sábado, 15 de diciembre de 2012

Novena de Navidad



SOLIDARIDAD, PARA VIVIR CON MAYOR PLENITUD EL AMOR DE DIOS

Al prepararnos para la Navidad con esta novena, tengamos presente la necesidad de fortalecer las relaciones familiares y comunitarias con vecinos, amigos y compañeros de trabajo. Descubramos en la reunión de cada uno de estos nueve días, el mensaje concreto que el Señor nos da desde su Palabra que es “viva y eficaz”.

Con la certeza que nos concede la fe, preparémonos con optimismo para recibir el nuevo año y vivir con mayor plenitud el amor de Dios. Esforcémonos para que ese amor se haga palpable en cada uno de nuestros gestos, compromisos y acciones hacia los demás. Sólo, en esa medida, podremos entender el valor de la "solidaridad", tan necesario para derribar los muros de injusticia, guerra y muerte que parecieran cercar el mundo de hoy.

Que el gozo de la Navidad nos invite a reflexionar y a buscar nuevas maneras de ser solidarios, para continuar en el año venidero participando con entusiasmo en la construcción de una sociedad más fraterna.



ORACIONES PARA TODOS LOS DÍAS

Dios de infinita bondad y caridad que nos has amado tanto, que nos diste en tu Hijo la mejor prenda de tu amor, para que encarnado y hecho nuestro hermano en las entrañas de la Virgen María, naciera en un pesebre para nuestra salvación. Te damos gracias por tan inmenso beneficio. En retorno te ofrecemos, Señor, nuestra esperanza y deseo sincero de vivir solidariamente nuestras relaciones en la familia y la comunidad.
Señor, queremos crecer juntos como hermanos; por eso te pedimos que nos ayudes a mantenernos unidos en el amor en todos los momentos de nuestra vida. Te pedimos que esta Navidad, fiesta de paz y de alegría, sea para nosotros un estímulo que nos muestre la importancia de trabajar en la tarea de la nueva evangelización que nosotros y el mundo entero necesita. Amén.

ORACIÓN A SAN JOSÉ
-¡Oh! José, hombre justo, esposo fiel de María y padre adoptivo de Jesús, a ti, a quien Dios colocó como custodio del hogar de Nazareth, te pedimos que vengas a nuestros hogares para enseñarnos a vivir solidariamente. Queremos celebrar la Navidad compartiendo la esperanza de una Colombia en la que podamos vivir como hermanos, brindándonos apoyo especialmente en los momentos de mayor dificultad.
San José, guía nuestros pasos por los caminos del mundo para anunciar a Cristo con nuestra propia vida, orientando nuestra peregrinación terrena hacia la Casa del Padre. Amén.

 -San José, padre justo y esposo fiel...
 Ruega por nosotros.

-Rezar un Padre Nuestro

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
-¡Oh! María, Madre nuestra, que por tus virtudes y especialmente por tu humildad fuiste escogida como Madre de Jesús, te pedimos que prepares nuestros corazones para que tu Hijo pueda nacer entre nosotros.
Que en esta Navidad, uniendo nuestro esfuerzo al de los demás podamos ser instrumentos de paz y reconciliación promoviendo la justicia y la solidaridad, especialmente, entre aquellos que más lo necesitan. Te invitamos María para que acompañes nuestro caminar en este proceso de nueva evangelización con que la Iglesia busca la construcción de una sociedad más fraterna, justa y solidaria. Amén.

-María, Madre de Dios y Madre nuestra...
Ruega por nosotros.

-Rezar un Ave María

ORACIÓN AL NIÑO JESÚS
Jesús, Navidad es la celebración de tu encarnación en medio de nosotros; es la presencia gozosa de tu amor en nuestra familia y en nuestra comunidad. Navidad es la certeza de que el Dios del cielo y de la tierra es nuestro Padre, porque Tú, Divino Niño, eres nuestro hermano.

Ayúdanos a comprender que, a través tuyo, Dios nos invita a vivir la fraternidad practicando el respeto, la justicia y la solidaridad. Haz que podamos vencer todo aquello que nos impide vivir como hermanos. Danos la sencillez de los niños para asumir nuestro compromiso en la construcción de tu Iglesia promoviendo y asumiendo los valores que ella nos propone para que, de este modo, como comunidad, podamos celebrar con alegría tu nacimiento. Amén.

Rezar un Padre Nuestro,  un Ave María y un Gloria


Primer día 

1. Oración para todos los días, a San José, a la Santísima Virgen y al Niño Jesús.
2. Lectura Bíblica: Isaías 7, 13 - 17.


Isaías dijo: “Escucha, heredero de David, ¿les parece poco cansar a los hombres, que quieren también cansar a mi Dios? Pues el Señor mismo les dará una señal: ¡Miren!; la joven está encinta y dará a la luz a un hijo, a quien le pondrá el nombre de Emmanuel. Comerá requesón y miel hasta que sepa rechazar el mal y elegir el bien. Pues antes que el niño sepa rechazar el mal y elegir el bien, el país de esos dos reyes que te infunden miedo habrá sido abandonado. El Señor hará venir sobre ti, sobre tu pueblo y sobre tu dinastía, días como no los ha habido desde que Efraín se separó de Judá”.

REFLEXIÓN
Dios da una oportunidad al pueblo de Israel, enviándole a su propio Hijo para la salvación de todos. Cristo, nos invita a practicar la solidaridad y la justicia con todas las personas, sin distingo de ideologías, clases sociales, diferencias culturales, de raza o religión.
Participemos en la construcción de un nuevo cielo y una nueva tierra, donde todos tengamos las mismas oportunidades y deberes, donde no haya injusticia, ni discriminación. Desterremos nuestro egoísmo y soberbia. Dejemos que Jesucristo transforme nuestros corazones y seamos los primeros en comprender a los demás, perdonar sus errores y darles otra oportunidad.

COMPARTAMOS
¿Cuándo -en nuestra familia- damos la oportunidad para que cada uno exprese su opinión?
En nuestra familia, en el trabajo, en nuestra actividad deportiva, ¿damos la oportunidad de rehacer una relación que se había roto? ¿Cómo?

COMPROMISO
Pensemos en alguna persona a la cual debamos darle la oportunidad de reconciliarnos con ella. Oremos en silencio por esta intención y, si es posible, procuremos acercarnos a ella.



Segundo Día

1. Oración para todos los días, a San José, a la Santísima Virgen y al Niño Jesús.

2. Lectura Bíblica: Isaías 11, 6-9.
"Entonces el lobo y el cordero vivirán en paz, el tigre y el cabrito descansarán juntos, el becerro y el león crecerán uno al lado del otro, y se dejarán guiar por un niño pequeño. La vaca y la osa serán amigas, y sus crías descansarán juntas. El león comerá pasto, como el buey. El niño podrá jugar en el hoyo de la cobra, podrá meter la mano en el nido de la víbora. En todo mi monte santo no habrá quien haga ningún daño, porque así como el agua llena el mar, así el conocimiento del Señor llenará todo el país".

REFLEXIÓN
En este pasaje, el profeta nos está mostrando el ideal al cual todos debemos aspirar: vivir en comunión perfecta. Esta es posible cuando renunciamos a nuestros egoísmos, enojos, groserías y toda clase de violencia. A veces, bajo el mismo techo, vivimos alejados por no saber escucharnos mutuamente, comprendernos y llegar a acuerdos. Igualmente hay quienes no soportan ni toleran a los vecinos, o quienes no les perdonan las ofensas pasadas.
Abramos nuestros corazones a la venida de Jesús. Dejémonos guiar por ese niño pequeño de que nos habla Isaías y dispongámonos a hacer comunidad.

COMPARTAMOS
¿Cómo se vive en nuestra familia una comunidad de amor?
¿Qué podemos hacer para mejorar la amistad y la integración con los vecinos?

COMPROMISO
Hagamos una obra de caridad en nuestro vecindario.


Tercer día

1. Oración para todos los días, a San José, a la Santísima Virgen y al Niño Jesús.

2. Lectura Bíblica: Marcos 1, 2-5.
"Está escrito en el libro del profeta Isaías: “Envío mi mensajero delante de ti, para que te prepare el camino." Y así, se presentó Juan el Bautista en el desierto; decía a todos que debían volver a Dios y ser bautizados, para que Dios les perdone sus pecados. Todos los de la región de Judea y de la ciudad de Jerusalén salían a oírlo. Confesaban sus pecados, y Juan los bautizaba en el río Jordán".

REFLEXIÓN
Celebrar Navidad significa recibir a Jesús en un ambiente de unidad. Esta se construye cuando pensamos primero en aquello que es de todos y lo cuidamos, por ejemplo: la familia, la casa, la cuadra, el parque, etc.
Todos los seres humanos debemos buscar el bien común y, con mayor razón los cristianos. Si aprendemos a compartir nuestros bienes, dones y carismas, esto hará que se multipliquen las bendiciones sobre todos y la comunidad se verá favorecida. Porque no puede haber felicidad individual si a nuestro lado hay personas que sufren por carecer de aquellas cosas más elementales. Es necesario que nosotros los cristianos cuidemos, promovamos y compartamos todo lo bueno que Dios nos ha dado. Aprendamos a cuidar los bienes comunes porque son nuestros y de los demás, esta es nuestra gran tarea y responsabilidad.

COMPARTAMOS
¿Quiénes estamos aquí reunidos tenemos bienes en común? ¿Cuáles son?
¿Qué hacemos cada uno de nosotros para cuidarlos   o promoverlos?

COMPROMISO
Alrededor del pesebre, meditemos cómo nos sentimos realizando el compromiso del día anterior.


Cuarto día

1. Oración para todos los días, a San José, a la Santísima Virgen y al Niño Jesús.

2. Lectura Bíblica: Lucas 1, 26-31.
"A los seis meses, Dios envió al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret, donde vivía una joven llamada María. Ella era virgen, pero estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David. El ángel entró en el lugar donde ella estaba, y le dijo: ¡Salve, llena de Gracia! El Señor está contigo. María se sorprendió de estas palabras, y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo y le pondrás por nombre Jesús".

REFLEXIÓN
Tan importante es la familia que Nuestro Señor Jesucristo necesitó también de una para poder nacer y crecer. Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo para redimirnos del pecado y es el mismo Dios Padre quien escoge a María y José como su familia. Fue en el hogar de ellos donde el Niño Jesús aprendió el lenguaje humano y se formó en su humanidad, contando con el afecto y el cuidado de sus padres.
Es en la familia donde aprendemos a ser solidarios, a compartir las cosas, a respetar las diferentes formas de ser y de pensar, a cuidarnos, a perdonarnos, a ser leales, a tomarnos de la mano para apoyarnos cuando el camino se hace difícil… y a compartir también los momentos de alegría. Si practicamos el diálogo, el servicio, el respeto y el perdón, podremos hacer de nuestro hogar un ambiente sano, lleno de paz y solidaridad, a ejemplo del hogar de Nazareth.

COMPARTAMOS
¿Por qué es importante la familia? 
¿Cómo manifiestas tu amor por los miembros de tu familia?
¿Qué puedo hacer para que mi familia sea mejor cada día?

COMPROMISO

Jesús nos pide amor, ofrece un gesto de afecto o de ayuda a aquel miembro de tu familia que más lo necesite. Escribe su nombre en un papelito y colócalo en el pesebre.




Quinto día

1. Oración para todos los días, a San José, a la Santísima Virgen y al Niño Jesús.

2. Lectura Bíblica: Mateo 1, 19 - 21. 24
"José, el esposo de María, que era un hombre justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto. Después de tomar esta decisión, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas aceptar a María como tu esposa, pues el hijo que espera viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque el salvará a su pueblo de los pecados. Cuando José se despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado: recibió a su esposa y, sin tener relaciones conyugales, ella dio a luz un hijo, al que José le puso por nombre Jesús".

REFLEXIÓN
Aunque la paternidad de José no es propiamente una dificultad, si podemos decir que tuvo que tomar una decisión adecuada y oportuna en un momento trascendental, especialmente porque se trataba de una gran responsabilidad. José necesitó la ayuda divina, la ayuda de un ángel.
De igual forma, nosotros debemos convertirnos en esos “ángeles” que se presentan en los momentos difíciles que vivan los demás. Vale la pena que nos esforcemos en ayudar a cambiar las situaciones de angustia y conflicto en momentos de paz y tranquilidad, ayudando a encontrar siempre una salida a los problemas propios y ajenos. Vivamos esta Navidad sabiendo que Dios siempre permanece en nosotros y es Él quien nos ayuda a superar las dificultades.

COMPARTAMOS
* ¿En momentos de dificultad hemos recibido la ayuda que necesitamos?
* ¿Conocemos personas que están pasando por un momento difícil en la familia, el trabajo o en la comunidad? ¿Cómo podemos ayudarles en esta Navidad?

COMPROMISO
Oremos por alguna persona que esté pasando por un momento de tristeza o dificultad y acompañémosle.



Sexto día


1. Oración para todos los días, a San José, a la Santísima Virgen y al Niño Jesús.



2. Lectura Bíblica: Lucas 1, 39-45. 56.

"Por aquellos días, María se fue de prisa a un pueblo de la región montañosa de Judea, y entró a la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura se le estremeció en el vientre, y ella quedó llena del Espíritu Santo. Entonces, con voz muy fuerte, dijo: ¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres, y ha bendecido a tu hijo! ¿Quién soy yo para que venga a visitarme la madre de mi Señor? Pues tan pronto como oí tu saludo, mi hijo se estremeció de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor te ha dicho!"

REFLEXIÓN
Veamos el ejemplo de la Virgen María quien, estando embarazada a la espera del Salvador, partió hacia la casa de su prima Isabel para visitarla y brindarle con alegría todo su apoyo, quedándose con ella durante tres meses, hasta el nacimiento de su hijo Juan.
Dar nuestro apoyo al hermano, tener misericordia con él, compartir lo que somos y tenemos, aún a costa de nuestros propios intereses, son acciones que dan testimonio al mundo de que Cristo está vivo y actúa a través de nosotros. Servir, en vez de ser servido, es el ejemplo que nos da Jesús durante toda su vida. Por eso, el nacimiento de Jesús en el pesebre nos debe invitar a servir con alegría, como lo hizo María.

COMPARTAMOS
Cuando te piden un favor, ¿ lo haces con alegría o de mala manera?
¿Qué nos motiva a brindar apoyo a los demás y cómo nos sentimos cuando lo hacemos?

COMPROMISO
Encendamos una vela junto al pesebre y durante un momento oremos por las personas de las que recibimos ayuda. Al terminar apaguemos la vela.

                          

Séptimo día

1. Oración para todos los días, a San José, a la Santísima Virgen y al Niño Jesús.

2. Lectura Bíblica: Lucas 1, 57 - 60.
"Cuando se cumplió el tiempo, Isabel dio a luz a un hijo. Sus vecinos y parientes oyeron que el Señor le había mostrado su gran misericordia y se alegraron de ella. Al octavo día fueron a circuncidar al niño y querían llamarlo Zacarías, como su padre. Pero su madre dijo: “No, se llamará Juan”.

REFLEXIÓN
Juan el Bautista, que es el último de los profetas, es el eslabón que representa la unión de todos los esfuerzos que, desde la creación, hizo el hombre para reconocer en Jesucristo al Padre.
Y así es como debemos continuar uniendo todos nuestros esfuerzos para ayudar a la construcción del Reino de Dios. Todo cristiano sabe que no existe solitario, sino en comunidad y, por ello, estamos llamados a esforzarnos en la construcción de la Iglesia y de la sociedad. En el amor del Señor dejemos a un lado el egoísmo, la intolerancia y la soberbia; aprendamos que la unión es la fuerza que edifica nuestra familia y nuestra comunidad.

COMPARTAMOS
¿Qué necesidades hay en nuestra familia o comunidad que podamos solucionar entre todos? Compartamos lo que cada uno puede aportar.

COMPROMISO
Aseemos y embellezcamos juntos nuestra casa o la cuadra o el edificio donde vivimos. 


                                 

Octavo día

1.  Oración para todos los días, a San José, a la Santísima Virgen y al Niño Jesús.

2. Lectura Bíblica: Lucas 2, 6-7.
"Y sucedió que mientras estaban en Belén, le llegó a María el tiempo de dar a luz. Y allí nació su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en el establo, porque no había alojamiento para ellos en el mesón".

REFLEXIÓN
Que esta Navidad nos permita reconocer el gran amor de Dios desbordado en la humanidad que “siendo rico, por nosotros se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. La lectura nos hace una invitación a la generosidad, a que seamos solidarios; a que escuchemos la voz de los pobres, de los necesitados, de los que sufren y compartamos con ellos los bienes que Dios nos ha regalado, en la seguridad de que Cristo está presente en cada ser humano necesitado: los niños y los ancianos abandonados, las familias desplazadas, los enfermos terminales… y tantos otros a quienes podemos brindar un poco de pan, de compañía, de afecto.

COMPARTAMOS
¿Estamos realmente siendo solidarios con los que tienen necesidades?
¿Las posesiones que acumulas te dan la felicidad? ¿ por qué?

COMPROMISO
Antes que termine el año tengamos un gesto de solidaridad con los más necesitados.



Noveno día

1. Oración para todos los días, a San José, a la Santísima Virgen y al Niño Jesús.

2. Lectura Bíblica: Lucas 2. 15, 19.
"Cuando los ángeles se volvieron al cielo, los pastores comenzaron a decirse unos a otros: vamos, pues, a Belén, a ver esto que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado. Fueron de prisa y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el establo. Cuando lo vieron, se pusieron a contar lo que el ángel les había dicho acerca del Niño, y todos los que lo oyeron se admiraban de lo que decían los pastores".

REFLEXIÓN
En esta Navidad, como los pastores, debemos estar atentos a la voz de Dios, y salir juntos al encuentro de Jesús que se ha hecho hombre en medio de nosotros para ayudarnos a crecer en fe y santidad.
Como hermanos nos corresponde actuar con amor en nuestras relaciones con los demás y, en lugar de criticarlos o hacerlos tropezar, este amor nos debe motivar a ayudarlos, sólo de esa manera podremos crecer juntos. Es necesario aportar lo que sabemos y tenemos para bien de los miembros de nuestra familia y de nuestra comunidad. El egoísmo nos destruye, la generosidad nos hace crecer.

COMPARTAMOS
* ¿Qué aporte positivo hago para el crecimiento de quienes me rodean?
* ¿Cómo contribuyo al fortalecimiento de mi familia y de mi comunidad?

COMPROMISO
Hagamos una cadena de fraternidad con nuestras manos alrededor del pesebre, recemos el Padre Nuestro y propongámonos cada uno de nosotros a ejecutar desde hoy mismo una tarea que nos permita crecer juntos.

Fuente: Novena de Navidad




viernes, 14 de diciembre de 2012

Medjugorje: La Virgen María está alzando la voz para todos los cristianos del Este Medio



10/12/2012 – Ivan trae la unidad a las Iglesias del Este Medio

La presencia de cinco obispos católicos en la aparición de Ivan Dragicevic el 16 de Noviembre en Zahleh, Líbano, muestra cómo ahora la Virgen María está alzando la voz para todos los cristianos del Este Medio”, dice el Presidente de los Laicos, quien espera un gran paso adelante en el Este Medio para Medjugorje.



Charbel Maroun


“Hoy es el primer día que hemos tenido una aparición de Medjugorje en la Iglesia Católica Griega, en el Este Medio. Esto significa que Nuestra Señora está ahora trabajando seriamente en este lugar, y que quiere llevar su voz a los cristianos del Este Medio, donde casi la mayoría pertenece a esta Iglesia”, informa a Medjugorje Today, Charbel Maroun, presidente del Movimiento Mariano de Laicos en Galilea.

“Es muy importante para nosotros que Ivan esté en la Iglesia Católica Griega con obispos de la misma Iglesia presentes en las apariciones. Significa mucho para nosotros que nos dieran permiso para entrar en sus iglesias y hablar del mensaje de Nuestra Señora en Medjugorje a sus fieles.

El presidente del Movimiento Mariano de Laicos en Galilea espera, después de la aparición de Ivan en Zahleh del viernes, que Medjugorje será mucho más conocido en el Este Medio, y muchas oposiciones a las apariciones cesarán con la visita en estos días de Ivan Dragicevic al Líbano.

         Primera aparición de Ivan en el Líbano,el 15 de noviembre en Bkerke


La aparición, de 8 minutos, tuvo lugar en el santuario católico griego de Nuestra Señora de Zahleh, al cual asistieron cinco obispos católicos griegos, más de 40 sacerdotes y un total de más de 7000 personas.  

La iglesia estaba llena y, fuera, había otros miles.  

“Hemos tenido muchos problemas hablando de Medjugorje, con no pocos sacerdotes católicos griegos. Ahora estos problemas desaparecerán porque todos ellos, y todos los cristianos, ven que los obispos de sus iglesias están acogiendo estas apariciones, y han estado presentes en ellas. “Esto es muy, muy importante para el movimiento Mariano, para nuestro movimiento y para todos los grupos de oración de Medjugorje”, dice Charbel Maroun.

“Seguro, seguro. Es también la primera vez que los medios de comunicación hablan de Medjugorje en este sentido y con fuerza. Ahora, la gente del Este Medio está al tanto de lo que está pasando en Medjugorje. Muchos de ellos no habían oído hablar nunca sobre ello”, nos dice.

En su homilía, el Arzobispo Católico Griego, Issam Darwish mostró una gran simpatía. Amigo personal del vidente y en su tiempo Eparca Católico Melquita de Australia y Nueva Zelanda, habló de Medjugorje y de Ivan:

“Estamos aquí para escuchar el mensaje especial de Medjugorje para nosotros en esta noche. Doy una cálida bienvenida a Ivan, en mi nombre y en el nombre de todos vosotros. Ivan viene de la aldea de María, que la Iglesia ha proclamado centro de devoción Mariana. 

"Ivan es mi amigo más cercano, muchas veces me visitó en Australia y yo le visité en Medjugorje. Os animo a cada uno de vosotros a visitar Medjugorje. Este es el santuario Mariano más importante del mundo”, dice el Arzobispo Issam Darwish.


Asistentes esperando el comienzo de la visita de Ivan en Zahleh, 
el 16 de noviembre


Según Ivan, la Virgen María estaba muy feliz y contenta durante la aparición. Ella dio este mensaje a los asistentes en Zahleh:

“Mis queridos hijos, hoy quiero mostraros cuánto os amo. Siento no poder haceros entender a cada uno mi amor hacia vosotros. Por esto os llamo a rezar y entregaros completamente a Dios, porque Satanás quiere llevaros lejos por medio de vuestros actos cotidianos. Satanás quiere tomar el primer lugar en vuestras vidas. Por tanto, mis queridos hijos, rezad continuamente. Gracias por haber respondido a mi llamada.”


                       El arzobispo griego católico de Zahleh, Issam Darwish



Ivan recibe la Sagrada Comunión del Cardenal Patriarca El-Rahi en Bkerke el 15 de noviembre


domingo, 2 de diciembre de 2012

El Perdón: llave de Liberación y puerta de Sanación



LOS DIEZ MANDAMIENTOS DE LA SANACIÓN


(Extraído del Libro “Manual del Laico para el Ministerio de Sanación” del autor Rev. Robert De Grandis S.S.J.)



"Yo soy la vid, ustedes las ramas. Si alguien permanece en mí, y yo en él, produce mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada” (Jn. 15:5).


Se dice que San Francisco Javier enseñó a los niños en India a orar y sanar a los enfermos. Después de haber sido sanados, eran traídos ante él y éste les explicaba lo que había ocurrido. Se dice también que Vicente Ferrer, el domínico, resucitó más gente de la tumba que Jesús. Estas personas no fueron más perfectas de lo que somos nosotros y todos estamos habilitados por el mismo Espíritu Santo que reside dentro de cada uno de nosotros. Se supone que podemos hacer obras más grandes que Jesús, “...pero les digo: el que cree en mí hará las mismas cosas que yo hago y aún hará cosas mayores” (Jn. 14:12).

Las siguientes son unas guías que a veces denomino “mandamientos”. Pueden ser de utilidad en tus esfuerzos de orar por la sanación de las demás.


1. CREE QUE DIOS, POR LO GENERAL, QUIERE QUE TODOS LOS HOMBRES ESTÉN SANOS, SALUDABLES, ÍNTEGROS EN CUERPO, MENTE Y ESPÍRITU.

“Cuando Jesús bajó del monte, lo siguió mucha gente. Un leproso vino a arrodillarse delante de él y le dijo: Señor, si quieres, tú puedes limpiarme. Jesús alargó la mano, lo tocó y le dijo: ¡Lo quiero, quedas limpio!" (Mt. 8:1-3). 

En este pasaje bíblico tomado de la Biblia de Jerusalém, hay admiración al final de la contestación dada por Jesús. Por un momento, imagínense el tono de la voz de Jesús diciendo: “Por supuesto, ¿no se fijaron en lo que les estaba diciendo a las personas allí en el camino? No se fijaron en lo que hice ayer y ahora me preguntan: ¿Quiero sanarlos? Por supuesto que sí. ¡Sanaos!”

Esta historia, tomada del Evangelio, ilustra convincentemente el deseo de Jesús de sanar a todo aquel que viniera a El. Está escrita cuatro veces en los Evangelios: Jesús quería que todo aquel que viniera a El fuera sanado; Mateo 8:16, Mateo 12:15, Lucas 4:40, Lucas 6:19. Las mismas obras que Jesús realizó, las comisionó a sus apóstoles y discípulos. Nunca los envió únicamente a predicar; todo lo contrario. Siempre dijo: “Prediquen la Palabra y sanen al enfermo”. En mi opinión, la predicación y la sanación son inseparables.

Jesús dio a sus apóstoles las siguientes instrucciones: "No vayan a tierras extranjeras ni entren en ciudades de los samaritanos, sino que primero vayan en busca de las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Mientras vayan caminando, proclamen que el Reino de Dios se ha acercado. Sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, echen demonios. Den gratuitamente, puesto que recibieron gratuitamente” (Mt 10:5-8). 

Nuestra misión, hoy día, es como fue la de los apóstoles en su época, convertirnos en seguidores de Jesús. Como católicos hemos aceptado abiertamente la invitación de ser testigos de Jesús, hacer sus obras ahora como Él las hubiera hecho, a través del poder del sacramento de la Confirmación. Por lo tanto, ahora que tú empiezas a orar por los enfermos y a leer el Nuevo Testamento prestando especial atención a la sanación, puedes preguntarte: ¿Dónde he estado todos estos años? Los Evangelios claramente expresan lo que Jesús dijo: “Prediquen el Evangelio y sanen a los enfermos”.

La cristiandad está siempre a disposición de todos los hombres sin importar su raza, y el poder de sanación de Jesucristo está donde haya un cristiano, donde haya una apertura al poder sanador del Señor Jesucristo.

Mi método total de sanación se basa en la idea de que la sanación es “una respuesta a la oración”...  Si podemos creer en el amor que el Señor nos tiene, entonces, Él va a actuar a través de nosotros, que somos sus instrumentos, para darnos la respuesta a nuestra oración. Yo creo que Jesús, por lo general, quiere que todos los hombres sean sanados, porque Él prometió darnos signos. “Y estas señales acompañarán a los que creen: en mi nombre(...) pondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán" (Mc 16:17- 18). 

Este relato bíblico refleja la actitud de Jesús sobre la sanación, fue resaltado, utilizado y vivido entre los primeros cristianos y cuyo poder nos fue dado a nosotros por el Evangelio según San Marcos.

“Señor Jesús, sé que deseas que todos te amemos en forma completa y que estemos totalmente bien para que podamos orar y alabar. Permite que el Espíritu Santo se manifieste hoy y que nos enseñe la verdad de que Tú realmente nos quieres saludables en cuerpo, mente y espíritu. Aumenta hoy nuestra fe como comunidad para creer en tu amor sanador”.


2. RECIBE LOS SACRAMENTOS TAN FRECUENTEMENTE COMO TE SEA POSIBLE PARA LOGRAR LA SANACIÓN.

Nuestro Señor Jesús dio su vida por los hombres de todas las épocas. Para continuar con su trabajo de redención y de santificación a través de los tiempos, dio a la Iglesia los siete sacramentos con el fin de moldeamos, llenarnos, usarnos y fundirnos. Básicamente, gracias a los sacramentos, el hombre se sana.

Como católicos, el centro de nuestra vida espiritual es la misa, la Eucaristía. Durante la celebración de la misa encontramos oraciones maravillosas para curar la mente, el cuerpo y el espíritu. En la plegaria del Padre Nuestro encontramos una súplica: “Líbranos de todo mal”. Ya que el hombre es un todo -cuerpo, mente y espíritu- no susceptible de separación, entiendo que ésta es una solicitud de protección contra el mal físico, psicológico y espiritual.

En la oración que el sacerdote dice a la congregación: “La paz del Señor esté siempre con vosotros”, Cristo está presente en su gente. Esto significa repetidamente la paz total del hombre: cuerpo, mente y espíritu. Si alguien tiene un dolor intenso durante la Eucaristía, es difícil entender cómo puede estar en paz y permanecer dispuesto a recibir lo que Jesús le está ofreciendo. La paz es armonía de mente, cuerpo y espíritu que se traduce en tranquilidad. Ciertamente, las personas que se aproximaron a Jesús para ser curados sintieron esta paz dentro de ellas, y las experiencias de los que hoy se encuentran en el ministerio de la sanación tienden a estar de acuerdo con que la sanación le brinda al hombre una sensación de paz no conocida anteriormente. Por consiguiente, la misa es la oportunidad perfecta y natural de acercarse al Señor si se está sufriendo de falta de arreglo interior y se busca la paz del Señor.

La segunda oración antes de la comunión: “Señor Jesucristo, con fe en tu amor y en tu misericordia, como de tu cuerpo y bebo de tu sangre, no me condenes sino dame salud en mente y cuerpo”, es una referencia directa a la sanación sin requisitos. Si no decimos estas oraciones con un gran convencimiento, perdemos mucho del poder de sanación que nos brinda la misa.

Todos hemos repetido esta oración antes de la sagrada comunión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Pero ¿cuántos han reflexionado realmente sobre esta súplica? Esta es una magnífica oportunidad de mostrar al Señor nuestra necesidad de sanación y de esperar que, así como El se entregó por nosotros, nos dé un don menor, como es la sanación total del hombre.

El Reino de Dios está sobre nosotros y en la misa nos damos cuenta de su presencia en forma muy profunda. Este es el momento para los frutos del Reino, uno de ellos es la Integridad, la cual debe ser hecha y recibida por el creyente.

Hemos recibido los sacramentos como ayuda para lograr la sanación: Dios tocando al hombre, el hombre tocando a Dios. “Extiende la mano y toca a Dios cuando El pasa”, como dice la canción. Esto es lo que ocurre en los sacramentos: Jesús desciende y nos toca. Recíbelos con la confianza de recibir la sanación.

“Señor Jesús, tócanos y sánanos hoy. Renueva dentro de cada uno de nosotros nuestro compromiso de recibir tu amor sanador que nos es dado en los sacramentos”.


3. ORA POR EL ENFERMO TANTAS VECES COMO TE SEA POSIBLE

Aparentemente, entre más oremos con el enfermo, más relajada y profunda se vuelve la oración. Si éste es el caso, es valioso orar por él tantas veces como sea posible. Así como existen barreras a la sanación, el enfermo tiene barreras también y, entre más se ore por él, más receptivo se volverá y más barreras se removerán, permitiendo que el amor de Dios fluya libremente.

Generalmente, cuando las familias me traen a sus enfermos, les digo: “Oren por ellos tres veces al día: en la mañana, al mediodía y en la noche. Impongan las manos sobre ellos por lo menos tres veces al día. Oren tantas veces como les sea posible, especialmente por los enfermos que hay en casa ya que se consiguen muchas más cosas de las que se creen mediante la oración”. Raras veces oramos demasiado por los enfermos. El peligro está en que oramos muy poco, no lo contrario. Es imperativo que nunca dejemos de orar, sin importar que tanto lo hayamos hecho con nuestros enfermos antes. Jesús es el modelo que debemos seguir ya que El dedicó mucho tiempo de su vida a la oración.

Nosotros mismos estamos recibiendo la sanación cuando oramos por los enfermos. Estamos creciendo en amor, fe y confianza. Este crecimiento, además de justificar nuestra preocupación por la sanación de los enfermos, debe justificar una frecuente oración. Por lo tanto, sea constante y ore por los enfermos tantas veces como le sea posible.

“Señor Jesús, fortalécenos y haznos alcanzar la fe. Pon tus manos sobre los enfermos sabiendo que tu deseo de sanación es más fuerte que el nuestro. Al seguir tu ejemplo, Jesús, ayúdanos a percibir las necesidades de tu pueblo y a ayudar con compasión. Gracias, Jesús”.


4. TEN CONFIANZA EN EL AMOR DE JESÚS PARA LA SANACIÓN DEL ENFERMO

Cuando la mayoría de los laicos se ve ante la posibilidad de orar por otras personas para pedir sanación, se sienten temerosas porque se creen carentes de la suficiente fe. La fe personal de la mayoría se vuelve un nudo, incluso la de aquellas personas que han estado orando durante muchos años por los enfermos. El Señor sólo nos pide que tengamos fe como un grano de mostaza. Es aconsejable poner toda nuestra atención en Jesús, haciendo énfasis en el Señor y no en nuestra propia fe. Al poner nuestra fe en el amor de Jesús durante la oración, podemos orar de la siguiente manera: “Señor, tú amas a esta persona. Yo estoy aquí para canalizar tu amor y creo y confío en tu amor”. Luego, si es posible, visualice a Jesús allí de pie con sus manos sobre la persona por la que se está orando; pídale a ella que haga también esta visualización. La visualización es muy importante en el ministerio de la sanación porque ayuda a enfocamos en Jesús y no en la fe suya o en la de la persona por la que se está orando.

El don carismático de la sanación, como yo lo entiendo, es una apertura, una “pasividad” hacia el Señor. No lo puede encender y apagar. Inclusive si usted se siente como un tubo oxidado, el amor del Señor puede fluir a través suyo. El agua cristalina corre por tubos oxidados. Por esto, cuando se les enseña a los niños a orar, ocurren milagros. Los niños no tienen los complejos de los adultos. Hace algunos años, un grupo de misioneros en el Africa tradujo el Evangelio de San Juan a la lengua nativa del lugar antes de que fueran expulsados por el gobierno. Al regreso de los misioneros años más tarde, estos se quedaron atónitos al ver que los enfermos de las diversas poblaciones estaban sanos. Atribuyeron esto al hecho de que la gente estaba leyendo el Evangelio de San Juan, a que creían de todo corazón en lo que leían y a que vivían la vida cristiana escrita en el Evangelio. Esto dice mucho de cómo obra la fe en los niños y en las personas simples.: sencillamente, creen. Niños de tres, cuatro, cinco años de edad han dicho: “Déjame orar por tí”. Los niños oran y después corren a jugar. Poco después la mamá está sorprendida porque se sanó. En repetidas ocasiones he escuchado esta historia. Los chicos no han sido educados en teología. El Evangelio de Jesús siempre ha sido para todos los hombres sin distingos de raza, y es relativamente fácil de seguir. No es sólo para los intelectuales o los teólogos, es para todo aquel que esté abierto a El.

Jesús tenía los pies en la tierra aunque pasó noches enteras orando en las montañas. 

Ya que profesamos la fe cristiana, sea en lo más alto de una montaña o en las calles de Calcuta o en las ciudades donde vivimos, cree en el amor de Jesús acompañándolo, confía en el amor del Señor para sanar. “No se turben; ustedes creen en Dios, crean también en Mí” (Jn. 14:1).

“Señor Jesús, creemos en tu amor y creemos en tí, pero existen momentos en que estamos pensando sólo en nosotros. En estos momentos, cuando nuestra fe se tambalea, ayúdanos a centrar de nuevo nuestra atención en tí y en tu amor. Quédate con nosotros, Jesús, dondequiera que estemos, para traernos de regreso a tu luz sanadora”.


5. PON TUS MANOS SOBRE LA PERSONA CUANDO SEA RAZONABLEMENTE POSIBLE

Existe una comunicación especial cuando tocamos a alguien con amor. Si no lo crees, pregunta a una joven pareja de enamorados que van por la calle con las manos entrelazadas y diles que no es necesario que se tomen de las manos. Ellos te contestarán: “Usted no sabe lo que se siente”. Existe, definitivamente, una comunicación por el tacto, porque es una manera no verbal de transmitir amor.

Aquellas personas que, en el ministerio de la sanación, han orado imponiendo sus manos, pueden dar fe de su poder. Muchos han sentido calor o alguna otra sensación como vibraciones cuando lo hacen. Es natural que cuando nos encontramos con alguien le estrechamos la mano. Ya que el tacto es un gesto natural de comunicación para transmitir nuestro amor y nuestra preocupación, grandes cosas parecen ocurrir cuando combinamos oración e imposición de manos.

El Nuevo Testamento cita muchos ejemplos de imposición de manos hecha por Jesús y por sus discípulos. Jesús sabía del valor de la imposición de manos.

“Entonces trajeron a Jesús algunos niños, para que les impusiera las manos y rezara por ellos” (Mt. 19:13).

“Jesús alargó la mano, lo tocó y le dijo: Lo quiero, quedas limpio” (Mt. 8:3).

“Había ido Jesús a la casa de Pedro, encontró a la suegra de éste en cama, con fiebre. Jesús la tomó de la mano y le pasó la fiebre” (Mt. 8:15).

“Le rogaba: Mi hija está agonizando; ven, pon tus manos sobre ella para que sane y viva” (Mc 5:23).

“Tomando la mano de la niña, le dijo: Talita Kum, que quiere decir: Niña, a tí te lo digo: levántate. Y ella se levantó al instante y empezó a corretear” (Mc. 5:41- 42).

“Al verla Jesús, la llamó. Luego le dijo: Mujer, quedas libre de tu mal. Y le impuso las manos. Y ese mismo momento ella se enderezó, alabando a Dios” (Lc. 13:12-13).

“Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo. Al instante fue como si le cayeran escamas de los ojos y pudo ver" (Hechos 9:17).

Nosotros, como discípulos de Jesús, también somos enviados por El para comunicar su amor a través de la imposición de manos en la búsqueda de la sanación. “Y estas señales acompañarán a los que crean: en mi nombre (...) impondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán” (Mc. 16:17).

“Jesús, cuando oramos por otros en tu Nombre te pedimos que uses nuestras manos como si fueran las tuyas para alcanzar y tocar a aquellos por quienes oramos. Permite que el Espíritu Santo actúe a través de nosotros hoy, especialmente cuando oramos por los miembros de nuestras familias o comunidad. Gracias Jesús por tu amor sanador que fluye a través de mí en este momento”.


6. PONGAMOS NUESTRAS VIDAS EN LAS MANOS DE JESÚS

En la medida en que nos entreguemos más a Jesús, El vivirá más dentro de nosotros y más podrá actuar a través de nosotros. ¿No es acaso esto lo que es la vida cristiana, un total abandono en las manos del Señor? Nosotros cantamos, “A donde me lleves te seguiré”, y esto es tan cierto como que tenemos que seguir a Jesús tan cerca y sinceramente como podamos.

Debemos recordar siempre que somos “sanadores divididos”. No existe nadie que sea verdaderamente completo en todos los sentidos, es decir, en mente, cuerpo y espíritu. Algunos se excusan: Bien, no puedo orar por los demás porque yo mismo tengo demasiados problemas... Recuerde que somos sanadores divididos y cuanto más sirvamos de canal al Espíritu Santo, más sanación tendremos y más efectiva será nuestra intermediación.

El don del Espíritu Santo dentro de nosotros parece ser una apertura continua, de manera que cuando El quiera actuar a través de nosotros lo pueda hacer. De esto se trata. “Y ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál. 2:20). Se trata de estar en total unión con Cristo en su Espíritu Santo. Esta es la luz de Cristo que brilla a través de nosotros.

Una de las formas en que más podemos ponernos en las manos del Señor es por medio de la alabanza. Podemos entregarnos más a Dios si lo alabamos en este momento, sin importar nuestra situación. Si pierde el camino de regreso a casa una noche cualquiera, debe orar y alabar a Dios. Si al salir de una reunión de sanación se da cuenta que su grabadora portátil no está funcionando, alabe a Dios. La alabanza es una hermosa forma de espiritualidad porque se mezcla de manera perfecta con lo que hemos aprendido, que es el don de ser capaces de vivir en el momento presente.

Debemos recordar siempre que Jesús es el sanador y que “...sin mí no pueden hacer nada” (Jn. 15:5). Somos únicamente el canal que El escoge. Su Espíritu actuará con mayor libertad a través de una oración profunda a la vida, una alabanza y una constante dependencia de El.

“Jesús, aumenta mi dependencia en tí a medida que mi entrega se hacer mayor por el poder de la oración y de la alabanza en mi vida diaria. Me entrego a ti en forma completa y te pido que tu Espíritu me llene de luz y permita que cada parte de mi mente sea iluminada. A tí Señor Jesús, el poder y la gloria por siempre jamás”.



7. PERDONA A TODOS LOS QUE TE HAN OFENDIDO O HERIDO

La falta de perdón es una de las pocas cosas que son una verdadera barrera para lograr la sanación. Algunos dirían que la falta de fe es lo más, pero la experiencia que tengo en mi propio ministerio me ha demostrado que la falta de perdón es el obstáculo más común. Muchas, veces, personas de poca fe son sanadas por la inmensa fe de la comunidad, pero si la persona por la que se está orando alberga falta de perdón, no se sanará hasta que haya perdonado del todo. El poder sanador del Señor Jesucristo no puede penetrar debido a la falta de perdón. “Queda bien claro que si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre celestial los perdonará. En cambio si no perdonan las ofensas de los hombres, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt. 6:14-15).

La gente nunca está segura de haber perdonado. Frecuentemente me preguntan: ¿cómo se sabe que uno perdonó del todo? Siempre respondo: cuando ore por la persona que lo ofendió o hirió, puede estar absolutamente seguro de que fue perdonado porque al orar por ella, se está pidiendo al Señor que le brinde a esta persona bondad y cosas buenas. Amar es desear lo que más le convenga al otro y hacer lo que razonablemente se puede para brindarle felicidad y cosas buenas. Las definiciones de amor y oración en estas circunstancias son paralelas: en la oración se pide lo que más convenga y en el amor se desea lo mejor. Por lo tanto, cuando oramos por una persona, nuestra oración se convierte en manifestación de amor en acción. Lo repito una vez más, una vez que hayamos orado por alguien sinceramente, podemos estar seguros de que la hemos perdonado en un acto de voluntad. ¡El perdón es decisión, no sentimiento!

Es la decisión de perdonar la que te libera y te redime, y esto es todo lo que el Señor te pide.

“Jesús, ayúdame a amar y a orar por aquellos que me han herido porque conozco tu amor y los perdono incondicionalmente así como tú me has perdonado. Dejo bajo tu luz sanadora cualquier resentimiento o falta de perdón que albergue hacia ellos. Elevo una oración en este momento por la persona que más me haya ofendido en la vida y te pido que colmes de bendiciones su vida. Te agradezco el haberme liberado del mal de la falta de perdón". 


8. Ora por quienes te han herido 

Cree en las palabras de Jesús, "Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen a la puerta y les abrirán" (Mt. 7:7). La sanación no es otra cosa que un ministerio de oración y fe, y el Señor lo dice claramente en las Escrituras. 

Como dije con anterioridad, cuando oramos por una persona, se puede estar razonablemente seguro de que estamos amando y haciendo lo mejor que podemos. Le pedimos al Señor que le brinde bienestar en su vida. Si después de haber orado por alguien todavía sentimos dolor, podemos pedirle al Señor que sane este sentimiento. Un método para eliminar los sentimientos negativos es visualizar a la persona en nuestra mente y verla como Dios la ve. Decimos: "Te perdono y te amo porque Jesús te ama". Podemos repetir esto cuantas veces sea necesario y tan despacio como sea posible para permitir que el amor de Nuestro Señor Jesús se haga presente y sature a esta persona. Eventualmente, se producirá un verdadero cambio en nuestros sentimientos y actitudes hacia la persona por quien estamos orando. 

La sanación ocurrirá durante la oración porque ésta es la voluntad del Señor Jesucristo. "La súplica del justo tiene mucho poder..." (Stgo. 5:16). "Pero yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los maltratan" (Lc. 6:27-28).

"Jesús, a veces, me es difícil orar por aquellos que me han herido o han abusado de mi ya que estoy concentrado en mi dolor y no en ti ni en el amor que prodigas tanto a mí, como a ellos. Ayúdame, Jesús, en la ardua lucha que libro en estos momentos y libera dentro de mí, por el poder de tu Espíritu Santo, la gracia de orar por ellos como tú lo harías. Gracias por tu luz y tu amor en este momento"


9. Cree en las palabras de Jesús sin poner atención a lo que parece estar sucediendo.

"Jesús le contestó: En verdad les digo: si tienen realmente fe y no vacilan, no solamente harán lo que acabo de hacer con la higuera, sino que dirán a ese cerro: Quítate de ahí y échate al mar, y así sucederá. Todo lo que pidan con una oración llena de fe, lo conseguirán” (Mt. 21:21-22). 

Es cierto, el Señor ha prometido honrar las plegarias de los fieles. Cuando oremos, depositemos toda nuestra confianza en la Palabra del Señor. Inclusive si aún después de haber orado no vemos un cambio inmediato, debemos aferrarnos a las promesas de Cristo. Mientras más nos saturemos con las palabras de Jesús en las Escrituras, más fe tendremos dentro de nosotros y más capaces seremos de pedir sanación.

“Jesús, me aferro y confío en tí y en tus palabras como aparecen en las Escrituras. Que tu amor sanador fluya de mí hacia los demás así como creo en tu deseo de que todos disfrutemos de tu vida en abundancia. Te pido que me uses como instrumento de tu amor sanador, hoy”.


10. ALABA Y DA GRACIAS A JESÚS POR SU AMOR TANTAS VECES COMO TE SEA POSIBLE.

Es imperativo que alabemos y demos gracias al Señor por todas las cosas: por la oración contestada y por la que no. Cuanto más alabemos y demos gracias al Señor, con mayor perfección pondremos en práctica el primer gran mandamiento:

“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza...” (Lc. 10:27).

A medida que abrimos nuestros corazones y mentes en alabanza al Señor, nos estamos abriendo a su poder sanador. La mayoría de nosotros gastamos nuestra vida lamentándonos de nuestros problemas, dolores y sufrimientos. Estamos tan absortos en nuestras  dificultades que éstas se convierten en el centro de nuestras oraciones, cuando este lugar debe ser ocupado por el Señor. 

Cuando alabamos y damos gracias a Dios, hacemos de Jesús el centro de nuestra oración y nos apartamos de nuestro centro. A medida que apartamos la vista de nosotros y la volvemos hacia el Señor, Él se manifiesta de manera extraordinaria. Cuando alabamos al Señor, le estamos dedicando nuestra atención y, olvidándonos de nosotros, nos volvemos más receptivos a lo que El tiene para darnos.

Cuando una persona recibe oraciones de sanación, la podemos invitar a una reunión y pedirle que de gracias y alabe al Señor por el trabajo que el Espíritu Santo está haciendo dentro de ella. De esta manera, la persona se apresta a recibir la sanación que probablemente ya se está llevando a cabo.

“Padre celestial, te damos gracias y te alabamos por el hermoso don que nos has dado en Jesús y por el maravilloso poder que existe cuando abrimos nuestros corazones en la oración. Señor, te pido que todos te alabemos y te demos gracias siempre y en todo lugar. Te pido que te alabemos y te demos gracias sin importar las circunstancias por las que estemos pasando, y que tu amor nos llene en abundancia. Que cuando estemos sufriendo alguna pena o apretando los dientes, podamos ser capaces de alabarte sabiendo que todas las cosas funcionan para aquellos que amas. Pido que tu amor sanador fluya en nosotros y que las áreas difíciles de nuestra existencia sean sanadas, especialmente la de la autoestima. Que podamos aprender a amarnos para poder amarte y amar a los demás.
Te damos gracias y te alabamos, Jesús, por el trabajo que estás realizando dentro de nosotros en este momento. Amén”.

lunes, 26 de noviembre de 2012

27 DE NOVIEMBRE: FESTIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LA MEDALLA MILAGROSA

¡Oh, María sin pecado concebida, 
rogad por nosotros que recurrimos a vos! 




Historia de la Medalla Milagrosa 

SANTA CATALINA LABOURÉ
Virgen  (1806-1876)
Vidente de las apariciones de la Medalla Milagrosa

Santa Catalina Labouré, llamada Zoé en familia, nació en Bretaña, Francia, el 1806. Sus padres eran agricultores. Zoé era la novena de once hermanos supervivientes, de los diecisiete que nacieron.

Cuando Zoé tenía nueve años murió su madre. Zoé tiene que ocuparse de las tareas de la casa. Se prepara intensamente para la sagrada Comunión. Va mucho a la iglesia, sobre todo a la capilla de la Virgen.

Zoé toma la decisión de hacerse religiosa, como su hermana mayor. Su padre se opone. La envía a París para que conozca mundo y cambie de idea.

Por fin su padre consiente y entra en el noviciado de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Adopta el nombre de Catalina. Era muy cumplidora, pero sin cualidades extraordinarias ni virtudes llamativas.



Y es a ella a quien la Virgen María se le aparece varias veces el 1830. Catalina había deseado con ansia que la Virgen se le comunicase. La primera aparición fue en el mes de julio. Catalina cuenta candorosamente la aparición, con la intervención del Angel de la Guarda.



La principal aparición fue en noviembre. Su confesor, el P. Aladel, la cuenta así: «La Virgen se le mostró en un retrato de forma oval. Estaba sobre el globo terráqueo, con vestido blanco y manto azul. De sus manos salían rayos resplandecientes que caían sobre la tierra. Arriba estaba escrito: ¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!... En el reverso del retablo estaba la letra M, sobre la que había una cruz descansando sobre una barra, y debajo los corazones de Jesús y de María. Después oyó estas palabras: Has de acuñar una medalla según este modelo. Los que la lleven puesta y recen devotamente está súplica, alcanzarán especial protección de la Virgen. Y desapareció la visión».



Más tarde, en 1832, el P. Aladel visita a monseñor Quelen, arzobispo de París, y consigue permiso para grabar la medalla, según la Virgen había manifestado a Catalina. El mismo arzobispo de París pudo comprobar los frutos espirituales de la medalla en varias ocasiones.


La medalla se propagó muy rápidamente. Catalina se preocupó mucho de ello, pero con tanta discreción que se mantenía en secreto el nombre de la vidente. Ella sólo hablaba con su confesor y seguía su vida normal.

El pueblo la llamó la Medalla Milagrosa por los muchos prodigios que obraba. El más famoso fue la conversión del judío Alfonso de Ratisbona. Ratisbona acepta por cortesía una medalla de la Virgen Milagrosa, con la recomendación del rezo diario del «Acordaos» de San Bernardo. Visita en Roma la Iglesia de San Andrea delle Fratte. Se acerca a la capilla de la Virgen que se le aparece tal como venía grabada en la medalla. Se arrodilló y quedó transformado. Se bautizó, se ordenó sacerdote, convirtió a muchos judíos y fundó las Hermanas de Sión para este apostolado.

Mientras tanto, Catalina sigue en la humildad y el anonimato. Atiende a los ancianos, trabaja en la cocina, en el gallinero, en la enfermería, en la portería. Sufre en silencio la falta de comprensión del nuevo confesor. Consigue que se levante el altar, con la estatua que perpetúe las apariciones, en la capilla donde había recibido las confidencias de la Virgen.

Catalina murió en París el 1876. Su cuerpo, que reposa en el altar de la Virgen del Globo, fue encontrado incorrupto 56 años más tarde, intactos los bellos ojos azules que habían visto a la Virgen. Beatificada por Pío XI en 1923, fue canonizada por Pío XII el año 1947.
Fuente: http://www.magnificat.ca/cal/esp/11-28.htm

Cuerpo incorrupto de Santa Catalina Labouré 


Aparición del 18-19 de julio de 1830
En relación con esta aparición y con otras visiones pre­vias, santa Catalina redacta un documento, al parecer a petición de su director el P. Aladel. Lo hace en 1857, «26 años después de los acontecimientos», como ella misma precisa al principio (n.° 564 de la edición crítica de Laurentín-Roche, «Catherine Labouré et la Médaille Mira­culeuse», pp. 334-338. Para la traducción de los docu­mentos de este capítulo he contado con la colaboración experta del P. Benjamín Romo, C. M.).

Padre, usted quiere que le detalle brevemente lo sucedido hace 26 años; me siento incapaz de hacerlo, pero voy a intentarlo con toda la sencillez posible.
Ruego a María, mi buena madre, que me ayude a recordar todas las circunstancias. Oh María, haz que sea para tu mayor gloria y la de tu divino Hijo.
Comienzo:
Yo llegué (al seminario) el 21 de abril de 1830, que era el miércoles antes de la traslación de las reliquias de San Vicente de Paúl, feliz y contenta por haber llegado para este gran día de fiesta, me parecía que no tocaba la tierra.

Pedía a San Vicente todas las gracias que me eran necesa­rias, y también para las dos familias y para Francia entera. Me parecía que ellas tenían mucha necesidad de esas gracias. En fin, pedía a San Vicente que me enseñara lo que era necesario que yo pidiera con una fe viva. Y todas las veces que volvía de San Lázaro (en donde había visitado la urna de San vicente) sentía tanta tristeza, que me parecía encontrar en la comunidad a San Vicente, o al menos su corazón, que se me aparecía todas las veces que regresaba de San Lázaro. Tenía el dulce consuelo de verlo encima del relicario donde estaban expuestas algunas reliquias de San Vicente.

Se me apareció tres veces distintas, tres días seguidos: Blanco color de carne, que anunciaba la paz, la calma, la inocencia, la unión. Después lo vi rojo de fuego, que debe encender la caridad en los corazones: me parecía que toda la Comunidad debía renovarse y extenderse hasta los confines del mundo. Y luego lo vi rojo oscuro, lo que llenó de tristeza mi corazón; sentía una tristeza que me costaba mucho superar; no sabía ni por qué ni cómo, esta tristeza se relacionaba con el cambio de gobierno; tuve que hablarle de esto a mi confesor, que me calmó lo más posible, apartándome de estos pensa­mientos.

Y después fui favorecida con otra gran gracia, la de ver a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, que lo vi todo el tiempo de mi seminario, exceptuadas las veces en que dudaba (es decir, cuando me resistía); entonces, la vez siguiente ya no veía nada, porque quería profundizar y dudaba de este misterio y creía equivocarme. El día de la Santísima Trinidad, Nuestro Señor se me apareció como un Rey, con la Cruz sobre su pecho, en el Santísimo Sacramento, fue durante la santa Misa en el momento del Evangelio, y me pareció que la Cruz se caía a los pies de nuestro Señor, y me pareció que Nuestro Señor era despojado de todos sus ornamentos, todos caídos por tierra. Ahí fue cuando tuve los pensamientos más negros y más tristes, ahí fue cuando pensé que el rey de la tierra se vería perdido y despojado de sus vestiduras reales, todos los pensamientos que tuve no sabría explicarlos…

Y después llegó la fiesta de San vicente, en cuya víspera nuestra buena madre Marta nos dio una conferencia sobre la devoción a los santos y en particular a la Santísima Virgen, lo que me dio tal deseo de verla que me acosté con el pensamiento de que esa misma noche vería a mi buena Madre, ¡hacía tanto tiempo que lo deseaba!, al cabo me dormí. Como se nos había distribuido un trozo de tela de un roquete de San Vicente, corté la mitad, me la tragué y me dormí, pensando que San Vicente me obtendría la gracia de ver a la Santísima Virgen.

Por fin, a las once y media de la noche, oí que me llamaban por mi nombre:

—Hermana, Hermana, Hermana.

Me desperté y miré al lado donde escuchaba la voz, que era el lado del corredor, descorrí la cortina y vi a un niño, vestido de blanco, como de cuatro o cinco años, que me decía:

—Venga a la capilla, levántese pronto y venga a la capilla, la Santísima Virgen la está esperando. Enseguida me vino al pensamiento:

—Pero me van a oír. El niño me respondió:

—Esté tranquila, son las once y media, todos están bien dormidos; venga, la aguardo.

Me apresuré a vestirme y me, dirigí a donde el niño, que había permanecido sin apartarse de la cabecera de mi cama.

Me siguió, o mejor, yo le seguí, él siempre a mi izquierda, llevando rayos de claridad por donde pasaba; por donde quiera que íbamos las luces estaban encendidas, lo que me extrañó mucho; pero quedé más sorprendida al entrar en la capilla, cuando se abrió la puerta apenas tocarla el niño con la punta del dedo; y mi sorpresa fue más completa todavía cuando vi encendidas todas las velas y todos los cirios, lo que me hacía recordar la Misa de Medianoche.

Sin embargo, yo no veía a la Virgen. El niño me condujo al presbiterio, junto al sillón destinado al Director. Alli me puse de rodillas y el niño se quedó de pie todo el tiempo. Como la espera se me hacía larga, miraba por si pasaban las veladoras por la tribuna.

Llegó por fin la hora. El niño me previno diciéndome: —Ya viene la Virgen, aquí está.

Escuché como un rumor, como el roce de un vestido de seda que salía del lado de la tribuna, cerca del cuadro de San José, y venía a sentarse en un sillón parecido al de Santa Ana, la Santísima Virgen solamente; no era la figura de Santa Ana y yo dudaba si era la Santísima Virgen, pero el niño, que seguía allí, me dijo:

—Es la Virgen.

Me sería imposible decir lo que experimentaba en aquel instante, lo que pasaba dentro de mí, me parecía que no veía a la Santísima Virgen. Entonces el niño me habló no como niño, sino como el hombre más enérgico y con las palabras más enérgicas. Mirando a la Santísima Virgen me puse de un salto a su lado, arrodillada sobre las gradas del altar, con las manos apoyadas en sus rodillas.

Allí pasé el momento más dulce de mi vida, me sería imposible decir todo lo que sentí. Ella me dijo cómo debía comportarme con mi Director y otras cosas que no debo decir, la manera de conducirme en mis penas, el venir al pie del altar, que me mostraba con su mano izquierda. Me echaré al pie del altar y expansionaré alli mi corazón y recibiré todos los consue­los de que tenga necesidad. Le pregunté el significado de todo lo que había visto y ella me lo explicaba todo.
Estuve allí no sé cuánto tiempo. Lo único que sé es que, cuando se marchó, sólo vi algo que se desvanecía, en fin, sólo una sombra que se dirigía al lado de la tribuna por el mismo camino por donde ella había venido. Me levanté de las gradas del altar y vi al niño donde lo había dejado. Me dijo: Se fue.

Desandamos el mismo camino, siempre todo iluminado, y el niño iba siempre a mi izquierda. Creo que este niño era el ángel de mi guarda, que se había hecho visible para hacerme ver a la Santísima Virgen, pues yo le había rezado mucho para que él me obtuviera ese favor. Estaba vestido de blanco, llevando consigo una luz milagrosa, es decir, iba resplandeciente de luz, y representaba unos cuatro o cinco años de edad.

Al volver a mi cama eran las dos de la mañana, que oí dar la hora, y ya no me dormí.

Más tarde todavía, el 30 de octubre de 1876, año de su muerte, escribe la Santa, también por obediencia, otros dos relatos en los que trata de decir no los hechos sino las palabras de la Virgen en esa aparición de la noche del 18 al 19 de julio de 1830. Según los críticos, el primer relato es como un borrador y el segundo es el definitivo. Tradu­cimos este último a continuación (Nos. 637-638 de la edición crítica de Laurentín-Roche, pp. 352-357).

1830, 18 de julio, encuentro con la Santísima Virgen, desde las 11 horas hasta la 1, 30 de la mañana del día 19, San Vicente.

Hija mía, el buen Dios quiere confiarte una misión. Sufrirás mucho, pero lo superarás pensando que lo haces por la gloria del buen Dios. Sabrás lo que es el buen Dios, y eso te atormenta­rá hasta que lo digas a quien tiene a cargo suyo tu guía (el P. Jean-Marie Aladel). Te contradirán, pero tendrás la gracia, no temas, dilo todo con confianza y sencillez. Verás ciertas cosas, cuéntalas. Te sentirás inspirada en la oración.

Corren muy malos tiempos. La desgracia va a caer sobre Francia, el trono será derribado, sacudirán al mundo entero infortunios de toda clase (la Santísima Virgen tenía la expre­sión muy apenada al decir esto), pero venid al pie de este altar, donde se derramarán gracias sobre todas las personas que las pidan con confianza y fervor, sobre los grandes y los pequeños…

Hija mía, gusto particularmente de derramar gracias sobre la Comunidad: la amo mucho. Siento dolor, pues hay grandes abusos: no se observa la Regla, la regularidad deja que desear, hay gran relajación en ambas Comunidades. Dilo a quien se encarga de ti, aunque no sea superior. Dentro de poco se le encomendará la Comunidad de modo particular. Tiene que hacer cuanto esté en su mano para poner de nuevo en vigor la Regla, díselo de parte mía… Que vigile las malas lecturas, la pérdida del tiempo y las visitas… cuando la Regla haya sido restaurada en su vigor, otra Comunidad se unirá a la vuestra. Eso no se acostumbra, pero yo la amo…, di que se la reciba.Dios las bendecirá, y gozarán de una gran paz. La Comunidad se hará grande…

Sobrevendrán grandes males, el peligro será grande: no temas; el buen Dios y San Vicente protegerán a la Comunidad… (la Santísima Virgen seguía triste): yo misma estaré con vosotras, siempre he velado por vosotras. os concederé muchas gracias… Llegará un momento de gran peligro, cuando se dará todo por perdido; estaré entonces con vosotras, tened confian­za, reconoceréis mi visita y la protección de Dios y de San Vicente sobre ambas Comunidades.

Mas no será lo mismo con otras Comunidades, habrá vícti­mas (la Santísima Virgen tenía lágrimas en los ojos al decir esto), en el clero de París habrá muchas víctimas, monseñor el Arzobispo morirá. Hija mía, la cruz será despreciada, la sangre correrá por las calles (aquí la Santísima Virgen ya no podía hablar, la tristeza llenaba su rostro). Hija mía, me dijo, todo el mundo estará sumido en tristeza.

Yo pensaba cuándo será esto: 40 años, y 10 años después de la paz.

Un día le dije al P. Aladel: La Santísima Virgen quiere que usted comience una Asociación de la que será fundador y director. Una Asociación de Jóvenes de María: la Santísima Virgen le concederá muchas gracias y se le otorgarán indulgencias. El mes de María se celebrará con gran solemnidad en todas partes. El mes de San José también se celebrará con mucha devoción, será grande la protección de San José. Tam­bién habrá mucha protección y devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

Aparición del 27 de noviembre de 1830

En 1841, 11 años por tanto después de las apariciones de la Medalla Milagrosa, escribió Santa Catalina tres relatos autógrafos de las mismas. Parece que lo que la movió a hacerlo fue su deseo de que se levantasen un altar y una estatua en honor de la Virgen del Globo, aspecto de las apariciones que había quedado en penumbra. Hacemos un ensamble de los dos primeros relatos, traduciéndolos de la edición crítica de Laurentín-Roche (nn. 455-456, pp. 290-299, París 1976). Lo que va en letra cursiva pertenece al segundo relato y lo demás al primero. El tercer relato es mucho más breve y no aporta ninguna novedad. La traducción es casi literal. La puntuación es mucho más libre, para mejor entendimiento del texto.

El sábado 27 de noviembre, víspera del primer domingo de Adviento, nuestra buena Madre Marta nos dio una instrucción muy bella sobre la devoción a los santos y a la Santísima Virgen, lo que me dio tan gran deseo de verla, que pensé que ella me haría esta gracia; pues ese deseo era tan fuerte que tenía la convicción de que la vería bella en su mayor belleza; yo vivía con esa esperanza.

El mismo día, a las cinco y media de la tarde, en el momento de la oración, después del punto de meditación, en medio de un profundo silencio, de pronto me pareció oír un ruido como el roce de un vestido de seda, que venía de la tribuna. Volviendo los ojos a aquél lado vi a la Santísima Virgen cerca del cuadro de San José, teniendo bajo los pies una esfera blanca.

La Virgen estaba de pie, vestida de blanco, estatura mediana, el rostro tan bello que me sería imposible decir su belleza. Llevaba un vestido de seda blanco-aurora, hecho, como se dice, al estilo virgen, sin escote, mangas lisas. La cabeza cubierta con un velo blanco que le descendía por ambos lados hasta los pies. Debajo el velo llevaba el cabello partido y liso bajo una especie de pañoleta, guarnecida de una puntilla de dos dedos de anchu­ra, sin fruncido, ligeramente apoyada sobre el cabello, el rostro muy descubierto. Los ojos tan pronto levantados hacia el cielo como bajados. Los pies apoyados sobre una esfera, es decir, la mitad de una esfera, o al menos a mí me pareció la mitad. Las manos elevadas a la altura del estómago de una manera muy natural, sosteniendo en ellas una esfera que representaba al mundo. Su rostro era bellísimo, no podría describirlo.

De pronto vi en sus dedos anillos revestidos de piedras preciosas, más bellas unas que otras, unas grandes y otras más pequeñas, que despedían rayos, unos más bellos que otros. Estos rayos salían: de las piedras más gruesas, los rayos más grandes, siempre extendién­dose, y de las más pequeñas los más pequeños, siempre alargándose hacia abajo. Los rayos que salían de las piedras resplandecían por todas partes y llenaban toda la parte baja, de modo que ya no se veían los pies. No sabría decir lo que experimenté, los pensamientos, y todo lo que percibí en tan poco tiempo. En ese momento en que yo la contemplaba, la Santísima Virgen bajó los ojos mirándome, y una voz se hizo escuchar desde el fondo del corazón, que me dijo: «Este globo que ves representa al mundo entero, especialmente a Francia, y a cada persona en particular». Aquí no sabría expresarme sobre lo que experimenté, la belleza y resplandor de rayos tan bellos: «Estos rayos son el símbolo de las gracias que distribuyo a las personas que me las piden», haciéndome comprender cuán agradable es la oración a la Santísima Virgen y cuán generosa es ella con quienes la rezan, cuántas gracias dispensa a las personas que se las piden, qué felicidad experimenta otorgándo­las… En ese momento yo era y no era, yo gozaba, yo no sé…

Se formó un cuadro alrededor de la Santísima Virgen, un poco ovalado, donde había en torno estas palabras escritas en letras de oro: «Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosostros que recurrimos a ti». Entonces se hizo escuchar una voz que me dijo: «Haz, haz acuñar una medalla según este modelo; todas las personas que la lleven recibirán grandes gracias…, esas gracias serán abun­dantes para quienes la lleven con confianza».

Después de haber contemplado este cuadro, me pareció que daba la vuelta. Fue entonces cuando vi el reverso de la Medalla. Inquieta por saber lo que había que poner en el reverso de la Medalla, después de muchas oraciones, un día, en la meditación, me pareció oír una voz que me decía: «La M y los dos Corazones dicen bastante».

Y todo desapareció como algo que se apaga y quedé repleta de yo no sé, no sé de qué, de buenos sentimientos y de gozo de consolación.

Ella se me apareció una tercera vez, no recuerdo cuándo. Ahora, después de dos años, me siento atormentada y obligada a decirle que se levante un altar, tal como ya se lo he pedido, en el lugar mismo donde la Santísima Virgen se apareció. Será privilegiado con muchas gracias e indulgencias y con abundancia de favores para usted y toda la Comunidad y todas las personas que vendrán a pedirlas…

Se lo pido, mil y mil veces, para mayor tranquilidad de mi conciencia. Creo que el buen Dios y la Santísima Virgen lo quieren de usted. Le ruego que lo demande de nuestro muy Honorable Padre. Soy, en los Sagrados Corazones de Jesús y de María, su afectísima y humilde hija, indigna Hija de la Caridad sirvienta de los pobres Enfermos.

Para completar con un detalle las palabras de la Virgen a Catalina, traducimos una nota autógrafa de la vidente, escrita a lápiz. Data de la primavera de 1876 (n. 631 de Laurentin-Roche, o. c., p. 344).

Hija mía, esta esfera representa al mundo entero, particu­larmente a Francia; y a cada persona en particular.

Fijarse bien: el mundo entero; particularmente Francia; y cada persona en particular.

Estos rayos que ves son las gracias que derramo sobre las personas que las piden; estas piedras de las que no salen rayos, son las gracias que dejan de pedirme.

Estas líneas deben ponerse debajo del cuadro con caracteres que todo el mundo pueda leer.

Precisiones sobre la Virgen del globo

A instancias de Catalina llegó el momento en que el P. Aladel comenzó a tomar en cuenta la visión de la Virgen con el globo en sus manos. Entonces debió de pedir a la vidente que pusiera por escrito los datos de esta visión. Lo que se conserva es una hoja con orientaciones para el croquis que iba a realizar el pintor Letaille, en conformi­dad sin duda con lo apuntado por Sor Catalina (cf. nn. 460-461 de Laurentín Roche, o. c., pp. 300-301).

Sobre un cielo azul, estrellado en lo alto, de aurora en lo bajo, en un sol, la Santísima Virgen: velo aurora, vestido blanco, manto azul celeste, los pies sobre una media luna, aplastando la cabeza de la serpiente con el talón. Doce estrellas alrededor de su cabeza, un ligero nublado sobre la media luna.

Particularidad esencial: La Santísima Virgen tiene suave­mente el globo del Mundo en sus manos y ella lo ilumina con una luz viva. Es importante expresar bien esta luz que ilumina vivamente la tierra, particularmente contra las manos de don­de parte el haz de luz. La Santísima Virgen, con ternura maternal, mira a esta pobre tierra. Habrá alrededor: Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros…

Nota manuscrita de Sor Catalina Labouré sobre la Virgen del globo. Arriba de la primera página, una mano no identificada escribió: «Notas a lápiz sobre la estatua de la Santísima Virgen que sor Catalina quería colocar en el lugar de la aparición» (n.° 632, ib., p. 345).

La estatua debe ser de tamaño natural, un velo sobre la cabeza que desciende hasta abajo, debe tener el rostro descu­bierto, en las manos un globo de oro, teniendo las manos elevadas a la altura del estómago como si ella lo ofreciera a Dios, y los dedos guarnecidos de piedras preciosas; de la mayor parte de esas piedras salen rayos que descienden hasta los pies y cubren todo lo de abajo.

En la parte inferior de la columna deben ser puestas estas lineas:

— Hijos míos, este globo representa al mundo entero, especialmente a Francia, y a cada persona en particular… Las piedras de las que no salen rayos son las gracias que dejan de pedirme.

Oh qué bello será oír decir: ¡María es la Reina del Universo, particularmente de Francia!, y los niños gritarán con alegría y júbilo: ¡Y de cada persona en particular! Será un tiempo largo de paz, alegría y dicha. Ella será llevada en andas y dará la vuelta al mundo…

Testimonio de Sor Tanguy, Proceso del Ordinario para la Beatificación de Catalina Labouré, sesión 24, día 24 mayo 1897, 9 horas, pp. 265-270 (cf. Laurentín-Roche, o. c., II, n.° 906, pp. 228-229).

Lo que sé en relación con la orden que la Santísima Virgen dio a la Sierva de Dios de hacer que se acuñara una Medalla representando la Inmaculada Concepción y asegurándole que esta devoción produciría un gran bien en la Iglesia, lo sé por Sor Dufés, superiora de nuestra casa de Enghien, quien, a su vez, lo sabía por una confidencia que le hizo la Sierva de Dios algunos meses antes de su muerte, en 1876.

Esta confidencia se la hizo a su superiora hacia las 10 de la mañana y le permitió que me la comunicara. Sor Dufés me la refirió en la tarde del mismo día. Parecía muy impresionada, y muy convencida de la verdad de las apariciones. Revelaré especialmente un detalle respecto a la actitud de la Santísima Virgen en esta aparición. Sor Catalina se quejaba a Sor Dufes de que en la Medalla no se había representado exactamente a la Santísima Virgen tal como ella se le había aparecido. Afirmaba que la Santísima Virgen, ante todo, tenía en sus manos el globo (o la bola de la tierra, como ella decía) y parecía ofrecérselo al Padre eterno. Entonces Sor Dufés le dijo:

—Pero, Hermana mía, yo jamás he oído hablar de ese detalle; si usted lo dice van a decir que está loca.

La Sierva de Dios respondió:

—Oh, no sería la primera vez que lo dirían. Mientras viva, diré siempre que así es como se me apareció la Virgen.

Sor Dufés le preguntó entonces:

— Pero, ¿qué pasó con esa bola? Y la sierva de Dios respondió:

— Ah, Hermana mía, yo no sé nada. Lo que sé es que no vi más que rayos que caían desde las manos de la Santísima Virgen sobre esa bola, y especialmente sobre un lugar donde estaba escrito: Francia. Sor Dufes le preguntó entonces:

— ¿Hay alguien que pueda confirmar lo que dice?

— Está Sor Grand, que en aquel tiempo trabajaba en el Secretariado y que ahora es superiora de Riom y que escribió algunas notas al dictado del P. Aladel. Puede escribirle y preguntarle.

De hecho, Sor Dufés escribió y Sor Grand contestó afirmati­vamente, confirmando la verdad del relato de la Sierva de Dios. Añadió, además, que se había hecho un croquis por entonces. Finalmente, la Madre Dufés le preguntó:

— ¿Que será de la Medalla milagrosa si se publica eso? Ella exclamó:

— Oh, no es necesario tocar la Medalla milagrosa.

Tengo a disposición del Tribunal el original de la respuesta escrita por Sor Grand a Sor Dufés.

Sé también por Sor Dufés un pequeño detalle que me parece debo poner en conocimiento del Tribunal: Sor Catalina se quejaba al P. Aladel del retraso en hacer acuñar la Medalla y en levantar un altar en el lugar de la Aparición, como se lo había pedido la Santísima Virgen. Ella le dijo (sin duda con un poco de pesadumbre):

— Le he dicho a la Santísima Virgen: «Pues mi confesor no quiere hacer lo que Vos pedís, eha pues, dirigíos a otra y no a mí».

Fue entonces cuando dijo el P. Aladel:

¡Méchante guépe!…


Añadimos un fragmento del testimonio de Sor Dufés en el PO (Proceso del Ordinario para la Beatificación de Catali­na Labouré), sesión 6, 18 mayo 1896, 14 horas, pp. 86­91, sobre las virtudes de Sor Catalina (cf. Laurentín­Roche, o. c., II, n.° 874, p. 186).

… Dio prueba de gran fortaleza cristiana en lo que concierne a la Medalla Milagrosa y a la estatua de la Santísima Virgen (del Globo), cuya realización le había sido confiada. Hablando de esta estatua me dijo en los últimos días de su vida:

— Es el martirio de mi vida y no quiero presentarme ante la Santísima Virgen sin antes haber hecho cumplir su volun­tad.

La verdad es que se vio apremiada a mostrar gran fortaleza para sobrellevar las contradicciones del confesor, que no creía o por lo menos no quería parecer que creía en sus revelaciones.

Fuente: http://somos.vicencianos.org/blog/2012/11/13/relatos-de-santa-catalina-laboure/



Capilla donde la Virgen Santísima se apareció a Santa Catalina Labouré.

Un lugar santo de peregrinación. Allí también fue el Beato Juan Pablo II, y rezó:

"Bendita tú eres entre todas las mujeres!
Has sido íntimamente asociada a toda la obra de nuestra Redención, asociada a la Cruz de nuestro Salvador: tu corazón fue traspasado junto a su Corazón.
Y ahora, en la gloria de tu Hijo, no cesas de interceder por nosotros, pobres pecadores. Velas por la Iglesia, de la que eres la Madre. Velas por cada uno de tus hijos, y alcanzas de Dios, para cada uno de nosotros, todas las gracias que simbolizan los rayos de luz que emergen de tus manos abiertas, con la sola condición de que nos atrevamos a pedírtelas, de que nos acerquemos a Ti con la confianza, la osadía, la sencillez de un niño.Y así, nos llevas sin cesar hacia tu divino Hijo."