DEL DON DE LA PERSEVERANCIA
Traductor: Toribio de Castro, OSA
CAPÍTULO I
1. Puesto que en el primer libro (De la predestinación de los santos) hemos indicado algo de la perseverancia al hablar del comienzo de la fe (el initium fidei), vamos a tratar en éste, con mayor diligencia, exactitud y espacio, de dicha perseverancia. Afirmamos en primer lugar paladinamente que la perseverancia, con la que se persevera en el amor de Dios y de Cristo hasta el fin, esto es, hasta que se termina esta vida, en la cual únicamente hay peligro de caer, es un don gratuito de Dios. Por ende, nadie sabe todavía si ha recibido ya tal don mientras vive en esta vida terrena, porque si cae antes de morir, se dice que no perseveró, y se dice con toda verdad; ¿cómo, pues, podía decir que recibió la perseverancia el que no perseveró? Así, si alguno tiene la continencia y cae, haciéndose incontinente, o tiene la justicia, o la paciencia, o la misma fe y las pierde, con toda verdad se dice que las tuvo, pero no las tiene; fue continente, fue justo, fue paciente, fue fiel mientras lo fue; empero, cuando dejó de serlo, ya no es lo que fue. El que no persevera, ¿cómo fue perseverante, si perseverando es como se demuestra que uno persevera, cosa que el tal no hizo? Y no se me venga diciendo que si desde que se hizo fiel o aceptó la fe vivió, v. gr., diez años, y a la mitad de este tiempo apostató, ¿acaso no perseveró cinco años? Yo no trato de la materialidad de las palabras, en virtud de lo cual a eso se llama también perseverancia en ese tiempo; de la que yo, trato, de la perseverancia con la que se persevera en Cristo hasta el fin, de ningún modo puede decirse que la poseyó quien no perseveró hasta el fin. Y mejor se puede decir que la tuvo el hombre que fue fiel un año o menos, si hasta que murió vivió en conformidad con la fe, que el otro que fue fiel durante muchos años, pero poco antes de la muerte apostató de la fe.
CAPÍTULO II
2. Esto bien establecido, veamos si la perseverancia, de la que se dice: El que perseverare hasta el fin, será salvo1, es don gratuito de Dios. Si no lo es, ¿cómo sería verdad lo que dice el Apóstol: A vosotros se ha dado por Cristo no solamente el que creáis en El, pero también el que por El padezcáis?2 De estas dos cosas, una pertenece al principio de la fe (al initium fidei), y la otra, al fin; mas ambas son dádiva gratuita de Dios, porque se dice en el texto citado que las dos han sido dadas; ¿y cuándo más verdaderamente comienza a ser uno cristiano que cuando cree en Cristo? ¿Y; qué fin mejor que sufrir la muerte por El? Respecto a creer en Cristo, alguien ha pretendido que sí es don de Dios el incremento o acrecentamiento de la fe, pero no el initium fidei, lo que con la ayuda del Señor hemos ya ampliamente refutado. Y ¿cómo es posible decir que no se le ha dado la perseverancia hasta él fin al que se le concede sufrir, o mejor, morir por Cristo? San Pedro Apóstol, demostrando que esto es un don de Dios, afirma: Mejor es padecer haciendo bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer obrando mal3. Al decir si tal es la voluntad de Dios, demuestra que es don de Dios el padecer por Cristo, cosa que no se da a todos los santos, y por esto no se ha de decir que no alcanzan el reino de Dios, no entran en su gloria perseverando hasta el fin en Cristo, aquellos que no tienen la gloria de padecer por Cristo, porque Dios no lo quiere. ¿Y quién osará sostener que no se les concede la perseverancia a los que, a causa de una enfermedad corporal o por otro accidente cualquiera, mueren en Cristo?, pues más difícil es perseverar donde el enemigo combate para que no se persevere, y, por ende, se lucha hasta la muerte por perseverar. Aquella perseverancia es más difícil tenerla, ésta es más fácil, pero igualmente fácil le es dar una y otra a aquel para quien nada es difícil. Dios nuestro Señor prometió esta perseverancia, diciendo: Pondré mi temor en su corazón para que no se aparten de mí4. Que es decir: Tal y tanto será el temor mío que yo pondré en su corazón, que se adherirán y unirán a mí con perseverancia.
3. Pero ¿y por qué se ha de pedir a Dios esta perseverancia, si no es El quien la da? ¿Acaso no es una irrisión el pedir a uno algo que se sabe que ni lo da ni puede darlo y que, sin darlo él, podemos tomarlo cuando nos plazca? ¿No es más bien un insulto que acción de gracias el dárselas a Dios por lo que ni nos dio ni nos hizo? Empero, lo que allí dije, dígolo aquí: No os engañéis, dice el Apóstol; de Dios nadie se ríe5. ¡Oh hombre! Dios es testigo no sólo de tus palabras, pero también de tus pensamientos. Si con sinceridad y con fe pides algo a tan gran Señor, cree que lo que recibes, lo recibes de aquel a quien lo pides; no quieras honrarlo de pico y anteponerte a El en tu corazón creyendo que es cosa tuya propia aquello mismo que finges pedir. O ¿es que no le pedimos a El esta perseverancia de que venimos tratando? Al que esto diga, ya no tengo que refutarlo con mis razones, sino abrumarlo con los testimonios y afirmaciones de los santos. ¿Hay, acaso, alguno de éstos que no pida continuamente a Dios la perseverancia, cuando al recitar la oración dominical no se hace otra cosa que pedir dicha dádiva divina?
4. Leed atenta y reposadamente la exposición de la misma en el libro que el bienaventurado Cipriano mártir compuso sobre esta materia, y cuyo título es De dominica oratione, y veréis cuántos años antes y cuál antídoto preparó contra este futuro veneno pelagiano. Tres cosas principalmente son, como sabéis, las que la santa Iglesia católica defiende contra ellos, a saber: que, la gracia de Dios no se da según nuestros méritos, puesto que todos, absolutamente todos los méritos de los santos son dones de Dios y se confieren por pura gracia del mismo; que nadie vive en este cuerpo corruptible, por muy justo que sea, sin algunos pecadillos, 'y que todo hombre nace sujeto al pecado del primer Adán y digno de condenación, a no ser que el reato que se contrae por la generación quede perdonado por la regeneración bautismal. En el libro citado del glorioso mártir se trata de las dos primeras con tanta perspicuidad, que dichos herejes, enemigos nuevos de la gracia de Cristo, fueron desbaratados y confundidos mucho antes de nacer. Demostrando que los méritos de los santos, lo mismo que la perseverancia, son dones gratuitos de Dios, afirma: Decimos Santificado sea tu nombre6 no porque deseemos a Dios que su nombre sea santificado por nuestras oraciones, sino que le pedimos que sea santificado en nosotros, porque la fuente de toda santidad, ¿por quién va a ser santificada? Pero, puesto que El dijo: Sed santos, porque yo soy el santo7, pedimos y rogamos que los que fuimos santificados en el bautismo perseveremos en aquello que comenzamos a ser. Y un poco más adelante, tratando del mismo asunto y enseñándonos a pedir al Señor la perseverancia, lo que de ninguna manera diría veraz y sinceramente si tal perseverancia no fuese un don de Dios, afirma: Suplicamos que esta santificación permanezca en nosotros, y puesto que el Señor y Juez nuestro conmina al que sanó y vivificó a que no vuelva a pecar, no sea que le suceda algo peor8, nosotros a la continua, de día y de noche, hacemos esta oración y pedimos que la santificación y vivificación que de su gracia hemos recibido se nos conserve mediante su protección. Por ende, cuando, santificados por el bautismo, decimos: Santificado sea tu nombre, este santo Doctor entiende que le pedimos la perseverancia en la santidad, esto es, que perseveremos en la santidad. Y pedir lo que ya hemos recibido, ¿qué es sino pedir que se nos conceda también el no dejar de poseerlo? Así, pues, cuando el santo suplica al Señor que sea santo, pide ciertamente que persevere siendo santo; y lo mismo el casto, que pide ser casto; el continente, continente; el justo, justo; el piadoso, piadoso, y todo lo demás que contra los pelagianos defendemos que son dones de Dios, no hay duda que piden la perseverancia en esos bienes que bien saben que han recibido. Si lo reciben, ciertamente reciben la misma, perseverancia, que es el gran don de Dios, que conserva todas sus dádivas.
5. Además de esto, ¿qué pedimos a Dios cuando decimos: Venga a nos tu reino?9 Pues que venga a nosotros lo que estamos bien ciertos que ha de venir a todos sus santos. Consecuentemente, los que ya son santos (o fieles) piden la perseverancia en esa santidad que ya se les ha concedido, pues no de otra manera ha de venir a ellos el remo de Dios, que solamente viene a aquellos que perseveran hasta el fin.
CAPÍTULO III
6. La tercera petición es: hágase tu voluntad en el cielo y en la tierra10, o como se lee en muchos códices, y es lo que más comúnmente se dice: así en la tierra como en el cielo, lo que muchos entienden de este modo: como los ángeles, así nosotros también hagamos tu voluntad. El santo Doctor y mártir interpreta por cielo y tierra nuestro espíritu y nuestra carne, de tal manera que, según él, nosotros pedimos que ambos en concordancia cumplan la voluntad de Dios. Vio, además, en estas palabras otro sentido, de todo en todo concordante con la más pura fe, del que ya hemos hablado, a saber: los fieles, que, como ya revestidos del Adán celestial, merecidamente son llamados cielo, ruegan por los infieles, que son aún tierra, puesto que llevan sólo el Adán terreno de la primera natividad. Con esto evidentemente indica y afirma que el initium fidei es don de Dios, pues la santa Iglesia ruega no solamente por los fieles, para que Dios acreciente en ellos la fe o perseveren en ella, sino también por los infieles, a fin de que empiecen a tener esa misma fe que no tenían, y contra la cual tenían predispuestos sus corazones. Mas ahora no tratamos del comienzo o principio de la fe, del initium fidei, del que en el libro anterior yahemos hablado suficientemente, sino de la perseverancia que hay que tener hasta el fin, que es lo que los fieles que hacen la voluntad de Dios piden cuando dicen: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Si ya se ha hecho en ellos la voluntad de Dios, ¿por qué aún piden que se haga, a no ser para perseverar en lo que comenzaron a ser? Bien es verdad que se puede replicar aquí que los santos no piden que se haga la voluntad de Dios en el cielo, sino que se haga así en la tierra como se hace en el cielo; que la tierra imite al cielo, esto es, el hombre al ángel, el infiel al fiel, y,enconsecuencia, los santos piden que se haga lo que aun no se hace, no que persevere lo que es, pues sea todo lo santo que fie quiera un hombre, todavía no es igual a los ángeles de Dios y, por consiguiente, no se hace en ellos la voluntad de Dios como en el cielo. De aquí que en aquella parte en que deseamos que los hombres de infieles se hagan fieles, no pedimos la perseverancia, sino el initium fidei; mas cuando nos referimos a que los hombres se igualen a los ángeles en hacer la voluntad de Dios, cuando los santos ruegan con esta intención, bien a la clara se ve que lo que piden es la perseverancia, ya que nadie llega a aquella felicidad suma del reino celestial si no persevera hasta el fin en la santidad que adquirió en la tierra.
CAPÍTULO IV
7. La cuarta petición es: El pan nuestro de cada día dánosle hoy11. El bienaventurado Cipriano nos hace ver que también aquí lo que se pide es la perseverancia, pues entre otras cosas dice: "Pedimos que se nos dé cada día este pan, no sea que los que estamos en Cristo, los que somos fieles a Cristo y recibimos todos los días la Eucaristía como alimento espiritual de nuestra vida, seamos separados del cuerpo de Cristo si, a causa de algún grave delito, nos vemos precisados a abstenernos de comulgar este pan celestial". Claramente indican estas palabras del glorioso mártir que los santos piden a Dios la perseverancia cuando con esta intención pronuncian las palabras El pan nuestro de cada día dánosle hoy, para que no sean separados del cuerpo místico de Cristo, sino que permanezcan en esta santidad, mediante la cual no cometan pecado alguno que les hiciera merecedores de tal separación.
CAPÍTULO V
8. En quinto lugar decimos: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores12. En esta petición es en la única en que no pedimos la perseverancia, pues los pecados que pedimos nos sean perdonados ya son pretéritos, ya pasaron, y la perseverancia que nos hace salvos para siempre es necesaria en esta vida, no en el tiempo pasado, sino para el que nos queda hasta el fin de nuestra existencia terrena. Aquí es muy digno de tenerse en cuenta cómo, exponiendo esta petición, «e1 bienaventurado San Cipriano asaeteaba con el dardo de la invicta verdad a los herejes que habían de existir mucho tiempo después, a estos pelagianos, que se atreven a decir que el justo ya no hace ningún pecado en esta vida y que en tales hombres se verifica que la Iglesia, ya en este tiempo presente, no tiene mancha ni arruga alguna13, la cual es la única verdadera esposa de Cristo, como si no fuese verdadera esposa de El esta Iglesia que por toda la tierra dice y canta lo que de El aprendió, a saber: Perdónanos nuestras deudas. Pero notad cómo el gloriosísimo mártir descuaja y desmenuza a estos herejes en el citado libro: "¡Cuan necesariamente, cuan providente y saludablemente se nos advierte que somos pecadores cuando se nos manda rogar por nuestros pecados para que, al pedir perdón a Dios, el alma escudriñe su conciencia! A fin de que nadie se pavonee de inocente y, ensoberbeciéndose, caiga más profundo, se le enseña que peca cada día, cuando se le manda que todos los días pida perdón. Finalmente el apóstol San Juan, en su primera Epístola, dice: Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.
9. Por ende, cuando los santos o fieles dicen: No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de mal14, ¿qué otra cosa piden sino que perseveren en la santidad? Por tanto, concediéndoseles este don de Dios (y que es don de Dios, bien salta a la vista, cuando es a El a quien se le pide), pues concediéndoseles el que no caigan en la tentación, todos los santos consiguen la perseverancia hasta el finen la santidad, ya que para no perseverar en el camino de la santidad cristiana es necesario que primero se caiga en la tentación. Luego si se le concede que no caiga en la tentación, ciertamente por don de Dios persiste en la santidad que del mismo recibió.
Fuente: Augustinus.it
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