dios diese la fe a los infieles si no creyese que es Dios el que convierte las voluntades de los hombres alejados y aun contrarios a la fe. Ni tampoco pediría, ni engañada ni vencida por el mundo, la perseverancia en la fe de Cristo, si no creyese que de tal manera tiene Dios en su mano nuestros corazones, que el bien, que no tenemos si no interviene nuestra propia voluntad, sin embargo, no lo tendríamos si El no obrase en nosotros el quererlo; porque si la Iglesia se lo pide al Señor, pero cree que es de su propia cosecha, sus oraciones, lejos de ser sinceras, serían una infame parodia. Lo que sólo el pensarlo horroriza y espanta. ¿Quién podría gemir ante el Señor para obtener lo que desea recibir, cuando cree que lo puede conseguir por sí mismo sin la ayuda de su gracia?

64. Sobre todo, porque, como dice el Apóstol, no sabemos que hayamos de orar como conviene, más el Espíritu Santo ruega por nosotros con gemidos inenarrables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, que, según Dios, intercede por los santos157. ¿Qué significa esto de el mismo Espíritu ruega sino que nos hace rogar con gemidos inenarrables y verdaderos y sinceros, porque el Espíritu es la verdad? Del mismo se dice en otro lugar: Envió Dios el Espíritu de su Hijo en nuestros corazones, que clama: "¡Abba, Padre!"158; y esto de clama significa que nos hace clamar, usando de una figura retórica, como cuando decimos: "Hoy es un día alegre", en vez de un día que nos hace estar alegres. En otro pasaje declara esto, diciendo: No recibisteis de nuevo espíritu de esclavonía para temor, sino espíritu de adopción, de hijos, con el que clamamos: "¡Abba!, ¡Padre!"159 Allí decía que clama, aquí con el que clamamos, para significar en qué sentido había dicho lo primero. Con lo que nos da a entender que es don de Dios, a fin do que con corazón sincero y animados por su Espíritu oremos a Dios nuestro Señor. Vean, pues, cómo se engañan los que piensan que pedir, buscar y llamar a la puerta son efectos de nuestra voluntad y no de la gracia de Dios, y que estos primeros movimientos por los que recibimos lo que pedimos, encontramos lo que buscamos y se abre al que llama, preceden a la gracia, y no quieren comprender que pedir, buscar y llamar a la puerta, en una palabra, orar, es dádiva gratuita del Señor, puesto que por su Espíritu de adopción, que hemos recibido, clamamos: Abba,!, ¡Padre! Lo cual ya vio el bienaventurado Ambrosio cuando en el comentario sobre Isaías dice: "El orar a Dios es fruto de la gracia de su Espíritu, según está escrito: Nadie dice Señor Jesús si no es por virtud del Espíritu Santo".

65. Todas estas cosas que desde que comenzó a existir pide la santa Iglesia al Señor, de tal manera preconoció El que las había de dar a sus llamados, que ya se las dio en la misma predestinación, como sin ambigüedad lo declara el Apóstol en su carta a Timoteo: Trabaja a una conmigo por el Evangelio según la virtud de Dios, que nos salvó y tomó con llamamiento santo, no por las obras nuestras, sino por el propósito suyo y la gracia, a nosotros dada eternos tiempos antes en Cristo Jesús, pero manifestada ahora por la aparición del Salvador nuestro, Jesucristo160. Por consiguiente, quien se atreva a decir que la santa Iglesia no pide en sus oraciones o que sus oraciones no son sinceras cuando pide la fe para los infieles o la perseverancia final para los fieles, ése podría decir que la Iglesia no admitió siempre el dogma de la predestinación y de la gracia; mas si siempre pidió tales dones, siempre creyó que eran dones de Dios, y nunca ha sido lícito ni dudar del previo conocimiento divino ni de su presciencia, y, por ende, este dogma de la predestinación que contra los nuevos herejes con renovada solicitud ahora defiende la Iglesia, nunca dejó de creerlo y proclamarlo.

CAPÍTULO XXIV

66. ¿Y para qué más? Creo haber demostrado más que suficientemente que el empezar a creer en Dios, o el initium fidei, y la perseverancia final son dones gratuitos de Dios; los demás bienes pertinentes a una vida piadosa y al verdadero culto del Señor, los mismos para quienes escribimos esto conceden de buen grado que lo son. Pero que todos estos dones y a quiénes se los había de otorgar lo conoció previamente Dios nuestro Señor, no pueden negarlo, y, en consecuencia, como se enseña y predica la presciencia divina, así hay que predicar y enseñar la predestinación, para que el que oye con verdadera obediencia se gloríe no en el hombre, sino en el Señor, como de ello tenemos precepto, el obedecer al cual también es divino; y quien no tenga este don, no dudo en decir que vanamente tiene los demás. Con toda el alma deseamos que los pelagianos reciban ese don y que estos nuestros hermanos lo reciban más abundantemente. No seamos prontos para las disputas y perezosos y tardos para las oraciones. Oremos, mis muy amados hermanos, oremos para que Dios dé su gracia a nuestros enemigos, y sobre todo a nuestros hermanos y a los que nos aman, para comprender y confesar que después de la tremenda e inefable ruina por la que todos en uno caímos, nadie puede ser libre sino por la gracia de Dios, y que ésta no se da como debida a los méritos de los que la reciben, sino que, como verdadera gracia, gratuitamente, sin mérito alguno precedente.

67. Jesucristo es el más admirable y glorioso ejemplo de la verdad de la predestinación. Ya en el primer libro de esta obra hablé de esto161, y quiero terminar el presente con lo mismo. En este divino Mediador deben mirarse todos los fieles para comprender bien la predestinación, todos nos encontramos allí como estereotipados. Me refiero a los fieles que creen y confiesan que en Cristo Jesús hay una verdadera naturaleza humana, es decir, nuestra propia naturaleza, pero glorificada y elevada por su unión con el Verbo de Dios hasta la inefable dignidad del Hijo único de Dios, de tal manera que el Asumente y lo asunto hacen una sola y misma persona en la Beatísima Trinidad, porque la unión de la humanidad con la divinidad no ha producido una cuarta persona, una cuaternidad, sino que permanece invariable la Santísima Trinidad, haciendo inefablemente con aquella asunción la verdad de una sola persona del Dios Hombre. Porque no solamente decimos que Cristo es Dios, como los maniqueos; ni sólo hombre, como los partidarios de Pótino; ni tampoco hombre de tal manera que le falte algo que ciertamente pertenezca a la naturaleza humana, ya el alma, ya la razón en la misma alma, ya la carne, no tomada de mujer, sino hecha por el Verbo, convertido y mudado en carne, las tres cosas falsas y vanas que dividen a los apolinaristas; nada de esto decimos, sino que Cristo es verdadero Dios, nacido de Dios Padre sin ningún principio de tiempo; que es verdadero hombre, nacido en la plenitud de los tiempos de una mujer (hombre); que su humanidad, por la que es inferior al Padre, no disminuye en nada su divinidad, por la que es igual al Padre; que el Dios y el Hombre forman un solo Cristo Jesús, que, como Dios, dijo con toda verdad: Yo y él Padre somos uno162, y que en cuanto hombre, también con toda verdad dijo: Mi Padre es mayor que yo163. Por tanto, quien de la progenie de David hizo un hombre justo que jamás fuese injusto, sin mérito alguno precedente de su voluntad (humana), el mismo de injustos hace justos, sin mérito alguno precedente de la voluntad de los mismos, para que Cristo sea la cabeza y éstos sus miembros. Lo mismo que Dios hizo que CristoHombre, sin mérito alguno precedente de parte suya, no contrajera ningún pecado de origen, ni cometido por su voluntad ninguno que se le pueda perdonar, lo mismo concede la fe en Jesucristo a los hombres, sin que precedan sus méritos de ellos para perdonarles todos sus pecados. Quien hizo a Jesucristo tal que ni ha tenido ni jamás tendrá alguna mala voluntad, el mismo en los miembros de Cristo hace de malas voluntades, buenas. A Él, pues, y a nosotros nos predestinó, porque en El, para que fuese nuestra cabeza, y en nosotros, para que fuéramos su cuerpo, no preconoció (presupo) nuestros méritos precedentes, sino sus futuras obras.

68. Los que lean todo esto que acabamos de escribir, si lo entienden, den rendidas gracias a Dios; los que no lo entiendan, oren para que sea su doctor interior aquel que es la fuente de la ciencia y del entendimiento164, mas quien crea que me equivoco, medite y relea diligentemente lo dicho, no sea que el equivocado sea él. En cuanto a mí, cuando las observaciones de los que me leen me corrigen o enseñan algo, lo tengo por un beneficio de Dios nuestro Señor. Particularmente espero esto de los Doctores de la Iglesia, si tengo la suerte de que mis escritos caigan en sus manos y se dignan prestarles un poco de atención.

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