domingo, 16 de agosto de 2026

San Agustín: El Combate Cristiano - Capítulos IV, V, VI y VII.

EL COMBATE CRISTIANO

Traductor: Lope Cilleruelo, OSA

Revisión: Domingo Natal, OSA

 


CAPÍTULO IV

Teoría de los maniqueos

4. Erraron, pues, los maniqueos cuando dijeron que antes de la creación del mundo había un linaje de las tinieblas que se rebeló contra Dios. Creen los infelices que en esta guerra no pudo el Dios omnipotente defenderse contra ellos de otro modo que arrojando una parte de su sustancia divina. Los príncipes de aquel linaje, según ellos, devoraron parte de la sustancia divina y así quedaron sosegados de modo que pudo fabricarse el mundo a partir de ellos. Explican así que Dios logró la victoria con grandes calamidades, tormentos y desventuras de sus miembros. Pues, según añaden, los miembros divinos tuvieron que ser asimilados por las entrañas tenebrosas de aquellos príncipes para calmarlos y mitigar su furor. No entienden que su secta es tan sacrílega que presenta al Dios omnipotente luchando con las tinieblas, no por medio de las criaturas que Él creó, sino con su propia sustancia, lo que es realmente sacrílego. Y no solo esto, sino que añaden que los vencidos se hicieron así mejores, pues quedó mitigado su furor, aunque la sustancia divina, que venció, se envileció. Más aún, dicen que, al mezclarse con las entrañas tenebrosas, la sustancia divina perdió el entendimiento, la bienaventuranza y quedó sumida en grandes errores y desventuras. Y aunque expliquen que, al fin, toda la sustancia divina quedará purificada, afirman una gran impiedad contra el Dios omnipotente, cuya sustancia creen que ha sufrido errores y castigos sin culpa alguna. Incluso, los infelices se atreven a decir que no toda la sustancia se podrá purificar, y que esa parte no purificada contribuirá al bien de su portador al quedar envuelta y sepultada en el mal. Así siempre habrá una parte desventurada de Dios, porque aunque en nada delinquió quedará sujeta, para siempre, a la cárcel de las tinieblas.

Esto dicen los maniqueos para seducir a las almas sencillas. Pero ¿quién será tan ingenuo que no vea que todo esto es un sacrilegio, pues se afirma que el Dios omnipotente, vencido por la fatalidad, tuvo que entregar una parte propia, buena e inocente, para verse envuelta en tantas desventuras y mancillada con tanta inmundicia, de modo que no pueda libertarse del todo y, así, sin poder liberarse quede sujeta a cadena perpetua? ¿Quién no execrará todo esto? ¿Quién no comprenderá que es algo impío y nefando? Pero ellos, cuando captan a alguien, no comienzan por decirle esto, puesto que, si así lo hicieran, todos se burlarían de ellos y les abandonarían, sino que comienzan por seleccionar los pasajes de la Escritura que los sencillos no entienden, y así les engañan, como a almas inexpertas, preguntándoles que de dónde viene el mal. Así lo hacen, por ejemplo, con este pasaje en el que dice el Apóstol: Los gobernadores de estas tinieblas y los espíritus malos que habitan en el cielo 14. Vienen, pues, estos seductores y preguntan a un hombre que no entiende las divinas Escrituras cómo pueden estar en el cielo los gobernadores de las tinieblas, para que, al no saber responder, sea arrastrado por ellos al engaño, pues toda alma ignorante es curiosa. Mas quien conoce bien la fe católica y vive protegido por las buenas costumbres y la verdadera piedad, aunque no conozca su herejía, sabe cómo responderles. Pues nadie puede engañar al que conoce lo que atañe a la fe católica, difundida por el orbe de la tierra, ya que ella vive segura, bajo el gobierno de Dios, frente a los impíos y pecadores y frente a los mismos católicos negligentes.

CAPÍTULO V

De cómo los espíritus malos habitan en el cielo

5. Decíamos que el apóstol San Pablo afirma que estamos en combate contra los gobernadores de las tinieblas y los espíritus malos que habitan en el cielo. Y ya hemos probado que se llama cielo incluso al aire próximo a la tierra. Ahora, es preciso creer que nosotros luchamos contra el diablo y sus ángeles que se gozan en nuestra perturbación. En efecto, el mismo Apóstol, en otro lugar, llama al diablo príncipe del poder del aire 15. Aunque este pasaje, en que dice: los espíritus malos del cielo, pueda entenderse de otro modo, para que no ponga en el cielo a los mismos ángeles prevaricadores, sino más bien a nosotros de quienes en otro lugar dice: nuestra conversación está en el cielo 16. Y para que aferrados a las cosas celestiales, es decir, caminando en los preceptos espirituales de Dios, luchemos contra los espíritus malos que tratan de arrojarnos de allí. Mucho nos hemos de preguntar cómo podemos luchar y vencer a los enemigos que no vemos, para que no piensen los necios que peleamos con el aire.

CAPÍTULO VI

Para vencer al diablo y al mundo hay que someter el cuerpo

6. El mismo Apóstol nos enseña cuando dice: No peleo como quien azota el aire, sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que, mientras predico a otros, yo sea encontrado réprobo 17. Y también dice: Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo 18. Por lo que hemos de entender que el Apóstol triunfó, en sí mismo, de los poderes de este mundo, como lo había dicho el Señor 19, cuyo imitador se declara. Imitémosle, pues, nosotros, como él nos exhorta, y castiguemos nuestro cuerpo y reduzcámoslo a servidumbre si queremos vencer al mundo. Pues el mundo puede dominarnos con sus placeres ilícitos, con sus pompas y curiosidad malsana. Puesto que los placeres perniciosos de este mundo esclavizan a los amantes de las cosas temporales, y les obligan a servir al diablo y a sus ángeles. Pero si hemos renunciado a todas esas cosas, reduzcamos a servidumbre a nuestro propio cuerpo.

CAPÍTULO VII

Para someter nuestro cuerpo debemos someternos a Dios,
a quien todo sirve quiera o no

7. Pero quizá alguien pregunte cómo hacer para reducir nuestro cuerpo a servidumbre. Esto puede fácilmente entenderse y realizarse si primero nosotros nos sometemos a Dios con buena voluntad y sincera caridad. Verdad es que toda criatura, quiera o no, está sometida a su único Dios y Señor. Pero se nos amonesta que sirvamos al Señor nuestro Dios con plena voluntad. Porque el justo sirve libremente, el injusto forzosamente, pero todos sirven a la divina Providencia. Unos obedecen como hijos y hacen así lo que es bueno, otros trabajan encadenados, como esclavos, y se hace con ellos lo que es justo. Así, el Dios omnipotente, Señor de la creación entera, que, como está escrito, hizo todas las cosas muy buenas 20, las ordenó de tal modo que hacen el bien por las buenas o por las malas. En efecto, lo que se hace con justicia, bien se hace. Con justicia son bienaventurados los buenos y justamente padecen suplicio los malos. Dios hace el bien a los buenos y a los malos porque todo lo hace con justicia. Buenos son los que con toda su voluntad sirven a Dios, y malos los que sirven por necesidad, pero nadie se sustrae a la ley del Omnipotente. Con todo, una cosa es hacer lo que la ley ordena y otra padecer lo que la ley impone. Por eso, los buenos actúan según las leyes, y los malos padecen según las leyes.

8. No nos impresione el que los justos toleren muchos sufrimientos graves y ásperos en esta vida que llevan en su carne mortal. Pues ningún mal padecen los que pueden decir lo que pregona y alaba aquel varón espiritual que fue el Apóstol, cuando dice: Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la paciencia, la paciencia la prueba, la prueba la esperanza, y la esperanza no queda defraudada, porque la caridad de Dios se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado 21. Luego, en esta vida, donde hay tantas tormentas, los hombres justos y buenos no solo pueden tolerarlas con ánimo tranquilo cuando las sufren, sino que también pueden gloriarse en la caridad de Dios. Pues ¿qué hemos de pensar de aquella vida que se nos promete, en la que no hemos de sentir molestia alguna en el cuerpo? Para diferente destino resucitará el cuerpo de los justos y el cuerpo de los impíos, como está escrito: todos resucitaremos, pero no todos seremos transformados 22. Y para que nadie piense que esta transformación no se promete a los justos, sino, más bien, a los injustos estimando que ese cambio es para castigo, continúa diciendo: y los muertos resucitarán incorruptos y seremos transformados 23. Todos los malos que hay han sido ordenados así: cada uno es dañino para sí, y todos son dañinos para todos. Apetecen lo que no puede amarse sin la propia ruina y lo que fácilmente se les puede quitar, y así se lo quitan unos a otros cuando se persiguen mutuamente. Y, porque aman los bienes temporales, sufren aquellos a los que se les quitan, pero los que se los arrebatan se regocijan. Esa alegría es ceguera y suma miseria, ya que esclaviza al alma y la arrastra a mayores tormentos. Pues también se regocija el pez cuando, sin ver el anzuelo, se lanza a la carnaza, pero cuando el pescador comienza a tirar de él, primero siente el tormento en sus entrañas, y, luego, pasa del regocijo a la muerte con el mismo cebo que le entusiasmó. Así, todos los que se sienten felices con los bienes temporales, se han tragado el anzuelo y con él viven la zozobra, pero vendrá un tiempo en que sentirán los graves tormentos que, con tanta avidez, han devorado. Y, por eso, en nada se daña a los buenos cuando les quitan lo que no aman, ya que aquello que aman y por lo que son felices, nadie se lo puede quitar. Pues los dolores corporales afligen míseramente a las almas malas, mientras purifican con reciedumbre a las buenas. Así acontece que el hombre malo y el ángel malo luchan a favor de la Providencia divina, aunque no saben el bien que Dios realiza por medio de ellos. Por tanto, no se les pagará con el mérito del servicio, sino con el salario de la malicia.

Fuente: Augustinus.it


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