DEL DON DE LA PERSEVERANCIA
Traductor: Toribio de Castro, OSA
39. Hay algunos que no rezan o rezan sin fervor, porque saben, según dijo nuestro Señor Jesucristo, que Dios conoce perfectamente lo que nos es necesario antes de que se lo pidamos109; ¿habrá entonces que abandonar esa verdad o borrarla del Evangelio? ¡Todo lo contrario!, pues nos consta que Dios nuestro Señor da unas cosas sin que se las pidamos, como el initium fidei, y otras solamente las da a los que se las piden, como la perseverancia final. Ahora que el que cree que la perseverancia es de su propia cosecha, naturalmente no reza para que se la den. Por consiguiente, hay que tener mucho cuidado, no sea que por temor a que la exhortación induzca a la tibieza se apague la oración y se encienda la presunción y la soberbia.
40. Prediquemos, pues, siempre la verdad, sobre todo cuando las circunstancias lo exigen imperiosamente, y que lo entiendan los que puedan, no sea que por callar, a causa de los que no pueden entenderlo, no solamente se les escamotee la verdad a quienes puedan entenderla y aun prevenirse contra la falsedad, pero también se les induzca a error. Fácil cosa es, y a las veces útil, callar algo verdadero a causa de los incapaces, como se deduce de aquellas palabras del Señor: Tengo aún muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis comprender110; y lo del Apóstol: Yo no he podido hablaros como a hombres espirituales, sino como a personas carnales. Como niños aún en Cristo, os he alimentado con leche y no con manjares más sólidos, porque no erais todavía capaces de ellos y ni ahora lo sois111; si bien pudieran decirse algunas cosas de tal modo, que fueran leche para los niños y alimento sólido para los grandes; como, v. gr., estas palabras de San Juan: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios112. ¿Qué cristiano puede callar tal verdad y quién comprenderla? ¿Qué verdad más sublime puede encontrarse en la doctrina cristiana? Y, sin embargo, se les enseña lo mismo a los grandes que a los pequeños y aquéllos no se la ocultan a éstos. Más si hay circunstancias en que se debe callar la verdad, hay también ocasiones en las que es necesario proclamarla a todos los vientos. Prolijo en demasía sería el citar y enumerar aquí todas las causas que, a veces, pueden impelirnos a callar la verdad. Una de las principales es la de no hacer peores a los que no la entienden, mientras queremos hacer más doctos a los inteligentes, los cuales al callarnos no se hacen más doctos, pero tampoco se hacen peores. ¿Y qué haremos ante el dilema de que, si callamos la verdad, se perjudica a los que pueden entenderla, y si la decimos, se hacen peores los que no la entienden? ¿No es mejor decirla, y el que pueda entender, que entienda, que callarla, con lo que ninguno la entiende, pero precisamente el más inteligente se hace peor? Tanto más que oyéndola y entendiéndola puede enseñarla a otros muchos, pues cuanto uno es más capaz de entender una cosa, tanto más apto es para enseñársela a los demás. Los enemigos de la gracia instan y urgen de todos los modos posibles a fin de conseguir que se crea que se nos da conforme a nuestros méritos, y así, la gracia ya no sea gracia113. ¿Y vamos nosotros a callar lo que la sagrada Escritura nos prescribe que digamos? ¿Temeremos ofender con la verdad a quien no puede comprenderla y no temeremos exponer al error y a la falsedad a quienes la pueden comprender?
41. Luego o se admite y reconoce la doctrina de la predestinación tal como nos la enseñan las sagradas Escrituras, es decir, que en los predestinados los dones y vocación son inmutables, o hay que admitir que la gracia se nos da conforme a los méritos, como afirma la herejía pelagiana. Si bien esta sentencia, como ya muchas veces hemos dicho, haya sido condenada por el mismísimo Pelagio, a tenor de las actas de los obispos orientales. Pero aquellos por los que escribimos estas páginas distan tanto de la herejía de Pelagio, que, si bien no confiesan aún que los predestinados son los que por la gracia de Dios se someten a la fe y perseveran en ella hasta el fin, admiten, sin embargo, que la gracia previene a la voluntad de aquellos a quienes es dada; por ende, en realidad de verdad no creen que la gracia se dé gratuitamente, como afirma la eterna Verdad, sino conforme a los méritos de la voluntad precedente, según defiende el error pelagiano. La gracia precede a la fe, pues de otra manera, si la fe precede a la gracia, no hay duda que también la voluntad la precede, ya que no puede haber fe sin voluntad de creer; y si la gracia precede a la fe, porque precede a la voluntad, ciertamente precede a toda obediencia y a toda caridad, con la que únicamente se obedece a Dios sincera y suavemente. Y todas estas cosas las realiza la gracia en aquel a quien se da, y que precede a todas las demás cosas.
CAPÍTULO XVII
Permanecer en estos bienes depende de la perseverancia hasta el fin, que en vano se pide a Dios nuestro Señor si no es Él quien por su gracia la produce en aquel cuyas oraciones oye. Ved, pues, cuan contrario a la verdad es el negar que la perseverancia hasta el fin de esta vida es un don de Dios, puesto que El pone fin a la vida cuando le place, y a quien envía la muerte antes de una grave caída, hácelo perseverar hasta el fin. Pero aún más admirable y evidente es para los fieles la bondadosa largueza de Dios cuando da esa gracia a los niños que aun no son capaces de obediencia o desobediencia. Y cuando da Dios estos dones a cualesquiera que los dé, no hay duda que previo que había de darlos y los preparó en su presciencia. A los que predestinó, a los mismos llamó114 con aquella vocación que no me canso de recordar, y de la que dice la sagrada Escritura: Los dones de Dios son inmutables115, pues disponer y ordenar en su presciencia, que ni mudar ni salir fallida puede, sus operaciones futuras es en lo que esencialmente consiste el predestinar, y no es otra cosa. Así, lo mismo que aquel del cual Dios ha presabido (previsto) que será casto trabaja por serlo, aunque él no sabe si Dios lo ha previsto (o presabido), así también el que Dios ha predestinado para ser casto, aunque él no lo sepa, no por eso ha de regatear sus esfuerzos para serlo, no obstante oír que es don de Dios el ser como ha de ser, esto es, casto, y su caridad se enciende más y más y no se infla ni enorgullece como si no lo hubiera recibido116. Por tanto, la enseñanza de la doctrina de la predestinación no sólo no aminora sus esfuerzos, pero también le ayuda, y así, cuando se gloría, gloríase en el Señor.
42. Lo que acabamos de decir de la castidad, de todo en todo puede decirse de la fe, de la piedad, de la caridad, de la perseverancia y, en una palabra, de toda obediencia con que debemos obedecer a Dios. Ahora bien: los que dicen que todos los dones nos los da Dios cuando con fe se los pedimos, a excepción del initium fidei y la perseverancia final, que las hacen depender de nuestra potestad, sin considerarlas dones de Dios, y además afirman que para obtenerlas y conservarlas no es necesario el influjo divino en nuestros pensamientos y voluntades, ¿por qué no temen que la predicación del misterio de esa predestinación haga inútiles sus exhortaciones? ¿O es que tampoco creen en la predestinación de todas esas cosas? Entonces o es que no son concedidas, dadas por Dios, o El no sabía que iba a darlas; porque si las da y sabía que iba a darlas, ciertamente las había predestinado. Por consiguiente, puesto que ellos mismos exhortan a la castidad, a la piedad, a la caridad y a las demás virtudes, las cuales creen ser don de Dios y previstas y presabidas por Dios, luego no pueden negar que son predestinadas y que la presciencia de Dios no impide ni hace inútiles sus exhortaciones. Vean, por tanto, que tampoco debe ser obstáculo a las exhortaciones la presciencia divina del initium fidei y de la perseverancia final, si ambas, como es la verdad, son dones de Dios preconocidos, o sea predestinados. Lo que sí impide la enseñanza de esta doctrina de la predestinación y lo refuta apodícticamente es el perniciosísimo error de quienes afirman que la gracia se nos da conforme a nuestros méritos, para que quien se gloría, se gloríe no en Dios, sino en sí mismo117.
43. Para explicar todo esto con mayor claridad a los más atrasadillos, ruego a los de más elevado ingenio perdonen mi machaconería. Dice el apóstol Santiago: Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídasela a Dios, que a todos da copiosamente y a nadie zahiere, y le será concedida118. Y en los Proverbios de Salomón: Dios da la sabiduría119; de la castidad se lee en el libro de la Sabiduría: Sabiendo yo que nadie puede ser continente o casto si Dios no lo da; y propio de la Sabiduría es el saber de quién es ese don120. En consecuencia, tanto la sabiduría como la continencia son dones de Dios. A lo que asienten estos nuestros contradictores y ni los mismísimos pelagianos, en su dura y herética perversidad, se atreven a negar verdad tan evidente y perspicua. Mas dicen: "El que nos dé Dios estos dones lo alcanza la fe, que empieza por nosotros"; es decir, que es cosa de nuestra cosecha tanto el inicio de la fe como la perseverancia final, y, por ende, estas dos cosas no las recibimos de Dios. Con lo cual bien a la clara contradicen al Apóstol, quien dice: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido?121; y al mártir San Cipriano, que afirma: "De nada podemos gloriarnos, cuando nada es nuestro". Pero habiendo ya citado estos pasajes y otros muchos que ya da fastidio el repetir, y habiendo demostrado que tanto el initium fidei como la perseverancia final son dones de Dios, y que El no puede no saber previamente qué dones futuros y a quiénes los ha de dar en el futuro, y, por consiguiente, por El son predestinados todos aquellos a quienes libra y corona, creen que es una gran objeción esta respuesta: "La doctrina de la predestinación es contraria a la utilidad de la predicación, porque, oyendo esa doctrina, nadie se excitará ante los estímulos de la corrección. Por esto no quieren predicar que es un don de Dios lo mismo el llegar a creer que el permanecer en la fe, no sea que en vez de animar, se descorazone a los oyentes al ver cuán imposible es a la ignorancia humana saber a quién dará Dios esos dones o a quién se los negará". Pero entonces, ¿por qué estos hermanos enseñan, como nosotros, que la castidad y la sabiduría son también dones de Dios?; pues si el predicar esto no obsta para que seamos exhortados a ser castos y sabios, ¿cuál es la razón que impide la exhortación a abrazar la fe y permanecer en ella hasta el fin, si se afirma que éstos son dones del Señor, como paladinamente lo dice la sagrada Escritura?
44. Dejando aparte lo de la continencia, veamos qué nos dicen las sagradas letras respecto a la sabiduría. El ya citado apóstol Santiago afirma: La sabiduría que desciende de arriba, además de ser honesta y llena de pudor, es pacífica, moderada, dócil, suasible, llena de misericordia y de excelentes frutos, que no se mete a juzgar y es ajena a toda hipocresía122. ¿No veis de qué abundancia de dones perfectos está grávida la sabiduría que desciende del Padre de las luces? Todo don perfecto y toda dádiva preciosa, dice, viene de arriba, como que desciende del Padre de las luces123. ¿Por qué, pues, corregimos a los impúdicos y pendencieros (por no hablar de otras cosas), a quienes, no obstante, predicamos que esa sabiduría honesta y pacífica es un don de Dios, y no tememos que, no conocedores de la voluntad de Dios, encuentren en nuestra predicación más motivos de desesperación que de alientos a la virtud, y que, lejos de airarse contra sí mismos ante nuestra corrección, se vuelvan contra nosotras al reprenderlos, porque no tienen lo que no depende de su voluntad, sino de la liberalidad divina? En fin, ¿por qué la predicación de esta gracia no impidió al apóstol Santiago el reprender a los inquietos y turbulentos y decirles: Si tenéis un celo amargo y el espíritu de discordia en vuestros corazones, no hay para qué gloriaros y levantar mentiras contra la verdad, que esa sabiduría no es la que desciende de arriba, sino más bien una sabiduría terrena, animal y diabólica; porque donde hay tal celo y discordia, allí reina el desorden y todo género de vicios?124 Por ende, así como hay que reprender a los pendencieros, según dice la sagrada Escritura y como lo hacen con nosotros los hermanos a quienes nos dirigimos, sin que a estas reprimendas se oponga nuestra afirmación de que esta "sabiduría pacífica", mediante la que sanan y se corrigen los inquietos y turbulentos, es un don de Dios, así también hay que corregir a los infieles y a los que no permanecen en la fe, sin que obste la doctrina de que tanto el principio o initium de la fe como su perseverancia en ella son dones gratuitos de Dios. La sabiduría se obtiene por la fe, porque habiendo dicho Santiago: Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídasela a Dios, que a todos da copiosamente y no zahiere y le será concedida125, inmediatamente añade: pero pídala con fe, sin sombra de duda; pero porque dé Dios la fe antes de que se le pida, no hay que decir que no es don divino y sí cosa de nuestra cosecha. El Apóstol dice bien claramente: Paz a los hermanos y caridad y fe de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo126; por consiguiente, de aquel de quien proceden la paz y la caridad, del mismo viene la fe, por lo cual no solamente le pedimos que la aumente a los que ya la poseen, pero también que se la dé a los que no la tienen.
45. Más aún; los mismos para quienes escribimos esto, y que vociferan que la doctrina de la predestinación y de la gracia impide la corrección, no se limitan a exhortar a aquellos dones que no dependen de Dios, según ellos, sino de nosotros solos; v. gr., el initium fidei y la perseverancia final, y ciertamente debían concretarse a lo siguiente: exhortar a los infieles a creer y a los fieles a perseverar en la fe; pero todo lo demás, que es don de Dios (según lo admiten para evitar el error pelagiano), como la pureza, la continencia, la paciencia, etc., etc., virtudes por las cuales uno es justo, y que se obtiene de Dios por la fe, debían enseñar que había que pedirlas al Señor para sí o para otros, pero no exhortar a adquirirlas y conservarlas. Empero, cuando exhortan y confiesan que hay que exhortar a los hombres a la práctica de estas virtudes, bien paladinamente manifiestan que nuestras exhortaciones a la fe y a la perseverancia final no son inútiles porque digamos que ambas son dones de Dios.
46. Pero dicen: "Por culpa propia abandona uno la fe cuando cede y consiente en la tentación de abandonarla". ¿Quién lo va a negar? ¿Pero y por esto vamos a decir que la perseverancia no es don de Dios? Todos los días la pide el que reza: No nos dejes caer en la tentación127; y si su oración es oída, la recibe, y al pedirla todos los días, ciertamente no pone la esperanza de su perseverancia en sí mismo, sino en Dios. Finalmente, para no ser pesado y machacón en demasía, dejóles a solas con aquellas sus lamentables palabras: "La doctrina de la predestinación es para los oyentes, más que una exhortación a la virtud, motivo de desesperación". Lo que en lenguaje corriente quiere decir: el hombre tiene que desesperar de su salvación cuando pone la esperanza de la misma no en sí mismo, sino en Dios, y a esto dice el profeta: Maldito quien pone su esperanza en el hombre128.
47. Los dones, pues, que se dan a los elegidos, llamados según el designio de Dios, entre los cuales está el empezar a creer y el perseverar en la fe hasta el último instante de la vida, como con tal balumba de razones y autoridades hemos probado, estos dones, digo, no son previstos (presabidos) por Dios si la doctrina de la predestinación que defendemos no es verdadera; pero ciertamente, con toda certeza, son presabidos, previstos por Dios (y esto es la predestinación), luego la doctrina que defendemos es verdadera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario