lunes, 14 de septiembre de 2026

Novena a María del Rosario de San Nicolás



La Santísima Virgen nos pidió en San Nicolás que recemos el Santo Rosario durante nueve días seguidos -Novena-, comenzando el día 17 de cada mes para terminarla el 25 que es su fiesta. Ella prometió que se obtendrán muchas gracias:

"Mi rostro refleja tristeza por las almas infieles, por los que no se acercan a mi Corazón, por los que no quieren ver el padecimiento que sufrió Cristo. Orad vosotros, los corazones fieles al Señor. Comenzad una Novena el día 17 (hasta el día 25), haced peticiones y en el correr de los días serán concedidas. Gloria al Señor."  (Mensaje 401 del 8-12-1984). 


NOVENA 
Antes de empezar, pedimos a María la gracia grande de poder contemplar, "vivir" los Misterios del Rosario desde su Corazón Inmaculado, para aprender a amar a su Divino Hijo, a su Sagrado Corazón, como Ella lo hace.  


ORACIONES PREVIAS AL REZO DEL SANTO ROSARIO 

Señal de la Cruz
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios Nuestro. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Pésame
Pésame Dios mío y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el Cielo que perdí; pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Vos. Antes querría haber muerto que haberos ofendido y propongo firmemente no pecar más y evitar todas las ocasiones próximas de pecado. Amén. 
Credo  
Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor; que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; nació de Santa María Virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso; desde allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos. Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.  

Invocación al Espíritu Santo
Ven Espíritu Santo, ven por medio de la poderosa intercesión del Corazón Inmaculado de María, Tu amadísima Esposa. 


Nos unimos a las intenciones pedidas por María: 

"Que el Señor tenga misericordia con el mundo entero, y que el mundo entero responda a su llamado de conversión; que el hombre se entregue totalmente a Dios y que no deje pasar este momento tan especial". (PM 43)

Pedimos por nuestras intenciones

Damos gracias al Señor por todo lo que nos da


Rezo de los Misterios

Oraciones del Santo Rosario

Padre Nuestro
Padre Nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como el en Cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén. 

Ave María
Dios te salve, María, llena eres de Gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.  

Gloria
Gloria al Padre, Gloria al Hijo y Gloria al Espíritu Santo, como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. 

Jaculatoria 
(después del Gloria en cada decena)
Padre, líbranos de todo mal; con tu Santa Sabiduría, Señor, sálvanos de todo pecado. En nombre de todos cuantos te queremos, Señor, llévanos por el camino del bien. Amén. 

Rezamos el Santo Rosario según los Misterios que correspondan a cada día: Gozosos, Luminosos, Dolorosos y Gloriosos, haciendo una meditación evangélica.

Al terminar las cinco decenas correspondientes, rezamos un Padre Nuestro y tres Ave María por las intenciones del Santo Padre y la Iglesia Católica.



Oración de la Novena 
(se reza al teminar el Rosario)

Madre, una gracia te pido, 
que me sanes en cuerpo y alma, 
sé que debo despojarme de mi orgullo, 
y de todos mis pecados.

Qué lejos estaba de Ti, 
qué negro velo cubría mi alma, 
hoy te descubro y quiero vivir, 
detiene tu mano, 
pósala en mi corazón.
Amén. 


ORACIONES POSTERIORES AL REZO DEL ROSARIO

Letanías a la Santísima Virgen

Señor, ten piedad
Cristo, ten piedad
Señor, ten piedad.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Dios, Padre celestial, 
ten piedad de nosotros.

Dios, Hijo, Redentor del mundo, 
ten piedad de nosotros.
Dios, Espíritu Santo, 
ten piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios,
ten piedad de nosotros.

Santa María, 
ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios,
ruega por nosotros.
Santa Virgen de las Vírgenes,
ruega por nosotros.
Madre de Cristo, 
ruega por nosotros.
Madre de la Iglesia,
ruega por nosotros. 
Madre de la divina gracia, 
ruega por nosotros.
Madre purísima, 
ruega por nosotros.
Madre castísima,
 ruega por nosotros.
Madre siempre virgen,
ruega por nosotros.
Madre inmaculada, 
ruega por nosotros.
Madre amable, 
ruega por nosotros.
Madre admirable,
 ruega por nosotros.
Madre del Buen Consejo, 
ruega por nosotros.
Madre del Creador,
 ruega por nosotros.
Madre del Salvador, 
ruega por nosotros.
Madre de Misericordia,
ruega por nosotros. 
Virgen prudentísima, 
ruega por nosotros.
Virgen digna de veneración, 
ruega por nosotros.
Virgen digna de alabanza, 
ruega por nosotros.
Virgen poderosa, 
ruega por nosotros.
Virgen clemente, 
ruega por nosotros.
Virgen fiel, 
ruega por nosotros.
Espejo de justicia, 
ruega por nosotros.
Trono de la sabiduría, 
ruega por nosotros.
Causa de nuestra alegría, 
ruega por nosotros.
Vaso espiritual, 
ruega por nosotros.
Vaso digno de honor,
 ruega por nosotros.
Vaso de insigne devoción, 
ruega por nosotros.
Rosa Mística,
ruega por nosotros. 
Torre de David, 
ruega por nosotros.
Torre de marfil, 
ruega por nosotros.
Casa de oro,
ruega por nosotros. 
Arca de la Alianza, 
ruega por nosotros.
Puerta del cielo, 
ruega por nosotros.
Estrella de la mañana, 
ruega por nosotros.
Salud de los enfermos, 
ruega por nosotros.
Refugio de los pecadores, 
ruega por nosotros.
Consoladora de los afligidos, 
ruega por nosotros.
Auxilio de los cristianos, 
ruega por nosotros.
Reina de los Ángeles, 
ruega por nosotros.
Reina de los Patriarcas, 
ruega por nosotros.
Reina de los Profetas, 
ruega por nosotros.
Reina de los Apóstoles, 
ruega por nosotros.
Reina de los Mártires,
 ruega por nosotros.
Reina de los Confesores, 
ruega por nosotros.
Reina de las Vírgenes, 
ruega por nosotros.
Reina de todos los Santos,
ruega por nosotros. 
Reina concebida sin pecado original, 
ruega por nosotros.
Reina asunta a los Cielos, 
ruega por nosotros.
Reina del Santísimo Rosario, 
ruega por nosotros.
Reina de la familia, 
ruega por nosotros.
Reina de la paz,
ruega por nosotros.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, 
perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, 
escúchanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, 
ten misericordia de nosotros.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. 
Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.


Oremos: Te suplicamos, oh Dios y Señor nuestro, nos concedas gozar de continua salud de alma y cuerpo, y por la gloriosa intercesión de la bienaventurada siempre Virgen María, vernos libres de las tristezas de la vida presente y disfrutar de las alegrías eternas. 
Por Cristo nuestro Señor. Amén.


 Alabanzas al Padre Celestial 

A cada una de las alabanzas repetimos: Danos la bendición diaria.

Camino de los perdidos,
Medicina de los enfermos,
Bebida de los sedientos,
Riqueza de los humildes,
Bendición de sus hijos,
Espíritu Consolador,
Amor de los amores,
Vida de lo eterno.
Padre de la Divina Misericordia.
(m. 810; 27-2-86)



ORACIONES DE LA CONSAGRACIÓN A MARÍA

"Oh, Madre, quiero consagrarme a Ti,Virgen María, hoy consagro mi vida a Ti. Siento necesidad constante de tu presencia en mi vida, para que me protejas, me guíes y me consueles. Sé que en Ti mi alma encontrará reposo y la angustia en mí no entrará; mi derrota se convertirá en victoria; mi fatiga en Ti, fortaleza es. Amén. (m. 275)

Dios me conceda la gracia de vivir para Ti, de amar a tu Corazón con todo mi ser, y que seas Tú, Madre Mía, la que limpie mi alma y la purifique. Amadísima Madre, enséñame a amar a Jesús, hazme digno de Jesús y de Ti, Madre, y que la consagración de este día me una más a Ti y a tu Hijo. Amén. (m. 939)  


Algunos mensajes de María del Rosario de San Nicolás que se refieren a la importancia de orar la Novena:

14-12-83 (ex 7) PM 43
Pide en tus intenciones, en la manera en que lo estás haciendo:
"Que el Señor tenga misericordia con el mundo entero, y que el mundo entero responda a su llamado de conversión, que el hombre se entregue totalmente a Dios y que no deje pasar este momento tan especial".
"Dad a conocer mi Novena, que todos tengan oportunidad de hacerla y pedir al Señor por todos ellos; vosotros seguidla fielmente, no la cortéis, unidos debéis rezar y pedir. Yo la mandé, respetadla...".
Leed: Hebr. 10, 19-25; 11, 1-3 

15-1-85  443
Hijos míos, comenzad una Novena especial el día diecisiete para terminar el veinticinco.
Digo especial, porque quiero que hagáis peticiones, y os aseguro que ninguna súplica hecha con amor, quedará desoída por vuestra Madre.
Esta Novena, se renovará todos los meses y abundarán Gracias.
Alabado sea el Señor. 

18-4-86  857
Hija mía: Que tus hermanos sepan, que de las novenas que hacéis salen conversiones. Las oraciones dan sus frutos.
Muchos más darían, si ellos amaran verdaderamente al Sagrado Corazón de mi Hijo.
Darse a Dios, es amar, pura y exclusivamente a Dios.
Amén, amén. 

19-7-86  923
Hija, quiero de tus hermanos una especial devoción al rezo del Santo Rosario, quiero Novenas perpetuas; quiero decir, jamás interrumpidas. Orando se aleja al maligno, orando se llega a Dios, orando se salvan las almas.
Gloria al Señor.
Leed: Tobías C.13, V.6 - 7 

25-2-87 (Día de Peregrinación)  1110
¡Oh hija mía! Mi Corazón participa con todos tus hermanos en cada Novena.
Nadie se detenga jamás, nadie de un paso atrás, nada sea motivo de impedimento para orar.
Voy lentamente llevando adelante, haciendo realidad la obra de mi Hijo, obra perfecta de Redención para la salvación de los hombres.
Aleluia.
Debes darlo a conocer.




San Agustín: El combate cristiano



EL COMBATE CRISTIANO

Traductor: Lope Cilleruelo, OSA

Revisión: Domingo Natal, OSA


CAPÍTULO XII

La fe cristiana reina y vence por doquier

13. Así pues, varones y mujeres, y toda edad y dignidad de este mundo, se nos exhorta a la esperanza de la vida eterna. Unos, abandonando los bienes temporales, vuelan a los divinos. Otros se humillan ante las virtudes de los que eso hacen, y alaban lo que no se atreven a imitar. Unos pocos aún murmuran y se retuercen de vana envidia, son los que buscan sus cosas en la Iglesia aunque parezcan católicos, son los herejes que pretenden gloriarse con el nombre de Cristo, o los judíos que desean defender el pecado de su impiedad o los paganos que temen perder la curiosidad de su vana licencia. Pero la Iglesia católica, difundida a lo largo y lo ancho de todo el orbe, que quebrantó el ímpetu de todos ellos en tiempos pasados, se robustece más y más, no con la resistencia, sino con la tolerancia. Apoyada en su fe, se ríe de los problemas insidiosos que ellos presentan, con diligencia los discute, con inteligencia los resuelve. No se cuida de la paja de sus acusadores, ya que distingue con cautela y diligencia el tiempo de la cosecha, el de la era y el del granero. Corrige a los que denuncian su grano y a los que yerran, o cuenta entre las espinas y la cizaña a los envidiosos.

CAPÍTULO XIII

La fe recta y la acción buena

14. Así pues, sometamos nuestra alma a Dios si queremos reducir a servidumbre nuestro cuerpo y triunfar del diablo. La fe es la primera que somete el alma a Dios. Después, los preceptos para vivir bien, cuya observancia afirma la esperanza, nutre la caridad y comienza a iluminar lo que antes, solo, se creía. Dado que el conocimiento y la acción hacen al hombre feliz, así como hemos de evitar el error en el conocimiento, hemos de evitar la maldad en la conducta. Pues yerra quien piensa que puede conocer la verdad cuando vive inicuamente. Porque iniquidad es amar este mundo y estimar en mucho lo que nace y pasa, así como desearlo y trabajar para conseguirlo, regocijarse cuando abunda, temer que perezca y entristecerse cuando perece. Una vida tal no puede contemplar aquella verdad pura, auténtica e inalterable, ni adherirse a ella ni permanecer con ella para siempre. Por tanto, antes de que se purifique nuestra mente, hemos de creer lo que aún no podemos entender, pues con razón dijo el profeta: si no creyereis, no entenderéis 40.

15. La Iglesia nos transmite, en pocas palabras, la fe con la que se nos confían las cosas eternas, que los carnales no pueden todavía entender, y también las cosas temporales, pasadas y futuras, que la eternidad de la divina Providencia realizó o realizará por la salvación de los hombres. Creamos, pues, en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, personas eternas e inmutables, esto es, un solo Dios, Trinidad eterna en una única sustancia, Dios del que todo, por quien todo y en quien todo existe 41.

CAPÍTULO XIV

Afirmemos la Trinidad

16. Hagamos oídos sordos a los que dicen que solo existe el Padre, que no tiene Hijo, ni tiene consigo al Espíritu Santo, sino que el mismo Padre, a veces, se llama Hijo y, a veces, Espíritu Santo. Porque esos no conocen el Principio, del que todo procede, ni a su Imagen, por quien todo se forma, ni su Santidad, que todo lo ordena.

CAPÍTULO XV

Trinidad no significa tres dioses

17. No oigamos tampoco a los que se indignan y se estomagan porque no decimos que hay que adorar a tres dioses. Pues ignoran lo que es una y la misma sustancia, y les engañan sus fantasías porque suelen ver corporalmente tres animales o tres cuerpos cualesquiera, que se hallan separados en sus propios lugares, y piensan que así hemos de entender la sustancia divina. Y yerran mucho porque son soberbios y no pueden aprender porque se niegan a creer.

CAPÍTULO XVI

Las tres divinas personas son iguales y eternas

18. Ni escuchemos a los que dicen que solo el Padre es Dios verdadero y eterno, que el Hijo no fue engendrado por Él, sino hecho por Él de la nada; que hubo un tiempo en el que el Hijo no existía, aunque ocupa el primer lugar entre todas las criaturas, y que el Espíritu Santo es de menor majestad que el Hijo y que fue hecho después del Hijo y que la sustancia de los tres es diferente como el oro, la plata y el bronce. No saben lo que dicen, y, acostumbrados a ver las cosas con los ojos corporales, se empeñan en transferir sus vanas imágenes a estas sus discusiones. Ciertamente es algo grande contemplar con la mente una generación que no se realiza en el tiempo, sino que es eterna, y contemplar la misma Caridad y Santidad por la que el Engendrador y el Engendrado se unen de modo inefable. Es grande y difícil contemplar esto con la mente, aunque esté sosegada y tranquila. Pero no es posible que vean esto los que, demasiado apegados a la generación terrena, añaden a sus tinieblas también el humo, que no cesan de levantar con sus contiendas y disputas diarias, mientras rebosa su alma de afectos carnales. Son como leños que rezuman humedad, de los que el fuego no logra sacar sino humo y no pueden producir llama limpia. Y esto se puede decir, con razón, de todos los herejes.

CAPÍTULO XVII

La fe en la encarnación de Cristo

19. Creamos, pues, en la Trinidad inmutable al mismo tiempo que en su economía temporal por la salud del género humano. Y no escuchemos a los que dicen que el Hijo de Dios, Jesucristo, no es más que un simple hombre, aunque tan justo que mereció ser llamado Hijo de Dios. A éstos también la disciplina católica los arrojó de su seno, porque, engañados con el apetito de la vanagloria, se empeñaron, con obstinación, en discutir, antes de entenderlo, qué es la Verdad y la Sabiduría de Dios 42, y qué significa: en el principio era el Verbo, por quien fueron hechas todos las cosas, y cómo el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros 43.

CAPÍTULO XVIII

Cristo tuvo verdadero cuerpo

20. Ni oigamos tampoco a los que dicen que el Hijo de Dios no se hizo verdadero hombre, ni nació de mujer, sino que mostró a los que lo vieron una carne falsa y una figura simulada de cuerpo humano. Ignoran que la sustancia divina, al gobernar todas las criaturas, no puede recibir mancha alguna en absoluto, y, en cambio, ellos mismos confiesan que este sol visible esparce sus rayos sobre todas las inmundicias y las manchas corporales, y se mantiene puro e íntegro en todas partes. Si, pues, las cosas visibles y limpias pueden ser tocadas por cosas visibles y sucias sin mancharse, ¿cuánto más la Verdad, invisible e inmutable, al tomar el alma por el espíritu y el cuerpo por el alma, pudo asumir al hombre entero y liberarlo de todas sus enfermedades sin padecer contaminación alguna? Así, éstos padecen grandes angustias cuando temen lo imposible, a saber, que la Verdad se mancille con la propia carne humana. Entonces dicen que mintió la Verdad. Y como Cristo mandase: Poned en vuestros labios: Sí, sí, No, no 44, y el Apóstol clame: No había en Él Sí y No, tan sólo había Sí 45, estos pretenden que su cuerpo fue una carne falsa, de modo que les parece que no imitan a Cristo si no mienten a su audiencia.

CAPÍTULO XIX

Cristo tuvo mente humana

21. Tampoco escuchemos a los que confiesan a la Trinidad, en una solo sustancia eterna, pero se atreven a decir que el mismo hombre que fue asumido en la economía temporal no tuvo mente humana, sino solo alma y cuerpo. Esto es como decir: no fue hombre, aunque tenía miembros humanos. Pues alma y cuerpo tienen también los animales, pero carecen de entendimiento, que es lo propio del espíritu. Pero si hay que anatematizar a los que niegan que Cristo tuviera cuerpo humano, que es lo ínfimo en el hombre, me maravilla que éstos no se sonrojen al negarle que tuviera lo mejor que tiene el hombre. Mucho se ha de deplorar que la mente humana sea vencida por el cuerpo si ni siquiera fue reformada en aquel hombre en el cual el cuerpo humano recibió la dignidad de una forma celestial. Pero Dios nos libre de creer tal cosa, inventada por una ceguera temeraria y una locuacidad soberbia.

CAPÍTULO XX

El Verbo asumió al hombre en Cristo de otro modo que en los santos

22. Hagamos oídos sordos también a los que dicen que la Sabiduría divina asumió al hombre, nacido de la Virgen, igual que cuando hace sabios a unos hombres que así son sabios perfectos. Desconocen el misterio propio de ese hombre asumido y piensan que solo tuvo de especial, respecto a los demás bienaventurados, el haber nacido de una Virgen. Si reparasen bien en ello, quizá creyeran que, si tuvo una dignidad sobre todos los demás, fue porque tal encarnación fue algo muy especial que no lo ha sido en los otros. En efecto, una cosa es hacerse sabio por la Sabiduría de Dios y otra asumir la persona misma de la Sabiduría de Dios. Pues ¿quién hay que no entienda que, aunque la naturaleza del cuerpo de la Iglesia es única, existe una gran diferencia entre el cuerpo y la cabeza? Si la cabeza de la Iglesia es aquel hombre por cuya unión el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros 46, sus miembros son todos los santos con los que se completa y perfecciona la Iglesia. Pues, así como el alma anima y vivifica todo nuestro cuerpo, pero en la cabeza siente con la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto, y, en los otros miembros, solo siente con el tacto, y, por eso, todos los sentidos están sujetos a la cabeza para obrar, pues ella fue colocada arriba para dirigir. Y, así, en cierto modo, la cabeza hace la veces del alma que dirige el cuerpo, y la cabeza es como la sede de la persona y, por eso, están en ella todos los sentidos, del mismo modo el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, es para todo el pueblo de los santos como la cabeza para el cuerpo. Y, por tanto, la Sabiduría de Dios, el Verbo, que estaba en el principio y por quien fueron hechas todas las cosas, no asumió, así, a aquel hombre como a los demás santos, sino de modo mucho más excelente y sublime como a él solo convino asumirlo para que la Sabiduría apareciese en él como convenía que se manifestase visiblemente a los hombres. Por lo que, de un modo son sabios todos los hombres que lo son, o lo fueron o lo serán, y de otro modo lo es el único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús 47, que no solo se beneficia de la Sabiduría, por la que se hacen sabios todos los hombres, sino que él mismo lo es en persona. Pues de las demás almas sabias o espirituales, con razón, puede decirse que tienen en sí al Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, pero de nadie puede decirse, con razón, que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, pues eso solo se puede decir, con plena razón, de nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: augustinus.it