miércoles, 10 de junio de 2026

San Agustín: el Don de la Perseverancia - Capítulos VI y VII

 

DEL DON DE LA PERSEVERANCIA

Traductor: Toribio de Castro, OSA


CAPÍTULO VI

10. Pero los hermanos a cuento de los cuales me escribís, dicen que "no se debe afirmar de la perseverancia que no se pueda obtener por nuestros ruegos o perder por nuestra mala y contumaz voluntad". ¡Qué poco se fijan en lo que dicen! Tratamos de aquella perseverancia con la que se persevera hasta el fin; pero si no se perseveró hasta el fin, es que no se concedió, de lo que ya hemos tratado ampliamente. No hay que decir que a alguno se le ha dado la perseverancia hasta el fin mientras no llegue ese fin y cuando se vea que ese tal persevera hasta el fin. Sin duda, llamamos casto al que conocemos ahora como tal, prescindiendo de si continuará o no continuará siéndolo; y lo mismo si ha recibido de Dios otra virtud cualquiera, que uno puede conservar o perder, decimos que las tiene mientras las tiene; pero si las pierde, decimos que las tuvo; mas la perseverancia hasta el fin, como no la tiene nadie si no persevera hasta el fin, pueden tenerla muchos, pero no puede perderla ninguno. Y no hay que temer que en quien persevera hasta el fin nazca una mala voluntad de no perseverar hasta el fin. Consecuentemente, podemos alcanzar con nuestras súplicas este don de Dios; pero cuando nos ha sido dado, no se puede perder, ya que perseverando hasta el fin, ni éste ni los demás dones de Dios pueden perderse, porque, en efecto, ¿cómo se podría perder lo que hace que no pueda perderse lo perdible?

11. Se dirá quizá que, ciertamente, no se puede perder la perseverancia final cuando se ha recibido, es decir, cuando se ha perseverado hasta el fin; pero que, en cierto modo, se pierde cuando el hombre con contumacia hace que no pueda llegar a ella, como decimos que el hombre que no persevera hasta el fin pierde el reino de Dios o gloria eterna; no que ya la poseyera, sino que la poseería si hubiese perseverado. Dejémonos de cuestiones de palabras. Concedo que muchas cosas que no tenemos, pero que esperamos tener, podemos perderlas; más ¿quién se atreve a decirme que Dios no puede conceder lo que nos manda que le pidamos? Pensar así no sólo es irracional, pero también insensato; no es de quien solamente chochea, sino que está rematadamente loco. Mandó Dios que sus santos, orando, le digan: No nos dejes caer en la tentación15, y en consecuencia, quien pidiendo esto es oído, no se le deja caer en esa tentación de contumacia, con la que perdería o se haría digno de perder la perseverancia en la santidad.

12. Se me replicará: "Es por propia voluntad por lo que el hombre se aparta de Dios, y así merece que Dios le abandone". ¿Y quién va a negar esto? Mas precisamente pedimos que no nos deje caer en la tentación para que eso no suceda, y si somos oídos, ciertamente no sucede, porque Dios no permite que suceda, ya que nada se hace sino lo que El hace o permite que se haga. Suficientemente poderoso es Dios para doblegar las voluntades del mal al bien y a las inclinadas al mal convertirlas y dirigirlas por caminos de su agrado, por lo que no en balde se dice: ¡Oh Dios!, tú que conviertes, vivifícanos16; tampoco se le dice inútilmente: No permitas que vacile17; ni aquello de No me entregues a mi pecador deseo18, y, finalmente, para no cansarnos, porque otras muchas citas se os ocurrirán a vosotros, no en balde se le dice: No nos dejes caer en la tentación. Pues a quien no se le deja caer en la tentación, ciertamente no se le deja caer en la tentación de su mala voluntad, y si no se le deja caer en ésta, en ninguna se le deja caer. Según está escrito: Cada uno es tentado19, atraído y halagado por la propia concupiscencia20; mas Dios a nadie tienta con tentación al mal; porque hay tentaciones útiles, que, lejos de seducirnos, sirven para probarnos, según aquello: ¡Oh Dios mío!, pruébame y tiéntame21. En cuanto a las tentaciones dañinas, de las que dice el Apóstol: No sea que os tiente el tentador y sea nuestro trabajo inútil22, Dios, como dije, no tienta a nadie con ellas, es decir, a nadie induce a esa tentación. Pues el ser tentado y no caer en la tentación no es malo; por el contrario, es un bien; esto es ser probado. Por ende, cuando decimos a Dios: No nos induzcas en tentación, ¿qué otra cosa pedimos sino que nonos deje caer en ella? Por esto hay quien dice y en muchos códices está escrito, como lo pone el beatísimo Cipriano: No permitas que caigamos en tentación; sin embargo, en el evangelio griego siempre vi no nos induzcas en tentación. Es mucho más seguro el atribuirlo todo a Dios que dar una parte a El y otra para nosotros, y así lo afirma San Cipriano al exponer esta parte de la oración dominical: "Cuando rogamos a Dios que no vengamos a dar en tentación, se nos hace ver nuestra debilidad e impotencia, para que nadie se ensalce ni se adjudique algo con soberbia y arrogancia; y si ha tenido la gloria de confesar a Cristo y aun de padecer por El, no crea que le pertenece, porque el mismo Señor, dándonos lecciones de humildad, dijo: Vigilad y orad para que no entréis (caigáis) en la tentación; el espíritu, en verdad, está pronto, pero la carne es flaca (débil)23, a fin de que, precediendo la humilde y obediente confesión de nuestra debilidad y atribuyéndolo todo a Dios, se nos conceda por su infinita piedad lo que con instantes y humildes ruegos y con santo temor pedimos".

CAPÍTULO VII

13. Consecuencia de todo lo dicho es que, aunque no tuviéramos otras autoridades y documentos probativos, bastaríanos esta oración dominical en pro de la causa de la gracia, porque no nos ha dejado nada de qué gloriarnos como de cosa nuestra, cuando afirma que es Dios sólo el que puede hacernos la gracia de que no le abandonemos y que a El se lo pidamos. Esto de ninguna manera depende de las fuerzas del libre albedrío humano en el estado actual después de la caída. Si estaba en la potestad del hombre antes del primer pecado de Adán y cuánta era la prestancia y poder de la libertad del hombre en aquel primitivo estado, se echa de ver en los ángeles buenos, que, cayendo el diablo y todos sus secuaces, permanecieron firmes en la verdad y merecieron llegar a la seguridad perpetua de no caer, de la que con toda certeza sabemos que ahora gozan. Pero después de la caída del hombre, quiso Dios que solo y exclusivamente a su gracia perteneciera el que el hombre vuelva a El y también el que no se aparte de El.

14. Esta gracia púsola en aquel por el que fuimos llamados como por suerte, habiendo sido predestinados según el decreto del que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad24; y, por ende, así como depende de Él, así como obra en nosotros el que nos volvamos y acerquemos a Él, lo mismo realiza el no apartarnos de El. Por lo cual el profeta le dice: Manifiesta tu poder sobre tu elegido y sobre el hijo del hombre que para ti corroboraste, y ya jamás nos apartaremos de ti25. Ciertamente este elegido no es el primer Adán, en quien nos apartamos de Dios, sino el segundo, sobre el que se manifiesta su potencia para que no nos desviemos del Señor; porque Jesucristo es un todo con sus miembros respecto a la Iglesia, que es su cuerpo y su plenitud. Cuando Dios, pues, manifiesta su poder a fin de que no nos apartemos de Él, hasta nosotros llega la influencia de Dios, que no es más que la operación por la que permanecemos unidos a Dios en Jesucristo, ya que en Adán nos habíamos separado de Él. En Cristo fuimos llamados como por suerte, habiendo sido predestinados según el decreto de aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad. De la potencia de Dios, y no de la nuestra, depende el que no nos apartemos de Dios, porque este adherirse al Señor solamente está en manos de quien dijo: Pondré mi temor en su corazón para que no se aparten de mí26.

15. Por esto es por lo que Dios nuestro Señor ha querido que le pidamos que no nos induzca (no nos deje caer), porque si no somos inducidos, expuestos a tentación, de ningún modo nos separaremos du El. No hay que dudar que podía darnos esto sin pedírselo, pero quiso que nuestra misma oración nos revelara a quién debíamos estos beneficios. ¿De quién sino de aquel a quien se nos mandó que se lo pidamos? Por consiguiente, no tiene la Iglesia en esta cuestión que hacer difíciles indagaciones y sí solamente atender a sus oraciones. Ora la Iglesia a fin de que los incrédulos crean, y Dios los convierte a la fe; ora para que los fieles creyentes perseveren, y Dios da la perseverancia final. Dios preconoció (presupo, si se puede decir) desde toda la eternidad que había de suceder esto, y esta presciencia constituye la predestinación de los santos, a los que eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que sean santos e inmaculados en su acatamiento en caridad, predestinándolos a la adopción de hijos para El por Jesucristo según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de gloria de su gracia, con la cual los agració en el amado Hijo suyo; en quien tienen la redención por su sangre, el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia, la cual abundantemente les comunicó con toda sabiduría y sentido, notificándoles el arcano de su voluntad conforme al beneplácito suyo, que se propuso en sí para dispensarle en el cumplimiento de los tiempos, de recapitular (instaurar) en Cristo todas las cosas, las que en los cielos y las que en la tierra, en El. En el cual también fuimos por suerte elegidos, como quienes habíamos sido predestinados según el propósito de aquel que todas las cosas obran conforme a la determinación de su voluntad27. ¿Quién de fe sana y vigilante admitirá cualesquiera clamores humanos contra este tan claro alta voz de la verdad?

Fuente: Augustinus.it

No hay comentarios:

Publicar un comentario