martes, 25 de marzo de 2025

25 de marzo: Solemnidad de la Anunciación de María


Anunciación del Señor

Equipo de Liturgia
Mercabá, 25 marzo 2025

Meditación

         Celebramos hoy el día de la anunciación del Señor, o anuncio de que el Señor vendría a este mundo en carne mortal, en un día determinado y a través de un nacimiento humano. Es lo que había dado a entender Isaías cuando, en perspectiva profética, habló de esa señal que le fue dada por Dios a Acaz, sin que éste ni siquiera se la pidiera. Fue la señal del Enmanuel, el Dios con nosotros o en medio de nosotros, a través de un nacimiento virginal o parto de una virgen que, tras quedar encinta, lo dio a luz.

         Es lo que le anuncia el ángel Gabriel a María, esa mujer de Judea desposada con un hombre de la estirpe de David. Desposada, pero virgen, y al parecer, con el propósito de permanecer virgen. En este sentido cabe interpretar la objeción de María a la propuesta del ángel que le anuncia su maternidad: ¿Cómo será eso, pues no conozco (ni tengo intención de conocer) varón?

         Habrá concepción y nacimiento, viene a decirle el ángel, pero no será necesario que renuncie a la virginidad, puesto que el concebido y nacido como Hijo del Altísimo será fruto de la acción del Espíritu Santo en ella: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra.

         Semejante concepción es posible porque para Dios nada es imposible: ni la fecundidad de una mujer estéril y anciana como Isabel, que ya está de seis meses, ni la maternidad de una virgen como María. ¿Cómo va a ser imposible para el que ha sacado la naturaleza de la nada (su Creador) sacar vida de la esterilidad temporal o definitiva de esa misma naturaleza o del estado virginal de la misma?

         A Dios ni le es imposible hacer madre a una mujer estéril, ni a una mujer virgen. De ambos estados Dios puede sacar fecundidad. La afirmación evangélica es tan rotunda e incuestionable que a María, una mujer tan llena de fe y de gracia, no le queda sino reconocer esta realidad, viéndose a sí misma como esclava del Señor, dispuesta en todo momento a aceptar su plan y a colaborar con él: Hágase en mí según tu palabra.

         Lo que se anuncia en la Anunciación es, pues, una concepción y un nacimiento: el nacimiento del Enmanuel (según Isaías) y del Hijo del Altísimo (según Lucas). Pero el Enmanuel y el Hijo del Altísimo son el mismo, son el hijo de María Virgen, el concebido y dado a luz por ella sin concurso de varón, aquel a quien se le pondrá por nombre Jesús.

         Anunciar el nacimiento de Jesús es anunciar la venida en carne del Enmanuel la encarnación del Encarnado. Esto es, del que no teniendo cuerpo, recibe un cuerpo que le ha sido preparado durante el tiempo de su gestación.

         Por supuesto, recibe un cuerpo con alma, puesto que se trata de un cuerpo humano y viviente. La anunciación anuncia, por consiguiente, la encarnación del Hijo de Dios, algo que acontece por la vía del nacimiento humano, que no por ser virginal deja de ser humano.

         Éste fue el modo en que Cristo (o el Enmanuel) entró en el mundo (como nos hace saber la Carta a los Hebreos) para formar parte de él: recibiendo el cuerpo que le había sido preparado para llevar a cabo del mejor modo posible su misión; recibiendo el cuerpo para ofrendarlo en lugar de esos sacrificios y ofrendas que Dios no aceptaba, más aún, que había terminado por aborrecer. Pero ese cuerpo lo recibe de una mujer virgen (porque el mismo Dios así lo ha querido), y lo recibe naciendo de esta mujer.

         He aquí el misterio central de la fe cristiana, el misterio que distingue el cristianismo de cualquier otra religión, el misterio del Dios que entra en el mundo recibiendo un cuerpo para formar parte de él. Con este cuerpo podrá decir lo que está escrito en el libro: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad. Tal será la voluntad que le lleve (como indica Hebreos) a inmolarse (oblación) en el cuerpo recibido convirtiéndose en víctima expiatoria agradable a Dios.

         Éste es el núcleo de la obra de la redención llevada a cabo por el Redentor. Todos los que tienen protagonismo en esta obra, empezando por el mismo Redentor, son conscientes de estar aquí, en este mundo y tiempo concretos, para hacer la voluntad de ese Dios que lo planifica todo con vistas a la salvación de todos.

         Y todo esto porque si Cristo, al entrar en el mundo, dice: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad... la mujer que propicia esta entrada con su maternidad dice también: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

         Nosotros, destinatarios al tiempo que colaboradores de esta salvación, no podemos decir otra cosa que lo que hemos oído de sus protagonistas principales. Se trata de secundar la voluntad salvífica de ese Dios que no persigue otra cosa que nuestro bien.

         Con este fin nos ha enviado a su Hijo como Enmanuel y como corpóreo, sirviéndose para ello de una mujer virgen, María, la llena de gracia y la bendita entre las mujeres. Tal es el misterio de la encarnación que hoy rememoramos. También a nosotros se nos ha dado un cuerpo (con alma) para entregarlo por la propia salvación y por la del mundo entero.

Fuente: Mercaba.org




 ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR

DicMA

 

SUMARIO: 

I. Actualidad litúrgica 

II. Datos históricos y teológicos de la celebración 

III. Interpretación exegética de la anunciación: 
1
. El género literario; 
2. 
Análisis exegético de la pericopa 

IV. Comentario homilético actualizado: 
1. 
El Hijo del Altísimo e Hijo de Dios; 
2. 
La hija de Sión, madre y sierva.


 

I. Actualidad litúrgica

La fiesta de la Anunciación del Señor tiene su propio significado original. Guarda una estrecha relación con la fiesta de Navidad. Pero los historiadores y los liturgistas admiten que no hay elementos suficientes para determinar cuál ha sido el influjo y el predominio entre las dos fechas. La anunciación se inscribe bajo el signo del realismo de la encarnación y en la dimensión de la historia de la salvación. No es un elemento de devoción o una reflexión teológica sobre el depósito de la revelación. Es ante todo y sustancialmente un acontecimiento y como tal tiene que destacarse sobre las demás celebraciones. Dice que el Verbo se ha hecho carne y plantó su tienda entre los hombres (cf Jn 1,14); que quiso mostrarse en la fragilidad de la desnudez y del rebajamiento (Flp 2,5-8).

La visita del Señor a su pueblo había sido anunciada de antemano con insistencia; no había dudas sobre su venida. Seguía siendo un misterio el modo en que aparecería el Señor. Y aquí es donde se manifestó la novedad. No pasó por entre los hombres, sino que se detuvo; no se dirigió a los hombres desde fuera, sino que se hizo humanidad y lo asumió todo desde dentro. Un Dios de los hombres, que habla y actúa en el corazón mismo de la experiencia humana. En nuestro momento histórico, en que se parte cada vez más del hombre, de su descubrimiento, de su significado, de su centralidad, el acontecimiento de la encarnación es un hecho de extraordinaria actualidad. Es la propuesta de Dios que abre a la historia humana dimensiones infinitas. La finitud humana sigue estando siempre disponible a ser signo, incluso de la presencia personal de Dios. A pesar de seguir siendo el totalmente Otro, Dios se ha hecho hombre y hay que buscarlo por tanto en la realidad de los hombres. La historia de la salvación está dominada y caracterizada por una opción desconcertante de Dios: la encarnación. Todo el misterio cristiano está bajo el signo del Dios-hombre. Por eso la solemnidad litúrgica de la Anunciación del Señor no es solamente el comienzo, sino la clave de lectura y de comprensión de todo lo que viene después. La exaltación de Jesús, que hace de él el Señor para siempre, no tiene que atenuar nunca el misterio del hombre Jesús, ya que "cuando vino la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para que... recibiésemos la adopción de hijos" (Gál 4,4-5).

 

II. Datos históricos y teológicos de la celebración

Parece ser que no existe ninguna mención cierta de una celebración del día de la Anunciación hasta el X concilio de Toledo (año 656). Este concilio no habla tampoco de modo explícito de una fiesta de la Anunciación; constata que la madre del Verbo no tiene todavía una fiesta que se celebre en todas partes el mismo día. En España hay una gran festivitas gloriosae Matris, pero se fija en días diferentes. Entre estas fechas está la del 25 de marzo, pero hay también otras, por ejemplo durante el adviento. Parece ser que se encontraban frente a una fiesta de la maternidad virginal, vinculada estrechamente bien con la concepción de Jesús (25 de marzo), bien con su nacimiento (tiempo de adviento).

Es probable que ya en el s. iv, en Palestina, hubiera una fiesta en la que se celebrase la encarnación y consiguientemente la anunciación. Efectivamente, se sabe que santa Elena edificó una gran basílica sobre el lugar donde la tradición situaba la casa y la gruta de la Virgen. Pues bien, en cada basílica se conmemoraba el misterio correspondiente 1.

¿Por qué precisamente la fecha del 25 de marzo? Prescindiendo de su correlación con el día de Navidad, el 25 de marzo es el equinoccio de primavera. Desde los tiempos de Tertuliano había tradiciones que recordaban esta fecha como la de la creación del mundo (también a veces como la de la creación del hombre) y de la concepción de Cristo. Posteriormente se añadió también a ello la conmemoración de la muerte de Cristo. A ello parece aludir igualmente san Agustín. Calculando sobre la simbología de los números, dice que la gestación perfecta comprendería el período exacto de nueve meses y seis días. Esto es lo que se pudo verificar para la perfección del cuerpo de Cristo: "... Sicut a majoribus traditum suspiciens Ecclesiae custodit auctoritas. Octavo enim kalendas apriles [25 de marzo] conceptus creditus, quo et passuss... Natus autem traditur octavo kalendas januarias [25 de diciembre]" (De Trinitate IV, 5,9: PL 42,834). También el Sacramentario Gregoriano preadriano (edición Mohlberg) refiere: "... VIII kalendas apriles Adnunciacio Sanctae Dei Genitricis et Passio ejusdem Domini".

Hay que distinguir con cuidado entre la fiesta de la Anunciación como recuerdo festivo del hecho y la fiesta del 25 de marzo. En la iglesia existió siempre la primera, al menos desde los tiempos de la institución de Navidad, de la que es inseparable. En el s. v tenemos algunos sermones natalicios de san Pedro Crisólogo y de san León Magno; algunos de ellos tienen como objeto directo no ya el nacimiento de Cristo, sino el anuncio del ángel. También el himno / Akáthistos fue compuesto para la fiesta de la Anunciación.

En los últimos siglos la denominación oficial de la fiesta ha sido: "Annuntiatio b. Mariae Virginis". En la época más antigua se usaban además otras expresiones, como: "Annuntiatio angeli ad b. Mariam Virgiñem". Pero sobre todo se hace mención de Jesús, ya que la fiesta más antigua debió ser en recuerdo del Señor. He aquí algunos títulos: "Annuntiatio Domini", "Annuntiatio Christi" e incluso "Conceptio Christi". Pero la referencia intensa a María hizo que ya desde muy antiguo fuese una fiesta en honor de la Virgen.

La gran variedad de' fechas va ligada a la concepción del año litúrgico y eclesiástico. En oriente no había una idea muy rígida en este sentido; por ello las fiestas de los santos y las de la Virgen estaban esparcidas a lo largo de todo el año. En occidente, por el contrario, sobre todo en España, no solían celebrarse fiestas de santos durante el período cuaresmal. De aquí la decidida fijación de la fecha de la Anunciación el día 18 de diciembre, en pleno período de adviento. En Roma fueron más posibilistas. El antiguo Misal Gelasiano y el Gregoriano tienen la fiesta de la Anunciación el 25 de marzo, lo mismo que en oriente. En la liturgia de las témporas de adviento se recuerda la anunciación. Y se introduce tardíamente, el 18 de diciembre, una festividad denominada "Expectatio partus". En estos últimos siglos se llega a una homogeneidad en la fecha de la Anunciación, el 25 de marzo.

Con la reforma litúrgica posterior al concilio Vat II la festividad ha recobrado su nombre más verdadero, debido a una profunda motivación teológica: Anunciación del Señor. Efectivamente, el concilio recuerda la verdadera raíz de toda la grandeza y del carácter único de la persona y de la misión de María: su relación con Cristo (LG 67) [/ Año litúrgico].

 

III. Interpretación exegética de la anunciación

Se trata de uno de los pasos más conocidos (Lc 1,26-38). En estos últimos decenios ha sido objeto de un número extraordinario de comentarios y de estudios. Todos están de acuerdo en la estructura literaria del mismo. Lucas procede deliberadamente por dípticos, que tienen un valor no meramente estilístico, sino también teológico. Tras el díptico de las anunciaciones, Juan Bautista (1,8-22) y Jesús (1,26-38), con la ampliación de la visitación (1,39-45), viene el díptico de los nacimientos (1,57-58; 2,6-14) y de las circuncisiones (1,59-66; 2,21), con una doble ampliación de Jesús en el templo (2,22-39; 2,41-50).

1. EL GÉNERO LITERARIO. Hay una notable divergencia de interpretación en lo que se refiere al género literario. Muchos están de acuerdo en afirmar que el relato es una copia del esquema del anuncio veterotestamentario, y en particular del anuncio de los nacimientos. Algunos tienden a interpretar el relato sobre todo como anuncio a María, como una llamada ala misma 2. Otros consideran más bien el texto como la venida del Hijo de Dios, en la encarnación 3. Es digno de interés el intento de los que quieren ver en él la inauguración de los últimos tiempos, considerando por eso la anunciación como apocalipsis 4.

Ha sido una feliz intuición de R. Laurentin el haber dado un amplio desarrollo al hecho de que uno de los procedimientos más característicos de Lucas 1-2 consiste en narrar la infancia de Jesús en función de "constantes alusiones a la Escritura". Semejante procedimiento pertenece, según el autor, al género del midrash, que consiste en "penetrar en el espíritu del texto para sacar de él su explicación profunda y su aplicación práctica" (R. Bloch). Tras una primera lectura de la obra de Lucas se saca la impresión de que su contenido es bastante modesto. Pero cuando se tienen en cuenta todas las alusiones y actualizaciones de pasos y de figuras veterotestamentarias a las que recurre el autor, se percibe que nos encontramos en un pleno desarrollo de la historia de la salvación.

Debemos tener en cuenta además otros estudios recientes sobre los / evangelios de la infancia, vistos sobre el trasfondo de la literatura judía. Muchas formas de la literatura intertestamentaria habían considerado siempre la Escritura como punto de referencia radical. Esto es característico del midrash. Pues bien, la primera tradición oral y los evangelios llevan a cabo una inversión completa de la situación. El punto de referencia radical es ahora Cristo. Y si se sigue utilizando la Escritura, ya no sirve a la Escritura, sino que se sirve de la Escritura. La haggadah es una literatura sobre la Escritura; el evangelio es una literatura inspirada por la Escritura, pero proyectada completamente sobre un hombre y sobre un acontecimiento. El midrash es en cierto modo vuelto sobre sí mismo por obra de algunos que, deliberadamente, han reemplazado la Torah por Jesús. Por consiguiente, toda la Escritura se concentra en Jesús y es puesta ahora en constante vinculación y referencia con Jesús 6. El mismo Jesús había dado ya ejemplo de ello, según el evangelio de Lucas. Al aparecerse a los discípulos de Emaús y a los once, Jesús interpreta las Escrituras en función de su persona: "... Empezando por Moisés y todos los profetas, les interpretó lo que sobre él hay en todas las Escrituras" (Lc 24,27); " .. Era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito acerca de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos" (Lc 24,44). Aplicado a la anunciación, este procedimiento arroja nueva luz sobre Jesús y María.

2. ANÁLISIS EXEGÉTICO DE LA PERICOPA. El relato está bien ordenado y procede, como ya hemos dicho, por continuas alusiones al AT. Tal es su mérito y su característica. Por eso hay que leerlo con mucha atención.

V. 28: "Alégrate (gr. "jaire"), objeto del favor divino (gr. "kejaritoméne"), el Señor está contigo" : La Vulgata y la antigua versión siriaca se habían limitado a traducir con un simple saludo: "Ave" : En este contexto, la forma imperativa del verbo no quiere expresar el saludo vulgar del mundo griego. Haciendo eco a los anuncios de salvación dirigidos a la hija de Sión, (Sof 3,14; Zac 9,9; etc.), señala el gozo de la buena nueva (cf TOB). No hemos de olvidar que todo el evangelio de Lucas está impregnado de esta constante invitación a la alegría por la presencia misericordiosa y salvífica de Dios en medio de su pueblo. A la Virgen se le da casi un nombre nuevo (kejaritoméne), que suele traducirse de varias maneras: privilegiada, favorecida, agraciada, llena de gracia, etc. Es un nombre que contiene todo un programa y que puede resumir el mensaje de la perícopa. Será un privilegio de la comunidad cristiana el verse colmada de gracia en el amado, es decir, en Jesús (cf Ef 1,6). María anticipa este privilegio porque ha sido escogida como madre del Mesías. Esta vocación única implica, por parte de Dios, una voluntad de amor singular.

María es invitada a alegrarse, lo mismo que antes la hija de Sión, Jerusalén. El motivo es idéntico: "El Señor está contigo". Tanto en un caso como en el otro se trata de la visita mesiánica, que Dios había Prometido desde antaño, pero que se cumple precisamente ahora. O bien, aquello que para Jerusalén no era más que un porvenir cercano, se ha convertido para María en un presente inmediato: la buena nueva, anunciada al pueblo elegido, al resto de Israel, se concentra ahora en su persona. Le toca a ella alegrarse porque el Señor está "con ella", para estar con su pueblo. Está a punto de recibir la visita mesiánica por cuenta de Israel; en esto es realmente el objeto de un favor especial: kejaritoméne '.

V. 29: "A estas palabras, María se turbó y se preguntaba qué significaría tal saludo': El término con que se habla de la turbación de María es muy fuerte. Estamos en un contexto de teofanía. La emoción de María no es un hecho psicológico, ni un temor de naturaleza moral. Todo el relato nos la presenta como la imagen perfecta del / creyente; su atención se dirige por completo a lo que representan las palabras del ángel, es decir, al anuncio por parte de Dios.

Vv. 30-33: "Has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. Será grande y llamado Hijo del Altísimo. El Señor le dará el trono de David, su padre; reinará..." También de otros personajes del AT se dijo que habían encontrado gracia ante Dios (Noé, Moisés, David); pero esto se expresó de manera indirecta y discursiva. Solamente de María y de Moisés (Éx 33,12-17; cf 3,16-17) se afirma esto directamente en la palabra de Dios. De esta manera queda ilustrada, sin la más pequeña sombra de duda, la amplitud de contenido de las primeras palabras del ángel (v. 28): una invitación a la alegría porque ha encontrado gracia ante Dios de forma única y supereminente. En las palabras que siguen hay una referencia transparente a la profecía, a la `almah de Isaías (7,14) y a los vaticinios mesiánicos de Natán (2Sam 7,1216), dirigidos a David y a su descendencia. A diferencia de Mt 1,21, no es José a quien se le encarga que dé nombre a Jesús, sino que este encargo se le confía a María. El hecho de que Jesús haya recibido su nombre de un ángel muestra que en él todo, incluso el nombre, procede de lo alto.

Ésta es la primera etapa del gran anuncio del ángel. El niño que habrá de nacer es el descendiente davídico; Dios le concederá un "reino que no tendrá fin", no ciertamente ligado a las peripecias de la dinastía de David, que había desaparecido como tal desde hacía mucho tiempo. La palabra de 'Dios revela de forma muy clara a la Virgen que ella recibirá, en su persona, la visita mesiánica que habían anunciado los profetas, convirtiéndose ella misma en la madre del mesías. El clima en que nos movemos es el de los vaticinios veterotestamentarios. ¿Se da ya también aquí un indicio de una revelación sobre la divinidad de Jesús en sentido estricto? Volveremos más tarde sobre este tema.

V. 35: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder' del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño que nazca será santo y llamado Hijo de Dios" Este versículo es considerado, y con razón, como el vértice del relato de la anunciación. En este paso Lucas expresa la confesión de fe de la iglesia primitiva y se muestra en perfecta consonancia con todas las afirmaciones contenidas en su evangelio.

"El Espíritu Santo vendrá sobre ti" (gr. epeléusetai epi sé). El Espíritu que desciende sobre María no es el espíritu profético, sino la "fuerza creadora divina, que crea la vida de este niño único" 8; es el Espíritu principio de vida, como en Rom 1,4 y 1 Cor 15,45, en Jn 3,4-8 y también en Mt 1,18. Solamente tres veces en la biblia el Espíritu de Dios está unido de esta forma (en los Setenta) al verbo epérjomai epi: en Is 32,15, en donde se predica, quizá por primera vez en la literatura profética, una nueva creación: "Hasta que en nosotros se derrame el Espíritu venido de lo alto", en este paso de la anunciación; y finalmente, con una referencia expresa a pentecostés (He 1,8), Jesús dice a sus apóstoles: "Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros (gr. epelthóntos eph humás)" : El vínculo evidente entre Lc 1,35 y He 1,8 sugiere una relación muy estrecha entre el libro sobre Jesús y el libro sobré la iglesia. En ambos está al principio la presencia de María.

"El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra". Es cada vez más insistente, entre los exegetas, la referencia de este texto al AT, a pesar de la perplejidad de algunos. También la TOB dice expresamente: esta expresión denota en Ex 40,35; Núm 9,18.22; 10,34, la presencia eficaz de Dios en su pueblo (cf Lc 9,34). Yavé cubre con su sombra el tabernáculo y más tarde el templo con su nube; y ahora envuelve a la Virgen para que sea su morada, a fin de llevar a cabo en ella el acto de presencia más grande: el Verbo se hace carne y planta su tienda entre nosotros (Jn 1,14).

"Será santo y llamado Hijo de Dios". La consecuencia más importante de la concepción virginal fue la de engendrar al santo; este tema está en armonía con la teología del tercer evangelio; sobre esto se asienta el título de Hijo de Dios. Jesús es Hijo de Dios en un grado de profundidad desconocida en el AT y en el judaísmo. Es Hijo de Dios de modo absolutamente nuevo; es Hijo porque es santo, nacido de una acción especial del Espíritu y de la fuerza divina; unido a Dios en lo más profundo de su ser 9.

V. 38: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". El término esclava del Señor no es tanto expresión de humildad como de fe (v. 45), de docilidad, de amor. María se pone en actitud de servicio, en esa larga serie de siervos que tienen su expresión más elevada en el Siervo de Yavé (Is 53). Igualmente hay que destacar que en todos los relatos veterotestamentarios de anuncio se supone el consentimiento de la persona a la que se dirige Yavé; no entra como elemento dentro del esquema literario. Sin embargo, el consentimiento de María se expresa con una cierta solemnidad. Ella se adhiere a la voluntad de Dios; es decir, a Dios que la llama personalmente. El Vat II ha puesto especialmente de manifiesto la actitud de colaboración constante y consciente de María con la obra de Dios y con su Hijo. No se limita esta colaboración al momento de la anunciación, sino que es permanente: "Se ofreció totalmente como sierva del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, poniéndose al servicio del misterio de la redención bajo él y con él, con la gracia de Dios omni otente" (LG 56)10 [l Laicos II, 1, a]

 

IV. Comentario homilético actualizado

El Credo con que los cristianos expresan el contenido de su fe recoge la fórmula sintética del evangelio: "María concibió por obra del Espíritu Santo" (Mt 1,20). Una afirmación desconcertante para muchos. También algunas voces de la teología moderna han tratado de atenuar el choque y hacerlo más accesible, intentando una interpretación del mismo con resultados no siempre satisfactorios. Pero el dato revelado sigue en pie con toda su provocación: ha habido una intervención personal de Dios en la historia, relativa a la Virgen de Nazaret, María, en orden a la encarnación del Verbo de Dios. En el relato evangélico de la anunciación hay que distinguir la realidad, que es objeto de fe, de la presentación de esta realidad, hecha por aquellos a través de cuya obra y de cuya mediación podemos nosotros tener acceso al acontecimiento. En la catequesis hay que insistir en lo esencial: la revelación que se le hizo a María de que sería madre del mesías e Hijo de Dios; Dios que está para venir, por medio de la encarnación del Hijo, concebido virginalmente por obra del Espíritu Santo; la adhesión total de fe que le prestó María.

Con esta misma claridad hay que decir que el resto forma parte del género literario y del proceso redaccional; tiene que interpretarse según los criterios de una sana exégesis, que distingue entre la función de los testigos que atestiguan la realidad de los hechos y la elaboración de este testimonio que se lleva a cabo en la enseñanza de los apóstoles y en la redacción última, que corresponde a los evangelistas.

Estos se han servido generalmente de fuentes orales y escritas y han procedido según su propia perspectiva teológica (DV 11,19). El relato de la anunciación es de un perfecto estilo lucano; así el diálogo entre el ángel y María sirve para introducir dos planos: la propuesta de una maternidad, que se va progresivamente aclarando y dibujando. El ángel representa la autentificación que la tradición bíblica da de una intervención real de Dios, sobre cuya modalidad no es la ocasión de aventurarse demasiado.

Se puede estar de acuerdo con los que se complacen en definir a Lc 1como un prólogo cristológico, a fin de subrayar que estos dos capítulos forman cuerpo con el conjunto de la obra, por lo que se trata de un solo evangelio, compuesto integralmente por Lucas, sin que pueda separarse una parte de él que pudiera llamarse el "evangelio de la infancia" 11.

Siguiendo la narración, encontramos dos protagonistas: el ángel Gabriel y María. En realidad, los verdaderos protagonistas son Jesús y su madre; por eso se trata realmente de la anunciación del Señor.

1. EL HIJO DEL ALTÍSIMO E Hijo DE Dios. Hay un camino progresivo entre Le 1,32-33 y Le 1,35. Una primera interpretación, fuertemente atestiguada, ve en la primera parte el anuncio de la maternidad mesiánica; se trataría del mesías davídico, según las promesas. En la segunda parte se trataría del nacimiento del Hijo de Dios, plenamente bajo la luz del NT. Hay mucho de verdad en todo esto y con ello el texto recibe una gran iluminación. Hay también quienes llevan aún más adelante este análisis, investigando sobre el patrimonio común veterotestamentario de los orígenes cristianos. Recojamos aquí algunas de esas voces, como hipótesis de investigación.

Hay quien ve en las dos partes del diálogo evangélico una misma afirmación: se trataría de dos confesiones de fe, una más arcaica y otra más reciente, sobre el mismo tema 12. En Le 1,32-33 se podría ver la huella de una cristología muy antigua, que exponía la fe en Cristo en función del tema davídico. La tipología davídica habría servido de marco para la formulación de la fe en Cristo. Le 1,32-33 evoca la entronización final del rey-mesías. Con un procedimiento que volveremos a encontrar a continuación, tiene lugar la transferencia a los orígenes de Jesús de un tema que la tradición anterior utilizaba en un contexto distinto. La predicación primitiva insistió mucho en Jesús hijo de David; él es el fruto, el vástago del gran rey a quien se le habían hecho las promesas. En su resurrección, Pablo (cf su discurso de Antioquía de Pisidia: He 13,2336), ve realizado el gran texto de la entronización mesiánica, pero en su sentido definitivo y trascendente: "Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy" (Sal 2,7). La resurrección es el cumplimiento de las promesas hechas al descendiente davídico y muestra que él es Hijo de Dios.

La cima de este párrafo es Le 1,35, que es posible comparar con Jn 1,14.

Durante mucho tiempo se han preguntado los autores qué es lo que pudieron comprender los diversos protagonistas a propósito de las palabras diseminadas por Le 1-2. Hoy la perspectiva ha cambiado. Cada vez más se miran estos capítulos como un prólogo cristológico, expresado no en forma de himno, como Jn 1,1-18, sino en forma narrativa, aparentemente más sencilla. Hijo de Dios tiene su significado pleno. Efectivamente, Lucas hace de él la expresión por excelencia de la relación misteriosa que une a Jesús con el Padre. Por eso la pone en labios del ángel y se pronuncia siempre bajo la forma de revelación. Nunca la pronuncian los hombres (como ocurre en Mt 14,33; 16,16, etc., y Me 15,39), sino solamente el Padre (Le 3,22; 9,35), los espíritus diabólicos (Le 4,3.9.41; 8,28) y Jesús mismo (Le 10,22; 22,70; cf 20,13; cf TOB).

Los apóstoles no comprendieron a Jesús como Hijo de Dios más que a la luz del misterio pascual y de pentecostés. Lucas, después de haber anticipado esta revelación en la escena de la transfiguración (9,35) y del bautismo (3,22), la anticipa decididamente a la anunciación del Señor, seguramente en 1,35 y con probabilidad en 1,32-33.

Hemos subrayado ya cómo toda la escena de la anunciación está impregnada de alegría sobrenatural, pero la encarnación del Verbo tiene lugar en el misterio y el silencio. El mejor comentario a este acontecimiento es el himno de la carta a los

Filipenses (2,6-11). Es en este contexto de kenosis donde tiene que aceptarse y proponerse.

2. LA /HIJA DE SIÓN, /MADRE Y /SIERVA. Los evangelios de la infancia son el lugar privilegiado del anuncio sobre María, sobre todo en Lucas. Pero el relato de la anunciación es considerado como la summa de todo lo que dice de ella la revelación. La Virgen no es una figura que haya que aislar para poner mejor de relieve sus prerrogativas; tiene que verse en el misterio de Cristo y de la iglesia, en donde asume su valor personal y su función comunitaria. Por esto una teología de los privilegios marianos no consigue muchas veces evitar cierto empobrecimiento de la figura de María. El Vat II no podía encontrar mejores expresiones cuando exhortaba a los teólogos y a los predicadores a evitar toda forma de minimalismo o de maximalismo a la hora de ilustrar "rectamente las tareas y los privilegios de la Virgen, que tienen siempre como finalidad a Cristo, origen de toda verdad, santidad y devoción" ("... munera et privilegia Beatae Virginis, quae semper Christum spectant...": LG 67). En esta perspectiva, el misterio de la anunciación, en la reforma litúrgica que ha nacido del concilio, ha vuelto a tener su denominación: Anunciación del Señor. Recojamos los datos de una verdadera teología bíblica.

María es grande porque se vio asociada, como ninguna otra persona, al misterio del Dios de las misericordias. Fue invitada a la alegría mesiánica como verdadera hija de Sión, es objeto del favor de Dios porque ha sido elegida desde siempre (cf Ef 1,4) para ser madre del Verbo. Su mismo ser está puesto en relación con otro: ella es con todo su ser la madre de Jesús. Puede llegar a ser madre porque "ha encontrado gracia ante Dios" (Le 1,30). Al dibujar el rostro interior de María, Dios no puede hacer otra cosa que revelarse a sí mismo y su plan de gracia. La economía del AT había tenido una verdadera función salvífica; las promesas hechas a Abrahán, a David y a su descendencia habían representado el camino de aquel "que es, que era, que ha de venir" (Ap 1,8). María está en el vértice del AT, cuando las promesas se convierten en cumplimiento. En ella está la permanencia del resto de Israel, la fuerza de los anawim, que se convierten en el lugar privilegiado de la manifestación de Yavé; el Dios-con-nosotros (Is 7,14) ha podido ser visto, escuchado, palpado con nuestras manos (lJn 1,1) porque ante todo se hizo el Dios encarnado en ella.

La grandeza de la persona humana, asumida en el plan de Dios, sobrepasa con mucho cualquiera de nuestras perspectivas. Hay una persona que ha sido escogida y preparada para ser tabernáculo escatológico del Dios presente entre los hombres, puesta constantemente bajo la sombra del Altísimo. Ella ha sido llamada a la colaboración más alta, con todo su ser. El Verbo se hizo carne cuando ella, impulsada por la luz y por la fuerza del Espíritu, se ofreció con plena disponibilidad a la palabra y a los designios de Dios. También María es parte eminente del plan salvífico que Dios nos propone aceptar en la fe. Todo esto tiene un gran valor incluso en el plano ecuménico, ya que sobre esta base es posible un encuentro y un camino ulterior. Efectivamente, para las iglesias reformadas el papel y la misión de María parecen estar en contraste con la unicidad del único mediador entre los hombres y Dios, Jesucristo (1 Tim 2,5-6). Pero hemos de tener siempre presente que los dones y las llamadas de Dios son de siempre y para siempre. Es propio de la inagotable mediación de Cristo suscitar otras mediaciones subordinadas. María, como dice el Vat 11, no oscurece ni disminuye en nada la única mediación de Cristo, sino que muestra su eficacia (LG 60). Hay un anuncio a la Virgen para la maternidad de Cristo, primogénito entre muchos hermanos (Rom 8,29), que contiene también el anuncio de un papel efectivo maternal para con los hermanos de Jesús, aquellos que acogen su palabra (Mc 3,35; Lc 11,27-28; LG 61.62).

Finalmente, se puede subrayar un aspecto de viva actualidad. La irrupción de Dios en la Virgen tiene todas las características de la llamada profética. Dios desarraiga, a lo largo de la historia, a las personas y a las familias de su existencia ordinaria para hacerlas protagonistas de la historia de la salvación. No hay para ellos otra seguridad que la palabra de Dios; no hay otro apoyo que el de su fidelidad. El futuro está totalmente cargado de misterio; exige una constante respuesta de fe. María no pudo prever lo que contenía el misterio de la anunciación; se encontró en las condiciones de virgen-madre (Mt 1,18-19); no comprendió ciertas actitudes y palabras del Hijo (Lc 2,48-50); también ella tuvo que avanzar por el camino de la fe y conservó fielmente su unión con el Hijo hasta la muerte (cf LG 58). -

En contra de cierta hagiografía y de cierta iconografía devocional la anunciación y los años que la siguieron fueron el éxodo de la hija de Sión, la experiencia de la pobreza sin proyectos, la llamada a vivir la radicalidad de Dios. La familia de Nazaret no es sagrada por estar inmersa en una luz y una atmósfera ultraterrena, sino porque es auténtica profecía.

Desde el punto de vista homilético siguen siendo válidas las perspectivas de la Marialis cultus, que presenta la Anunciación del Señor como "fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen". Por tanto hay que desarrollar fructuosamente las indicaciones de este documento en la línea cristológica, mariológica y, consiguientemente, eclesiológica y,antropológica. "Con relación a Cristo, el oriente y' el occidente, en las inagotables riquezas de sus liturgias, celebran dicha solemnidad como memoria del fíat salvador del Verbo encarnado, que entrando en el mundo dijo: He aquí que vengo (...) para hacer, oh Dios, tu voluntad (cf Heb 10,7; Sal 39,8-9); como conmemoración del principio de la redención y de la indisoluble y esponsal unión de la naturaleza divina con la humana en la única persona del Verbo. Por otra parte, con relación a María, como fiesta de la 1 nueva Eva, virgen fiel y obediente, que con su fíat generoso (cf Lc 1,38) se convirtió por obra del Espíritu en madre de Dios y también en verdadera madre de los vivientes, y se convirtió también, al acoger en su seno al único Mediador (cf 1Tim 2,5), en verdadera arca de la alianza y verdadero templo de Dios; como memoria de un momento culminante del diálogo de salvación entre Dios y el hombre, y conmemoración del libre consentimiento de la Virgen y de su concurso al plan de la redención" (MC 6) [1 Simbolismo II, 2].

NOTAS: J,Cf de Mahuet en Catholicisme 1, 604-606 - K. Stock, Die Berufung Marias (Le 1,26-38), en Bib. 61 (1980) 457-491, es el representante característico de esta orientación - A. Feuillet, Jésus el sa Mére, d'aprés les récits lucaniens de l'enfance el d ápres saini Jean,.Gabalda, París 1974, 111-127; confrontación bastante sugestiva entre Lc y Jn - L. Legrand, L ánnonce á Marie (Le 1,26-38). Une apocalypse aux origines de l'Evangile, Cerf, París 1981, 127-140. Según el autor, puede llamarse género apocalíptico; en realidad, la palabra revela el misterio escondido en Dios, con vistas a los últimos tiempos. Un apocalipsis que Lucas aplica de modo particular a María, que viene a ser el profeta representativo de la comunidad de los creyentes -- R. Laurentin, Structure el Théologie de Lue 1-11. Gabalda, París 1964, 93104 -- ^ Ch. Perrot, Les récits d'nfance dans la Haggada antérieure au II' siéele de norte ire, en RSR (1967) 481-518, sobre todo 514-518 -' P. Benoit, L Annune•iazione, en Essegesi e Teología Il, Edizioni Paoline, Roma 1971, 304-305 - " E. Schweizer, Pneuma, en GLNT, X, 962 - v A. George, Jésus fils de Dieu dans l'Evangile selon saini Lue, en RB 72 (1965) 190-191 - 10 E.G. Mori, Figlia di Sion e Serva di Jahvé, Edizioni Dehoniane, Bolonia 1970, 137-158 - 11 Ch. Perrot, l rgceonti dell infanzia di Gesú, Maneo 1-2, Luca 1-2, Gribaudi, Turín 1977, 36-37 - 12 L Legrand, L ánnonee á Marie, sobre todo 1'53-174: La ihéologie erehaique de Le U32-33.

G. Mori
143-153

 

BIBLIOGRAFÍA: McHugh J., La madre de Jesús en e! Nuevo Testamento, DDB, Bilbao 1978; Brown R.E., The Birth of the Messiah, Chapman, Londres 1978; George A., Eludes sur 1'oeuvre de Luc, Gabalda, París 1979; Perrot Ch., Les récits d enfance dans la Haggada antérieure au IP siéde de norte !re, en RSR (1967); Peretto L., Contenuti e limiti dell Annunciazione (Le 1,28-38). en Identitá dei Servi di María; Marianum, Roma 1975; Schürmann H., II Vangelo di Luca 1, Paideia, Brescia, 1983; Laurentin R., Les Évangiles de l'Enfance du Christ, Desclée, Tournai, 1983; Müller, A. Discorso di Pede sulla madre di Gesú, Queriniana, Brescia 1983; Llamas E., María en la Anunciación y en los misterios de la infancia de Jesús, en EstMar 30 (1968) 99-157; Leal J., El mensaje de la Anunciación a la luz de los distintos mensajes de Dios a su Pueblo, en EstMar 39 (1974) 7-19; Solá F. de P., Según los Padres es María heredera de las promesas y representante de la humanidad en la Anunciación, en EstMar 39 (1974) 37-55.

Fuente: Mercaba.org

lunes, 24 de marzo de 2025

Evangelio del día: ¿Cuál es nuestra actitud ante las críticas?| Lunes, III sem. de Cuaresma | 24-03-25 | P. Santiago Martin

 

24 de marzo: Santa Catalina de Suecia

SANTA CATALINA DE SUECIA, VIRGEN

(† 1381)



 En Suecia, hoy día, no sólo son luteranos casi todos sus habitantes, sino que también la cultura y la vida llevan impreso el sello del protestantismo; los católicos representan sólo una exigua minoría. Sin embargo, el país de Gustavo Adolfo ha pertenecido a la Iglesia romana durante seis siglos (del X al XVI) y en aquella época produjo admirables frutos de fe, de devoción y de santidad.

Santa Catalina de Suecia, llamada también Santa Catalina de Vadstena, nació hacia 1331, de padres nobles y cristianos. Era la cuarta entre los ocho hijos del príncipe Ulf Gudinarsson y de su esposa Birgitta Birgesdotter, que no es otra que Santa Brígida, cuya festividad celebra la Iglesia el día 9 de octubre. De niña fue confiada para su educación a la abadesa del monasterio cisterciense de Riseberga. Por decisión paterna se casó a los dieciséis años con el linajudo y virtuoso conde Egard Lydersson van Kyren. De común acuerdo, los dos esposos decidieron vivir en virginidad a imitación de la Santísima Virgen y San José, y entregados a la plegaria, los ayunos y las obras de caridad. El hermano mayor de Santa Catalina, Carlos, príncipe ligero y mundano, hizo todo lo posible por apartar a su hermana de esta vida de perfección, mas en vano; en cambio, Santa Catalina, con sus exhortaciones y su ejemplo, consiguió que su cuñada Gyda, la esposa de Carlos, renunciara a la vida lujosa y disipada que llevaba.

La madre de Santa Catalina, Santa Brígida, después de la muerte de su marido se encontraba en Roma. A Santa Catalina le entró un ardiente deseo de ir a reunirse con su madre. Con permiso de su marido (pese a los intentos de su hermano Carlos para que no se lo concediera), Santa Catalina emprendió el largo viaje a Roma en el año santo de 1350. Cuando en el verano de dicho año Santa Catalina llegó a la Ciudad Eterna, su madre estaba fuera de Roma; sólo después de algunos días, y gracias a haberse encontrado de manera providencial en la iglesia de San Pedro con el obispo Pedro de Skänninge, uno de los acompañantes de Santa Brígida, pudo ir a reunirse con ésta, que se encontraba en el monasterio de Farfa, en el Lacio.

Después de haber pasado junto a su madre unas semanas en Roma, disponíase Santa Catalina a regresar a Suecia. Santa Brígida, entre tanto, había tenido una revelación divina: que era precisamente su hija la compañera y colaboradora que Dios le había designado para dar cima a la obra que traía entre manos, es decir, para la fundación de la Orden del Santísimo Salvador. Santa Brígida le preguntó entonces a su hija si estaba dispuesta a pasar por Jesucristo penas y contrariedades; Santa Catalina le contestó afirmativamente, añadiendo que estaba dispuesta a seguir la voluntad divina, aunque para ello tuviera que dejar, no sólo su patria, amigos y parientes, sino a su mismo marido, a quien —son sus palabras— amaba más que a su propio cuerpo. Poco después Santa Brígida tuvo otra revelación: que su yerno, el conde Egard Lydersson van Kyren, había fallecido en su castillo de Suecia.

Santa Catalina entonces fue invadida por una gran depresión de ánimo; en medio de su tristeza sentía un gran amargor y desaliento, viéndose obligada a permanecer en casa mientras su madre y sus acompañantes visitaban las iglesias romanas para ganar indulgencias. Apareciósele entonces la Virgen María, ordenándole la obediencia a su madre y a su director espiritual, y que abandonase la nostalgia de su tierra y amistades; al mismo tiempo, la Santísima Virgen le prometía su poderosa protección si permanecía junto a su madre. Santa Catalina así lo hizo.

En Roma vivían Santa Catalina y su madre en la más estrecha pobreza voluntaria, ganándose el sustento con el trabajo de sus manos, visitando las iglesias, dedicándose a rudas penitencias y ayunos sin abandonar por ello los ejercicios de piedad, especialmente la meditación en la pasión del Señor, y practicando la caridad: repartían limosnas a los menesterosos y enseñaban la doctrina cristiana a los pobres extranjeros. En medio de esta vida de santificación y mortificación, los biógrafos nos cuentan un hecho por el que se pone de relieve la ternura filial de Santa Catalina. Ella y su madre dormían siempre sobre el santo suelo; pero cuando Santa Brígida se había dormido, su hija procuraba poner una almohada bajo la cabeza de su madre.

Santa Catalina era joven y hermosa, y ambas cosas iban a acarrearle una serie de dificultades por parte de los numerosos pretendientes que surgieron entre los nobles romanos. Ella había confiado a San Sebastián la salvaguardia de su virginidad, y precisamente un día en que iba a la iglesia de este Santo, salió a su encuentro un conde con intención de raptarla: la aparición inesperada de un gamo, al que sin más pensar intentó darle caza, distrajo al raptor. Este mismo conde intentó repetir su fechoría otro día en que la Santa se dirigía a la iglesia de San Lorenzo extramuros: en esta ocasión fue víctima de una ceguera repentina de la que curó después sólo gracias a las plegarias de Santa Catalina. Un día, desesperada ya, quiso estropear la belleza de su rostro por medio de un ungüento repugnante y venenoso. Cuando, oculta en el jardín de la casa romana en que vivía con su madre, iba a poner en obra su intención, le cayó sobre la cabeza una piedra de la pared hiriéndola gravemente. Dios, que la había creado tan hermosa, no permitió que su belleza fuera destruida. Pero Santa Catalina hubo de permanecer encerrada en casa hasta curarse, mientras su madre y sus amigos iban a visitar las iglesias: era una prueba más para la Santa, pero también uno de los medios de que se valía el Señor para su santificación.

Santa Catalina y su madre realizaban peregrinaciones por Italia con el fin de visitar los más famosos santuarios, estos viajes en aquellos tiempos no estaban exentos de peligros. Por ejemplo, encontrándose en Asís para visitar la iglesia de San Francisco, fueron atacadas por una partida de bandidos, de los que milagrosamente consiguieron huir. También, juntamente con su madre, hizo Santa Catalina la peregrinación a Tierra Santa.

Poco después de haber regresado a la Ciudad Eterna, Santa Brígida, que ya se había sentido enferma en Jerusalén, fallecía en 1373, siendo enterrada provisionalmente en la iglesia de San Lorenzo in panisperna. Algún tiempo después, Santa Catalina, en compañía de su hermano Birger Ulfsson y sus amigos y compatriotas los obispos Pedro de Skänninge y Pedro de Alvastra, trasladaron a su tierra los restos mortales de Santa Brígida. A su paso por los diversos países de Europa, el fúnebre cortejo iba cumpliendo una verdadera actividad misionera: Santa Catalina dirigía a los pecadores saludables instrucciones, procuraba con sus hechos y palabras inspirar por doquier el santo temor de Dios, y al mismo tiempo daba a conocer las predicciones y revelaciones de su santa madre. Después de haber atravesado toda Europa, embarcaron en Danzig para Suecia, adonde llegaron, tocando tierra en Söderköping, a mediados de junio de 1374. El paso de los restos mortales de Santa Brígida a través de Suecia fue una procesión triunfal: los milagros florecían a su paso y las gentes acudían de todas partes a oír los sermones de Pedro de Alvastra. Santa Brígida fue enterrada en Vadstena el 4 de julio de aquel año con gran solemnidad.

Después de haber enterrado a su madre, Santa Catalina se encierra en el monasterio de Vadstena, pintorescamente situado a orillas del gran lago Vättern, viviendo bajo la Regla que durante nada menos que veinticinco años había practicado en Roma junto a su madre. Poco tiempo después, y a pesar de no ser ése su deseo, Santa Catalina era elegida abadesa, pero tampoco ahora iba a poder disfrutar de una existencia tranquila: el constante peregrinar era el sino de su vida. En efecto, en 1375 emprende de nuevo el largo y, en aquel tiempo, dificultosísimo viaje a Roma, esta vez con una doble finalidad: poner en marcha y activar el proceso de canonización de Santa Brígida, y conseguir del Papa la aprobación de la Orden del Santísimo Salvador. En esta ocasión Santa Catalina permaneció en Roma cinco años. La canonización de su madre se vio retrasada por el cisma de Occidente, que entonces desgarraba a la catolicidad: Santa Brígida fue elevada a los altares por el pana Bonifacio IX en 1401, mas esto ya no alcanzó a verlo Santa Catalina; en cambio, consiguió del sumo pontífice Urbano VI la constitución apostólica de 3 de diciembre de 1378, por la que se aprobaba la Orden del Santísimo Salvador y al mismo tiempo se concedían a Vadtena las mismas indulgencias que las que podían lucir los peregrinos que visitaban la iglesia romana de San Pedro ad vincula.

En 1380 Santa Catalina estaba otra vez en su amado retiro de Vadstena, donde murió el 24 de marzo de 1381, después de nueve meses de penosa enfermedad, contra la cual no quiso tomar ninguna clase de medicinas, y en cuyo largo desarrollo dio numerosos ejemplos de humildad, mortificación y paciencia. Santa Catalina recibía a diario, durante los últimos veinticinco años de su vida, el sacramento de la penitencia, y lo mismo continuó haciendo en su última enfermedad; pero a causa de los vómitos de que iba acompañada la dolencia, se veía privada de la comunión dominical (pues la costumbre de comulgar a diario no existía en la Edad Media), si bien pudo recibir la comunión antes de morir.

El final de su vida no fue el final de su influencia. Apenas había exhalado la Santa el último suspiro, se vieron sobre su cuerpo luces que lo iluminaban maravillosamente, y durante varios días estuvo luciendo una brillante estrella sobre la casa donde estaban sus restos mortales, y en su entierro aparecieron innumerables luces delante y detrás del sarcófago, pero quienes las trajeron no se mostraron visibles, De esta manera, en los funerales de Santa Catalina, solemnemente celebrados por el arzobispo Birgen de Upsala y por los obispos Nicolás de Linköping (después también elevado a los altares) y Tord de Strägnäs, y honrados por la asistencia del príncipe Erik, hijo del rey de Suecia, así como por los más importantes personajes del reino, se dio un hecho milagroso que fue como la coronación de los muchos milagros de la vida de la Santa, continuados después de su muerte.

En efecto, se nos dice en su Vida que ya al nacer no quiso mamar la leche de su nodriza, que era una mujer de vida mundana, mientras tomaba muy bien el pecho de su madre y de otras mujeres honestas.

En una ocasión salvó a Roma de una inundación que se presentaba devastadora: las aguas del Tíber se retiraron milagrosamente al meter en ella los pies Santa Catalina.

Estando también la Santa en Roma, cayó enferma la hermana de uno de sus conocidos, llamado don Latino; esta mujer había llevado una vida pecadora, y ahora, a pesar de estar enferma de muerte, no quería arrepentirse ni confesarse. Santa, Catalina se postra de rodillas ante su lecho y pide a Dios. que conmueva el duro corazón de la pecadora. De pronto, empieza a subir gran cantidad de humo desde el río, Desencadenándose al mismo tiempo un violento huracán y una gran tormenta; todo lo cual produjo el efecto de ablandar el corazón de aquella mujer, que acabó haciendo una humilde confesión que le permitió tener una muerte cristiana.

En Nápoles rogó Santa Catalina por una posesa, con el resultado de que el espíritu inmundo abandonó a la mujer.

Viajando por Prusia Santa Catalina, uno de sus criados se cayó del coche, pasándole por encima las ruedas del mismo y resultando gravemente herido; pero gracias a las plegarias de la Santa sanó en el acto.

En Vadstena sanó también a un hermano lego que se hirió gravemente al caerse de un lugar elevado.

También curó a una muchacha tullida, llamada Cristina Persdotter, que fue luego monja de Vadstena.

En Vadstena los piojos no aparecían nunca, y el hecho se creía allí un milagro de la Santa. Un hombre incrédulo, llamado Clemente, no quiso dar crédito a esto, y entonces se vio acometido por los piojos de una manera tan furiosa que no pudo verse libre de ellos sino después de rezar devotamente a Santa Catalina para que le librase de tan inmundos animalejos.

Después de su muerte, y el mismo día en que años más tarde se sacaban sus restos para cambiarlos de sitio, hizo otro milagro. Un muchacho de Mjölby, ciudad sueca hoy día populosa, se cayó en la presa de un molino; pero salió sano y salvo merced a la ayuda de una mujer vestida de blanco, que no era otra que Santa Catalina.

También Santa Catalina, como su madre, tuvo el don de las revelaciones y predicciones. Predijo, por ejemplo, la muerte en Noruega del rey de Suecia Magnus Eriksson en 1374, muerte que fue comprobada seis semanas más tarde, al regresar a Suecia los servidores que acompañaban al rey.

Otros numerosísimos milagros hechos por Santa Catalina, son enumerados por sus biógrafos y certificados con fidedignos testimonios en el proceso de canonización. El proceso fue iniciado por el obispo Enrique Tidemansson de Linköping en 1469 y después proseguido en Roma: pocos años más tarde, en 1484, el papa Inocencio VIII permitía festejar la festividad de Santa Catalina como una segunda fundadora de los monasterios brigidinos.

Y no sin razón. Pues si bien fue Santa Brígida la autora de la Regla de la Orden y su comentarista, fue su hija quien de veras la puso en práctica en Vadstena, organizando conforme a ella el primer monasterio, y quien trabajó lo indecible hasta verla canónicamente aprobada. Efectivamente, la gran obra de Santa Catalina fue dejar asegurada la fundación de la Orden del Santísimo Salvador (Ordo Sanctissimi Salvatoris), de monjas y frailes, bajo la jurisdicción de la abadesa de Vadstena. Su finalidad principal era y sigue siendo alabar al Señor y a la Santísima Virgen según la liturgia de la Iglesia, ofrecer reparación por las ofensas cometidas contra la majestad divina y llevar, en la oración y la meditación (sobre todo en la meditación de la pasión del Señor), una vida perfecta para el honor de Dios y la salvación de las almas. La Orden llevó también a cabo, sobre todo al final de la Edad Media, una brillante obra cultural: los brigidinos tradujeron la Biblia a los idiomas escandinavos, y los monjes de Vadstena tuvieron la primera imprenta de Suecia. En el siglo XVI, una dama española, Marina de Escobar, da impulso a la rama española de la Orden, que perdura en España y en Méjico. En Europa, por el contrario, la Orden sufrió mucho a consecuencia de la Reforma, primero, y de la Revolución Francesa, después, si bien sobrevivió en el monasterio bávaro de Altomünster.

Pero la actividad exterior de Santa Catalina, de fundadora tenaz y de incansable peregrina, cuya influencia se dejaba sentir incluso en la corte de los Papas, no era otra cosa que la manifestación de un alma ardiente llena de fe, de piedad y de fortaleza. Su figura se nos presenta en su juventud llena de encanto, lo mismo que resulta atractiva su figura de joven virgen y viuda decidida a llevar en Roma, mediante la obediencia y la oración, una vida nada común de gran humildad y pobreza. Y más todavía, si cabe, nos admira la nueva Catalina que sale a luz después de la muerte de Santa Brígida: la hija devota y decidida, que sin regatear esfuerzos traslada de Roma a Vadstena, el cuerpo de su santa y admirada madre; la organizadora vigorosa y resuelta que dirige la suerte de Vadstena durante los primeros y más difíciles años de la fundación, que viaja a Roma y remueve incesantemente los estorbos que a su actividad se oponen; que lucha y vence; que nos da ejemplo de superación de la dureza de esta vida. Sin duda todo, porque hizo de la meditación en la pasión del Señor, el centro de su vida, y porque, como dice una secuencia medieval de la Santa: "Con alegría abrazó voluntariamente la cruz del Señor".

Para terminar diremos que la Orden del Santísimo Salvador, cuya fundación definitiva en la Edad Media fue la gran obra de Santa Catalina, ha sido restaurada en nuestros días, e incluso ha sido construido un nuevo monasterio en Vadstena, a la sombra misma de la famosa "Iglesia Azul" (Blakyrka), la primera de la Orden, gracias a los infatigables desvelos de otra tenaz mujer sueca, la madre Isabel Hesselblad, fallecida en 1957. En Suecia, su amada tierra, y en otros países, las hermanas brigidinas continúan caminando sobre las huellas de las santas fundadoras. El espíritu de Santa Catalina no ha muerto.

VIRGILIO BEJARANO

Fuente: Mercaba.org

domingo, 23 de marzo de 2025

Evangelio del día: Homilía│ Domingo III de Cuaresma 23.03.2025│ Pbro. Javier Martín FM│ www.magnificat.tv

 

DIVES EN MISERICORDIA Encíclica de S.S. Juan Pablo II 30 de noviembre, 1980 parte II

 DIVES EN MISERICORDIA


El Corazón de Juan Pablo II- Encíclica- Dives in Misericordia

DIVES EN MISERICORDIA
Encíclica de S.S. Juan Pablo II
30 de noviembre, 1980

El documento está dividido en dos partes:
PARTE I (ES ESTA PAGINA)
PARTE II


I - QUIEN ME VE A MI, VE AL PADRE (Cf. Jn 14, 9)

Encíclica de S.S. Juan Pablo II
30 de noviembre, 1980

PARTE II

VII - LA MISERICORDIA DE DIOS EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA

En relación con esta imagen de nuestra generación, que no deja de suscitar una profunda inquietud, vienen a la mente las palabras que con motivo de la encarnación del Hijo de Dios, resonaron en el Magnificat de María y que cantan la «misericordia... de generación en generación». Conservando siempre en el corazón la elocuencia de estas palabras inspiradas y aplicándolas a las experiencias y sufrimientos propios de la gran familia humana, es menester que la Iglesia de nuestro tiempo adquiera conciencia más honda y concreta de la necesidad de dar testimonio de la misericordia de Dios en toda su misión, siguiendo las huellas de la tradición de la Antigua y Nueva Alianza, en primer lugar del mismo Cristo y de sus Apóstoles. La Iglesia debe dar testimonio de la misericordia de Dios revelada en Cristo, en toda su misión de Mesías, profesándola principalmente como verdad salvífica de fe necesaria para una vida coherente con la misma fe, tratando después de introducirla y encarnarla en la vida bien sea de sus fieles, bien sea -en cuanto posible- en la de todos los hombres de buena voluntad. Finalmente, la Iglesia -profesando la misericordia y permaneciendo siempre fiel a ella- tiene el derecho y el deber de recurrir a la misericordia de Dios, implorándola frente a todos los fenómenos del mal físico y moral, ante todas las amenazas que pesan sobre el entero horizonte de la vida de la humanidad contemporánea.

13. La Iglesia profesa la misericordia de Dios y la proclama

La Iglesia debe profesar y proclamar la misericordia divina en toda su verdad, cual nos ha sido transmitida por la revelación. En las páginas precedentes de este documento hemos tratado de delinear al menos el perfil de esta verdad que encuentra tan rica expresión en toda la Sagrada Escritura y en la Tradición. En la vida cotidiana de la Iglesia la verdad acerca de la misericordia de Dios, expresada en la Biblia, resuena cual eco perenne a través de numerosas lecturas de la Sagrada Liturgia. La percibe el auténtico sentido de la fe del Pueblo de Dios, como atestiguan varias expresiones de la piedad personal y comunitaria. Sería ciertamente difícil enumerarlas y resumirlas todas, ya que la mayor parte de ellas están vivamente inscritas en lo íntimo de los corazones y de las conciencias humanas. Si algunos teólogos afirman que la misericordia es el más grande entre los atributos y las perfecciones de Dios, la Biblia, la Tradición y toda la vida de fe del Pueblo de Dios dan testimonios exhaustivos de ello. No se trata aquí de la perfección de la inescrutable esencia de Dios dentro del misterio de la misma divinidad, sino de la perfección y del atributo con que el hombre, en la verdad íntima de su existencia, se encuentra particularmente cerca y no raras veces con el Dios vivo. Conforme a las palabras dirigidas por Cristo a Felipe 112«la visión del Padre» -visión de Dios mediante la fe- halla precisamente en el encuentro con su misericordia un momento singular de sencillez interior y de verdad, semejante a la que encontramos en la parábola del hijo pródigo.

«Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre»113. La Iglesia profesa la misericordia de Dios, la Iglesia vive de ella en su amplia experiencia de fe y también en sus enseñanzas, contemplando constantemente a Cristo, concentrándose en El, en su vida y en su evangelio, en su cruz y en su resurrección, en su misterio entero. Todo esto que forma la «visión» de Cristo en la fe viva y en la enseñanza de la Iglesia nos acerca a la «visión del Padre» en la santidad de su misericordia. La Iglesia parece profesar de manera particular la misericordia de Dios y venerarla dirigiéndose al corazón de Cristo. En efecto, precisamente el acercarnos a Cristo en el misterio de su corazón, nos permite detenernos en este punto -en un cierto sentido y al mismo tiempo accesible en el plano humano- de la revelación del amor misericordioso del Padre, que ha constituido el núcleo central de la misión mesiánica del Hijo del Hombre.

La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia -el atributo más estupendo del Creador y del Redentor- y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora. En este ámbito tiene un gran significado la meditación constante de la palabra de Dios, y sobre todo la participación consciente y madura en la Eucaristía y en el sacramento de la penitencia o reconciliación. La Eucaristía nos acerca siempre a aquel amor que es más fuerte que la muerte: en efecto, «cada vez que comemos de este pan o bebemos de este cáliz», no sólo anunciamos la muerte del Redentor, sino que además proclamamos su resurrección, mientras esperamos su venida en la gloria.114 El mismo rito eucarístico, celebrado en memoria de quien en su misión mesiánica nos ha revelado al Padre, por medio de la palabra y de la cruz, atestigua el amor inagotable, en virtud del cual desea siempre El unirse e identificarse con nosotros, saliendo al encuentro de todos los corazones humanos. Es el sacramento de la penitencia o reconciliación el que allana el camino a cada uno, incluso cuando se siente bajo el peso de grandes culpas. En este sacramento cada hombre puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es más fuerte que el pecado. Se ha hablado ya de ello en la encíclica Redemptor Hominis ; convendrá sin embargo volver una vez más sobre este tema fundamental.

Precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que «Dios amó tanto... que le dio su Hijo unigénito»115, Dios que «es amor»116 no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia. Esta corresponde no sólo con la verdad más profunda de ese amor que es Dios, sino también con la verdad interior del hombre y del mundo que es su patria temporal.

La misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito es también infinita. Infinita pues e inagotable es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que vuelven a casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan continuamente del valor admirable del sacrificio de su Hijo. No hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite. Por parte del hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad especialmente frente al testimonio de la cruz y de la resurrección de Cristo.

Por tanto, la Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno117 a medida del Creador y Padre: el amor, al que «Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo»118 es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del «reencuentro» de este Padre, rico en misericordia.

El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo «ven» así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a El. Viven pues in statu conversionis; es este estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo hombre por la tierra in statu viatoris. Es evidente que la Iglesia profesa la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y resucitado, no sólo con la palabra de sus enseñanzas, sino, por encima de todo, con la más profunda pulsación de la vida de todo el Pueblo de Dios. Mediante este testimonio de vida, la Iglesia cumple la propia misión del Pueblo de Dios, misión que es participación y, en cierto sentido, continuación de la misión mesiánica del mismo Cristo.

La Iglesia contemporánea es altamente consciente de que únicamente sobre la base de la misericordia de Dios podrá hacer realidad los cometidos que brotan de la doctrina del Concilio Vaticano II, en primer lugar el cometido ecuménico que tiende a unir a todos los que confiesan a Cristo. Iniciando múltiples esfuerzos en tal dirección, la Iglesia confiesa con humildad que solo ese amor, más fuerte que la debilidad de las divisiones humanas, puede realizar definitivamente la unidad por la que oraba Cristo al Padre y que el Espíritu no cesa de pedir para nosotros «con gemidos inenarrables»119.

14. La Iglesia trata de practicar la misericordia

Jesucristo ha enseñado que el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a «usar misericordia» con los demás: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia»120. La Iglesia ve en estas palabras una llamada a la acción y se esfuerza por practicar la misericordia. Si todas las bienaventuranzas del sermón de la montaña indican el camino de la conversión y del cambio de vida, la que se refiere a los misericordiosos es a este respecto particularmente elocuente. El hombre alcanza el amor misericordioso de Dios, su misericordia, en cuanto él mismo interiormente se transforma en el espíritu de tal amor hacia el prójimo.

Este proceso auténticamente evangélico no es sólo una transformación espiritual realizada de una vez para siempre, sino que constituye todo un estilo de vida, una característica esencial y continua de la vocación cristiana. Consiste en el descubrimiento constante y en la actuación perseverante del amor en cuanto fuerza unificante y a la vez elevante: -a pesar de todas las dificultades de naturaleza psicológica o social- se trata, en efecto, de un amor misericordioso que por su esencia es amor creador. El amor misericordioso, en las relaciones recíprocas entre los hombres, no es nunca un acto o un proceso unilateral. Incluso en los casos en que todo parecería indicar que sólo una parte es la que da y ofrece, mientras la otra sólo recibe y toma (por ejemplo, en el caso del médico que cura, del maestro que enseña, de los padres que mantienen y educan a los hijos, del benefactor que ayuda a los menesterosos), sin embargo en realidad, también aquel que da, queda siempre beneficiado. En todo caso, también éste puede encontrarse fácilmente en la posición del que recibe, obtiene un beneficio, prueba el amor misericordioso, o se encuentra en estado de ser objeto de misericordia.

Cristo crucificado, en este sentido, es para nosotros el modelo, la inspiración y el impulso más grande. Basándonos en este desconcertante modelo, podemos con toda humildad manifestar misericordia a los demás, sabiendo que la recibe como demostrada a sí mismo 121. Sobre la base de este modelo, debemos purificar también continuamente todas nuestras acciones y todas nuestras intenciones, allí donde la misericordia es entendida y practicada de manera unilateral, como bien hecho a los demás. Sólo entonces, en efecto, es realmente un acto de amor misericordioso: cuando, practicándola, nos convencemos profundamente de que al mismo tiempo la experimentamos por parte de quienes la aceptan de nosotros. Si falta esta bilateralidad, esta reciprocidad, entonces nuestras acciones no son aún auténticos actos de misericordia, ni se ha cumplido plenamente en nosotros la conversión, cuyo camino nos ha sido manifestado por Cristo con la palabra y con el ejemplo hasta la cruz, ni tampoco participamos completamente en la magnífica fuente del amor misericordioso que nos ha sido revelada por El.

Así pues, el camino que Cristo nos ha manifestado en el sermón de la montaña con la bienaventuranza de los misericordiosos, es mucho más rico de lo que podemos observar a veces en los comunes juicios humanos sobre el tema de la misericordia. Tales juicios consideran la misericordia como un acto o proceso unilateral que presupone y mantiene las distancias entre el que usa misericordia y el que es gratificado, entre el que hace el bien y el que lo recibe. Deriva de ahí la pretensión de liberar de la misericordia las relaciones interhumanas y sociales, y basarlas únicamente en la justicia. No obstante, tales juicios acerca de la misericordia no descubren la vinculación fundamental entre la misericordia y la justicia, de que habla toda la tradición bíblica, y en particular la misión mesiánica de Jesucristo. La auténtica misericordia es por decirlo así la fuente más profunda de la justicia. Si ésta última es de por sí apta para servir de «árbitro» entre los hombres en la recíproca repartición de los bienes objetivos según una medida adecuada el amor en cambio, y solamente el amor, (también ese amor benigno que llamamos «misericordia») es capaz de restituir el hombre a sí mismo.

La misericordia auténticamente cristiana es también, en cierto sentido, la más perfecta encarnación de la «igualdad» entre los hombres y por consiguiente también la encarnación más perfecta de la justicia, en cuanto también ésta, dentro de su ámbito, mira al mismo resultado. La igualdad introducida mediante la justicia se limita, sin embargo al ámbito de los bienes objetivos y extrínsecos, mientras el amor y la misericordia logran que los hombres se encuentren entre sí en ese valor que es el mismo hombre, con la dignidad que le es propia. Al mismo tiempo, la «igualdad» de los hombres mediante el amor «paciente y benigno» 122 no borra las diferencias: el que da se hace más generoso, cuando se siente contemporáneamente gratificado por el que recibe su don; viceversa, el que sabe recibir el don con la conciencia de que también él, acogiéndolo, hace el bien, sirve por su parte a la gran causa de la dignidad de la persona y esto contribuye a unir a los hombres entre sí de manera más profunda.

Así pues, la misericordia se hace elemento indispensable para plasmar las relaciones mutuas entre los hombres, en el espíritu del más profundo respeto de lo que es humano y de la recíproca fraternidad. Es imposible lograr establecer este vínculo entre los hombres si se quiere regular las mutuas relaciones únicamente con la medida de la justicia. Esta, en todas las esferas de las relaciones interhumanas, debe experimentar por decirlo así, una notable «corrección» por parte del amor que -como proclama san Pablo- es «paciente» y «benigno», o dicho en otras palabras lleva en sí los caracteres del amor misericordioso tan esenciales al evangelio y al cristianismo. Recordemos además que el amor misericordioso indica también esa cordial ternura y sensibilidad, de que tan elocuentemente nos habla la parábola del hijo pródigo123 o la de la oveja extraviada o la de la dracma perdida124. Por tanto, el amor misericordioso es sumamente indispensable entre aquellos que están más cercanos: entre los esposos, entre padres e hijos, entre amigos; es también indispensable en la educación y en la pastoral.

Su radio de acción no obstante, no halla aquí su término. Si Pablo VI indicó en más de una ocasión la «civilización del amor»125 como fin al que deben tender todos los esfuerzos en campo social y cultural, lo mismo que económico y político, hay que añadir que este fin no se conseguirá nunca, si en nuestras concepciones y actuaciones, relativas a las amplias y complejas esferas de la convivencia humana, nos detenemos en el criterio del «ojo por ojo, diente por diente»126 y no tendemos en cambio a transformarlo esencialmente, superándolo con otro espíritu. Ciertamente, en tal dirección nos conduce también el Concilio Vaticano II cuando hablando repetidas veces de la necesidad de hacer el mundo más humano,127 individúa la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo precisamente en la realización de tal cometido. El mundo de los hombres puede hacerse cada vez más humano, únicamente si introducimos en el ámbito pluriforme de las relaciones humanas y sociales, junto con la justicia, el «amor misericordioso» que constituye el mensaje mesiánico del evangelio.

El mundo de los hombres puede hacerse «cada vez más humano», solamente si en todas las relaciones recíprocas que plasman su rostro moral introducimos el momento del perdón, tan esencial al evangelio. El perdón atestigua que en el mundo está presente el amor más fuerte que el pecado. El perdón es además la condición fundamental de la reconciliación, no sólo en la relación de Dios con el hombre, sino también en las recíprocas relaciones entre los hombres. Un mundo, del que se eliminase el perdón, sería solamente un mundo de justicia fría e irrespetuosa, en nombre de la cual cada uno reivindicaría sus propios derechos respecto a los demás; así los egoísmos de distintos géneros, adormecidos en el hombre, podrían transformar la vida y la convivencia humana en un sistema de opresión de los más débiles por parte de los más fuertes o en una arena de lucha permanente de los unos contra los otros.

Por esto, la Iglesia debe considerar como uno de sus deberes principales -en cada etapa de la historia y especialmente en la edad contemporánea- el de proclamar e introducir en la vida el misterio de la misericordia, revelado en sumo grado en Cristo Jesús. Este misterio, no sólo para la misma Iglesia en cuanto comunidad de creyentes, sino también en cierto sentido para todos los hombres, es fuente de una vida diversa de la que el hombre, expuesto a las fuerzas prepotentes de la triple concupiscencia que obran en él 128, está en condiciones de construir. Precisamente en nombre de este misterio Cristo nos enseña a perdonar siempre. ¡Cuántas veces repetimos las palabras de la oración que El mismo nos enseñó, pidiendo: «perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores», es decir, a aquellos que son culpables de algo respecto a nosotros!129 Es en verdad difícil expresar el valor profundo de la actitud que tales palabras trazan e inculcan. ¡Cuántas cosas dicen estas palabras a todo hombre acerca de su semejante y también acerca de sí mismo! La conciencia de ser deudores unos de otros va pareja con la llamada a la solidaridad fraterna que san Pablo ha expresado en la invitación concisa a soportarnos «mutuamente con amor»130. ¡Qué lección de humildad se encierra aquí respecto del hombre, del prójimo y de sí mismo a la vez! ¡Qué escuela de buena voluntad para la convivencia de cada día, en las diversas condiciones de nuestra existencia! Si desatendiéramos esta lección, ¿qué quedaría de cualquier programa «humanístico» de la vida y de la educación?

Cristo subraya con tanta insistencia la necesidad de perdonar a los demás que a Pedro, el cual le había preguntado cuántas veces debería perdonar al prójimo, le indicó la cifra simbólica de «setenta veces siete»131, queriendo decir con ello que debería saber perdonar a todos y siempre es obvio que una exigencia tan grande de perdonar no anula las objetivas exigencias de la justicia. La justicia rectamente entendida constituye por así decirlo la finalidad del perdón. En ningún paso del mensaje evangélico el perdón, y ni siquiera la misericordia como su fuente, significan indulgencia para con el mal, para con el escándalo, la injuria, el ultraje cometido. En todo caso, la reparación del mal o del escándalo, el resarcimiento por la injuria, la satisfacción del ultraje son condición del perdón.

Así pues la estructura fundamental de la justicia penetra siempre en el campo de la misericordia. Esta, sin embargo, tiene la fuerza de conferir a la justicia un contenido nuevo que se expresa de la manera más sencilla y plena en el perdón. Este en efecto manifiesta que, además del proceso de «compensación» y de «tregua» que es específico de la justicia, es necesario el amor, para que el hombre se corrobore como tal. El cumplimiento de las condiciones de la justicia es indispensable, sobre todo, a fin de que el amor pueda revelar el propio rostro. Al analizar la parábola del hijo pródigo, hemos llamado ya la atención sobre el hecho de que aquél que perdona y aquél que es perdonado se encuentran en un punto esencial, que es la dignidad, es decir, el valor esencial del hombre que no puede dejarse perder y cuya afirmación o cuyo reencuentro es fuente de la más grande alegría 132. La Iglesia considera justamente como propio deber, como finalidad de la propia misión, custodiar la autenticidad del perdón, tanto en la vida y en el comportamiento como en la educación y en la pastoral. Ella no la protege de otro modo más que custodiando la fuente, esto es, el misterio de la misericordia de Dios mismo, revelado en Jesucristo.

En la base de la misión de la Iglesia, en todas las esferas de que hablan numerosas indicaciones del reciente Concilio y la plurisecular experiencia del apostolado, no hay más que el «sacar de las fuentes del Salvador»133: es esto lo que traza múltiples orientaciones a la misión de la Iglesia en la vida de cada uno de los cristianos, de las comunidades y también de todo el Pueblo de Dios. Este «sacar de las fuentes del Salvador» no puede ser realizado de otro modo, si no es en el espíritu de aquella pobreza a la que nos ha llamado el Señor con la palabra y el ejemplo: «lo que habéis recibido gratuitamente, dadlo gratuitamente»134. Así, en todos los cambios de la vida y del ministerio de la Iglesia -a través de la pobreza evangélica de los ministros y dispensadores, y del pueblo entero que da testimonio «de todas las obras del Señor»- se ha manifestado aún mejor el Dios «rico en misericordia».

VIII - ORACIÓN DE LA IGLESIA DE NUESTROS TIEMPOS

15. La Iglesia recurre a la misericordia divina

La Iglesia proclama la verdad de la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y resucitado, y la profesa de varios modos. Además, trata de practicar la misericordia para con los hombres a través de los hombres, viendo en ello una condición indispensable de la solicitud por un mundo mejor y «más humano», hoy y mañana. Sin embargo, en ningún momento y en ningún período histórico -especialmente en una época tan crítica como la nuestra- la Iglesia puede olvidar la oración que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan. Precisamente éste es el fundamental derecho-deber de la Iglesia en Jesucristo: es el derecho-deber de la Iglesia para con Dios y para con los hombres. La conciencia humana, cuanto más pierde el sentido del significado mismo de la palabra «misericordia», sucumbiendo a la secularización; cuanto más se distancia del misterio de la misericordia alejándose de Dios, tanto más la Iglesia tiene el derecho y el deber de recurrir al Dios de la misericordia «con poderosos clamores»135. Estos poderosos clamores deben estar presentes en la Iglesia de nuestros tiempos, dirigidos a Dios, para implorar su misericordia, cuya manifestación ella profesa y proclama en cuanto realizada en Jesús crucificado y resucitado, esto es, en el misterio pascual. Es este misterio el que lleva en sí la más completa revelación de la misericordia, es decir, del amor que es más fuerte que la muerte, más fuerte que el pecado y que todo mal, del amor que eleva al hombre de las caídas graves y lo libera de las más grandes amenazas.

El hombre contemporáneo siente estas amenazas. Lo que, a este respecto, ha sido dicho más arriba es solamente un simple esbozo. El hombre contemporáneo se interroga con frecuencia, con ansia profunda, sobre la solución de las terribles tensiones que se han acumulado sobre el mundo y que se entrelazan en medio de los hombres. Y si tal vez no tiene la valentía de pronunciar la palabra «misericordia», o en su conciencia privada de todo contenido religioso no encuentra su equivalente, tanto más se hace necesario que la Iglesia pronuncie esta palabra, no sólo en nombre propio sino también en nombre de todos los hombres contemporáneos .

Es pues necesario que todo cuanto he dicho en el presente documento sobre la misericordia se transforme continuamente en una ferviente plegaria: en un grito que implore la misericordia en conformidad con las necesidades del hombre en el mundo contemporáneo. Que este grito condense toda la verdad sobre la misericordia, que ha hallado tan rica expresión en la Sagrada Escritura y en la Tradición, así como en la auténtica vida de fe de tantas generaciones del Pueblo de Dios. Con tal grito nos volvemos, como todos los escritores sagrados, al Dios que no puede despreciar nada de lo que ha creado136, al Dios que es fiel a sí mismo, a su paternidad y a su amor. Y al igual que los profetas, recurramos al amor que tiene características maternas y, a semejanza de una madre, sigue a cada uno de sus hijos, a toda oveja extraviada, aunque hubiese millones de extraviados, aunque en el mundo la iniquidad prevaleciese sobre la honestidad, aunque la humanidad contemporánea mereciese por sus pecados un nuevo «diluvio», como lo mereció en su tiempo la generación de Noé. Recurramos al amor paterno que Cristo nos ha revelado en su misión mesiánica y que alcanza su culmen en la cruz, en su muerte y resurrección. Recurramos a Dios mediante Cristo, recordando las palabras del Magníficat de María, que proclama la misericordia «de generación en generación». Imploremos la misericordia divina para la generación contemporánea. La Iglesia que, siguiendo el ejemplo de María, trata de ser también madre de los hombres en Dios, exprese en esta plegaria su materna solicitud y al mismo tiempo su amor confiado, del que nace la más ardiente necesidad de la oración.

Elevemos nuestras súplicas, guiados por la fe, la esperanza, la caridad que Cristo ha injertado en nuestros corazones. Esta actitud es asimismo amor hacia Dios, a quien a veces el hombre contemporáneo ha alejado de sí, ha hecho ajeno a sí, proclamando de diversas maneras que es algo «superfluo». Esto es pues amor a Dios, cuya ofensa-rechazo por parte del hombre contemporáneo sentimos profundamente, dispuestos a gritar con Cristo en la cruz: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»137. Esto es al mismo tiempo amor a los hombres, a todos los hombres sin excepción y división alguna: sin diferencias de raza, cultura, lengua, concepción del mundo, sin distinción entre amigos y enemigos. Esto es amor a los hombres que desea todo bien verdadero a cada uno y a toda la comunidad humana, a toda familia, nación, grupo social; a los jóvenes, los adultos, los padres, los ancianos, los enfermos: es amor a todos, sin excepción. Esto es amor, es decir, solicitud premurosa para garantizar a cada uno todo bien auténtico y alejar y conjurar el mal.

Y, si alguno de los contemporáneos no comparte la fe y la esperanza que me inducen, en cuanto siervo de Cristo y ministro de los misterios de Dios 138, a implorar en esta hora de la historia la misericordia de Dios en favor de la humanidad, que trate al menos de comprender el motivo de esta premura. Está dictada por el amor al hombre, a todo lo que es humano y que, según la intuición de gran parte de los contemporáneos, está amenazado por un peligro inmenso. El misterio de Cristo que, develándonos la gran vocación del hombre, me ha impulsado a confirmar en la Encíclica Redemptor Hominis su incomparable dignidad, me obliga al mismo tiempo a proclamar la misericordia como amor compasivo de Dios, revelado en el mismo misterio de Cristo. Ello me obliga también a recurrir a tal misericordia y a implorarla en esta difícil, crítica fase de la historia de la Iglesia y del mundo, mientras nos encaminamos al final del segundo Milenio.

En el nombre de Jesucristo, crucificado y resucitado, en el espíritu de su misión mesiánica, que permanece en la historia de la humanidad, elevemos nuestra voz y supliquemos que en esta etapa de la historia se revele una vez más aquel Amor que está en el Padre y que por obra del Hijo y del Espíritu Santo se haga presente en el mundo contemporáneo como más fuerte que el mal: más fuerte que el pecado y la muerte. Supliquemos por intercesión de Aquella que no cesa de proclamar «la misericordia de generación en generación», y también de aquellos en quienes se han cumplido hasta el final las palabras del sermón de la montaña: «Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia»139.

Al continuar el gran cometido de actuar el Concilio Vaticano II, en el que podemos ver justamente una nueva fase de la autorrealización de la Iglesia -a medida de la época en que nos ha tocado vivir- la Iglesia misma debe guiarse por la plena conciencia de que en esta obra no le es lícito, en modo alguno, replegarse sobre sí misma. La razón de su ser es en efecto la de revelar a Dios, esto es, al Padre que nos permite «verlo» en Cristo140. Por muy fuerte que pueda ser la resistencia de la historia humana; por muy marcada que sea la heterogeneidad de la civilización contemporánea; por muy grande que sea la negación de Dios en el mundo, tanto más grande debe ser la proximidad a ese misterio que, escondido desde los siglos en Dios, ha sido después realmente participado al hombre en el tiempo mediante Jesucristo.

Juan Pablo II
Con mi Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 30 de noviembre, primer domingo de Adviento, del año 1980, tercero de mi Pontificado.

NOTAS

(1) Ef 2, 4.
(2) Cfr. Jn 1, 18; Heb 1, 1 s.
(3) Jn 14, 8 s.
(4) Ef 2, 4 s
(5) 2 Cor 1, 3.
(6) Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 22: A.A.S. 58 (1966), p. 1042.
(7) Cfr. ib.
(8) 1 Tim 6, 16.
(9) Rom 1, 20.
(10) Jn 1, 18.
(11) 1 Tim 6 16.
(12) Tit 3, 4.
(13) Ef 2, 4.
(14) Cfr. Gén 1, 28.
(15) Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 9: A.A.S. 58 (1966), p. 1032.
(16) 2 Cor 1, 3.
(17) Mt 6, 4. 6. 18.
(18) Cfr. Ef 3, 18; además Lc 11, 5-13.
(19) Lc 4, 18 s.
(20) Lc 7, 19.
(21) Lc 7, 22 s.
(22) 1 Jn 4, 16.
(23) Ef 2, 4.
(24) Lc 15, 11-32
(25) Lc 10, 30-37.
(26) Mt 18, 23-35.
(27) Mt 18, 12-14; Lc 15, 3-7
(28) Lc 15, 8-10.
(29) Mt 22, 38.
(30) Mt 5, 7.
(31) Cfr. Jue 3, 7-9
(32) Cfr. 1 Re 8, 22-53
(33) Cfr. Miq 7, 18-20.
(34) Cfr. Is 1, 18; 51, 4-16.
(35) Cfr. Bar 2, 11-3, 8.
(36) Cfr. Neh 9.
(37) Cfr. p. ej. Os 2, 21-25 y 15; Is 54, 6-8.
(38) Cfr. Jer 31, 20; Ez 39, 25-29.
(39) Cfr. 2 Sam 11, 12, 24, 10.
(40) Job passim.
(41) Est 4, 17k ss.
(42) Cfr. p. ej. Neh 9, 30-32; Tob 3, 2-3. 11-12; 8, 16-17; 1 Mac 4, 24.
(43) Cfr. Ex 3, 7 s.
(44) Cfr. Is 63, 9.
(45) Ex 34, 6.
(46) Cfr. Num 14, 18; 2 Par 30, 9; Neh 9, 17; Sal 86 (85), 15; Sab 15, 1; Eclo 2, 11; Jl 2, 13.
(47) Cfr. Is 63, 16.
(48) Cfr. Ex 4, 22.
(49) Cfr. Os 2 3.
(50) Cfr. Os 11, 7-9; Jer 31, 20; Is 54, 7 s.
(51) Sal 103 (102) y 145 (144).
(52) Al definir la misericordia los Libros del Antiguo Testamento usan sobre todo dos expresiones, cada una de las cuales tiene un matiz semántico distinto. Ante todo está el término hesed, que indica una actitud profunda de « bondad ». Cuando esa actitud se da entre dos hombres, éstos son no solamente benévolos el uno con el otro, sino al mismo tiempo recíprocamenre fieles en virtud de un compromiso interior, por tanto también en virtud de una fidelidad hacia sí mismos. Si además hesed significa también « gracia » o « amor », esto es precisamente en base a tal fidelidad. El hecho de que el compromiso en cuestión tenga un carácter no sólo moral, sino casi jurídico, no cambia nada. Cuando en el Antiguo Testamento el vocablo hesed es referido el Señor, esto tiene lugar siempre en relación con la alianza que Dios ha hecho con Israel. Esa alianza fue, por parte de Dios, un don y una gracia para Israel. Sin embargo, puesto que en coherencia con la alianza hecha Dios se habia comprometido a respetarla, hesed cobraba, en cierto modo, un contenido legal. El compromiso juridico por parte de Dios dejaba de obligar cuando Israel infringía la alianza y no respetaba sus condiciones. Pero precisamente entonces hesed, dejando de ser obligación jurídica, descubría su aspecto más profundo: se manifiesta lo que era al principio, es decir, como amor que da, amor más fuerte que la traición, gracia más fuerte que el pecado.

Esta fidelidad para con la « hija de mi pueblo » infiel (cfr. Lam 4, 3. 6) es, en definitiva, por parte de Dios, fidelidad a sí mismo. Esto resulta frecuente sobre todo en el recurso frecuente al binomio hesed we'emet (=gracia y fidelidad), que podría considerarse una endíadis (cfr. por ej. Ex 34, 6; 2 Sam 2, 6; 15, 20; Sal 25 [24], 10; 40 [39], 11 s.; 85 [84], 11; 138 [137], 2; Miq 7, 20). « No lo hago por vosotros, casa de Israel, sino más bien por el honor de mi nombre » (Ez 36, 22). Por tanto también Israel, aunque lleno de culpas por haber roto la alianza, no puede recurrir al hesed de Dios en base a una justicia legal; no obstante, puede y debe continuar esperando y tener confianza en obtenerlo, siendo el Dios de la alianza realmente « responsable de su amor ». Frutos de ese amor son el perdón, la restauración en la gracia y el restablecimiento de la alianza interior.

El segundo vocablo, que en la termenología del Antiguo Testamento sirve para definir la misericordia, es rahamim. Este tiene un matiz distinto del hesed. Mientras éste pone en evidencia los caracteres de la fidelidad hacia sí mismo y de la « responsabilidad del propio amor » (que son cartacteres en cierto modo masculinos ), rahamin, ya en su raíz, denota el amor de la madre (rehem= regazo materno). Desde el vínculo más profundo y originario, mejor, desde la unidad que liga a la madre con el niño, brota una relación particular con él, un amor particular. Se puede decir que este amor es totalmente gratuito, no fruto de mérito, y que bajo este aspecto constituye una necesidad interior: es una exigencia del corazón. Es una variante casi « femenina » de la fidelidad masculina a sí mismo, expresada en el hesed. Sobre ese trasfondo psicológico, rahamim engendra una escala de sentimientos, entre los que están la bondad y la ternura, la paciencia y la comprensión, es decir, la disposición a perdonar.

El Antiguo Testamento atribuye al Señor precisamente esos caracteres, cuando habla de él sirviéndose del término rahamim. Leemos en Isaías: « ¿Puede acaso una mujer olvidarse de su mamoncillo, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaría » (Is 49, 15). Este amor, fiel e invencible gracias a la misteriosa fuerza de la maternidad, se expresa en los texos véterotestamentarios de diversos modos: ya sea como salvación de los peligros, especialmente de los enemigos, ya sea también como perdón de los pecados --respecto de cada individuo así como también de todo Israel-- y, finalmente, en la prontitud para cumplir la promesa y la esperanza (escatológicas), no obstante la infidelidad humana, como leemos en Oseas: « Yo curaré su rebeldía y los amaré generosamente » (Os 14, 5).

En la terminología del Antiguo Testamento encontramos todavía otras expresiones, referidas diversamente al mismo contenido fundamental. Sin embargo, las dos antedichas merecen una atención particular. En ellas se manifiesta claramente su original aspecto antropomórfico: al presentar la misericordia divina, los autores bíblicos se sirven de los términos que corresponden a la conciencia y a la experiencia del hombre contemporáneo suyo. La terminología griega usada por los Setenta muestra una riqueza menor que la hebraica: no ofrece, pues, todos los matices semánticos propios del texto original. En cada caso, el Nuevo Testamento construye sobre la riqueza y profundidad, que ya distinguía el Antiguo.
De ese modo heredamos del Antiguo Testamento --casi en una síntesis especial-- no solamente la riqueza de las expresiones usadas por aquellos Libros para definir la misericordia divina, sino también una específica, obviamente antropomórfica « psicología » de Dios: la palpitante imagen de su amor, que en contacto con el mal y en particular, con el pecado del hombre y del pueblo, se manifiesta como misericordia. Esa imagen está compuesta, además del contenido más bien general del verbo h nan, también por el contenido de hesed y por el de rahamim. El término hanan expresa un concepto más amplio; significa, en efecto, la manifestación de la gracia, que comporta, por así decir, una constante predisposición magnánima, benévola y clemente.

Además de estos elementos semánticos fundamentales, el concepto de misericordia en el Antiguo Testamento está compuesto también por lo que encierra el verbo hamal, que literalmente significa « perdonar (al enemigo vencido) », pero también « manifestar piedad y compasión » y, como consecuencia, perdón y remisión de la culpa. También el término hus expresa piedad y compasión, pero sobre todo en sentido afectivo. Estos términos aparecen en los textos bíblicos más raramente para indicar la misericordia. Además, conviene destacar el ya recordado vocablo 'emet, que significa en primer lugar « solidez, seguridad » (en el griego de los LXX: « verdad ») y en segundo lugar, « fidelidad », y en ese sentido parece relacionarse con el contenido semántico propio del término hesed.
(53) Sal 40, 11; 98, 2 s.; Is 45, 21; 51, 5. 8; 56, 1.
(54) Sab 11, 24.
(55) 1 Jn 4, 16.
(56) Jer 31, 3.
(57) Is 54, 10.
(58) Jon 4, 2. 11; Sal 145, 9; Eclo 18, 8-14; Sab 11, 23-12, 1.
(59) Jn 14, 9.
(60) En ambos casos se trata de hesed, es decir de la fidelidad que Dios manifiesta al propio amor hada su pueblo; fidelidad a las promesas, que precisamente en la maternidad de la Madre de Dios encontrarán su cumplimiento definitivo (cfr. Lc 1, 49-54).
(61) Lc 1, 66-72. También en este caso se trata de la misericordia con el significado de hesed, en cuanto en las frases siguientes, en las que Zacarías habla de las « entrañas misericordiosas de nuestro Dios », se expresa claramente el segundo significado, el de rahamim (traducción latina: viscera misericordiae), que identifica más bien la misericordia divina con el amor materno.
(62) Cfr. Lc 15, 11-32
(63) Lc 15, 18 s.
(64) Lc 15, 20
(65) Lc 15, 32
(66) Cfr. Lc 15, 3-6
(67) Cfr. Lc 15, 8 s.
(68) 1 Cor 13, 4-8.
(69) Cfr. Rom 12, 21.
(70) Cfr. Liturgia de la Vigilia pascual: « Exsultet ».
(71) Act 10, 38.
(72) Mt 9, 35.
(73) Cfr. Mc 15, 37; Jn 19, 30.
(74) Is 53, 5.
(75) 2 Cor 5, 21.
(76) Ib.
(77) Credo nicenoconstantinopolitano.
(78) Jn 3, 16.
(79) Cfr. Jn 14, 9.
(80) Mt 10, 28.
(81) Flp 2, 8.
(82) 2 Cor 5, 21.
(83) Cfr. 1 Cor 15, 54 s.
(84) Cfr. Lc 4, 18-21.
(85) Cfr. Lc 7, 20-23.
(86) Cfr. Is 35, 5; 61, 1-3
(87) 1 Cor 15, 4.
(88) Ap 21, 1.
(89) Ap 21, 4.
(90) Cfr. ib.
(91) Ap 3, 20.
(92) Cfr. Mt 24, 35.
(93) Cfr. Ap 3, 20.
(94) Mt 25, 40.
(95) Mt 5, 7.
(96) Jn 14, 9.
(97) Rom 8, 32.
(98) Mc 12, 27.
(99) Jn 20, 19-23.
(100) Cfr. Sal 89 (88), 2.
(101) Lc 1, 50.
(102) Cfr. 2 Cor 1, 21 s.
(103) Lc 1, 50.
(104) Cfr. Sal 85 (84), 11.
(105) Lc 1, 50.
(106) Cfr. Lc 4, 18.
(107) Cfr. Lc 7, 22.
(108) Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen Gentium, 62: A.A.S. 57 (1965), p. 63.
(109) Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 10: A.A.S. 58 (1966), p. 1032.
(110) Ib.
(111) Mt 5, 38.
(112) Cfr. Jn 14, 9 s.
(113) Ib.
(114) Cfr. 1 Cor 11, 26; aclamación en el « Misal Romano ».
(115) Jn 3, 16.
(116) 1 Jn 4, 8.
(117) Cfr. 1 Cor 13, 4
(118) 2 Cor 1, 3.
(119) Rm 8, 26.
(120) Mt 5, 7.
(121) Cfr. Mt 25, 34-40.
(122) Cfr. 1Cor 13, 4.
(123) Cfr. Lc 15, 11-32.
(124) Cfr. Lc 15, 1-10.
(125) Pablo VI. Enseñanzas al Pueblo de Dios (1975), p. 482 (Clausura del Año Santo, 25 diciembre 1975).
(126) Mt 5, 38.
(127) Cfr. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 40: A.A.S. 58 (1966), p. 1057 ss. Pablo VI, Exhort. Apost. Paterna cum benevolentia, esp. nn. 1 y 6: A.A.S. 67 (1975), p. 7-9; 17-23.
(128) Cfr. 1 Jn 2, 16.
(129) Mt 6, 12.
(130) Ef 4, 2; cfr. Gal 6, 2.
(131) Mt 18, 22.
(132) Cfr. Lc 15, 32.
(133) Cfr. Is 12, 3.
(134) Mt 10, 8.
(135) Cfr. Heb 5, 7.
(136) Cfr. Sab 11, 24; Sal 145 (144), 9; Gén 1, 31.
(137) Lc 23, 34.
(138) Cfr. 1 Cor 4, 1.
(139) Mt 5, 7.
(140) Cfr. Jn 14, 9.

Fuente: Corazones.org