Adoramos el Corazón de Cristo porque es el Corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho Hombre.
PROMESAS DE JESÚS A QUIENES OFREZCAN LA COMUNIÓN DURANTE NUEVE PRIMEROS VIERNES DE MES
Una devoción permanente y actual
La Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús el viernes posterior al II domingo de pentecostés. Todo el mes de junio está, de algún modo, dedicado por la piedad cristiana al Corazón de Cristo.
Hay quien podría pensar que la devoción al Sagrado Corazón es algo trasnochado, propio de otras épocas, pero ya superado en el momento actual. Sin embargo, el Papa Juan Pablo II, en la carta entregada al Prepósito General de la Compañía de Jesús, P. Kolvenbach, en la Capilla de San Claudio de la Colombière, el 5 de octubre de 1986, en Paray-le-Monial, animaba a los Jesuitas a impulsar esta devoción:
«Sé con cuánta generosidad la Compañía de Jesús ha acogido esta admirable misión y con cuánto ardor ha buscado cumplirla lo mejor posible en el curso de estos tres últimos siglos: ahora bien, yo deseo, en esta ocasión solemne, exhortar a todos los miembros de la Compañía a que promuevan con mayor celo aún esta devoción que corresponde más que nunca a las esperanzas de nuestro tiempo».
Esta exhortación a promover con mayor celo aún esta devoción que corresponde más que nunca a las esperanzas de nuestro tiempo, se fundamenta, según el pensamiento del Papa, en dos motivos, principalmente:
1) Los elementos esenciales de esta devoción «pertenecen de manera permanente a la espiritualidad propia de la Iglesia a lo largo de toda la historia», pues, desde siempre, la Iglesia ha visto en el Corazón de Cristo, del cual brotó sangre y agua, el símbolo de los sacramentos que constituyen la Iglesia; y, además, los Santos Padres han visto en el Corazón del Verbo encarnado «el comienzo de toda la obra de nuestra salvación, fruto del amor del Divino Redentor del que este Corazón traspasado es un símbolo particularmente expresivo».
2) Tal como afirma el Vaticano II, el mensaje de Cristo, el Verbo encarnado, que nos amó «con corazón de hombre», lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso humano y, fuera de Él, nada puede llenar el corazón del hombre (cf Gaudium et spes, 21). Es decir, junto al Corazón de Cristo, «el corazón del hombre aprende a conocer el sentido de su vida y de su destino».
Se trata, por consiguiente, de una devoción a la vez permanente y actual.
Esta exhortación de Juan Pablo II enlaza con la enseñanza de sus predecesores. Como es sabido, existe un rico magisterio pontificio dedicado a explicar los fundamentos y a promover la devoción al Corazón de Jesús: desde las encíclica “Annum Sacrum” y «Tametsi futura», de León XIII; pasando por «Quas primas» y «Miserentissimus Redemptor», de Pío XI; hasta «Summi Pontificatus» y «Haurietis aquas», del Papa Pío XII. Igualmente, Pablo VI dirigió en 1965 una Carta Apostólica a los Obispos del orbe católico, «Investigabiles divitias». En ella animaba a:
«actuar de forma que el culto al Sagrado Corazón, que – lo decimos con dolor – se ha debilitado en algunos, florezca cada día más y sea considerado y reconocido por todos como una forma noble y digna de esa verdadera piedad hacia Cristo, que en nuestro tiempo, por obra del Concilio Vaticano II especialmente, se viene insistentemente pidiendo…»
Al honrar el corazón de Jesús, la Iglesia venera y adora, en palabras de Pío XII, «el símbolo y casi la expresión de la caridad divina» . Poco después del Gran Jubileo de los 2000 años del nacimiento de Jesucristo, meditar sobre la devoción al Corazón de Jesús es un medio propicio para secundar la iniciativa del Papa que nos invitaba a contemplar el acontecimiento de la Encarnación del Hijo de Dios, misterio de salvación para todo el género humano.
El fundamento del culto al Corazón de Jesús: la Encarnación
El fundamento del culto al Corazón de Jesús lo encontramos precisamente en el misterio de la Encarnación del Verbo, quien, siendo «consustancial al Padre», «por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre».
Adoramos el Corazón de Cristo porque es el corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho hombre, de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que, sin dejar de ser Dios, asumió una naturaleza humana para realizar nuestra salvación. El Corazón de Jesús es un corazón humano que simboliza el amor divino. La humanidad santísima de Nuestro Redentor, unida hipostáticamente a la Persona del Verbo, se convierte así para nosotros en manifestación del amor de Dios. Sólo el amor inefable de Dios explica la locura divina de la Encarnación: «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que el que crea en él no muera, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16). Es el misterio de la condescendencia divina, del anonadamiento de Aquel que «a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 6 ss).
El Corazón de Cristo transparenta el amor del Padre
En la vida de Jesucristo se transparenta el amor del Padre: «Quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14, 9): «Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino…» (“Dei Verbum”, 4).
Toda su existencia terrena remite al misterio de un Dios que es Amor, comunión de Amor, Trinidad de Personas unidas por el recíproco amor, que nos invita a entrar en la intimidad de su vida.
La ternura de Jesús
El Evangelio deja constancia de la ternura de Jesús. Él es «manso y humilde de corazón». Es compasivo con las necesidades de los hombres, sensible a sus sufrimientos. Su amor privilegia a los enfermos, a los pobres, a los que padecen necesidad, pues «no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos».
La parábola del hijo pródigo resume muy bien su enseñanza acerca de la misericordia de Dios. El Señor, con su actitud de acogida con respecto a los pecadores, da testimonio del Padre, que es «rico en misericordia» y está dispuesto a perdonar siempre al hijo que sabe reconocerse culpable. «Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, ha podido revelarnos el abismo de su misericordia de una manera a la vez tan sencilla y tan bella» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1439).
La parábola del hijo pródigo es, a la vez, una profunda enseñanza acerca de la condición humana. El hombre corre el riesgo de olvidarse del amor de Dios y de optar por una libertad ilusoria. Por el pecado se aleja de la casa del Padre, donde era querido y apreciado, para ir a vivir entre extraños. El mal seduce prometiendo una felicidad a corto plazo. El hombre sigue así un camino que lleva a la esclavitud y a la humillación.
Nuestra época constituye un testimonio claro de este engaño. Vivimos en una cultura que margina positivamente lo religioso, que, dejando a Dios de lado, prefiere rendir culto a los ídolos falsos del poder, del placer egoísta, del dinero fácil.
Es importante – lo recordaba el Papa – ayudar a descubrir en la propia alma la «nostalgia de Dios». En el fondo de todo hombre resuena una llamada del Amor; una llamada que no debe ser desoída. Quizá el ruido externo no permite captarla y por eso es urgente crear espacios que no ahoguen la dimensión espiritual que todo ser humano posee en tanto que creado por Dios y llamado a la comunión de vida con Él.
Nuestras iglesias, nuestras comunidades, pueden ser uno de estos espacios propicios para escuchar la brisa en la que Dios se manifiesta. Al entrar en una iglesia, el hombre de nuestro tiempo debe tener aún la posibilidad de preguntarse sobre el motivo que anima a quienes la frecuentan. La vida de los cristianos debe ser para todos un indicador que apunta hacia Dios, una señal de que por encima de todo está Él.
El misterio de la Cruz
«Con amor eterno nos ha amado Dios; por eso, al ser elevado sobre la tierra, nos ha atraído hacia su corazón, compadeciéndose de nosotros» (Antífona 1 de las I Vísperas del Sagrado Corazón).
La Cruz del Señor es el momento supremo de la manifestación de su inmenso amor al Padre en favor nuestro. El Señor nos «amó hasta el extremo»(Jn 13,1), ya que «nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).
Su Corazón es un corazón traspasado a causa de nuestros pecados y por nuestra salvación. Un corazón que nos ama personalmente a cada uno. Toda la humanidad está incluida en ese corazón infinitamente dilatado. Ya nadie puede sentirse solo o desamparado, pues al ser amado por Cristo es amado por Dios.
No hay fronteras ni límites que contengan el alcance de la redención: Él se ha puesto en nuestro lugar, ha cargado con todo el pecado y la culpa de la humanidad, para expiar con su muerte nuestro alejamiento de Dios. Él es el Cordero Inmaculado que con su entrega obediente repara nuestra desobediencia.
En el sufrimiento y en la muerte, «su humanidad se convierte en el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. De hecho, Él ha aceptado libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: `Nadie me quita la vida, sino que yo la doy voluntariamente´ (Jn 10, 18)» (Catecismo de la Iglesia Católica, 609) .
En la Cruz se expresa la «riqueza insondable que es Cristo». En la Cruz se comprende «lo que trasciende toda filosofía»: el amor cristiano, un amor que, muriendo, da la vida.
Una inagotable abundancia de gracia
En la oración colecta de la Misa del Corazón de Jesús se pide a Dios todopoderoso que, al recordar los beneficios de su amor para con nosotros, nos conceda recibir de la fuente divina del Corazón de su Unigénito «una inagotable abundancia de gracia». Del Corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz brotan el agua y la sangre, dando nacimiento a la Iglesia y a los sacramentos de la Iglesia.
La Iglesia, Esposa de Cristo, es hoy presencia viva en el mundo del amor compasivo de Dios. A imagen de su Señor, la Iglesia debe hacerse obediente hasta la muerte, sirviendo a los hombres para que puedan «acercarse al corazón abierto del Salvador» y «beber con gozo de la fuente de la salvación».
El motor que mueve a la Iglesia no es otro que el amor. Lo expresó bellamente Teresa de Lisieux en sus “Manuscritos autobiográficos”:
«Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, un corazón ardiente de Amor. Comprendí que sólo el Amor impulsa a la acción a los miembros de la Iglesia y que, apagado este Amor, los Apóstoles ya no habrían anunciado el Evangelio, los Mártires ya no habrían vertido su sangre… Comprendí que el Amor abrazaba en sí todas las vocaciones, que el Amor era todo, que se extendía a todos los tiempos y a todos los lugares… en una palabra, que el Amor es eterno» (“Manuscritos autobiográficos”, B 3v).
Los sacramentos
Los sacramentos que edifican la Iglesia son los cauces de gracia a través de los cuales nos llega la vida nueva de la redención.
El agua del bautismo nos purifica y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Dios infunde en nuestra alma las virtudes teologales para que podamos conocerle por la fe, amarle por la caridad, tender hacia Él como meta de nuestra existencia por la esperanza.
Dios es el que nos otorga, por pura gracia, la posibilidad de amarle sobre todas las cosas y de amar a los hermanos por amor a Él. Si somos dóciles y no obstaculizamos la acción del Espíritu Santo, la caridad irá poco a poco informando nuestra vida, animándola con un principio nuevo que unificará nuestra acción, a fin de que nuestro corazón se vaya asimilando progresivamente al de Cristo.
De este modo será un corazón engrandecido en el que todos tendrán cabida, pues nos dolerán las almas y desearemos ardientemente que todos conozcan el amor de Dios.
La Eucaristía nos alimenta con el pan de la inmortalidad. Dentro de poco celebraremos la Solemnidad del Corpus Christi. En este «sacramento admirable» el Señor quiso dejarnos el «memorial de su Pasión». La Eucaristía es una muestra excelsa de los «beneficios del amor de Dios para con nosotros». El Señor quiso dejarnos esta prueba de su amor, quiso quedarse con nosotros, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, para hacernos partícipes de su Pascua.
La Penitencia renueva nuestra alma para que podamos presentarnos ante Dios, cuando Él nos llame, limpios de nuestros pecados. Igualmente, el sacerdocio es un don del Corazón de Jesús.
El envío del Espíritu Santo
Acerquémonos al Corazón de Cristo. Respondamos con amor al Amor. Que nuestra vida sea un homenaje – callado y humilde – de amor y de cumplida reparación. «Quiero gastarme sólo por tu Amor», escribía Santa Teresita del Niño Jesús.
También nosotros le pedimos al Señor la gracia de corresponder – en la medida de nuestras pobres fuerzas – a su infinita compasión para con el mundo. Señor, ¡qué nos gastemos sólo por tu Amor». Qué prendamos en las almas el fuego de tu Amor.
La primera señal del amor del Salvador es la misión del Espíritu Santo a los discípulos, después de la Ascensión del Señor al cielo, recuerda Pío XII (“Haurietis aquas”, 23). El Espíritu Santo es el Amor mutuo personal por el que el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, y es enviado por ambos para infundir en el alma de los discípulos la abundancia de la caridad divina. Esta infusión de la caridad divina brota también del Corazón del Salvador, en el cual «están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2, 3).
Al Espíritu Santo se debe el nacimiento de la Iglesia y su admirable propagación. Este amor divino, don del Corazón de Cristo y de su Espíritu, es el que dio a los apóstoles y a los mártires la fortaleza para predicar la verdad y testimoniarla con su sangre.
A este amor divino, que redunda del Corazón del Verbo encarnado y se difunde por obra del Espíritu Santo en las almas de los creyentes, San Pablo entonó aquel himno que ensalza el triunfo de Cristo y el de los miembros de su Cuerpo: «¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el riesgo?, ¿la persecución?, ¿la espada?… Mas en todas estas cosas triunfamos soberanamente por obra de Aquel que nos amó. Porque estoy seguro de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni lo presente ni lo futuro, ni poderíos, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna será capaz de apartarnos del amor de Dios manifestado en Jesucristo nuestro Señor» (Rm 8, 35.37-39).
El Espíritu Santo nos ayudará a conocer íntimamente al Señor y a descubrir, junto al Corazón de Cristo, el sentido verdadero de nuestra vida, a comprender el valor de la vida verdaderamente cristiana, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. «Así – como pedía el Papa Juan Pablo II – sobre las ruinas acumuladas del odio y la violencia, se podrá construir la tan deseada civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo» (Carta al P. Kolvenbach).
Comentarios al autor en (Catecismo de la Iglesia Católica, 609) .
En la Cruz se expresa la Una inagotable abundancia de gracia
En la oración colecta de la Misa del Corazón de Jesús se pide a Dios todopoderoso que, al recordar los beneficios de su amor para con nosotros, nos conceda recibir de la fuente divina del Corazón de su Unigénito «Los sacramentos
Los sacramentos que edifican la Iglesia son los cauces de gracia a través de los cuales nos llega la vida nueva de la redención.
El agua del bautismo nos purifica y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Dios infunde en nuestra alma las virtudes teologales para que podamos conocerle por la fe, amarle por la caridad, tender hacia la esperanza.
Adoramos el Corazón de Cristo porque es el Corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho Hombre.
PROMESAS DE JESÚS A QUIENES OFREZCAN LA COMUNIÓN DURANTE NUEVE PRIMEROS VIERNES DE MES
Una devoción permanente y actual
La Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús el viernes posterior al II domingo de pentecostés. Todo el mes de junio está, de algún modo, dedicado por la piedad cristiana al Corazón de Cristo.
Hay quien podría pensar que la devoción al Sagrado Corazón es algo trasnochado, propio de otras épocas, pero ya superado en el momento actual. Sin embargo, el Papa Juan Pablo II, en la carta entregada al Prepósito General de la Compañía de Jesús, P. Kolvenbach, en la Capilla de San Claudio de la Colombière, el 5 de octubre de 1986, en Paray-le-Monial, animaba a los Jesuitas a impulsar esta devoción:
«Sé con cuánta generosidad la Compañía de Jesús ha acogido esta admirable misión y con cuánto ardor ha buscado cumplirla lo mejor posible en el curso de estos tres últimos siglos: ahora bien, yo deseo, en esta ocasión solemne, exhortar a todos los miembros de la Compañía a que promuevan con mayor celo aún esta devoción que corresponde más que nunca a las esperanzas de nuestro tiempo».
Esta exhortación a promover con mayor celo aún esta devoción que corresponde más que nunca a las esperanzas de nuestro tiempo, se fundamenta, según el pensamiento del Papa, en dos motivos, principalmente:
1) Los elementos esenciales de esta devoción «pertenecen de manera permanente a la espiritualidad propia de la Iglesia a lo largo de toda la historia», pues, desde siempre, la Iglesia ha visto en el Corazón de Cristo, del cual brotó sangre y agua, el símbolo de los sacramentos que constituyen la Iglesia; y, además, los Santos Padres han visto en el Corazón del Verbo encarnado «el comienzo de toda la obra de nuestra salvación, fruto del amor del Divino Redentor del que este Corazón traspasado es un símbolo particularmente expresivo».
2) Tal como afirma el Vaticano II, el mensaje de Cristo, el Verbo encarnado, que nos amó «con corazón de hombre», lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso humano y, fuera de Él, nada puede llenar el corazón del hombre (cf Gaudium et spes, 21). Es decir, junto al Corazón de Cristo, «el corazón del hombre aprende a conocer el sentido de su vida y de su destino».
Se trata, por consiguiente, de una devoción a la vez permanente y actual.
Esta exhortación de Juan Pablo II enlaza con la enseñanza de sus predecesores. Como es sabido, existe un rico magisterio pontificio dedicado a explicar los fundamentos y a promover la devoción al Corazón de Jesús: desde las encíclica “Annum Sacrum” y «Tametsi futura», de León XIII; pasando por «Quas primas» y «Miserentissimus Redemptor», de Pío XI; hasta «Summi Pontificatus» y «Haurietis aquas», del Papa Pío XII. Igualmente, Pablo VI dirigió en 1965 una Carta Apostólica a los Obispos del orbe católico, «Investigabiles divitias». En ella animaba a:
«actuar de forma que el culto al Sagrado Corazón, que – lo decimos con dolor – se ha debilitado en algunos, florezca cada día más y sea considerado y reconocido por todos como una forma noble y digna de esa verdadera piedad hacia Cristo, que en nuestro tiempo, por obra del Concilio Vaticano II especialmente, se viene insistentemente pidiendo…»
Al honrar el corazón de Jesús, la Iglesia venera y adora, en palabras de Pío XII, «el símbolo y casi la expresión de la caridad divina» . Poco después del Gran Jubileo de los 2000 años del nacimiento de Jesucristo, meditar sobre la devoción al Corazón de Jesús es un medio propicio para secundar la iniciativa del Papa que nos invitaba a contemplar el acontecimiento de la Encarnación del Hijo de Dios, misterio de salvación para todo el género humano.
El fundamento del culto al Corazón de Jesús: la Encarnación
El fundamento del culto al Corazón de Jesús lo encontramos precisamente en el misterio de la Encarnación del Verbo, quien, siendo «consustancial al Padre», «por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre».
Adoramos el Corazón de Cristo porque es el corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho hombre, de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que, sin dejar de ser Dios, asumió una naturaleza humana para realizar nuestra salvación. El Corazón de Jesús es un corazón humano que simboliza el amor divino. La humanidad santísima de Nuestro Redentor, unida hipostáticamente a la Persona del Verbo, se convierte así para nosotros en manifestación del amor de Dios. Sólo el amor inefable de Dios explica la locura divina de la Encarnación: «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que el que crea en él no muera, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16). Es el misterio de la condescendencia divina, del anonadamiento de Aquel que «a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 6 ss).
El Corazón de Cristo transparenta el amor del Padre
En la vida de Jesucristo se transparenta el amor del Padre: «Quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14, 9): «Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino…» (“Dei Verbum”, 4).
Toda su existencia terrena remite al misterio de un Dios que es Amor, comunión de Amor, Trinidad de Personas unidas por el recíproco amor, que nos invita a entrar en la intimidad de su vida.
La ternura de Jesús
El Evangelio deja constancia de la ternura de Jesús. Él es «manso y humilde de corazón». Es compasivo con las necesidades de los hombres, sensible a sus sufrimientos. Su amor privilegia a los enfermos, a los pobres, a los que padecen necesidad, pues «no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos».
La parábola del hijo pródigo resume muy bien su enseñanza acerca de la misericordia de Dios. El Señor, con su actitud de acogida con respecto a los pecadores, da testimonio del Padre, que es «rico en misericordia» y está dispuesto a perdonar siempre al hijo que sabe reconocerse culpable. «Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, ha podido revelarnos el abismo de su misericordia de una manera a la vez tan sencilla y tan bella» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1439).
La parábola del hijo pródigo es, a la vez, una profunda enseñanza acerca de la condición humana. El hombre corre el riesgo de olvidarse del amor de Dios y de optar por una libertad ilusoria. Por el pecado se aleja de la casa del Padre, donde era querido y apreciado, para ir a vivir entre extraños. El mal seduce prometiendo una felicidad a corto plazo. El hombre sigue así un camino que lleva a la esclavitud y a la humillación.
Nuestra época constituye un testimonio claro de este engaño. Vivimos en una cultura que margina positivamente lo religioso, que, dejando a Dios de lado, prefiere rendir culto a los ídolos falsos del poder, del placer egoísta, del dinero fácil.
Es importante – lo recordaba el Papa – ayudar a descubrir en la propia alma la «nostalgia de Dios». En el fondo de todo hombre resuena una llamada del Amor; una llamada que no debe ser desoída. Quizá el ruido externo no permite captarla y por eso es urgente crear espacios que no ahoguen la dimensión espiritual que todo ser humano posee en tanto que creado por Dios y llamado a la comunión de vida con Él.
Nuestras iglesias, nuestras comunidades, pueden ser uno de estos espacios propicios para escuchar la brisa en la que Dios se manifiesta. Al entrar en una iglesia, el hombre de nuestro tiempo debe tener aún la posibilidad de preguntarse sobre el motivo que anima a quienes la frecuentan. La vida de los cristianos debe ser para todos un indicador que apunta hacia Dios, una señal de que por encima de todo está Él.
El misterio de la Cruz
«Con amor eterno nos ha amado Dios; por eso, al ser elevado sobre la tierra, nos ha atraído hacia su corazón, compadeciéndose de nosotros» (Antífona 1 de las I Vísperas del Sagrado Corazón).
La Cruz del Señor es el momento supremo de la manifestación de su inmenso amor al Padre en favor nuestro. El Señor nos «amó hasta el extremo»(Jn 13,1), ya que «nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).
Su Corazón es un corazón traspasado a causa de nuestros pecados y por nuestra salvación. Un corazón que nos ama personalmente a cada uno. Toda la humanidad está incluida en ese corazón infinitamente dilatado. Ya nadie puede sentirse solo o desamparado, pues al ser amado por Cristo es amado por Dios.
No hay fronteras ni límites que contengan el alcance de la redención: Él se ha puesto en nuestro lugar, ha cargado con todo el pecado y la culpa de la humanidad, para expiar con su muerte nuestro alejamiento de Dios. Él es el Cordero Inmaculado que con su entrega obediente repara nuestra desobediencia.
En el sufrimiento y en la muerte, «su humanidad se convierte en el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. De hecho, Él ha aceptado libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: `Nadie me quita la vida, sino que yo la doy voluntariamente´ (Jn 10, 18)» (Catecismo de la Iglesia Católica, 609) .
En la Cruz se expresa la «riqueza insondable que es Cristo». En la Cruz se comprende «lo que trasciende toda filosofía»: el amor cristiano, un amor que, muriendo, da la vida.
Una inagotable abundancia de gracia
En la oración colecta de la Misa del Corazón de Jesús se pide a Dios todopoderoso que, al recordar los beneficios de su amor para con nosotros, nos conceda recibir de la fuente divina del Corazón de su Unigénito «una inagotable abundancia de gracia». Del Corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz brotan el agua y la sangre, dando nacimiento a la Iglesia y a los sacramentos de la Iglesia.
La Iglesia, Esposa de Cristo, es hoy presencia viva en el mundo del amor compasivo de Dios. A imagen de su Señor, la Iglesia debe hacerse obediente hasta la muerte, sirviendo a los hombres para que puedan «acercarse al corazón abierto del Salvador» y «beber con gozo de la fuente de la salvación».
El motor que mueve a la Iglesia no es otro que el amor. Lo expresó bellamente Teresa de Lisieux en sus “Manuscritos autobiográficos”:
«Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, un corazón ardiente de Amor. Comprendí que sólo el Amor impulsa a la acción a los miembros de la Iglesia y que, apagado este Amor, los Apóstoles ya no habrían anunciado el Evangelio, los Mártires ya no habrían vertido su sangre… Comprendí que el Amor abrazaba en sí todas las vocaciones, que el Amor era todo, que se extendía a todos los tiempos y a todos los lugares… en una palabra, que el Amor es eterno» (“Manuscritos autobiográficos”, B 3v).
Los sacramentos
Los sacramentos que edifican la Iglesia son los cauces de gracia a través de los cuales nos llega la vida nueva de la redención.
El agua del bautismo nos purifica y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Dios infunde en nuestra alma las virtudes teologales para que podamos conocerle por la fe, amarle por la caridad, tender hacia Él como meta de nuestra existencia por la esperanza.
Dios es el que nos otorga, por pura gracia, la posibilidad de amarle sobre todas las cosas y de amar a los hermanos por amor a Él. Si somos dóciles y no obstaculizamos la acción del Espíritu Santo, la caridad irá poco a poco informando nuestra vida, animándola con un principio nuevo que unificará nuestra acción, a fin de que nuestro corazón se vaya asimilando progresivamente al de Cristo.
De este modo será un corazón engrandecido en el que todos tendrán cabida, pues nos dolerán las almas y desearemos ardientemente que todos conozcan el amor de Dios.
La Eucaristía nos alimenta con el pan de la inmortalidad. Dentro de poco celebraremos la Solemnidad del Corpus Christi. En este «sacramento admirable» el Señor quiso dejarnos el «memorial de su Pasión». La Eucaristía es una muestra excelsa de los «beneficios del amor de Dios para con nosotros». El Señor quiso dejarnos esta prueba de su amor, quiso quedarse con nosotros, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, para hacernos partícipes de su Pascua.
La Penitencia renueva nuestra alma para que podamos presentarnos ante Dios, cuando Él nos llame, limpios de nuestros pecados. Igualmente, el sacerdocio es un don del Corazón de Jesús.
El envío del Espíritu Santo
Acerquémonos al Corazón de Cristo. Respondamos con amor al Amor. Que nuestra vida sea un homenaje – callado y humilde – de amor y de cumplida reparación. «Quiero gastarme sólo por tu Amor», escribía Santa Teresita del Niño Jesús.
También nosotros le pedimos al Señor la gracia de corresponder – en la medida de nuestras pobres fuerzas – a su infinita compasión para con el mundo. Señor, ¡qué nos gastemos sólo por tu Amor». Qué prendamos en las almas el fuego de tu Amor.
La primera señal del amor del Salvador es la misión del Espíritu Santo a los discípulos, después de la Ascensión del Señor al cielo, recuerda Pío XII (“Haurietis aquas”, 23). El Espíritu Santo es el Amor mutuo personal por el que el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, y es enviado por ambos para infundir en el alma de los discípulos la abundancia de la caridad divina. Esta infusión de la caridad divina brota también del Corazón del Salvador, en el cual «están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2, 3).
Al Espíritu Santo se debe el nacimiento de la Iglesia y su admirable propagación. Este amor divino, don del Corazón de Cristo y de su Espíritu, es el que dio a los apóstoles y a los mártires la fortaleza para predicar la verdad y testimoniarla con su sangre.
A este amor divino, que redunda del Corazón del Verbo encarnado y se difunde por obra del Espíritu Santo en las almas de los creyentes, San Pablo entonó aquel himno que ensalza el triunfo de Cristo y el de los miembros de su Cuerpo: «¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el riesgo?, ¿la persecución?, ¿la espada?… Mas en todas estas cosas triunfamos soberanamente por obra de Aquel que nos amó. Porque estoy seguro de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni lo presente ni lo futuro, ni poderíos, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna será capaz de apartarnos del amor de Dios manifestado en Jesucristo nuestro Señor» (Rm 8, 35.37-39).
El Espíritu Santo nos ayudará a conocer íntimamente al Señor y a descubrir, junto al Corazón de Cristo, el sentido verdadero de nuestra vida, a comprender el valor de la vida verdaderamente cristiana, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. «Así – como pedía el Papa Juan Pablo II – sobre las ruinas acumuladas del odio y la violencia, se podrá construir la tan deseada civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo» (Carta al P. Kolvenbach).
Comentarios al autor en (Catecismo de la Iglesia Católica, 609) .
En la Cruz se expresa la Una inagotable abundancia de gracia
En la oración colecta de la Misa del Corazón de Jesús se pide a Dios todopoderoso que, al recordar los beneficios de su amor para con nosotros, nos conceda recibir de la fuente divina del Corazón de su Unigénito «Los sacramentos
Los sacramentos que edifican la Iglesia son los cauces de gracia a través de los cuales nos llega la vida nueva de la redención.
El agua del bautismo nos purifica y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Dios infunde en nuestra alma las virtudes teologales para que podamos conocerle por la fe, amarle por la caridad, tender hacia la esperanza.
Historia
Historia
Los Padres de la Iglesia tomaron la rica Tradición Apostólica sobre el Corazón de Cristo. Comprendían que Cristo tiene un corazón humano, actúa con corazón humano y nos hace capaces de compartir su amor humano y divino. San Agustín (+430), padre de la Iglesia, aparece frecuentemente en la iconografía con el corazón ardiendo de amor por Dios.
Los Padres meditaron sobre la Ultima Cena, evangelio de San Juan, cuando San Juan se reclinó sobre el pecho de Jesús del que recibió sabiduría divina. San Agustín escribe que Juan bebió de los «secretos sublimes de las profundidades mas íntimas del Corazón de Nuestro Señor». Otro Padre, San Paulinus de Nola (+431), escribe que fue así como San Juan recibió sabiduría para escribir la Palabra de Dios.
Los Padres también hacen referencia a las Sagrada Llaga del costado de Jesús, a la Sangre y Agua que brotaron de su corazón, de donde recibimos los sacramentos. San Ambrosio + 397 escribe: «El Agua nos limpia, la Sangre nos redime.» San Juan Crisóstomo (+407) escribe en la misma línea.
Edad Media
En el siglo XII se destaca Guillermo de S. Thierry (+1148) quien enseñaba la importancia de «entrar de lleno en el Corazón de Jesús, en el Santo de los Santos». Su amigo San Bernardo de Claraval (+1153) enseña que el traspaso del costado del Señor revela Su bondad y la caridad de su Corazón por nosotros. San Victor (+1173) decía que no se puede encontrar dulzura ni ternura que compare a la del Corazón de Jesús.
¡Que bueno, que dulce es habitar en Tu Corazón, Oh Jesús! ¿Quien hay que no desearía esta perla? Prefiero darlo todo, todos mis pensamientos, y todos los afectos de mi alma por El, echando mi mente entera en el Corazón de mi buen Jesús. -S. Buenaventura
El himno más antiguo al Sagrado Corazón que se conserva es «Summi Regis Cor Aveto». Se cree que es obra de Herman Joseph (+1241), norbertino de Colonia, Alemania.
Los cartujos fueron los primeros monjes devotos al Sagrado Corazón. Ludolf de Sajona (+ 1378), escribió: «El Corazón de Jesús fue herido de amor por nosotros, para que, respondiendo a su amor, podamos entrar por esa herida abierta a Su Corazón y allí ser inflamados con Su amor, tal como el hierro puesto al fuego se hace incandescente.» El cartujo Lansperguis +1539 es el primera persona conocida por recomendar a la gente el tener la imagen del Sagrado Corazón en un lugar visible para venerarla e inspirar al alma.
Muchos santos
Jesús siempre ha estado presente, revelando su amor. Numerosas místicas en diversas épocas tuvieron experiencias del Corazón de Jesús, fuente de amor y modelo para nuestro corazón:
Sta. Angela de Foligno
Lutgarda +1246 con quien intercambió corazones
Matilde +1298
Sta.Gertrudis la Grande +1302 Vidente de Corazón de Jesús. Enseña cuanto Jesús se deleita del corazón de los hombres. El corazón de Jesús renovará la humanidad.
Johannes Tauler OP +1361 Invita a refugiarse en Corazón de Jesús.
Beato Enrique Suso OP +1366, vio un ángel tomando su corazón y uniéndolo con el de Jesús.
Santa Catalina de Siena +1380 Preguntó al Señor: «Dulce Cordero sin mancha, tu estabas muerto cuando Tu costado fue abierto. ¿Para que, entonces, permitiste que Tu Corazón fuese de tal forma herido y abierto a la fuerza? Nuestro Señor le respondió. «Por varias razones, de las que te diré la principal. Mis deseos hacia la raza humana eran infinitos y el tiempo actual de sufrimiento y tortura estaban al terminar. Ya que mi amor es infinito, yo no podía por este sufrimiento manifestarte cuanto te amo. Es por ero Yo quise revelarte el secreto de mi corazón, permitiéndote verlo abierto, para que puedas entender que te amé mucho mas de lo que te podía probar por un sufrimiento que ha terminado»
Santa Juliana de Norwich +1416 -inglesa. Tuvo una visión. Jesús le invitó a contemplar dentro de Su Corazón, donde caben todos los que se salvarán.
Margarita de Cortona
Santa Teresa de Avila +1582, dijo que debíamos hacer la Llaga Sagrada nuestro lugar de refugio.
Sta. Verónica Giuliani +1727 experiencia con los Dos Corazones
Sierva Josefa Menéndez
Sta.Gema Galgani +1903
Después de las divisiones de la Iglesia en el siglo XVI, el jesuita (San Pedro Canisio SJ, +1597) y otros fueron impulsados por el amor al Corazón de Jesús a la renovación de la Iglesia. (San Francisco de Sales +1622, obispo y doctor de la Iglesia atribuía la fundación de la Visitantinas a la «obra de los Corazones de Jesús y María») y (Santa Juana de Chantal +1641 dijo: «Que el Señor nos de la gracia para vivir y morir en el Sagrado Corazón»). Ambos amantes del Corazón de Jesús cofundaron las orden de la Visitación. Una de sus novicias recibiría las apariciones del Sagrado Corazón que impulsará la devoción por el mundo entero.
Pero fue en el siglo XVII cuando la devoción al Corazón de Jesús se llega a propagar de manera sin precedentes. El gran santo y fundador, (Juan Eudes +1680), une la devoción al Corazón de Jesús a la del corazón de María Santísima, dos amores, dos corazones inseparables. Fue el primero que organizó y celebro las fiesta a del Corazón de Jesús y el Corazón de María. Por la misma época 1673, (Santa Margarita María de Alocoque +1690), novicia de la visitación, comienza a recibir las apariciones de Jesús quien le muestra Su Corazón y le comunica mensajes que transformaron su vida. Jesús le ordena a propagar estos mensajes lo cual se ocurre con la ayuda de (San Claudio de la Colombiere SJ +1682), quien providencialmente llega a ser su director espiritual.
Desde el pequeño convento en Paray Le Monial, Jesús dispuso que el amor de su corazón se propagase hasta los confines de la tierra. A través de San Claudio, los jesuitas (Jesuitas y el Corazón de Jesús) fueron llamados por Dios para colaborar con las visitantinas en la propagación de la devoción al Corazón de Jesús y la formación de apóstoles. Se divulgaron por todas partes libros e imágenes y las asociaciones del Sagrado Corazón llegaron a ser muchos miles. También muchas congregaciones religiosas desde ese tiempo adoptaron la devoción.
El Corazón de Jesús nos vincula con la Eucaristía, la Iglesia y la Virgen María
Eucaristía La devoción al Sagrado Corazón está vinculada con el amor a la Eucaristía. La Eucaristía ES la Presencia Real de Jesús, es su Corazón vivo que se nos da. San Pedro Canisio, uno de los primeros jesuitas devotos al Corazón de Jesús y doctor de la Iglesia, se sintió impulsado a buscar a Cristo en el Santísimo Sacramento y a agradecerle a Cristo presente por la gracia que había recibido de Su Sagrado Corazón.
La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. La devoción al Corazón nos mueve a desear ser Iglesia con todo el corazón y a propagarla por el mundo entero. Es así que el devoto al Corazón de Jesús busca propagar Su Reino.
Virgen María. Nadie como ella ama el Corazón de Su Hijo. Como nos expone S. Juan Eudes, los dos Corazones inseparables. Nosotros somos llamados a unirnos a ellos en un solo pensar y sentir.
La devoción al Sagrado Corazón, por ser fundamentada en el amor, se expande para abarcar a todos. También han habido hermanos separados que profesan devoción al Corazón de Jesús. Juan Wesley, fundador de los Metodistas, en 1819 re-imprimió un libro sobre el Sagrado Corazón. Wesley también profesaba amor a la Virgen María.
El Apostolado de la Oración (APOR), fue fundado en Vals, cerca de Le Puy, en Francia, el 3 diciembre 1844, por el P. Francisco Javier Gautrelet, SJ para los estudiantes jesuitas. El P. Ramiere +1883 llamó al apostolado Liga Santa de corazones unidos al Corazón de Jesús. En 1861 nació, en Francia, la primera publicación en grande para promover la devoción al Corazón de Jesús: El Mensajero. Pronto publicaciones similares surgieron por todo el mundo. Juan Pablo ll, ha dicho que el APOR «se ha distinguido por su empeño en difundir la devoción y la espiritualidad del Corazón del Redentor».
En 1917, Fátima, el ángel y la Virgen enseñaron a los niños a rezar y responder a los designios de los designios de los Corazones de Jesús y María. El ángel les dijo:
Orad así. «Los Corazones de Jesús y María están atentos a la voz de vuestras suplicas»
Los niños lograron propagar la devoción a los dos corazones ya comenzada por S. Juan Eudes en el siglo XVII. A partir de Fátima, la devoción a los corazones de Jesús y María se prendió como fuego.
El siglo XX, en medio de tantos combates espirituales, fue privilegiado con las apariciones de Jesús a la novicia polaca Santa Faustina +1938. Le reveló Su Corazón radiando rayos rojos y blancos. Le dictó también un diario donde El se da a conocer como La Divina Misericordia. Expresó que el desea derramar la misericordia de Su Corazón sobre toda la humanidad. La oposición fue fuerte. Pero con el asenso del cardenal polaco de su diócesis a la sede de Pedro las cosas cambiaron. Juan Pablo II canonizó a Santa Faustina. Fue la primera canonización del año jubilar 2000. La devoción a la divina misericordia ha tenido una difusión verdaderamente milagrosa. Soy testigo de que la imagen de Jesús de la misericordia se encuentra con frecuencia en los lugares mas remotos. Después de la muerte de Santa Faustina se han cumplido muchas de las promesas.
Oposición
Nunca faltó la oposición a la devoción al corazón de Jesús y a sus adeptos. En el siglo XVII, mientras Dios actuaba por medio de sus santos (ver arriba), el enemigo fomentaba odio, desprecio y burla contra la devoción al Corazón de Jesús. Los jansenistas fueron grandes enemigos de la devoción. También fue un gran golpe la supresión, en 1773, de la Compañía de Jesús. Desde España a Austria, todo lo relacionado al Sagrado Corazón: asociaciones, imágenes, libros, etc, fue perseguido. Los amantes de Sagrado Corazón eran perseguidos aun dentro de la Iglesia. En los seminarios se llegó a decir: «la fiesta del Sagrado Corazón ha echado una grave mancha sobre la religión.».
Siendo así las cosas, Francia fue castigada con la Revolución. Mas tarde sufrió el castigo toda Europa. Los que no quisieron aceptar de Francia el don de Dios recibieron de ella el flagelo de las guerras napoleónicas. Tal como ocurría ya al pueblo de Israel, los castigos fueron de purificación y después de ellos la devoción se propagó.
Numerosas revoluciones comunistas también se han ensañado diabólicamente contra el Corazón de Jesús. En Cuba, por ejemplo, muchas estatuas del Corazón de Jesús fueron destruidas y las imágenes fueron remplazadas por las del guerrillero ateo Che Guevara, con los ojos elevados en pose mística. Es por eso la importancia de la visita del Papa a Cuba en la que se desplegó una enorme imagen del Sagrado Corazón.
La oposición y las consecuentes persecuciones continuarán en el futuro. Pero contamos con la promesa alentadora de Jesús a Sta. Margarita: «Mi Corazón reinará a pesar de mis enemigos».
Proclamas de los Papas
-1856, Pío IX extendió la fiesta del Sagrado Corazón a toda la Iglesia.
-1899 León XIII consagró el Género Humano al Sagrado Corazón de Jesús –Annum Sacrum
-1956, Pio XII Sobre el culto al Sagrado Corazón –Haurietis Aquas,
-1928 Pio XI . Encíclica sobre la reparación que todos debemos al Sagrado Corazón –Miserentissimus Redemtpor.
-1999, Juan Pablo II -En el Centenario de la consagración
Muchos países también han sido consagrados al Corazón de Jesús. Ecuador fue uno de los primeros. España, inspirada por la promesa hecha por Jesús al P. Bernardo de Hoyos, SJ, se consagró el 30 de mayo de 1919 en el Cerro de los Ángeles.
Fuentes: corazondejesus.es
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