miércoles, 13 de mayo de 2026

13 de Mayo: Apariciones de Nuestra Señora de Fátima (Portugal)

 

Fiesta: 13 de mayo
©recopilado por SCTJM

"Orad, orad mucho y haced sacrificios por los pecadores. Son muchas almas que van al infierno
porque no hay quien se sacrifique y ruegue por ellas"
(19 de agosto de 1917)


Relato de las Apariciones de Nuestra Señora de Fátima
Según Sor Lucía, la mayor de los videntes.
Recopilado por SCTJM



"Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón"



Primera Aparición de la Virgen: Domingo 13 de mayo, de 1917.

Llamado al ofrecimiento de vida

Estando jugando con Jacinta y Francisco en lo alto, junto a Cova de Iría, haciendo una pared de piedras alrededor de una mata de retamas, de repente vimos una luz como de un relámpago. -Está relampagueando- dije. Puede venir una tormenta. Es mejor que nos vayamos a casa. -¡Oh si esta bien! contestaron mis primos.

Comenzamos a bajar el cerro llevando las ovejas hacia el camino. Cuando íbamos por mitad de la pendiente, cerca de una encina, que aun existe, vimos otro relámpago, y habiendo dado algunos pasos mas vimos sobre la encina una Señora vestida de blanco, mas brillante que el sol, esparciendo luz mas clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina atravesado por los rayos mas ardientes del sol. Estábamos tan cerca que quedamos dentro de la luz que Ella irradiaba.

Entonces la Señora nos dijo: -"No tengáis miedo. No os hago daño."

-Yo le pregunte: ¿De dónde es usted? -"Soy del Cielo."

-¿Qué es lo que usted me quiere? -"He venido para pediros que vengáis aquí seis meses seguidos el día 13 a esta misma hora. Después diré quien soy y lo que quiero. Volveré una séptima vez."

-Pregunté entonces: ¿Yo iré al cielo? -"Si iras" -¿Y Jacinta? -"ira también" -¿Y Francisco? -"También ira, pero tiene que rezar antes muchos rosarios".

Entonces me acordé de dos amigas de mi hermana que habían muerto hacia poco. -¿Está María de las Nieves en el cielo? -"Sí, está" -¿y Amelia? de 18 ó 20 años -"estará en el purgatorio hasta el fin del mundo".

Y entonces dijo:-"Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que El quisiera enviaros como reparación de los pecados con que El es ofendido y de suplica por la conversión de los pecadores?" -Si queremos. -"Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la gracia de Dios os fortalecerá".

Diciendo esto la Virgen abrió sus manos por primera vez, comunicándonos una luz muy intensa que parecía fluir de sus manos y penetraba en lo mas intimo de nuestro pecho y de nuestros corazones, haciéndonos ver a nosotros mismos en Dios, mas claramente de lo que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces, por un impulso interior que nos fue comunicado también, caímos de rodillas, repitiendo humildemente:  -Santísima Trinidad, yo te adoro. Dios mío, Dios mío, yo te amo en el Santísimo Sacramento. Después de pasados unos momentos Nuestra Señora agregó: -"Rezad el rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra". Acto seguido comenzó a elevarse serenamente, mientras la luz que la circundaba parecía abrirle el camino.

Segunda Aparición de la Virgen: Miércoles 13 de Junio

Llamado a ser instrumentos para que la Devoción al Inmaculado Corazón se establezca

Después de rezar el rosario con otras personas que estaban presentes (unas 50) vimos de nuevo el reflejo de la luz que se aproximaba, y que llamábamos relámpago, y en seguida a Nuestra Señora en la encina, todo como en mayo.

-¿Qué es lo que quiere? -pregunté -"Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, que recéis el rosario todos los días y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero además"

-Le pedí la curación de una enferma. Nuestra Señora respondió: -"Si se convierte se curara durante el año" -Quisiera pedirle que nos llevase al cielo. -"Si, a Jacinta y a Francisco los llevaré en breve, pero tu te quedarás algún tiempo mas. Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien le abrazare prometo la salvación y serán queridas sus almas por Dios como flores puestas por mi para adornar su Trono."

-¿Me quedo aquí solita?- pregunte con dolor. -"No hija. ¿Y tu sufres mucho por eso? !No te desanimes! Nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios."

En ese momento abrió las manos y nos comunicó por segunda vez el reflejo de la luz inmensa que la envolvía. Jacinta y Francisco parecían estar en la parte de la luz que se eleva hacia el cielo y yo en la que se esparcía sobre la tierra. Delante de la palma de la mano derecha de nuestra Señora estaba un corazón rodeado de espinas que parecían clavarse en el. Entendimos que era el Corazón Inmaculado de María, ultrajado por los pecados de la humanidad, y que quería reparación.

Francisco muy impresionado con lo que había visto, me pregunto después: -¿Por qué es que la Virgen estaba con un corazón en la mano irradiando sobre el mundo aquella luz tan grande que es Dios? Tu, Lucía, estabas con Ella en la luz que bajaba a la tierra y Jacinta conmigo en la que subía al cielo. Le respondí: -Es que tu, con Jacinta, iréis en breve al cielo. Yo me quedo con el Corazón Inmaculado de María en la tierra.

Tercera Aparición de la Virgen: Viernes, 13 de Julio

Llamado a sacrificarse por los pecadores y a hacer reparación por ellos

Momentos después de haber llegado a Cova de Iría, junto a la encina, entre numeroso público (4.000 personas) que estaban rezando el rosario, vimos el rayo de luz una vez mas y un momento mas tarde apareció la Virgen sobre la encina. -¿Qué es lo que quiere de mi? -pregunté. -"Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, y continuéis rezando el rosario todos los días en honra a Nuestra Señora del Rosario con el fin de obtener la paz del mundo y el final de la guerra, porque solo Ella puede conseguirlo.

-Dije entonces: quisiera pedirle nos dijera quien es, y que haga un milagro para que todos crean que usted se nos aparece. -"Continuad viniendo aquí todos los meses. En octubre diré quien soy y lo que quiero, y haré un milagro que todos han de ver para que crean". -"¡Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: OH, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!

Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos. El reflejo de la luz parecía penetrar la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas trasparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevada por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero trasparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza: -"Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzara otra peor".

"Cuando viereis una noche alumbrada por una luz desconocida sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo sus crímenes por medio de la guerra, del hambre, de la persecución de la Iglesia y del Santo Padre. Para impedir eso, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados. Si atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones de la Iglesia: los buenos serán martirizados; el Santo Padre tendrá que sufrir mucho; varias naciones serán aniquiladas. Al final, MI INMACULADO CORAZON TRIUNFARA.

El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz. En Portugal el dogma de la fe se conservará siempre......(Aquí comienza la tercera parte del secreto, escrita por Lucía entre el 22 de Dic. 1943 y el 9 de Enero 1944, y revelada en el año 2000). Esto no lo digas a nadie. A Francisco si podéis decírselo". -"Cuando recéis el rosario, decid después de cada misterio: "Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente las mas necesitadas" Y Como de costumbre comenzó a elevarse en dirección a Oriente.


Cuarta Aparición de la Virgen: Domingo, 19 de Agosto

Llamado a rezar mucho por los pecadores

En los Valinhos. La Aparición no se realizo el día 13 de agosto en Cova de Iría porque el Administrador del Consejo apreso y llevo a Vila Nova a los pastorcitos con la intención de obligarles a revelar el secreto. Los tuvo presos en la Administración y en el calabozo municipal.

Les ofreció los mas valiosos presentes si descubrían el secreto. Los pequeños videntes respondieron: -No lo decimos ni aunque nos den el mundo entero. Los encerró en el calabozo. Los presos les aconsejaron: -Pero decir al Administrador ese secreto. Que os importa que esa Señora no quiera? -!Eso no, respondió Jacinta con vivacidad, antes quiero morir! Y los tres niños rezaron con aquellos infelices el rosario, delante de una medalla de Jacinta colgada en la pared.

El administrador para amedrentarlos, mando preparar una caldera de aceite hirviendo, en la cual amenazaron asar a los pastorcitos si no hacían lo que les mandaban. Ellos, aunque pensaban que la cosa iba en serio, permanecieron firmes sin revelar nada.

El día 15 de agosto, fiesta de la Asunción, los sacó del calabozo y los llevo a Fátima. ...Nos narra Lucía lo que sucedió en esta aparición.....

Estuvimos con las ovejas en un lugar llamado Valinhos, Francisco y su hermano Juan, acompañándome, y sintiendo que algo sobrenatural se aproximaba y nos envolvía, sospechando que Nuestra Señora se nos aparecería y temiendo que Jacinta se quedaría sin verla, pedimos a su hermano Juan que le fuese a llamar. Entretanto, Francisco y yo vimos el reflejo de luz que llamábamos relámpago y al instante de llegar Jacinta vimos a la Señora sobre la encina.

-Que es lo que quiere usted? -Deseo que sigáis yendo a Cova de Iría en los días 13, que sigáis rezando el rosario todos los días. El ultimo mes haré el milagro para que todos crean.

-Que es los que quiere usted que se haga con el dinero que la gente deja en Cova de Iría? -Hagan dos bolsas, una para ti y Jacinta, para llevarla dos chicas mas vestidas de blanco y otra que la lleve Francisco con tres niños mas. El dinero de las bolsas es para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, y lo que sobre es para ayuda de una capilla que se debe hacer. -Yo quisiera pedirle la curación de algunos enfermos. -Si, a algunos curare durante el año. Y tomando un aspecto muy triste, la Virgen añadió: "Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quien se sacrifique y rece por ellas". Y la Virgen empezó a subir hacia Oriente, como de costumbre.

 

Quinta Aparición: Jueves, 13 de Septiembre

Al aproximarse la hora fui a Cova de Iría con Jacinta y Francisco entre numerosas personas (30.000) que con dificultad nos dejaban pasar. Los caminos estaban apiñados de gente; todos nos querían ver y hablar. Mucha gente del pueblo venían a pedirnos que presentáramos sus necesidades a Nuestra Señora. Otros, no pudiendo llegar junto a nosotros, clamaban de lejos. Oíamos... -¡pidan que me cure a mi hijo invalido!....a mi hijo ciego...a mi hija muda....que me traiga a mi esposo que esta en la guerra...que me convierta a un pecador...que estoy tuberculoso...etc...Allí aparecían todas las miserias de la pobre humanidad y algunos gritaban subidos a los arboles.

Por fin llegamos a Cova de Iría, y al alcanzar la encina comenzamos a decir el rosario con la gente. Un poco mas tarde vimos el reflejo de luz y acto seguido, sobre la encima, a nuestra Señora, que dijo: -"Continuad rezando el rosario para alcanzar el fin de la guerra. E n Octubre vendrá también nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y del Carmen, San José con el Niño Jesús para bendecir al mundo. Dios esta contento con vuestros sacrificios, pero no quiero que durmáis con la cuerda puesta, llevadla durante el día." (la cuerda la llevaban atada a la cintura. Era uno de las mas dolorosas mortificaciones que ofrecían por la conversión de los pecadores. También no comían meriendas, dejaban de tomar agua. Pero mayores eran los sacrificios que exigía la misión que la Virgen les encomendó: las vejaciones, curiosidad, molestias de la gente, interminables visitas, preguntas, persecución, ridículo, prisión, etc.) -"Curaré a algunos enfermos, pero no a todos. En Octubre haré el milagro para que todos crean."

Sexta Aparición: Sábado 13 de Octubre -Milagro del Sol

Había gente en masa (70.000) bajo una lluvia torrencial. Por el camino, las escenas del mes pasado, mas numerosas y conmovedoras. Ni el barro de los caminos impedía a la gente arrodillarse en actitud humilde y suplicante. Llegando a Cova de Iría, junto a la encina, pedí al pueblo que cerrasen los paraguas para rezar el Rosario. Poco después vimos el reflejo de luz y en seguida a la Virgen sobre la encina.

-¿Qué es lo que usted quiere? -"Quiero decirte que hagan aquí una capilla en honor mío, que soy la Señora del Rosario, que continúen rezando el Rosario todos los días. La guerra esta acabándose y los soldados pronto volverán a sus casas."

-¿Curará a los enfermos? -"Unos si y otros no; es preciso que se enmienden; que pidan perdón de sus pecados. Y tomando aspecto mas triste dijo: -"Que no se ofenda mas a Dios Nuestro Señor, que ya es muy ofendido."

El milagro del sol

Y abriendo sus manos las hizo reflejar en el sol y, en cuanto se elevaba, continuaba el brillo de su propia luz proyectándose en el sol. Y exclamé que todos mirasen al sol.

Se da entonces el milagro del sol, prometido tres meses antes, como prueba de la verdad de las apariciones de Fátima. La lluvia cesa y el sol por tres veces gira sobre si mismo, lanzando a todos los lados fajas de luz de variados colores. Parece a cierta altura desprenderse del firmamento y caer sobre la muchedumbre. Todos están atónitos.

Los periodistas de los periódicos seculares que habían acudido incrédulos a desprestigiar los apariciones, tomaron fotos y dieron testimonio de aquel milagro en la prensa.  Al cabo de 10 minutos de prodigio el sol toma su estado normal. Los tres niños eran favorecidos con otras visiones: Vimos al lado del sol a S. José con el Niño y a Nuestra Señora de los Dolores. El Niño Jesús parecía bendecir al mundo de la misma forma que S. José. Después se disipo esta visión y aparece Nuestra Señora del Carmen.

"¡Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: OH, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!

 

Resumen de los mensajes de Nuestra Señora de Fátima

"Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que El quisiera enviaros como reparación de los pecados con que El es ofendido y de suplica por la conversión de los pecadores?" (13 de Mayo, 1917)

"Jesús quiereservirse de ti para darme a conocer y amar. Quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien le abrazare prometo la salvación y serán queridas sus almas por Dios como flores puestas por mi para adornar su Trono." (13 de junio de 1917)

"Nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios." (13 de junio de 1917)

"¡Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: OH, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María! (13 de Julio de 1917)

"Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzara otra peor". (13 de julio de 1917)

"Orad, orad mucho y haced sacrificios por los pecadores. Son muchas almas que van al infierno porque no hay quien se sacrifique y ruegue por ellas" (19 de agosto de 1917)

"Continuad rezando el rosario para alcanzar el fin de la guerra. E n Octubre vendrá también nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y del Carmen, San José con el Niño Jesús para bendecir al mundo". (13 de Septiembre de 1917)

"Quiero decirte que hagan aquí una capilla en honor mío, que soy la Señora del Rosario, que continúen rezando el Rosario todos los días. ¡No ofendan más a Nuestro Señor, que está ya muy ofendido!" (13 de octubre de 1917)

¡Al final, Mi Inmaculado Corazón Triunfará!

 

 

Fin de las apariciones de 1917



 

Relato de las Apariciones del Ángel de la Paz en Fátima
Las Apariciones de Nuestra Señora de Fátima y Mensajes
Cronología- Fechas importantes en relación a las Apariciones de NS
Lucía: Apariciones Posteriores y Mensajes
Beatos Jacinta y Francisco
Sierva de Dios Sor Lucía
 Memorias de Lucia - enlace a su libro
Primera y segunda parte del secreto-Sr Lucia al Obispo de Leria-Fátima
Tercera parte del secreto-escrito por Sor Lucía en 1944
 Carta de B. Juan Pablo II a Sor Lucía para su entrevista con Cardinal Bertone
 Comunicado del Cardenal Sodano en la Misa de Beatificación de los Pastorcitos
CDF: El Mensaje de Fátima-Cardenal Bertone. Coloquio del Cardenal y Sor Lucía
Congregación para la Doctrina de la Fe, el mensaje de Fátima - Tarcisio Bertone, SDB Arzobispo emérito de Vercelli Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe
Comentario del Cardinal Joseph Ratzinger, PCDF: sobre el Tercer Secreto: 2000
Homilía del B. Juan Pablo II, 13 de Mayo 1982
Carta del Papa Juan Pablo II a todos los obispos de la Iglesia Católica pidiendo la Consagración al Inmaculado Corazón, 8 de diciembre de 1983
Consagración de la Iglesia y el mundo al Inmaculado Corazón de María, por Juan Pablo II, Año 1984
Segunda Visita al Santuario de Fátima, el 13 de mayo 1991
Homilía de S.S. Juan Pablo II en la beatificación de los pastorcitos de Fátima, Francisco y Jacinta - 13 de Mayo, 2000
 Acto de consagración a María por Juan Pablo II, Año 2000- Comentario de Madre Adela, nuestra fundadora
 Papa Pio XII y Fátima
 Viaje Apostólico de SS Benedicto XVI a Fátima
Oraciones de Fátima





Enseñanzas escritas de Madre Adela Galindo, SCTJM Fundadora

 Al Final Mi Inmaculado Corazón Triunfara

 La Santísima Virgen, Modelo de Fe, Esperanza y Caridad para el III Milenio

Consagración Papal del mundo al Inmaculado Corazón

Tercera Parte del "Secreto de Fátima"


Enseñanzas en Audio

Al final Mi Inmaculado Corazón triunfará

¿Porqué consagrarnos a María?



Consagraciones
Escritas por Madre Adela Galindo, SCTJM Fundadora

 Consagración al Inmaculado Corazón en el gran Jubileo del Año 2000

Consagración de la familia al Corazón Inmaculado de María

Consagración del matrimonio al Corazón Inmaculado de María

Consagración al Corazón de María

Consagración de la Profesión Médica al Inmaculado Corazón de María

Enseñanzas impartidas por las Hermanas SCTJM

Fuente: Corazones.org

viernes, 1 de mayo de 2026

1º de mayo: Fiesta de San José Obrero

 

s. José Obrero protector de los trabajadores, 1370 ca.  (© Musei Vaticani)




Además de ser el padre adoptivo de Jesús y el esposo de María, - como enseñan los Evangelios - san José era herrero, artesano y carpintero. Con su vida de honesto trabajador, san José ennoblece el trabajo manual con el que mantiene a su Santa Familia y participa en el proyecto de salvación.

José, el "Justo"

En el lenguaje bíblico de las Escrituras, se usa el apelativo de "Justo" (Mt 1,19) para denominar a todo aquel que ama y respeta la Ley como una expresión de la voluntad de Dios. José lo hace. Descendiente de la Casa de David, es un hombre no anciano que está comprometido con María. (Mt 1,18) Y, como su esposa dijo "sí" a un ángel, (Lc 1,38) también él dirá su "sí" a otro ángel que lo visitará en un sueño para tranquilizarlo sobre el origen del embarazo de María, como fruto del Espíritu Santo. (Mt 1,20) Su característica es la discreciòn y el silencio que lo hacen evitar protagonismos. Cuando Jesús comienza su vida pública, en las bodas de Caná, (Jn 2 1-12) los Evangelios ya no lo mencionan: probablemente murió, pero no sabemos ni cuándo ni dónde. Mucho menos se sabe donde habría sido sepultado.


El trabajo: participación en el plan divino

Del mismo modo que los padres enseñan su oficio a sus hijos, también José lo hizo con Jesús. Por eso, a Jesús se le llama a menudo en los Evangelios "el hijo del carpintero". (Mt 13,55) Más que ningún otro, San José representa la dignidad del trabajo humano, que es el deber y la perfección del hombre, que ejerce su dominio sobre la Creación, prolonga la obra del Creador, ofrece su servicio a la comunidad y contribuye al plan de salvación. José ama su trabajo. Como hombre de fe, supera el cansancio y lo eleva a la práctica de la virtud; como no aspira a la riqueza y no envidia a los ricos, siempre conserva la paz: el trabajo para él no es un medio de satisfacer la ambición, sino sólo un medio de sustento para su familia. En fin, como se prescribe a los judíos, el sábado observa el descanso semanal y participa en las celebraciones (religiosas). (Lc 2,22-28; 41-50).


La fiesta de San José Obrero

Fue establecida oficialmente por Pío XII el Primero de mayo de 1955 para ayudar a los trabajadores a no perder el sentido cristiano del trabajo. Precedentemente, (el 8 de diciembre de 1870), Pío IX ya había reconocido de alguna manera la importancia de San José como trabajador cuando lo proclamó Patrono de la Iglesia universal. (Hace justamente 150 años). El principio del trabajo como medio de salvación eterna fue también retomado por Juan Pablo II en su Encíclica Laborem Exercens, en la que lo llamó "el Evangelio del trabajo". Se dice que incluso el Cardenal Roncalli - el news.vauturo Juan XXIII - elegido como sucesor de san Pedro, motivado por su devoción al padre adoptivo de Jesús, habría pensado en llamarse José. Finalmente, también muchos otros santos, fueron grandes devotos de San José, como Santa Teresa de Ávila.


Fuente: Vaticannews.va/es

miércoles, 22 de abril de 2026

San Agustín: Meditaciones - Capìtulos 40 y 41.

 



MEDITACIONES

Traductor: P. TEODORO CALVO MADRID

Libro único

Capítulo 40. RECOMENDACIÓN DE SÍ MISMO

Señor Dios omnipotente, Dios trino y único, que estás en todas las cosas y que existes antes de todas, y que estarás siempre en todas; Dios bendito por los siglos, te recomiendo hoy y por siempre mi alma y mi cuerpo, y todos los órganos por los cuales veo, oigo, gusto, huelo y toco; te encomiendo todos mis pensamientos y mis aflicciones, mis palabras y mis acciones, todo lo que está fuera de mí y todo lo que está en mí, como mis sentimientos, inteligencia, mi memoria, mi fe, mi creencia en ti, mi perseverancia; todo lo pongo, Señor, en tus manos, para que te dignes conservarlo día y noche, en todas las horas y en todos los momentos.

Escucha mi plegaria, oh Trinidad Santa, y líbrame de todo pecado, de todo escándalo, de todo pecado mortal, de todas las insidias y emboscadas de los demonios y de los enemigos visibles e invisibles. Te lo pido por las oraciones de los patriarcas, por los méritos de los profetas, por el sufragio de los apóstoles, por la constancia de los mártires, por la fe de los confesores, por la castidad de las vírgenes y por la intercesión de todos los santos que fueron aceptos a ti, desde el comienzo del mundo. Arroja de mí la jactancia de la mente, y aumenta la compunción de mi corazón; rebaja mi soberbia, e inspírame la verdadera humildad. Concédeme el don de lágrimas, y ablanda mi corazón, más duro que el pedernal. Líbrame, Señor, de las trampas de mis enemigos, y otórgame la gracia de ser siempre fiel a tus mandamientos, y enséñame a hacer únicamente tu voluntad, porque tú eres mi Dios 169. Concédeme, Señor, un sentido recto y una inteligencia perfecta, para que pueda merecer toda la grandeza de tu bondad. Haz que te pida lo que te es agradable a ti, oh Dios, y útil para mi salvación. Otórgame la gracia de derramar lágrimas sinceras, y haz que sólo te pida lo que tú me puedes conceder. Si tú me rechazas pereceré; si me miras viviré; si buscas en mí la justicia, seré un muerto maloliente, si me miras con ojos de misericordia, cualquiera que sea mi grado de corrupción, me harás salir del sepulcro. Quita de mí lo que odias en mí, inspírame el espíritu de castidad y de continencia, para que nada te ofenda de lo que yo puedo pedirte. Líbrame de todo lo nocivo para mi salvación, y concédeme todo lo conveniente para la misma. Concédeme, Señor, la medicina, con la que se pueden curar mis heridas. Dame, Señor, tu temor, la compunción del corazón, la humildad de la mente y la conciencia pura. Haz que siempre esté animado de una verdadera caridad fraterna, y que recordando mis propias faltas no indague las faltas de otros. Perdona a mi alma; perdón por mis extravíos, perdón por mis pecados, perdón por mis crímenes. Ven a robustecer mi debilidad, a curar mis enfermedades, a sanar mis males, y a devolverme la vida. Concédeme, Señor, un corazón que te tema, una mente que te ame, una inteligencia que te comprenda, unos oídos que te oigan. Ten piedad de mí, Señor, ten piedad de mí. Desde lo alto de tu morada mírame benignamente, y disipa las tinieblas de mi espíritu con un rayo de tu eterno resplandor. Otórgame la gracia de poder distinguir el bien del mal, y de estar siempre vigilante y atento en la elección que he de hacer. Te pido, Señor, el perdón de mis pecados, y te suplico que me concedas esa gracia en el nombre del único que me puede ayudar en el tiempo de mi aprieto y de mi angustia.

Virgen santa e inmaculada, María, madre de Dios, dígnate interceder por mí ante aquel del que tú mereciste ser templo. San Miguel, San Gabriel, San Rafael, santos coros de los ángeles, de los arcángeles, de los patriarcas, de los profetas, de los apóstoles, de los evangelistas, de los mártires, de los confesores, de los sacerdotes, de los levitas, de los monjes, de las vírgenes y de todos los justos: en el nombre de quien os eligió y de cuya contemplación disfrutáis me atrevo a pediros que os dignéis interceder ante Dios por un miserable pecador para que pueda escapar de las fauces del demonio dispuesto a devorarme, y para que merezca ser librado de la muerte eterna. Dígnate, Señor, según tu clemencia y tu benignísima misericordia, concederme la vida perpetua.

Oh Señor Jesucristo, haz que la concordia y la unión reinen entre los sacerdotes. Concede la paz y la tranquilidad a los reyes, a los obispos, a los príncipes de la tierra que juzgan con equidad o justicia. Te ruego también, Señor, por toda la santa Iglesia católica, por los hombres y por las mujeres, por los religiosos y los seglares, por todos los gobernantes de los pueblos cristianos, por todos los creyentes que trabajan por tu amor, a fin de que obtengan la gracia de perseverar en la práctica del bien. Señor, rey eterno, concede a las vírgenes la castidad, a los consagrados a Dios la continencia, la santidad de la vida a los casados, el perdón a los penitentes, el sustento a los huérfanos y a las viudas, la protección a los pobres. Concede a los peregrinos el retorno a la patria, el consuelo a los que lloran, el descanso eterno a los fieles difuntos, a los navegantes la llegada al puerto de la salvación. Otorga a los perfectos la gracia de perseverar en la perfección, a los imperfectos el hacerse mejores, a los que viven todavía en el crimen y en la iniquidad que se corrijan prontamente. Oh dulcísimo y piadosísimo Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo y Redentor del mundo, confieso que soy el más grande y miserable de todos los pecadores; pero tú, Padre omnipotente, cuya misericordia es infinita y que te muestras compasivo con todos los hombres, no permitas que sea yo el único que se vea privado de los efectos de tu misericordia. Y tú, santa e indivisible Trinidad, que eres siempre y en todas partes el solo y mismo Dios, haz que mi alma te tema y te ame por encima de todo, y que no tenga más voluntad que la tuya. Sobre todo eres tú, Padre omnipotente, bendito y glorioso en todos los siglos, a quien yo imploro a favor de todos los que se acuerdan de mí en sus oraciones, o se recomiendan a las mías, por más indignas que éstas sean; te ruego por todos aquellos a cuyo celo o caridad debo algún servicio, por los vinculados a mí por la sangre y por la amistad, tanto vivos como difuntos; concédeles a todos tu misericordia y ser preservados de la perdición eterna. Dígnate también conceder tu auxilio a todos los cristianos que todavía peregrinan sobre la tierra, y a los fieles que ya has llamado a ti, concédeles el perdón de sus faltas y el descanso eterno. Te pido también con todas las fuerzas de mi alma, a ti Señor, que eres el Alfa y la Omega (el principio y el fin), que cuando llegue la última hora de mi vida actúes como juez misericordioso y como mi abogado contra las pérfidas acusaciones y trampas del demonio, mi antiguo enemigo, y me hagas partícipe, en tu santo paraíso, de la compañía de los santos y de tus ángeles, oh Dios que eres bendito por los siglos de los siglos. Así sea.

Capítulo 41. ACCIÓN DE GRACIAS Y DESEO ARDIENTE DE AMAR A DIOS

Señor Jesucristo, Redentor mío, mi única misericordia y salvación, yo te alabo y te doy gracias. Aunque esas gracias no corresponden a tus beneficios, y aunque carecen de la devoción y de la unción de tu amor, mi alma te las ofrece humildemente, y aunque no son como debieran ser, te las presento según la medida de mi debilidad. Tú eres la única esperanza de mi corazón, el único apoyo de mi alma, y el único auxilio en mi enfermedad; que tu bondad omnipotente supla los esfuerzos impotentes de mi tibieza y de mi debilidad.

¡Vida mía y único objeto de mis pensamientos y de mis aspiraciones; aunque todavía no he merecido amarte como es mi deber, deseo, por lo menos, amarte tanto como yo puedo hacerlo! ¡Luz de mi alma, tú conoces lo profundo de mi conciencia, porque ante ti están todos mis deseos 170 y si hay en mí alguna buena voluntad es a ti a quien se debe! Si lo que tú inspiras es un bien, oh Señor, como querer amarte es el soberano bien, haz que yo pueda cumplir lo que tú quieres, y haz que sea digno de amar como tú lo ordenas. Te alabo y te doy gracias por el deseo que me inspiraste. Te ofrezco alabanzas y plegarias para que el beneficio gratuito de tu gracia no resulte infructuoso para mí. Termina en mí lo que ya has comenzado, y haz que yo pueda cumplir lo que, previniéndome con tan gran bondad, me has hecho desear. Oh Dios misericordiosísimo, cambia la tibieza de mi corazón en un ferventísimo amor hacia ti.

¡Oh Dios clementísimo, mi plegaria, y el recuerdo y la meditación de tus beneficios no tienen otra finalidad que encender en mí el fuego de tu amor! Tu bondad, oh Señor, me creó de la nada, tu misericordia me purificó del pecado original Pero, después de esa purificación en las aguas bautismales, me sumergí en el fango de otros muchos pecados, y tú me sufriste, me alimentaste y me esperaste con paternal paciencia. Si aguardas a que me corrija de mis faltas, mi alma aguarda también la inspiración de tu gracia para arrepentirse sinceramente de sus inquietudes y para llevar en adelante una vida santa. ¡Oh Dios que me has creado y me has alimentado, y que has sufrido tanto por mí: ven en mi ayuda! Mi alma tiene sed y hambre de ti; a ti te desea, por ti suspira y aspira solamente a ti. Y como un huérfano privado de la presencia de su amantísimo padre, le llora sin cesar y abraza ardientemente su faz querida, así también yo pensando en tu pasión, Señor, y recordando los golpes, bofetadas y demás ultrajes sufridos por mí, así como tus heridas y tu muerte sobre la cruz, tu cuerpo embalsamado y depositado en el sepulcro, tu gloriosa resurrección, tu admirable ascensión a los cielos, y todas las cosas que creo con inquebrantable fe, derramo lágrimas abundantes y gimo en este destierro que me separa de ti. Mi único consuelo está en tu segundo advenimiento, que deseo ardientemente para contemplar la gloria de tu rostro.

¡Ay de mí que no pude ver al Señor de los ángeles, rebajándose al nivel de los hombres para elevar a los hombres al rango de los ángeles, cuando Dios ultrajado por los pecadores moría para darles la vida! ¡Pobre de mí que no pude presenciar ni llenarme de estupor ante esa escena de inestimable piedad y amor! ¿Por qué, oh alma mía, no pudiste estar presente, y sentir el más vivo dolor viendo el costado de tu Salvador atravesado por la punta de la lanza, contemplando los pies y las manos de quien te creó, atravesados por clavos, y mirando cómo la sangre manaba abundantemente del divino cuerpo de tu Redentor? ¿Por qué no te embriagaste de lágrimas amargas, cuando él fue abrevado con amarguísima hiel? ¿Por qué no participaste del dolor de esa virgen tan pura, tan santa, dignísima Madre de Dios, y benignísima Madre nuestra? Oh Señora mía misericordiosísima, ¿qué lágrimas manarían de tus castos ojos cuando veías a tu inocente Hijo único, atado, flagelado y crucificado en presencia tuya? ¡Cuán abundantes y amargas serían las lágrimas que inundarían tu rostro, a la vista de ese Hijo amadísimo, tu Dios y tu Señor, limpio de todo pecado, y sin embargo colgado en la cruz, y con la carne recibida en tu seno tan cruelmente desgarrada por los impíos! ¡Qué suspiros y qué sollozos saldrían de tu pecho, cuando desde lo alto de la cruz te dijo señalando a su discípulo: Mujer, he ahí a tu hijo, y luego dijo al discípulo: He ahí a tu madre 171! ¡Recibiste entonces al discípulo en lugar del Maestro, y al siervo en lugar del Señor! ¡Ojalá con el feliz José hubiese podido yo bajar a mi Señor de la cruz, embalsamar tu divino cuerpo, depositarlo en el sepulcro o al menos acompañarlo hasta el lugar de la sepultura, testimoniando de ese modo mi amor y mi profundo respeto por tan precioso y excelente muerto! ¡Pluguiera a Dios que yo hubiera estado entre las piadosas mujeres, lleno de pavor a la vista de los ángeles, que brillaban con un celeste resplandor y que anunciaban, oh Señor, tu gloriosa resurrección! ¡Cuán grandes hubieran sido mi gozo y mi consuelo al escuchar esa noticia tan vivamente esperada y deseada con tan grande ardor! ¡Ojalá hubiera yo escuchado de la boca de los ángeles estas palabras: No temáis; buscáis a Jesús crucificado; resucitó, no está aquí! 172 Oh Jesús benignísimo, suavísimo y serenísimo, ¿cuándo me compensarás por no haber sido testigo de la bienaventurada incorruptibilidad de tu cuerpo, por no haber cubierto con besos los lugares de tus heridas, y las marcas de los clavos que atravesaron tus manos y tus pies, por no haber regado con lágrimas de júbilo esas señales incontestables de la verdad de tu cuerpo?

Oh Jesús admirable, inestimable e incomparable, ¿cuándo me consolarás y pondrás fin a mi dolor?, pues mi dolor es indecible mientras peregrino lejos de mi Señor. ¡Ay de mí, ay de mi alma, Señor; te apartaste de mí tú que eras el consolador de mi vida, sin despedirte ni siquiera de mí! Cuando subiste al cielo, antes de abandonar a tus discípulos, les diste tu bendición, y yo no estuve presente. Elevadas las manos, ascendiste al cielo sobre una nube 173, Y yo no lo vi. Los ángeles prometieron que volverías un día y yo no los oí.

¿Qué diré? ¿Qué haré? ¿Adónde iré? ¿Dónde buscaré al que amo y dónde podré encontrarlo? ¿Quién dirá a mi amado que languidezco de amor por él? Terminó la alegría de mi corazón y mi risa se convirtió en llanto. ¡Mi alma y mi cuerpo desfallecieron, oh Dios de mi corazón, y mi única herencia por toda la eternidad! Mi alma rehúsa toda consolación que no venga de ti, Señor Dios, único que puedes endulzar mis penas. Y sin ti, oh Dios mío, ¿qué son para mí el cielo y la tierra? A ti solamente quiero, en ti sólo espero, solamente te busco a ti. A ti te dijo mi corazón: He buscado la belleza de tu rostro, Señor; la buscaré siempre, y tú no apartes nunca tu vista de mí. Oh amador benignísimo de los hombres, a ti está encomendado el pobre, y tú serás el auxilio del huérfano. Mi defensor más seguro, compadécete de este huérfano abandonado; ya no tengo padre, y mi alma vive desolada como una viuda. Recibe las lágrimas que mi alma derrama como una esposa privada de su esposo, y como un huérfano que ha perdido a su padre; recibe esas lágrimas que ella te ofrece hasta que vuelvas a su lado. Dígnate presentarte ante mi alma, me sentiré consolado; que yo te vea y seré salvado. Muéstrame tu gloria, y mi gozo será perfecto 174. Mi alma tiene sed de ti, Señor, y mi carne siente de diversos modos ese mismo deseo. Mi alma sedienta suspira por Dios, fuente de agua viva; ¿cuándo vendré y apareceré ante la faz de mi Dios? 175 ¿Cuándo vendrás a mí, mi único consolador al que estoy aguardando? ¿Cuándo podré verte, único objeto de mis deseos y de mi gozo? ¿Cuándo podré saciarme con la contemplación de tu gloria 176, de la que estoy hambriento? ¡Oh, si me pudiera embriagar con la abundancia de tu celestial morada por la que suspiro, y con los torrentes de tus delicias de las que estoy sediento! 177 Que mis lágrimas constituyan día y noche mi único alimento, hasta el día en que me digan: aquí está tu Dios 178 y hasta el día en que oiga decir: «alma, aquí está tu esposo». Entretanto, oh Dios mío, que mi alma se alimente sólo de suspiros y de sollozos; que sólo beba sus lágrimas y se reconforte con sus dolores. En ese tiempo vendrá sin duda mi Redentor, porque es bondadoso, y no tardará en llegar porque es piadoso. A él la gloria por los siglos de los siglos. Así sea.

Fuente:


lunes, 13 de abril de 2026

San Agustín: Meditaciones - Capítulos 37, 38 y 39.

 



MEDITACIONES

Traductor: P. TEODORO CALVO MADRID

Libro único
Capítulo 37. ORACIÓN A JESUCRISTO PARA OBTENER LA GRACIA DE VERLO

Señor Jesús, Señor piadoso, Jesús bueno, que te dignaste morir para redimirnos de nuestros pecados, y que resucitaste para nuestra justificación; te ruego por tu gloriosa resurrección que me resucites del sepulcro de todos los vicios y pecados, y que me concedas participar diariamente en la misma resurrección, o liberación de mis pecados, para que así sea digno de participar verdaderamente en tu resurrección gloriosa. ¡Jesús dulcísimo y benignísimo, amantísimo y queridísimo, el más precioso y deseable, el más amable y el más bello; tú subiste a los cielos con triunfo y con gloria, estás sentado a la derecha del Padre! Rey todopoderoso, lleva mi alma al cielo, atráela con el suave olor de tus perfumes, y haz que ayudada y sostenida por ti nunca desfallezca en su peregrinar sobre la tierra. Los labios resecos de mi alma tienen sed de ti; llévala al torrente de tus delicias para que goce de una saciedad eterna. Llévala hacia ti, fuente viva, para que apague su sed, en la medida de lo posible, en las aguas que producen vida y salvación eterna. Pues tú mismo dijiste con tu santa y bendita boca: Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beba 134. ¡Oh fuente de vida, concede a mi alma sedienta beber siempre de ti, para que según tu promesa santa y veraz fluyan aguas vivas del centro de mi corazón! 135 Fuente de vida, llena mi mente con el torrente de tus delicias, y embriaga mi corazón con la sobria ebriedad de tu amor, a fin de que olvidado de las cosas vanas y terrenas, solamente te recuerde a ti, según lo que está escrito: Me acordé de Dios y mi alma se llenó de alegría  136.

Concédeme el Espíritu Santo, significado en aquellas aguas que prometiste dar a los que tuvieran sed. Que mi único objetivo y mi único deseo consistan en llegar a esa morada celestial, donde nos dice la fe que tú mismo ascendiste cuarenta días después de tu resurrección, a fin de que mientras mi cuerpo está todavía sujeto a la miseria presente, mi espíritu esté todo entero contigo en pensamientos y en deseos, y mi corazón esté junto a ti, mi único tesoro, único deseable, único incomparable, único digno de mi más ardiente amor. En el inmenso diluvio de esta vida, donde somos constantemente combatidos por las tempestades que nos rodean por todas partes, no encontramos ningún puerto seguro, ni ningún lugar elevado donde la paloma pueda posarse sin miedo. En ninguna parte hay paz segura ni reposo tranquilo, sino que en todas partes hay guerras y litigios y enemigos; fuera de nosotros sólo hay combates, y dentro de nosotros temores.

Como por la parte del alma pertenecemos al cielo, y por la del cuerpo a la tierra, nuestro cuerpo corruptible hace sentir su peso sobre nuestra alma. Y mi alma que no siente mucho afecto por mi cuerpo, del que es compañera, languidece y cae agotada de fatiga en los caminos donde se encuentra extraviada. Las vanidades del mundo donde vive la han llenado de heridas. Tiene hambre y sed, y yo nada puedo ofrecerle, porque yo mismo soy pobre y estoy obligado a mendigar mi propio alimento. Pero tú, Señor, Dios mío, eres la fuente inagotable de todos los bienes, y distribuyes con generosidad los alimentos de la patria celestial; concede, pues, a mi alma fatigada el alimento que necesita, devuélvela al buen camino y cura sus heridas. He aquí que está delante de la puerta, y llama con insistencia: ábrela con mano misericordiosa, te lo ruego por las entrañas de tu misericordia, que te hizo descender del cielo a la tierra; mándala que entre y se acerque a ti, repose en ti, se alimente de ti, oh pan celestial de vida y de salvación, a fin de que este alimento divino le devuelva su vigor y su fuerza y pueda así elevarse hasta el cielo, y desde el fondo de este valle de lágrimas sea llevada por las alas de sus piadosos deseos hasta los gozos eternos del paraíso.

Te ruego, Señor, que des a mi espíritu alas como de águila, a fin de que pueda alzar el vuelo y llegar, sin pararse, hasta tu espléndida morada y hasta la mansión de tu gloria. Que allí, en tus abundantes pastos y junto a las aguas abundosas, saboree en la mesa de los ciudadanos de la patria celestial los alimentos reservados para tus elegidos. ¡Oh Dios mío, descanse en ti mi corazón, que es como un ancho mar agitado por las tempestades! Tú que imperaste a los vientos y el mar, e hiciste surgir una gran tranquilidad 137, ven y camina sobre el oleaje de mi corazón, para que todo en mí se vuelva tranquilo y sereno, de modo que yo te pueda poseer como a mi único bien, y contemplarte como la luz de mis ojos, sin turbación y sin oscuridad. Que mi alma, oh Dios mío, liberada de los tumultuosos pensamientos de este siglo, se acoja a la sombra de tus alas y encuentre a tu lado un lugar de refrigerio y de paz, donde exultante de alegría clame con el profeta: En la paz de mi Dios dormiré y descansaré 138. Que mi alma, oh Dios mío, se duerma, y que en ese sueño pierda la memoria de todo lo que está debajo del cielo, y solamente se despierte para pensar en ti, según lo que está escrito: Yo duermo, y mi corazón vela 139. El alma sólo puede tener paz y seguridad, oh Dios mío, bajo las alas de tu protección. Que permanezca siempre en ti, y que sea calentada por tu divino fuego. Haz que se eleve sobre sí misma, que te contemple y que cante tus alabanzas con transportes de júbilo. Que estos deleitosos dones tuyos constituyan mi consuelo en las tormentas de esta vida, hasta que llegue a ti, que eres la paz verdadera, y donde no hay arcos, ni escudos, ni espadas, ni guerras, sino solamente suma y verdadera seguridad, tranquilidad segura, seguridad tranquila, felicidad alegre, eternidad feliz y bienaventuranza eterna, y visión bienaventurada de ti, y alabanza tuya por los siglos de los siglos. Así sea.

Oh Cristo Señor, poder y sabiduría del Padre, que pones en las nubes tu morada, y que caminas sobre las alas de los vientos, que haces de tus ángeles espíritus y ministros tuyos del fuego abrasador, te ruego y te suplico insistentemente que me concedas las ágiles plumas de la fe y las veloces alas de las virtudes, con las que pueda elevarme a la contemplación de las cosas celestiales y eternas. Se una, te lo suplico, mi alma a ti, y me reciba tu mano derecha. Me eleve sobre las cimas más altas de la tierra, y me nutra con los alimentos de la herencia celestial, por los que suspiro día y noche durante mi triste exilio sobre esta tierra, en el que mis miembros mortales quitan a mi alma todo su vigor y fuerza.

Dios mío, líbrame de las tinieblas y del peso de esta carne terrestre. Detén a mi alma errante, que se aparta sin cesar del único camino que conduce a ti. Concédele la gracia de elevarse hasta tu celeste morada, para que iluminada por los rayos de tu luz divina desprecie las cosas terrestres, aspire a las cosas del cielo, odie el pecado y ame la justicia. Pues ¿qué hay más grande y más dulce, en medio de las tinieblas y de las amarguras de esta vida, que suspirar sin cesar por las delicias infinitas de la bienaventuranza eterna, y preocuparse únicamente de los medios para llegar allí donde ciertamente podremos disfrutar de los gozos eternos?

¡Oh Dios dulcísimo y benignísimo, amantísimo y queridísimo, el más precioso y el más deseable, el más amable y hermoso!, ¿cuándo llegaré a verte? ¿Cuándo apareceré ante tu presencia? ¿Cuándo me saciaré de tu belleza? ¿Cuándo me sacarás de esta cárcel tenebrosa, para bendecir y confesar tu nombre, sin tener que arrepentirme de mis faltas? ¿Cuándo llegaré a tu magnífica y maravillosa morada, en cuyos tabernáculos los justos celebran sin cesar tu gloria con cánticos de gozo y de triunfo? Bienaventurados los que habitan en tu casa, Señor, porque te alabarán por los siglos de los siglos 140. Felices y realmente felices los que tú has elegido, y que ya tienen parte en esa herencia celestial, Tus santos, oh Dios, florecen ante tus ojos como los lirios. Están llenos de la abundancia que reina en tu morada, y beben del torrente de tus delicias 141, porque tú eres, oh Señor, la única fuente de vida. Ven ya la luz en tu luz, hasta el punto de que ellos mismos convertidos en luz, que de ti solo recibe su resplandor, brillan como soles en tu presencia. ¡Cuán admirables, cuán hermosos y deliciosos son los tabernáculos de tu mansión! Mi alma, aunque manchada por el pecado, sólo desea llegar hasta allí, porque yo, oh Señor, he amado siempre la belleza de tu casa y el lugar en que reside tu gloria 142. Sólo te pido una cosa, Señor: habitar en tu casa todos los días de mi vida 143.

Como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así mi alma tiene deseo de ti, Dios mío. ¿Cuándo llegaré y cuándo apareceré ante ti, y cuándo veré a mi Dios, del que tiene sed mi alma? 144 ¿Cuándo le veré en la tierra de los vivientes? Pues en esta tierra de muertos no puede ser visto con los ojos mortales. ¿Qué haré, miserable de mí, oprimido por las cadenas de mi mortalidad; qué haré? Mientras vivimos en el cuerpo peregrinamos lejos de Dios 145. Pues no tenemos aquí abajo una ciudad permanente, sino que buscamos la ciudad futura, ya que nuestro derecho de ciudadanía está en los cielos 146. ¡Ay de mí, que mi peregrinación se ha prolongado, y habité con los habitantes de Cedar, y mi alma vivió como extranjera durante largos años!  147¿Quién me diera alas como de paloma, para volar y descansar? 148 Pues para mí nada hay tan dulce como vivir con mi Dios, y es bueno para mí estar unido a Dios 149.

Concédeme, Señor, que mientras viva en este cuerpo frágil, esté unido a ti, según está escrito: Quien está unido a Dios, forma un espíritu con él 150. Concédeme alas para que yo pueda elevarme hasta ti, y contemplarte sin cesar, y como nada hay feliz sobre la tierra, conserva mi alma cerca de ti para que no se hunda en el abismo de este valle de tinieblas. Haz que la sombra de tierra no se interponga entre ella y tú, quitándole la vista de tu sol de justicia, y haz que no la rodeen las tinieblas impidiéndole elevar su mirada a las cosas de arriba.

Mi deseo más ardiente consiste en llegar a ese feliz estado de paz, de gozo y de luz eterna. Sostén mi corazón con tu mano, oh Señor, porque sin tu ayuda no podrá elevarse a lo que está por encima de ella. Tengo prisa de llegar a tu feliz mansión, donde reinan eternamente la paz y una tranquilidad inalterable. Sé tú el apoyo y la dirección de mi espíritu y gobiérnalo según tu voluntad, a fin de que dirigido por ti se eleve a la región de la abundancia, donde alimentas eternamente a Israel con tu santa verdad, y para que al menos con el pensamiento veloz pueda yo llegar hasta ti, suprema sabiduría que preside todas las cosas, y que todo lo conoce y gobierna.

Pero son muchas las cosas que impiden a mi alma volar hacia ti. Oh Señor, acalla todos los ruidos que surgen en mí, y haz callar a mi misma alma. Que mi alma se eleve sobre todo lo creado, y que se eleve sobre sí misma para llegar hasta ti. Haz que en ti solo, oh Creador, fije mi alma los ojos de su fe; y que tú solo seas en adelante el objeto de sus aspiraciones, pensamientos y meditaciones; que te tenga siempre presente ante los ojos y en el fondo de su corazón, como su verdadero y sumo bien y como su gozo interminable. Sin duda que hay muchas contemplaciones de las que un alma devota puede maravillosamente nutrirse, pero no hay ninguna en la que mi alma encuentre tanto sosiego y tanto gozo como en contemplarte a ti solo como único objeto de sus pensamientos. ¡Cuán grande es la abundancia de tu dulzura, oh Señor 151, y cuán maravillosamente inspiras a los corazones de los que te aman! ¡Qué admirable la suavidad de tu amor, del que disfrutan los que fuera de ti nada aman, nada buscan y nada desean pensar! ¡Bienaventurados los corazones de los que tú eres la única esperanza, y cuya única ocupación consiste en dirigirte sus plegarias a ti! Feliz quien en la soledad del silencio vela sobre sí constantemente día y noche, a fin de poder, viviendo todavía en este frágil cuerpo, pregustar tus inefables dulzuras.

Te ruego por las saludables heridas recibidas en la cruz por nuestra salvación y de las que manó la sangre preciosa que nos redimió, que bendigas también mi alma pecadora, por la que te dignaste morir; bendícela con un dardo inflamado y omnipotente de tu inmensa caridad. Porque la palabra del Señor es viva y eficaz y más penetrante que una espada de dos filos 152. ¡Oh flecha escogida entre todas, oh espada agudísima que puedes atravesar con tu poder el duro escudo del corazón humano, atraviesa mi corazón con el dardo de tu amor, para que te diga mi alma: Me has herido con tu amor, de modo que de esa herida de amor manen abundantes lágrimas día y noche!

Atraviesa, Señor, atraviesa mi alma endurecida con el dardo más poderoso de tu amor; atraviésala hasta lo más íntimo de su ser, para que mi cabeza y mis ojos se conviertan en una fuente inagotable de lágrimas. Que el ardiente deseo de contemplar tu belleza les haga derramar lágrimas día y noche, sin que nunca, en esta vida presente, pueda gustar el menor consuelo, hasta el día en que sea digno de verte en tu celestial morada, oh amado y divino esposo, mi Dios y mi Señor; que allí a la vista de tu gloria y de la belleza infinita de tu rostro lleno de dulzura y majestad, pueda adorarte humildemente con todos los elegidos que te aman, y gritar con ellos, lleno de júbilo y de exultación: Lo que deseaba ya lo veo, lo que esperaba ya lo tengo, lo que anhelaba ya lo poseo. Ya estoy unido para siempre en el cielo con aquel a quien amé con todas mis fuerzas viviendo sobre la tierra, y a quien había entregado todo el amor de mi corazón. A quien me adherí con todo mi amor, a ese mismo lo alabo, lo bendigo y lo adoro, pues él es el Dios omnipotente que vive y reina por los siglos de los siglos. Así sea.

Capítulo 38. PLEGARIA EN LA AFLICCIÓN

Ten piedad de mí, Señor: compadécete misericordiosamente; compadécete de este miserabilísimo pecador que tantas cosas indignas ha hecho y tantos males ha merecido padecer, que ha pecado asiduamente, y diariamente ha sido castigado por ti. Considerando lo mucho que he pecado, encuentro que el castigo sufrido es bien ligero en comparación con lo grave de mis faltas. Tú, Señor, eres justo, y todos tus juicios son únicamente justicia y verdad. Justo y recto eres tú, Señor Dios nuestro, y en ti no hay iniquidad. No hay ni injusticia ni crueldad en los castigos que tú infliges a los pecadores, oh Dios omnipotente y misericordioso. Cuando todavía no existíamos, nos sacaste de la nada por tu omnipotencia, y cuando estábamos perdidos por nuestras faltas nos salvaste de la perdición por un admirable efecto de tu benevolencia y de tu caridad. Lo sé y estoy cierto de que no se debe atribuir al azar todo lo que turba y agita nuestra vida, sino que tú solo, oh Señor, eres quien dispones y gobiernas todas las cosas según tus impenetrables designios. Tú solo tienes cuidado de todas las cosas, y cuidas especialmente de tus siervos que han puesto toda su esperanza en tu misericordia. Por eso te ruego y te su plica insistentemente que no me trates según la gravedad de mis pecados, por los que merecí tu ira, sino según la grandeza de tu misericordia, que es superior a todos los pecados del mundo. Tú, Señor, que infliges externamente el castigo, concédeme siempre una indeficiente paciencia interior, a fin de que mi boca no cese nunca de alabarte. Ten piedad de mí, Señor, ten piedad de mí, y ayúdame en todo lo que sabes que es útil a mi cuerpo y a mi alma. Tú que sabes todas las cosas, tú que todo lo puedes, y tú que vives por los siglos de los siglos. Así sea.

Capítulo 39. ORACIÓN A DIOS LLENA DE TEMOR Y DE CONFIANZA

Señor Jesús, Hijo del Dios vivo, que habiendo extendido los brazos en la cruz bebiste el cáliz de la pasión para redimir a todos los hombres: dígnate concederme hoy tu auxilio. He aquí que vengo pobre y falto de todo a ti que eres rico y misericordioso, haz que no me tenga que apartar vacío y despreciado. Obligado por la necesidad comienzo a buscarte; no me rechaces. Vengo a ti lleno de hambre, no me despidas sin haberme saciado, y ya que he deseado tanto el alimento celestial, haz que pueda saborearlo después de tantos suspiros. Ante todo, oh dulcísimo Jesús, confieso y reconozco mi iniquidad ante la grandeza de tu suavidad. Porque fui concebido y nací en el pecado, y tú me lavaste y me santificaste, y posteriormente todavía me manché con mayores faltas. Pues fue necesario que naciera en el mal, pero después yo me sumergí en el voluntariamente. Fiel a tu divina misericordia, me sacaste de la casa de mi padre carnal y de en medio de los pecadores para inspirarme el deseo de seguirte con la generación de los que buscan tu presencia. Siguen el camino del bien, moran entre los lirios de la castidad, y se sientan contigo en el cenáculo de la más perfecta pobreza. Pero yo, ingrato, olvidado de la multitud de tus beneficios, apenas había comenzado a caminar por la vía de la santidad, cuando caí en más pecados y crímenes que los cometidos antes, y en lugar de tratar de borrar mis pecados no hice más que acumular unos sobre otros. Estos son los males con los que deshonré tu santo nombre y con ellos manché mi alma que tú habías creado a tu imagen y semejanza 153. Con la soberbia, con la vanagloria y con otros mil pecados semejantes nunca cesé de afligir, desgarrar, destruir mi pobre alma. Y he aquí, Señor, que mis iniquidades, como olas encrespadas, sobrepasaron mi cabeza, y acumuladas unas sobre otras me oprimieron con su ingente peso 154. Y si tú, Señor Dios mío, del cual es propio perdonar y compadecerse, no me tiendes la mano auxiliadora de tu majestad, me sumergiré miserablemente en lo más profundo del abismo.

Atiende, Señor, y mírame, porque tú eres santo; mira cómo me insulta mi enemigo diciendo: Dios le abandonó, le perseguiré y le atraparé, porque no hay quien le libre 155. Y tú, Señor, ¿hasta cuándo me dejarás en este estado? 156 Vuélvete hacia mí: libra mi alma, y sálvame por tu misericordia. Compadécete de tu hijo, al que diste a luz con tanto dolor. Que la vista de mis pecados no te haga olvidar tu infinita bondad. ¿Qué padre no se esforzaría por librar a su hijo del peligro? ¿O a qué hijo no le corrige su padre sus faltas con el báculo de la piedad? Así pues, Padre y Señor mío, aunque pecador, no dejo de ser hijo tuyo, porque tú me hiciste y me redimiste. Castígame en proporción de mis pecados, y después de haberme corregido como merezco, entrégame a tu Hijo Jesucristo. ¿Acaso puede olvidarse la madre del hijo de sus entrañas? Y aunque ella, oh Padre, se olvidara, tú prometiste no olvidarte 157. Pero yo elevo mi voz y no me escuchas; estoy destrozado por el dolor y no me consuelas. ¿Qué diré o qué haré, miserable de mí? En lugar de consolarme, incluso me rechazas de tu presencia 158. ¡Ay de mí, qué bien supremo he perdido, y en qué abismo de males he caído! ¡A dónde quería ir, y dónde he ido!, ¡en qué estado me encuentro en comparación de aquel en que debería estar! ¿Cuál era el objeto de mis aspiraciones, y por qué puedo yo ahora suspirar? Buscaba el bien, y he encontrado la turbación. Me muero, y Jesús no está conmigo. ¿No sería para mí mejor dejar de existir, que existir sin Jesús? ¿No valdría más dejar de vivir que vivir sin aquel que es la vida?

¿Y dónde, oh Señor Jesús, están tus antiguas misericordias? ¿Es que tu cólera contra mí no va a tener fin? 159 Aplácate, te lo ruego, y ten piedad de mí, y no apartes de mí tu rostro 160, porque para redimirme no apartaste tu cara de los que te increpaban y te llenaban de salivazos 161. Confieso que pequé, y mi conciencia me dice que merezco la condenación, y sé que mi penitencia no basta para la satisfacción. Pero la fe me enseña que tu misericordia sobrepasa nuestras ofensas. No me juzgues, Dios piísimo, según mis faltas, y no entres en juicio con tu siervo 162; por el contrario, borra mi iniquidad según la grandeza de tus misericordias 163. ¡Ay de mí, miserable, cuando llegue el día del juicio, cuando sean abiertos los libros de todas las conciencias, y cuando se diga de mí: He aquí las obras de este hombre! ¿Qué haré yo entonces, Señor Dios mío, cuando los cielos revelen todas mis iniquidades, y cuando la tierra se levante contra mí? Nada podré responder, sino que tendré que estar delante de ti, temeroso y confuso, con la cabeza baja por la confusión. Miserable de mí, ¿qué podré decir en defensa mía? Gritaré hacia ti, Señor mi Dios, porque el silencio sería mi ruina. Sin embargo, si hablo no disminuirá mi dolor, y si me callo mi corazón será destrozado por la amargura. Llora, pues, alma mía, llora como una joven viuda sobre el esposo que ha perdido. Lanza gemidos y gritos de desesperación por haber sido abandonada por Jesucristo, tu celestial esposo.

¡Oh ira del omnipotente, no caigas sobre mí, porque eres demasiado grande para mi debilidad, y mi entero ser no podría soportarla! Ten piedad de mí, Señor, y no me dejes caer en la desesperación, sino que, por el contrario, concédeme que respire lleno de esperanzas. Si yo cometí faltas que merecen que me condenes, tú posees en tu misericordia los medios para salvarme. Tú, oh Señor, no quieres la muerte de los pecadores, ni te alegras viéndolos morir en el crimen 164, sino que, por el contrario, para que los muertos vivieran aceptaste tú la muerte, y tu muerte acabó con la muerte de los pecadores. Así pues, si con tu muerte les devolviste la vida, no me dejes morir tú, cuya vida es eterna. Tiéndeme desde lo alto de los cielos tu mano auxiliadora, y líbrame del poder de mis enemigos. No permitas que se gocen sobre mí y digan: Le hemos devorado 165. ¿Quién podrá alguna vez, oh buen Jesús, desconfiar de tu misericordia? Cuando éramos tus enemigos nos redimiste con tu sangre, y nos reconciliaste con Dios 166. He aquí que protegido por la sombra de tu misericordia me presento ante el trono de tu gloria pidiendo perdón. Clamaré y llamaré a tu puerta, hasta que tengas piedad de mí. Si tú nos llamaste a la gracia del perdón cuando no te lo pedíamos, ¿podrás negárnoslo ahora cuando te lo pedimos con tanto ardor?

No recuerdes, oh Jesús dulcísimo, tu justicia contra este pecador; recuerda, por el contrario, tu benignidad hacia esta criatura tuya. Olvida la ira contra el culpable, y ten piedad del desventurado. Olvida la soberbia que sólo puede irritarte, y mira sólo en mí al miserable que te implora. Pues quien dice Jesús, dice Salvador. Levántate, pues, oh Jesús, para venir en mi ayuda, y di a mi alma: Yo soy tu salvación 167. Mucho confío, Señor, en tu bondad, porque tú mismo me enseñas a pedir, buscar y llamar 168. Instruido por tus palabras vengo a pedir, buscar y llamar. Pero tú, oh Señor, que nos ordenaste pedir, dígnate acoger nuestra petición; tú que nos aconsejaste buscar, haz que nuestra búsqueda no resulte vana; tú que nos enseñaste a llamar, ábrenos cuando llamamos. Fortifícame, porque soy débil, devuélveme al buen camino, porque estoy perdido, resucítame, porque estoy muerto. Dígnate según tu beneplácito dirigir y gobernar todos mis sentidos, pensamientos y acciones, para que sólo te sirva a ti, para que sólo viva para ti, y para que me entregue enteramente a ti. Tú eres el Creador, y por eso me debo a ti. Sé que te dignaste redimirme y te hiciste hombre por mi salvación, y por eso, si lo tuviera, te debería dar algo superior, porque tú eres mayor que aquel por quien te entregaste a ti mismo. Pero yo no puedo ofrecerte más que a mí mismo, e incluso lo que tengo, sólo te lo puedo ofrecer mediante el auxilio de tu gracia. Recíbeme, pues, y atráeme hacia ti, a fin de que sea enteramente tuyo por la obediencia y por el amor, como yo lo soy por mi naturaleza, oh Dios, que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Fuente: Augustinus.it