lunes, 13 de mayo de 2013

Apariciones de la Virgen de Fátima: 13 de mayo.



APARICIONES DE FÁTIMA: cuando María quiso abreviar el dolor al mundo, pero no fue escuchada.

Historia de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima

Cova de Iría, Fátima, Portugal

La Virgen María, vestida del sol, en su máximo esplendor, se aparece a tres pastorcitos en seis oportunidades, ante multitudes crecientes de testigos.

Realiza revelaciones sobre castigos divinos que caerán sobre la humanidad si ésta no se arrepiente y convierte, y anuncia el triunfo final del Inmaculado Corazón de María.El 13 de octubre de 1917, en su última aparición, setenta mil testigos presencian un hecho conocido a partir de allí como “el milagro del sol”.Fátima marca claramente un cambio de rumbo en la historia de la humanidad.

No puede entenderse Fátima si no se la interpreta como la materialización de lo anunciado en el libro del Apocalipsis, capítulo 12, escrito por San Juan Evangelista, a partir de visiones que tuvo durante su estancia en la isla griega de Patmos.

Allí se anuncia que “en ese tiempo una gran señal aparecerá en el cielo: Una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre Su cabeza. Está por dar a luz.”.

Fátima es un hito que señala una intervención más cercana de María en estos tiempos que vive el mundo, y a la cercanía del retorno de Jesús en Gloria, representado allí como Su segundo nacimiento, nuevamente en María, Su amada Madre.

¿El momento?

1917 es un momento muy especial para la humanidad. Gran parte del mundo civilizado sufre la primera guerra mundial, mientras el comunismo realiza su primer gran conquista práctica: alcanza el poder en Rusia a partir del éxito de la revolución bolchevique. Si se analiza una vez más Apocalipsis 12, allí también veremos el anuncio de otra señal en la tierra: la llegada de un “gran dragón rojo, que tratará de devorar a su Hijo en cuanto la Mujer diera a luz”.

En varias apariciones María ha aclarado que el dragón rojo es una representación Bíblica del comunismo ateo, que arrastra a millones de almas a la negación de Dios, e intenta poner a la humanidad de espaldas a Jesús, en los momentos previos a su retorno en Gloria.

1917 marca entonces un año muy especial por el doble acontecimiento: la venida de la Mujer vestida del Sol, en Fátima, y la llegada del dragón rojo al mundo, con el comunismo tomando el control de una de las mayores naciones de la tierra.

¿Los videntes?

Tres jóvenes pastorcitos: dos hermanos de 9 y 7 años, Francisco y Jacinta Marto, y su prima de 10 años, Lucia Dos Santos. En un Portugal rural, pobre y alejado, configuraban la más total ausencia de conocimiento teológico o histórico sobre el mundo, la Iglesia o aún sobre la propia existencia del Papa.

María opta por almas pobres y desprovistas, de tal modo de resaltar la magnitud de su Presencia, buscando solo pureza y humildad en sus instrumentos elegidos.

Los niños sufrieron persecución política durante las apariciones, siendo secuestrados por la autoridad política mas cercana (Portugal sufría una dictadura en esa época), y recibieron la amenaza de ser hervidos en un caldero de aceite, en caso de no confesar los mensajes secretos que les entregara la Virgen. Ante la valiente negativa de los niños, durante tres largos días, fueron liberados y enviados nuevamente a sus hogares.

En la primera aparición, María anuncia que Jacinta y Francisco se irían rápidamente con ella al Cielo (ambos fallecieron poco tiempo después, luego de sufrir penosas enfermedades), mientras Lucía iba a permanecer "un tiempo más", para difundir la devoción al Corazón Inmaculado de María en todo el mundo. Lucía falleció finalmente el 13 de febrero de 2005, a los 97 años de edad, corroborando una vez más que los tiempos de Dios no son nuestros tiempos.

¿Los testigos?

En las seis oportunidades en que María se presentó a los niños, empezando el 13 de mayo de 1917 y culminando el 13 de octubre del mismo año, se fueron acercando en cantidad creciente testigos deseosos de ver a María. En la ultima aparición, setenta mil personas acompañaron a los niños en su diálogo final con nuestra Madre Celestial.

Durante las apariciones, mientras los pastorcitos dialogaban con la Madre Celestial, los testigos veían una nube sobre la pequeña encina en la que se posaba María. También sentían un sonido peculiar, como un leve zumbido, y veían como se arqueaban las ramas del árbol ante el peso de algo que era invisible para ellos.

María anunció a los videntes que en su  última aparición, del 13 de octubre, daría una prueba de Su Presencia. Y así fue: los setenta mil asistentes presenciaron el milagro del sol, el que fue visto desde distancias de hasta cuarenta kilómetros de la Cova de Iría.

¿Hubo antecedentes previos?

En 1915 los pastorcitos habían tenido, mientras cuidaban a sus ovejas, la aparición de un Angel, que se presentó como el Angel de La Paz, y les enseñó una oración para que la repitan con él:

“Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman”.

Luego se apareció dos veces más, presentándose como el Angel de la Guarda, el Angel de Portugal. Les enseñó el resto de la oración, dándole la Eucaristía a Lucía (que ya había recibido la Primera Comunión) y de beber el Cáliz a Jacinta y Francisco.

A partir de esta experiencia, los niños empezaron una activa vida de oración, de penitencia y sacrificios en expiación de los pecados del mundo.

¿De qué manera se manifestó María a los niños?

Durante la tarde del domingo 13 de mayo de 1917, mientras los niños pastaban a su rebaño, vieron un relámpago en un día de pleno sol. Mientras llevaban a sus ovejas a un lugar protegido observaron a muy  corta distancia, sobre una encina de poco más de un metro de altura, una nube sobre la que estaba parada una hermosa Mujer, con un vestido de luz, y un resplandor que parecía provenir del mismo sol. Tenía sus manos en posición de oración, mientras pendía de las mismas un Rosario de cuentas brillantes como perlas, y una Cruz pequeña plateada. Lucía y Jacinta podían verla y oírla, mientras Francisco solo podía verla. La Virgen en un momento abrió sus manos, saliendo de las mismas una Luz más fuerte que el sol, que los niños entendieron era la Luz del Mismo Dios.

En la primera aparición María les pidió que vuelvan los días trece de cada mes, por seis meses consecutivos, a la misma hora y al mismo lugar. Los niños, culminada la aparición, veían a María elevarse hasta el Cielo, el cual se abría dando cabida a una imagen celestial que se elevaba entre los astros. Luego, todo retornaba a la normalidad en la Cova de Iría.

¿Cuál fue el mensaje entregado por María?

A lo largo de las seis apariciones, nuestra Amadísima Madre Celestial fue entregando una serie de mensajes que cambian el curso de nuestro entendimiento sobre el mundo en que vivimos. Ante todo  hubo varias advertencias al creciente apego al pecado y a la negación de Dios en el mundo moderno.

María advierte sobre la necesidad de orar el Santo Rosario, pedir perdón por los pecados del mundo y orar por la Paz. Nuestra Madre anuncia el fin inminente de la primera guerra mundial, pero advierte que en caso de no convertirse, el mundo enfrentaría pronto una guerra peor aún (fue la segunda guerra mundial, que se inició en 1939).

María les muestra el infierno a los tres niños, que ante el horror miraron a la Virgen con sus rostros demudados. Nuestra Madre Celestial les dijo que para evitar que mucha gente pierda su alma y fuera allí, Dios quería instaurar la devoción al Corazón Inmaculado de María, ya que a través de la misma se podrán salvar a muchas almas (primera parte del mensaje). También advierte sobre el peligro del comunismo ateo, y pide la Consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María, como freno a la difusión del error por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia.

María anuncia  mucho sufrimiento al Papa y a la Iglesia

Finalmente, La Virgen realiza una advertencia: si los hombres no se convierten y arrepienten, ya no podrá detenerse el castigo de Dios a tanta ofensa y traición a su amor. Un gran castigo se abatirá sobre la humanidad, varias naciones serán aniquiladas, habrá guerra, hambre y persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre (segunda parte del mensaje).

¿Cuál es el contenido del tercer mensaje secreto de Fátima?

La Virgen también dio a Lucía la tercera parte del mensaje, pero le pidió que se lo entregue a las autoridades religiosas, para que lo difundan en una fecha que Lucía les comunicó. Varios Papas han leído este tercer mensaje secreto, habiendo sufrido conmoción al hacerlo, y evitando su difusión o conocimiento.

Finalmente, durante el año 2000 la Iglesia difundió oficialmente el tercer mensaje de Fátima. En el mismo se habla del llamado a la penitencia, de persecuciones a la Iglesia, a los religiosos y religiosas, y al mismo Santo Padre, y de mártires de la Iglesia que se generarán en nuestros tiempos. Todo esto fue presentado a los tres pastorcitos en una visión donde María tenía un papel protagónico, como protectora y pastora del mundo en estos tiempos.

De todos modos, la controversia respecto del tercer mensaje de Fátima no se ha agotado, a pesar de la versión oficial que la Iglesia difundió sobre el mismo. Por ejemplo, en el libro del Padre Gobbi la misma Virgen María hace referencias al tercer mensaje, indicando que el mismo se refiere al inminente regreso de Cristo en Gloria y al triunfo del Inmaculado Corazón de María.

¿En qué consistió el milagro del sol?

En su última aparición, se concentraron en la Cova de Iría setenta mil testigos, que deseosos de asistir a la prueba de Presencia Celestial que María había anticipado a los tres niños, soportaron una jornada de fuerte temporal. En medio del lodazal y la lluvia, comenzó la aparición. Cuando la misma estaba por culminar, se abrió el cielo y se vió el sol como un  inmenso disco de plata. A pesar de su brillo intenso podía ser mirado a simple vista.

La multitud lo contemplaba absorta, cuando súbitamente, el astro se puso a bailar. Giró rápidamente como una gigantesca rueda de fuego, se detuvo de repente, y poco después comenzó nuevamente a girar sobre si mismo, a una velocidad sorprendente. Finalmente, en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas direcciones. Estas se reflejaban en el suelo, en los árboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco iris. El disco de fuego giró locamente tres veces, con colores cada vez mas intensos, tembló espantosamente, y describiendo un zigzag descomunal, se precipitó sobre la multitud aterrorizada. Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos cayeron de rodillas en el lodo, pensando que serían consumidos por el fuego.  Esto se pudo ver hasta a cuarenta kilómetros de distancia. Muchos rezaban en voz alta, mientras el sol volvía a su posición normal, retornando la paz al lugar. Sorprendentemente, la ropa empapada por la lluvia y el lodazal del lugar, se habían secado por completo en toda la multitud congregada

¿Qué dijo la Iglesia sobre Fátima?

En los años posteriores a la aparición, se inició un proceso formal de investigación, que culminó en 1930 cuando el Obispo de Leiría aprobó la devoción a la Virgen de Fátima.

Varios Papas han reafirmado y manifestado su devoción a Fátima, siendo quizás Juan Pablo II el Papa que más abiertamente expresó su amor por María, a través de la reafirmación de la importancia del Corazón Inmaculado, que nuestra Madre nos presentó como seguro refugio, en Cova de Iría.

¿Qué efecto produjo Fátima en las décadas siguientes?

María pidió oración del Santo Rosario en su tercera aparición, y agregó la siguiente jaculatoria, para el final de cada misterio:

¨Oh Jesús mío!, líbranos del fuego del infierno, lleva a todas las almas al Cielo, principalmente a las que más lo necesiten¨.

En este pedido se esconde el secreto del Triunfo del Corazón Inmaculado que María anunció: la oración vencerá finalmente al mal, cuando todo parezca perdido.

María nos vino a anunciar crisis en la Iglesia, el mal que el comunismo iba a traer a la Fe, y una advertencia: si el mundo no se convierte, la ira de Dios volcará su Copa (como está escrito en el Apocalipsis) sobre esta empobrecida humanidad. La justicia vendrá finalmente para rescatar a aquellos que manteniéndose en la Fe, el amor y la oración, encuentren en Dios el camino de regreso a la verdadera patria: la Patria Celestial.

ORACION DADA A LOS PASTORCITOS

Oh Dios mío,
yo creo, espero, adoro y os amo.
Y os pido perdón por todos los que 
no creen, no esperan, no adoran
y no os aman. (tres veces)
   
Santísima Trinidad,
Padre, Hijo y Espiritu Santo,
os adoro profundamente,
y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, 
Alma,
Sangre y Divinidad de tu
Amadísimo Hijo,
Nuestro Señor Jesucristo,
presente en todos los tabernáculos 
de la tierra, en expiación por los 
ultrajes, sacrilegios e indiferencias 
con las que Él mismo es ofendido.
   
Y por los méritos infinitos del 
Sagrado Corazón de Jesús y por la 
intercesión del Inmaculado Corazón 
de María, te pido por la conversión 
de todos los pecadores.
  
Amén



Relato de Lucía Dos Santos

LAS APARICIONES DEL ÁNGEL DE LA PAZ - Primera Aparición del Ángel

No recuerdo exactamente los datos, puesto que en aquel tiempo no sabía nada de años, ni de meses, ni tampoco de los días de la semana. Me parece que debe haber sido en la primavera de 1916 que nos apareció el Ángel por primera vez en nuestro “Loca de Cabeco".

Como ya he escrito en el relato sobre Jacinta, subimos con el ganado al cerro arriba en busca de abrigo, y después de haber tomado nuestro bocadillo y dicho nuestras oraciones, vimos a cierta distancia, sobre la cúspide de los árboles, dirigiéndose hacia el saliente, una luz más blanca que la nieve, distinguiéndose la forma de un joven transparente y más brillante que el cristal traspasado por los rayos del sol. Al acercarse más pudimos discernir y distinguir los rasgos. Estábamos sorprendidos y asombrados.

Al llegar junto a nosotros dijo:

–No temáis. Soy el Ángel de la Paz. ¡Orad conmigo!

Y arrodillado en tierra inclinó la frente hasta el suelo, e imitamos llevados por un movimiento sobrenatural y repetimos las palabras que le oímos decir:

–Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman.

Después de repetir esto tres veces se levantó y dijo:

–Orad así. Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas.

Y desapareció.

La atmósfera sobrenatural que nos envolvió era tan densa, que casi no nos dábamos cuenta durante un largo espacio de tiempo de nuestra propia existencia, permaneciendo en la posición en que el Ángel nos había dejado repitiendo siempre la misma oración. Tan íntima e intensa era la conciencia de la presencia de Dios, que ni siquiera intentamos hablar el uno con el otro. Al día siguiente todavía sentimos la influencia de esa santa atmósfera que iba desapareciendo sólo poco a poco.

No decíamos nada de esta aparición, ni recomendamos tampoco el uno al otro guardar el secreto. La misma aparición parecía imponernos silencio. Era de una naturaleza tan íntima, que no era nada fácil hablar de ella. Tal vez por ser la primera manifestación de esta clase su impresión sobre nosotros era mayor.

Segunda Aparición del Ángel

La segunda aparición tiene que haber ocurrido sobre mitad de verano, cuando debido al gran calor, llevamos los rebaños a casa hacia mediodía para regresar por la tarde.

Pasamos las horas de la siesta en la sombra de los árboles que rodeaban el pozo en la quinta llamada Arneiro, que pertenecía a mis padres.

–De pronto vimos al mismo Ángel junto a nosotros.

–¿Qué estáis haciendo? ¡Rezad! ¡Rezad mucho! Los Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. ¡Ofreced constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo!

–¿Cómo hemos de sacrificarnos? –pregunté.

–De todo lo que pudierais ofreced un sacrificio como acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra patria la paz. Yo soy el Ángel de su Guardia, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad con sumisión el sufrimiento que el Señor os envíe.

Estas palabras hicieron una profunda impresión en nuestros espíritus como una luz que nos hacía comprender quién es Dios, cómo nos ama y desea ser amado, el valor del sacrificio, cuánto le agrada y cómo concede en atención a esto la gracia de conversión a los pecadores. Por esta razón, desde ese momento, comenzamos a ofrecer al Señor cuanto nos mortificaba, no buscando jamás otros caminos de mortificación y penitencia sino los de quedar durante horas con las frentes tocando el suelo, repitiendo la oración que el Ángel nos enseñó.

Tercera Aparición del Ángel

Me parece que la tercera aparición debe haber sido en octubre o a fines de septiembre, porque ya no volvíamos a casa para el descanso del mediodía. Como ya he escrito en el relato acerca de Jacinta, pasamos un día desde Pregueira (un pequeño olivar propiedad de mis padres) a la cueva llamada Lapa (Loca de Cabeco), caminando alrededor del cerro al lado que mira a Aljustrel y Casa Velha. Allí decíamos nuestro rosario y la oración que el Ángel nos enseñó en la primera aparición.

Estando allí apareció por tercera vez, teniendo en sus manos un Cáliz, sobre el cual estaba suspendida una Hostia, de la cual caían gotas de sangre al Cáliz. Dejando el Cáliz y la Hostia suspensos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces esta oración:

–Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

Después, levantándose, tomó de nuevo en la mano el Cáliz y la Hostia. Me dio la Hostia a mí y el contenido del Cáliz lo dio a beber a Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo:

–Tomad el Cuerpo y bebed la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios.

De nuevo se postró en tierra y repitió con nosotros hasta por tres veces la misma oración: Santísima Trinidad, etcétera, y desapareció.

Impulsados por la fuerza de lo sobrenatural que nos envolvía imitamos al Ángel en todo, esto es, postrándonos nosotros como él y repitiendo las oraciones como él decía. Tan intensamente sentimos la presencia de Dios, que estábamos completamente dominados y absorbidos por ella. Parecía que por un tiempo bastante largo estábamos privados de nuestros sentidos corporales. Durante los días siguientes nuestras acciones estaban impulsadas del todo por este poder sobrenatural. Por dentro sentimos una gran paz y alegría que dejaban el alma completamente sumergida en Dios. También era grande el agotamiento físico que nos sobrevino.

No sé por qué las apariciones de Nuestra Señora producían en nosotros efectos bien diferentes. La misma alegría íntima, la misma paz y felicidad, pero en vez de ese abatimiento físico, una cierta agilidad expansiva; en vez de ese aniquilamiento en la divina presencia, un exultar de alegría; en vez de esa dificultad en hablar, un cierto entusiasmo comunicativo.

LAS APARICIONES DE NUESTRA SEÑORA

Primera Aparición - Domingo, 13 de mayo del año 1917

Estando jugando con Jacinta y Francisco en lo alto, junto a Cova de Iría, haciendo una pared de piedras alrededor de una mata de retamas, de repente vimos una luz como de un relámpago.

–Está relampagueando –dije–. Puede venir una tormenta. Es mejor que nos vayamos a casa.

–¡Oh, sí, está bien! –contestaron mis primos.

Comenzamos a bajar del cerro llevando las ovejas hacia el camino. Cuando llegamos a menos de la mitad de la pendiente, cerca de una encina, que aún existe, vimos otro relámpago, y habiendo dado algunos pasos más vimos sobre la encina una Señora vestida de blanco, más brillante que el sol, esparciendo luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina atravesado por los rayos más ardientes del sol.

Nos paramos, sorprendidos por la aparición. Estábamos tan cerca que quedamos dentro de la luz que la rodeaba o que Ella irradiaba, tal vez a metro y medio de distancia. Entonces la Señora nos dijo:

–No tengáis miedo. No os hago daño.

Yo la pregunté:

–¿De dónde es usted?

–Soy del cielo.

–¿Qué es lo que usted me quiere?

–He venido para pediros que vengáis aquí seis meses seguidos el día 13 a esta misma hora. Después diré quién soy y lo que quiero. Volveré aquí una séptima vez.

Pregunté entonces:

–¿Yo iré al cielo?

–Sí, irás.

–¿Y Jacinta?

–Irá también.

–¿Y Francisco?

–También irá, pero tiene que rezar antes muchos Rosarios.

Entonces me acordé de preguntar por dos niñas que habían muerto hacía poco. Eran amigas mías y solían venir a casa para aprender a tejer con mi hermana mayor.

–¿Está María de las Nieves en el cielo?

–Sí, está.

Tenía cerca de dieciséis años.

–¿Y Amelia?

–Pues estará en el purgatorio hasta el fin del mundo.

Me parece tenía entre dieciocho y veinte años.

–¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros como reparación de los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?

–Sí, queremos.

–Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la gracia de Dios os fortalecerá.

Diciendo estas palabras, la gracia de Dios, etc., la Virgen abrió sus manos por primera vez, comunicándonos una luz muy intensa que parecía fluir de sus manos y penetraba en lo más íntimo de nuestro pecho y de nuestros corazones, haciéndonos ver a nosotros mismos en Dios, que era esa luz, más claramente de lo que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces, por un impulso interior que nos fue comunicado también, caímos de rodillas, repitiendo humildemente:

–Santísima Trinidad, yo te adoro. Dios mío, Dios mío, yo te amo en el Santísimo Sacramento.

Después de pasados unos momentos Nuestra Señora agregó:

–Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra.

Acto seguido comenzó a elevarse serenamente subiendo en dirección al Levante hasta desaparecer en la inmensidad del espacio. La luz que la circundaba parecía abrirle el camino a través de los astros, motivo por el que algunas veces decíamos que vimos abrirse el cielo.

Segunda Aparición

Miércoles, 13 de junio

Después de rezar el rosario con otras personas que estaban presentes (unas cincuenta) vimos de nuevo el reflejo de la luz que se aproximaba, y que llamábamos relámpago, y en seguida a Nuestra Señora sobre la encina, todo como en mayo.

–¿Qué es lo que me quiere? –pregunté.

–Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, que recéis el rosario todos los días y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero además.

Le pedí la curación de una enferma. Nuestra Señora respondió:

–Si se convierte se curará durante el año.

–Quisiera pedirle que nos llevase al cielo.

–Sí, a Jacinta y a Francisco los llevaré en breve, pero tú te quedas aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien le abrazare prometo la salvación y serán queridas sus almas por Dios como flores puestas por mí a adornar su Trono.

–¿Me quedo aquí solita? –pregunté con pena.

–No, hija. ¿Y tú sufres mucho por eso? ¡No te desanimes! Nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios.

En este momento abrió las manos y nos comunicó por segunda vez el reflejo de la luz inmensa que la envolvía. En esta luz nos veíamos como sumergidos en Dios. Jacinta y Francisco parecían estar en la parte de la luz que se eleva hacia el cielo y yo en la que se esparcía sobre la tierra. Delante de la palma de la mano derecha de Nuestra Señora estaba un corazón rodeado de espinas que parecían clavarse en él. Entendimos que era el Corazón Inmaculado de María, ultrajado por los pecados de la humanidad, que quería reparación.

Esto es a lo que nos referíamos al decir que Nuestra Señora nos había contado un secreto en junio. Ella no nos mandó en aquella ocasión guardarlo como secreto, pero nos sentíamos impulsados por Dios a hacerlo así.

Francisco, muy impresionado con lo que había visto, me preguntó después:

–¿Por qué es que la Virgen estaba con un corazón en la mano irradiando sobre el mundo aquella luz tan grande que es Dios? Tú, Lucía, estabas con Ella en la luz que bajaba a la tierra y Jacinta conmigo en la que subía hacia el cielo.

–Es que –le respondí– tú, con Jacinta, iréis en breve al cielo. Yo me quedo con el Corazón Inmaculado de María en la tierra.

Tercera Aparición

Viernes, 13 de julio

El Gran Secreto.

Momentos después de haber llegado a Cova de Iría, junto a la encina, entre numeroso público (unas 4.000 personas) que estaban rezando el rosario, vimos el rayo de luz una vez más y un momento más tarde apareció la Virgen sobre la encina.

–¿Qué es lo que quiere de mí? –pregunté.

–Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, y continuéis rezando el rosario todos los días en honra a Nuestra Señora del Rosario, con el fin de obtener la paz del mundo y el final de la guerra, porque sólo Ella puede conseguirlo.

Dije entonces:

–Quisiera pedirle nos dijera quién es, y que haga un milagro para que todos crean que usted se nos aparece.

–Continuad viniendo aquí todos los meses. En octubre diré quién soy y lo que quiero, y haré un milagro que todos han de ver para que crean.

Aquí hice algunos pedidos que ahora no recuerdo. Lo que recuerdo es que Nuestra Señora dijo que era preciso rezar el rosario para alcanzar las gracias durante el año. Y continuó:

–Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: “¡Oh, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!”. Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos como los meses anteriores. El reflejo parecía penetrar en la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todo los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. (Debía ser a la vista de eso que di un “ay” que dicen haber oído.) Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza:

–Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando viereis una noche alumbrada por una luz desconocida sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes por medio de la guerra, del hambre, de la persecución de la Iglesia y del Santo Padre. Para impedir eso vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados. Si atendieran mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones de la Iglesia: los buenos serán martirizados; el Santo Padre tendrá que sufrir mucho; varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz. En Portugal el dogma de la fe se conservará siempre, etc. (Aquí comienza la tercer parte del secreto, escrita por Lucía entre el 22 de diciembre de 1943 y el 9 de enero de 1944.) Esto no lo digáis a nadie. A Francisco sí podéis decírselo.

–Cuando recéis el rosario, decid después de cada misterio: “Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente las más necesitadas.”

Seguía un instante en silencio y después pregunté:

–¿Usted no me quiere nada más?

–No, no quiero nada más por hoy.

Y como de costumbre comenzó a elevarse en dirección a Oriente hasta que desapareció en la inmensidad del firmamento.

Cuarta Aparición

Domingo, 19 de agosto, en los Valinhos

La aparición no se realizó el día 13 de agosto en Cova de Iría porque el Administrador del Concejo apresó y llevó a Vila Nova de Ourem a los pastorcitos con la intención de obligarles a revelar el secreto. Los tuvo presos en la Administración y en el calabozo municipal.

Les ofreció los más valiosos presentes si descubrían el secreto. Los pequeños videntes respondieron:

–No lo decimos ni aunque nos den el mundo entero.

Los encerró en el calabozo. Los presos les aconsejaron:

–Pero decid al Administrador ese secreto. ¿Qué os importa que esa Señora no quiera?

–¡Eso no –respondió Jacinta con vivacidad–, antes quiero morir!

Y los tres niños rezaron con aquellos infelices el rosario, delante de una medalla de Jacinta colgada de la pared.

El Administrador para amedrentarlos, mandó preparar una caldera de aceite hirviendo, en la cual amenazó asar a los pastorcitos si no hacían lo que les mandaban. Ellos, aunque pensaban que la cosa iba en serio, permanecieron firmes sin revelar nada. El día 15, fiesta de la Asunción, los llevó por fin a Fátima.)

Habiendo ya contado lo que sucedió este día, pasaré a hablar de la aparición que, según mi opinión, tuvo lugar el día 15 por la tarde. Como todavía no sabía contar los días del mes, puede ser que me equivoque. Pero tengo la idea de que fue el mismo día en que volvimos de Vila Nova de Ourem.

Estuvimos con las ovejas en un lugar llamado Valinhos, Francisco y su hermano Juan, acompañándome, y sintiendo que algo sobrenatural se aproximaba y nos envolvía, sospechando que Nuestra Señora nos venía a aparecer y teniendo pena de que Jacinta quedaba sin verla, pedimos a su hermano Juan que fuese a llamarla. No quería ir, y le ofrecí dos veintenos y allá se fue corriendo. Entretanto, Francisco y yo vimos el reflejo de la luz que llamábamos relámpago y al instante de llegar Jacinta vimos a la Señora sobre la encina.

–¿Qué es lo que quiere usted?

–Deseo que sigáis yendo a Cova de Iría en los días 13, que sigáis rezando el rosario todos los días. El último mes haré el milagro para que todos crean.

–¿Qué es lo que quiere usted que se haga con el dinero que la gente deja en Cova de Iría?

–Hagan dos andas, una para ti y Jacinta, para llevarlas con dos chicas más vestidas de blanco y otra que la lleve Francisco con tres niños más. El dinero de las andas es para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, y lo que sobre es para ayuda de una capilla que se debe hacer. (Andas usadas en Fátima y otros lugares no son para transportar imágenes, sino para recoger ofertas en dinero y en género.)

–Yo quisiera pedirle la curación de algunos enfermos.

–Sí, a algunos los curaré durante el año.

Y tomando un aspecto muy triste, la Virgen añadió:

–Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quién se sacrifique y rece por ellas.

Y la Señora comenzó a subir como de costumbre hacia Oriente.

Quinta Aparición

Jueves, 13 de septiembre

Al aproximarse la hora fui a Cova de Iría con Jacinta y Francisco entre numerosas personas (unas treinta mil) que nos dejaban andar sólo con dificultad. Los caminos estaban apiñados de gente; todos nos querían ver y hablar; allí no había respetos humanos. Mucha gente del pueblo, y hasta señoras y caballeros, consiguiendo romper por entre la muchedumbre que alrededor nuestro se agolpaba, venían a postrarse de hinojos delante de nosotros pidiendo que presentásemos sus necesidades a Nuestra Señora. Otros, no consiguiendo llegar junto a nosotros, clamaban de lejos. Uno de ellos:

–¡Por el amor de Dios, pidan a Nuestra Señora que me cure a mi hijo, que está impedido!

Otro:

–Que me cure el mío, que es ciego.

Otro:

–El mío, que es sordo.

–Que me traiga a mi marido o mi hijo, que están en la guerra; que me convierta un pecador; que me dé salud, que estoy tuberculoso, etcétera.

Allí aparecían todas las miserias de la pobre humanidad y algunos gritaban subidos a los árboles y a las tapias con el fin de vernos pasar. Diciendo a unos que sí, dando la mano a otros para ayudarles a levantarse del polvo de la tierra, allá íbamos andando gracias a algunos caballeros que nos iban abriendo camino entre la muchedumbre. Ahora, cuando leo estas escenas encantadoras del Nuevo Testamento, del paso de Nuestro Señor por Palestina, pienso en nuestros pobres caminos y sendas de Aljustrel, Fátima y Cova de Iría, y doy gracias a Dios ofreciéndole la fe de nuestra buena gente portuguesa. Y pienso si ellos podían humillarse como lo hicieron ante tres pobres niños, sólo porque eran agraciados de hablar a la Madre de Dios, ¿qué no harían si pudieran ver a Nuestro Señor mismo en persona delante de ellos?

Bien, esto no tiene que ver con la materia; era una distracción de mi pluma que me llevaba a parte donde yo no quería, una inútil divagación. No lo arranco para no estropear el cuaderno.

Por fin llegamos a Cova de Iría, y al alcanzar la encina comenzamos a decir el rosario con la gente. Un poco más tarde vimos el reflejo de luz y acto seguido, sobre la encina, a Nuestra Señora, que dijo:

–Continuad rezando el rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrá también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y del Carmen, San José con el Niño Jesús para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiero que durmáis con la cuerda puesta; llevadla sólo durante el día.

–Me han pedido para suplicarle muchas cosas: la cura de algunos enfermos, de un sordomudo, etc.

–Sí, a algunos curaré, pero a otros no. En octubre haré el milagro para que todos crean.

Y comenzó a elevarse, desapareciendo como de costumbre.

(Los niños tomaron muy a pecho las palabras de la Virgen en agosto, que pedía sacrificios a los pecadores. Uno de los sacrificios más dolorosos era el de la cuerda que cada uno de ellos llevaba atada a la cintura. Tanto les hacía sufrir, que Jacinta a veces hasta lloraba con la violencia del dolor. La Virgen les dijo con solicitud maternal que de noche no usaran la cuerda para poder disfrutar del reposo necesario. Otros sacrificios eran no comer la merienda, que repartían entre los pobres. Dejaban los higos y las uvas. “Teníamos la costumbre de ofrecer de vez en cuando el sacrificio de pasar una novena o un mes sin beber. Hicimos una vez este sacrificio en pleno mes de agosto, en que el calor era sofocante.” Mayores todavía eran los sacrificios que les exigía la misión que la Virgen les encomendara: las vejaciones, la curiosidad y molestias de la gente; sus interminables visitas y preguntas, la persecución y la prisión, y por fin la larga enfermedad de Francisco y, sobre todo, de Jacinta, a la cual varias veces visitó la Virgen, previniéndola que moriría solita, después de sufrir mucho.)

Sexta Aparición

Sábado, 13 de octubre

Salimos de casa bastante pronto, contando con las demoras del camino. Había gente en masa (70.000 personas), bajo una lluvia torrencial. Mi madre, temiendo que fuese aquel el último día de mi vida, con el corazón traspasado por la incertidumbre de lo que podía ocurrir, quiso acompañarme. Por el camino, las escenas del mes pasado, más numerosas y conmovedoras. Ni el barro de los caminos impedía a la gente arrodillarse en actitud humilde y suplicante.

Llegando a Cova de Iría, junto a la encina, llevada de un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrasen los paraguas para rezar el rosario. Poco después vimos el reflejo de luz y en seguida a la Virgen sobre la encina.

–¿Qué es lo que usted me quiere?

–Quiero decirte que hagan aquí una capilla en honor mío, que soy la Señora del Rosario, que continúen rezando el Rosario todos los días. La guerra está acabándose y los soldados volverán pronto a sus casas.

–Tenía muchas cosas que pedirle: si curaba a los enfermos, si convertía a unos pecadores, etc.

–Unos, sí; otros, no. Es preciso que se enmienden; que pidan perdón de sus pecados.

Y tomando aspecto más triste dijo:

–Que no ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.

Y abriendo sus manos las hizo reflejar en el sol, y en cuanto se elevaba continuaba el brillo de su propia luz proyectándose en el sol.

He aquí el motivo por el cual exclamé que mirasen al sol. Mi motivo no era llamar la atención del pueblo, pues ni siquiera me daba cuenta de su presencia. Fui inducida para ello por un impulso interior.

(Se da entonces el milagro del sol, prometido tres meses antes, como prueba de la verdad de las apariciones de Fátima. La lluvia cesa y el sol por tres veces gira sobre sí mismo, lanzando a todos los lados fajas de luz de varios colores, amarillo, lila, anaranjado y rojo. Parece a cierta altura desprenderse del firmamento y caer sobre la muchedumbre. Al cabo de diez minutos de prodigio toma su estado normal. Entretanto, los pastorcitos eran favorecidos por otras visiones.)

Desaparecida Nuestra Señora en la inmensidad del firmamento, vimos al lado del sol a San José con el Niño y a Nuestra Señora vestida de blanco con un manto azul. San José con el Niño parecían bendecir al mundo, pues hacía con las manos unos gestos en forma de cruz.

Poco después, pasada esta Aparición, vi a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, que me daba sensación de ser la Virgen de los Dolores. Nuestro Señor parecía bendecir al mundo de la misma forma que San José. Se disipó esta aparición y me parecía ver todavía a Nuestra Señora en forma semejante a Nuestra Señora del Carmen.

He aquí la historia de las Apariciones de Nuestra Señora en Cova de Iría, en 1917.

MÁS DETALLES

FRANCISCO (11-6-1908 a 4-4-1919)

Las palabras del Ángel en su tercera aparición: “Consolad a vuestro Dios”, hicieron profunda impresión en el alma del pequeño pastorcito. “En cuanto a Jacinta, parecía preocupada con el único pensamiento de convertir pecadores y preservar las almas del infierno. Él trataba solamente de pensar en consolar a Nuestro Señor y a la Virgen, que le había parecido estar tan tristes.” (Lucía).

Dominado por el sentimiento de la presencia de Dios, recibió en la luz que María comunicó a los videntes en las apariciones, discurría: “Estábamos ardiendo en aquella luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? Esto no lo podemos decir. Pero qué pena que Él está tan triste; ¡si yo pudiera consolarle!”

En la enfermedad, confió a su prima: “¿Nuestro Señor aún estará triste? Tengo tanta pena de que Él esté así. Le ofrezco cuantos sacrificios puedo.”

La víspera de morir se confesó y comulgó, con los más santos sentimientos. Después de cinco meses de casi continuo sufrimiento, el 4 de abril de 1919, primer viernes, a las diez de la mañana, murió santamente el consolador de Jesús.

JACINTA (10-3-1910 a 20-2-1920)

Vivía apasionada por el ideal de convertir pecadores, a fin de arrebatarlos del suplicio del infierno, cuya pavorosa visión tanto la impresionó.

Alguna vez preguntaba: “¿Por qué es que Nuestra Señora no muestra el infierno a los pecadores? Si lo viesen, ya no pecarían, para no ir allá. Has de decir a aquella Señora que muestre el infierno a toda aquella gente. Verás cómo se convierten. ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno!”

Antes de morir, Nuestra Señora se dignó aparecérsele varias veces. He aquí lo que ha dictado a su madrina Madre Godinho.

Sobre los pecados

Los pecados que llevan más almas al infierno son los de la carne.

Han de venir unas modas que han de ofender mucho a Nuestro Señor.

Las personas que sirven a Dios no deben andar con la moda.

Los pecados del mundo son muy grandes.

Si los hombres supiesen lo que es la eternidad harían todo para cambiar de vida. Los hombres se pierden porque no piensan en la muerte de Nuestro Señor ni hacen penitencia.

Muchos matrimonios no son buenos, no agradan a Nuestro Señor ni son de Dios.

Sobre las guerras

Nuestro Señor dijo que en el mundo habrá muchas guerras y discordias.

Las guerras no son sino castigos por los pecados del mundo.

Nuestra Señora ya no puede retener el brazo castigador de su Hijo sobre el mundo.

Es preciso hacer penitencia. Si la gente se enmienda, Nuestro Señor todavía salvará al mundo; mas si no se enmienda, vendrá el castigo.

Sobre los sacerdotes

Pida mucho por los Padres, pida mucho por los Religiosos.

Los Padres sólo deben ocuparse de las cosas de la Iglesia.

Los Padres deben ser puros, muy puros.

La desobediencia de los Padres y de los Religiosos a sus Superiores y al Santo Padre, ofende mucho a Nuestro Señor.

Pida mucho por los Gobiernos.

¡Ay, de los que persiguen la religión de Nuestro Señor!

Si el Gobierno deja en paz a la Iglesia y da libertad a la religión será bendecido por Dios.

Sobre las virtudes cristianas

No ande rodeada de lujo; huya de las riquezas.

Sea amiga de la santa pobreza y del silencio.

No hable mal de nadie y huya de quien hable mal.

Tenga mucha paciencia, porque la paciencia nos lleva al cielo.

La mortificación y los sacrificios agradan mucho a Nuestro Señor.

Durante la enfermedad (pleuritis purulenta), confió a su prima: “Sufro mucho; pero ofrezco todo por la conversión de los pecadores y para desagraviar al Corazón Inmaculado de María.”

Al despedirse de Lucía le hace estas recomendaciones:

“Ya falta poco para irme al cielo. Tú quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando vayas a decirlo, no te escondas. Di a toda la gente que Dios concede las gracias por medio del Inmaculado Corazón de María. Que las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a su lado se venere el Corazón Inmaculado de María, que pidan la paz al Inmaculado Corazón de María, que Dios la confió a Ella. Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la luz que tengo aquí dentro del pecho, que me está abrasando y me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María.”

Murió santamente el 20 de febrero de 1920. Su cuerpo reposa, como el de Francisco, en el crucero de la Basílica, en Fátima.

LUCÍA

La Providencia Divina todavía no había terminado la obra encargada a los pastorcitos. La Virgen dijo a Lucía que “con el fin de prevenir la guerra, vendré para pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora en los primeros Sábados de mes”. Lo pidió a Lucía en 1925, 1926 y 1929. Estando en Pontevedra, el 10 de diciembre de 1925 se le apareció la Virgen a Lucía con el Niño Jesús a su lado, subida en una nube de luz. La Virgen puso su mano en el hombro de Lucía, mientras en la otra sostenía su Corazón rodeado de espinas. Al mismo tiempo, el Niño Jesús dijo: “Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie que haga un acto de reparación para sacárselas.”

Después dijo Nuestra Señora a Lucía:

“Mira, hija mía, mi corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que durante cinco meses en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación.”

El 15 de febrero de 1926, el Niño Jesús se apareció de nuevo a Lucía, preguntándole si había difundido la devoción a su Santísima Madre. Lucía le contó de las dificultades que partían de su confesor y de su superiora. El Señor respondió:

“Es verdad que tu Superiora sola no puede hacer nada; pero con mi gracia lo puede todo.”

Lucía le habló de la confesión para los primeros sábados y preguntó si valía hacerla en los ocho días. Jesús contestó: “Sí; todavía con más tiempo, con tal que me reciban en estado de gracia y tengan intención de desagraviar al Inmaculado Corazón de María.”

En junio de 1929 la Virgen pidió en una aparición la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón, prometiendo que de este modo se prevenía la difusión de sus errores y se adelantaba su conversión. Pero sólo el 20 de diciembre de 1940 Lucía recibió permiso para escribir al Santo Padre Pío XII pidiéndole esta consagración.

Lucía describe esta aparición de la siguiente manera:

“De repente toda la Capilla (en las Doroteas de Tuy) se alumbró de una luz sobrenatural, y una Cruz de luz apareció sobre el altar, llegando hasta el techo. En la claridad de la parte superior se podía ver la cara de un hombre y su cuerpo hasta la cintura. En el pecho había una paloma de luz, y clavado en la Cruz había un cuerpo de otro hombre. Por encima de la cintura, suspendidos en el aire, podía ver un cáliz y una gran Hostia, en la cual caían gotas de sangre del rostro de Jesús crucificado y de la llaga de su costado. Estas gotas, escurriendo en la Hostia, caían en el cáliz. Debajo del brazo derecho de la Cruz estaba Nuestra Señora de Fátima, con su Corazón Inmaculado en su mano izquierda, sin espada ni rosas, pero con una corona de espinas y llamas. Debajo del brazo izquierdo de la Cruz, grandes letras, como si fuesen de agua cristalina, que corrían sobre el Altar formando estas palabras: “Gracia y misericordia”.

Entendí que era el misterio de la Santísima Trinidad que se me enseñó, y yo recibí luces acerca de este misterio, que no se me permite revelar.

La Virgen me dijo:

“Ha venido el momento en que Dios pide al Santo Padre que en unión con todos los Obispos del mundo haga la consagración de Rusia a mi Corazón, prometiendo salvarla por este medio.”

Pío XII cumplió en parte este deseo de la Virgen consagrando el mundo con mención especial de Rusia, el 31 de octubre de 1942, al Inmaculado Corazón de María y haciendo la consagración especial sólo de Rusia el 7 de julio de 1952, con estas palabras:

“Como hace algunos años consagramos todo el género humano al Corazón Inmaculado de la Virgen, Madre de Dios, así ahora, de un modo especialísimo, dedicamos y consagramos todos los pueblos de Rusia al mismo Inmaculado Corazón.”

Decimos “en parte” puesto que no fue en unión con todos los obispos del mundo.

Tampoco las consagraciones de Pablo VI (1965) y de Juan Pablo II (1982) fueron completas.



Sobre el Milagro del Sol

Mientras los niños veían las diversas apariciones de Jesús, María y San José, la multitud presenció un prodigio diferente, el ahora conocido como el famoso milagro del sol. Entre los testigos estaban los siguientes:

O Seculo (un periódico de Lisboa por gobierno y anticlerical).

Desde el camino, donde estaban estacionados los vehículos donde cientos de personas se habían quedado ya que no querían vencer el lodo, uno podía ver la gran multitud volverse hacia el sol, que parecía sin nubes y estaba en su apogeo. Parecía una placa de pura plata y se podía mirar fijamente sin incomodar. Pudo haber sido un eclipse que sucedía en ese momento. Pero en ese mismo momento se produjo un gran grito, y uno podía escuchar a los espectadores más cercanos gritas: ¡un milagro! ¡un milagro!

Ante el asombro reflejado en los ojos de los espectadores, cuya semblanza era bíblica ya que todos tenían la cabeza descubierta, y que buscaban ansiosamente algo en el cielo, el sol temblaba, hizo ciertos movimientos repentinos fuera de las layes cósmicas – el sol "danzaba" de acuerdo a las expresiones típicas de la gente.

Había un viejecito parado en las escaleras de un ómnibus con su rostro volteado hacía el sol que recitaba el credo en alta voz. Pregunté quien era y me dijeron que era el señor Joao da Cunha Vasconcelos. Lo vi después dirigiéndose a los que estaban a su alrededor con sus sombreros puestos y les imploró vehementemente que se descubrieran sus cabezas ante tan extraordinario milagro.

La gente se preguntaban los unos a los otros lo que habían visto. La gran mayoría admitió ver el sol danzando y temblando, otros afirmaban que habían visto el rostro de la Virgen Santísima. Otros juraron que vieron el sol girar como una rueda que se acercaba a la tierra como si fuera a quemarla con sus rayos. Algunos dijeron haber visto cambios de colores sucesivamente.

O Dia (otro diario de Lisboa, edición 17 de octubre de 1917)

" A la una en punto de la tarde, mediodía solar, la lluvia cesó, el cielo de color gris nacarado iluminaba la vasta región árida con una extraña luz. El sol tenía como un velo de gasa transparente que hacía fácil el mirarlo fijamente. El tono grisáceo madre perla que se tornó en una lámina de plata que se rompió cuando las nubes se abrían y el sol de plata envuelto en el mismo velo de luz gris, se vio girar y moverse en el circulo de las nubes abiertas. De todas las bocas se escuchó un gemido y las personas cayeron de rodillas sobre el suelo fangoso…..

La luz se tornó en un azul precioso, como si atravesara el vitral de una catedral y esparció sus rayos sobre las personas que estaban de rodillas con los brazos extendidos. El azul desapareció lentamente y luego la luz pareció traspasar un cristal amarillo. La luz amarilla tiñó los pañuelos blancos, las faldas oscuras de las mujeres. Lo mismo sucedió en los árboles, las piedras y en la sierra. La gente lloraba y oraba con la cabeza descubierta ante la presencia del milagro que habían esperado. Los segundos parecían como horas, así de intensos eran.

Ti Marto (padre de Jacinta y Francisco)

Podíamos mirar con facilidad el sol, que por alguna razón no nos cegaba. Parecía titilar primero en un sentido y luego en otro. Sus rayos se esparcían en muchas direcciones y pintaban todas las cosas en diferentes colores, los árboles, la gente el aire y la tierra. Pero lo más extraordinario para mi era que el sol no lastimaba nuestros ojos. Todo estaba tranquilo y en silencio y todos miraban hacia arriba. De pronto pareció que el sol dejó de girar. Luego comenzó a moverse y a danzar en el cielo, hasta que parecía desprenderse de su lugar y caer sobre nosotros. Fue un momento terrible.

María Capelinha (una de las primeras creyentes)

El transformó todo de diferentes colores – amarillo, azul y blanco, entonces se sacudió y tembló, parecía una rueda de fuego que caía sobre la gente. Empezaron a gritar "¡nos va ha matar a todos!", otros clamaron a nuestro Señor para que los salvara, ellos recitaban el acto de contrición. Una mujer comenzó a confesar sus pecados en voz alta, diciendo que había hecho esto y aquello….

Cuando al fin el sol dejó de saltar y de moverse todos respiramos aliviados. Aun estabamos vivos, y el milagro predicho por los niños fue visto por todos.

Yo estaba mirando hacia el lugar de las apariciones, esperando serena y fríamente que algo sucediera, y con una curiosidad en descenso por que había pasado mucho tiempo sin que sucediera nada que me llamara la atención, entonces escuche miles de voces gritar y vi que la multitud de pronto se voltio, hacia el lado contrario, sus espaldas en contra del sitio donde yo tenía dirigida mi atención y miré al cielo del lado opuesto.

La hora legal era cerca de las 2 de la tarde, alrededor del medio día solar. EL sol unos momentos antes había aparecido entre unas nubes, las cuales lo ocultaban y brillaba clara e intensamente. Yo me volví hacia el magneto que parecía atraer todas las miradas y lo vi como un disco con un aro claramente marcado, luminoso y resplandeciente, pero que no hacía daño a los ojos. No estoy de acuerdo con la comparación que escuchado han hecho en Fátima y la de un pesado disco plateado. Era un color más claro rico y resplandeciente que tenía algo del brillo de una perla. No se parecía en nada a la luna en una noche clara porque al uno verlo y sentirlo parecía un cuerpo vivo. No era una esfera como la luna ni tenía el mismo color o matiz. Perecía como una rueda de cristal hacha de la madre de todas las perlas. No se podía confundir con el sol visto a través de la neblina (por que no había neblina en ese momento), porque no era opaca, difusa ni cubierta con un velo. En Fátima daba luz y calor y aparentaba un claro cofre con un arco bien difundido.


LOS TRES SECRETOS DE FATIMA


Los dos secretos revelados por la hermana Lucía en 1942 son:

1) "Ustedes han visto el infierno donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarles, Dios desea establecer en el mundo devoción a mi Inmaculado Corazón."

2) "La Primera Guerra mundial terminará pronto. Sin embargo, si la humanidad no deja de ofender a Dios, otra guerra peor surgirá en el Reino del Papa Pío XI. Cuando ustedes vean una noche iluminada por una luz desconocida, sepan que éste es el gran signo que Dios les da, porque el va a castigar el mundo por sus crímenes a través de las guerras, el hambre, la persecución de la Iglesia y del Santo Padre. Para impedir esto, Yo vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión de reparación de los Primeros Sábados.

Si mi petición es acatada, Rusia se convertirá, y habrá paz. Si no, Rusia transmitirá sus errores a través del mundo, promoviendo guerras y la persecución de la Iglesia; los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán aniquiladas; en el final mi Inmaculado Corazón triunfará. El santo Padre consagrará Rusia a mí, la cual se convertirá, y algún tiempo de paz se le dará al mundo."

 Presunto tercer secreto de Fàtima

El texto original del Tercer Secreto de Fátima se indica a continuación: 
3) Tercera parte del secreto de Fátima, revelado el 13 de julio de 1917 a los tres pastorcillos en la Cueva de Iria-Fátima y transcrito por Sor Lucía el 3 de enero de 1944. Fue hecho público por el Secretario de Estado, Cardenal Angelo Sodano, el 13 de mayo del 2000.

"Escribo en obediencia a Vos, Dios mío, que lo ordenáis por medio de Su Excelencia Reverendísima el Señor Obispo de Leiria y de la Santísima Madre vuestra y mía.

"Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Angel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Angel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: 'algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él' a un Obispo vestido de Blanco 'hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre'. También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Angeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios".

viernes, 19 de abril de 2013

MARAVILLAS DE LA MEDALLA MILAGROSA: "Si se puso al cuello la Medalla y rezó el "Memorae" (Acordaos: oración de San Bernardo) se convierte seguro"

Relación del Señor Barón de Bussieres

Aquel mismo que en el camino de Jericó se sirvió de un poco de lodo para hacer que se abriesen a la luz del día los ojos de un ciego de nacimiento, me ha escogido por principal testigo de un suceso sumamente extraordinario si le consideramos sin salir de la esfera de la razón humana.

Refiero un hecho innegable: digo lo que he visto con mis propios ojos, lo que pueden asegurar infinitos testigos muy respetables; lo que se hará increíble en Estrasburgo; lo que admira toda Roma. Un hombre que estaba en su cabal juicio, ha entrado a una iglesia obstinadísimo judío, y a los diez minutos ha salido de ella católico de todo corazón, a impulsos de una impetuosa avenida de aquella gracia que pudo vencer a un Saulo, derribándole en el camino de Damasco.

Un joven de Estrasburgo, de una familia distinguida por su posición social y por el aprecio de que goza en el país, llegó á Nápoles a fines del otoño de 1841 de paso para el Oriente, viajando con la mira de restablecer su salud y de esparcir el ánimo. No era pequeño el sacrificio que hacía en ausentarse de su patria, porque dejaba á su futura, querida, joven, hermosa y de carácter muy dulce, a quien amaba creyéndola un tesoro de esperanza. Era también sobrina suya; pero para pensar en este enlace, no se había atendido tanto a las razones de familia como al mutuo cariño.

Alfonso Ratisbonne era israelita. Destinado a ocupar una posición brillante, se proponía dirigir todos sus esfuerzos á la regeneración de sus co-religionarios (1), siendo este el blanco de todos sus proyectos, la ocupación de su mente y el término de todas sus esperanzas, pues le irritaba cuanto podía traerle a la memoria el anatema que pesa sobre los descendientes de Jacob. Quince años hace que, siendo aún niño, le ocasionó un profundo sentimiento la conversión al catolicismo de su querido hermano Teodoro Ratisbonne, abriendo en su corazón una llaga enconosa, que se ahondó con haber recibido aquél los órdenes sagrados, y que el tiempo no pudo cicatrizar, creciendo de día en día el odio que concibiera contra él: jamás le había sido posible perdonar al que consideraba como a un apóstata , y contra el cual atizaba incesantemente el terco resentimiento de su familia.

El bellísimo cielo de Nápoles no era capaz de hacerle olvidar el Oriente, objeto de su viaje, y mucho menos las satisfacciones que le aguardaran a su vuelta. Ya no le quedaban más que algunos meses para ver la Sicilia, Malta y Constantinopla, pues el verano de 1842 había de volver al lado de su amada, y efectuar un enlace que haría toda su dicha, fijando su suerte para en adelante. Por tanto era preciso apresurar el viaje. Sale con este fin una mañana para ir en derechura a tomar asiento en el buque de vapor que ha de llevarle a Palermo; pero en la calle se le ocurre que no ha visto Roma; que a su vuelta a Estrasburgo, ya casado, enredado en negocios y tal vez asociado a la casa de su tío, no era muy probable que pudiese volver a Italia. Yendo y viniendo en este pensamiento, entra en el despacho de los billetes de la diligencia, toma su asiento, y está en Roma a los tres días.

Mas aquí debe detenerse muy poco: así lo tiene resuelto, y su resolución es irrevocable: dentro de quince días ha de estar de vuelta en Nápoles. En vano le presentará la ciudad eterna todas sus maravillas; no puede permanecer ni un instante más: el Oriente y su esposa le aguardan.

Vedle pues recorriendo las ruinas, las iglesias, las galerías, y a fuer de verdadero viajero andar todo el día de aquí para allí, recibiendo multitud de impresiones y recordando confusamente mil cosas. Se da prisa por concluir con esta capital, adonde más que la curiosidad le ha traído una especie de impulso irresistible que no sabe explicar. Mañana será la marcha, pero debe una visita de despedida a un antiguo amigo. Gustavo de Bussieres se había educado con él en el mismo colegio, quedando ambos estrechamente unidos por los lazos de la amistad desde su infancia, a pesar de la oposición de sus ideas religiosas. Mi hermano Gustavo es protestante celosísimo de la secta de los pietistas, y varias veces infructuosamente procuró atraer a su secta al joven israelita: sus amigables reyertas concluían regularmente con estas dos palabras, que expresaban bastante bien la situación moral de los dos interlocutores: ¡Rabioso protestante! decía el uno: ¡Judío empedernido! respondía el otro.

No encuentra Ratisbonne a mi hermano, que había ido a cazar: viene a mi casa; pero no entrará a verme, contentándose con dejar una tarjeta de despedida. La casualidad, o mas bien la Providencia, hace que se encuentre con un criado italiano, que no entendiéndole bien, le introduce en la sala con gran repugnancia suya.

Hasta entonces no nos habíamos visto mas que una sola vez en casa de mi hermano, y a pesar de mis tentativas no había hallado en Ratisbonne más que los fríos cumplimientos de un hombre fino. No obstante, es el amigo de Gustavo, es el hermano del abate Ratisbonne, a quien yo quiero muchísimo; le recibo pues con el mayor agrado; le hablo de sus correrías; él me refiere lo que ha visto, y las diversas sensaciones que ha experimentado. «Me ha sucedido, añade, una cosa muy extraordinaria: estando viendo la iglesia de Aracoeli, me sentí penetrado de una emoción profunda que no podía explicar. El hombre que iba conmigo enseñándome los edificios de Roma notó mi agitación, y me preguntó qué era lo que me sucedía, y si quería que nos retirásemos, añadiendo haber visto experimentar esta misma emoción a otros extranjeros.”

Parece que en el momento en que Ratisbonne pronunciaba estas palabras, le querían decir mis ojos centelleando de gozo: tú serás de los nestros, porque él se dio prisa en afirmar con una intención bien conocida que aquella impresión había sido puramente religiosa y de ningún modo cristiana.

Y bien luego continuó: Un espectáculo muy triste reanimó todo mi odio al catolicismo; atravesaba el Ghetto, y al ver la miseria y degradación de los judíos, me decía a mí mismo que a pesar de ello mas valía ser del bando de los oprimidos que del de los opresores. Nuestra conversación, cada vez más animada, iba convirtiéndose en discusión: en el calor de ella procuraba yo hacerle entrar en mis ideas y convicciones católicas, y él, burlándose de mis esfuerzos, con una sonrisita graciosa y como compadeciéndose de mi superstición me respondía: Que había nacido judío y que moriría judío.

Entonces se me ocurrió la idea más extraordinaria, una idea del cielo, que los sabios del mundo la hubieran llamado locura.

Ya que sois un espíritu tan fuerte, tan entero y tan confiado en la firmeza de vuestros propósitos, prometedme llevar al cuello lo que os voy a dar.

— Y bien, ¿de qué se trata?

— Nada mas que de esta medalla.

Y le presento una medalla de la Virgen milagrosa. Da él un paso hacia atrás con cierta indignación y sorpresa. Pero yo sin alterarme le digo: He aquí una cosa que, según vuestro modo de ver, os es del todo indiferente, pero en tomarla me haréis un favor especialísimo.

— ¡Oh! no consiste en eso  —exclamó entonces soltando una carcajada de risa, — quiero al menos probaros que es una injusticia acusar a los judíos de obstinación y de insufrible emperramiento. Por otra parte, con esto me dais material para añadir un capítulo bellísimo a los apuntes de mi viaje.

Y continuó ensartando otras jocosidades de este mismo jaez que a mí me herían en el alma, porque yo las oía como otras tantas blasfemias.

Entretanto le colgué al cuello la cinta, a la que habían atado mis niñas la bendita medalla durante nuestro altercado. Me quedaba que lograr otra cosa aún mas difícil: quería que rezara la piadosa deprecación de S. Bernardo: Memorare, "Oh piadosísima Virgo…" Por de pronto no lo conseguí; se negó a ello rotundamente con un tono que parecía decir: Este hombre es en verdad demasiado impertinente. Pero me impelía una fuerza interior, y yo luchaba contra estas reiteradas negativas con una especie de porfiada tenacidad. Le alargaba la oración, suplicándole que se la llevara, pero que no teniendo yo otro ejemplar tuviera la bondad de copiarla.

La tomó por fin con un ademán irónico, como para librarse de mis importunaciones, diciéndome: 'Está bien, la escribiré, os daré mi copia, y conservaré la vuestra'. Y se fue murmurando entre dientes: ¡Vaya con el hombre, indiscreto y original hasta dejárselo de sobra! Quisiera ver lo que diría si yo le hostigase así para hacerle rezar una oración judía.

Luego que salió, mi mujer y yo nos quedamos mirándonos uno a otro y en silencio algunos momentos. Traspasados nuestros corazones por las blasfemias que oímos, pedíamos a Dios perdón para aquel hombre, y encargábamos a nuestras dos niñas que por la tarde rezasen el Ave María por la conversión de Alfonso.

De aquí adelante todos los pormenores son de tanta importancia para testificar la obra del Señor, que es deber mío referir con la mayor exactitud posible, tanto lo que yo he hecho, como lo que ha hecho Ratisbonne desde el día en que se llevó el Memorae hasta el momento en que la Madre de las misericordias le arrancó la venda que le impedía ver, hasta aquel en que tuvo la dicha de hacer en público profesión de la fe católica.

Ratisbonne no acababa de admirar mi porfía. Sin embargo, había copiado la oración a la que yo atribuía tan poderosa eficacia; la leía y releía con el fin de descubrir en ella lo que la hacía tan preciosa a mis ojos: a fuerza de leerla la sabia casi de memoria, y no le era posible apartarla de su imaginación, repitiéndola maquinalmente, como aquellos trozos de ópera, que se quedan tan impresos en los aficionados que los van repitiendo casi sin advertirlo.

En cuanto a mí, no pensaba más que en lo que me había pasado con aquel hombre, con quien no tenía ningún motivo de intimidad, y con el cual conversé aquel día por primera vez. No atinaba de dónde me viniese la fuerza interior que me estrechaba a procurar la conversión de aquel joven, y a pesar de tantos obstáculos y de la obstinada indiferencia que él oponía a mis esfuerzos, me daba una convicción íntima, inexplicable, de que Dios, tarde o temprano, le abriría los ojos. Estaba decidido a impedir su marcha a toda costa. Por la tarde fui a hacerle una visita a la fonda Serny, y no habiéndole encontrado, le dejé una esquelita suplicándole tuviese la bondad de verme a eso de las diez y media de la mañana del siguiente día, que era domingo.

Aquella noche me tocaba pasar algunas horas velando delante del Santísimo Sacramento con el príncipe M. A. B., conforme a una piadosa costumbre de Roma (2), y les rogué que uniesen sus oraciones a las mías para alcanzar de Dios la conversión de un judío.

Domingo 16 de Enero de 1842

Ratisbonne vino a verme a la hora de la cita, y al saludarme me dijo con un tono de extremada franqueza: Espero que habréis olvidado aquellos sueños de ayer. Vengo a despedirme: me voy esta noche. — ¡Sueños! Nunca he tenido mas empeño que ahora en eso que llamáis sueños; y en cuanto a vuestra marcha, no hay que hablar de tal cosa, pues es absolutamente preciso diferirla unos ocho días. —Es imposible; tengo tomado el asiento. —Qué importa, vamos juntos al despacho de diligencias a avisar que ya no marcháis. — ¡Ah! Ya no es posible, ya no es posible; me voy indefectiblemente. —Os quedáis indefectiblemente, aunque tenga que encerraros bajo de llave en mi cuarto.

Y le digo que no puede irse de Roma sin haber visto en San Pedro una función, y que la habrá dentro de pocos días. En una palabra, se da por vencido, asombrado de mi inconcebible terquedad; y después de haber ido juntos a hacer borrar su nombre de la lista de los viajeros, le llevé a la iglesia de los Agustinos y a la del Jesús.

Habiendo comido aquel mismo día en el palacio Borghese con el Sr. conde de Laferronays, le hablé aquella tarde del empeño que había formado, recomendando con instancia en sus oraciones a mi joven israelita.

El mismo me confesó ingenuamente en medio de aquella efusión de nuestros corazones la confianza que siempre tuvo en la protección de la Santísima Virgen, en una época en que las agitaciones de la política no siempre le permitían entregarse a esa piedad práctica, de la cual tantos ejemplos nos dio en los últimos años de su vida. Tened confianza, me repetía, si él dice el Memorae, triunfáis de él y de otros muchos.

Lunes 17 de Enero de 1842

Di algunos otros paseos con Ratisbonne, que vino a sacarme cerca de la una. Notaba con sentimiento el poco fruto que producían en él nuestras conversaciones, porque no había cambiado nada, siempre el mismo, siempre hostilizando y denigrando el catolicismo, siempre eludiendo con jocosidades burlescas los argumentos que yo le hacia, sin tomarse el trabajo de contestar.

El conde de Laferronays (3) murió casi de repente á las once de la noche, dejando, tanto a sus amigos, a quienes había edificado con el fervor de sus últimos años, como a su familia, que le lloraba con la mayor ternura, el ejemplo de sus virtudes y la consolatoria esperanza de que Dios le llamó para coronarle en el cielo. Yo, que hacía mucho tiempo que le amaba como a un padre, mezclaba mis lágrimas a las de su esposa y a las de sus hijas, ayudándolas á llenar los deberes que de ellas exigía un trance tan doloroso; pero el recuerdo de Ratisbonne me seguía aun hasta el lado del féretro de mi amigo.

Martes 18 de Enero de 1842

Yo había pasado una parte de la noche en medio de aquella familia sumergida en un abismo de dolor; y conociendo mejor que nadie hasta dónde llegaba su angustia, no podía resolverme a dejarla. Por otra parte mi pensamiento se iba a cada instante a Ratisbonne, como si una mano invisible me impeliese hacia él incesantemente. No quería separarme de los restos de mi amigo; no podía apartar mi imaginación de aquella alma que anhelaba convertir a mi fe. En medio de esta perplejidad descubrí los combates de mi alma al señor abate G., a quien hace mucho tiempo que la Providencia ha constituido ángel de guarda y consolador de la familia Laferronays. «Id, me respondió, id, continuad vuestra obra, pues es cosa muy conforme a las intenciones del señor de Laferronays, que ha hecho ardientes oraciones por la conversión de ese joven.”

Héteme aquí corriendo de nuevo en busca de Ratisbonne, como sitiándole, mostrándole las antigüedades religiosas con el fin de fijar su pensamiento en las verdades católicas. Pero era en vano tanto platicar. Quise que por segunda vez visitase conmigo la iglesia de Aracoeli, en la cual, si experimentó por segunda vez alguna sensación, debió ser muy fugitiva, porque me escuchaba con frialdad, respondiendo burlescamente a todas mis reflexiones. Decía entre otras cosas: Pensaré en todo eso cuando esté en Malta; allí tendré tiempo, pues me detendré un par de meses, y podré distraerme con semejantes ideas en algún rato de mal humor.

Miércoles 19 de Enero de 1842

Dirigí nuestro paseo hacia el Capitolio y el Foro. No lejos de allí se levanta sobre el monte Celio una iglesia de San Esteban, cuyas paredes están llenas de pinturas al fresco, en las que se ven representados con admirable verdad los diferentes y espantosos suplicios que consumaban el sacrificio de los mártires. Horrorizó a Ratisbonne la vista de semejantes tormentos, y le hizo exclamar como para prevenir mis reflexiones: ¡Este espectáculo es espantoso; pero no han sido vuestros co-religionarios menos crueles con los pobres judíos de la edad media que los perseguidores de los primeros siglos con los cristianos!

Le mostré en San Juan de Letrán los bajos relieves que se ven encima de las estatuas de los doce apóstoles, representando por una parte las figuras del antiguo Testamento, y por otra su cumplimiento por el Mesías. Estas semejanzas le parecían ingeniosas.

Nos encaminamos hacia la quinta Wolkonski. Se maravillaba Ratisbonne de mi tranquilidad: no podía conciliarla con el ardiente deseo que manifestaba por su conversión, siendo él, como decía, más judío que nunca. Le respondí, que lleno de confianza en las promesas de Dios, yo estaba convencido de que, supuesto que él procedía de buena fe, algún día sería católico, aunque fuera preciso que el Señor le enviara un ángel para iluminarle.

Pasábamos en aquel momento por delante de la Scala Santa (4), y señalando a mi compañero y quitándome el sombrero, dije en voz alta: ¡Salve, santa Escalera, he aquí un hombre que algún día os subirá de rodillas! Ratisbonne se echó á reír.

Nos separamos sin que yo hubiese concebido la mas mínima esperanza de haber hasta entonces abierto brecha en su empedernido corazón. Pero confiaba en aquel que ha dicho: "llamad y se os abrirá". Me fui a orar al lado de mi querido difunto: arrodillado cerca de su féretro, le conjuraba me ayudase á convertir a mi joven amigo, si, como yo lo esperaba, se hallaba él mismo en la mansión de los bienaventurados. 


Jueves 20 de Enero de 1842


Ratisbonne no ha dado un solo paso en el camino de la verdad; ni en su corazón, ni en su lenguaje, siempre chocarrero, se nota el más leve cambio, ni le ocupan mas que pensamientos terrenales. Entra como a las once del día en el café de la plaza de España a leer los periódicos: encuentra allí á mi cuñado Edmundo Humann, y habla con él de las noticias del día con una libertad y un abandono, que excluyen la idea de que por entonces estuviese su mente ocupada en ningún grave pensamiento (5).

Es la una. Yo tengo que practicar una diligencia en la iglesia de San Andrés delle Fratte para la fúnebre ceremonia del día siguiente. Pero he aquí que Ratisbonne baja la calle Condotti: vendrá conmigo, me esperará algunos minutos, y seguiremos nuestro paseo. En efecto entramos en la iglesia, y advirtiendo Ratisbonne los preparativos del funeral, me pregunta para quién son. Para un amigo que acabo de perder: el Sr. de Laferronays, a quien amaba en extremo. Se pone entonces a pasear por la nave, y su mirar distraído e indiferente parece que está diciendo: Bien fea es esta iglesia. Le dejo a la parte de la Epístola , a la derecha del sitio dispuesto para colocar el féretro, y entro al interior del convento. Con dos palabras que diga a uno de los religiosos para que se prepare una tribuna para la familia del difunto, he despachado, todo ello es cosa de diez o doce minutos.

Al volver a la iglesia, por de pronto no encuentran mis ojos a Ratisbonne, pero bien luego le descubren arrodillado delante de la capilla de San Miguel. Me acerco a él, le llamo con fuerza tres o cuatro veces sin que él me vea ni atienda. Vuelve finalmente hacia mí los ojos arrasados en lágrimas, junta las manos, y me dice con una vehemencia y afecto que sería imposible pintar: ¡Oh cómo ha orado por mí este señor!

Yo mismo estaba estupefacto de asombro; sentía lo que se siente en vista de un milagro. Le pongo en pie, le guío, le saco de la iglesia casi a empujones, le pregunto qué es lo que le pasa, a dónde quiere ir. Llevadme donde queráis, exclama; ¡ ah! yo obedezco después de lo que he visto. Le ruego que se explique; no puede hacerlo; se lo impide su conmoción extraordinaria. Saca del pecho la medalla milagrosa, la besa una y mil veces, y la empapa en sus lágrimas. Le llevo a su casa, y por mas que le insto, no alcanzo de él mas respuesta que exclamaciones interrumpidas con sus continuos sollozos. ¡ Ah! ¡Cuán feliz soy! ¡Cuán bueno es Dios! ¡Qué plenitud de gracia y de felicidad! ¡Cuán dignos de lástima los que no saben!... Y se deshace en lágrimas pensando en los herejes y en los incrédulos. Me pregunta luego si no está loco ¡Pero no, vuelve a exclamar, '¡yo estoy en mi cabal juicio! ¡Dios mío, Dios mío, yo no estoy loco! ¡Todo el mundo sabe que no estoy loco!'

Calmada ya algún tanto esta emoción de delirio, Ratisbonne, con una cara radiante, estoy por decir, casi transfigurado, me echa al cuello los brazos y me estrecha a su pecho, y me pide que le lleve a un confesor, y me pregunta cuándo podrá recibir el bautismo, sin el cual no le es posible vivir; y suspira por asemejarse a aquellos mártires cuyos tormentos ha visto pintados en la iglesia de San Esteban. Insiste en que le es necesaria la autorización de un sacerdote para poder explicarse. Porque lo que tengo que decir yo no debo, yo no puedo decirlo sino de rodillas.

Le llevo pues al Jesús (6), y le presento al padre Villefort, quien le obliga a explicarse. Ratisbonne al momento, sacando su medalla y estrechándola al pecho, nos la muestra y exclama: ¡ LA HE VISTO!…. ¡LA HE VISTO!…. Y su emoción le domina todavía. Pero serenándose luego y respirando con alguna mas libertad, ya puede hablar: he ahí sus mismas palabras:

Hacia un instante que estaba yo en la iglesia cuando me sobrecogió repentinamente una turbación inexplicable. Levanté los ojos: todo el edificio había desaparecido de mi vista; una sola capilla había recogido por decirlo así, toda la luz y en medio de este resplandor apareció la Virgen María de pie sobre el altar, grande, brillante y llena de majestad y dulzura, tal cual está en mi medalla; una fuerza irresistible me impelió hacia ella. La Virgen me hizo seña con la mano para que me arrodillase; parece que me dijo: Está bien: Ella no me ha hablado, pero yo todo lo he comprendido.

Esta corta relación nos la hacía Ratisbonne parándose muchas veces, como para respirar y hacerse superior a la emoción que le dominaba. Le escuchábamos nosotros con religioso espanto mezclado de alegría y gratitud, admirando la profundidad de los caminos de Dios y los inefables tesoros de su misericordia infinita. Pero sobre todo una palabra nos había maravillado por su misteriosa profundidad. Ella no me ha hablado, pero todo lo he comprendido. En efecto, basta oír a Ratisbonne: la fe católica se exhala de su corazón a manera de un perfume precioso del vaso que le encierra sin poder contenerle. Habla de la real presencia del Verbo encarnado en la Eucaristía como quien la cree con toda su alma, mal dicho, como quien la siente.

Dejando al padre Villefort, fuimos a dar gracias á Dios, primero a Santa María la mayor, basílica que estima mucho la Virgen, y después a San Pedro. Imposible es pintar los transportes de Ratisbonne en estas dos iglesias. «¡Ah! me decía apretándome la mano; ahora comprendo el amor de los católicos para con sus iglesias, y la piedad que los obliga a adornarlas y embellecerlas!…. ¡Aquí sí que se goza! Desearía no salir nunca de aquí. Esto no es ya la tierra; esto casi es el cielo. Al pie del altar del Santísimo Sacramento, le tenía tan fuera de sí la real presencia de la Divinidad, que sin remedio se hubiera desmayado si no se apartara tan pronto. Tal era el horror que le causaba estar en la presencia del Dios vivo con la mancha original, que se fue a refugiar á la capilla de la Santísima Virgen diciéndome: “Aquí no puedo yo tener miedo: me siento protegido por una misericordia inmensa.”

Estuvo orando fervientemente junto al sepulcro de los santos apóstoles. Lloró muchísimo mientras yo le contaba la historia de San Pablo.

Le admiraba el lazo poderoso y póstumo, según su misma expresión, que le unía al Sr. de Laferronays; quería pasar la noche junto a su féretro, diciendo que era un deber que le imponía su gratitud; pero el Padre Villefort combatió prudentemente este piadoso deseo, aconsejándole al mismo tiempo no pasara sino hasta las diez de la noche sin recogerse a dormir (7).

Ratisbonne nos confesó entonces que no había podido dormir la noche anterior, y que tuvo constantemente delante de sí una gran cruz de una forma particular y sin Cristo. «Yo hacía, dijo, increíbles esfuerzos por apartar de mí esta imagen sin poderlo lograr.” Viendo por casualidad algunas horas después el reverso de la medalla milagrosa, ha reconocido su cruz.

Entretanto estaba yo impacientísimo por ir a ver a la familia de Laferronays. Me corría prisa llevarle un consuelo muy dulce en el mismo momento en que a aquella tierna esposa y a aquellas hijas desconsoladas iba a arrebatárseles el venerado resto del que era causa de sus acerbas lágrimas y dolorosos suspiros. Entro en la habitación mortuoria en un estado de agitación y aun hasta de alegría, que al momento fija en mí la atención de todos, no habiendo quien no imagine que traigo alguna cosa importantísima. Todos me siguen a la habitación inmediata y cuento apresuradamente lo que acaba de pasar.

Noticias del cielo eran las que yo llevaba. El llanto del dolor se cambia por un momento en llanto de gratitud. Ya aquellos angustiados corazones pueden sobrellevar con toda la resignación de verdaderos cristianos el sacrificio mas cruel, el último de los que impone la muerte, el último adiós a los despojos mortales de aquel objeto de su entrañable amor

Mas yo debía volver en busca del hijo que el cielo acababa de darme; me había rogado que no le dejara solo; tenía necesidad de un amigo para desahogarse y confiar al corazón del amigo todo lo que el suyo había sentido aquel día.

Le pedía que me hablase mas circunstancialmente de su milagrosa visión. Él mismo no podía explicar cómo pasó desde el lado derecho de la iglesia a la capilla que está al lado izquierdo, y de la cual se hallaba separado por el catafalco y demás preparativos del funeral. Se había visto repentinamente arrodillado y prosternado cerca de aquella capilla. En el primer instante pudo ver a la Reina del cielo con todo el esplendor de su belleza sin mancha; pero sus miradas no pudieron resistir el brillo de aquella luz divina. Tres veces procuró contemplar de nuevo a la Madre de las misericordias, y tres veces habían sido inútiles todos sus esfuerzos, no pudiendo levantar los ojos sino hasta aquellas manos benditas, de donde salía entre torrentes de luz un torrente de gracias.

¡O Dios mío! exclamaba. ¡Yo que media hora antes aún blasfemaba! ¡Yo que tenía un odio tan violento a la religión católica! Pero todos los que me conocen saben bien que, humanamente hablando, me asistían las razones mas fuertes para permanecer judío. Mi familia es judía, mi futura es judía, mi tío es judío. Haciéndome católico rompo con todos los intereses y con todas las esperanzas de la tierra, y sin embargo ¡yo no estoy loco! ¡Yo no estoy loco! ¡Es bien sabido que jamás lo he estado! Por consiguiente se me debe creer.

Viernes 21 de Enero de 1842

La noticia de este asombroso prodigio principió a circular por Roma. Mil y mil gentes corrían a preguntarse unas a otras lo que había sucedido: en todas partes se hablaba de lo mismo; cada cual refería los pormenores que habían llegado a sus oídos. Era en vano el estar muy sobre sí para no creer nada con ligereza; muy luego se hacía imposible dudar en vista de unos hechos tan evidentes, tan irrefragables. Muchos, muchísimos daban gracias a Dios de hallarse en Roma en el momento en que plugo a su bondad infinita despertar nuestra confianza en la Santísima Virgen, manifestando de un modo tan admirable el poderío de su intercesión. No había quien no quisiese ver y hablar a aquel joven mil y mil veces dichoso, por quien había bajado del cielo la Madre de la divina gracia.

Estábamos en la habitación del padre Villefort cuando el general Chlapowski entró diciendo: Señor, ¿con que habéis visto la imagen de la Santísima Virgen? Decidme cómo ¡La imagen, Señor! Le interrumpió Ratisbonne, ¡la imagen! ¡Ah! Yo la he visto a  Ella misma, en realidad, en persona, del mismo modo que os estoy viendo ahí.

No puedo menos de observar aquí que si hubiera sido posible alguna ilusión con las circunstancias de carácter, de educación, de antipatía, de interés de corazón y de fortuna que llevo referidas, no hubiera podido ser obra de ninguna representación exterior, porque no hay en la capilla donde se hizo el milagro ni estatua, ni pintura, ni efigie alguna que represente a la Santísima Virgen (8).

Quise llevar a Ratisbonne al seno de la familia Laferronays. El suceso mas importante de su vida tenía tanta relación con la desgracia de la angustiada familia, que para él era un deber el templar la amargura de sus lágrimas, revelándole él mismo cuán misterioso vínculo de eterna gratitud le unía con el alma de aquel justo; pero estaba demasiado conmovido para poder hablar con algún orden; estrechaba con una agitación indecible aquellas manos que se le tendían como a un hermano, como a un hijo querido.

¡Ah! creedme, creed mis palabras, repetía cuando se le estrechaba con preguntas; ¡a las oraciones del Sr. Laférronays es a quienes yo debo mi conversión!

En mi casa fue donde el recién convertido pasó los pocos días, que precedieron al retiro con que había de prepararse para el bautismo. Me leía algunos trozos de las cartas que escribía a su futura, a su tío, a todos los de su familia, con el fin de descubrirme hasta lo mas recóndito de su alma. En nuestras cordialísimas conversaciones no se le caían de la boca las pruebas evidentes que a los mas incrédulos debían convencer de su propia sinceridad, y de la milagrosa intervención del cielo en su conversión. «Los motivos mas graves, decía, los intereses que ejercen mayor imperio en el corazón del hombre, me tenían encadenado a mi religión. Se debe pues creer a un hombre que todo lo sacrifica a una convicción, que no puede venir sino del cielo.

Si lo que he afirmado no es absolutamente cierto, cometo una culpa muy execrable a la par que insensata.

Entrando en mi nueva religión con una mentira sacrílega, no solo arriesgo mi suerte en esta vida, sino que también pierdo mi alma y tomo sobre mí la formidable responsabilidad de todas las que siguieren mi ejemplo ¿Adónde pues está mi interés?… ¡Ay de mi! Cuando mi hermano se convirtió al catolicismo y se hizo sacerdote, entre todos los de la familia yo fui el que le perseguí con más encarnizamiento. Estábamos enemistados; yo al menos le detestaba, aunque él me había perdonado. Cuando pensé en casarme me pareció que debía reconciliarme con mi hermano escribiéndole algunos pocos renglones bastante fríos, y él me contestó con una carta que no respiraba mas que caridad y ternura.

Hace diez y ocho meses que murió uno de mis sobrinitos: mi hermano el abate quiso bautizarle, y yo me puse furioso cuando lo supe.

Espero que Dios me pruebe atribulándome con rigor, para que yo le glorifique y manifieste al mundo que procedo de buena fe.

Sí; procede de buena fe el hombre que a la edad de veintiocho años sacrifica todas las delicias y encantos de su corazón, todas las esperanzas de su vida, por obedecer á su conciencia. Pues ha pesado todas las consecuencias de su resolución; pues ya no ignora que el cristianismo es el culto de la cruz; se le ha dicho y repetido todas las pruebas que le esperan, todos los deberes que impone la nueva religión, en la cual ya no ve la hora de entrar.

En el momento en que pidió el bautismo se le llevó al venerable Padre que dirige una sociedad muy querida de todos los amigos de Dios, quien después de haberle escuchado con amorosa bondad, pero al mismo tiempo con suma gravedad, le hizo considerar atentamente los sacrificios que tendría que hacer, las graves obligaciones que tendría que cumplir, los combates particulares que le esperaban, las tentaciones, las pruebas de todo género a que iba a exponerle semejante resolución; y mostrándole un Crucifijo que estaba sobre su mesa, le dijo:

Esta cruz que aquella noche habéis visto, no solamente deberéis adorarla, sino también llevarla desde el momento que recibáis el agua del bautismo.

Abriendo luego el libro de las Santas Escrituras, buscó el segundo capítulo del Eclesiástico, y leyó al Sr. Ratisbonne estas palabras:

Hijo: en consagrándote al servicio de Dios, persevera en la justicia y en el temor, y prepara tu alma para la tentación. Humilla tu corazón, espera con paciencia; inclina tu oído, y recibe las palabras de la sabiduría, y no te agites en el tiempo de la oscuridad. Aguarda con paciencia lo que esperas de Dios; estréchate a Él y aguarda, á fin de que tu vida sea dichosa en el término. Acepta de buen grado todo lo que te sobreviniere: y espera en medio del dolor, y ten paciencia en medio de la humillación; porque en el fuego se prueba el oro y la plata, y los siervos de Dios en la fragua de la tribulación. Confía en Dios y te salvará; dirige tu camino y espera en él. Conserva su temor y envejécete en él.”

Hizo una profunda impresión en Ratisbonne la lectura de estas divinas palabras. Lejos de desalentarle, le hicieron más firme en su propósito, inspirándole los sentimientos mas dignos del verdadero cristiano. Él sin embargo las oyó en silencio; pero concluido el retiro que precedió á su bautismo, fue al anochecer la víspera de aquella gran solemnidad a ver al respetable sacerdote que ocho días antes le había leído aquellas palabras, y le pidió una copia de ellas, diciéndole que quería conservarlas y meditarlas todos los días de su vida.

Tales son los hechos que ofrezco a la meditación de todos los hombres reflexivos. Los he expuesto sin ningún artificio, con toda su sencillez, con toda su verdad, para edificación de los que creen, para enseñanza de los que todavía buscan la tranquilidad de su conciencia. ¡Me tendré por muy dichoso sí después de haber andado yo mismo errante por largo tiempo en las tinieblas y contradicciones de las sectas protestantes, llego a conseguir con tan sencilla relación que algún hermano extraviado exclame finalmente como el ciego del Evangelio: Señor, haced que yo vea; pues el que pide bien pronto abre los ojos al sol de la verdad católica!

***

Notas del traductor

1º Más adelante nos dirá el Sr. Ratisbonne qué debemos entender por esta palabra regeneración.

2º En la oración de las Cuarenta Horas no se reserva al anochecer como en España a su Divina Majestad, que permanece manifiesto para recibir desde las nueve o diez de la noche las fervorosas oraciones de los cofrades de la vela del Santísimo Sacramento, que de cuatro en cuatro y por espacio de cuatro horas están adorando a Jesús Sacramentado con devotísimos ejercicios, dirigidos por alguno de los muchos sacerdotes del seno de la misma congregación.

3º A la Unión católica, periódico religioso de París, daba su corresponsal de Roma, entre otros muchos, los siguientes pormenores acerca de la edificante y casi repentina muerte del conde de Laferronays.

“El mismo día que el Señor le iba á llamar á sí estuvo el conde en San Juan de Letran larguísimo rato en oración delante del Santísimo Sacramento, según lo tenía de costumbre, y al anochecer se halló también en la reserva del Santísimo en la capilla de la Adoración perpetua. A las nueve de la noche quejábase bastante del dolor que habitualmente padecía en el pecho; se le hicieron dos sangrías, pero agravándose lejos de aliviarse con ellas, se llamó inmediatamente a su confesor el abate Gerbet, quien acercándose a su lecho le bendijo y le hizo diversas preguntas, a las cuales contestaba el enfermo con extraordinaria ternura y admirable fervor: ¡Ah sí, Ah sí! ¡Me arrepiento de todas mis culpas! Sí, amo a mi Dios de todo corazón, de todo corazón! Y tomando el Crucifijo le estrecha amorosamente a sus labios, y no cesa de repetir esta sencilla y patética invocación: Dios mío, tened piedad de mí! ¡Virgen santísima rogad por mí, venid a auxiliarme!

Había tenido la dicha de comulgar el día antes, y viéndole tan de peligro su confesor le absolvió sin pérdida de tiempo; absolución que recibió con intenso dolor, como bien lo mostraban sus muchas lágrimas.

Pero bien luego brilla en sus ojos la calma y paz divina, la celestial alegría que inundaba su alma. ¡Cuan dichoso soy ahora! exclama varias veces con voz apagada y con sonrisa como de predestinado, ¡cuan dichoso soy! Adiós, dice a su amada esposa estrechándole la mano, adiós, hijos míos queridos…. y a los pocos minutos aquella alma tan hermosa, tan pura, tan noble y tan angelical se exhala al seno de su Dios.

Aquel mismo día al volver a su casa había dicho á su esposa: He estado en Santa María la Mayor, me he arrodillado delante de Nuestra Señora, y después de haberla invocado he dicho a su divino Hijo: Señor, aquí me tenéis, estoy pronto a cuanto queráis de mí. Si ya queréis llamarme a vos, venid, Señor y recibid mi alma; pero si aún me dejáis por más tiempo en este valle de lágrimas, no emplearé mi vida sino en vuestra gloria.»

4º Scala santa, o Escalera santa. Llámase así, por ser tradición que se compone de las mismas gradas que formaban la del pretorio de Jerusalém, y por las cuales subió nuestro adorable Salvador después de su flagelación, derramando las preciosísimas gotas de su sangre divina. Estas gradas son de mármol blanco y en número de veinte y ocho, y solo se suben de rodillas con profunda veneración. Clemente Xll las hizo cubrir con madera a fin de que no sufriesen el menor detrimento. El santuario a que conducen, y al cual también se sube por otras cuatro escaleras, está dedicado por Sixto V al Santísimo Salvador, cuya imagen, obra de pincel griego, y salvada de la persecución de Leon Isauro, se venera en aquel lugar con una devoción tierna y respetuosa.

5º Dejemos hablar al Sr. Edmundo Humann. “El jueves 20 a eso de las doce y media hallé casualmente en el café a Ratisbonne, y en verdad que no me pareció que estaba de humor de hacerse católico, ni con ningún pensar religioso. Ha mucho tiempo que le conozco. Es de un carácter frío, nada entusiasta, y es de todo punto imposible que quien le haya tratado algún poco atribuya su conversión a consideraciones humanas. (El Conde Teobaldo Walsh.)

6º Casa profesa de la Compañía de Jesús, contigua á la magnífica iglesia de este mismo nombre.

7º El conde de Walsh dice que Ratisbonne estuvo orando al lado del cadáver de Laferronays desde el anochecer hasta las diez de la noche en San Andrés delle Fratte, solo y cerradas las puertas de la iglesia.

8º En Roma ha adquirido mucha celebridad e interés la capilla en que Ratisbonne tuvo la milagrosa visión … San Andrés delle Fratte se ha vuelto en nuevo lugar de peregrinación, y se va allí a admirar un hermoso cuadro regalado por el mismo convertido, que representa la Inmaculada Concepción, y aquella mano bienhechora que le mostró el camino de la verdad. A derecha e izquierda del altar se han colocado dos piedras de mármol, en las cuales se lee la siguiente inscripción en francés é italiano: El 20 de enero de 1842, Alfonso Ratisbonne, natural de Strasburgo, entró aquí judío obstinado; apareciósele la Santísima Virgen tal como aquí la ves, y arrodillándose judío se levantó cristiano. Extranjero, lleva a tu patria el precioso recuerdo de la misericordia de Dios y del poder de María. (El Católico núm. 1162 del sábado 6 de mayo de 1843.)

***

Historia de la milagrosa conversión del judío Mr. de Ratisbonne. Editor Impr. de E. Aguado, 1845

Fuente:
http://salutarishostia.wordpress.com/2010/01/19/la-conversion-de-ratisbonne/

domingo, 7 de abril de 2013

Segundo domingo de Pascua: FIESTA DE LA MISERICORDIA. "El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas."


" Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y,especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas. En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias."


+ 1931, 22 de febrero

47 Al anochecer, estando en mi celda, vi al Señor Jesús vestido con una túnica blanca. Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido. En silencio, atentamente miraba al Señor, mi alma estaba llena del temor, pero también de una gran alegría. Después de un momento, Jesús me dijo:
Pinta una imagen según el modelo que vez, y firma*: Jesús, en Ti confío. Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y [luego] en el mundo entero.
48 Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo Mismo la defenderé como Mi gloria.

49 Cuando le dije al confesor [48] recibí como respuesta que eso se refería a mi alma. Me dijo: Pinta la imagen de Dios en tu alma. Cuando salí del confesionario, oí nuevamente estas palabras: Mi imagen está en tu alma. Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo deber ser la Fiesta de la Misericordia.

50 + Deseo que los sacerdotes proclamen esta gran misericordia que tengo a las almas pecadoras. Que el pecador no tenga miedo de acercase a Mi. Me queman las llamas de la misericordia, deseo derramarlas sobre las almas humana


420 El primer domingo después de la Pascua de Resurrección, es decir, Fiesta de la Misericordia del Señor, clausura del Jubileo de Redención. Cuando fuimos a esta solemnidad, el corazón me latía de alegría por estar unidas estas dos solemnidades tan estrechamente. Pedí a Dios la misericordia para las almas pecadoras. Cuando terminó el oficio, y el sacerdote tomó el Santísimo Sacramento para impartir la bendición, súbitamente vi al Señor Jesús con el mismo aspecto que tiene en esta imagen. El Señor impartió la bendición y los rayos se extendieron sobre todo el mundo. De repente vi una claridad inaccesible en forma de una habitación de cristal, tejida de ondas de luz impenetrable (175) a cualquier criatura o espíritu. Para entrar en la claridad [había]tres puertas y en ese instante Jesús, con el mismo aspecto que tiene en la imagen, entró en aquel resplandor a través de la segunda puerta, hasta el interior de la unidad. Es la Unidad Trinitaria que es inconcebible, infinita. Oí la voz:
Esta Fiesta ha salido de las entrañas de Mi misericordia y está confirmada en el abismo de Mis gracias. Toda alma que cree y tiene confianza en Mi misericordia, la obtendrá. Me alegré enormemente de la bondad y de la grandeza de mi Dios.


699 Una vez, oí estas palabras: Hija Mía, habla al mundo entero de la inconcebible misericordia Mía. Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y,especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas. En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias. Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata. Mi misericordia es tan grande que en toda la eternidad no la penetrará ningún intelecto humano ni angélico. Todo lo que existe ha salido de las entrañas de Mi misericordia.Cada alma respecto a mi, por toda la eternidad meditará Mi amor y Mi misericordia. La Fiesta dela Misericordia ha salido de Mis entrañas (139), deseo que se celebre solemnemente el primer domingo después de Pascua. La humanidad no conocerá paz hasta que no se dirija a la Fuente de Mi misericordia.