Nuevamente la Santísima Virgen María nos pide la consagración a su Inmaculado Corazón; ayuno y oración por los sacerdotes.
Mensaje del 2 de Febrero de 2013
“Queridos hijos, el amor me trae a vosotros, el amor que también os deseo enseñar a vosotros: el amor verdadero. El amor que mi Hijo os ha mostrado, cuando murió en la cruz, desde el amor, por vosotros. El amor que siempre está dispuesto a perdonar y pedir perdón. ¿Cuán grande es el amor vuestro? Mi corazón materno está triste mientras está buscando el amor en vuestros corazones. No estáis dispuestos a someter, desde el amor, vuestra voluntad a la voluntad de Dios. No podéis ayudarme a que, aquellos que no han conocido el amor de Dios lo conozcan, porque vosotros no tenéis el verdadero amor. Consagradme vuestros corazones y yo os guiaré. Os enseñaré a perdonar, a amar al enemigo y a vivir según mi Hijo. No tengáis miedo por vosotros mismos. Mi Hijo no olvida, en las desgracias, a aquellos que aman. Yo estaré con vosotros. Oraré al Padre Celestial que os ilumine con la luz de la eterna verdad y del amor. Orad por vuestros pastores, para que, a través de vuestro ayuno y oración, puedan guiaros en el amor. ¡Os doy las gracias!”
Jesús hizo estas hermosas promesas a María Marta Chambon, entre otras:
"Cada vez que miren al divino crucificado con un corazón puro, obtendrán la libertad de cinco almas del purgatorio: una en cada fuente (cada Llaga de las manos, pies y el costado)".
"Obtendrán también, si el corazón de vosotros es puro y desprendido, el mismo favor en cada estación, por los méritos de cada una de mis Llagas".
Se trata de que cuando miramos con amor a Jesús Crucificado, y estamos en gracia de Dios, liberamos cinco almas del Purgatorio.
Y también que en el Vía Crucis que hacemos con piedad, pureza y desprendimiento, liberamos cinco almas en cada estación del mismo.
Y recordemos que para rezar el Vía Crucis no es necesario decir oraciones o hacer meditaciones, sino simplemente con recorrer física o mentalmente las estaciones, pensando un poco en todo lo que sufrió Nuestro Señor, y también su Madre; y si queremos podemos rezar en cada estación un Avemaría, pero no es necesario. Lo que sí es necesario es poner mucho amor y compasión al contemplar a Jesús que va camino al Calvario y entonces muchas almas del Purgatorio serán liberadas por nosotros, con el consiguiente bien para ellas, y también para nosotros, ya que las tendremos como intercesoras ante Dios, y ellas nos obtendrán tanta cantidad de favores y tan importantes gracias, incluso materiales, que no podemos menos de hacer el propósito de rezar cada día un Vía Crucis, sin esperar al tiempo de Cuaresma, porque, además, el meditar en la Pasión del Señor, nos atrae un cúmulo tan grande de bienes a nosotros, para vivir bien nuestra vida y llevar bien nuestra cruz, que es una devoción que, junto con el Rosario, debería ser cotidiana.
Las Benditas Almas del Purgatorio son muy agradecidas con quienes las alivian. Hagamos mucho por ellas, y veremos la recompensa que ellas saben dar a sus benefactores.
¡Que bella fiesta! Es como si todos los Santos y Bienaventurados se celebraran en una sola fiesta. De un lado, la Iglesia militante, sobre la tierra, ruega a la Iglesia triunfante del cielo, y por otro lado, ruega por la Iglesia purgante del purgatorio. Y las tres Iglesias son una única Iglesia.
La caridad, más fuerte que la muerte, las une del cielo a la tierra y de la tierra al purgatorio. Y es por el mismo sacrificio que agradecemos a Dios, la gloria con la cual llena los santos del cielo e imploramos la misericordia para los santos del purgatorio, santos todavía no perfectos.
La Iglesia triunfante del cielo, la Iglesia militante de la tierra y la Iglesia purgante del purgatorio, paciente, son sólo una misma Iglesia; que la caridad, más fuerte que la muerte las une del cielo a la tierra y de la tierra al purgatorio. Son como tres partes de una sola y misma procesión de santos, procesión que avanza de la tierra al cielo.
Las almas del purgatorio participarán de aquella procesión algún día. Sí, porque todavía no tienen bien blanca la vestimenta para la fiesta, la ropa nupcial todavía tiene manchas, aquellas manchas que sólo el sufrimiento limpia.
Entonces, como los contemporáneos de Noé, aquéllos que hicieron penitencia solamente en el momento del diluvio, fueron encerrados en prisiones subterráneas, hasta que Jesucristo les apareció, anunciándoles la libertad, cuando fue su descenso a los infiernos.
Como los fieles de la Iglesia triunfante, los fieles de la Iglesia militante y los fieles de la Iglesia purgante y paciente, son miembros de un mismo cuerpo – que es Jesucristo – y tanto unos como los otros participan, se interesan, se entristecen por la gloria, por los peligros, por los sufrimientos de unos y de otros, así como los miembros del cuerpo humano. Veamos un ejemplo: el pie está en peligro de salud y sufre dolores: todos los miembros del cuerpo sufren la conmoción. Los ojos lo miran, las manos lo protegen, la voz pide auxilio, para apartar el mal o el peligro. Una vez apartados del mal, se alegran todos los miembros.
Lo mismo ocurre con el cuerpo vivo de la Iglesia universal. Y vemos a los héroes de la Iglesia militante, a los ilustres Macabeos, asistidos por los ángeles de Dios y por los santos de Dios, especialmente por el gran sacerdote Onias y por el profeta Jeremías, rogar y ofrecer sacrificios por esos hermanos que murieron por amor a Dios, pero que tenían uno o varios pecados.
Al día siguiente, después de una victoria, Judas Macabeo y los suyos aparecieron para retirar a los muertos y depositarlos en el sepulcro de sus antepasados y encontraron sobre las túnicas de los que estaban muertos cosas que habían sido consagradas a los ídolos de Jamnia, que la ley prohibía tocar a los judíos. Por esto, fue manifestado a todos que por eso habían sido muertos. Y todos alabaron el justo juicio del Eterno, que descubre lo que esta escondido y le suplicaron que fuese olvidado el pecado cometido.
Judas exhortó al pueblo a que se preservase del pecado, teniendo ante sus ojos y recordando cómo habían sucumbido los que habían pecado. Y, después de haber hecho una colecta, envió a Jerusalén dos mil dracmas de plata, para que fuese ofrecido un sacrificio por los pecados de los muertos, actuando muy bien, pensando que estaba en la resurrección. Pues si no tuviese esperanza que los que habían sucumbido resucitarían un día, sería superfluo y necio rogar por los muertos.
Judas, sin embargo, consideraba que una gran misericordia estaba reservada a los que duermen en la piedad. ¡Santo y piadoso pensamiento! Fue por esto que ofreció un sacrificio de expiación por los difuntos, para que fuesen libres de los pecados.
Estas son las palabras y reflexiones de la Sagrada Escritura, según el texto griego y las mismas, más o menos, en el latino.
Nuestro Señor mismo advirtió, con toda claridad, que hay un purgatorio, cuando nos recomienda en San Mateo y San Lucas: “Conciliaos con vuestros enemigos (a la ley de Dios y la conciencia) en cuanto estés en el camino para ir al príncipe, no sea que este enemigo os entregue al juez, juez y verdugo, y que seas sometido a una prisión. En verdad os digo, de ella no saldréis, mientras no paguéis hasta la última donación”.
Según estas palabras, queda claro que hay una prisión de Dios, donde se es arrojado por deudas con su justicia, y donde no se sale – sino cuando todo estuviera pagado.
Nuestro Señor, en San Mateo, también nos dice: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, sin embargo, la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada, ni en este siglo ni en el futuro.” Donde vemos que otros pecados pueden ser perdonados en este siglo y no en el futuro, como el libro de los Macabeos lo dice expresamente, los pecados de aquellos que murieron por la causa de Dios.
Del mismo modo, en el sacrificio de la misa, la Santa Iglesia de Dios recuerda a los santos que reinan con Él en el cielo, con el fin de agradecer por la gloria y encomendarnos a su intercesión. Por otro lado, suplica a Dios que se acuerde de los servidores y servidoras que nos precedieron en el otro mundo con el sello de la fe y les permita permanecer en el refresco de la luz y la paz.
La creencia del purgatorio y oración por los muertos se encuentra en todos los doctores de la Iglesia, así como en el acta de los mártires, especialmente en las actas de San Perpetuo, escritas por él mismo.
Todos los santos oraron por los muertos. San Odilon, abad de Cluny, en el siglo XI, tenía un celo particular sobre lo que respecta a la restauración de las almas del purgatorio. Fue movido por la compasión, pensando en los sufrimientos de las almas del purgatorio que, adelantándose a la Iglesia, ordenó rezar por las almas, habiendo destinado para ese fin un día especial. Así es como San Odilon alentó tal institución, comenzando por las tierras que simpatizaban con el sacerdocio. (…)
En cuanto al purgatorio, nada se conoce con seguridad. Sin embargo, lo que se lee en las revelaciones de Santa Francisca de Roma, revelaciones que la Iglesia autoriza creer, sin entretanto, ser obligatorias.
En una visión, la santa fue conducida al infierno y al purgatorio, que igualmente está dividido en tres zonas o esferas, una sobre la otra.
Al entrar, Santa Francisca leyó esta inscripción:
Aquí es el purgatorio, lugar de esperanza, donde se hace un intervalo.
La zona inferior es toda de fuego, diferente al infierno, que es negro y tenebroso. Esta zona tiene llamas grandes, muy grandes y rojas. Y las almas allí son iluminadas interiormente por la gracia. Porque conocen la verdad, así como la determinación del tiempo.
Aquellos que tienen pecados graves son enviados a este fuego por los ángeles y se quedan ahí conforme al tamaño de los pecados que cometieron.
La santa dijo que, por cada pecado mortal no expiado, en aquel fuego el alma se quedaría por siete años.
A pesar que en esta zona o esfera inferior las llamas de fuego envuelven todas las almas, atormentan sin embargo a unas más que a otras, según sean más graves o más leves los pecados.
Fuera de ese lugar del purgatorio, a la izquierda, están los demonios que hicieron que aquellas almas cometiesen los pecados que ahora expían. Criticándolas, pero no infligen cualquier otro tipo de tormento.
¡Pobres almas! Las hace sufrir más, mucho más, la visión de esos demonios que el propio fuego que las envuelve. Y, con tal sufrimiento, gritan y lloran, sin que, en este mundo, alguien pueda hacerse esa idea. Lo hacen, entretanto, humildemente, porque saben que lo merecen, que la justicia divina está con razón. Son gritos como que afectuosos y que les traen algún consuelo. No porque sean apartados del fuego. No, la misericordia de Dios, tocada por aquella resignación de las almas que sufren, les lanza una mirada favorable, mirar que les alivia el sufrimiento y les deja entrever la gloria de la bienaventuranza, a donde pasarán.
Santa Francisca Romana vio un ángel glorioso conducir a aquel lugar a un alma que le había sido confiada a su protección y esperarla afuera a la derecha. Y que los sufragios y las buenas obras que los parientes, amigos, o quien sea hacían especialmente por la intención de esa alma, movidos por la caridad, son presentadas por los ángeles de la guarda a la divina majestad. Y los ángeles, comunicando lo que por ellas hacemos, se alivian, alegran y confortan. Los votos y las buenas obras que hacen los amigos, por caridad, especialmente por los amigos del purgatorio, beneficia especialmente a quien los hace, debido a la caridad. Y ganan las almas y ganamos nosotros.
Las oraciones, los sufragios y las limosnas hechas caritativamente por las almas que ya están en la gloria y que ya no las necesitan, se revierten a las almas que todavía están necesitadas, beneficiando a nosotros también.
¿Y los sufragios que se hacen a las almas que se encuentran en el infierno? No aprovechan ni a uno ni a otro – ni a las del infierno, ni a las del purgatorio, únicamente a quien los hace.
La zona o región media del purgatorio está dividida en tres partes: la primera, llena de una nieve excesivamente fría; la segunda, de brea fundida, mezclada con aceite hirviendo; la tercera, de ciertos metales fundidos, como oro y plata, transparentes. Treinta y ocho ángeles reciben allí las almas que no cometieron pecados tan graves como para merecer la región inferior. Las reciben y las transportan de un lugar a otro con gran caridad: no son los ángeles de la guarda, son otros, que para tal efecto, fueron obligados por la divina misericordia.
Santa Francisca no habla, o no fue autorizada a decirlo por su superior, sobre la parte más elevada del purgatorio.
En los cielos, los ángeles fieles tienen jerarquía: tres filas y nueve coros. Las almas santas, que se elevan de la tierra, ocupan en los coros y las órdenes que Dios les indica, según sus méritos. Es una fiesta para toda la milicia celestial, pero especialmente para el coro donde el alma deberá regocijarse eternamente en Dios.
Lo que Santa Francisca vio en la bondad de Dios la dejó profundamente impresionada, sin que pudiese hablar de la alegría que había en su corazón. Frecuentemente, en los días de fiesta, sobre todo después de la comunión, cuando meditaba sobre el misterio del día, su espíritu, arrebatado al cielo, veía el mismo misterio celebrado por los ángeles y por los santos.
Todas las visiones que tenía Santa Francisca Romana, las sometió a la Santa Madre Iglesia. Y, por la misma madre – la Iglesia – fue Francisca canonizada, sin que nada censurable se encontrara en las visiones que tuvo.
Nosotros os saludamos, almas que os purificáis en las llamas del purgatorio. Compartimos vuestros dolores, el sufrimiento, principalmente aquel dolor inmenso y torturante de no poder ver a Dios.
¡Ay de nosotros! Sin duda que hay entre vosotros parientes y amigos nuestros: sufrirán, talvez por nuestra culpa. ¿Quién dirá que no les hemos dado, en ésta o aquella ocasión, motivos para pecar? Les falta poco tiempo para ser completamente puras. ¿Qué pasará con nosotros que velamos tan poco por nosotros mismos? Almas santas y sufridoras, ¡que Dios nos libre de nunca olvidaros!
Todos los días, en la misa y en las oraciones, nos acordaremos de todas ustedes. Acordáos, pues, también de nosotros. Acordáos especialmente cuando estuvieres en el cielo. ¡Allá os deseamos ver! ¡Como en el cielo deseamos vernos con ustedes! Así sea.
(Vida de los Santos, Padre Rohrbacher, Volumen XVIII, Pág. 111 a 118 y 129 a 137)
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¿Qué misterioso paraje es este, entre la tierra y el Cielo, cuyos “habitantes” piden vehementemente nuestra ayuda y también pueden beneficiarnos?
Carlos Werner Benjumea
Muéstrate conciliador con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel.
“Te lo aseguro: no saldrás de allí hasta que pagues el último centavo” (Mt 5, 25-26).
Jesús hablaba a los apóstoles acerca de los castigos que esperan a los pecadores después de la muerte. Antes se había referido al fuego de la gehena –el Infierno–, una prisión eterna. Pero aquí habla de una cárcel de la que se puede salir, siempre que se haya pagado la deuda hasta el último céntimo.
Esa prisión temporal –un estado de purificación para los que mueren cristianamente sin alcanzar la perfección– es el Purgatorio. Prisión misteriosa y temible, pero donde reina la esperanza y los quejidos de dolor se mezclan con himnos de amor a Dios.
La fiesta de difuntos
El 2 de noviembre, la sagrada liturgia se acuerda de forma especial de los fieles difuntos. Después de regocijarse el día anterior, en la fiesta de Todos los Santos, por el triunfo de sus hijos que ya alcanzaron la Gloria del Cielo, la Iglesia dedica su maternal desvelo a los que sufren en el Purgatorio y claman con el salmista: “Saca mi alma de la cárcel para que pueda alabar tu nombre. Me rodearán los justos en corona cuando te hayas mostrado propicio a mí” (Sal 141, 8).
La génesis de esta fiesta está en la orden benedictina de Cluny, cuando su quinto abad san Odilón, instituyó en el calendario litúrgico cluniacense la “Fiesta de los Muertos”, dando a sus monjes la ocasión de interceder por los difuntos y ayudarlos a entrar en la bienaventuranza.
A partir de Cluny esta fiesta se fue extendiendo entre los fieles hasta su inclusión en el Calendario Litúrgico de la Iglesia, volviéndose una devoción habitual del mundo católico.
Quizás el lector, como gran número de fieles, acostumbrará visitar el cementerio en aquel día, para recordar y elevar una plegaria por familiares y amigos fallecidos. Sin embargo, muchos cristianos no dan oídos a la llamada de su corazón, que los mueve a sentir añoranza de sus seres queridos y aliviarlos con una oración. Ya sea por falta de cultura religiosa o de quien las incentive y oriente, muchas personas ni siquiera ven la necesidad de rezar por las almas de los fallecidos.
A muchas otras la realidad del Purgatorio les causa extrañeza y antipatía.
Pues bien, por amor a las almas que esperan verse libres de sus manchas para entrar al Paraíso, para estimular en nosotros la caridad hacia estos hermanos necesitados de nuestra intercesión y también para nuestro provecho, indaguemos el “por qué” y “para qué” de la existencia del Purgatorio.
Purificación necesaria para entrar al Cielo
Sabemos que la Iglesia Católica es una. Lo confesamos en el Credo.
Sin embargo, sus miembros están en lugares diversos, como enseña el Concilio Vaticano II. Algunos “peregrinan en la tierra, otros, ya difuntos, se purifican, mientras otros son glorificados” (Lumen Gentium, 49).
Entre la tierra y el Cielo puede tener cabida, en el itinerario del alma fiel, una estación intermediaria de purificación. El Catecismo de la Iglesia nos enseña que por ella pasan los que “mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados”.
En virtud de lo cual “sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el Cielo” (CIC, n. 1030).
Este estado de purificación nada tiene que ver con el castigo de los condenados al Infierno. Pues las almas del Purgatorio tienen la certeza de haber conquistado el cielo, aunque su entrada en él sea aplazada en virtud de los residuos del pecado.
La primera epístola a los Corintios hace referencia al examen a que serán sometidos los cristianos, los que, habiendo recibido la fe, deben continuar en sí mismos la obra de su santificación. Cada uno será medido respecto de la perfección que haya logrado: “Si sobre este cimiento uno edifica con oro, plata, piedras preciosas o madera, heno, paja, su obra quedará de manifiesto; pues en su día el fuego lo revelará y probará cuál fue la obra de cada cual. Aquel cuya obra subsista recibirá la recompensa, y aquel cuya obra sea consumida sufrirá el daño. Él, no obstante, se salvará, pero como quien pasa a través del fuego” (1 Cor 3, 12-15).
“Se salvará”, dice el apóstol, excluyendo el fuego infernal, del que ya nadie puede salvarse, y refiriéndose al fuego temporal del purgatorio.
Haciendo mención de este y otros trechos de la Escritura, la Tradición de la Iglesia nos ha hablado de un fuego purificador, como explica san Gregorio Magno en sus Diálogos: “Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, como lo afirma Aquel que es la Verdad al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos colegir que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, y otras en el siglo futuro”.
¿Por qué existe el Purgatorio?
¿Acaso Dios es tan riguroso que no tolera ni la más mínima imperfección, limpiándola con terribles penas? Es una pregunta que puede hacerse con facilidad.
En primer lugar debemos considerar que después de nuestra muerte no seremos juzgados según nuestro criterio personal, pues “la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, porque el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1 Sam 16, 7) Estaremos ante la presencia de un Juez sumamente santo y perfecto, y en su Reino “nada impuro puede entrar” (Ap 21, 27) En efecto, ante la presencia de Dios, de su Luz purísima, el alma percibe en sí cualquier pequeño defecto, juzgándose ella misma indigna de tal majestad y grandeza. Santa Catalina de Génova, gran mística del siglo XV, dejó una obra muy profunda sobre la realidad del Purgatorio y del Infierno.
Explica lo siguiente: “Digo más: en lo que a Dios concierne, veo que el paraíso no tiene puertas y que puede entrar y salir quien quiera, porque Dios es todo misericordia y sus brazos están siempre abiertos para recibirnos en la gloria; pero la divina Esencia es tan pura –infinitamente más pura de lo que la imaginación pueda concebir– que el alma, viendo en sí misma la más ligera imperfección, prefiere arrojarse ella misma en mil infiernos antes que presentarse sucia en presencia de la divina Majestad. Sabiendo entonces que el purgatorio ha sido creado para purificar, ella misma se precipita en él y encuentra ahí una gran misericordia: la destrucción de sus faltas”.
¿Qué son estas manchas que deben purificarse en la otra vida? Son resquicios de apego exagerado a las criaturas, es decir, las imperfecciones y los pecados veniales, así como la deuda temporal de los pecados mortales ya perdonados en el sacramento de la Reconciliación.
Todo esto disminuye el amor a Dios en el alma.
A causa de esta afección desordenada se establece un estado de desorden en nuestro interior, alejándonos del mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas.
Esta es la causa, como nos explica Santo Tomás, por la cual, antes de acceder a la Gloria Celestial “la justicia de Dios exige una pena proporcional que restablezca el orden perturbado” (Suma Teológica, Supl., q. 71, a. 1) Las almas se sujetan a este castigo incluso con alegría, en plena conformidad con la voluntad del Señor.
Su único deseo es verse limpias y poder configurarse con Cristo.
San Francisco de Sales nos dice que las almas en este estado “se purifican voluntariamente, amorosamente, porque Dios así lo quiere” y “porque están seguras de su salvación, con esperanza inigualable”.
La pena del Purgatorio
Los dolores sufridos en ese lugar de purificación son “tan intensos que la mínima pena del Purgatorio excede a la mayor de esta vida” (Suma Teológica, Supl., q. 71, a. 2). Incluso así, san Francisco de Sales pondera que “el Purgatorio es un feliz estado, más deseable que temible, ya que las llamas que hay en él son llamas de amor”.
¿Cómo entender que ese terrible sufrimiento esté al mismo tiempo traspasado de amor? Verdaderamente, el mayor tormento de las almas del Purgatorio –la “pena de daño”– es causado por el amor. Dicha pena consiste en el aplazamiento de la visión de Dios. El hombre, creado para amar y ser amado, descubre al abandonar esta tierra la inefable belleza de la Luz divina, y a ella tiende con todas sus fuerzas, como el ciervo sediento corre en dirección a la fuente de las aguas. Sin embargo, viendo en sí el defecto del pecado, queda privado temporalmente de tan pura presencia.
Entonces, lejos de Aquel que es la suprema y única felicidad, el alma padece sufrimiento incalculable.
A nosotros, todavía peregrinos en este valle de lágrimas, nos cuesta entender la inmensidad de tal dolor. Vivimos sin ver a Dios aunque creamos en él. Somos como ciegos de nacimiento, nunca hemos visto el Sol de Justicia, que es Dios, y aunque sintamos su calor, no podemos hacernos idea de su resplandor y grandeza.
Sin embargo, las almas benditas del Purgatorio, al abandonar el cuerpo inerte, disciernen la inefable y purísima belleza de Dios, sin que la puedan poseer inmediatamente. Santa Catalina de Génova emplea una metáfora muy expresiva para explicar este dolor: “Supongamos que en el mundo entero no hay más que un solo pan para saciar el hambre de todas las criaturas, y que con sólo verlo quedan satisfechas.
El hombre saludable tiene el instinto natural de alimentarse.
Imaginémoslo capaz de abstenerse de los alimentos sin morir, sin perder la fuerza ni la salud, pero sintiendo que su hambre crece más y más.
Pues bien, sabiendo que sólo aquel pan podrá satisfacerlo y que mientras no lo obtenga su hambre no se aliviará, sufrirá penas intolerables que serán tanto más grandes mientras más lejos se halle del pan”.
A pesar de todo, las almas del Purgatorio poseen la certeza de que algún día se saciarán plenamente con ese Pan de la Vida, que es Jesucristo, nuestro amor, y en eso difiere su sufrimiento del de los condenados al infierno, que nunca podrán acceder a la Mesa del Reino de los Cielos.
Esperanza y desesperanza es la diferencia fundamental entre ambos lugares.
Disposición de las almas en el Purgatorio
Por eso existe en las almas del Purgatorio un matiz de alegría en medio del dolor. De forma brillante lo explica el Papa Juan Pablo II en la alocución del 3 de julio de 1991: “Aunque el alma deba sujetarse, en el paso rumbo al Cielo, a la purificación de las últimas escorias mediante el Purgatorio, ella ya está llena de luz, de certeza, de alegría, porque sabe que pertenece para siempre a su Dios”.
Y santa Catalina de Génova afirma: “Tengo por cierto que en ningún otro lugar, exceptuando el cielo, puede hallarse el espíritu en una paz semejante a la que gozan las almas del Purgatorio”.
Esto se debe a que el alma queda fija en la disposición que tenía al momento de morir, o sea, a favor o en contra de Dios. La libertad humana cesa con la muerte, y habiendo muerto en la amistad con Dios, el alma del Purgatorio se amolda con toda docilidad a su santa voluntad. Esta es la raíz de una paz tan profunda en medio de terribles sufrimientos.
Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, aconseja con vehemencia: “Esforcémonos por hacer penitencia en esta vida. ¡Qué dulce será la muerte de quien de todos sus pecados la tiene hecha, y no ha de ir al Purgatorio!” Sin embargo, su discípula santa Teresita del Niño Jesús formula de manera sorprendente su actitud frente al Purgatorio: “Si tuviera que ir al purgatorio me sentiré muy dichosa; haré como los tres hebreos en la hoguera, caminaré entre las llamas entonando el canto del amor”.
Una actitud no se contrapone a la otra, más bien se completan. Incluso si tuviéramos que pasar por un sitio tan doloroso, conservemos una confianza ilimitada en la bondad divina.
De cualquier modo, la Santa Iglesia coloca maternalmente a nuestra disposición las indulgencias, para librarnos de las penas del purgatorio.
Ayudemos a las benditas almas
No debemos pensar sólo en nuestro destino personal; preguntémonos también cómo ayudar a las almas que allí están en espera de su liberación. Ellas no pueden hacer nada por sí mismas, pues están privadas de alcanzar méritos, y dependen de nosotros. Interceder por ellas es una bellísima y valiosa obra de misericordia, pues en cierto modo, nadie hay más desamparado que estas benditas almas.
La costumbre de rezar por las almas de los difuntos viene del Antiguo Testamento.
Diversos Padres de la Iglesia fomentaron también esta práctica, como san Cirilo de Jerusalén, san Gregorio de Nisa, san Ambrosio y san Agustín. El Concilio de Lyon enseñaba en el siglo XIII: “para aliviar estas penas, [a las almas] les aprovechan los sufragios de los fieles vivos, es decir, el sacrificio de la Misa, las oraciones, limosnas y otras obras de piedad que, según las leyes de la Iglesia, han acostumbrado hacer unos fieles por otros”.
¡Cuán bella es la devoción a las benditas almas del Purgatorio! Agradable a Dios, y nos aprovecha también a nosotros, transportándonos a la verdadera dimensión cristiana de la existencia, que nos hace vivir en contacto y comunión con lo sobrenatural, con lo futuro en el sentido más pleno de la palabra. ¡Cuánto nos serán agradecidas estas pobres almas al recibir nuestro interés y nuestro auxilio! Podrán ser nuestros parientes, o hasta nuestros padres. Quizás sea incluso alguien a quien no conozcamos, pero de quien recibiremos una afectuosísima acogida en la eternidad. En el Cielo, y mientras todavía estén en el purgatorio, rezarán con ahínco por nosotros, porque Dios así se los permite.
A modo de conclusión, quisiera hacer una propuesta al lector: ore por estas almas necesitadas, ofrezca la Santa Misa, dé limosna, bríndeles sacrificios y haga que otros se vuelvan devotos fervorosos de las benditas almas.
¿Sabe quién será el más beneficiado? ¡Usted mismo!
Fuentes documentales sobre el Purgatorio
La doctrina católica sobre el Purgatorio fue definida en especial durante en los Concilios de Florencia (1438-1445) y de Trento (1545-1563) tomando como base la Escritura (2 Mac 12, 42-46; 1 Cor 3, 13-15) y la Tradición, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1030-1031).
La Constitución Dogmática Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, aborda la cuestión en su número 50.
En su solemne profesión de fe titulada Credo del Pueblo de Dios, realizada el 30 de junio de 1968, el Papa Pablo VI incluye a las almas “que deben purificarse todavía en el fuego del Purgatorio” (n. 28).
El Papa Juan Pablo II se refiere al Purgatorio en varios documentos: – Mensaje al Cardenal Penitenciario Mayor de Roma, 20/3/98; – Carta al obispo de Autum, Châlon y Mâcon, Abad de Cluny, 2/6/98; – Audiencia General del 22/7/98; – Audiencia General del 4/8/99; – Mensaje a la Superiora General del Instituto de las Hermanas Mínimas de Nuestra Señora del Sufragio, 2/9/2002.
Revista Heraldos del Evangelio, Nov/2006, n. 59, pag. 34 a 37
Indulgencia plenaria en el día de los muertos
- Aplicable solamente en favor de las almas del purgatorio:
El día 2 de noviembre, cuando la Iglesia conmemora el día de los muertos, los fieles católicos que visiten piadosamente una iglesia o un oratorio podrán solicitar indulgencia plenaria para las almas del purgatorio.
La indulgencia podrá ser obtenida el propio día de los muertos o con el consentimiento de un obispo, en el domingo anterior o posterior, o en la solemnidad de Todos los Santos. Esta indulgencia está incluida en la Constitución apostólica Indulgencia doctrina, en la norma número 15.
Para obtener cualquier indulgencia plenaria son necesarios algunos requisitos: rezar un Padre Nuestro, un credo, un ave maría y un gloria por las intenciones del Santo Padre. Además de estas oraciones por el Sumo Pontífice, debe ser hecha una confesión sacramental y una comunión eucarística.
Con una sola confesión sacramental se pueden ganar muchas indulgencias plenarias; en cambio, con una sola comunión eucarística y con una sola oración por las intenciones del Sumo Pontífice solamente se puede ganar una indulgencia plenaria.
Las tres condiciones pueden cumplirse algunos días antes o después de la ejecución de la obra prescrita; sin embargo, es conveniente que la comunión y la oración por las intenciones del Sumo Pontífice se realicen el mismo día en que se haga la obra.
Cada fiel puede rezar otra oración, según su devoción y piedad por el Romano Pontífice.
No olvides que el efecto de toda oración obra en la plenitud de la Divina Voluntad cuando estás en Gracia de Dios. Sentado lo anterior, puedes usarla cuando hay problemas en casa, para lugares donde se percibe intranquilidad, para que la escuchen personas con vicios o adicciones mientras duermen si tu quieres que se liberen, para recobrar la paz en nosotros mismos, en la familia o lugares que te quitan la paz. Pero, si no te encuentras en gracia de Dios, antes de rezar, ve, confiésate y haz un firme propósito de enderezar tu vida hacia los mandamientos de Dios. La Confesión es el más efectivo exorcismo.
Oración especialmente recomendable para romper esclavitudes con magia, brujeria, ocultismo; romper hechizos o maldiciones; para sanar el árbol genealógico; para el combate espiritual de cada día; para los que desean crecer espiritualmente pero tienen muchas trabas, etc.
Contiene Oración en lenguas....¡Leelo, rézalo, escúchalo y compártelo (Ver abajo: Video de la Oración rezada por el P. Moisés Lárraga con oración en lenguas).
OREMOS:
“En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, invoco a todos los Ángeles y a los Santos. Me dirijo a ti bendita Virgen María Madre Santísima, Reina de toda la Creación. Te pido tu bendición, tu protección y tu Intercesión. Invoco la protección y ayuda de San Miguel, el Arcángel líder de los Ejércitos Celestiales; de todos los Arcángeles y Ángeles. Me uno a la alabanza, adoración y gloria dada a nuestro Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Invoco en el Nombre de Jesús la bendición, protección, y ayuda de todos los Patriarcas, los Profetas, los Confesores, y las vírgenes y mártires; los discípulos de Jesús, los Apóstoles y de todos los Santos que han existido y que existen.
En el Nombre de Jesús entro en comunión con la Santa Iglesia de Cristo. Ratifico mi fe en el Santo Nombre de Jesús y en Su Preciosa Sangre. En el Nombre de Jesús renuncio al pecado, renuncio a Satanás y a sus trabajos de maldad; me entrego totalmente a Jesucristo para la Gloria de Dios.
Dios Padre Todopoderoso Creador de los Cielos y de la Tierra, de todo lo invisible e invisible. Padre amadísimo: en unión con la Virgen María, los Ángeles y los Santos te hablo humildemente en el Nombre de Jesús; te exalto y magnifico por tu grandeza inigualable; te alabo por todas tus perfecciones y atributos. Te adoro y te doy gracias por el regalo de mi vida; por permitirme estar en tu Presencia Santa. Padre amado conoces mi intención; sabes que somos oprimidos por aquellos espíritus rebeldes que nos incitan al pecado y que nos hacen estar lejos de ti. Señor, yo he pecado por mi propio deseo, y te confieso mi culpa, por favor borra las huellas de mi pecado y acepta mi Oración en el Santo Nombre de Jesús.
Señor Dios Todopoderoso en el Nombre de Jesús te pido mi liberación y la liberación de todos los que sienten la influencia del Maligno en sus vidas. En el Santo Nombre de Jesús cúbreme con su Preciosa Sangre, libérame Señor y libera a este pueblo, libera a este pueblo que escucha esta Oración. Señor Dios supremo Rey del universo, Padre de todos los espíritus ¡te alabo y te doy gracias por haberme enseñado la grandeza del Santo Nombre de tu Hijo Jesús! Me arrodillo en unión con toda rodilla en el Cielo, en la Tierra y debajo de la Tierra y confieso con toda lengua que Jesús es el Señor para tu Gloria oh Dios Omnipotente. Padre amado, te exalto y te alabo por tu generosidad con la raza humana, por aceptar el Sacrificio de tu amadísimo Hijo nuestro Señor Jesucristo, en reparación de todos nuestros pecados. Por permitir que la Preciosa Sangre de Cristo lave nuestras almas, y nos purifique de nuevo en tu Santa Imagen.
Bendito seas Dios Padre Misericordioso, que nos has enviado a tu Hijo para que a través de su Preciosa Sangre podamos ser salvados del pecado y liberados de nuestro Enemigo el Demonio. Padre amado, por el Poder del Santo Nombre de Jesús y de su Preciosa Sangre libérame Señor de todo espíritu maligno que tenga influencia sobre mi, desátame Señor de las cadenas que me unen a la maldad ¡libérame Señor y libera a este pueblo!, libera a todos los que están escuchando esta Oración. Separa al Enemigo de mi vida y arrójalo fuera de mí, expúlsalo Señor en el Santo Nombre de Jesús.
Cúbreme con tu Preciosa Sangre, y libera Señor a tu pueblo, libera a tus hijos. Dios Padre Todopoderoso: en el Santo Nombre de Jesús te pido que gane esta batalla, tengo fe en tu Poder, alabo tu Majestad y exalto tu Autoridad. Exalto tu Autoridad sobre el Enemigo; confío totalmente en que tú estás haciendo este trabajo para mi salvación y la salvación de aquellos por quienes rezo. Libera Señor, suspende para siempre la opresión del Maligno; establece tu dominio, ahuyenta con tu Preciosa Sangre a todos tus enemigos ¡revela tu Gloria!
Cristo ha vencido al Demonio en la Cruz ¡saca al enemigo fuera de mi vida para tu honor y gloria! En el Santo Nombre de Jesús cúbreme con tu Preciosa Sangre Jesús, libera a tu pueblo ¡libéralo Señor!
Señor Jesús, me arrepiento de todos los pecados que he cometido a lo largo de mi vida y te pido perdón. Señor pasa por toda mi vida desde el momento de mi concepción, y sáname del amor que me pudo haber faltado ¡lléname de tu amor!, bendice a mis padres antes de mi nacimiento, y bendice los padres de los que están escuchando esta Oración; borra cualquier lujuria que haya habido en ellos y purifícalos con tu Preciosa Sangre. Oh Dios Omnipotente que LO PUEDES TODO, bendice nuestra niñez, bendice nuestra vida desde nuestros comienzos, bendice nuestra juventud, bendice a lo largo de toda mi vida y hazte presente con autoridad para librarme de cualquier influencia diabólica que me haya perturbado o que aún esté presente en mi vida. Bendice y libera a estos que están oyendo esta Oración. Limpia nuestras almas para que quedemos blancos como la nieve; Señor Jesús libérame de cualquier resentimiento que lleve en mi corazón contra cualquier miembro de mi familia, cualquier persona que yo haya conocido a lo largo de mi vida, en tu Santo Nombre cubre con tu Preciosa Sangre, libérame Señor y libera a tu pueblo.
Libera Señor de cualquier resentimiento que yo tenga en contra mía por todos mis errores y torpezas, por todas mis fallas y caídas ¡saca Señor todas mis frustraciones en tu Santo Nombre y cúbrenos con tu Preciosa Sangre y libéranos Señor! Sana Señor de cualquier resentimiento que llevemos en contra tuya por habernos sentido ofendidos con nuestro destino, el cual es tu Santa Voluntad. En tu Santo Nombre cúbrenos con tu Preciosa Sangre y libéranos Señor.
Señor Jesús vengo humildemente ante tu cuerpo Crucificado, ahí donde tu recibiste todas las consecuencias de nuestro pecado, nuestras enfermedades y nuestras debilidades y la muerte. Señor Jesús en tu Santo Nombre humildemente imploro tu Misericordia, y te pido por los méritos de tu Pasión, agonía y muerte, y por los méritos y las penas del Inmaculado Corazón de María que nos sanes, y que sanes a estos enfermos que están postrados en Oración, escuchando esta Oración. Ten compasión de nosotros, ten compasión de ellos y no tengas en cuenta nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia.
Señor Jesús, tú eres el mismo ayer, hoy y siempre, en tu Santo Nombre te pido que pases con tu mano Santa sanando nuestras dolencias, ungiéndonos con tu Espíritu. Tu conoces nuestros problemas, sabes cuáles son nuestras enfermedades, sabes que enfermedades tienen ellos ¡sánalos Señor! ¡Sánanos Jesús! que en tu Santo Nombre Glorioso queden sanos en este momento.
Señor Jesús tú eres el Dios que nos sana: Hoy nos despojamos de nuestras enfermedades y te las entregamos a ti en tu Santo Nombre, para que dispongas de acuerdo a tu Misericordia; que no sea nuestra voluntad Señor sino la tuya. Has tu trabajo Señor para la Gloria de tu Santo Nombre.
Sáname Señor Jesús por el poder de tu Santo Nombre ¡sánanos Señor Jesús por el poder de tu Nombre Glorioso!, por los méritos de tus Santas heridas, por los méritos de tu Preciosa Sangre. Amonesta sus enfermedades y derrama sobre nosotros la Gracia de la sanidad.
Señor yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Pongo toda mi confianza en ti porque tú tienes todo el poder de sanarme, porque eres nuestro Dios Misericordioso con caridad inigualable, porque me amas y hoy has traído la salvación a mi casa y a la casa de todos estos que están escuchando. Gracias Señor Jesús por tu Santo Nombre ¡gracias Señor Jesús! ¡Gracias Virgen María por tu Intercesión!
ORACIONES CONTRA EL MALEFICIO (del ritual griego)
Kyrie Eleison, Christe Eleison, Kyrie Eleison.
Dios nuestro Señor Soberano de los siglos Omnipotente y Todopoderoso: tú que lo has hecho todo y que lo transformas todo con tu sola Voluntad; tu que en Babilonia transformaste en rocío la llama del horno siete veces más ardiente, y que protegiste y salvaste a tus tres niños Santos. Tu que eres doctor y médico de nuestras almas; tu que eres la salvación de aquellos que se dirigen a ti, te pedimos y te invocamos: has vana, expulsa, y pon en fuga a toda potencia diabólica, toda presencia y maquinación Satánica, toda influencia maligna y todo maleficio, mal de ojo de personas maléficas y malvadas, realizadas sobre estos tus siervos. Has que en cambio de la envidia y el maleficio obtengan abundancia de bienes, fuerza, éxito y caridad.
Tu Señor que amas a los hombres, extiende tus manos poderosas y tus brazos altísimos y potentes y ven a socorrer, y visita estas pobres imágenes tuyas, mandando sobre ellas el Ángel de la Paz; fuerte y protector del alma y el cuerpo que mantendrá alejado y expulsará a cualquier fuerza malvada.
Todo envenenamiento y hechicería de personas corruptoras y envidiosas, de modo que debajo de ti tu suplicante protegido te cante con gratitud: “el Señor es mi Salvador y no tendré temor de lo que pueda hacerme el hombre; no tendré temor del Mal porque tu estás conmigo”, tu eres mi Dios, mi fuerza, mi Poderoso Señor. Señor de la Paz ¡Padre de los siglos futuros!
Sí Señor Dios nuestro ¡ten compasión de tu imagen y salva a tu siervo!, salva a tus siervos de todo daño o amenaza procedentes de maleficios, protégelos poniéndolos por encima de todo mal, por la Intercesión de la más que bendita y gloriosa Señora, la Madre de Dios y Siempre Virgen María, de los resplandecientes Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, de los Santos Ángeles custodios y de todos tus Santos.
ORACION CONTRA TODO MAL
Espíritu del Señor: Espíritu de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, Santísima Trinidad, Virgen Inmaculada, Ángeles, Arcángeles y Santos del Paraíso descended sobre mi, descended sobre estos ¡fúndeme Señor!, modélame Señor ¡lléname de ti y utilízame!, expulsa de mi y de todos los que están escuchándome todas las fuerzas del Mal ¡aniquílalas, destrúyelas! para que yo pueda estar bien y ellos también y hacer el bien. Expulsa de nosotros los maleficios, las brujerías, la magia negra, las misas negras, los hechizos, las ataduras, las maldiciones y el mal de ojo. La infestación diabólica, la posesión diabólica, y la obsesión y perfidia; todo lo que es mal y pecado, envidia, celos y perfidia; la enfermedad física, psíquica, moral, espiritual y diabólica.
Quema todos estos males en el infierno, para que nunca más me toquen a mí ni a ninguna otra criatura en el mundo.
Ordeno y mando con la fuerza de Dios omnipotente, en nombre de Jesucristo Salvador, por intercesión de la Virgen Inmaculada, a todos los espíritus inmundos, a todas las presencias que me molestan, que me abandonen inmediatamente, que me abandonen definitivamente y que se vayan al infierno eterno, encadenados por San Miguel Arcángel, por San Gabriel, por San Rafael, por nuestros ángeles custodios, aplastados bajo el talón de la Virgen Santísima Inmaculada.
Jesús: reclamo mi sanación y reclamo la sanación física de estos que me escuchan; reclamo la sanación espiritual.
Padre mío no me abandones. Jesús mío ¡ten Misericordia de mi! ¡Espíritu Santo lléname, bendíceme y fortaléceme!
Señor Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, en compañía de la Virgen María, de los Ángeles y de los Santos te bendigo, te alabo, te doy gracias y te glorifico, porque hoy está llegando la sanidad a nuestra casa, hoy está llegando la liberación. Hoy estás rompiendo las cadenas que nos amarraban, hoy has re-creado tu Imagen Santa en nuestras almas. Hoy has triunfado una vez más.
¡Gracias Señor Jesús! ¡Gracias Jesús!
¡Aléjate de aquí Satanás, tómate tu propio veneno!, yo me cubro y cubro a todos estos con la Sangre Preciosa de nuestro Señor Jesucristo, en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Ave María Purísima, sin pecado concebida.
ALMA DE CRISTO, SANTIFÍCAME
CUERPO DE CRISTO, SÁLVAME
SANGRE DE CRISTO, EMBRIAGAME
AGUA DEL COSTADO DE CRISTO, LAVAME
PASIÓN DE CRISTO, CONFÓRTAME
OH BUEN JESUS, ÓYEME
DENTRO DE TUS LLAGAS, ESCÓNDEME
NO PERMITAS QUE ME APARTE DE TI
DEL MALIGNO ENEMIGO DEFIÉNDEME
EN LA HORA DE MI MUERTE LLÁMAME, Y MÁNDAME IR A TI,
PARA QUE CON LOS ÁNGELES Y LOS SANTOS TE ALABE Y TE BENDIGA
POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS. AMEN.
San Miguel Arcángel Príncipe de las Milicias Celestiales, con el Poder que Dios te ha conferido ¡ven con tu espada bendita a lanzar al Infierno a Satanás! y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal ¡Líbranos Señor de todo mal!
Con el Poder de la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, ato y amordazo todos los espíritus malignos que están escuchándonos y junto a nosotros, y los envío a los pies de Jesucristo el Señor, para que El los envíe a su lugar y no regresen más. + Bendición (cuando hay un Sacerdote).
Demos gracias al Señor porque es Bueno, porque es Eterna su Misericordia. Amén."
Presbítero y Fundador de los Salesianos e Hijas de María Auxiliadora
San Juan Bosco nació el 16 de agosto de 1815 en Castelnuovo de Asti, y recibió de su madre Margarita Occhiena una sólida educación cristiana y humana. Dotado de inteligencia, memoria, voluntad y agilidad física no comunes, desde niño fue seguido por sus coetáneos, a quienes organizaba juegos que interrumpía al toque de las campanas para llevarlos a la iglesia. Fue ordenado sacerdote en Turín en 1841, y allí comenzó su actividad pastoral con San José Cafasso.
Su programa, o mejor, su pasión era la educación de los jóvenes, los más pobres y abandonados. Reunió un grupito que llevaba a jugar, a rezar y a menudo a comer con él. La incómoda y rumorosa compañía de Don Bosco (así se lo llamaba y se lo llama familiarmente) tenía que estar cambiando de lugar continuamente hasta que por fin encontró un lugar fijo bajo el cobertizo Pinardi, que fue la primera célula del Oratorio.
Con la ayuda de mamá Margarita, sin medios materiales y entre la persistente hostilidad de muchos, Don Bosco dio vida al Oratorio de San Francisco de Sales: era el lugar de encuentro dominical de los jóvenes que quisieran pasar un día de sana alegría, una pensión con escuelas de arte y oficios para los jóvenes trabajadores, y escuelas regulares para los estudios humanísticos, según una pedagogía que sería conocida en todo el mundo como “método preventivo” y basada en la religión, la razón y el amor. “La práctica del método preventivo se base toda en las palabras de San Pablo que dice: "La caridad es benigna y paciente; sufre todo, pero espera todo y aguanta todo”.
Para asegurar la continuidad de su obra, San Juan Bosco fundó la Pía Sociedad de San Francisco de Sales (los Salesianos) y Hijas de María Auxiliadora (las Salesianas). Fue un fecundísimo escritor popular, fundó escuelas tipográficas, revistas y editoriales para el incremento de la prensa católica, la “buena prensa”. Aunque ajeno a las luchas políticas, prestó su servicio como intermediario entre la Santa Sede, el gobierno italiano y la casa Saboya.
Fue un santo risueño y amable, se sentía “sacerdote en la casa del pobre; sacerdote en el palacio del Rey y de los Ministros”. Buen polemista contra la secta de los Valdeses, según la mentalidad del tiempo, nunca se avergonzó de sus amistades con los protestantes y los hebreos de buena voluntad: “Condenamos los errores, escribió en el “Católico”, pero respetamos siempre a las personas”.
San Juan Bosco murió el 31 de enero de 1888 y fue canonizado por Pío XI en 1934.
Sueños proféticos, milagros y anécdotas de Don Bosco
DON BOSCO HACE UN DESAFÍO A LAS NUBES, Y SE PONE A TEMBLAR
Lo invitaron a predicar al pueblo de Montemagno, donde desde hacía tres meses no caía una gota de agua, y la gente estaba pasando por una situación de pobreza, de hambre y de sequía desesperante. Habían hecho varias rogativas y el cielo no daba ni la mínima señal de próximas lluvias. Los sermones que San Juan Bosco debía predicar eran nueve. Tres cada día.
Y en el primer sermón, con la iglesia totalmente colmada de gente , el Santo dijo con poderosa voz : “Si asistís a la predicación de estos tres días, si os reconciliáis con Dios haciendo una buena confesión, si os preparáis de tal manera que el próximo 15 de agosto, Fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen, todos comulguéis, YO OS PROMETO EN NOMBRE DE NUESTRA SEÑORA UNA LLUVIA ABUNDANTE QUE VENDRÁ A REFRESCAR VUESTROS CAMPOS.
Al terminar el sermón, los demás sacerdotes le decían: “Se necesita mucho valor para prometer lluvias para dentro de tres días, en medio de este verano tan espantoso en que estamos”.
-¿Pero si yo no he dicho esto? – respondió el santo.
-Sí, sí, le contestaron todos. Así lo dijo –. Y llamando a unos campesinos les preguntaron:
-¿Qué les dijo Don Bosco en su sermón?
- Pues nos dijo que si veníamos a los sermones y comulgamos, él nos promete en nombre de la Virgen María que nos llegará una provechosa lluvia.
La gente tomó totalmente en serio la promesa. Todos asistieron a los sermones. Todos, todos se confesaron. No bastaban los varios sacerdotes para confesar a tanta gente. Día y noche estaban confesando.
Y Don Bosco seguía predicando, mientras la gente pensaba y se preguntaba: "¿Y la lluvia, ¿sí vendrá?"
-Alejaos de vuestros pecados y la lluvia vendrá- respondía el santo.
Llegó el día de la Asunción de la Virgen. La comunión fue tan numerosa como nunca se había visto en aquel pueblo (años después todavía los sacerdotes comentaban que nunca más habían tenido que confesar ni repartir comunión a tanta gente como en aquella ocasión). Pero llegó el mediodía y ni rastro de lluvias. El sol brillaba más fuerte que nunca.
Don Bosco se levantó antes que los demás del almuerzo. Estaba preocupado. La gente había hecho todo lo que él les había aconsejado. ¿Y ahora, la lluvia? Apoyado en una ventana miraba hacia el horizonte y parecía interrogar al cielo. Pero la respuesta era negativa. El calor era sofocante.
Suenan las campanas para el último sermón.
Son las tres de la tarde. La gente suda a chorros. Don Bosco se dirige a la iglesia. El Marqués Fossati le dice: “-Don Bosco: esta vez si va a quedar muy mal con sus promesas. Nos prometió lluvias y mire como suda la gente con este solazo”.
Don Bosco manda al sacristán: “-asómese a la altura cercana y mire si hay esperanzas de lluvia-“.
El sacristán regresa: -Nada. Cielo despejadísimo. Sólo una nubecita muy pequeña en la lejanía.
-Bien, bien- responde el Santo, y sube a predicar. Mientras va al sitio de la predicación dice interiormente a la Santísima Virgen:
“Señora: no es mi buena fama lo que está en juego en este momento. Es tu buen nombre. Tú verás si me haces quedar mal. Esta pobre gente ha hecho todo lo posible por agradarte. Tú verás si los dejas partir desilusionados.
Empezó su sermón haciendo que todo el pueblo cantara el Himno de acción de gracias compuesto por la misma Santísima Virgen: “El Señor hizo en Mí maravillas, gloria al Señor”!
Un gentío inmenso le escucha, con los ojos fijos en él.
Todos rezan: “Acordaos oh Madre Santa -que jamás se oyó decir- que alguno haya implorado- sin tu auxilio recibir…“ y empieza a hablar de las maravillas del poder de la Madre de Dios.
Han pasado cinco minutos de sermón. El sol empieza a oscurecerse. Un retumbar inmenso se oye en el firmamento: un trueno poderoso, otro y otro. En el tejado de la Iglesia se escuchan caer gruesas goteras. Un murmullo de alegría recorre todo el templo. Don Bosco se calla por un momento. Un gran aguacero se siente caer. Los ventanales de la Iglesia retumban ante las ondas de viento cargadas de refrescante lluvia.
Don Bosco sigue su sermón: un “Gracias” a la Madre de Cielo. Está emocionado. Tiene que secar con el pañuelo las lágrimas de gratitud que brotan de sus ojos. Y muchos de aquellos rudos campesinos, sienten aflojar también ante sus ojos calurosos lágrimas de acción de gracias.
El santo agradecido termina recordando a todos la famosa frase que más tarde hará grabar sobre las campanas de la Iglesia de María Auxiliadora:
“CUANDO MARÍA RUEGA
TODO SE OBTIENE. NADA SE NIEGA”
Ayuda inesperada
Don Bosco no tuvo una vida fácil. A los dos años quedó huérfano de padre. Pero se constituyó en padre de numerosos huérfanos. Y millares de jóvenes de toda raza y nación, lo aclaman como “Padre y maestro de la juventud”. Su vida transcurrió en la pobreza, pero dedicó sus mejores energías a la juventud indigente y necesitada. El mismo refiere algunas de las persecuciones que sufrió.
“Era una noche lluviosa y volvía yo de la ciudad, cuando observo en un lugar desierto a dos hombres que marchan delante de mí, acelerando o disminuyendo el paso, conforme andaba yo. Quise cambiar de vereda, pero no me dieron lugar, echáronse atrás y en el mayor silencio me arrojaron un manto a la cara. Uno me ciñó la boca con un pañuelo, para que no gritase. En ese momento apareció un perro enorme y, gruñendo como un oso, plantó las zarpas en el rostro de uno y el hocico en el del otro, obligados así a atender al perro antes que a mí. —¡Llame a su perro!, me gritaron aterrados. —Sí, lo llamaré, pero déjenme libre.
—¡Pronto, llámelo! El perro seguía rugiendo como lobo rabioso. Los asaltantes huyeron y el perro se me puso al lado y me acompañó hasta el hospital Cottolengo, a donde me dirigía”.
Dios lo protegió repetidas veces en forma prodigiosa. Don Bosco, el santo turinés, leía las conciencias, revelaba el fin de la vida de sus alumnos. Anunciaba, a través de revelaciones nocturnas, el futuro de la Iglesia y de la Congregación Salesiana. Por la intercesión del santo, personas atacadas de diversas enfermedades se curaron milagrosamente. Y hubo hasta multiplicación de panecillos, hostias y avellanas. Todos estos dones y su vida entera los consagró a sus queridos jóvenes.
Padre Natalio
“Imponte una pequeña privación,
y el pan que te sobra dalo a un necesitado,
porque detrás de la mano del pobre
está la mano invisible del Señor,
que acepta la limosna como si a Él mismo se hiciera”
San Juan Bosco
PROFECIAS DE SAN JUAN BOSCO
«La Iglesia deberá pasar tiempos críticos y sufrir grandes daños, pero al final el Cielo mismo intervendrá para salvarla.»
Las dos columnas
El 30 de Mayo de 1862, Don Bosco cuenta un sueño profético a sus alumnos, que había tenido unos días antes: "Se preparan días difíciles para la Iglesia. Lo que hasta ahora ha sucedido es casi nada en comparación a lo que tiene que suceder. Los enemigos de la Iglesia intentan hundir la nave principal y aniquilarla si pudiesen. Sólo quedan dos medios para salvarse en medio de tanto desconcierto: devoción a María, frecuencia de Sacramentos, comunión frecuente, empleando todos los recursos para practicarlos nosotros, y para hacerlos practicar a los demás, siempre y en todo momento".
El 30 de mayo de 1862, por la noche, Don Bosco, sacerdote turinés fundador de la gran familia salesiana, les contó a sus jóvenes un relato, como ya les había prometido: «Os quiero contar un sueño... Es cierto que el que sueña no razona; con todo, yo, que os contaría a vosotros hasta mis pecados, si no temiese que salieseis huyendo asustados o que se cayese la casa, os lo voy a contar para vuestro bien espiritual. Este sueño lo tuve hace algunos días.»
«Figuraos que estáis conmigo sobre un escollo aislado, en el mar, desde el cual no ya no divisáis más tierra que la que tenéis debajo de los pies. En toda aquella superficie líquida se ve una multitud incontable de naves dispuestas en orden de batalla, cuyas proas terminan en un afilado espolón de hierro, a modo de lanza que hiere y traspasa todo aquello con lo que choca.» «Dichas naves están armadas de cañones, cargadas de fusiles y armas de diferentes clases; de material incendiario y también de libros. Y se dirigen contra otra embarcación majestuosa, mucho más grande y más alta, intentando clavarle el espolón, o incendiarla; o por lo menos hacerle el mayor daño posible.» «A esta majestuosa nave provista de todo, hacen escolta numerosas navecillas que reciben órdenes de ella, realizando las oportunas maniobras para defenderse de la flota enemiga. El viento le es adverso y la agitación del mar favorece a los enemigos. En medio de la inmensidad del mar se levantan sobre las olas dos gruesas columnas, muy altas, poco distante la una de la otra: Una coronada por la estatua de la Virgen Inmaculada, a cuyos pies se ve un amplio cartel con la inscripción: Auxilium Christianorum. Sobre la otra columna, que es mucho más alta y más gruesa, hay una Hostia de tamaño proporcionado al pedestal y debajo de ella otro cartel con estas palabras: Salus credentium.» «El comandante supremo de la nave mayor, que es el Romano Pontífice, al apreciar el furor de los enemigos y la situación apurada en que se encuentran sus leales, piensa en convocar a su alrededor a los pilotos de las naves subalternas para celebrar consejo y decidir la conducta a seguir. Todos los pilotos suben a la nave capitana y se congregan alrededor del Papa. Celebran consejo, pero al comprobar que el viento arrecia cada vez más y que la tempestad es cada vez más violenta, son enviados a tomar nuevamente el mando de sus naves respectivas. Restablecida por un momento la calma, el Papa reúne a los pilotos, mientras la nave capitana continúa su curso, pero la borrasca se torna nuevamente espantosa.» «El Pontífice empuña el timón y todos sus esfuerzos van encaminados a dirigir la nave hacia el espacio existente entre aquellas dos columnas, de cuya parte superior todo en redondo penden numerosas áncoras y gruesas argollas unidas a robustas cadenas. Las naves enemigas se disponen a asaltar la majestuosa nave, haciendo lo posible por detener su marcha, y por hundirla. Unas con escritos, otras con libros, o con materiales incendiarios, que intentan arrojar a bordo; otras con los cañones, con los fusiles, con los espolones: el combate se torna cada vez más encarnizado. Las proas enemigas chocan contra la majestuosa nave violentamente, pero sus esfuerzos y su ímpetu resultan inútiles. En vano reanudan el ataque y gastan energías y municiones: la gigantesca nave prosigue segura y serena su camino.» «Y aunque por los muchos ataques, muestra en sus flancos largas y profundas hendiduras (heridas), apenas producido el daño, sopla un viento suave desde las dos columnas, y las vías de agua se cierran y las brechas desaparecen. Los cañones de los asaltantes disparan, y al hacerlo revientan, se rompen los fusiles, lo mismo que las demás armas y espolones. Muchas naves se parten y se hunden en el mar.» «Entonces los enemigos, encendidos de furor, comienzan a luchar empleando el arma corta, las manos, los puños, las injurias, las blasfemias, maldiciones, y así continúa el combate. ... El Papa cae herido gravemente. Inmediatamente los que le acompañan acuden a ayudarle y le levantan. El Pontífice es herido una segunda vez, cae nuevamente y muere. Un grito de victoria y de alegría resuena entre los enemigos; sobre las cubiertas de sus naves reina un júbilo indecible. Pero apenas muerto el Pontífice, otro ocupa el puesto vacante. Los pilotos reunidos lo han elegido inmediatamente, de suerte que la noticia de la muerte del Papa llega con la de la elección de su sucesor.» Los enemigos comienzan a desanimarse. El nuevo Pontífice, superando todos los obstáculos, guía la nave hacia las dos columnas, y al llegar al espacio comprendido entre ambas, la amarra con una cadena que pende de la proa a un áncora de la columna que ostenta la Hostia. Con otra cadena, que pende de la popa, la sujeta de la parte opuesta a otra áncora colgada de la columna que sirve de pedestal a la Virgen Inmaculada. Entonces se produce una gran confusión. Todas las naves que habían luchado contra la embarcación capitaneada por el Papa se dan a la huida, se dispersan, chocan entre sí y se destruyen. Unas al hundirse procuran hundir a las demás. Otras navecillas que han combatido valerosamente a las órdenes del Papa, son las primeras en llegar a las columnas donde quedan amarradas. Otras naves, que por miedo al combate se habían retirado y que se encuentran muy distantes, continúan observando prudentemente los acontecimientos.» «Al desaparecer en los abismos del mar las naves destruidas, bogan aceleradamente hacia las dos columnas, llegando a las cuales se aseguran a los garfios pendientes de las mismas, y allí permanecen tranquilas y seguras en compañía de la nave capitana ocupada por el papa. En el mar reina una calma absoluta.»
Al llegar a este punto del relato, Don Bosco preguntó a Don Rua: — ¿Qué piensas de esta narración?
Don Rua contestó: "Me parece que la nave del Papa es la Iglesia de la que es Cabeza; las otras naves representan a los hombres, y el mar representa al mundo. Los que defienden a la embarcación del pontífice son los leales a la Santa Sede; los otros son sus enemigos, que con toda suerte de armas intentan aniquilarla. Las dos columnas salvadoras me parece que son la devoción a María Santísima, y al Santísimo Sacramento de la Eucaristía."
Don Rua no hizo referencia al Papa caído y muerto, y Don Bosco nada dijo tampoco. Don Bosco añadió solamente: «Has dicho bien. Las naves de los enemigos son las persecuciones: "Se preparan días difíciles para la Iglesia. Lo que hasta ahora ha sucedido es casi nada en comparación a lo que tiene que suceder. Los enemigos de la Iglesia intentan hundir la nave principal y aniquilarla si pudiesen. Sólo quedan dos medios para salvarse en medio de tanto desconcierto: Devoción a María, frecuencia de Sacramentos, comunión frecuente, empleando todos los recursos para practicarlos nosotros, y para hacerlos practicar a los demás, siempre y en todo momento. ¡Buenas noches!"»
Las conjeturas que hicieron los jóvenes fueron muchísimas, especialmente en lo referente al Papa. Consideraron este sueño como una visión profética. Pero Don Bosco no añadió nada más. Cuarenta y ocho años después -en 1907, el alumno canónigo Juan María Bourlot, recordaba perfectamente las palabras de Don Bosco.
La fórmula segura para ganarse la lotería
De San Juan Bosco
En el siglo pasado vivió uno de los hombres mas famosos por sus milagros y sus profecías: San Juan Bosco. Su fama se esparcía por todos lados. A unos les anunciaba cuantos años iban a vivir, a otros les decía lo que iban a ser en el futuro, y a muchos les leía los pecados ante que se los dijeran en el confesionario. En total hizo más de ochocientos milagros. Un hombre pobre oyó hablar de las maravillas que hacía este humilde sacerdote y corrió en su busca para preguntarle algo muy importante: La fórmula para sacarse la lotería. Quería que el santo le dijera qué números debía escoger al comprar el billete. San Juan Bosco meditó un rato y luego le contestó con plena seguridad: "los números mágicos para que Ud. Se saque la lotería son estos: 10 -7- 14. Puede conseguirlos en cualquier orden y se la sacará". El hombre se llenó de alegría y ya se despedía para salir corriendo a comprar el billete, cuando el santo, tomándolo del brazo le dijo sonriente: "un momento, que todavía no le he explicado bien los números ni le he dicho de qué clase de lotería se trata. Mire: estos números significan lo siguiente: "10" significa que usted debe cumplir los Diez Mandamientos; "7" significa que usted debe recibir con frecuencia los sacramentos; "14" significa que usted debe practicar las 14 obras de misericordia, tanto las corporales como las espirituales. Si usted cumple estas tres condiciones: observar los mandamientos, recibir bien los sacramentos y practicar las obras de misericordia, se va a sacar la más estupenda de todas las loterías: la gloria eterna del cielo". El hombre comprendió y en vez de irse a buscar al lotero, fue al asilo a llevar una limosna. Invierte todo tu corazón en esos números y serás verdaderamente feliz aquí en la tierra y en el cielo. SECRETOS PARA OBTENER TRIUNFOS: REVELADOS POR LA VIRGEN EN EL SUEÑO DEL ROSAL
Cuenta Don Bosco: “Un día del año 1847 se me apareció la Reina del Cielo y me condujo a un jardín encantador; era un inmenso rosal. Para no dañar las rosas me quité los zapatos, y empecé a andar. Pero las rosas tenían terribles espinas que me destrozaban los pies. Viendo que no podría continuar así, Nuestra Señora me aconsejó que me volviera a poner el calzado. Así lo hice. Muchas personas me seguían, pero apenas empezaban a sentir las fuertes punzadas de las rosas, se devolvían. Había rosas a la derecha, a la izquierda, en el suelo, y sobre la cabeza de los que caminábamos. Pero todas con espinas muy agudas y algunas nos daban punzadas tan terribles que producían espasmos.
La gente desde la orilla del rosal decía: “Mire qué sabroso viaja Don Bosco: caminando sobre rosas y todo es fácil para él”, pero no sabían qué tan dolorosos pinchazos estaba yo sintiendo en los pies, en la cabeza, en los brazos y en las espaldas.
Muchos religiosos que me habían seguido, al sentir tantos dolores exclamaban: “Nos engañaron, esto es muy duro”. Y yo les contestaba: “el que sólo desea gozar, sin sufrir, que se devuelva. Pero los que desean triunfos a costa del propio sufrimiento, que me sigan”. Muchos abandonaron la vía y se devolvieron.
Algunos me seguían todavía. De vez en cuando alguien se desanimaba y se devolvía, pero unos cuantos valientes seguían por el camino de rosas aguantando las dolorosas heridas.
Al final nos encontramos en un precioso jardín. Todos íbamos heridos, sudorosos y sangrantes. Pero luego sopló un suave viento y quedamos curados.
Vi que los que me acompañaban pertenecían a muchas naciones y muchas razas.
Luego llegamos a un edificio de una hermosura inenarrable. Allí nos esperaba la Virgen María, la cual nos dio esta explicación:
El rosal es el camino que debe seguir quien se dedica a educar la juventud. Las espinas son los muchos sufrimientos que hay que soportar para poder educar bien: Las rosas significan que para ser buen educador hay que tener mucha caridad. El ponerse el calzado para atravesar el rosal significa que hay que usar el “calzado de la mortificación”. Mortificar las simpatías y las antipatías. Porque quien se deja llevar de las simpatías o antipatías paraliza su apostolado y no logra conseguir los debidos frutos para la vida eterna”.
“Hay que recordar a todos que después de un poco de tiempo de sufrimientos educando a la juventud, se llegará a la Casa del Padre en el Cielo, donde cada uno recibirá su premio, según hayan sido sus obras”.
“Con mucha caridad y mucha mortificación se llegará al cielo, en donde ya no habrá sino rosas, sin espinas”.
“Apenas la Santísima Virgen terminó de hablar, me desperté”. MB 3,32.
ESTE SUEÑO LO TUVO DON BOSCO EN UNA ÉPOCA MUY DURA PARA ÉL: Ya llevaba seis años tratando de conseguir colaboradores para educar a sus jóvenes, pero todos se le iban: sacerdotes, seminaristas, profesores: todos se cansaban: la vida del Oratorio de Don Bosco era muy dura: la comida mala.
El trabajó mucho. La pobreza grande, y los jovencitos, por ser de las clases más abandonadas, eran toscos y groseros (sobretodo al principio). Pero desde que la Virgen le hizo las revelaciones de este Sueño, ya Don Bosco aprendió el REMEDIO PARA OBTENER TRIUNFOS: recordar sin cesar a sus colaboradores el gran premio que les esperaba en el cielo. “Un pedacito de cielo lo arregla todo” le había dicho San Benito Cotolengo.
Y a base de hacer presente el futuro maravilloso que les esperaba en la eternidad, se fue consiguiendo colaboradores fijos, que a pesar de tantas espinas de la vida, perseveraron en su compañía y llegaron a formar la poderosa Comunidad Salesiana, que tantos jóvenes educa en el mundo.
Las espinas no han dejado de atormentar, pero la esperanza en el Reino Eterno del Cielo tampoco ha perdido su fuerza maravillosa de animación. Película de Don Bosco completa en español: clic aquí.