DEL DON DE LA PERSEVERANCIA
Traductor: Toribio de Castro, OSA
CAPÍTULO XIII
32. Más, puesto que aquí tratamos del don de la perseverancia, ¿por qué Dios presta su ayuda a un no bautizado que va a morir, a fin de que no muera sin el bautismo, y a un bautizado que va a caer en pecado no se le socorre, para que muera antes de caer? A no ser que tengamos que escuchar de nuevo la absurda respuesta de que nada aprovecha el morir antes de caer, porque hemos de ser juzgados en conformidad con aquellos actos que la presciencia divina prevé que haríamos si viviésemos. ¿Quién podrá oír esta perversidad tan contraria a la santa fe? ¿Quién lo aguantará? Y, sin embargo, esto se ven precisados a decir los que no confiesan que la gracia de Dios no se da según nuestros méritos. Los que, por el contrario, la rechazan en vista de su absurdidad y manifiesta falsedad, no les queda otro remedio que condenar lo que la Iglesia condenó en los pelagianos e hizo que el mismo Pelagio condenara, a saber: la gracia de Dios no se nos da en consecuencia de nuestros méritos, pues todos los días están viendo que entre los niños, unos mueren sin ser regenerados por el bautismo y son condenados a muerte eterna, y otros, después de ser regenerados, salen de esta vida para la eterna; que entre los regenerados adultos, unos perseveran hasta el fin, otros continúan viviendo y llegan a caer, los que ciertamente no caerían si hubiesen sido librados de esta vida antes de caer; y, por fin, que algunos que han caído en pecado, se les prolonga la vida hasta que se arrepienten, los cuales en verdad perecerían si hubiesen muerto antes de arrepentirse.
33. Todo esto nos hace ver con toda claridad que la gracia de comenzar el bien (el initium fidei) y la de perseverar hasta el fin no se nos dan a consecuencia de nuestros méritos, sino según la secretísima y al mismo tiempo justísima, sapientísima y misericordiosísima voluntad de Dios, porque a los que predestinó, a ésos llamó71 con la vocación de la que se ha dicho: Los dones y vocación de Dios son inmutables72, y a la cual vocación no se puede afirmar con certeza que pertenezca ningún hombre mientras no salga de este mundo. Mas en esta vida humana, que es continua tentación sobre la tierra73, el que cree estar en pie, vea no caiga74. Por ende, como dijimos en el capítulo 875, por la providentísima voluntad de Dios, los que no han de perseverar están mezclados con los que perseverarán, para que aprendamos a no presumir, sino a acomodarnos a lo que sea más humilde76, y con temor y temblor trabajar en nuestra salvación, pues es Dios el que hace en nosotros el querer y el obrar según su buena voluntad77. Por consiguiente, nosotros queremos, pero es Dios el que obra en nosotros el querer; nosotros obramos, pero es Dios quien hace que obremos según su buena voluntad. Creer y confesar esto nos es necesario; esto es lo piadoso, esto es lo verdadero, para que nuestra confesión sea humilde y sumisa y se reconozca que todo viene de Dios. Pensando creemos, pensando hablamos, pensando hacemos todo lo que hacemos; mas en lo referente a las obras de piedad y al culto verdadero de Dios, no somos capaces por nosotros mismos ni de un buen pensamiento como de nosotros mismos, sino que nuestra capacidad viene de Dios78. "No están en nuestra mano ni nuestro corazón ni nuestros pensamientos", dice San Ambrosio. Y en otro párrafo añade: "¿Quién hay tan feliz que tenga siempre su corazón puesto en Dios? Y esto, ¿quién puede hacerlo sin auxilio de la divina gracia?" Nadie ciertamente, y por esto exclama David: Feliz, Señor, aquel a quien vos auxiliáis; su corazón se eleva hacia vos79. Para decir esto no solamente lo leía en las sagradas Escrituras, pero también, sin género de duda, lo sentía en su corazón. Así, lo que decimos en el prefacio de la santa misa: Que elevemos los corazones a Dios, es un don del Todopoderoso por el que al mismo Señor Dios nuestro debemos dar gracias, según nos amonesta el sacerdote, a lo que responden los fieles: Digno y justo es. No estando nuestro corazón en nuestro poder y siendo la gracia divina la que lo eleva para que guste no las cosas de la tierra, sino las del cielo, donde está Cristo sentado a la diestra del Padre80, ¿a quién hemos de dar las más rendidas gracias sino al Señor nuestro Dios, que, librándonos mediante tal beneficio del piélago de este mundo, nos eligió y nos predestinó antes de la creación y constitución del mismo?
CAPÍTULO XIV
34. Mas algunos dicen: "La doctrina de la predestinación, según se acaba de definir, es perjudicial, hace inútil la predicación". ¡Como si esta doctrina hubiera sido perjudicial a las predicaciones de San Pablo!... ¿Acaso este Doctor de las Gentes en la fe y en la verdad, que tantas veces recuerda la doctrina de la predestinación, dejó de predicar la palabra de Dios? Porque dijo que Dios obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito81, ¿dejó quizá de exhortarnos a querer las cosas que agradan a Dios y a practicarlas? O porque dijo: Quien empezó en vosotros la obra buena, la perfeccionará y completará hasta el día de nuestro Señor Jesucristo82, ¿no aconsejó instantemente a comenzar y perseverar hasta el fin? Nuestro mismo Señor Jesucristo nos mandó que creyésemos diciendo: Creed en Dios y creed en mí83, y por esto no son falsas aquellas palabras: Nadie viene a mí, es decir, nadie cree en mí, si no lo da mi Padre84. Ni porque esta afirmación es verdadera es vano aquel precepto. ¿Por qué, pues, hemos de juzgar la doctrina de la predestinación, que la sagrada Escritura tantas veces nos recuerda, como contraria y perjudicial a la predicación, a los mandatos, a las exhortaciones, a las correcciones, tan frecuentes también en la sagrada Escritura?
35. Naturalmente, nadie se atreverá a decir que Dios no conoció previamente a aquellos a quienes había de darles la gracia de creer o a los que había de entregar a su Hijo para que ninguno se perdiera85; y si lo previo (lo presupo), necesariamente previo los beneficios por los cuales se digna librarnos. Por ende, la predestinación de los santos no es otra cosa que la presciencia de Dios y la preparación de sus beneficios, por los cuales certísimamente se salva todo el que se salva; los qué no, son abandonados por justo juicio de Dios en la masa de perdición, donde quedaron aquellos tirios y sidonios, que hubieran creído si hubiesen visto las maravillosas obras de Cristo Jesús. Pero como no se les dio aquello por lo que hubieran creído, también se les negó el creer. De esto se deduce que algunos reciben de Dios el don natural de la inteligencia, que les llevaría a la fe si oyesen la conveniente palabra de Dios o viesen los milagros a propósito, y, sin embargo, si por más altos juicios de Dios no son separados, por la predestinación de su gracia, de la masa de perdición, ni oirán las palabras divinas ni verán los hechos por los cuales vendrían a la fe si oyesen o viesen tales cosas. En esa misma masa de perdición han quedado los judíos que no pudieron creer ante tan grandes y claras maravillas hechas en su presencia. Y por qué no pudieron creer, nos lo dice el Evangelio: Con haber hecho Jesús tantos milagros delante de ellos, no creían en El, para que se cumpliesen las palabras que dijo el profeta Isaías86: "¡Oh Señor!, ¿quién ha creído a lo que oyó de nosotros?87; y por esto no podían creer, pues ya dijo también Isaías: Cegó sus ojos y endureció su corazón para que con los ojos no vean y no perciban en su corazón por temor de convertirse y de que yo los cure88. No estaba así cegada la vista y endurecido el corazón de los tirios y sidonios, porque hubiesen creído si los milagros que los judíos vieron hubiéranlos visto ellos. Más de nada les valió el que podían creer, porque no estaban predestinados por aquel cuyos juicios son inescrutables e inapelables sus caminos89. Y ni a los judíos perjudicaría el que no pudieran creer si fueran predestinados de tal manera, que Dios iluminase a los ciegos, y a los endurecidos de corazón quisiera quitarles aquel "corazón de piedra". No obstante, lo que el Señor dijo de los de Tiro y Sidón, puede interpretarse de otro modo, a saber: "Nadie viene a Cristo sino aquel a quien se le concede", y se concede a quienes han sido elegidos en El antes de la constitución del mundo; lo que, sin duda, confesará quien no tenga cerrados los oídos del corazón a la palabra divina, que penetra por los oídos de la carne. Esta predestinación, que bien claramente está expuesta en el Evangelio, no impide que el Señor diga por lo que se refiere al comienzo de la fe, o initium fidei: Creed en Dios y creed en mí90; y respecto a la perseverancia: Es necesario orar perseverantemente y no desfallecer, pues oyen estas cosas y las hacen aquellos a quienes se les da; pero no las hacen, óiganlas o no las oigan, los que no reciben ese don; porque, dice, a vosotros se os ha dado el conocer el misterio del reino de los cielos; a ellos no se les ha dado91. De las cuales dos cosas, una pertenece a la misericordia, otra a la justicia de aquel a quien decimos: Yo, Señor, ensalzaré tu misericordia y tu justicia92.
36. La enseñanza del misterio de la predicación no impide el que se predique y se exhorte a perseverar en la fe y a que se hagan continuos progresos en la misma, para que a quienes se ha concedido obedecer oigan lo que les conviene, porque ¿cómo oirán si no hay quien les predique?93 Demás de esto, el predicar y exhortar a ello y a que se persevere hasta el fin no va en contra del misterio de la predestinación, pues así, el que vive y obedece fielmente, no se engreirá de su obediencia como si no fuese un don recibido, sino que quien se gloríe, gloríese en el Señor94. "De nada debemos gloriarnos, cuando nada es nuestro", como fidelísimamente y con toda seguridad enseñó San Cipriano, estableciendo así de manera inconcusa el dogma de la predestinación, pues si "de nada debemos gloriarnos, cuando nada es nuestro", ciertamente que no debemos gloriarnos de nuestra perseverante obediencia, porque no es nuestra, de manera que no lo hayamos recibido. Esta obediencia es un don de Dios, que El previo que había de dar a todo fiel cristiano de los llamados con aquella vocación de la que se dice: Los dones y vocación de Dios son inmutables95. Esta es la predestinación que leal y humildemente predicamos. Y, sin embargo, este santo Doctor y mártir, que creyó en Cristo y perseveró en su santa obediencia hasta la muerte, no por esto cesó de predicar el Evangelio, de exhortar a la fe, a las buenas costumbres y a la perseverancia hasta el fin, aunque había dicho: "De nada debemos gloriarnos, cuando nada es nuestro"; con lo cual sin ambigüedad ninguna declaró y enseñó que era verdadera gracia de Dios, es decir, que no se da según nuestros méritos, y, por ende, también la misma predestinación que Dios previo que había de conceder a sus elegidos. Consecuentemente, si la enseñanza del misterio de la predestinación no impidió a San Cipriano el predicar la obediencia, tampoco a nosotros debe impedírnosla.
37. Así, pues, aunque digamos que la obediencia es un don de Dios, exhortamos a todos los hombres a practicarla; empero, el que lo oigan obedientemente (de manera que obedezcan) es también un don de Dios dado a aquellos que oyen la exhortación de la verdad con obediencia, que no es concedido a los que no lo oyen de esta manera, pues no ha sido un cualquiera, sino el mismo Cristo, quien ha dicho: Nadie viene a mi si mi Padre no se lo concede, y a vosotros se os ha dado el conocer el misterio del reino de los cielos, pero\ a ellos no se les ha dado96; y de la continencia dice: No todos alcanzan esta palabra, sino aquellos a quienes se les ha dado97. Y el Apóstol, exhortando a los esposos a la pudicicia conyugal, dice: Quisiera que todos fueseis como yo mismo; mas cada uno tiene su don de Dios, quién de una manera, quién de otra98. En las cuales palabras bien a la clara enseña que no sólo la continencia es un don de Dios, pero también la castidad de los casados. Siendo todo esto verdadero, exhortamos, no obstante, a estas cosas en cuanto se nos ha dado que podamos exhortar, pues también esto es un don de Dios, en cuyas manos estamos nosotros y todas nuestras palabras99, a lo que dice el Apóstol: Según la gracia que se me ha dado, puse el fundamento cual sabio arquitecto100; y en otro lugar: A cada cual según le dio Dios101: Yo planté, Apolo regó, pero Dios dio el incremento. Por ende, ni el que planta ni el que riega son algo, sino Dios, que da el incremento102. Así, pues, como exhorta y predica justamente el que ha recibido ese don, del mismo modo, oye sumisamente y obedece al que exhorta y predica quien recibió ciertamente éste; y de aquí lo que decía nuestro Señor hablando a los que tenían abiertos los oídos carnales: El que tenga oídos de oír, que oiga103, porque en verdad sabía El que no todos lo tenían. ¿Mas de quién lo tenían todos los que lo tenían sino de aquel que dice: Les daré corazón para conocermey oídospara oír?104 En donde se ve que oídos de oír es el don de obediencia, para que quien los tuviere venga a Él, a quien nadie puede venir si no se le ha dado por su mismo Padre105. En consecuencia, exhortamos y predicamos; pero quien tiene oídos de oír, oye con sumisión, y el que no los tiene, le pasa lo que está escrito: que oyendo, no oyen106, esto es, que oyen con los oídos corporales, pero no prestan asentimiento en su corazón. El porqué unos tienen oídos para oír y otros no, es decir, por qué el Padre da el que unos vengan a su Hijo y otros no; ¿quién conoce los designios de Dios o quién fue su consejero?107 Tú, ¡oh hombre!, ¿quién eres para contender y controvertir con Dios?108 ¿Acaso se ha de negar una cosa clara porque no se puede comprender algo que se nos oculta? ¿Tendremos que decir que no es así lo que vemos que así es porque no descubrimos el porqué de que así sea?
CAPÍTULO XV
38. Mas, según me lo decís en vuestra carta, replican los adversarios: "La corrección y las advertencias serán totalmente ineficaces si públicamente se les predica a los fieles". La sentencia definida, lo establecido por la voluntad de Dios respecto a la predestinación es de tal manera, que algunos de vosotros, recibida la voluntad de obedecer, vinieseis de la infidelidad a la fe, o recibida la perseverancia, permanezcáis hasta el fin en la fe; otros que aún permanecen apegados a sus pecados no salen de ellos todavía, porque todavía no han recibido la ayuda de la misericordiosa gracia de Dios. Sin embargo, si algunos a los que su gracia predestinó para elegidos aun no han sido llamados, recibirán, no obstante, la gracia mediante la cual querréis y seréis elegidos; y si algunos que ahora obedecéis estáis predestinados para ser rechazados, se os quitarán las fuerzas para obedecer, a fin de que ceséis de hacerlo. Estas objeciones no deben asustarnos ni impedirnos confesar y proclamar la verdadera gracia de Dios, a saber, que la gracia se nos concede no según nuestros méritos; ni de reconocer, en conformidad con la misma, la predestinación de los santos, lo mismo que no nos asusta el confesar la presciencia de Dios porque alguno hable al pueblo de esta manera: "Ora al presente viváis bien, ora viváis mal, después seréis tales cuales Dios ha previsto que seréis en lo futuro: ya buenos, si sois buenos; ya malos, si sois malos". ¿Acaso porque algunos al oír esto se entreguen a la molicie y a la pereza y se deslicen por la pendiente de sus libidinosas concupiscencias hemos de tener por falso lo que de la presciencia de Dios decimos? ¿Qué? Si Dios prevé que en lo futuro han de ser buenos, ¿no han de ser buenos aunque ahora sean todo lo malos que quieran? Y si Dios prevé que han de ser malos, ¿no serán malos aunque ahora sean buenos a carta cabal? En nuestro monasterio hubo un religioso que, al corregirle los hermanos porque unas veces hacía lo que no debía y otras no hacía lo que debía, tenía por costumbre de responder: "Sea como sea al presente, seré después tal como Dios ha previsto que seré". Ciertamente decía la verdad; pero nada le aprovechaba para adelantar en el bien, sino que avanzó tanto en el mal, que, abandonado el monasterio, se hizo como perro que vuelve al vómito, y, sin embargo, aun no sabemos qué habrá de ser de él. ¿Acaso por todo esto hemos de callar o de negar lo que con toda certeza se dice de la presciencia divina? Sobre todo cuando, al no predicar esto, se cae en errores mayores.
Fuente: Augustinus.it
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