jueves, 8 de enero de 2026

San Agustín: Meditaciones - Capítulos 19, 20, 21 y 22

 




MEDITACIONES

Traductor: P. TEODORO CALVO MADRID

Libro único

Capítulo 19. SOBRE LA CASA DE DIOS

Ésta es tu casa, Señor. Una casa que nada tiene de terrestre ni de semejante a la masa corpórea del cielo que nuestros ojos perciben; es una morada espiritual que participa de tu eternidad, porque es perpetuamente incorruptible. La estableciste para que durara por los siglos de los siglos. Lo ordenaste así, y lo querido por ti nunca perecerá 67. Pero no es eterna como tú, porque fue hecha, y no careció de inicio. Es la primera de tus criaturas, pero infinitamente inferior a la sabiduría creada; pues esa sabiduría increada es eterna como tú mismo, oh Padre omnipotente, y por ella creaste tú todas las cosas 68 y ella es el principio mismo del cielo y de la tierra y de todo lo que en ambos se contiene 69. Tu morada es solamente una sabiduría creada, pero es de naturaleza espiritual, y mediante la contemplación de la luz eterna se convierte ella misma en luz y por eso puede decir que es sabiduría, aunque haya sido creada. Pero esta sabiduría creada difiere de tu sabiduría suprema, creadora de todas las cosas, como la luz que alumbra todos los seres difiere de la que de la misma recibe su esplendor, y como la única justicia que puede justificar y que se identifica contigo, oh Señor, difiere de la que es solamente una derivación de la justicia eterna. Nosotros también, como dice el Apóstol, somos justicia de Dios, Padre omnipotente, pero en ti su Hijo único y nuestro Señor Jesucristo 70. Hay, pues, una sabiduría creada, cuya creación fue anterior a todas las cosas 71. Esa sabiduría creada son las inteligencias puras y espirituales que viven en tu ciudad santa, nuestra madre común, que es libre y eterna arriba en el cielo 72. ¿Y qué es ese cielo sino el cielo de los cielos que canta eternamente tus alabanzas? Y en ese cielo de los cielos estableciste tú, oh Señor, tu morada 73. No podemos encontrar algún tiempo anterior a esa sabiduría, porque creada la primera precedió al inicio mismo del tiempo. Pero tú, oh Dios, eres anterior a ella desde toda la eternidad, porque en ti único y soberano Creador de todas las cosas, tuvo ella su origen, no en el orden del tiempo, pues todavía no existía el tiempo, sino en el orden de su naturaleza y condición. Y por esto, oh Señor, dicha sabiduría es algo muy distinto de ti. Aunque encontramos tiempo antes de ella y en ella, aunque ella puede contemplar siempre tu rostro, sin apartar nunca sus ojos de esa inefable visión, y sin que por ello sufra algún cambio, hay sin embargo en ella un principio de mutabilidad que acabaría derramando sobre la misma el frío y las tinieblas, si no siguiera unida a ti por la grandeza de su amor, como un sol meridiano que recibe de ti su luz y su calor. Finalmente, está unida a ti, Dios verdadero y verdaderamente eterno, por un amor tan puro y sincero, que a pesar de no ser eterna como tú, no está sujeta a los cambios ni a las vicisitudes del tiempo, y sin apartarse nunca de ti, encuentra su reposo en tu contemplación inefable. Porque tú, oh Señor, te complaces en manifestarte a esa sabiduría, que te ama sin reserva, y eso basta para su felicidad. Por lo cual no se puede apartar de ti más que de ella misma, y permanece siempre en el mismo estado, en la felicidad inefable de contemplarte sin cesar, y de amarte sin fin, como a única y verdadera luz, y como al único objeto digno de su amor.

¡Oh bienaventurada y sublime criatura, la más excelente de todas, cuya felicidad consiste en estar siempre unida a tu felicidad! Feliz, y demasiado feliz por servirte eternamente de morada, y por ser alumbrada con tu divina luz. Nada encuentro que pueda llamarse más dignamente el cielo del cielo reservado al Señor, que lo que te sirve de morada, y puede contemplar el objeto de sus delicias, sin temor de nunca perderlo. Y esa santa morada son las inteligencias puras, unidas en una perfecta concordia, y en el gozo de una paz inalterable, de comunión de espíritus bienaventurados, en los cielos elevados sobre estos cielos que perciben nuestros ojos.

El alma que siente como demasiado largo su exilio sobre la tierra 74 examine si ya tiene sed de ti, oh Señor, si ha hecho de las lágrimas su pan cotidiano 75, si no tiene otro deseo y otro objetivo que habitar en tu morada todos los días de su vida 76. ¿Y cuál es esta vida, sino tú sólo, oh Dios mío? ¿Y qué son tus días, sino tu eternidad? Pues tus años son años indeficientes. Que el alma comprenda entonces, según sus posibilidades, cómo tu eternidad está sobre la movilidad del tiempo, porque lo que te sirve de morada y que, al contrario que nosotros, no ha tenido que sufrir algún destierro, aunque tampoco es eterno como tú, no debe temer, sin embargo, el cambio y las vicisitudes de los tiempos por estar indeficientemente unida a ti. Pone en ti toda su vida con una piadosa perseverancia, y por eso lo que hay en ella de variable nunca podrá hacerla un sujeto mutable. Siempre en tu presencia, siempre unida a ti con todo el afecto de tu corazón, nada tiene que esperar del futuro, y nada tiene que recordar del pasado, sino que permanece siempre inmutable e inalterable y no recibe del tiempo ni extensión ni crecimiento.

Capítulo 20. ORACIÓN A LA CASA DE DIOS

¡Oh bella y luminosa morada! He amado tu belleza y el lugar de la habitación de la gloria del Señor, mi hacedor y tu poseedor. Que tú seas en este destierro terreno el único objeto de mis aspiraciones, y que día y noche mi corazón sólo respire por ti. Que todos mis pensamientos sólo tiendan a ti, y que el único deseo de mi alma consista en participar un día de tu felicidad infinita. Pido también a quien te hizo a ti que me posea enteramente en ti, porque él es quien te hizo a ti y me hizo a mí. Une tus plegarias y súplicas a las mías para que me haga digno de participar contigo de la gloria de que tú gozas. Yo no podría obtener por mí mismo el favor de estar unido a ti y de participar de tu inefable belleza, pero no pierdo la esperanza de obtenerlo por la sangre preciosa de mi Redentor.

Concédeme, pues, el auxilio de tus propios méritos, y dígnate suplir mi indignidad con tus puras y santas plegarias, que nunca pueden ser ineficaces ante Dios. Confieso que he andado largo tiempo errante, como una oveja perdida, y de esa manera prolongo mi peregrinación sobre la tierra, lejos de la presencia de mi Señor y mi Dios, sumido en la ceguera y en las tinieblas de mi destierro. Después de haber sido excluido de las alegrías del paraíso, deploro diariamente en mí mismo las miserias de mi cautividad. Mis cánticos son cánticos de tristeza y de duelo. Gimo y me lamento sin cesar, pensando en ti, Jerusalén celestial, nuestra madre común, viendo, oh santa y gloriosa Sión, que hasta ahora sólo he posado mis pies a la entrada de tu morada, sin poder penetrar dentro para contemplar sin velo tu celestial belleza. Pero espero que tu divino arquitecto, mi dulce y Buen Pastor, se dignará llevarme sobre sus espaldas, como a la oveja extraviada 77, y hacerme llegar hasta ti 78, para gustar en ti las delicias de la alegría inefable, herencia de todos los que contemplan contigo la grandeza de Dios, nuestro Salvador, quien por su divina Encarnación nos reconcilió con el Padre, y por su preciosa sangre pacificó todo lo que está en los cielos y en la tierra. El es nuestra paz, y él hizo de dos pueblos uno solo 79, reuniéndolos en sí mismo a pesar de ser opuestos entre sí, prometiendo hacernos partícipes de tu eterna felicidad, del mismo modo y en la misma medida en que tú mismo disfrutas, cuando dijo: serán iguales a los ángeles de Dios en los cielos 80.

¡Oh Jerusalén celestial, morada eterna de Dios! Después de Jesucristo eres tú, nuestra alegría y consolación, lo que debemos amar sobre todo. ¡Que el dulce recuerdo de tu nombre bienaventurado alivie nuestros pesares y tedio!

Capítulo 21. LAS MISERIAS Y EL TEDIO DE ESTA VIDA

Me produce mucho tedio, Señor, esta vida y este penoso peregrinar sobre la tierra. Pues esta vida es una vida miserable y caduca, una vida incierta y trabajosa, una vida inmunda y dominada por los malos. Es una vida donde reinan los soberbios, llena de calamidades y de errores, y que más que vida es una muerte que nos puede sorprender en cualquier momento, en las diversas formas en que nosotros estamos expuestos a diversos cambios. Pues, ¿se puede llamar verdadera vida la que nosotros pasamos en este cuerpo mortal, que los humores pueden inflamar, los dolores extenuar, los calores secar, los aires enfermar, los alimentos hinchar, los ayunos agotar, los placeres debilitar, la tristeza consumir, los cuidados oprimir, la seguridad entorpecer, la riqueza llenar de orgullo, la pobreza abatir, la juventud la hace temeraria, la vejez la encorva, la enfermedad la quiebra y la tristeza la deprime? Y a estos males sucede la muerte furiosa que da fin a todas las alegrías de esta miserable vida, que son como si nunca hubieran existido, una vez que han dejado de sentirse. Y, sin embargo, esta vida mortal, o mejor esta muerte viviente, aunque tan llena de amarguras, ¡a cuántos enreda con sus atractivos y a cuántos engaña con sus falsas promesas! A pesar de no ser en sí misma más que mentira y amargura, y a pesar de que no puede ser desconocida a los que la aman con tan gran ceguera, son muchos los que se dejan seducir por sus falsas dulzuras, y los que se embriagan en la copa de oro que ella les presenta para que beban. ¡Felices, aunque infinitamente escasos, los que evitan toda comunicación con ella, los que desprecian sus gozos para no perecer con la que tan cruelmente los engaña!

Capítulo 22. LA FELICIDAD DE LA VIDA ETERNA

Pero tú, ¡vida que Dios reserva a los que le aman, vida que es puente de vida, vida bienaventurada y segura, vida tranquila y hermosa, vida limpia y casta, vida santa y desconocedora de la muerte y de la tristeza, vida sin mancha y sin corrupción, sin dolor, sin ansiedad, sin perturbación, sin variación ni mutación; vida soberanamente bella y soberanamente noble, donde no hay enemigos que temer, ni incentivos de pecado que combatir, sino que lejos de todo temor reinan un amor perfecto y un día sempiterno; donde están todos animados por el mismo espíritu y ven a Dios cara a cara, con una visión divina que constituye para el alma un alimento que la sacia perfectamente! Todo mi agrado consiste en pensar en tu divina claridad, y cuanto más pienso en ti, más siento mi corazón lleno del deseo de disfrutar de tus bienes infinitos. Languidezco de amor por ti, y hacia ti se dirigen mis más ardientes aspiraciones, y tu solo recuerdo me llena de una inefable dulzura.

Por eso mi único gozo y mi único consuelo consisten en elevar hacia ti los ojos de mi alma, en dirigir hacia ti todos los movimientos de mi corazón y conformarlos totalmente a ti. Mi único deleite es oír hablar de ti, hablar yo mismo de ti, hacerte objeto de mis estudios y meditaciones, leer diariamente cosas referentes a tu felicidad y gloria, repasar en el fondo de mi alma todo lo que he leído, a fin de poder pasar de los ardores, los peligros y las penas de esta vida mortal y caduca, a esa morada de dulzuras, de alivio y de paz que sólo se encuentra en ti, durmiendo o por lo menos (como tu discípulo amado) inclinando mi cabeza fatigada sobre tu seno. Para disfrutar de esa gran felicidad recorro tus santas Escrituras como un jardín de delicias, y en el recojo como hierbas frescas y saludables tus divinos mandamientos. Mandamientos que yo medito y que constituyen mi alimento espiritual; y que (reunidos en mi memoria) deposito en el fondo de mi corazón, a fin de que habiendo saboreado tu inefable dulzura, me resulten más soportables los amargores de esta vida miserable.

¡Oh única vida soberanamente feliz, oh verdadera morada de la felicidad que no tiene fin y que carece de muerte; reino divino, sin sucesión de tiempos ni de edades; único reino alumbrado por un día que no conoce la noche y cuya duración no tiene término; reino donde los que combaten y vencen cantan eternamente en honor de Dios, juntamente con los coros angélicos, el cántico de los cánticos de Sión, y con la frente ceñida por una noble e inmortal corona! ¡Ojalá me sea concedido el perdón de mis pecados, y que liberado del peso de esta carne mortal pueda participar de tus gozos eternos y del reposo perpetuo que sólo se encuentra en ti! ¡Ojalá sea yo recibido en el recinto inmenso y glorioso de los muros de tu ciudad para recibir allí la corona de la vida de las mismas manos de mi Señor, para mezclar mi voz a la de los santos ángeles, para contemplar con esos espíritus bienaventurados el rostro hermoso de Cristo, para ser alumbrado por la luz suprema, inefable e infinita, y para que sin ningún temor a la muerte goce siempre del don de una perpetua incorrupción!

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