MEDITACIONES
Traductor: P. TEODORO CALVO MADRID
Libro único
Capítulo 37. ORACIÓN A JESUCRISTO PARA OBTENER LA GRACIA DE VERLO
Señor Jesús, Señor piadoso, Jesús bueno, que te dignaste morir para redimirnos de nuestros pecados, y que resucitaste para nuestra justificación; te ruego por tu gloriosa resurrección que me resucites del sepulcro de todos los vicios y pecados, y que me concedas participar diariamente en la misma resurrección, o liberación de mis pecados, para que así sea digno de participar verdaderamente en tu resurrección gloriosa. ¡Jesús dulcísimo y benignísimo, amantísimo y queridísimo, el más precioso y deseable, el más amable y el más bello; tú subiste a los cielos con triunfo y con gloria, estás sentado a la derecha del Padre! Rey todopoderoso, lleva mi alma al cielo, atráela con el suave olor de tus perfumes, y haz que ayudada y sostenida por ti nunca desfallezca en su peregrinar sobre la tierra. Los labios resecos de mi alma tienen sed de ti; llévala al torrente de tus delicias para que goce de una saciedad eterna. Llévala hacia ti, fuente viva, para que apague su sed, en la medida de lo posible, en las aguas que producen vida y salvación eterna. Pues tú mismo dijiste con tu santa y bendita boca: Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beba 134. ¡Oh fuente de vida, concede a mi alma sedienta beber siempre de ti, para que según tu promesa santa y veraz fluyan aguas vivas del centro de mi corazón! 135 Fuente de vida, llena mi mente con el torrente de tus delicias, y embriaga mi corazón con la sobria ebriedad de tu amor, a fin de que olvidado de las cosas vanas y terrenas, solamente te recuerde a ti, según lo que está escrito: Me acordé de Dios y mi alma se llenó de alegría 136.
Concédeme el Espíritu Santo, significado en aquellas aguas que prometiste dar a los que tuvieran sed. Que mi único objetivo y mi único deseo consistan en llegar a esa morada celestial, donde nos dice la fe que tú mismo ascendiste cuarenta días después de tu resurrección, a fin de que mientras mi cuerpo está todavía sujeto a la miseria presente, mi espíritu esté todo entero contigo en pensamientos y en deseos, y mi corazón esté junto a ti, mi único tesoro, único deseable, único incomparable, único digno de mi más ardiente amor. En el inmenso diluvio de esta vida, donde somos constantemente combatidos por las tempestades que nos rodean por todas partes, no encontramos ningún puerto seguro, ni ningún lugar elevado donde la paloma pueda posarse sin miedo. En ninguna parte hay paz segura ni reposo tranquilo, sino que en todas partes hay guerras y litigios y enemigos; fuera de nosotros sólo hay combates, y dentro de nosotros temores.
Como por la parte del alma pertenecemos al cielo, y por la del cuerpo a la tierra, nuestro cuerpo corruptible hace sentir su peso sobre nuestra alma. Y mi alma que no siente mucho afecto por mi cuerpo, del que es compañera, languidece y cae agotada de fatiga en los caminos donde se encuentra extraviada. Las vanidades del mundo donde vive la han llenado de heridas. Tiene hambre y sed, y yo nada puedo ofrecerle, porque yo mismo soy pobre y estoy obligado a mendigar mi propio alimento. Pero tú, Señor, Dios mío, eres la fuente inagotable de todos los bienes, y distribuyes con generosidad los alimentos de la patria celestial; concede, pues, a mi alma fatigada el alimento que necesita, devuélvela al buen camino y cura sus heridas. He aquí que está delante de la puerta, y llama con insistencia: ábrela con mano misericordiosa, te lo ruego por las entrañas de tu misericordia, que te hizo descender del cielo a la tierra; mándala que entre y se acerque a ti, repose en ti, se alimente de ti, oh pan celestial de vida y de salvación, a fin de que este alimento divino le devuelva su vigor y su fuerza y pueda así elevarse hasta el cielo, y desde el fondo de este valle de lágrimas sea llevada por las alas de sus piadosos deseos hasta los gozos eternos del paraíso.
Te ruego, Señor, que des a mi espíritu alas como de águila, a fin de que pueda alzar el vuelo y llegar, sin pararse, hasta tu espléndida morada y hasta la mansión de tu gloria. Que allí, en tus abundantes pastos y junto a las aguas abundosas, saboree en la mesa de los ciudadanos de la patria celestial los alimentos reservados para tus elegidos. ¡Oh Dios mío, descanse en ti mi corazón, que es como un ancho mar agitado por las tempestades! Tú que imperaste a los vientos y el mar, e hiciste surgir una gran tranquilidad 137, ven y camina sobre el oleaje de mi corazón, para que todo en mí se vuelva tranquilo y sereno, de modo que yo te pueda poseer como a mi único bien, y contemplarte como la luz de mis ojos, sin turbación y sin oscuridad. Que mi alma, oh Dios mío, liberada de los tumultuosos pensamientos de este siglo, se acoja a la sombra de tus alas y encuentre a tu lado un lugar de refrigerio y de paz, donde exultante de alegría clame con el profeta: En la paz de mi Dios dormiré y descansaré 138. Que mi alma, oh Dios mío, se duerma, y que en ese sueño pierda la memoria de todo lo que está debajo del cielo, y solamente se despierte para pensar en ti, según lo que está escrito: Yo duermo, y mi corazón vela 139. El alma sólo puede tener paz y seguridad, oh Dios mío, bajo las alas de tu protección. Que permanezca siempre en ti, y que sea calentada por tu divino fuego. Haz que se eleve sobre sí misma, que te contemple y que cante tus alabanzas con transportes de júbilo. Que estos deleitosos dones tuyos constituyan mi consuelo en las tormentas de esta vida, hasta que llegue a ti, que eres la paz verdadera, y donde no hay arcos, ni escudos, ni espadas, ni guerras, sino solamente suma y verdadera seguridad, tranquilidad segura, seguridad tranquila, felicidad alegre, eternidad feliz y bienaventuranza eterna, y visión bienaventurada de ti, y alabanza tuya por los siglos de los siglos. Así sea.
Oh Cristo Señor, poder y sabiduría del Padre, que pones en las nubes tu morada, y que caminas sobre las alas de los vientos, que haces de tus ángeles espíritus y ministros tuyos del fuego abrasador, te ruego y te suplico insistentemente que me concedas las ágiles plumas de la fe y las veloces alas de las virtudes, con las que pueda elevarme a la contemplación de las cosas celestiales y eternas. Se una, te lo suplico, mi alma a ti, y me reciba tu mano derecha. Me eleve sobre las cimas más altas de la tierra, y me nutra con los alimentos de la herencia celestial, por los que suspiro día y noche durante mi triste exilio sobre esta tierra, en el que mis miembros mortales quitan a mi alma todo su vigor y fuerza.
Dios mío, líbrame de las tinieblas y del peso de esta carne terrestre. Detén a mi alma errante, que se aparta sin cesar del único camino que conduce a ti. Concédele la gracia de elevarse hasta tu celeste morada, para que iluminada por los rayos de tu luz divina desprecie las cosas terrestres, aspire a las cosas del cielo, odie el pecado y ame la justicia. Pues ¿qué hay más grande y más dulce, en medio de las tinieblas y de las amarguras de esta vida, que suspirar sin cesar por las delicias infinitas de la bienaventuranza eterna, y preocuparse únicamente de los medios para llegar allí donde ciertamente podremos disfrutar de los gozos eternos?
¡Oh Dios dulcísimo y benignísimo, amantísimo y queridísimo, el más precioso y el más deseable, el más amable y hermoso!, ¿cuándo llegaré a verte? ¿Cuándo apareceré ante tu presencia? ¿Cuándo me saciaré de tu belleza? ¿Cuándo me sacarás de esta cárcel tenebrosa, para bendecir y confesar tu nombre, sin tener que arrepentirme de mis faltas? ¿Cuándo llegaré a tu magnífica y maravillosa morada, en cuyos tabernáculos los justos celebran sin cesar tu gloria con cánticos de gozo y de triunfo? Bienaventurados los que habitan en tu casa, Señor, porque te alabarán por los siglos de los siglos 140. Felices y realmente felices los que tú has elegido, y que ya tienen parte en esa herencia celestial, Tus santos, oh Dios, florecen ante tus ojos como los lirios. Están llenos de la abundancia que reina en tu morada, y beben del torrente de tus delicias 141, porque tú eres, oh Señor, la única fuente de vida. Ven ya la luz en tu luz, hasta el punto de que ellos mismos convertidos en luz, que de ti solo recibe su resplandor, brillan como soles en tu presencia. ¡Cuán admirables, cuán hermosos y deliciosos son los tabernáculos de tu mansión! Mi alma, aunque manchada por el pecado, sólo desea llegar hasta allí, porque yo, oh Señor, he amado siempre la belleza de tu casa y el lugar en que reside tu gloria 142. Sólo te pido una cosa, Señor: habitar en tu casa todos los días de mi vida 143.
Como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así mi alma tiene deseo de ti, Dios mío. ¿Cuándo llegaré y cuándo apareceré ante ti, y cuándo veré a mi Dios, del que tiene sed mi alma? 144 ¿Cuándo le veré en la tierra de los vivientes? Pues en esta tierra de muertos no puede ser visto con los ojos mortales. ¿Qué haré, miserable de mí, oprimido por las cadenas de mi mortalidad; qué haré? Mientras vivimos en el cuerpo peregrinamos lejos de Dios 145. Pues no tenemos aquí abajo una ciudad permanente, sino que buscamos la ciudad futura, ya que nuestro derecho de ciudadanía está en los cielos 146. ¡Ay de mí, que mi peregrinación se ha prolongado, y habité con los habitantes de Cedar, y mi alma vivió como extranjera durante largos años! 147. ¿Quién me diera alas como de paloma, para volar y descansar? 148 Pues para mí nada hay tan dulce como vivir con mi Dios, y es bueno para mí estar unido a Dios 149.
Concédeme, Señor, que mientras viva en este cuerpo frágil, esté unido a ti, según está escrito: Quien está unido a Dios, forma un espíritu con él 150. Concédeme alas para que yo pueda elevarme hasta ti, y contemplarte sin cesar, y como nada hay feliz sobre la tierra, conserva mi alma cerca de ti para que no se hunda en el abismo de este valle de tinieblas. Haz que la sombra de tierra no se interponga entre ella y tú, quitándole la vista de tu sol de justicia, y haz que no la rodeen las tinieblas impidiéndole elevar su mirada a las cosas de arriba.
Mi deseo más ardiente consiste en llegar a ese feliz estado de paz, de gozo y de luz eterna. Sostén mi corazón con tu mano, oh Señor, porque sin tu ayuda no podrá elevarse a lo que está por encima de ella. Tengo prisa de llegar a tu feliz mansión, donde reinan eternamente la paz y una tranquilidad inalterable. Sé tú el apoyo y la dirección de mi espíritu y gobiérnalo según tu voluntad, a fin de que dirigido por ti se eleve a la región de la abundancia, donde alimentas eternamente a Israel con tu santa verdad, y para que al menos con el pensamiento veloz pueda yo llegar hasta ti, suprema sabiduría que preside todas las cosas, y que todo lo conoce y gobierna.
Pero son muchas las cosas que impiden a mi alma volar hacia ti. Oh Señor, acalla todos los ruidos que surgen en mí, y haz callar a mi misma alma. Que mi alma se eleve sobre todo lo creado, y que se eleve sobre sí misma para llegar hasta ti. Haz que en ti solo, oh Creador, fije mi alma los ojos de su fe; y que tú solo seas en adelante el objeto de sus aspiraciones, pensamientos y meditaciones; que te tenga siempre presente ante los ojos y en el fondo de su corazón, como su verdadero y sumo bien y como su gozo interminable. Sin duda que hay muchas contemplaciones de las que un alma devota puede maravillosamente nutrirse, pero no hay ninguna en la que mi alma encuentre tanto sosiego y tanto gozo como en contemplarte a ti solo como único objeto de sus pensamientos. ¡Cuán grande es la abundancia de tu dulzura, oh Señor 151, y cuán maravillosamente inspiras a los corazones de los que te aman! ¡Qué admirable la suavidad de tu amor, del que disfrutan los que fuera de ti nada aman, nada buscan y nada desean pensar! ¡Bienaventurados los corazones de los que tú eres la única esperanza, y cuya única ocupación consiste en dirigirte sus plegarias a ti! Feliz quien en la soledad del silencio vela sobre sí constantemente día y noche, a fin de poder, viviendo todavía en este frágil cuerpo, pregustar tus inefables dulzuras.
Te ruego por las saludables heridas recibidas en la cruz por nuestra salvación y de las que manó la sangre preciosa que nos redimió, que bendigas también mi alma pecadora, por la que te dignaste morir; bendícela con un dardo inflamado y omnipotente de tu inmensa caridad. Porque la palabra del Señor es viva y eficaz y más penetrante que una espada de dos filos 152. ¡Oh flecha escogida entre todas, oh espada agudísima que puedes atravesar con tu poder el duro escudo del corazón humano, atraviesa mi corazón con el dardo de tu amor, para que te diga mi alma: Me has herido con tu amor, de modo que de esa herida de amor manen abundantes lágrimas día y noche!
Atraviesa, Señor, atraviesa mi alma endurecida con el dardo más poderoso de tu amor; atraviésala hasta lo más íntimo de su ser, para que mi cabeza y mis ojos se conviertan en una fuente inagotable de lágrimas. Que el ardiente deseo de contemplar tu belleza les haga derramar lágrimas día y noche, sin que nunca, en esta vida presente, pueda gustar el menor consuelo, hasta el día en que sea digno de verte en tu celestial morada, oh amado y divino esposo, mi Dios y mi Señor; que allí a la vista de tu gloria y de la belleza infinita de tu rostro lleno de dulzura y majestad, pueda adorarte humildemente con todos los elegidos que te aman, y gritar con ellos, lleno de júbilo y de exultación: Lo que deseaba ya lo veo, lo que esperaba ya lo tengo, lo que anhelaba ya lo poseo. Ya estoy unido para siempre en el cielo con aquel a quien amé con todas mis fuerzas viviendo sobre la tierra, y a quien había entregado todo el amor de mi corazón. A quien me adherí con todo mi amor, a ese mismo lo alabo, lo bendigo y lo adoro, pues él es el Dios omnipotente que vive y reina por los siglos de los siglos. Así sea.
Capítulo 38. PLEGARIA EN LA AFLICCIÓN
Ten piedad de mí, Señor: compadécete misericordiosamente; compadécete de este miserabilísimo pecador que tantas cosas indignas ha hecho y tantos males ha merecido padecer, que ha pecado asiduamente, y diariamente ha sido castigado por ti. Considerando lo mucho que he pecado, encuentro que el castigo sufrido es bien ligero en comparación con lo grave de mis faltas. Tú, Señor, eres justo, y todos tus juicios son únicamente justicia y verdad. Justo y recto eres tú, Señor Dios nuestro, y en ti no hay iniquidad. No hay ni injusticia ni crueldad en los castigos que tú infliges a los pecadores, oh Dios omnipotente y misericordioso. Cuando todavía no existíamos, nos sacaste de la nada por tu omnipotencia, y cuando estábamos perdidos por nuestras faltas nos salvaste de la perdición por un admirable efecto de tu benevolencia y de tu caridad. Lo sé y estoy cierto de que no se debe atribuir al azar todo lo que turba y agita nuestra vida, sino que tú solo, oh Señor, eres quien dispones y gobiernas todas las cosas según tus impenetrables designios. Tú solo tienes cuidado de todas las cosas, y cuidas especialmente de tus siervos que han puesto toda su esperanza en tu misericordia. Por eso te ruego y te su plica insistentemente que no me trates según la gravedad de mis pecados, por los que merecí tu ira, sino según la grandeza de tu misericordia, que es superior a todos los pecados del mundo. Tú, Señor, que infliges externamente el castigo, concédeme siempre una indeficiente paciencia interior, a fin de que mi boca no cese nunca de alabarte. Ten piedad de mí, Señor, ten piedad de mí, y ayúdame en todo lo que sabes que es útil a mi cuerpo y a mi alma. Tú que sabes todas las cosas, tú que todo lo puedes, y tú que vives por los siglos de los siglos. Así sea.
Capítulo 39. ORACIÓN A DIOS LLENA DE TEMOR Y DE CONFIANZA
Señor Jesús, Hijo del Dios vivo, que habiendo extendido los brazos en la cruz bebiste el cáliz de la pasión para redimir a todos los hombres: dígnate concederme hoy tu auxilio. He aquí que vengo pobre y falto de todo a ti que eres rico y misericordioso, haz que no me tenga que apartar vacío y despreciado. Obligado por la necesidad comienzo a buscarte; no me rechaces. Vengo a ti lleno de hambre, no me despidas sin haberme saciado, y ya que he deseado tanto el alimento celestial, haz que pueda saborearlo después de tantos suspiros. Ante todo, oh dulcísimo Jesús, confieso y reconozco mi iniquidad ante la grandeza de tu suavidad. Porque fui concebido y nací en el pecado, y tú me lavaste y me santificaste, y posteriormente todavía me manché con mayores faltas. Pues fue necesario que naciera en el mal, pero después yo me sumergí en el voluntariamente. Fiel a tu divina misericordia, me sacaste de la casa de mi padre carnal y de en medio de los pecadores para inspirarme el deseo de seguirte con la generación de los que buscan tu presencia. Siguen el camino del bien, moran entre los lirios de la castidad, y se sientan contigo en el cenáculo de la más perfecta pobreza. Pero yo, ingrato, olvidado de la multitud de tus beneficios, apenas había comenzado a caminar por la vía de la santidad, cuando caí en más pecados y crímenes que los cometidos antes, y en lugar de tratar de borrar mis pecados no hice más que acumular unos sobre otros. Estos son los males con los que deshonré tu santo nombre y con ellos manché mi alma que tú habías creado a tu imagen y semejanza 153. Con la soberbia, con la vanagloria y con otros mil pecados semejantes nunca cesé de afligir, desgarrar, destruir mi pobre alma. Y he aquí, Señor, que mis iniquidades, como olas encrespadas, sobrepasaron mi cabeza, y acumuladas unas sobre otras me oprimieron con su ingente peso 154. Y si tú, Señor Dios mío, del cual es propio perdonar y compadecerse, no me tiendes la mano auxiliadora de tu majestad, me sumergiré miserablemente en lo más profundo del abismo.
Atiende, Señor, y mírame, porque tú eres santo; mira cómo me insulta mi enemigo diciendo: Dios le abandonó, le perseguiré y le atraparé, porque no hay quien le libre 155. Y tú, Señor, ¿hasta cuándo me dejarás en este estado? 156 Vuélvete hacia mí: libra mi alma, y sálvame por tu misericordia. Compadécete de tu hijo, al que diste a luz con tanto dolor. Que la vista de mis pecados no te haga olvidar tu infinita bondad. ¿Qué padre no se esforzaría por librar a su hijo del peligro? ¿O a qué hijo no le corrige su padre sus faltas con el báculo de la piedad? Así pues, Padre y Señor mío, aunque pecador, no dejo de ser hijo tuyo, porque tú me hiciste y me redimiste. Castígame en proporción de mis pecados, y después de haberme corregido como merezco, entrégame a tu Hijo Jesucristo. ¿Acaso puede olvidarse la madre del hijo de sus entrañas? Y aunque ella, oh Padre, se olvidara, tú prometiste no olvidarte 157. Pero yo elevo mi voz y no me escuchas; estoy destrozado por el dolor y no me consuelas. ¿Qué diré o qué haré, miserable de mí? En lugar de consolarme, incluso me rechazas de tu presencia 158. ¡Ay de mí, qué bien supremo he perdido, y en qué abismo de males he caído! ¡A dónde quería ir, y dónde he ido!, ¡en qué estado me encuentro en comparación de aquel en que debería estar! ¿Cuál era el objeto de mis aspiraciones, y por qué puedo yo ahora suspirar? Buscaba el bien, y he encontrado la turbación. Me muero, y Jesús no está conmigo. ¿No sería para mí mejor dejar de existir, que existir sin Jesús? ¿No valdría más dejar de vivir que vivir sin aquel que es la vida?
¿Y dónde, oh Señor Jesús, están tus antiguas misericordias? ¿Es que tu cólera contra mí no va a tener fin? 159 Aplácate, te lo ruego, y ten piedad de mí, y no apartes de mí tu rostro 160, porque para redimirme no apartaste tu cara de los que te increpaban y te llenaban de salivazos 161. Confieso que pequé, y mi conciencia me dice que merezco la condenación, y sé que mi penitencia no basta para la satisfacción. Pero la fe me enseña que tu misericordia sobrepasa nuestras ofensas. No me juzgues, Dios piísimo, según mis faltas, y no entres en juicio con tu siervo 162; por el contrario, borra mi iniquidad según la grandeza de tus misericordias 163. ¡Ay de mí, miserable, cuando llegue el día del juicio, cuando sean abiertos los libros de todas las conciencias, y cuando se diga de mí: He aquí las obras de este hombre! ¿Qué haré yo entonces, Señor Dios mío, cuando los cielos revelen todas mis iniquidades, y cuando la tierra se levante contra mí? Nada podré responder, sino que tendré que estar delante de ti, temeroso y confuso, con la cabeza baja por la confusión. Miserable de mí, ¿qué podré decir en defensa mía? Gritaré hacia ti, Señor mi Dios, porque el silencio sería mi ruina. Sin embargo, si hablo no disminuirá mi dolor, y si me callo mi corazón será destrozado por la amargura. Llora, pues, alma mía, llora como una joven viuda sobre el esposo que ha perdido. Lanza gemidos y gritos de desesperación por haber sido abandonada por Jesucristo, tu celestial esposo.
¡Oh ira del omnipotente, no caigas sobre mí, porque eres demasiado grande para mi debilidad, y mi entero ser no podría soportarla! Ten piedad de mí, Señor, y no me dejes caer en la desesperación, sino que, por el contrario, concédeme que respire lleno de esperanzas. Si yo cometí faltas que merecen que me condenes, tú posees en tu misericordia los medios para salvarme. Tú, oh Señor, no quieres la muerte de los pecadores, ni te alegras viéndolos morir en el crimen 164, sino que, por el contrario, para que los muertos vivieran aceptaste tú la muerte, y tu muerte acabó con la muerte de los pecadores. Así pues, si con tu muerte les devolviste la vida, no me dejes morir tú, cuya vida es eterna. Tiéndeme desde lo alto de los cielos tu mano auxiliadora, y líbrame del poder de mis enemigos. No permitas que se gocen sobre mí y digan: Le hemos devorado 165. ¿Quién podrá alguna vez, oh buen Jesús, desconfiar de tu misericordia? Cuando éramos tus enemigos nos redimiste con tu sangre, y nos reconciliaste con Dios 166. He aquí que protegido por la sombra de tu misericordia me presento ante el trono de tu gloria pidiendo perdón. Clamaré y llamaré a tu puerta, hasta que tengas piedad de mí. Si tú nos llamaste a la gracia del perdón cuando no te lo pedíamos, ¿podrás negárnoslo ahora cuando te lo pedimos con tanto ardor?
No recuerdes, oh Jesús dulcísimo, tu justicia contra este pecador; recuerda, por el contrario, tu benignidad hacia esta criatura tuya. Olvida la ira contra el culpable, y ten piedad del desventurado. Olvida la soberbia que sólo puede irritarte, y mira sólo en mí al miserable que te implora. Pues quien dice Jesús, dice Salvador. Levántate, pues, oh Jesús, para venir en mi ayuda, y di a mi alma: Yo soy tu salvación 167. Mucho confío, Señor, en tu bondad, porque tú mismo me enseñas a pedir, buscar y llamar 168. Instruido por tus palabras vengo a pedir, buscar y llamar. Pero tú, oh Señor, que nos ordenaste pedir, dígnate acoger nuestra petición; tú que nos aconsejaste buscar, haz que nuestra búsqueda no resulte vana; tú que nos enseñaste a llamar, ábrenos cuando llamamos. Fortifícame, porque soy débil, devuélveme al buen camino, porque estoy perdido, resucítame, porque estoy muerto. Dígnate según tu beneplácito dirigir y gobernar todos mis sentidos, pensamientos y acciones, para que sólo te sirva a ti, para que sólo viva para ti, y para que me entregue enteramente a ti. Tú eres el Creador, y por eso me debo a ti. Sé que te dignaste redimirme y te hiciste hombre por mi salvación, y por eso, si lo tuviera, te debería dar algo superior, porque tú eres mayor que aquel por quien te entregaste a ti mismo. Pero yo no puedo ofrecerte más que a mí mismo, e incluso lo que tengo, sólo te lo puedo ofrecer mediante el auxilio de tu gracia. Recíbeme, pues, y atráeme hacia ti, a fin de que sea enteramente tuyo por la obediencia y por el amor, como yo lo soy por mi naturaleza, oh Dios, que vives y reinas por los siglos de los siglos.
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