martes, 25 de agosto de 2026

San Agustín: El combate cristiano - Capítulos VIII, IX, X y XI

 

EL COMBATE CRISTIANO

Traductor: Lope Cilleruelo, OSA

Revisión: Domingo Natal, OSA

CAPÍTULO VIII

Todo lo gobierna la divina Providencia

9. Pero, así como estas almas, con voluntad capaz de dañar y entendimiento para pensar, están ordenadas por la ley divina, para que nadie padezca injustamente, del mismo modo, todas las cosas, animales y corporales, cada una según su género y orden, están sometidas a la ley de la divina Providencia y son gobernadas por ella. Por eso dice el Señor: ¿No se venden dos pájaros por un as, y no cae en tierra uno de ellos sin la voluntad de vuestro Padre? 24 Pues esto lo dijo para mostrar que la omnipotencia divina gobierna incluso lo que los hombres consideran muy vil. Así, atestigua la Verdad que Dios alimenta las aves del cielo, viste a los lirios del campo y tiene incluso contados los cabellos de nuestra cabeza 25. Pero como Dios cuida, por sí mismo, de las puras almas racionales, ya se trate de los grandes y óptimos ángeles, ya de los hombres, que le sirven con toda su voluntad, y lo demás lo gobierna por medio de ellos, con toda verdad se pudo decir también lo del Apóstol: ¿acaso se cuida Dios de los bueyes? 26 En las santas Escrituras, Dios enseña a los hombres cómo han de comportarse con los otros hombres y servir al mismo Dios. Ya saben ellos, por sí mismos, cómo tratar a sus animales, esto es, cómo cuidar su salud, dada la experiencia, la pericia y la razón natural, unas dotes que han recibido de los grandes tesoros de su Creador. Así pues, el que pueda, entienda cómo Dios su Creador gobierna a todas sus criaturas por medio de las almas santas, que son sus ministros en el cielo y en la tierra. Esas almas santas fueron hechas por Él y mantienen el primado de todas sus criaturas. El que pueda, pues, entender, entienda y entre en el gozo de su Señor 27.

CAPÍTULO IX

Gustar la dulzura divina

10. Pero si no podemos entenderlo mientras vivimos en este cuerpo y peregrinamos alejados del Señor 28, gustemos al menos cuán suave es el Señor 29, que nos dio las arras del Espíritu 30, con el que podamos experimentar su dulzura, y codiciemos la fuente misma de la vida, en la que, con sobria embriaguez, seamos regados e inundados, como el árbol plantado al borde de la corriente de agua 31, que da fruto a su tiempo y sus hojas nunca caen. Pues dice el Espíritu Santo: Los hijos de los hombres esperarán a la sombra de tus alas, se embriagarán de las riquezas de tu casa y los abrevarás en el torrente de tus delicias. Porque en ti está la fuente de la vida 32. Esa embriaguez no quita el sentido, sino que lo arrebata hacia lo alto y produce el olvido de las cosas terrenas, de modo que podamos decir, de todo corazón: como desea el ciervo las fuentes de agua, así te desea a ti mi alma, ¡oh Dios! 33

CAPÍTULO X

El Hijo de Dios se hizo hombre por nosotros.
El libre albedrío

11. Pero si acaso no somos capaces de gustar la dulzura del Señor, a causa de las enfermedades que el alma contrajo por el amor de este mundo, creamos a la autoridad divina que en las Escrituras santas habló acerca de su Hijo, que como dice el Apóstol: vino a ser del linaje de David según la carne 34. Como está escrito en el Evangelio: todo fue creado por Él y sin Él nada se hizo 35. Él se compadeció de nuestra flaqueza, flaqueza que no es obra suya, sino que hemos merecido por nuestra voluntad. Pues Dios hizo al hombre inmortal y le dotó de libre albedrío 36, ya que no sería perfecto si hubiese tenido que cumplir los mandamientos de Dios por la fuerza y no de grado. Todo esto, a mi juicio, es muy fácil de entender, pero no quieren entenderlo los que abandonaron la fe católica y quieren llamarse cristianos. Pues si con nosotros confiesan que la naturaleza humana no se cura sino haciendo el bien, confiesen que no se debilita sino pecando. Por lo tanto, no podemos creer que nuestra alma sea sustancia divina, porque, si lo fuese, no se podría deteriorar ni por su propia voluntad ni por ninguna necesidad imperiosa. Pues es bien sabido que Dios es inmutable para todos aquellos que no se empeñan en disputas, celos y deseos de vanagloria y en hablar de lo que no saben, sino que, con humildad cristiana, perciben la bondad de Dios y le buscan con un corazón sencillo 37. El Hijo de Dios se dignó asumir esta nuestra flaqueza: y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros 38. No porque su eternidad fuera suplantada, sino porque mostró a la mirada mudable humana la criatura mudable que asumió con inmutable majestad.

CAPÍTULO XI

Conveniencia de la encarnación de Dios para liberar al hombre

12. Realmente son unos necios los que dicen: ¿No podía la Sabiduría divina liberar al hombre de otro modo sino asumiendo al hombre, naciendo de mujer y padeciendo tanto de parte de los pecadores? A éstos les decimos: Podía perfectamente. Pero, si lo hubiese hecho de otro modo, también hubiese disgustado a vuestra necedad. Si no hubiese aparecido a los ojos de los pecadores, no hubiesen podido contemplar su esplendor eterno, visible a la mirada interior pero invisible a las mentes corruptibles. Pero ahora, al dignarse instruirnos con su apariencia visible para disponernos a lo invisible, disgusta a los avaros porque no tuvo un cuerpo de oro, disgusta a los impuros porque nació de mujer, y los impuros odian muchísimo el que las mujeres conciban y den a luz, disgusta a los altivos porque sufrió con paciencia las injurias, disgusta a los sibaritas porque fue atormentado, y disgusta a los medrosos porque padeció la muerte. Y para que no parezca que defienden sus vicios, dicen que eso no les disgusta en los hombres, sino en el Hijo de Dios. Pues no entienden en qué consiste la eternidad de Dios que asumió al hombre, ni en qué consiste esa misma criatura humana, que con esas mutaciones fue reconducida a su antigua firmeza, para que aprendiéramos, por la enseñanza divina, que la enfermedad contraída por el pecado se cura con la virtud. Así, también se nos mostraba a qué grado de caducidad había llegado el hombre, por su pecado, y de qué fragilidad fue liberado con el auxilio divino.

Para eso el Hijo de Dios asumió al hombre y en él padeció los achaques humanos. Esta medicina del género humano es tan alta que no podemos ni imaginarla. Porque ¿qué soberbia podrá curarse si no se cura con la humildad del Hijo de Dios? ¿Qué avaricia podrá curarse si no se cura con la pobreza del Hijo de Dios? ¿Qué ira podrá curarse si no se cura con la paciencia del Hijo de Dios? ¿Qué impiedad podrá curarse si no se cura con la caridad del Hijo de Dios? Finalmente, ¿qué miedo podrá curarse si no se cura con la resurrección del cuerpo de Cristo el Señor? Levante el género humano su esperanza y reconozca su naturaleza y vea qué alto lugar ocupa entre las obras de Dios. No os menospreciéis, ¡oh varones!, pues el Hijo de Dios se hizo varón. No os menospreciéis, ¡oh mujeres!, pues el Hijo de Dios nació de mujer.

Pero tampoco améis lo carnal, pues, en el Hijo de Dios, no somos ni varón ni mujer. No améis las cosas temporales, porque si pudieran amarse rectamente, las hubiese amado el hombre asumido por el Hijo de Dios. No temáis las afrentas ni la cruz ni la muerte, porque si dañasen al hombre no las hubiera padecido el hombre que asumió el Hijo de Dios. Toda esta exhortación que, ahora, por doquier se pregona y venera, que cura a toda alma obediente, no entraría en las vidas humanas si no se hubiesen realizado todas esas cosas que tanto disgustan a los necios. ¿A quién se dignará imitar la ambiciosa altivez, para llegar a gustar la virtud, si se avergüenza de imitar a aquel de quien se dijo, antes de nacer, que será llamado Hijo del Altísimo, y que de hecho así es ya llamado por todo los pueblos, cosa que nadie puede negar?

Si tan alta estima tenemos de nosotros mismos, dignémonos imitar a aquel que se llama Hijo del Altísimo. Si nos tenemos en poco, osemos imitar a los publicanos y pecadores que le imitaron a Él. ¡Oh medicina que a todos aprovecha: reduce todos los tumores, purifica todas las podredumbres, suprime todo lo superfluo, conserva todo lo necesario, repara todo lo perdido, corrige todo lo depravado! ¿Quién se enorgullecerá contra el Hijo de Dios? ¿Quién desesperará de sí, cuando el Hijo de Dios quiso ser tan débil por él? ¿Quién pondrá la vida feliz en aquellas cosas que el Hijo de Dios enseñó a despreciar? ¿A qué adversidades cederá, quien cree que la naturaleza humana fue preservada, por el Hijo de Dios, entre tantas persecuciones? ¿Quién pensará que tiene cerrado el reino de los cielos, cuando sabe que los publicanos y las meretrices imitaron al Hijo de Dios? 39 ¿Y de qué maldad no se librará quien contempla, ama e imita los hechos y dichos de aquel hombre en el que el Hijo de Dios se nos ofreció como ejemplo de vida

Fuente: Augustinus.it