sábado, 30 de junio de 2018
miércoles, 27 de junio de 2018
domingo, 24 de junio de 2018
San Juan Bautista

24 de Junio
Nacimiento de San Juan Bautista
San Juan Bautista
Este es el único santo al cual se le celebra la fiesta el día de su nacimiento.
San Juan Bautista nació seis meses antes de Jesucristo (de hoy en seis meses - el 24 de diciembre - estaremos celebrando el nacimiento de nuestro Redentor, Jesús).
El capítulo primero del evangelio de San Lucas nos cuenta de la siguiente manera el nacimiento de Juan: Zacarías era un sacerdote judío que estaba casado con Santa Isabel, y no tenían hijos porque ella era estéril. Siendo ya viejos, un día cuando estaba él en el Templo, se le apareció un ángel de pie a la derecha del altar.
Al verlo se asustó, mas el ángel le dijo: "No tengas miedo, Zacarías; pues vengo a decirte que tú verás al Mesías, y que tu mujer va a tener un hijo, que será su precursor, a quien pondrás por nombre Juan. No beberá vino ni cosa que pueda embriagar y ya desde el vientre de su madre será lleno del Espíritu Santo, y convertirá a muchos para Dios".
Pero Zacarías respondió al ángel: "¿Cómo podré asegurarme que eso es verdad, pues mi mujer ya es vieja y yo también?".
El ángel le dijo: "Yo soy Gabriel, que asisto al trono de Dios, de quien he sido enviado a traerte esta nueva. Mas por cuanto tú no has dado crédito a mis palabras, quedarás mudo y no volverás a hablar hasta que todo esto se cumpla".
Seis meses después, el mismo ángel se apareció a la Santísima Virgen comunicándole que iba a ser Madre del Hijo de Dios, y también le dio la noticia del embarazo de su prima Isabel.
Llena de gozo corrió a ponerse a disposición de su prima para ayudarle en aquellos momentos. Y habiendo entrado en su casa la saludó. En aquel momento, el niño Juan saltó de alegría en el vientre de su madre, porque acababa de recibir la gracia del Espíritu Santo al contacto del Hijo de Dios que estaba en el vientre de la Virgen.
También Santa Isabel se sintió llena del Espíritu Santo y, con espíritu profético, exclamó: "Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde me viene a mí tanta dicha de que la Madre de mi Señor venga a verme? Pues en ese instante que la voz de tu salutación llegó a mis oídos, la criatura que hay en mi vientre se puso a dar saltos de júbilo. ¡Oh, bienaventurada eres Tú que has creído! Porque sin falta se cumplirán todas las cosas que se te han dicho de parte del Señor". Y permaneció la Virgen en casa de su prima aproximadamente tres meses; hasta que nació San Juan.
De la infancia de San Juan nada sabemos. Tal vez, siendo aún un muchacho y huérfano de padres, huyó al desierto lleno del Espíritu de Dios porque el contacto con la naturaleza le acercaba más a Dios. Vivió toda su juventud dedicado nada más a la penitencia y a la oración.
Como vestido sólo llevaba una piel de camello, y como alimento, aquello que la Providencia pusiera a su alcance: frutas silvestres, raíces, y principalmente langostas y miel silvestre. Solamente le preocupaba el Reino de Dios.
Cuando Juan tenía más o menos treinta años, se fue a la ribera del Jordán, conducido por el Espíritu Santo, para predicar un bautismo de penitencia.
Juan no conocía a Jesús; pero el Espíritu Santo le dijo que le vería en el Jordán, y le dio esta señal para que lo reconociera: "Aquel sobre quien vieres que me poso en forma de paloma, Ese es".
Habiendo llegado al Jordán, se puso a predicar a las gentes diciéndoles: Haced frutos dignos de penitencia y no estéis confiados diciendo: Tenemos por padre a Abraham, porque yo os aseguro que Dios es capaz de hacer nacer de estas piedras hijos de Abraham. Mirad que ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto, será cortado y arrojado al fuego".
Y las gentes le preguntaron: "¿Qué es lo que debemos hacer?". Y contestaba: "El que tenga dos túnicas que reparta con quien no tenga ninguna; y el que tenga alimentos que haga lo mismo"…
"Yo a la verdad os bautizo con agua para moveros a la penitencia; pero el que ha de venir después de mí es más poderoso que yo, y yo no soy digno ni siquiera de soltar la correa de sus sandalias. El es el que ha de bautizaros en el Espíritu Santo…"
Los judíos empezaron a sospechar si el era el Cristo que tenía que venir y enviaron a unos sacerdotes a preguntarle "¿Tu quién eres?" El confesó claramente: "Yo no soy el Cristo" Insistieron: "¿Pues cómo bautizas?" Respondió Juan, diciendo: "Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está Uno a quien vosotros no conocéis. El es el que ha de venir después de mí…"
Por este tiempo vino Jesús de Galilea al Jordán en busca de Juan para ser bautizado. Juan se resistía a ello diciendo: "¡Yo debo ser bautizado por Ti y Tú vienes a mí! A lo cual respondió Jesús, diciendo: "Déjame hacer esto ahora, así es como conviene que nosotros cumplamos toda justicia". Entonces Juan condescendió con El.
Habiendo sido bautizado Jesús, al momento de salir del agua, y mientras hacía oración, se abrieron los cielos y se vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y permaneció sobre El. Y en aquel momento se oyó una voz del cielo que decía: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias".
Al día siguiente vio Juan a Jesús que venía a su encuentro, y al verlo dijo a los que estaban con él: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquél de quien yo os dije: Detrás de mí vendrá un varón, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo".
Entonces Juan atestiguó, diciendo: "He visto al Espíritu en forma de paloma descender del cielo y posarse sobre El. Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: Aquél sobre quien vieres que baja el Espíritu Santo y posa sobre El, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo. Yo lo he visto, y por eso doy testimonio de que El es el Hijo de Dios".
Herodías era la mujer de Filipo, hermano de Herodes. Herodías se divorció de su esposo y se casó con Herodes, y entonces Juan fue con él y le recriminó diciendo: "No te es lícito tener por mujer a la que es de tu hermano"; y le echaba en cara las cosas malas que había hecho.
Entonces Herodes, instigado por la adúltera, mandó gente hasta el Jordán para traerlo preso, queriendo matarle, mas no se atrevió sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía, pues estaba muy perplejo y preocupado por lo que le decía.
Herodías le odiaba a muerte y sólo deseaba encontrar la ocasión de quitarlo de en medio, pues tal vez temía que a Herodes le remordiera la conciencia y la despidiera siguiendo el consejo de Juan.
Sin comprenderlo, ella iba a ser la ocasión del primer mártir que murió en defensa de la indisolubilidad del matrimonio y en contra del divorcio.
Estando Juan en la cárcel y viendo que algunos de sus discípulos tenían dudas respecto a Jesús, los mandó a El para que El mismo los fortaleciera en la fe.
Llegando donde El estaba, le preguntaron diciendo: "Juan el Bautista nos ha enviado a Ti a preguntarte si eres Tú el que tenía que venir, o esperamos a otro".
En aquel momento curó Jesús a muchos enfermos. Y, respondiendo, les dijo: "Id y contad a Juan las cosas que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio…"
Así que fueron los discípulos de Juan, empezó Jesús a decir: "¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Alguna caña sacudida por el viento? o ¿Qué salisteis a ver? ¿Algún profeta? Si, ciertamente, Yo os lo aseguro; y más que un profeta. Pues de El es de quien está escrito: Mira que yo te envío mi mensajero delante de Ti para que te prepare el camino. Por tanto os digo: Entre los nacidos de mujer, nadie ha sido mayor que Juan el Bautista…"
Llegó el cumpleaños de Herodes y celebró un gran banquete, invitando a muchos personajes importantes. Y al final del banquete entró la hija de Herodías y bailó en presencia de todos, de forma que agradó mucho a los invitados y principalmente al propio Herodes.
Entonces el rey juró a la muchacha: "Pídeme lo que quieras y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino".
Ella salió fuera y preguntó a su madre: "¿Qué le pediré?" La adúltera, que vio la ocasión de conseguir al rey lo que tanto ansiaba, le contestó: "Pídele la cabeza de Juan el Bautista". La muchacha entró de nuevo y en seguida dijo al rey: "Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista".
Entonces se dio cuenta el rey de su error, y se pudo muy triste porque temía matar al Bautista; pero a causa del juramento, no quiso desairarla, y, llamando a su guardia personal, ordenó que fuesen a la cárcel, lo decapitasen y le entregaran a la muchacha la cabeza de Juan en la forma que ella lo había solicitado.
sábado, 23 de junio de 2018
Un descenso al Infierno - Sueño de San Juan Bosco
Un descenso hasta el Infierno
Publicado el 21 de Mayo de 2018
por P. Francisco Teixeira de Araújo, EP
por P. Francisco Teixeira de Araújo, EP
El 3 de mayo de 1869 San Juan Bosco les contó a sus alumnos un sueño que había tenido la noche anterior. Sin embargo, para no asustarlos demasiado, evitó narrarles las cosas con todo su horror...
El rector de un gran instituto escolar le preguntó cierto día a Don Bosco: “¿Cómo conseguiré educar bien a los jóvenes de mi colegio?”. Y el santo le respondió con esta única palabra: “¡Amándolos!”.
En efecto, numerosos episodios de la vida del fundador de los Salesianos desbordan de paternal afecto por los jóvenes que Dios le había confiado, llevándolo a cuidar con ternura de su bienestar. Incomparablemente mayor, no obstante, era la solicitud que tenía por su salvación eterna y su empeño infatigable en evitarles la desgracia de pecar.
Para ello contaba con un poderoso auxilio de la Providencia: sus famosos sueños. Uno de ellos tuvo lugar la noche de un sábado, el 2 de mayo de 1869. Ese día vio al lado de su cama a un “personaje distinguido” a quien, en la narración que les hizo al día siguiente a sus alumnos, unas veces llama “amigo”, otras, “guía”.
¿Sólo era un simple sueño o un sueño- revelación? El mismo Don Bosco esquiva esclarecer ese punto: “Podéis llamarlo sueño o darle cualquier otro nombre... En fin, llamadlo como queráis”.
Presentamos a continuación un resumen, lo más ajustado posible al original, del relato hecho por el santo.(1)
Cuerdas tiradas por un repugnante monstruo
Dormía profundamente cuando de repente veo en la habitación, junto a la cama, al hombre de la noche anterior, que me dice:
—¡Levántate y ven conmigo!
Me condujo a una inmensa llanura, un desierto de aspecto desolador. Después de una largo recorrido, llegamos a un camino, hermoso, ancho y bien pavimentado, flanqueado por dos magníficos setos, cubiertos de flores, sobre todo, rosas. A primera vista, parecía llano y cómodo, y eché a andar, pero enseguida noté que descendía insensiblemente cuesta abajo y, aunque la marcha no parecía precipitada, corría yo con tanta facilidad que me parecía estar siendo llevado por el aire.
A cierta altura del trayecto, vi que todos los jóvenes del Oratorio me seguían; pronto me encontraba en medio de ellos. Mientras los observaba vi de repente que, ora uno, ora otro, caían al suelo y eran arrastrados por una fuerza invisible hacia una horrible pendiente que terminaba en un horno. Comprobé que pasaban entre muchos lazos, algunos a ras del suelo y otros a la altura de la cabeza; sin darse cuenta del peligro, quedaban presos por ellos y corrían precipitadamente hacia el abismo. ¿Quién los arrastra de esa manera?
Tiré de uno de los lazos, pero su extremo no aparecía. Entonces seguí el hilo y llegué a la boca de una espantosa caverna. Después de tirar mucho, vi que salía un enorme y repugnante monstruo que agarraba firmemente la punta de una cuerda a la que estaban atados todos los hilos. Éste era quien arrastraba inmediatamente hacia sí al que caía en aquellas redes.
—¿Sabes ahora ya quién es? —me preguntó el guía.
—¡Sí! Es el demonio que tiende esos lazos para arrastrar a mis jóvenes al Infierno.
En cada uno de los lazos llevaba escrito su propio título: soberbia, desobediencia, envidia, impureza, hurto, gula, pereza, ira, etc. Los que mayor número de víctimas causaban entre los jóvenes eran los de la deshonestidad, la desobediencia y el orgullo.
Observando más atentamente vi que entre los lazos había muchos cuchillos, puestos allí por una mano providencial para cortarlos. El cuchillo más grande procedía contra el lazo de la soberbia y simbolizaba la meditación. Además había dos espadas: la devoción al Santísimo Sacramento, especialmente la comunión frecuente, y la devoción a la Virgen. También un martillo: la confesión. Con estas armas, muchos se defendían para no quedar atrapados, o bien cortaban los hilos que los enredaban.
Llegada al lugar “donde no hay redención”
Continuamos bajando y llegamos al fondo del precipicio, donde vimos un inmenso edificio con una puerta altísima y cerrada. Un calor sofocante me oprimía y un espeso humo, de color verdoso, surcado por el brillo de sanguinolentas llamas, se elevaba sobre aquellos murallones. Levanté la mirada para ver su altura: eran más altos que una montaña.
—¿Dónde estamos? ¿Qué es esto?
—le pregunté al guía.
—Lee lo que hay escrito en esa puerta; por la inscripción lo sabrás.
Miré y leí: “Donde no hay redención”. Estábamos en la puerta del Infierno...
Dimos una vuelta alrededor de las murallas de aquella horrible ciudad. De cuando en cuando, había una puerta de bronce, como la primera, cada cual con una inscripción: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25, 41); “todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego” (Mt 3, 10).
Recorrimos un inmenso y profundísimo barranco y nuevamente nos encontramos ante la primera puerta, al pie de la pendiente por donde habíamos bajado. De repente el guía me dijo:
—¡Observa!
Asustado, volví los ojos atrás y, a una gran distancia, vi que por aquel camino en declive bajaba precipitadamente un joven del Oratorio. Quería detenerse y no podía. Tropezaba en las piedras y éstas le daban mayor impulso en la caída.
—¡Corramos, parémosle, ayudémosle!
—No —replicó el guía—, ¿te crees capaz de detener a alguien que huye de la cólera de Dios?
Todos llevaban escrito en la frente su pecado
Entretanto el joven, mirando hacia atrás con ojos encendidos para ver si la ira de Dios aún lo seguía, fue a dar contra la puerta de bronce. Ésta se abrió con estruendo. Y tras ella se abrieron al mismo tiempo, haciendo un horrible fragor, dos, diez, ciento, y mil más impulsadas por el choque del joven, que era arrastrado por un torbellino invisible, irresistible. Vi al fondo como la boca de un horno. Se alzaron globos de fuego mientras aquel joven se precipitaba en aquella vorágine.
—Detente y observa de nuevo
— me ordenó el guía.
Miré y vi que por aquella pendiente se precipitaban otros tres jóvenes del Oratorio. Rodaban con increíble rapidez, uno tras otro, gritando de pavor. Detrás de ellos cayeron muchos otros. Todos llevaban escrito en la frente su propio pecado. Yo los llamaba con gran aflicción, pero no me oían.
Al ver caer a tantos de ellos, exclamé desalentado:
—Entonces nuestro trabajo es inútil, si tan numerosos son los muchachos a los que les espera ese fin. ¿No habrá una manera de impedir la perdición de tantas almas?
El guía me respondió que aún no habían muerto, pero estaban en estado de pecado mortal y, si murieran en ese estado, irían a parar al Infierno.
Una inmensa caverna llena de fuego
En ese ínterin un nuevo grupo de jóvenes se precipitó y las puertas permanecieron abiertas unos instantes. Y me dice el guía:
—Entra tú también.
Retrocedí horrorizado. Pero de pronto me sentí lleno de valor, pensando: “Sólo cae en el Infierno el que ha sido juzgado, y yo todavía no he pasado por el juicio”. Penetramos por un horrible pasillo hasta un vasto y tenebroso patio, al fondo del cual se veía una aterradora portezuela en la que se leía: “Los impíos irán al fuego eterno” (cf. Mt 25, 46). Todas las paredes de alrededor estaban llenas de inscripciones: “Pondré fuego en su carne para que ardan para siempre”; “Serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Ap 20, 10). En otro sitio: “Aquí está el conjunto de los males, eternamente”. Más allá: “Aquí no hay orden alguno, sino que habita un horror sempiterno”; “El humo de su tormento sube por los siglos de los siglos” (Ap 14, 11).
Mientras iba leyendo las inscripciones, el guía se acercó y me dijo:
—De aquí en adelante nadie tendrá un compañero que lo sustente, un amigo que lo consuele, un corazón que lo ame, una mirada compasiva, una palabra benévola. ¿Quieres ver o probar?
—Solamente quiero ver —le respondí.
Abrió aquella puertecilla y surgió ante mis ojos una especie de inmensa caverna llena de fuego, que parecía perderse en las entrañas de la montaña. Muros, bóvedas, suelo, hierro, piedra, madera, carbón, todo estaba blanco e incandescente, pero nada se consumía. No puedo describir esa caverna en toda su espantosa realidad.
“Hace tiempo que está preparada la hoguera, ancha y profunda, también para el rey; una pira con fuego y leña abundante: y el soplo del Señor, como torrente de azufre, le prenderá fuego” (Is 30, 33).
Fueron avisados mil veces...
Mientras miraba atónito todo aquello, vi cómo caía un joven precipitándose en el fuego, volviéndose incandescente como toda la caverna y allí quedó inmóvil. Horrorizado, reconocí en él a uno de mis hijos. Inmediatamente después se precipitó en la misma caverna otro joven del Oratorio. Tras él, llegaron otros, igualmente desesperados. Su número aumentaba cada vez más, todos lanzaban el mismo grito y permanecían inmóviles e incandescentes, como los anteriores. Me acordé entonces de lo que dice la Biblia: “si un árbol cae hacia el norte o hacia el sur, allí se queda” (Ecl 11, 3). Como se cae en el Infierno, así se estará eternamente.
—¿Pero estos no saben que vienen a parar aquí? —le pregunté al guía.
—¡Claro que lo saben! Fueron avisados mil veces; pero siguen corriendo hacia aquí por no detestar el pecado y no querer abandonarlo; por despreciar y rechazar la misericordia de Dios que los llamaba incesantemente a la penitencia.
El amigo me condujo a otro lugar en cuya entrada estaba escrito: “Donde el gusano no muere y el fuego no se apaga” (Mc 9, 48). Y me dijo:
—Ahora también tú debes ir a esa región de fuego que acabas de contemplar.
—¡No, no! —repliqué aterrado.
—¿Qué prefieres: ir al Infierno y liberar a tus jóvenes o permanecer fuera de él y abandonarlos en medio de tantos tormentos? Entra, pues, y ve la bondad de Dios, que amorosamente emplea mil medios para inducir a la penitencia a tus jóvenes y salvarlos de la muerte eterna.
La causa de la eterna perdición de muchos
Apenas pisé el umbral de la caverna me encontré de improviso transportado a una magnífica sala con puertas de cristal. Sobre éstas, a distancias regulares, pendían unos largos velos que cubrían otros tantos aposentos comunicantes con la caverna. El guía me indicó un velo en el cual estaba escrito “Sexto Mandamiento”, y exclamó:
—La transgresión de este mandamiento es la causa de la eterna perdición de muchos jóvenes.
—Pero ¿no se confesaron?
—Sí, pero confesaron mal algunos pecados o los omitieron por completo. Varios no tuvieron arrepentimiento ni propósito de enmienda. ¿Y ahora quieres ver por qué la misericordia de Dios te condujo hasta aquí?
Dicho esto, levantó el velo y vi a un grupo de muchachos del Oratorio condenados por ese pecado. Entre ellos había algunos que ahora en apariencia tienen buena conducta.
—¿Qué debo decirles? —le pregunté.
—Predica por todas partes contra la impureza. Basta avisarlos de una manera general. Para practicar la virtud se requiere la gracia de Dios; y ésta nunca les faltará si la piden. Oración y sacrificio, pues, por tu parte. En cuanto a ellos, que escuchen tus amonestaciones, pregunten a su conciencia y ella les indicará lo que deben hacer.
¡El que no reza se condena!
El guía levantó otros velos, dejando ver a muchos de nuestros jóvenes. En uno de ellos estaba escrito: “Raíz de todos los males”. E inmediatamente me preguntó:
—¿Sabes cuál es el pecado designado en esa inscripción?
—Sí, genéricamente se dice que es la soberbia; pero en particular es la desobediencia, el pecado por el cual Adán y Eva fueron expulsados del paraíso terrenal. La desobediencia es la raíz de todos los males.—Me parece que debe ser la soberbia.
—¿Qué debo decirles a mis jóvenes sobre esto?
Después de enumerar varias transgresiones cometidas por alumnos del Oratorio, las cuales son causa de graves desórdenes, el guía advirtió:
—¡Ay del que descuida la oración! ¡El que no reza se condena! Algunos se encuentran aquí porque, en vez de cantar las alabanzas y el Oficio de la Virgen María, leen libros que tratan de todo menos de religión, y algunos llegan a leer libros prohibidos.
—¿Qué consejo podré darles para librarlos de la desgracia de llegar a parar aquí?
—Muéstrales que la obediencia a Dios, a la Iglesia, a sus padres y a los superiores, los salvará. Recomiéndales también que eviten el ocio, que fue la causa del pecado de David, que estén siempre ocupados, pues así no le darán oportunidad al demonio de asaltarlos.
Un rápido toque en la muralla exterior
Incliné la cabeza y se lo prometí; después, al no poder soportar tanto horror, le supliqué al amigo:
—Te agradezco la caridad que has tenido conmigo, pero te ruego que me hagas salir de aquí.
—¡Ven conmigo! —me dijo.
Salimos de la sala, atravesamos en un instante el hórrido patio y después el corredor de entrada. Antes de trasponer el umbral de la última puerta de bronce, se volvió de nuevo hacia mí y exclamó:
—Has visto los tormentos de los demás, ahora también tú debes sentir un poco lo que se sufre en el Infierno.
—¡No, no! —grité horripilado.
—No temas; pruébalo solamente. Toca esta muralla.
Yo quería alejarme, pero él me cogió por el brazo y me acercó a la muralla mientras me ordenaba:
—Tócala rápidamente al menos una vez, para que puedas decir que visitaste las murallas de los suplicios eternos y las tocaste.
Al ver que me resistía, me abrió con fuerza la mano e hizo que la golpeara en la piedra de aquel muro. Sentí en aquel instante una quemadura tan intensa y dolorosa que, saltando hacia atrás y dando un fortísimo grito, me desperté. Me encontré sentado en la cama restregando la mano que me ardía. Al amanecer, noté que ésta estaba realmente hinchada; y la impresión imaginaria de aquel fuego fue tan fuerte que poco después la piel de la palma de la mano se separó y mudó.
* * *
Tened presente que, para no asustaros demasiado, no os conté estas cosas con todo su horror, tal como las vi. Solamente he hecho un resumen de lo que he visto en sueños de mucha duración. Más adelante os daré instrucciones acerca del respeto humano, del sexto y del séptimo mandamiento, y sobre la soberbia. Me limitaré a explicar esos sueños, que están en todo acordes con la Sagrada Escritura; en realidad, no son más que un comentario de lo que en ella se lee al respecto. ²
1 Texto completo del original italiano: LEMOYNE, SDB, Giovanni Battista. Memorie biografiche del Venerabile Don Giovanni Bosco. Torino: Buona Stampa, 1917, v. IX, pp. 166-181. Disponible en: http://www.donboscosanto.eu/ memorie_biografiche.
Fuente: Caballeros de la Virgen
jueves, 21 de junio de 2018
Nuestra Señora del Santísimo Sacramento
Virgen Inmaculada, Madre de Jesús y Madre nuestra, te invocamos con el nombre de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento porque Tú eres la Madre del Salvador que vive en la Eucaristía. De ti tomó la carne y sangre con las que Él nos alimenta en la Sagrada Hostia. Te invocamos también con este nombre porque la gracia de la Eucaristía nos viene por tu medio, pues Tú eres la Mediadora, el canal, por donde nos llegan las gracias de Dios. Y, por último, te llamamos Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, porque Tú fuiste la primera en vivir la vida Eucarística. Enséñanos a orar la Misa como Tú lo hiciste, a recibir la Santa Comunión de una manera digna y frecuente y de visitar a Nuestro Señor devotamente en el Santísimo Sacramento.
Virgen Inmaculada, Tú estuviste presente en la muerte de tu Hijo Divino en el Calvario, y ofreciste tu inmenso dolor en unión con Su Sacrificio. Después de la Resurrección estuviste de nuevo presente en el Sacrificio real, pero incruento, de tu Hijo en la Santa Misa. Enséñanos a unirnos a Jesucristo en la Consagración como Tú lo hiciste; obtén para nosotros la gracia de comprender la realidad de la Misa; y despierta en nosotros el deseo de asistir a la Misa con más frecuencia, inclusive diariamente.
Virgen Inmaculada, tus Comuniones fueron las más fervorosas y las más santas que jamás se hayan hecho. Cuando recibiste en tu Corazón a tu Hijo Divino, lo amaste más que nadie pueda amar a su Dios. Enséñanos a hacer que la Santa Comunión sea el centro de nuestra vida, como fue en la tuya, para que nuestras vidas sean enteramente dedicadas a prepararnos para la venida de Jesús en la Comunión y agradecerle por el regalo de sí mismo a nosotros.
Virgen Inmaculada, después de la Ascensión de Jesús, tu consuelo al separarte de Él lo encontraste visitándole a menudo en el Santísimo Sacramento. Logra para nosotros la gracia de estar conscientes siempre de Su presencia en el tabernáculo y de visitarlo frecuentemente como Tú lo hiciste, especialmente cuando estemos preocupados, solitarios, temerosos y con dolor de cuerpo o de mente. Enséñanos a recordar que Él siempre está allí, listo a escucharnos, a guiarnos, a protegernos y a consolarnos.
Virgen Inmaculada, Tú eres la modelo perfecta de los adoradores del Santísimo Sacramento. Tú adoraste a Jesús en la pequeña hostia blanca con la misma fe, reverencia y majestad que tuviste cuando lo adoraste en la primera Navidad y durante los demás años que viviste con Él. Enséñanos a no olvidar que esa pequeña hostia blanca es realmente Dios, infinito, eterno y omnipotente. Enséñanos también a conducirnos con la humildad y la solemnidad que se merece nuestro Dios todo el tiempo que estemos en su presencia.
Virgen Inmaculada, tú le diste a Jesús la acción de gracias más perfecta por la institución de la Eucaristía. Enséñanos a darle gracias a tu Divino Hijo por el regalo de sí mismo en el Santísimo Sacramento. Enséñanos también a agradecerle debidamente después de haberlo recibido en la Comunión. Dado a que nuestro agradecimiento, por más bueno que sea, nunca se podrá comparar al tuyo, permítenos ofrecerle tu agradecimiento después de la Comunión así como tu fervor, tu amor y tu devoción.
Virgen Inmaculada, Tú le ofreciste a Jesús la perfecta reparación en la Sagrada Hostia. Por amor a Él deseamos aceptar nuestras tribulaciones diarias y junto contigo, consolarlo por la ingratitud de los hombres y las ofensas y agravios que sufre Jesús diariamente en el Santísimo Sacramento por los que creen y los que no creen en Él.
Virgen Inmaculada, mientras que los apóstoles iban predicando el Evangelio, tu permaneciste junto a tu Divino Hijo en el Tabernáculo orando por las gracias que ellos necesitaban para convertir al mundo. Enséñanos a orar frente al Tabernáculo donde día y noche Jesús nos espera para escuchar y atender nuestras peticiones. Enséñanos a orar no sólo por nosotros sino también por aquellos que no conocen su presencia en el Sacramento de Su amor, para que se les conceda el regalo de la fe y Su Reino Eucarístico se extienda por todo el mundo.
Virgen Inmaculada, la amante perfecta de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, te pedimos nos alcances las gracias que necesitamos para llegar a ser verdaderos adoradores de nuestro Dios Eucarístico. Concédenos, te suplicamos, conocerlo mejor, amarlo más y que la Eucaristía sea el centro de nuestras vidas para que toda nuestra vida sea una oración constante de adoración, de acción de gracias, de reparación, y de petición a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento. Amén.
Ruega por nosotros, Oh Virgen Inmaculada, Nuestra Señora del Santísimo Sacramento.
R. ¡Para que el Reino Eucarístico de Jesucristo venga a nosotros!
OREMOS:
Señor Jesucristo, Rey nuestro y Dios nuestro, que en el Pan de la Eucaristía eres Dios verdadero y Hombre verdadero, te rogamos que al venerar este gran misterio, estemos conscientes de Tu Santa Madre, en cuyo cuerpo fuiste concebido por obra del Espíritu Santo. Concédenos que logremos imitar la manera en que Ella Te veneró en la Sagrada Hostia, su adoración, su acción de gracias, su reparación, su oración, para que tu Reino Eucarístico se extienda y florezca por todo el mundo. Amén.
Virgen María, Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, gloria del pueblo cristiano, alegría de la Iglesia universal, salvación del mundo, ruega por nosotros y otorga a todos los fieles una verdadera devoción a la Santa Eucaristía para que sean dignos de recibirla a diario.
500 días
(418)
--------------------------------------------------------------------------------
Imprimi Potest: Rev. Robert C. Hunter, S.V.D.
Provincial, Girard, Pa.
Nihil Obstat: A. H. Wiersbinski, LL.D.
Censor
Imprimatur: John Mark Gannon, D.D., D.C.L., LL.D.
Arzobispo, Obispo de Erie
5 de octubre de 1954
--------------------------------------------------------------------------------
Para recibir mas información o materiales referentes a la ADORACION PERPETUA
Favor de escribir a:
Favor de escribir a:
Misioneros del Santísimo Sacramento
P.O. Box 1701 Plattsburgh, NY 12901, U.S.A.
(518) 561-8193, Fax (518) 566-7103
martes, 19 de junio de 2018
lunes, 18 de junio de 2018
La consanguinidad sobrenatural
20 Jesús llega a casa y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer.
21 Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.
22 Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: "Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios".
23 Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas: "¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? 24 Un reino dividido internamente no puede subsistir;
25 una familia dividida no puede subsistir.
26 Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido.
27 Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.
28 En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan;
29 pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre".
30 Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
31 Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
32 La gente que tenía sentada alrededor le dice: "Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan".
33 Él les pregunta: "¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?"
34 Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: "Éstos son mi madre y mis hermanos.
35 El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre"
(Mc 3, 20-35).
Comentario al Evangelio – X Domingo del tiempo ordinario -
La consanguinidad sobrenatural
Autor : Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP
Ser pariente del Mesías sería, según nuestros criterios, una honra inigualable. Para el Hijo de Dios, en cambio, es más importante hacer la voluntad del Padre celestial que formar parte de su genealogía humana.
I - LOS SECRETOS DE LA VIDA OCULTA DE JESÚS
Cuando, meditando sobre los misterios de la vida del Señor, nos detenemos en los años transcurridos en la escondida existencia de Nazaret, nuestra imaginación es solicitada de un modo especial a contemplar aquellos caminos que recorrió en tantas ocasiones; aquel panorama con el monte Tabor al fondo y la llanura que llega hasta el mar, numerosas veces divisado por Él; aquella casa que habitó desde su regreso de Egipto, tan humilde, pero cuán impregnada de presencia sobrenatural... Allí vivió en una atmósfera de pobreza y olvido, aunque llena de grandeza; de amor, de paz, de un descanso suave, y al mismo tiempo de trabajo intenso. Allí "iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52), siendo preparado por una acción divina para su gran misión.
Un velo cubría a Jesús a los ojos de los suyos
¿Cómo se explica que el Hombre Dios pasara desapercibido en Nazaret? ¿Cómo parientes, vecinos y amigos no vislumbraron en Jesús su divinidad? ¿Cómo es posible que no vieran en Él, por lo menos, al Mesías? El plan divino exigía, por una alta sabiduría, que el Señor atravesara ese largo período de treinta años sin que se distinguiera, a los ojos de los suyos, del joven corriente: honrando el trabajo, exaltando la humildad, dando ejemplo en todo. Además de una gloria completa para el Hijo de Dios encarnado, la Providencia quería conferirle mayor mérito a María Santísima y someterles a una prueba a todos los que convivían con Él: la del esfuerzo y de la delicadeza de atención para descubrir que en Jesús había en relación con cualquier otro hombre algo mucho más importante. Por eso, Dios echó un velo sobre sus cualidades humanas y sobre su naturaleza divina.
Pero Él causaba admiración
Sin duda, hubo quienes correspondieron a esa invitación. Si con 12 años asombró a los propios doctores en el Templo, ¿no iba a causar admiración en las personas que lo conocían? Es inconcebible que algunos compañeros de infancia, familiares educados con Él o adultos que tuvieran trato con María y José no levantaran un tanto ese velo y se dieran cuenta en algo de quién era Él. Es probable que para ellos dejara traslucir, a unos más y a otros menos, algunos reflejos de su misteriosa divinidad, incomprensible para la razón humana.
Cuán diferente habrá sido para los que por infidelidad, ciertamente la mayoría, siempre lo consideraron únicamente como uno más de ellos, "el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón" (Mc 6, 3). Assueta vilescunt... La naturaleza humana, lamentablemente, se habitúa a todo y, con la rutina, hasta las cosas más extraordinarias se vuelven vulgares.
¿Cuáles habrán sido las reacciones de unos y de otros cuando llegó el momento en que el Señor se marchaba de la ciudad para dar inicio a su vida pública? Era el Hombre Dios que oía los gemidos de la Historia y abría sus brazos con amor para abarcar las miserias, no sólo de aquellas personas, sino de todo el género humano. Ante esta grandiosa manifestación de bienquerencia quedó patente el valor de los familiares y cercanos de Jesús de Nazaret que habían vencido aquella prueba que Dios les había mandado y que, como veremos en este Evangelio del décimo domingo del Tiempo Ordinario, nos trae una inestimable enseñanza.
II - VER EN EL HIJO DE DIOS SOLAMENTE AL HIJO DEL HOMBRE
En aquel tiempo,
20a Jesús llega a casa...
Comentario al Evangelio¿Desde dónde "llega a casa" el divino Maestro? Viene del monte, después de haber escogido a los Doce (cf. Mc 3, 13-19). Para que éstos se convencieran de su nueva situación y de la responsabilidad inherente a la elección de la que habían sido objeto, Jesús hizo que en el contacto con el público comprobaran el cambio obrado en sus vidas: "tras haber sido elegidos en el monte, el Señor reconduce a los Apóstoles a la casa, como para advertirles de que, después de haber recibido la dignidad del apostolado, debían tomar conciencia de su misión".1
Jesús se encontraba en Cafarnaún, probablemente en la casa donde había curado a la suegra de Pedro (cf. Mc 1, 29-31; Lc 4, 38-39). Al ser un lugar ya conocido, por los muchos milagros allí realizados, la gente empezó a aglomerarse antes del amanecer, deseosa de ver al Mesías.
Evangelizar presupone olvidarse de sí mismo
20b "... y de nuevo se junta tanta gente
que no los dejaban ni comer".
A diferencia de nuestros días, en aquella época las comidas se hacían a puertas abiertas. Esto tiene su razón de ser, ya que el comer es un momento propicio para conversar y relacionarse socialmente. El Señor también se adecuó a este uso, como en el banquete en casa de Simón, el fariseo; aquel en el que una pecadora arrepentida entró y le lavó los pies con sus lágrimas (cf. Lc 7, 36-38).
En el episodio narrado aquí, Jesús tenía delante de sí a una multitud que ansiaba convivir con Él y empaparse de sus enseñanzas, pues lo estimaba y se encantaba con su presencia; pero también estaban allí los que acudían por egoísmo, interesados tan sólo en conseguir la curación de alguna enfermedad u otros beneficios. Sin embargo, a pesar de la costumbre de las puertas abiertas, era completamente inusitado tanto alboroto y tamaña afluencia de gente, que abarrotaba la sala y llegaba hasta el diván donde Jesús estaba comiendo. Nos lo podemos imaginar alargando la mano para coger, por ejemplo, un racimo de uvas, mientras se le acerca un ciego, le toca impetuosamente su brazo y en ese instante recupera la vista; enseguida le cede el sitio a un sordo que suplica que le fuera restablecida la audición... Y así, gran cantidad de enfermos entrando y saliendo, hasta el punto de que el Maestro y sus discípulos se vieron imposibilitados de comer. En esa ocasión los Apóstoles comenzaron a experimentar el encargo que les había sido confiado en lo alto del monte.
El egoísta juzga insensata la Sabiduría
21 "Al enterarse su familia,
vinieron a llevárselo,
porque se decía que estaba fuera de sí".
Los prodigios y la palabra del Redentor habían difundido su fama por toda la región. Y, como era de esperar, empezaron a circular rumores, a veces lo más contradictorios y exagerados posibles. En esas circunstancias, este versículo relata algo dramático: ciertos parientes de Jesús, los que no habían percibido nada de su grandeza, comenzaron a decir que estaba desvariando. Al contrario de los días actuales, en aquel tiempo el sentido de lo familiar era fortísimo, lo cual es una cosa sana. Las familias, bien constituidas y muy unidas, formaban verdaderos batallones, tan cohesivos que la acción de uno de sus miembros repercutía en todo el conjunto. Por eso era incalculable la alegría y la honra de ser un pariente cercano del Mesías. No obstante, algunos familiares se reunieron para comentar lo que se decía de Él, de su doctrina y de sus milagros. Lo habían visto crecer en Nazaret, donde no había asistido a la escuela de ningún maestro, y de repente les llega la noticia de que sus prédicas arrebatan a las multitudes. ¿Dónde habría aprendido todo eso? Como no comprendían lo que pasaba, se indispusieron contra Él. Tal vez lo juzgaron ridículo y tenían recelo de que sus actitudes mancharan el nombre de su estirpe; incluso temían la mala repercusión ante las autoridades, pues Jesús podría ser considerado -como de hecho lo fue después- un rebelde. Ya habían surgido anteriormente revolucionarios, que, deseosos de liderar un movimiento para liberar a Israel del yugo romano y de sus impuestos, habían fracasado en su intento. Quizá esos parientes pensaran que también era ésa la intención del Señor y que por muchos prodigios que hiciera estaría condenado a la ruina por falta de medios. En el fondo, como venía contradiciendo las costumbres mundanas y estaba dedicado a una misión diferente de todo lo que era considerado normal, no lo aceptaban y pretendían tratarlo como a un loco.
Es de notar, en sentido opuesto, que esos mismos familiares que ahora buscaban apartarlo del apostolado, por creer que éste perjudicaba su reputación, más tarde, al constatar el éxito del Señor, le pedirán que se manifieste en Judea (cf. Jn 7, 3-5), sin duda para que el sumo pontífice y el sanedrín vieran la importancia de la familia que tenía en su seno tal profeta y taumaturgo: si Jesús subía en la escala social, elevaría a todos los suyos... Ahora bien, que en su ciudad, Nazaret, no hubiera sido admirado por la mayoría, es algo difícil de entender; pero que ante las maravillas realizadas al inicio de su vida pública no lo aceptaran ¡es ya inconcebible! "Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron" (Jn 1, 11)...
Con frecuencia, quien osa oponerse al mundo no es comprendido y puede ser rechazado y perseguido hasta por su familia, cuando ésta quiere a sus miembros para sí misma y no para Dios, de quien los recibió para después serles restituidos. Se trata de una apropiación injusta de algo que le pertenece al Creador. La vocación significa el sello divino que cobra lo que, de iure, es suyo. Por eso la maldición contra los padres que desvían a sus hijos del llamamiento religioso es de las peores que hay sobre la faz de la tierra. Robarle a un pobre trae consigo un castigo menor que el de arrancarle a Dios la persona designada por Él para su servicio. ¡Y cuántas veces hemos presenciado esto en la Historia! El padre del gran San Francisco de Asís, Pedro Bernardone, por ejemplo, en cierto momento lo desheredó y lo despojó de todos sus bienes, incluso de la propia ropa que vestía, porque no aceptaba la vida virtuosa de su hijo. Y la madre y los hermanos de Santo Tomás de Aquino lo encerraron en una torre para impedir que se hiciera fraile dominico. Ése es el problema de la familia que no está constituida con miras al amor a Dios, cuyos miembros tratan de sacarlo del trono que le pertenece, a fin de que los acontecimientos graviten en torno de cada uno de ellos.
El sentimiento de los familiares del Señor hacia Él es típicamente el del egoísta; de donde se concluye que todos los egoístas son parientes de aquellos parientes de Jesús. Como ellos, también nosotros, si buscamos colocarnos siempre en el centro de todo, consideraremos una insensatez las obras de Dios y exageradas las exigencias de la religión. He aquí una lección importante de esta liturgia: debemos evitar tal delirio, teniendo un cuidado enorme con la sed de elogios y el deseo de llamar la atención sobre nosotros, para que los demás nos adoren. Salgamos de nosotros mismos y sea la gloria de Dios el eje de nuestra existencia.
Por envidia, una acusación contradictoria
22 "Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
"Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios
con el poder del jefe de los demonios".
Hombres sin fe, los maestros de la Ley mencionados en este versículo habían sido incapaces de comprender quién era Jesús. Expulsaba demonios, curaba todo tipo de enfermedades y resucitaba muertos, y esto les causaba envidia, porque a ellos les hubiera gustado tener igual poder; y como no lo poseían, temían perder la posición privilegiada que disfrutaban en aquella sociedad. Entonces empezaron, con supino mal espíritu, a atribuir el dominio del Salvador sobre los demonios a un contubernio con Belzebú.
Jesús ridiculiza a sus enemigos
23 "Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:
"¿Cómo va a echar Satanás a Satanás?
24 Un reino dividido internamente no puede subsistir;
25 una familia dividida no puede subsistir.
26 Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra,
no puede subsistir, está perdido".
La respuesta del Maestro pretendía mostrar cuán infundada era la acusación levantada en su contra. Si dos ejércitos entran en contienda, ¿el general de uno de los bandos mandaría a sus soldados al campo de batalla para que combatieran contra sus propios compañeros? ¡Sería, sin duda, derrotado! Si Jesús realmente estuviera actuando por obra de Belzebú para expulsar los demonios, esto significaría que el infierno estaba en "guerra civil" y, en consecuencia, en poco tiempo los demonios se destrozarían. Cuando en una ciudad sus habitantes se pelean entre sí, el enemigo externo puede ahorrarse el envío de tropas para atacarla, ya que acabaría destruyéndose ella misma; cualquier estratega dejaría que esas luchas intestinas siguieran su curso, para sólo después subyugar a los sobrevivientes. Por lo tanto, los miembros del sanedrín no deberían preocuparse, pues toda la obra del Señor zozobraría rápidamente. ¿Por qué tendrían que estar inquietos? Con respecto a esto dice San Juan Crisóstomo: "¡Mirad cuánta ridiculez hay en la acusación, cuánta necedad, cuán íntima contradicción! Porque contradicción hay en decir primero que Satanás está firme y expulsa los demonios y luego que justamente está firme por lo que debía perecer". (2)
27 "Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo
para arramblar con su ajuar,
si primero no lo ata;
entonces podrá arramblar con la casa".
Esta imagen ponía todavía más en evidencia la incoherencia de los maestros de la Ley. Todos sabían perfectamente que para robar en una casa era necesario inmovilizar antes al dueño. Entonces, ¿sería verosímil que, según decían los escribas y fariseos, Jesús repeliera a los espíritus malos por el poder de Belzebú, su príncipe, y, en combinación con él, destruyera a sus subalternos? "Mirad cómo", observa el propio Crisóstomo, "el Señor demuestra lo contrario de lo que sus enemigos intentaban asentar. [...] Él les demuestra que no sólo a los demonios, sino a su mismo capitán le tenía Él atado con absoluta autoridad".3 Una vez más, con una simple parábola, el divino Maestro desenmascaraba a sus adversarios.
Gravedad del pecado contra el Espíritu Santo
los pecados y cualquier blasfemia que digan;
29 pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás,
cargará con su pecado para siempre".
30 Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo".
El Señor argumenta con más gravedad aún añadiendo que al hacer esta acusación incurrían en un pecado contra el Espíritu Santo, para el cual no hay perdón. Sin embargo, si Jesucristo vino al mundo para rescatar a los pecadores, ¿cómo se explica que existan faltas irremisibles?
La primera condición para obtener el perdón es que Dios, siendo el ofendido, lo quiera dar; y Él lo quiere, hasta el punto de estar constantemente con las manos extendidas para acogernos. No obstante, otra exigencia esencial para ser absuelto es reconocer el error, seguido del dolor de haberlo cometido, pues sin éste tal acto no tiene sentido. La impenitencia final "excluye lo que causa la remisión del pecado",4 y el pecador acabará, en el fondo, atribuyendo su falta al propio Dios. Esta actitud "es el espíritu de blasfemia, que no se perdona ni en este siglo ni en el futuro. [...] Aunque la paciencia de Dios llama a penitencia, él [el pecador] por la dureza de su corazón, por su corazón impenitente, atesora ira para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno según sus obras".5
¿Debían ser perdonados esos escribas y fariseos, cuya maldad llegaba a tal extremo? Después de presenciar curaciones de ciegos, leprosos y paralíticos, así como la expulsión de los más terribles demonios -obras todas ellas indiscutiblemente mesiánicas-, al quedarse con odio y deseo de matar a Jesús, niegan la verdad conocida como tal declarando que actuaba a través del espíritu de las tinieblas. Y a pesar de haber sido vencidos en todas las trampas que le tendieron al divino Maestro, ni aún así admiten su desatino, y caen en la impenitencia y en la obstinación al pretender ser los poseedores de la razón. Finalmente, llenos de perfidia, rechazaban los carismas del Señor, la actuación del Espíritu Santo a través de su humanidad santísima y, por envidia de la gracia fraterna, desprecian los beneficios que Él derramaba a raudales por donde pasaba.
Con relación a la acción del Espíritu Santo, nos corresponde ser totalmente flexibles, sin la menor sombra de envidia. Debemos alegrarnos, pues, con los beneficios concedidos a los otros, "a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios", como nos enseña San Pablo en la segunda lectura (2 Cor 4, 13-18-5, 1). Si el Señor nos ha dado poco o mucho, es designio suyo; lo importante es que cada uno reciba todo lo que le está destinado por Dios para su mayor gloria. Si al ver a alguien favorecido con un don que no tenemos, sea natural o sobrenatural, admiramos la obra de Dios en aquella alma, progresaremos en la vida espiritual; pero si, por el contrario, procedemos a la manera de aquellos familiares de Jesús o de los fariseos, nos hundiremos como ellos.
María se presenta para enfrentar a los parientes
31 Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
32 La gente que tenía sentada alrededor le dice:
"Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan".
Según comentan determinados Padres de la Iglesia, María, al saber que algunos planeaban hacerle daño a Jesús, se presentó para enfrentarlos: "Como los que estaban cerca del Señor iban a apoderarse de Él porque le creían loco, llegó su madre movida por un sentimiento de amor y de piedad".6 Bonita interpretación, que muestra la combatividad de la Virgen, aspecto frecuentemente olvidado. Junto con Ella estaban los "hermanos", término que en el lenguaje bíblico designaba a los parientes en general, como primos y tíos.
Tan compacta era la muralla humana formada alrededor del Señor, que les impedía a María y a sus acompañantes entrar en la casa y aproximarse a Él. Los presentes, de acuerdo con el arraigado concepto familiar de la época, consideraban la maternidad como algo supremo, y por eso avisaron a Jesús de la llegada de su madre, juzgando normal que interrumpiría la predicación para atenderla.
Las relaciones sobrenaturales son mucho más fuertes que las de la sangre
33 "Él les pregunta: "¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?"
34 Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
"Éstos son mi madre y mis hermanos.
35 El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre".
Cristo, sin embargo, aprovechó la ocasión para oponerse a la tendencia del pueblo judío de tener un excesivo aprecio por la familia. Si se hubiera levantado para ir al encuentro de su madre y de sus hermanos, estaría respaldando y robusteciendo ese afán... En vez de eso, su respuesta deja clara la superioridad de la relación espiritual sobre la natural. ¡Se valoran tanto los vínculos de la sangre! Sin duda que tienen su peso, pero no constituyen lo esencial y sólo adquieren sentido si son considerados en función de Dios. Mientras los lazos humanos abarcan una pequeña cantidad de miembros, los sobrenaturales incluyen a numerosos hermanos "como las estrellas del cielo y como la arena de la playa" (Gén 22, 17). En este caso se aplica el bello principio de Santo Tomás: "Los bienes espirituales pueden ser poseídos por muchos a la vez, pero no los bienes corporales".7
El Hijo de Dios vino exactamente para hacernos partícipes de su familia, de forma que seamos sus hermanos e hijos, en una intimidad con Él mucho más estrecha que la que origina la sangre. "Porque no hay más que un parentesco legítimo, que es hacer la voluntad de Dios. Y este modo de parentesco es mejor y más importante que el de la carne".8 Así pues, el divino Maestro miró hacia los más fervorosos, es decir, a aquellos que pretendían acercarse a Él con el deseo de oírlo y ser instruidos, que estaban, por tanto, predispuestos a aceptar y abrazar sus enseñanzas, y afirmó: "Éstos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre". Incomparablemente más que a cualquier persona en esta tierra, por mucho que le debamos, hemos de ser agradecidos con Dios, abandonarnos en sus manos y obedecerle, ya que por Él fuimos creados. Él envió a su Hijo para redimirnos, a fin de que tengamos la vida -¡la propia vida de Dios!- y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10, 10).
Por tal motivo, el Niño Jesús, a los 12 años de edad, cuando fue encontrado, después de tres días de búsqueda, por la Virgen María y San José en el Templo oyendo e interrogando a los doctores de la Ley, declaró: "¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?" (Lc 2, 49). Sus palabras nos recuerdan que nuestra filiación primera es la divina, y sólo en un segundo plano debemos considerar la de la sangre. Desde que es concebido, el niño depende totalmente de sus padres y mientras va creciendo continúa amparado, dirigido y gobernado por ellos hasta que se vuelve independiente. En el campo sobrenatural ocurre lo opuesto: a partir del nacimiento, o sea, del Bautismo, la relación con Dios y la sujeción a Él van aumentando, y alcanzan su máximo grado cuando el alma llega a la visión beatífica. Permanece entonces en una total y completa familiaridad con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Un altísimo elogio a su Santísima Madre
Lejos de despreciar a la Virgen -¡lo cual sería impensable!-, Jesús le hacía el mayor elogio posible, pues estaba afirmando que Ella era su Madre más por hacer la voluntad de Dios que por haberle transmitido la vida humana. "No habla así para negar a su madre, sino para manifestar que no sólo es digna de honra por haber engendrado a Cristo, sino también por todas sus virtudes".9 A lo largo de cerca de treinta años de convivir con su Hijo, María fue perfectísima en el cumplimiento de la voluntad de Él, guardando todas esas cosas en su corazón (cf. Lc 2, 51). Porque creía que Jesús era la Verdad, la Virgen Santísima - en contraste con aquellos que lo juzgaban loco- se mantenía siempre en una actitud de sumisión a Él, incluso ante aquello que no entendía.
III - SEAMOS PARIENTES DE JESÚS, COMO LO FUERON MARÍA Y JOSÉ
La liturgia de hoy es de una importancia fundamental para comprender el valor de esta "consanguinidad espiritual" con Jesucristo, a la que jamás podemos renunciar. ¡Cuántas veces, desgraciadamente, nos comportamos de manera egoísta, nos ponemos en el centro de todo y cometemos una falta! Hacer la voluntad de Dios significa ser rectísimos e íntegros, bajo todos los puntos de vista, a semejanza de la Madre de Jesús.
Para eso necesitamos admitir nuestra debilidad, conscientes de que, como nos enseña el divino Maestro, todas las maldades nacen dentro del hombre (cf. Mc 7, 21-23). En cambio, debemos sorprendernos cuando practicamos un acto bueno y reconocer que éste proviene de la filiación espiritual que Él nos concedió a través de la gracia. Si los fariseos hubieran sentido la miseria que manchaba su interior, tal vez habrían mirado al Señor con humildad y acogido en su alma la salvación. En el Cielo están, de hecho, no sólo los inocentísimos, sino también San Dimas -el buen ladrón, canonizado en vida por el Redentor (cf. Lc 23, 43)-, San Agustín, Santa María Magdalena... y tantos otros que se declararon culpables y obtuvieron el perdón. Al contrario, en el Infierno padecen todos los pecadores que, por orgullo, persistieron en el error. Este es el gran problema de la naturaleza humana caída.
Pidamos a María Santísima el don extraordinario de la humildad, para que nos sean abiertas las puertas de la eterna bienaventuranza y lleguemos a la plenitud de la intimidad con Nuestro Señor Jesucristo.
1 SAN BEDA. In Marci Evangelium Expositio. L. I, c. 3: ML 92, 162.
2 SAN JUAN CRISÓSTOMO. Homilía XLI, n.º 1. In: Obras. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (1-45). 2.ª ed. Madrid: BAC, 2007, v. I, p. 795.
3 Ídem, n.º 2, p. 799.
4 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q. 14, a. 3.
5 SAN AGUSTÍN. Sermo LXXI, n.º 20. In: Obras. Madrid: BAC, 1983, v. X, p. 326.
6 TEOFILACTO, apud SANTO TOMÁS DE AQUINO. Catena Aurea. In Marcum, c. III, vv. 31-35.
7 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q. 23, a. 1, ad 3.
8 SAN JUAN CRISÓSTOMO. Homilía XLIV, n.º 1, op. cit., p. 841.
9 TEOFILACTO, op. cit.
Fuente: Heraldos del Evangelio
Suscribirse a:
Entradas (Atom)











