lunes, 15 de agosto de 2016

María asunta al cielo en cuerpo y alma, ruega por nosotros

 UNA MUJER VESTIDA DE SOL



ISRAEL-MARÍA-IGLESIA


El capítulo 12 del Apocalipsis nos recuerda el relato del Génesis (3,15), donde se anuncia la perenne enemistad entre la mujer y la serpiente, entre la descendencia de ésta y la descendencia de aquella, hasta que la descendencia de la mujer aplaste la cabeza de la serpiente, "serpiente antigua, que tiene por nombre Diablo y Satanás y anda seduciendo a todo el mundo" (Ap 12,9). También evoca el Exodo, con la alusión al desierto (v.6) y con "las alas de águila" dadas a la mujer para volar hacia él (v.14): "Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí" (Ex 19,4). Este trasfondo permite reconocer en la Mujer al Israel de la espera y, sobre todo, al nuevo Israel del cumplimiento.

Al centro aparece una figura gloriosa: es una mujer vestida de la luz del sol, como lo está Dios mismo (Sal 104,2), apoyada sobre la luna, coronada de doce estrellas. Esta mujer evoca a la del Cantar de los Cantares: "¿Quién es ésa que surge como la aurora, bella como la luna, esplendorosa como el sol, terrible como escuadrones ordenados?" (6,10). Esta Mujer es la Madre, la Esposa, la Ciudad Santa, símbolo de la salvación, encinta del Mesías. Los dolores del parto aparecen en los profetas como imagen del preludio de la llegada del Mesías.

Por ello, en esta Mujer, vestida del sol, del Apocalipsis, encontramos un gran símbolo del misterio de María, la Virgen Madre que da a luz al Mesías.1 En la Tradición se ha visto en esta Mujer misteriosa el símbolo de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, y el símbolo de María, la Madre de Jesús. Pero, para entender este simbolismo, hay que partir viendo en esta Mujer el símbolo, en primer lugar, de Israel, la Hija de Sión, la Madre Israel, de la que ha nacido el Mesías: "la salvación viene de los judíos" (Jn 4,22). Jesús, en cuanto hombre, tiene una ascendencia judía, es hijo de la Mujer Sión. Pero, en el Nuevo Testamento, la Mujer Sión es la Iglesia. Y, uniendo a Israel y la Iglesia, aparece María, donde desemboca la esperanza de Israel y se inicia la Iglesia.

1 En el v. 5 se cita el salmo 2, que anuncia al Mesías.

La mujer vestida de sol es el símbolo arquetípico de la Iglesia indestructible, de la Iglesia eterna. Ella soporta siempre sufrimientos y persecuciones; pero no es nunca abatida. Y al final alcanza la victoria como Esposa del Cordero. Sión-María-Iglesia es siempre la Mujer, que no pertenece a la tierra. Es una figura celeste, "vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas" (Ap 12,1). El adorno de esta Mujer del Apocalipsis es el que ya describiera Isaías: "Levántate y resplandece, pues ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh alborea sobre ti... Ya no será el sol tu lumbrera de día, ni te alumbrará el resplandor de la luna, sino que Yahveh será tu eterna lumbrera y tu Dios será tu esplendor. Tu sol no se pondrá jamás ni menguará tu luna, porque Yahveh será tu eterna luz" (Is 60,1.19-21). Por eso, al final, como Jerusalén celestial, "desciende del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su Esposo... La Ciudad santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, tenía la gloria de Dios" (Ap 21,2.10-11). "El trono de Dios y del Cordero estará en la Ciudad y los siervos de Dios le darán culto. Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente. Ya no habrá noche ni tendrán necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos" (Ap 22,3-5).

La luna puede ser muy hermosa. Cuando es luna llena, la naturaleza se nos ofrece magnífica en el profundo silencio de la noche. Todo produce una sensación de tranquilidad, de calma, de paz. Pero esta luz de la luna no le pertenece, es una luz recibida. La belleza de la luna no es más que un reflejo del esplendor del sol. Brillando con la luz que recibe del sol es maravillosamente hermosa. Los Padres han aplicado este simbolismo a la Iglesia y a María: "hermosa como la luna" (Ct 6,10). Pero la luz, el esplendor de la Iglesia, y de María, es gracia. En la Escritura y en la liturgia, la imagen del sol se aplica a Dios y a Cristo. El es el Sol de justicia: "Dios es luz" (lJn 1,5) y la fuente de la luz (lJn 1,7). La Mujer vestida del sol es la Iglesia vestida de Cristo. Pero, además, está "coronada con doce estrellas", donde la Tradición ha visto a los "doce apóstoles del Cordero" (Ap 21,14), fundamento de la nueva Jerusalén, que a su vez nos remiten a las doce tribus de Israel.

Así, la Mujer coronada de doce estrellas es una imagen del antiguo y del nuevo Israel en su perfección escatológica.

La Sión escatológica, que resplandece en todo su esplendor, no brilla con luz propia, sino gracias a la gloria de Dios: está revestida de la gloria de Dios: "Porque la gloria de Dios la ilumina y su lumbrera es el Cordero" (Ap 21,23). En la Tradición patrística yen la liturgia ha tenido una gran resonancia el símbolo de la luna: "el misterio de la luna".2 Sión-María-Iglesia no tiene luz propia, sino cual luna misteriosa, junto al Sol, devuelve reflejada hacia los hombres la claridad de El, que resplandece en su rostro (LG 1).

La mujer estaba encinta y, precisamente por ello, revestida de sol. Dios mismo la había preparado su traje de bodas, cubriéndola con el Espíritu de gloria. Es la nube que guió al pueblo del éxodo, la que cubrió la cima del Sinaí, la que llenó la tienda de Dios en el desierto y el templo en el día de su dedicación. Es la gloria de Dios que, según el anuncio de Isaías (4,5), se extenderá sobre la asamblea reunida en el monte Sión, cuando lleguen los días profetizados. Es la nube que cubrió a Jesús en la transfiguración (Mc 9,7). Esta espesa nube de luz, cargada de la gloria de Dios, cubrirá a María, revistiéndola de luz. María es la mujer rodeada de la gloria de Dios. El Espíritu Santo, que es el Espíritu de la gloria de Dios (1P 4,14), envolverá a María con su sombra luminosa, nube de fuego. El Espíritu de gloria y de poder (Rm 6,4; 2Co 13,4; Rm 8,11) desciende sobre María y la hace madre del Hijo de Dios en el mundo.

2 Cfr. H. RAHNER, "Mysterium lunae", en La Eclesiologia dei Padri, Roma 1971.

Esta Mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y coronada con doce estrellas, es la Mujer en trance de dar a luz. Es la Mujer que está encinta y que grita con los dolores de parto. Son los dolores escatológicos de la Hija de Sión en cuanto madre. Así la describe el profeta Oseas: "Retuércete y grita, hija de Sión, como mujer en parto" (Mi 4,10). Y con gran vigor Isaías describe este gran acontecimiento escatológico: "Voces, alborotos de la ciudad, voces que salen del templo. Es la voz de Yahveh, que da a sus enemigos el pago merecido. Antes de ponerse de parto, ha dado a luz: antes de que le sobrevinieran los dolores, dio a luz un varón. ¿Quién oyó cosa semejante? ¿Quién vio nunca algo igual? ¿Es dado a luz un país en un día? ¿Una nación nace toda de una vez? Pues apenas ha sentido los dolores, ya Sión ha dado a luz a sus hijos. ¿Voy yo a abrir el seno materno para que no haya alumbramiento?, dice Yahveh. ¿Voy yo, el que hace dar a luz, a cerrarlo?, dice tu Dios. Alegraos con Jerusalén y regocijaos con ella todos los que la amáis. Llenaos de alegría con ella los que con ella hicisteis luto" (Is 66,6-10).

El hijo, que la Mujer Sión da a luz, son todos los hijos del pueblo de Israel, del nuevo pueblo mesiánico. Jesús recurre a la misma imagen en la última cena, inmediatamente antes de la Pasión y Resurrección (Jn 16,19-22). Los dolores de parto de la mujer, con los que se compara la tristeza de los discípulos, son un signo del nuevo mundo que ha de hacerse realidad para ellos en el acontecimiento pascual. A través de la Cruz y la Resurrección tendrá lugar el alumbramiento doloroso del nuevo pueblo de Dios. La conexión entre las angustias de la mujer, el odio de la bestia y la elevación del hijo hace presente el misterio pascual, como nacimiento de la muerte a la vida del nuevo pueblo de Dios. La resurrección es expresada como concepción en la predicación de los apóstoles (Hch 4,25-28).

El varón que la Mujer da a luz es Jesús ciertamente (Ap 12,5), pero no se trata del alumbramiento de Belén, sino del nacimiento de Cristo, que tiene lugar en la mañana de Pascua. El nuevo Testamento describe en varias ocasiones la Resurrección como un nuevo nacimiento, como el día en que el Padre dice: "Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy" (Hch 13,32-33). La Resurrección es el momento del "nacimiento" del Cristo glorificado, el comienzo de su vida gloriosa, de la "elevación del Hijo hacia Dios y su trono" (Ap 12,5), victorioso sobre el gran dragón.

El hijo es, ciertamente, el Jesús histórico resucitado y glorificado. Pero también es el Cristo total, Cabeza y miembros, "el resto de su descendencia", sus hermanos, que "son los que guardan los preceptos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús" (12,17). Todos éstos son también hijos de la Mujer, los hijos que María ha recibido de Cristo desde la cruz, los hijos que la Iglesia da a luz a lo largo de los siglos. La maternidad de María se halla ligada al Gólgota. Allí María es llamada "Mujer" lo mismo que en el Apocalipsis. Es allí donde la madre de Jesús se convierte en madre del discípulo, de todos los discípulos de Jesús. Al pie de la cruz tiene lugar el nacimiento del nuevo pueblo de Dios, de la Iglesia, de la que María es a la vez imagen y madre: "Que el dragón designa al diablo, ninguno de vosotros lo ignora, ni que esta mujer designa a la virgen María, que, en su integridad, ha traído al mundo a nuestro jefe, y que expresa en ella la imagen de la Iglesia".3

La pirámide mesiánica, que se eleva desde su ancha base (Gn 3,15), peldaño a peldaño, pasando por la raza de Sem, el pueblo de Abraham, la tribu de Judá, el clan de David, llega en María a su vértice. Las líneas ascendientes convergen en un solo punto: la primera Iglesia, cristiana por su maternidad, viene a identificarse con María. Alégrate, le dice el mensajero de Dios: la complacencia divina, que reposa sobre Israel, a causa del Hijo que ha de nacer, reposa sobre ti. Gabriel recoge la invitación a la alegría tantas veces dirigida a la hija de Sión. Toma el relevo de los profetas y trae la invitación a aquélla a quien, desde siempre, ha estado destinada.4

Por ello, tras la victoria de Cristo, cuando "se enfureció el dragón contra la mujer y se fue a hacer la guerra contra el resto de su descendencia, contra los que guardan los preceptos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús" (12,7), la Mujer tiene que "huir al desierto", al lugar donde se selló la alianza entre Yahveh y el pueblo, lugar donde Israel vivió sus esponsales con Yahveh, lugar de su refugio, donde es especialmente protegido y conducido por Dios (1R 19,4-16). El desierto es un lugar de protección y defensa contra el peligro de los enemigos, porque es el lugar privilegiado del encuentro con Dios. Rodeada de pruebas y persecuciones, la Mujer, la Iglesia, huye al desierto para permanecer por un tiempo aún, hasta que sea definitivamente derrotado "el gran dragón, la antigua serpiente, llamada Diablo y Satanás" (12,7), enemigo de la Mujer desde el comienzo hasta el final de la historia.

3 QUODVULTDEUS, De symbolo ad catech umen os 3,1: PL 60,349.
4 Za 9,9; So 3,14-17; Le 1,28.30.

La Iglesia, nuevo Israel, conoce el tiempo de los dolores de parto y es objeto de la persecución del dragón. Pero así como su Señor ha salido vencedor de la muerte y del antiguo adversario en su resurrección, también la Iglesia superará la prueba y será salvada por el poder de Aquel que está junto al trono de Dios. El triunfo pascual del Hijo de la Mujer es anticipación y promesa segura del triunfo escatológico de la Iglesia, aun cuando en el tiempo presente viva en medio de los dolores de parto, atravesando su "desierto", que es tiempo de prueba y de gracia. Puede cantar: "Ya está aquí la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios. Ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que día y noche los acusaba delante de nuestro Dios. Ellos mismos lo han vencido por medio de la sangre del Cordero y por el testimonio que dieron" (Ap 12,10-11).

Este tiempo es el período del testimonio de la Iglesia en el curso de su historia sobre la tierra. La Iglesia como testigo de Dios se ve sometida a pruebas, pero goza de la protección del Señor y tiene garantizada la victoria. María, su figura escatológica, es para ella el signo seguro de esperanza. La serpiente acechará su talón, pero será finalmente aplastada por el talón de la Mujer. La Iglesia, probada con la persecución, evoca a la Madre de Jesús, la Mujer, como el "gran signo" de esperanza frente a todas las amenazas del dragón a lo largo de la historia. En María, la Iglesia de los mártires ha reconocido la imagen triunfante de la victoria del Hijo que ella dio a luz, como aliento para su combate.

Por ello este tiempo es tiempo de combate. La Mujer esplendente, "hermosa como la luna, resplandeciente como el sol", es también " terrible como escuadrones ordenados" (Ct 6,10). Este sorprendente juego de imágenes,que expresa tanto el esplendor de la Mujer como su victorioso poder, muestra a la Mujer Sión y también a María. En María alcanzan su cumplimiento todas las promesas hechas a la Hija de Sión, que anticipa en su persona lo que será realidad para el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia. En la liturgia se ha cantado a María con esta antífona: 'Alégrate, Virgen María, porque tú sola venciste a todas las herejías en el mundo entero". La resonancia de los dogmas sobre la Virgen, vistos e integrados en el misterio de Cristo y de la Iglesia, asegura la solidez de la fe y fortalece en la lucha contra todas las herejías. En este sentido, María es "terrible, como escuadrones ordenados". Con la fe en todo lo que en María se nos ha revelado, la Iglesia está segura de la victoria final sobre las fuerzas del mal.

La "Mujer" simboliza, pues, al pueblo de Dios que da a luz al Mesías y a los creyentes. Es la figura de la Iglesia y de aquella que la personifica, María, la Madre de Jesucristo, la Madre de Dios, la "Mujer", nueva Eva, Madre de los creyentes.



 LA ASUNCIÓN DE MARÍA A LOS CIELOS


En María tenemos el primer testimonio de la victoria de su Hijo sobre la muerte. Con su asunción al cielo en cuerpo y alma, María es la primera testigo viviente de la resurrección. En su persona misma, María nos testimonia que el reino de Dios ha llegado ya. Ella proclama el triunfo de la obra salvadora del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En el "cielo aparece como signo" de esta victoria para toda la Iglesia. La asunción de la bienaventurada Virgen en cuerpo y alma al cielo afirma sobre María aquello que confesamos para nosotros en la fórmula de fe del símbolo apostólico: la resurrección de la carne y la vida eterna.

La maternidad divina y la virginidad perpetua (los dos primeros dogmas) y la concepción inmaculada y la asunción en cuerpo y alma a los cielos (los dos últimos) salvaguardan la fe cristiana en la Encarnación del Hijo de Dios, salvaguardando igualmente la fe en Dios Creador, que puede intervenir libremente sobre la materia y nos garantiza la resurrección de la carne. Las dos primeras expresiones mariológicas se formularon en el contexto de las controversias cristológicas; las dos últimas responden a las cuestiones de antropología teológica sobre el estado original, el pecado original, la donación de la gracia y el destino final del hombre.

Las fiestas marianas del 15 de agosto y del 8 de diciembre representaron un fuerte estímulo para profundizar en el misterio de María: como glorificación de Dios en María se afirmó su Inmaculada concepción en el comienzo; y en el final, su Asunción a los cielos en cuerpo y alma. Así los dos últimos dogmas marianos son un "acto de culto" a Dios, a quien se da gloria por las maravillas realizadas en María, como signo de las maravillas que desea realizar en todos nosotros. Esta intención se señala expresamente en la bula de la definición: "Para honor de la santa e indivisa Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios declaramos"; "para gloria de Dios omnipotente..., para honor de su Hijo...,para mayor gloria de la misma augusta Madre..., proclamamos, declaramos y definimos".5

Al mismo tiempo estas definiciones se proclaman "para gozo y regocijo de toda la Iglesia". Es la dinámica de la fe eclesial la que se expresa en estos dogmas, en su deseo de profundizar en el conocimiento del misterio cristiano, dentro de una contemplación creyente y adorante del mismo: "después que una y otra vez hemos elevado a Dios nuestras preces suplicantes e invocado la luz del Espíritu de verdad".6

5 Bula Ineffabilis Deus del 8-12-1854: DS 2803; y constitución apostólica Munificentissim us Deus del 1-11-1950: DS 3903.
6 DS 3903.

Junto a esta intención primera, estas dos últimas definiciones responden a dos reduccionismos opuestos en el ámbito de la antropología teológica: por un lado se responde a la exaltación moderna del hombre en su subjetividad y en su protagonismo histórico, llevado hasta el extremo de negar a Dios. Y por otro lado se responde al pesimismo de la Reforma protestante, que, para exaltar a Dios, anula al hombre. Entre estos dos extremos -la gloria del hombre a costa de la muerte de Dios y la gloria de Dios a costa de la negación del hombre- se sitúa la fe de la Iglesia, que une lo humano y lo divino en la unidad de la persona del Verbo encarnado. Y, como en los dos dogmas primeros, también ahora María es el vehículo para presentar la auténtica fe de la Iglesia.

En contra de la idea del hombre como árbitro absoluto de su propio destino, en el dogma de la Inmaculada concepción de María se afirma la absoluta primacía de la iniciativa de Dios en la historia de la redención: "Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el mismo instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles".7

7 DS 2803.

La Inmaculada nos muestra la soberanía de Dios sobre la creación. María es vista, en el proyecto de salvación de la Trinidad santa, totalmente referida a su Hijo. La elección por parte del Padre, absolutamente libre y gratuita, se realiza para María -como para todos-a través de la mediación única y universal del Hijo Jesús, por cuyos méritos ante el Padre quedó preservada inmune del pecado original desde el momento de su concepción. María viene a la existencia por obra del Padre mediante el Hijo en el Espíritu. Esta visión celebra el triunfo de la gracia de Dios. En el comienzo del misterio de María todo es gratuito. Ella queda colmada de la gracia de Dios desde el primer instante, antes de haber podido hacer ningún acto meritorio. Ella entra en el mundo envejecido llena de la gracia de Dios, que devuelve en ella la creación a su origen primordial.

Y María, la transformada por la gracia de Dios en el instante mismo de su concepción, terminada su peregrinación por la tierra, es asunta en cuerpo y alma al cielo. Frente al pesimismo de la reforma en relación al hombre, la Iglesia proclama con el dogma de la Asunción que Dios no rivaliza con el hombre y su gloria, sino que la afirma. En la Asunción de María se verifica el antiguo axioma de San Ireneo: "La gloria de Dios es el hombre vivo". El Dios que actúa en la historia de la salvación se complace en la salvación del hombre, que la acoge. Lo mismo que María es inmaculada porque el Espíritu de Dios la colmó de gracia y la preservó del pecado en atención a los méritos del Hijo, así la victoria sobre la muerte, realizada en Cristo resucitado, resplandece plenamente en María, que tiene con El un lugar en el cielo. Recogiendo la tradición eclesial, el sensus fidei, la constitución Munificentissimus Deus, del 1 de noviembre de 1950, afirma: "Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial".8

8 DS 3903. La tradición eclesial escrita arranca con la homilía de SAN MODESTO DE JERUSALEM, In Dormitionem Virginis Mariae: PG 86B,3277-3312.

Las razones de este acto divino se evocan en los títulos que se atribuyen a María en la misma definición: Inmaculada, Madre de Dios, siempre Virgen. Estos títulos remiten a la relación de María con su Hijo, en el marco de la elección por parte del Padre y bajo la acción del Espíritu Santo. En el misterio de María se manifiesta anticipadamente lo que su Hijo divino realizó por nosotros al resucitar de entre los muertos, es decir, la victoria sobre el pecado y sobre la muerte. En María resplandece para nosotros el proyecto divino sobre el hombre. La dignidad y vocación del hombre aparece plenamente iluminada en la Virgen María, elevada a la gloria celestial. De este modo es para nosotros un signo de esperanza, ya que manifiesta el destino de nuestra peregrinación terrena y alimenta la fe de nuestra resurrección, garantizada por la resurrección de Cristo.

La virginidad de María es ya un anuncio de su glorificación escatológica. Isaías había entrevisto la gloria eterna de Jerusalén como centro del mundo (Is 2,2-3), llamándola "virgen hija de Sión" (Is 37,22-29). Así Jerusalén era figura de la Jerusalén celestial (Ap 22,9), Esposa del Cordero. La visión de Isaías ha hallado su cumplimiento en María. Cristo, nuevo Adán, en su concepción virginal inicia una nueva genealogía de la humanidad. María virgen es, en su persona, el signo de este mundo nuevo, la primera elegida, anticipación del estado de resucitados, en el que los hombres serán igual a los ángeles (Lc 20,34ss). De este modo la Virgen María es el anuncio de la ciudad celeste, Esposa del Cordero (Ap 19,7-9; 21,9), morada de todos los elegidos, que serán llamados vírgenes (Ap 14,4), porque siguen al Cordero dondequiera que va.

Quedando en pie la absoluta primacía de Dios, gracias a su voluntad e iniciativa libre y gratuita en Cristo, Dios y Hombre, lo humano queda redimido y la vida divina se hace accesible, de modo que la gloria de Dios es el hombre vivo y la vida plena del hombre es la visión de Dios.9 La Inmaculada concepción y la Asunción de María no son el fruto de un nuevo mensaje de Dios, sino una explicitación de lo revelado por Dios en la historia de la salvación a la luz del Espíritu Santo, que conduce a la Iglesia a la verdad plena de lo que Cristo enseñó (Jn 14,26; 16,13). Su definición "es el sello de dos intuiciones de la Iglesia relativas al principio y al final de la misión de María, que se fueron aclarando progresivamente al profundizar en las relaciones de la Virgen con Cristo y con la Iglesia".10 Ningún cristiano puede renunciar a la verdad sobre la Virgen porque comprometería la verdad salvífica sobre Cristo y sobre Dios, Trinidad santa:

María, por su íntima participación en la historia de la salvación, reúne en sí y refleja en cierto modo las supremas verdades de la fe. Cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre (LG 65).

La representación de María -en la imagen de la Medalla milagrosa, según las apariciones de 1830 a santa Catalina Labouré- une los dos puntos, inicial y final, de su existencia. Es la Virgen de Nazaret, que apoya sus pies sobre el mundo y aplasta la cabeza de la serpiente: el mal no tuvo poder sobre ella. Y es la Virgen glorificada, inundada de luz, mediadora de gracia, que derrama los dones divinos sobre el globo.11

9 SAN IRENEO: "Gloria Dei vivens horno est; vita hominis vicio Dei".
10 R. LAURENTIN, Compendio di mariología, Roma 1956, p.113.
11 S. DE FIORES, María en la Teología contemporánea, Salamanca 1991, p.491.



IMAGEN E INICIO DE LA IGLESIA GLORIOSA


Hoy es preciso mirar a María, verla en el Evangelio como ella se presenta y no como nosotros nos la imaginamos. Es necesario mirar a María para contemplar el papel esencial que ella tiene en el misterio de Cristo y en el misterio de la Iglesia. En ella, como imagen de la Iglesia, se nos muestra el sello con el que nosotros debemos ser modelados: cada cristiano y la Iglesia entera. Más que mirar a renovar la Iglesia según las necesidades del tiempo presente, escuchando las críticas de los enemigos o siguiendo nuestros propios esquemas, es necesario alzar los ojos a la imagen perfecta de la Iglesia, que se nos muestra en María.

La Iglesia contempla a María "como purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser" (SC 103; MC 22). Basándose en la tradición patrística y medieval, H. de Lubac dice que la conciencia cristiana "percibe a María como la figura de la Iglesia..., su sacramento..., el espejo en el que se refleja toda la Iglesia. Ella la lleva ya y la contiene toda entera en su persona".12 María es el inicio, el germen y la forma perfecta de la Iglesia; en ella se encuentra todo lo que el Espíritu derramará sobre la Iglesia. En María se celebra la promesa y la anticipación del triunfo de la Iglesia. De este modo, María "no eclipsa la gloria de todos los santos como el sol, al levantarse la aurora, hace desaparecer las estrellas", como se lamentaba santa Teresa de Lisieux de las presentaciones de la Virgen. Al contrario, la Virgen María "supera y adorna" a todos los miembros de la Iglesia.13

12 H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, p.251-252.
13 SAN BUENAVENTURA, De nativitate B.M. V., sermo 3.

El dogma de la Asunción fue promulgado no el 15 de agosto, sino el 1 de noviembre, en la fiesta de todos los santos. No se trata de glorificar a María en sí misma, sino de glorificar en ella la bondad y poder del Salvador. La Asunción no es un privilegio singular, sino la anticipación de lo que espera a todos los creyentes, destinados desde su bautismo a la gloria del cielo, pues "si perseveramos con El, reinaremos con El" (2Tm 2,12). María es la garantía de lo que todos esperamos. La Asunción es una profecía para nosotros. Después de Pentecostés María no sale, como los apóstoles, a predicar, pero con su Asunción proclama y testimonia el anuncio de todos los apóstoles: que la muerte ha sido vencida por el poder de Cristo resucitado: "Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido devorada en la victoria" (1Co 15,54).

María, entre los santos, es la primera salvada, la primera en quien el poder de Dios se ha realizado plenamente. Pero, como la gracia de la Inmaculada Concepción, no la substrajo de la condición humana, tampoco la Asunción ha separado a María de la Comunión de los Santos, sino que la ha situado en el corazón de la Iglesia celeste. María, revestida del Sol de la gloria de Dios, nos manifiesta luminosamente la victoria de Dios sobre el pecado y la muerte. María, la primera redimida, es también la primera glorificada.

María, "figura de la Iglesia", es el espejo de la Iglesia. En ella se refleja la luz de Cristo y en ella la Iglesia se ve a sí misma en todo su esplendor y belleza. Confrontándose con esta imagen la Iglesia se renueva y embellece cada día para presentarse como Esposa de Cristo. Contemplar a María como figura de la Iglesia y como Palabra de Dios a la Iglesia tiene que llevar a "poner por obra la Palabra y no contentarse sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno se contenta con oír la Palabra sin ponerla por obra, ése se parece al que contempla su imagen en un espejo, pero, apartándose, se olvida de cómo es" (St 1,22-24).14

María es el inicio y la primicia de la Iglesia. La Iglesia nace de la Pascua de Cristo. Pero el fruto de la Pascua se anticipa en María. Las fiestas de María nos llevan a celebrar en María lo que esperamos que se realice en nosotros. Por eso, en la liturgia, se la llama repetidamente "tipo", "inicio", "exordio", "aurora de la salvación", "principio de la Iglesia". María nos enseña a vivir, como ella, abiertos al Espíritu, para dejarnos fecundar por su sombra. En la Eucaristía invocamos al Espíritu para que "santifique los dones de pan y vino aquel Espíritu que llenó con su fuerza las entrañas de la Virgen María" (Misal mariano).

"Del mismo Espíritu del que nace Cristo en el seno de la madre intacta, nace también el cristiano en el seno de la santa Iglesia")15 Como María, la Iglesia "da a luz como virgen, fecundada no por hombre, sino por el Espíritu Santo".16 La total apertura y acogida de la Virgen a la acción del Espíritu Santo es la que le llevó a ser Madre de Dios. En eso aparece como imagen y primicia de lo que la Iglesia es y está llamada a ser cada vez más: arca de la alianza, esposa bella "sin mancha ni arruga", "pueblo reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (LG 4).

14 R. CANTALAMESSA, María, un espejo para la Iglesia, Milán 1992.
15 SAN LEÓN MAGNO, Sermo 29,1: PL 54,227B.
16 SAN AMBROSIO, De Virginibus I,6,31: PL 16,197

María es realmente imagen de la Iglesia, su mejor realización completa, en perfecta comunión con Cristo. María, por ello, es llamada "hija de Sión", como personificación del pueblo de Israel y del nuevo Israel, la Iglesia. El prefacio de la fiesta de la Inmaculada canta a la Virgen "como comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura". Y en la fiesta de la Asunción la celebramos, gloriosa en el cielo, "como inicio e imagen de toda la Iglesia". En ella celebramos lo que Dios tiene preparado para nosotros al final de la historia. Por ello el prefacio de la fiesta canta: "hoy ha sido llevada al cielo la Virgen Madre de Dios: ella es figura y primicia de la Iglesia, que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de tu pueblo todavía peregrino en la tierra". Recogiendo esta expresión de la fe del pueblo de Dios, el Catecismo de la Iglesia Católica llama a María "icono escatológico de la Iglesia" (n.972). Otro de los prefacios marianos del Misal romano da gracias a Dios porque "en Cristo, nuevo Adán, y en María, nueva Eva, se revela el misterio de la Iglesia, como primicia de la humanidad redimida".

Como primera cristiana nos invita con su palabra y con su vida a seguir a Cristo: "haced lo que El os diga"; a acoger la palabra de Dios: "Hágase en mí según tu palabra"; a vivir en la alabanza: "proclama mi alma la grandeza del Señor". Como la llama Juan Pablo II, María "es la primera y más perfecta discípula de Cristo" (RM 20). Como primera creyente es la primera orante, la que escucha la palabra y la medita en su corazón. Como dice otro prefacio: "María, en la espera pentecostal del Espíritu, al unir sus oraciones a las de los discípulos, se convirtió en el modelo de la Iglesia orante". Como primera discípula de Cristo es también maestra, que nos enseña la fidelidad a Cristo. En la santidad de María, la Iglesia descubre la llamada de todos sus hijos a la santidad:

Mientras la Iglesia ha alcanzado en la santísima Virgen la perfección, en virtud de la cual no tiene mancha ni arruga (Ef 5,27), los fieles luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado, y por eso levantan sus ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos (LG 65).

La Iglesia, contemplando la santidad de María, aprende el camino de la santidad. María testimonia a todos los cristianos la experiencia del Espíritu, que la ha colmado de gracia, les remite a Cristo, único mediador entre los hombres y el Padre, para asemejarse cada día más a su Esposo, como María se conformó a El en la fe. Mirando a María, esperanza realizada, la Iglesia aprende a vivir con los ojos puestos en las cosas de arriba, afianzándose en la certeza de los bienes futuros, sin instalarse en lo efímero y caduco de la escena de este mundo que pasa.

La Virgen Madre es el Icono de la Iglesia. En ella resplandece la elección de Dios y el libre consentimiento de la fe a esa elección divina. En ella se ofrece a los ojos del corazón creyente la ventana del misterio. Lo mismo que "el icono es la visión de las cosas que no se ,ven",17 así también María es, ante las miradas puras de la fe, el lugar de la presencia divina, el "arca santa" cubierta por la sombra del Espíritu, la morada del Verbo de vida entre los hombres. Pero, si lo visible del icono es perceptible para todos, lo invisible se ofrece a quien se acerca a él con corazón humilde y con docilidad interior. Sólo acercándose a María con esta actitud se puede descubrir en ella el misterio de Dios actuando en ella.

17 p. EVDOKIMOV La mujer y la salvación del mundo, Salamanca 1980, p.14.

En la singularidad de María la Iglesia se reconoce a sí misma. La Iglesia, pueblo de Dios, es más que una estructura y una actividad. En la Iglesia se da el misterio de la maternidad y del amor esponsal, que hace posible tal maternidad. La Iglesia es el pueblo de Dios constituido cuerpo de Cristo. Pero esto no significa que la Iglesia sea absorbida en Cristo. La expresión "cuerpo de Cristo", Pablo la entiende a la luz del Génesis: "dos en una sola carne" (Gn 2,24; 1Co 6,17). La Iglesia es el cuerpo, carne de Cristo, en la tensión del amor en la que se cumple el misterio conyugal de Adán y Eva que, en su "una carne", no elimina el ser-uno-frente-al-otro. La Iglesia, pueblo de Dios constituido cuerpo de Cristo, es la esposa del Señor. Este es el misterio de la Iglesia que se ilumina a la luz del misterio de María, la sierva que escucha el anuncio y, en absoluta libertad, pronuncia su fíat convirtiéndose en esposa y, por tanto, en un cuerpo con el Señor.

En la figura concreta de la Madre del Señor, la Iglesia contempla su propio misterio. En ella encuentra el modelo de la fe virginal, del amor materno y de la alianza esponsal a la que está llamada. Por eso, la Iglesia reconoce en María su propio arquetipo, la figura de lo que está llamada a ser: templo del Espíritu, madre de los hijos engendrados en el Hijo, pueblo de Dios, peregrino en la fe por los senderos de la obediencia al Padre. El Vaticano II, con San Agustín, ha confesado a María en la Iglesia como "madre de sus miembros, que somos nosotros, porque cooperó con su caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella Cabeza".18 "Por este motivo es también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad, y a quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera como madre amantísima, con afecto de piedad filial" (LG 53).

18 SAN AGUSTÍN, De sancta virginitate, 6.

Virgen-Madre-Esposa, icono del misterio de Dios, es, por tanto, análogamente icono del misterio de la Iglesia. Como en María, la comunión trinitaria se refleja también en el misterio de la Iglesia, "icono de la Trinidad". La comunión eclesial viene de la Trinidad, que la suscita por la iniciativa del designio del Padre y las misiones del Hijo y del Espíritu. La luz que irradia la santa Trinidad resplandece en su icono María-Iglesia, criatura del Padre, cubierta por la sombra del Espíritu para engendrar al Hijo y a los hijos en el Hijo. Los padres de la Iglesia han relacionado la fuente bautismal de la que salen los regenerados por el agua y el Espíritu Santo con el seno virginal de María fecundada por el Espíritu Santo. María virgen está junto a toda piscina bautismal. Así San León Magno relaciona el nacimiento de Cristo con nuestro nacimiento en el bautismo:

Para todo hombre que renace, el agua bautismal es una imagen del seno virginal, en la cual fecunda a la fuente del bautismo el mismo Espíritu Santo que fecundó también a la Virgen.19 El Espíritu, gracias al cual Cristo nace del cuerpo de su madre virgen, es el que hace que el cristiano nazca de las entrañas de la santa Iglesia.20

19 SAN LEÓN MAGNO, Sermo 25,5:PL 54,211c.
20 SAN LEÓN MAGNO, Sermón 29,1.

Icono de la Iglesia Virgen en la acogida creyente de la Palabra de Dios, María es igualmente icono de la Iglesia Madre: "La Iglesia, contemplando su profunda santidad e imitando su caridad y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, se hace también madre mediante la palabra de Dios aceptada con fidelidad, pues por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios" (LG 64; MC 19). Esta relación se basa en el misterio de la generación del Hijo y de los hijos en el Hijo: "Al igual que María está al servicio del misterio de la encarnación, así la Iglesia permanece al servicio del misterio de la adopción como hijos por medio de la gracia" (RM 43). Por eso puede decirse que la maternidad de la Virgen es un trasunto acabado de la maternidad de la Iglesia. De aquí que hablar de María sea hablar de la Iglesia. La una y la otra están unidas en una misma vocación fundamental: la maternidad.

Los testimonios de los Padres son numerosísimos:

"La Iglesia es virgen. Me dirás quizás: ¿Cómo puede alumbrar hijos si es virgen? Y si no alumbra hijos, ¿cómo hemos podido dar nuestra semilla para ser alumbrados de su seno? Respondo: es virgen y es madre. Imita a María que dio a luz al Señor. ¿Acaso María no era virgen cuando dio a luz y no permaneció siendo tal? Así también la Iglesia da a luz y es virgen. Y si lo pensamos bien, ella da a luz al mismo Cristo porque son miembros suyos los que reciben el bautismo. `Sois cuerpo de Cristo y miembros suyos', dice el Apóstol (1Co 12,28). Por consiguiente, si da a luz a los miembros de Cristo, es semejante a María desde todos los puntos de vista".21 "Esta santa madre digna de veneración, la Iglesia, es igual a María: da a luz y es virgen; habéis nacido de ella; ella engendra a Cristo porque sois miembros de Cristo".22

"María dio a luz a vuestra cabeza, vosotros habéis sido engendrados por la Iglesia. Por eso es al mismo tiempo madre y virgen. Es madre a través del seno del amor; es virgen en la incolumidad de la fe devota. Ella engendra pueblos que son, sin embargo, miembros de una sola persona, de la que es al mismo tiempo cuerpo y Esposa, pudiéndose así también comparar con la única Virgen María, ya que ella es entre muchos la Madre de la unidad".23

Icono materno de la paternidad de Dios, la Iglesia está siempre unida a María, dando a luz a sus hijos: "No puede tener a Dios por Padre el que no tiene a la Iglesia por madre".24 La Iglesia, imitando a María, tiene la misión de hacer nacer a Cristo en el corazón de los fieles, a través del anuncio de la palabra de Dios, de la celebración del bautismo y de los otros sacramentos y mediante la caridad: "Como madre, recibe la semilla de la palabra eterna, lleva a los pueblos en su seno y los da a luz".25 "La Iglesia da a luz, alimenta, consuela, cuida a los hijos del Padre, hermanos de Cristo, en el poder del Espíritu Santo. Por la palabra de Dios y el bautismo, da a luz en la fe, la esperanza y la caridad a los nuevos creyentes; por la eucaristía, los alimenta con el cuerpo y la sangre vivificantes del Señor; por la absolución, los consuela en la misericordia del Padre; por la unción y la imposición de las manos les da la curación del alma y del cuerpo".

21 SAN AGUSTÍN, Sermo 213,7: PL 38,1064.
22 SAN AGUSTÍN, Sermo 25,8: PL 46,938.
23 SAN AGUSTÍN, Sermo 192,2: PL 38,1012D.
24 SAN CIPRIANO, De unitate ecclesiae 6: PL 4,502.
25 SAN PAULINO DE NOLA, Carmen 25,155-183.

En la escuela de la Madre de Dios, la Iglesia madre aprende el estilo de vida de la gratuidad, del amor que no espera contracambio, que se adelanta a las necesidades del otro y le trasmite no sólo la vida, sino el gozo y el sentido de la vida: "La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres" (LG 65). La virginidad de María, como consagración a Dios, disponibilidad y obediencia integral en la fe, le recuerda a la Iglesia su comunión teologal en la fe, esperanza y caridad. La maternidad de la Virgen, por la *que acoge la palabra de Dios y coopera activamente en la salvación del mundo, le recuerda a la Iglesia su misión maternal de servicio en vistas al reino de Dios. Por su íntima unión con Cristo, como madre y discípula perfecta, María induce a la Iglesia a considerarse como encarnación continuada de Cristo a lo largo de los siglos, invitándola a seguir sus huellas. Y la Virgen, "que avanza en la peregrinación de la fe" para participar luego de la victoria definitiva de Cristo en la gloria, indica a la Iglesia su condición peregrinante en tensión hacia la parusía del Señor.26

26 S. DE FIORES, Maria nel mistero di Cristo e della Chiesa, Roma 1984.

La maternidad de María respecto al pueblo de Dios se ve sobre todo en su cooperación en la obra del Hijo: "Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente simpar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural en las almas. Por esto es nuestra madre en el orden de la gracia" (LG 61). Y más adelante, se añade: "Esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues, asunta a los cielos, continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna" (LG 62; CEC 963-975).

La realidad profunda de la Iglesia es femenina, porque es el cuerpo de Cristo, Esposa del Cordero. María es virgen y también la Iglesia es virgen, porque sólo de Dios recibe su fuerza y fecundidad, sin confiar en el vigor "del varón". Así María es esposa y símbolo de la Iglesia esposa. María ha dado a Jesús su carne y Jesús da a la Iglesia su propia carne, haciéndose con ella una sola carne. La Eucaristía, en el corazón de la Iglesia, es este don total del Esposo a la Esposa, para hacer de nosotros carne de la carne de Dios. María es madre y símbolo de la Iglesia madre, que continuamente da la vida y el alimento de esa vida. María, desde el pesebre hasta la cruz, ha cuidado del cuerpo de Cristo y continúa este ministerio en la Iglesia. Juan Pablo II, en su carta a las mujeres del mundo, les presenta así a María:

En la feminidad de la mujer creyente... se da una especie de "profecía" inmanente, un simbolismo muy evocador, podría decirse un fecundo "carácter de icono", que se realiza plenamente en María y expresa muy bien el ser mismo de la Iglesia como comunidad consagrada totalmente con corazón "virgen", para ser "esposa" de Cristo y "madre" de los creyentes.27

27 Carta de Juan Pablo II a las mujeres del mundo, del 29-6-1995.



 SIGNO SEGURO DE ESPERANZA


María es el icono escatológico de la Iglesia, el signo de lo que toda la Iglesia llegará a ser. En la Lumen gentium leemos: "La Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma es la imagen y principio de la Iglesia que ha de ser consumada en el siglo futuro, así en esta tierra, hasta que llegue el día del Señor (2P 3,10), antecede con su luz al pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo" (LG 68). Contemplando a María asunta al cielo, la Iglesia marcha hacia la Parusía, hacia la gloria donde la ha precedido su primer miembro. La Iglesia sabe que, acogiendo al Espíritu como María, se cumplirá en ella todo lo que se le ha prometido, y que en ella no ha hecho más que iniciarse, pero que lo contempla ya realizado en María, la Esposa de las bodas eternas. Y mientras peregrinamos por este mundo, María nos acompaña en el camino de la fe con corazón materno. Como dice un prefacio del Misal: "desde su asunción a los cielos, María acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina y protege sus pasos hacia la patria celeste, hasta la venida gloriosa del Señor".

María, la humilde sierva del Señor, es un signo de esperanza para todos los creyentes. Envuelta y bendecida por el poder del Altísimo, se ha convertido en la imagen de su presencia entre los hombres. Glorificada con Cristo, la asunción a los cielos inaugura para María una vida nueva, una presencia espiritual no ligada ya a los condicionamientos de espacio y tiempo, un influjo dinámico capaz de alcanzar ahora a todos sus hijos:

Precisamente en este camino, peregrinación eclesial a través del espacio y del tiempo, y más aún a través de la historia de las almas, María está presente, como la que es "feliz porque ha creído", como "la que avanzaba en la peregrinación de la fe", participando como ninguna otra criatura en el misterio de Cristo (RM 25).

Podemos aplicar a María la palabra del profeta Isaías: "Esta es la vía, id por ella" (Is 30,21). San Bernardo decía que María es "la vía real" por la que Dios ha venido a nosotros y por la que nosotros podemos ahora ir hacia El.28 "María coopera con amor de Madre a la regeneración y formación" de los fieles (LG 63). Ella "está presente en la Iglesia como Madre de Cristo y a la vez como aquella Madre que Cristo, en el misterio de la redención, ha dado al hombre en la persona del apóstol Juan. Por consiguiente, María acoge, con su nueva maternidad en el Espíritu a todos y a cada uno en la Iglesia; acoge también a todos y a cada uno por medio de la Iglesia" (RM 47).

28 SAN BERNARDO, Sermón I para el Adviento 5, en Opera IV, Roma 1966, p.174.

María, con el fíat de la Anunciación, recibe en su seno a Cristo, aceptando la voluntad del Padre de redimir a la humanidad por la encarnación del Verbo. Esta aceptación del plan redentor de Dios se le fue aclarando poco a poco a lo largo de su vida, en el itinerario de la fe tras las huellas de su Hijo. De este modo fue tomando conciencia de su misión maternal respecto a nosotros. Según se fue desplegando dentro de la historia el misterio de su Hijo, a María se le fue dilatando su seno maternal, hasta llegar al momento de la cruz (y de pentecostés) en que su maternidad llegó a su plenitud, abrazando a toda la Iglesia y a todos los hombres. Y ahora, glorificada en el cielo, María es perfectamente consciente de su misión maternal dentro del plan de salvación de Dios. Por ello sigue totalmente unida, en voluntad e intención, con la voluntad e intención salvífica del único Salvador de la humanidad, Cristo glorificado.29

29 E. SCHILLEBEECKX, María, Madre de la redención, Madrid 1974.

El tema de la intercesión de María, como la intercesión de los santos, es constante en la liturgia, donde se presenta a Cristo como el único mediador y redentor. Esto significa que la intercesión de María no se añade a la intercesión de Cristo, ni la sustituye, sino que se integra dentro de ella. Se puede comparar con la intercesión de los cuatro hombres de Cafarnaúm que colocan al paralítico ante Cristo y "con su fe" obtienen el perdón de los pecados y la curación del paralítico (Mc 2,5). María, gracias a la victoria de Cristo sobre la muerte, puede seguir cumpliendo esta intercesión más allá de la muerte. La vida nueva, fruto de la victoria de Cristo sobre la muerte, permite a cuantos la han heredado, seguir participando en la vida de la Iglesia después de su muerte. Ellos están llamados a impulsar con Cristo la llegada plena del Reino de Dios. Los mártires, que han testimoniado con su muerte, esta nueva vida, y los que lo han hecho con su vida, los santos, han sido venerados en el culto de la Iglesia desde los primeros siglos. Entre ellos, en primer lugar y de un modo singular, es nombrada en la liturgia la Virgen María.


 MARÍA, ESPLENDOR DE LA IGLESIA


Descubriendo el carácter eclesial de María descubrimos el carácter mariano de la Iglesia. María es miembro de la Iglesia, como la primera redimida, la primera cristiana, hermana nuestra y, a la vez, madre y modelo ejemplar de toda comunidad eclesial en el seguimiento del evangelio. María es hermana y madre nuestra. María no puede ser vista separada de la comunión de los santos. Se la puede llamar "madre de la Iglesia", porque es madre de Cristo y, por tanto, de todos sus miembros. Y, sin embargo, María sigue siendo "nuestra hermana".30

30 SAN ATANASIO, Carta a Epicteto 7: 26,1061.

La tradición hebrea interpretó el salmo 45 en clave mesiánica, como encuentro nupcial del Mesías con la comunidad de Israel. La carta a los Hebreos lo aplicó a Cristo para exaltar su supremacía sobre los ángeles, los "compañeros" del salmo, y para celebrar su obra salvífica en la muerte y resurrección. El salmo así adquiere una dimensión nueva, convirtiéndose en el retrato anticipado de Cristo Rey glorificado, salvador y guía de los redimidos. Luego, los Padres continuarán este proceso interpretativo aplicando todo el salmo a Cristo y a la Iglesia, iluminando el salmo con otros textos del Nuevo Testamento que presentan este simbolismo nupcial: "Este misterio es grande: lo digo en relación a Cristo y a la Iglesia" (Ef 5,32), "pues os he desposado con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo" (2Co 11,2).

Y tras esta interpretación fue fácil pasar a la interpretación mariana, pues la belleza y el esplendor de la Iglesia brilla con los rasgos del salmo en María. Ella es la esposa y reina por excelencia. "De pie a tu derecha (de Cristo) está la reina enjoyada con oro de Ofir. El Rey está prendado de tu belleza. El es tu Señor... Toda espléndida, entra la hija del Rey con vestidos en oro recamados; con sus brocados es llevada ante el Rey. Vírgenes tras ella, compañeras suyas, donde El son introducidas; entre alborozo y regocijo avanzan, al entrar en el palacio del Rey".

Pío XII en 1955 instituyó la fiesta de María Reina que, según la última reforma litúrgica, celebramos el 22 de agosto como complemento de la solemnidad de la Asunción con la que está unida, como sugiere la Lumen gentium: "Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan (Ap 19,16) y vencedor del pecado y de la muerte" (LG 59).

En la gloria, María cumple la misión para la que toda criatura ha sido creada. María en el cielo es "alabanza de la gloria" de Cristo (Ef 1,14). María alaba, glorifica a Dios, cumpliendo el salmo: "Alaba, Sión, a tu Dios" (Sal 147,12). María es la hija de Sión, la Sión que glorifica a Dios. Alabando a Dios, se alegra, goza y exulta plenamente en Dios.

"Ven, te mostraré la novia, la esposa del Cordero" (Ap 21,9) dice el ángel del Apocalipsis, invitando a contemplar "la ciudad santa, Jerusalén, que desciende del cielo, desde Dios, resplandeciente con la gloria de Dios". Si esta ciudad no está hecha de muros y torres, sino de personas, de los salvados, de ella forma parte María, la "Mujer", expresión plena de la hija de Sión. Igual que, al pie de la cruz, María es la figura y personalización de la Iglesia peregrina naciente, así ahora en el cielo es la primicia de la Iglesia glorificada, la piedra más preciosa de la santa ciudad. "La ciudad santa, la celeste Jerusalén, -dice San Agustín-, es más grande que María, más importante que ella, porque es el todo y María, en cambio, es un miembro, aunque el miembro más excelso".31

"Al celebrar el tránsito de los santos, la Iglesia proclama el misterio pascual cumplido en ellos" (SC 104). La fiesta de la Asunción de María celebra el pleno cumplimiento del misterio pascual de Cristo en la Virgen Madre, que por designio de Dios estuvo durante toda su vida indisolublemente unida al misterio de Cristo. Asociada a la encarnación, a la pasión y muerte de Cristo, se unió a El en la resurrección y glorificación. La segunda lectura (lCo 15,20-26) de la celebración sitúa la Asunción de María en relación con el misterio de Cristo resucitado y glorioso, como anticipo de nuestra glorificación:

En verdad es justo darte gracias, Padre santo, porque hoy ha sido llevada al cielo la Virgen, Madre de Dios; ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra.32

31 SAN AGUSTÍN, Sermo72A.
32 Prefacio de la Asunción de la Virgen María.

domingo, 14 de agosto de 2016

14 de agosto: San Maximiliano Kolbe

14 de agosto San Maximiliano M. Kolbe (1894-1941)

Homilía de Juan Pablo II en su Canonización (10-X-82)

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1. «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

Desde hoy la Iglesia quiere llamar «santo» a un hombre a quien le fue concedido cumplir de manera rigurosamente literal estas palabras del Redentor.

Así fue. Hacia finales de julio de 1941, después que los prisioneros, destinados a morir de hambre, habían sido puestos en fila por orden del jefe del campo, este hombre, Maximiliano María Kolbe, se presentó espontáneamente, declarándose dispuesto a ir a la muerte en sustitución de uno de ellos. Esta disponibilidad fue aceptada, y al padre Maximiliano, después de dos semanas de tormentos a causa del hambre, le fue quitada la vida con una inyección mortal, el 14 de agosto de 1941.

Todo esto sucedía en el campo de concentración de Auschwitz (Oswiecim), donde fueron asesinados durante la última guerra unos cuatro millones de personas, entre ellas la Sierva de Dios Edith Stein (la carmelita sor Teresa Benedicta de la Cruz), cuya causa de beatificación sigue su curso en la Congregación competente [fue canonizada por Juan Pablo II el 11 de octubre de 1998]. La desobediencia al mandamiento de Dios creador de la vida: «No matarás», causó en ese lugar la inmensa hecatombe de tantos inocentes. En nuestros días, pues, nuestra época ha quedado así horriblemente marcada por el exterminio del hombre inocente.

2. El padre Maximiliano Kolbe, prisionero del campo de concentración, reivindicó, en el lugar de la muerte, el derecho a la vida de un hombre inocente, uno de los cuatro millones. Este hombre (Franciszek Gajowniczek) vive todavía y está aquí presente entre nosotros. El padre Kolbe reivindicó su derecho a la vida, declarando la disponibilidad de ir él mismo a la muerte en su lugar, ya que ese hombre era un padre de familia y su vida era necesaria para sus seres queridos. De este modo, el padre Maximiliano María Kolbe reafirmó así el derecho exclusivo del Creador sobre la vida del hombre inocente y dio testimonio de Cristo y del amor. Así, escribe, en efecto, el Apóstol Juan: «En esto hemos conocido la caridad: en que Él dio su vida por nosotros; y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos» (1 Jn 3,16).

El padre Maximiliano, al que la Iglesia venera ya como «Beato» desde 1971, al dar su vida por un hermano, se asemeja a Cristo de manera particular.

3. Reunidos aquí hoy, domingo 10 de octubre, ante la basílica de San Pedro en Roma, nosotros queremos poner de relieve el valor especial que a los ojos de Dios tiene la muerte por martirio del padre Maximiliano Kolbe:

«Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de los justos» (Salmo 115 [116],15). Así hemos repetido en el Salmo responsorial. ¡Verdaderamente es preciosa e inestimable! Mediante la muerte de Cristo en la cruz se realizó la redención del mundo, ya que esta muerte tiene el valor del amor supremo. Mediante la muerte del padre Maximiliano Kolbe, un límpido signo de tal amor se ha renovado en nuestro siglo, que en tan alto grado y de tantos modos está amenazado por el pecado y la muerte.

Parece como si en esta liturgia solemne de la canonización se presentara entre nosotros aquel «mártir del amor» de Oswiecim (como lo llamó Pablo VI), diciendo:

«Yo soy tu siervo, Señor, siervo tuyo, hijo de tu esclava; rompiste mis cadenas» (Salmo 115 [116],16).

Y, como recogiendo en uno sólo el sacrificio de toda su vida, él, sacerdote e hijo espiritual de San Francisco, parece decir:

«¿Qué podré yo dar al Señor por todos los beneficios que me ha hecho? Alzaré el cáliz de salvación, invocando tu nombre, Señor» (Salmo 115 [116], 12s).

Estas palabras son palabras de gratitud. La muerte sufrida por amor, en lugar del hermano, es un acto heroico del hombre, mediante el cual, junto al nuevo Santo, glorificamos a Dios. De Él, en efecto, proviene la gracia de semejante heroísmo, la gracia de este martirio.

4. Glorifiquemos, por tanto, hoy las grandes obras de Dios en el hombre. Ante todos nosotros, reunidos aquí, el padre Maximiliano Kolbe levanta «el cáliz de la salvación», en el que está recogido el sacrificio de toda su vida, sellada con la muerte de mártir «por un hermano».

Maximiliano se preparó a este sacrificio definitivo siguiendo a Cristo desde los primeros años de su vida en Polonia. De aquellos años data el sueño arcano de dos coronas: una blanca y otra roja, entre las que nuestro santo no elige, sino que acepta las dos. Desde los años de su juventud estaba invadido por un gran amor a Cristo y por el deseo del martirio.

Este amor y este deseo lo acompañaron en el camino de su vocación franciscana y sacerdotal, para la que se preparó en Polonia y en Roma. Este amor y este deseo lo siguieron a través de todos los lugares de su servicio sacerdotal y franciscano en Polonia, y en su servicio misionero en Japón.

5. La inspiración de toda su vida fue la Inmaculada, a la que confiaba su amor por Cristo y su deseo del martirio. En el misterio de la Inmaculada Concepción se desvelaba a los ojos de su alma aquel mundo maravilloso y sobrenatural de la gracia de Dios ofrecida al hombre. La fe y las obras de toda la vida del padre Maximiliano indican que entendía su colaboración con la gracia como una milicia bajo el signo de la Inmaculada Concepción. La característica mariana es particularmente expresiva en la vida y en la santidad del padre Kolbe. Con esta señal quedó marcado todo su apostolado, tanto en su patria como en las misiones. En Polonia y en Japón fueron centro de este apostolado las especiales ciudades de la Inmaculada («Niepokalonów», polaco, «Mugenzai no Sono», japonés).

6. ¿Qué sucedió en el búnker del hambre del campo de concentración de Oswiecim (Auschwitz), el 14 de agosto de 1941?

A esta pregunta responde la liturgia de hoy: «Dios probó» a Maximiliano María «y lo encontró digno de sí» (cf. Sab 3,5). Lo probó «como oro en el crisol y le agradó como un holocausto» (cf. Sab 3,6).

Aunque «a los ojos de los hombres padecía un castigo», sin embargo, «su esperanza estaba llena de inmortalidad», ya que «las almas de los justos están en las manos de Dios y no les tocará tormento alguno». Y cuando, humanamente hablando, les llega el tormento de la muerte, cuando «a los ojos de los hombres parece que mueren...», cuando «su partida de este mundo es considerada por nosotros como una desgracia...», «ellos están en paz»: tienen su vida y su gloria «en las manos de Dios» (cf. Sab 3,1-4).

Semejante vida es fruto de la muerte a la manera de la muerte de Cristo. La gloria es la participación en su resurrección.

¿Qué sucedió, pues, en el búnker del hambre, el día 14 de agosto de 1941?

Se cumplieron las palabras de Cristo a los Apóstoles, al «enviarlos a dar fruto y un fruto que permaneciese» (Jn 15,16).

El fruto de la muerte heroica de Maximiliano Kolbe perdura de modo admirable en la Iglesia y en el mundo.

7. Los hombres miraban lo que sucedía en el campo de «Auschwitz» (Oswiecim). Y, aunque a sus ojos les parecía que «moría» un compañero de su tormento, aunque humanamente podían considerar su «partida de este mundo» como «una desgracia», sin embargo, en su conciencia ésta no era simplemente «la muerte».

Maximiliano no murió, «dio la vida... por el hermano».

En esta muerte, terrible desde el punto de vista humano, estaba toda la definitiva grandeza del acto y de la opción humanas: voluntariamente se ofreció a la muerte por amor.

En esta su muerte humana había un testimonio transparente de Cristo: el testimonio dado en Cristo a la dignidad del hombre, a la santidad de su vida y a la fuerza salvadora de la muerte, en la que se manifiesta la fuerza del amor.

Por esto, la muerte de Maximiliano Kolbe se convirtió en un signo de victoria. La victoria conseguida sobre todo el sistema de desprecio y odio hacia el hombre y hacia lo que de divino existe en el hombre; victoria semejante a la conseguida por nuestro Señor Jesucristo en el calvario.

«Seréis mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14).

8. La Iglesia acepta este signo de victoria, conseguida mediante el poder de la redención de Cristo, con veneración y con gratitud. Intenta leer su elocuencia con toda humildad y amor.

Como sucede siempre que proclama la santidad de sus hijos e hijas, también en este caso intenta obrar con toda la precisión y responsabilidad debidas, penetrando en todos los aspectos de la vida y muerte del Siervo de Dios.

Sin embargo, la Iglesia, al mismo tiempo, ha de estar atenta, leyendo el signo de santidad dado por Dios en su Siervo aquí en la tierra, a no dejar pasar su plena elocuencia y su significado definitivo.

Por eso, al juzgar la causa del Beato Maximiliano Kolbe –a partir de su beatificación–, se tomaron en consideración las diferentes voces del Pueblo de Dios, y, sobre todo, de nuestros hermanos en el Episcopado, tanto de Polonia como de Alemania, que pedían proclamar Santo a Maximiliano Kolbe como mártir.

Ante la elocuencia de la vida y la muerte del Beato Maximiliano, no puede dejar de reconocerse lo que parece constituye el contenido principal y esencial del signo dado por Dios a la Iglesia y al mundo con su muerte.

¿No constituye esta muerte, afrontada espontáneamente, por amor al hombre, un cumplimiento especial de las palabras de Cristo?

¿No hace esta muerte a Maximiliano, de modo especial, semejante a Cristo, modelo de todos los mártires, que ofreció su propia vida en la cruz por los hermanos?

¿No tiene una muerte semejante una especial y penetrante elocuencia precisamente para nuestra época?

¿No constituye un testimonio de especial autenticidad de la Iglesia en el mundo contemporáneo?

9. Por todo esto, en virtud de mi autoridad apostólica, he decretado que Maximiliano María Kolbe, que después de la beatificación era venerado como confesor, sea venerado en lo sucesivo también como mártir.

«Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de los justos».

Amén.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. XI, n. 33 (1982) 372-376]

[Después de la canonización del P. Kolbe, a la hora del Ángelus, el Papa dijo:]

Estamos en la hora del rezo del Ángelus, la oración que recuerda el misterio de la Encarnación del Verbo en el seno purísimo de María Santísima. Y lo haremos con las inspiradas palabras del nuevo Santo, Maximiliano María Kolbe, apóstol infatigable de la devoción a la Inmaculada: «Al cumplirse el tiempo de la venida de Cristo, Dios Uno y Trino crea exclusivamente para Sí a la Virgen Inmaculada, la colma de gracia y habita en Ella (“El Señor es contigo”). Y esta Virgen Santísima con su propia humildad cautiva de tal manera su Corazón, que Dios Padre le da por Hijo a su propio Hijo Unigénito; Dios Hijo desciende a su seno virginal, mientras Dios Espíritu Santo plasma en Ella el cuerpo santísimo del Hombre-Dios. Y el Verbo se hizo carne como fruto del amor de Dios y de la Inmaculada» (Scritti III, pág. 700).

María es el don maravilloso que Cristo ha hecho a la Iglesia y a la humanidad. «Para atraer a las almas y transformarlas mediante el amor –dice también el nuevo Santo–, Cristo manifestó el propio amor iluminado, el propio Corazón inflamado de amor por las almas, un amor que le ha impulsado a subir a la cruz, a permanecer con nosotros en la Eucaristía y a entrar en nuestras almas y a dejarnos en testamento su propia Madre como Madre nuestra» (o. c., III, pág. 699).

Elevemos, pues, con filial confianza nuestra mirada a Ella y digamos:

"Ángelus Domini...».

Película completa en español

sábado, 13 de agosto de 2016

¿Hasta cuándo, Señor?

Salmo 12

Cantaré al Señor porque me ha salvado
13:1 Del maestro de coro. Salmo de David. 
13:2 ¿Hasta cuándo me tendrás olvidado, Señor? 
¿Eternamente? 
¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro? 
13:3 ¿Hasta cuándo mi alma estará acongojada 
y habrá pesar en mi corazón, día tras día? 
¿Hasta cuándo mi enemigo prevalecerá sobre mí? 
13:4 ¡Mírame, respóndeme, Señor, Dios mío! 
Ilumina mis ojos, 
para que no caiga en el sueño de la muerte, 
13:5 para que mi enemigo no pueda decir: 
"Lo he vencido", 
ni mi adversario se alegre de mi fracaso. 
13:6 Yo confío en tu misericordia: 
que mi corazón se alegre porque me salvaste. 
¡Cantaré al Señor porque me ha favorecido!




"¿Hasta cuándo..., hasta cuándo..., hasta cuándo?" El grito repetido del alma en espera. ¿Cuánto tiempo me queda, cuánto he de esperar, cuánto tardará? ¿Cuánto me costará aprender a orar, dominar mi genio, llegar a la madurez, conseguir la paz? He empleado ya tantos años, tantos esfuerzos; he hecho tantos propósitos y malgastado tantas gracias; he dejado pasar tantas ocasiones y retrocedido tantas veces... que te explicarás por qué me impaciento y pregunto y vuelvo a preguntar: "¿Hasta cuándo, Seños, hasta cuándo?"  

Sueño con una fecha futura,  con un salto adelante , con una victoria decisiva. He oído hblar de "conversión", "iluminación", "samadhi" o "satori", que son palabras que el hombre usa para describir la experiencia de encontrarte a ti o encontrarse a sí mismo, el paso definitivo que libera al hombre en la tierra, le hace abrir su alma a ti y sus brazos al mundo entero, y lo consagra en amor y libertad como hombre realizado en su esperanza y en su fe. Sé que hay un momento de gracia, en la vida del hombre, en que el cielo se abre y se oye una voz y las alas de una paloma se agitan en el aire, y la vida cambia por entero, se abre una visión nueva y el hombre avanza para siempre con el poder del Espíritu. Todavía estoy haciendo cola a orillas del Jordán. "¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?"

Y entonces escucho tu respuesta: ¿Para qué ´preguntas qué hasta cuándo? ¿No caes en la cuenta de que ya estoy contigo, de que mañana es hoy, el futuro es ahora, mi gracia está en ti, el mundo está ya redimido y mi Reino ha llegado? La gracia es la gloria, y la lucha es la victoria. No sueñes con días por venir, disfruta el amanecer de hoy. Aprecia lo que posees y trabaja con lo que tienes Ya eres libre. muéstratelo a ti mismo y al mundo, y habrás hecho tu contribución a la libertad de la raza humana. Aprende el secreto: conseguir la liberación es sabe que ya eres libre. Mi Hijo ha muerto por tu libertad, y yo he aceptado su muerte al levantarlo de entre los muertos. Si crees en su muerte y su resurrección, crees en tu propia liberación: proclama tu fe mostrándola en tu vida. 

¡Creo, Señor! Creo que he recibido el Espíritu Santo y poseo sus dones. Me esfuerzo ahora por combinar en mi vida los dos movimientos vitales de poseer y esperar, pedir y recibir, darle las gracias al Espíritu por estar ya en mí, y seguir pidiendo a diario: "Ven Espíritu Santo"; apreciar lo que tengo y esperar tener más; vivir el presente y abrazar el futuro; regocijarse en a plenitud que ya poseo y entrever la nueva plenitud que aún he de recibir; combinar el cielo y la tierra, la promesa y el cumplimiento, el tiempo y  la eternidad. Feliz combinar que forma mi vida.

Tú me entiendes bien, Señor, y entiendes ese doble movimiento en mi alma, el anhelar y el descansar, la  sed y la satisfacción, la impaciencia y la felicidad. Tú eres, Señor,. quien acusa los dos movimientos; tú quieres que pida y que dé gracias, que me sienta feliz con lo que tengo y que aprenda a pedir más, que viva en satsfacción y en esperanza. A las dos corrientes me entrego, Señor, bajo tu inspiración y con tu gracia.

Esa es la lección viva que aprendo en este Salmo que comienza por quejarse: "¿Hasta cuándo?", y acaba proclamando: "Yo confío en tu misericordia: que mi corazón se alegre porque me salvaste. ¡Cantaré al Señor por el bien que me ha hecho!" . Así lo haré yo también, Señor, de todo corazón. 

Fuente: Del Libro de Carlos Vallés. "Busco tu rostro - Orar  los salmos". 

jueves, 28 de julio de 2016

Hora Santa: Dolores morales de Cristo

GETSEMANÍ

Los textos que se presentan a continuación corresponden a San Alberto Hurtado y Mons. Fulton Sheen respectivamente, sobre la Pasión de Nuestro Señor en Getsemaní.

Dice San Alberto Hurtado en “Un disparo a la eternidad”

«"Mi alma está triste hasta la muerte". Estas palabras nos permiten responder a quienes piensan que Jesús Nuestro Señor tenía en su dolor algo que lo aliviaba, que disminuía su carga. ¿Qué podría ser esto?
Objeciones:
El sentimiento de su inocencia: Todos sus perseguidores estuvieron convencidos que condenaban a un inocente: "Condené sangre inocente" (Judas, cf. Mt 27,4). "Estoy limpio de la sangre de este justo" (Pilato, cf. Mt 27,24); "En verdad era justo" (Centurión, cf. Lc 23,47)...

Si los pecadores atestiguaban su inocencia, ¡cuánto más su propio corazón! Y todos experimentamos que del sentimiento de nuestra inocencia o de nuestra culpabilidad depende nuestra fuerza de resistencia al dolor, en Él el sentimiento de su santidad debía aniquilar su vergüenza. Además, Él sabía que su dolor era breve, que sería condenado por el triunfo: es la incertidumbre lo que más nos atormenta... No podía conocer la incertidumbre, el abatimiento, ni la desesperación, porque nunca fue abandonado!!
Respuesta:
Todo esto es cierto, lo que quiere decir que Nuestro Señor fue siempre "Él mismo", que jamás perdió su equilibrio. Lo que sufrió lo padeció porque deliberadamente se expuso al dolor: con deliberación y perfecta calma. Así como dijo al Paralítico: quiero, sé sano; al leproso: sé limpio; al centurión: iré y sanaré; a Lázaro: sal fuera... Así ahora dijo: voy a comenzar a sufrir. La tranquilidad es la prueba del dominio absoluto de su alma. Abrió la compuerta y las olas del dolor inundaron su corazón. San Marcos, que lo supo de San Pedro, nos dice: "Vinieron al lugar llamado Getsemaní... tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan y comenzó a ser invadido por el miedo y el abatimiento" (cf. Mc 14,33). Obra deliberadamente: va a un sitio, después dando una orden levanta, por decirlo así, el apoyo de la Divinidad a su alma y se precipitan en ella el terror y la angustia. Entra en su agonía moral en forma tan definida como si se hubiera tratado de un tormento físico: de los azotes o las espinas. 

Siendo esto así no se puede decir que Nuestro Señor haya sido sostenido en su prueba por el sentimiento de su inocencia o la anticipación de su triunfo, ya que la prueba consistía precisamente en retirar esos sentimientos, como todo otro motivo de consuelo. Su voluntad se abandonaba a sí misma a todas las amarguras: así como los que son dueños de sí mismos pasan de una reflexión a otra, Nuestro Señor se rehusó deliberadamente todo consuelo y se empapó en el dolor. En ese momento su alma no pensaba en el porvenir. No pensaba sino en la carga presente que pesaba sobre Él y que había venido a llevar.

Y ¿cuál era esta carga que cayó sobre Nuestro Señor cuando abrió su alma al dolor? Una carga que conocemos bien, que nos es familiar, pero que para Él era un tormento indecible. Tuvo que llevar un peso que nosotros llevamos con inmensa facilidad, con tanta naturalidad que nos parece raro llamarlo "carga", pero que para Él tuvo el olor envenenado de la muerte. Tuvo que llevar el peso del pecado... nuestros pecados, los pecados de todo el mundo. El pecado nos parece poca cosa; nos es familiar... casi no comprendemos por qué Dios lo castiga y cuando vemos que aún aquí Dios lo castiga buscamos otra explicación o desviamos nuestra atención.

Pero pensemos que el pecado en sí mismo es una rebelión contra Dios, es el gesto de un traidor que trata de derribar a su soberano y matarlo. Es un acto -la expresión es muy fuerte- que si fuera capaz aniquilaría al Dueño de todo. El pecado es el enemigo mortal del tres veces santo, de modo que el pecado y Él no pueden vivir juntos, y así como el Santísimo lanza de sí al pecado a las tinieblas; así también, si Dios pudiera no ser Dios, o ser menos que Dios, sería el pecado el que tendría la capacidad de hacerlo.

Notemos que cuando el Amor todopoderoso al encarnarse entró en este sistema de cosas creadas y se sometió a sus leyes, inmediatamente este adversario del bien y de la verdad, aprovechando la oportunidad, se lanzó sobre esta Carne Divina y la rodeó hasta hacerla perecer. La envidia de los fariseos, la traición de Judas y la demencia del pueblo no eran más que el instrumento y la expresión de la enemistad del pecado contra la Eterna Pureza puesta ahora a su alcance. El pecado no podía herir a la Divina Majestad, pero podía atormentarlo -como Dios mismo consentía- por intermedio de su humanidad. Y el desenlace del drama, la muerte de Dios Encarnado, nos enseña lo que es el pecado en sí mismo y cuál va a ser el fardo que caerá con todo su peso sobre la naturaleza humana de Dios, cuando Él permita que su naturaleza sea invadida de miedo y terror ante la perspectiva de este asalto.

En esta hora horrible el Salvador del mundo se puso de rodillas, dejando de lado sus privilegios divinos, alejando a su pesar a sus Ángeles que hubieran querido por millones venir a rodearlo, abrió sus brazos, descubrió su pecho para exponerse inocente al asalto del enemigo, de un enemigo cuyo aliento era pestilencia, cuyo abrazo era agonía. Estaba de rodillas inmóvil y silencioso mientras que el demonio impuro envolvía su espíritu de una ropa empapada de todo lo que el crimen humano tiene de más odioso, y que se apretaba junto a su corazón; mientras que invadía su conciencia, penetraba todos sus sentidos, todos los poros de su espíritu y extendía sobre Él su lepra moral hasta hacerlo sentirse -si fuera posible- tan repugnante como su enemigo hubiera querido hacerlo.

Cuál no sería su horror cuando al mirarse no se reconoció, cuando se encontró semejante a un impuro, a un detestable pecador, por este amasijo de corrupción que llovía desde su cabeza hasta la falda de su túnica. ¡Cuál sería su extravío cuando vio que sus ojos, sus manos, sus pies, sus labios, su corazón eran como los miembros del malvado y no los del Hijo de Dios! ¿Son éstas las manos del Cordero de Dios antes inocentes y rojas ahora con 10.000 actos bárbaros y sanguinarios? ¿Son éstos los labios del Cordero, estos labios que no pronuncian oraciones, ni alabanzas, ni acciones de gracias sino que manchan los juramentos falsos y las perfidias y doctrinas demoníacas? ¿Son éstos los ojos del Cordero, ojos profanados por visiones malignas, por fascinaciones idolátricas por las cuales los hombres han abandonado a su Creador? Sus oídos escuchan el ruido de fiestas y de combates. Su corazón helado por la avaricia, la crueldad y la incredulidad... Su memoria está cargada con la memoria de todos los pecados cometidos desde el de Eva en todas las regiones de la tierra, la lujuria  de Sodoma, la dureza de los egipcios, la ingratitud y el desprecio de Israel. ¿Quién no conoce la tortura de una idea fija que vuelve y vuelve sin cesar y nos obsesiona ya que no nos puede seducir? O de un fantasma pavoroso que no nos pertenece pero que desde fuera se impone a nuestro espíritu... He aquí los enemigos que os rodean por millones, mi Salvador, que se abaten sobre vos en plagas más fuertes que las de la langosta o los gusanos de los sembrados, o las moscas enviadas contra el Faraón!

Todos los pecados de los vivos y de los muertos, de los que aún no han nacido, de los condenados y de los escogidos: todos están allí. Y vuestros bienamados están también allí, vuestros santos, vuestros escogidos, vuestros Apóstoles Pedro, Santiago, Juan, no para consolaros sino para aplastaros "lanzando el polvo contra el cielo" (cf. Job 2,12) como los amigos de Job y amontonando maldiciones sobre vuestra cabeza... Allí están todas las creaturas, menos una, la que no tuvo parte en el pecado. Ella sola podría consolaros, y es por eso que no está allí! Vendrá junto a vos, en la Cruz, pero en el jardín no estará. Ella ha sido vuestra compañera, confidente toda la vida, ha conversado con vos durante 30 años, pero sus oídos virginales no sabrían captar, ni su corazón inmaculado concebir, lo que se ofrece ahora a vuestra vista. Sólo Dios podía llevar esa carga. Vos habéis presentado a vuestros santos la imagen de un solo pecado tal como aparece ante vuestra Faz, la imagen de un pecado venial, no mortal, y nos han dicho que habrían muerto a su vista si tal imagen no la hubierais removido rápidamente. La Madre de Dios, a pesar de toda su santidad, o mejor por su misma Santidad, no habría podido soportar la vista de una de esas obras de Satanás que os rodean. 

Es la larga historia del mundo y no hay más que Dios que pueda soportar su peso. Esperanzas engañadas, votos rotos, luces extinguidas, advertencias despreciadas, ocasiones fallidas, inocentes engañados, jóvenes endurecidos, penitentes que recaen, justos perseguidos, ancianos alejados, sofismas de la incredulidad, pasiones devastadoras, orgullo concentrado, tiranía del hábito, gusano roedor del remordimiento, angustia de la vergüenza, desesperación... tales son las escenas desgarradoras, enloquecedoras que se ofrecen a Jesús.

Todo esto reemplaza frente a Él la paz inefable que no ha cesado de bañar su alma desde su concepción. Estas imágenes están en Él, son casi suyas; invoca a su Padre como si fuera el criminal, no la víctima. Su agonía toma la forma de la culpabilidad y de la compunción. Hace penitencia. Se confiesa. Hace acto de contrición de una manera infinitamente más real, más eficaz que todos los penitentes reunidos, porque es para nosotros todos la única víctima, el único holocausto expiatorio, el verdadero penitente, sin ser -sin embargo- el verdadero pecador. Se levanta deshecho y se vuelve para ver al traidor y su banda que furtivamente se deslizan en la sombra. Mira, y ve sangre en su ropa y en las huellas de sus pasos. ¿De dónde vienen estas primicias de la pasión del Cordero? Las varas de los soldados no han tocado todavía sus espaldas, ni los clavos del verdugo sus manos y sus pies. Ha derramado su sangre antes de la hora; su alma agonizante ha roto su envoltura de carne para hacerle saltar afuera. La Pasión ha comenzado en su interior. Este corazón en suplicio, sede de ternura y de amor, se ha puesto ha palpitar con una vehemencia que va más allá de su naturaleza: "se han roto las fuentes del gran abismo"... Su sangre ha caído en tal abundancia y furor que sale por los poros, forma como un rocío espeso sobre su cara, su cuerpo, y gotas pesadas mojan sus vestidos y caen al suelo.

"Mi alma está triste hasta la muerte" (Mt 26,38). Su pasión comienza por la muerte: no conoce fases ni crisis, toda esperanza está perdida desde el principio, lo que aparece como evolución no es más que el proceso de disolución. La Víctima si no murió fue porque su omnipotencia prohibió a su corazón partirse y a su alma separarse de su cuerpo antes de haber sufrido la Cruz.

Nuestro Señor no había agotado todavía todo su Cáliz. El arresto, la acusación, la bofetada, los azotes... la Cruz, todo esto faltaba por llegar. Es necesario que una noche y un día pasen lentamente, hora por hora antes que venga el fin, antes que la expiación sea consumada».

Dice Fulton Sheen, en “Vida de Cristo”:
“Sólo hay un pasaje en la historia de nuestro Señor en que se nos diga que entonó un cántico, y ello fue después de la última cena, cuando salió de la casa para encaminarse hacia la muerte, y sufrir su agonía y congoja en el huerto de Getsemaní.
“Y cuando hubieron cantado un himno, salieron al monte de los Olivos”. Mc 14, 26
Los cautivos de Babilonia colgaron sus arpas en los sauces porque sus corazones eran incapaces de hacerles entonar un cántico en tierra extraña. El manso cordero no abre la boca cuando es conducido al matadero, pero el verdadero Cordero de Dios, cantó lleno de gozo ante la perspectiva de la redención del mundo. (...)
“Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea”. Mt 26, 32 

“Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba hágase tu voluntad”. Mt 25. 39

En esta plegaria estaban envueltas sus dos naturalezas, la divina y la humana. Él y el Padre eran uno; no se trataba de «Padre nuestro», sino de «Padre mío». Seguía inquebrantable la conciencia del amor de su Padre. Pero, por otro lado, su naturaleza humana sentía miedo a la muerte como castigo por el pecado. La natural aversión que el alma humana experimentó ante el castigo que el pecado merece fue sobrellevada por la divina sumisión a la voluntad del Padre. (…)

Esta escena queda envuelta en el halo de un misterio que ninguna mente humana puede penetrar de un modo adecuado. Sólo podemos suponer de una manera vaga el horror psicológico de los momentos progresivos de temor, ansiedad y tristeza que le dejaron postrado antes de que se hubiera descargado un solo golpe sobre su cuerpo. Se ha dicho que los soldados temen más la muerte antes de la hora cero del ataque, que durante el ardor de la batalla. La lucha activa suprime el temor a la muerte, temor que se presenta al ánimo cuando uno lo contempla en la inactividad. (…) Es muy verosímil que la agonía en el huerto le ocasionara mayores sufrimientos incluso que el dolor físico de la crucifixión, y quizá sumió a su alma en regiones de más obscuras tinieblas que ningún otro momento de la pasión, con la excepción tal vez de cuando en la cruz clamó: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46)

Sus sufrimientos humanos eran completamente diferentes de los de un simple hombre, puesto que, sobre tener inteligencia humana, Jesús poseía una inteligencia divina. (…) En el caso de nuestro Señor debemos mencionar dos cosas que le diferencian de nosotros.

Primeramente, lo que predominó en su mente no era el dolor físico, sino el mal moral o el pecado. Había ciertamente ese natural temor a la muerte debido a su naturaleza humana, pero no era un temor tan vulgar como éste el que dominaba en su agonía. Era algo mucho más mortal que la muerte. Sobre su corazón gravitaba el peso del misterio de la iniquidad del mundo. En segundo lugar, además de su entendimiento humano, que se había desarrollado por medio de la experiencia, poseía el entendimiento infinito de Dios, que conoce todas las cosas y ve como presente tanto el pasado como el futuro.

Los pobres humanos llegan a estar tan acostumbrados al pecado, que no se dan cuenta de su horror. Los inocentes comprenden el horror del pecado mucho mejor que los pecadores. La única cosa de la que el hombre nunca aprende algo por experiencia es pecar. Un pecador se infecta con el pecado. Llega a compenetrarse tanto con el pecado, que incluso puede considerarse a sí mismo virtuoso, de la misma manera que el que tiene fiebre puede creer que no está enfermo. Únicamente la persona virtuosa, que se encuentra fuera de la corriente del pecado, es la que puede mirar hacia el mal de la misma manera que un médico observa una enfermedad, y comprende todo el horror del mal. 

Lo que nuestro Señor contempló en aquellos momentos de agonía no eran precisamente los azotes que le darían los soldados o los clavos con que taladrarían sus manos y sus pies, sino más bien el terrible peso del pecado del mundo y el hecho de que el mundo se disponía a renegar de su Padre al rechazarle a Él, su divino Hijo. ¿Hay ciertamente algo peor que la exaltación de la propia voluntad contra la amorosa voluntad de Dios, el deseo de ser un dios para sí mismo, tachar de locura la sabiduría de Jesús, y su amor de falta de ternura? La aversión que sentía no era por el duro lecho de la cruz, sino hacia la participación que el mundo tenía en construirla. Quería que el mundo pudiera ser salvado de perpetrar: la más negra acción jamás llevada a cabo por los hijos de los hombres, la de matar a la Bondad Suprema, a la Verdad y al Amor. Los grandes caracteres y las grandes almas son como las montañas: atraen las tormentas. Sobre sus cabezas retumban los truenos; en torno a sus cimas brillan los relámpagos y lo que parece ser la ira de Dios. Allí, en aquellos momentos, se encontraba el alma más solitaria y triste que el mundo había conocido, el Señor en persona. Más alto que todos los hombres, alrededor de su cabeza parecía azotar la tormenta de la iniquidad. Parecía un camafeo en el que se hubiera resumido la historia de toda la humanidad, el conflicto entre la voluntad de Dios y la voluntad del hombre. 

Darse cuenta de cómo experimentó Dios la oposición de las voluntades humanas, es algo que trasciende el poder humano. Tal vez lo que más se aproxima a ello es lo que un padre siente ante el extraño poder de la obstinada voluntad de sus hijos, que se oponen y desprecian la persuasión, el cariño, la esperanza o el temor del castigo. Un poder tan intenso reside en un cuerpo tan ligero y en una mente tan pueril; sin embargo, es la débil imagen de los hombres cuando han pecado voluntariamente. ¿Qué otra cosa es el pecado, sino un principio independiente de sabiduría y una fuente de felicidad que trabaja por su cuenta, como si no hubiera Dios? El Anticristo no es sino el desarrollo incontrolado de la propia voluntad. Éste fue el momento en que nuestro Señor, en obediencia a la voluntad de su Padre, tomó sobre sí las iniquidades del mundo y se convirtió en víctima expiatoria. Sintió toda la agonía y tortura de aquellos que niegan la culpa o pecan impunemente y no hacen penitencia. Era el preludio de la terrible deserción que Él había de soportar y pagar a la justicia de su Padre, la deuda debida por nosotros; ser tratado como un pecador. Fue tratado como un pecador aunque en Él no había pecado.

Fue esto lo que ocasionaba su agonía, la agonía más grande que jamás ha visto el mundo. Así como los que sufren miran el pasado y el futuro, también el Redentor miraba el pasado y todos los pecados que en todo tiempo se habían cometido; miraba también el futuro, todo pecado que se cometería hasta el fin del mundo. No era el pasado dolor lo que traía al momento presente, sino más bien todo acto manifiesto de maldad y todo oculto pensamiento vergonzoso. Allí estaba el pecado de Adán, cuando como cabeza de la humanidad perdió para todos los hombres la herencia de la divina gracia; allí estaba Caín, teñido con la sangre de su hermano; allí estaban las abominaciones de Sodoma y Gomorra; la ingratitud de su propio pueblo, que había adorado a las falsas deidades; la grosería de los paganos, que se habían revelado incluso contra la ley natural; todos los pecados: los pecados cometidos en el campo, que hicieron sonrojarse a la naturaleza entera; los pecados cometidos en la ciudad, en la fétida atmósfera de pecado de la ciudad; pecados de los jóvenes, por los cuales estaba traspasado el tierno corazón de Jesús; pecados de los viejos, que ya debían haber dejado la edad de pecar; pecados cometidos en la obscuridad, donde se creía que no llegaba la mirada de Dios; pecados cometidos a la luz y que hacían incluso estremecer a los malvados; pecados que se resisten por su horror a toda descripción, demasiado terribles para que se les pueda nombrar : ¡Pecado! ¡pecado! ¡pecado! (...)

Los pecados de los comunistas, que no expulsarían a Dios de los cielos, pero expulsarían a sus embajadores de la tierra; vio los votos matrimoniales quebrantados, las mentiras, las calumnias, los adulterios, los homicidios, las apostasías... Todos estos crímenes se acumularon en sus manos como si hubieran sido cometidos por Él. Los malos deseos pesaban sobre su corazón cual si Él los hubiera concebido. Las mentiras y los cismas gravitaban sobre su mente como si de ella fueran producto. En sus labios parecía haber blasfemias como si realmente las hubiera proferido. Desde los cuatro puntos cardinales las pútridas miasmas del pecado del mundo venían, sobre Él a modo de inundación; como un nuevo Sansón, tomó sobre sus espaldas toda la culpa del mundo como si fuera culpable, pagando la deuda en nuestro nombre a fin de que pudiéramos una vez más tener acceso al Padre. Se estaba preparando mentalmente, por así decir, para el gran sacrificio, poniendo sobre su alma sin pecado los pecados de un mundo delincuente. "Para la mayoría de los hombres el peso del pecado es algo tan natural como el de los vestidos que llevan, pero para Jesús el contacto de lo que los hombres tan fácilmente aceptan era la más terrible de las agonías. " (...)

Él pecado se halla en la sangre. Todos los médicos lo saben: incluso los no iniciados pueden darse cuenta de ello. La embriaguez brilla en los ojos, en las mejillas. La avaricia está escrita en las manos y en la boca. La lujuria aparece también en los ojos. No hay libertino, criminal, fanático o perverso que no tenga su odio o su envidia impresos en cada centímetro de su cuerpo, en cada célula de su cerebro. Si el pecado está en la sangre, debe ser derramado. (...)

Cualquier alma puede imaginar, aunque no sea más que vagamente, la clase de lucha que Jesús tuvo que librar aquella noche de luna en el huerto de Getsemaní. Todo corazón sabe algo de esto. 

Nadie llega a cierta edad sin que haya reflexionado sobre sí mismo y sobre el mundo que le rodea, y sin conocer la terrible tensión que el pecado ha causado en su alma. Las faltas y locuras cometidas no se borran del registro de la memoria; las píldoras somníferas no pueden imponerles silencio; los psicoanalistas no pueden suprimirlas con sus explicaciones. Puede que la alegría propia de la juventud las haga perderse en un recuerdo vago, desdibujado, pero nunca faltarán instantes de silencio, en un lecho de enfermo, en noches de insomnio, en alta mar, un momento de tranquilidad, un instante en que la inocencia se refleja en el rostro de un niño, cuando estos pecados, como espectros o fantasmas, aparecerán con todo su horror en nuestras conciencias. (...) Por terribles que sean las agonías y torturas de un alma, no serán más que una gota perdida en el océano de la culpa humana que el Salvador sintió como propia en el huerto. “

Coloquio: Oh Corazón de Jesús, Oh Vos todo amor, os ofrezco estas humildes oraciones por mí mismo y por todos aquellos que se unen en espíritu a mí para adoraros. Oh Santísimo Corazón de Jesús me propongo renovar estos actos de adoración por mí mismo, miserable pecador, y por todos
aquellos que se han asociado a vuestra adoración hasta el último suspiro. Os encomiendo, Oh Jesús, la Santa Iglesia vuestra querida Esposa y nuestra dulce Madre, a los que practican la justicia, todos los pobres pecadores, los afligidos, los moribundos y todo el género humano. No sufráis que vuestra sangre se haya derramado en vano por ellos, y dignaos aplicar sus méritos al alivio de las benditas almas del purgatorio, en particular por aquellos que en su vida os han devotamente adorado. (P. Hurtado)

Fuente: P. Gustavo Lombardo
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