viernes, 19 de septiembre de 2014

Profecía, mensaje y secreto de la Virgen de la Sallete, Francia, en castellano y con citas bíblicas

El Papa Juan Pablo II la llamó 
la Reina de las Profecías
Dice la Virgen: 
"YO DIRIJO UN APREMIANTE 
LLAMADO A LA TIERRA"



Profecías de La Salette con citas bíblicas de referencia a los mensajes dados a Melania y Maximino en el siglo 19 y que han de cumplirse como ya muchas cosas se han cumplido, y siguen hoy día cumpliéndose. Habla del castigo por la guerra y la purificación de la Tierra, ya que los pecados claman Justicia al Cielo "... porque nadie implora ya misericordia y perdón para el pueblo, porque no hay almas generosas, no hay ya más personas dignas de ofrecer la Víctima sin mancha al Eterno en favor del mundo..." expresa, entre otras reflexiones y en incontenible llanto, Nuestra Señora. Distribúyanlo. Dios les bendiga. 

Fuente: Gloria TV


Mensaje de María Santísima

“Amados hijos Míos, hoy, cuando vosotros ya conmemoráis Mi APARICIÓN en la Alta Montaña de LA SALETTE a mis dos pastorcitos MAXIMINO y MELANIE, donde Yo aparecí llorando y comuniqué Mi Gran MENSAJE y el Gran SECRETO de los Últimos Tiempos al mundo entero, Yo Vengo a invitaros una vez más a mirar hacia Mis Lágrimas y a responder a estas Lágrimas con vuestro amor, con vuestro “si” total, generoso, irrestricto al llamado de Mi Corazón Inmaculado que en la Alta Montaña de LA SALETTE convocó a todos Mis hijos, a todos Mis Verdaderos Soldados, Mis Apóstoles de los Últimos Tiempos a salir, llevando Mi Mística Luz para el mundo entero.

Responded “si” a Mis Lágrimas, con vuestro amor siempre mayor, siempre más abrasador, siempre más completo, total, irrestricto, incondicional. De manera que vosotros con vuestra docilidad completa a Mis Mensajes podáis ser signos de Mi Amor para el mundo entero, de manera que todos Mis hijos que están alejados de Mi y que yacen en las tinieblas esclavizados por satanás por medio del pecado, puedan finalmente ser liberados de las cadenas que los atan y puedan al fin venir a Mi encuentro, que os espero llena de Amor para amarlos, para curarlos, para liberarlos, para renovarlos y perdonarlos, para reconciliaros con Dios, que cual Padre amoroso llama y espera que todos Sus hijos regresen a Sus brazos amorosos.

Así Mis hijos, seréis el eco de Mi Voz Materna que resonó en lo alto de aquella montaña de LA SALETTE hace tanto años atrás, para que así verdaderamente el mundo entero pudiera escuchar Mi Voz e ir en dirección del sonido de Mi Voz, a fin de que Me pueda encontrar y encontrándome encuentre la Vida Eterna.

Responded “si” a Mis Lágrimas, con vuestra Oración hecha cada vez más Conmigo y por medio de Mí. Las rosas que Yo traía en Mi Aparición en LA SALETTE alrededor de Mis Pies, de Mi Corazón, de Mi Pecho y de Mi Cabeza eran el Símbolo de los Misterios Gozosos, Dolorosos y Gloriosos del Rosario. Eran también el símbolo de vuestra ORACIÓN, SACRIFICIO y PENITENCIA, cada vez más hecha con generosidad de alma, cuerpo y de corazón tal como lo hicieron Mis Pastorcitos de LA SALETTE, Mi hijita Bernardita de Lourdes, Mis Pastorcitos de Fátima, Mi hijito Marcos y todos aquellos hijos Míos que atendiendo a Mi llamado respondieron si a Mi pedido de Oración y Penitencia cuando les Aparecí por toda la faz de la Tierra.

Si vosotros responded “si” a Mi llamado de Oración, verdaderamente, vosotros podéis ofrecerMe todos los días rosas blancas místicas de Oración, cuya fuerza será recogida por Mí, para que Yo presente al Padre Eterno para suplicar la Conversión de los pecadores de forma que sea un gran poder.

Un gran poder para detener el avance de Satanás y de las fuerzas malignas en el mundo. Un gran poder para detener los daños y los estragos que los malos, que los pecadores, que aquello que no aman a Dios cometen día, tras día contra los buenos, los justos y la Obra del Señor.

Un gran poder para derribar todos los esfuerzos de satanás y neutralizar todo aquello que él hace para la destrucción, no solamente de vuestras almas y de la Fe Católica en el mundo, sino también del propio Planeta en que vivís.

Si vosotros responded “si” a Mi llamado de Oración todos los días Conmigo, vosotros bloqueáis una gran pare de los esfuerzos de satanás y hacéis que el Bien, que la Fuerza Divina del Señor y del Amor de Mi Corazón Inmaculado cada vez más avance y Convierta a los pecadores transformándoos en Nuevos Siervos del Altísimo, en Nuevos Instrumentos de Gracia para la Salvación del mundo.

Si vosotros responded “si” a Mi llamado de Sacrificio y Penitencia, vosotros Me ofrecéis todos los días muchas rosas rojas de Sacrificio, rosas Amarillas y Místicas de Penitencia para que Yo ofrezca todo eso al Señor para apresurar la hora de Su mayor Triunfo, para apresurar la hora del Milagro de Su Gracia, que va a transformar este mundo pervertido en que vivís en un Nuevo Jardín de la Santísima Trinidad. Va a transformar este mundo en el Reino de Nuestros Sagrados Corazones Unidos.

Responded “si” a Mis Lágrimas, dándoMe vuestras vidas para que Yo pueda dirigirlas, para que Yo pueda servirMe de vosotros como Yo quisiera, para Mis Planes de Salvación de la Humanidad, para llevaros adonde quiera que Yo quiera, para donde Mi Corazón Inmaculado en unión con el Espíritu Santo quisiera soplar, para que a través de vuestras Manos Yo pueda levantar lo que satanás derribó, Yo pueda curar las almas que satanás hirió, Yo pueda edificar donde satanás causó estragos y pueda allí proclamar la mayor Victoria del Señor.

Si vosotros Me ayudáis, se vosotros colaboráis con Mi Plan de Amor como hicieron Mis Pastorcitos de LA SALETTE, entonces, vosotros secáis Mis Lágrimas, vosotros hacéis verdaderamente, que la Llama de Mi Amor irrumpa poderosamente y se propague de corazón a corazón abrasando el mundo entero.

Tal como Yo pedí la colaboración de dos humildes y pequeñitas, pobres niños en LA SALETTE, también hoy pido a vosotros, Mis pobres y desconocidos hijos, desconocidos del mundo y pequeñitos, para que a través de vosotros Yo realice Mi Plan de Amor y alcance Mi Mayor Triunfo.

Yo estoy con vosotros! No debéis temer nada! Sé que sufrís, sé que sois perseguidos e agraviados por los malos y por los pecadores, que todos los días os causan sufrimientos sin cuenta. Pero Yo, vuestra Madre, estoy con vosotros, estoy a vuestro lado y lucho por vosotros.

¡CON VOSOTROS ESTÁ QUIEN YA VENCIÓ EL MUNDO!

Y es por eso que vosotros Mis hijos al final Triunfaréis, porque la Fuerza de Mi Amor Materno y Misericordioso jamás podrá ser vencida por el demonio. Él no puede penetrar Mis Designios, no puede penetrar los Planes Insondables de Mi Corazón Inmaculado. Por eso, no podrá jamás alcanzarme ni vencerme.

¡MI CORAZÓN TRIUFARÁ!

Y vosotros Mis hijos, que todos los días Me obedecéis con docilidad y que ahora cargáis la cruz Conmigo. Vosotros llegaréis a la Resurrección. Vosotros Triunfaréis y a Mi lado cantaréis el Himno de la Victoria, cuando el Señor en unión con Mi Corazón traiga Nuestro REINO DE AMOR para el mundo entero.

A vosotros sólo, pido ahora: PACIENCIA, PERSEVERANCIA, VALOR, VALENTÍA, ÁNIMO Y ESPERANZA.

ORACIÓN, MUCHA ORACIÓN! ÉLLA ES LA ÚNICA RESPUESTA! ELLA ES LA ÚNICA SOLUCIÓN. ELLA ES LA LUZ QUE OS ILUMINA EL CAMINO TODOS LOS DÍAS. REZAD MUCHO! REZAD INTENSAMENTE COMO YO EN TODAS MIS APARICIONES OS PEDÍ Y VOSOTROS EN LA ORACIÓN SERÉIS ILUMINADOS, SERÉIS CONFORTADOS, SERÉIS GUIADOS E INCLUSO CARGADOS POR MI EN EL CUMPLIMIENTO DE LA VOLUNTAD DEL SEÑOR HASTA LA PERFECTA VICTORIA.

Responded “si” a Mis Lágrimas consagrándoMe toda vuestra vida, para que ella me pertenezca, sea Mía y Yo por medio de ella haga descender sobre el mundo todo una verdadera lluvia de luz que pueda expulsar toda la tiniebla, toda la oscuridad que satanás esparció en la Tierra entera.

Vosotros vivís bajo de Mi SECRETO DE LA SALETTE, que aún se cumple, que aún no está completamente terminado. Vivís bajo de aquellos Misterios que Yo en aquella Alta Montaña revelé al mundo todo por medio de Mis dos pobres niños elegidos y al final como vosotros bien ya oísteis:

MI CORAZÓN INMACULADO TRIUNFARÁ! DIOS SERÁ DE NUEVO SERVIDO, AMADO, ADORADO Y GLORIFICADO.

Por eso Mis hijos, camináis cada vez más a la Luz de esta promesa favorable que Yo os di:


MI CORAZÓN TRIUNFARÁ Y MIS VERDADEROS APÓSTOLES DE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS ESTARÁN GLORIOSOS A MI LADO EN MI TRIUNFO, COMO OTRAS TANTAS ESTRELLAS, COMO UNA LUMINOSISIMA CONSTELACIÓN A CORONARME EN MI MAYOR VICTORIA"

Mensaje dado el 19-9-11 al vidente  Marcos Tadeu. 

Aclaración: Si bien este blog no se expide acerca de la veracidad de este mensaje, la gravedad del momento que vive el mundo y la contundente llamada a la oración que se desprende del mismo resultan de gran actualidad; no es más que la reiteración del pedido formulado por la Virgen Santísima en La Salette, aunque con un énfasis hacia el momento actual. En esa inteligencia ha sido publicado. 


lunes, 15 de septiembre de 2014

VIRGEN DOLOROSA

LA MADRE ESTABA JUNTO A LA CRUZ



Aquí está –dice la Virgen- la esclava del Señor; 
hágase en mí según tu palabra.

De los sermones de san Bernardo, abad
Sermón, domingo infraoctava de la Asunción

El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste –dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús– está puesto como una bandera discutida; y a ti –añade, dirigiéndose a María– una espada te traspasará el alma.

En verdad, Madre santa, una espada traspasó tu alma. Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que aquel Jesús –que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo– hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada del dolor atravesó tu alma, y, por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.

¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?

No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores.

Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?» Sí, y con toda certeza. «¿Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?» Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?» Sí, y con toda vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Este murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor superior al que pueda tener cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante.

Oración

Señor, tú has querido que la Madre compartiera los dolores de tu Hijo al pie de la cruz; haz que la Iglesia, asociándose con María a la pasión de Cristo, merezca participar de su resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Exaltación de la Santa Cruz de Cristo

La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz es una festividad en la que se recuerda el madero donde fue crucificado el Señor, así como victoria gloriosa tras su dolorosa muerte. 

Te adoramos Cristo y te bendecimos 
porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo 



Exaltación de la Santa Cruz 
14 de setiembre

Esta fiesta recuerda dos acontecimientos relacionados con la Santa Cruz de Cristo. El primero corresponde al descubrimiento de la Cruz realizado por Santa Elena, madre del emperador Constantino el Grande, ocurrido el 14 de septiembre del año 320. Tras el descubrimiento Santa Elena mandó construir la basílica del Santo Sepulcro. El segundo acontecimiento recuerda la recuperación de la cruz de manos de los persas, que había sido trasladada a Persia por el rey Cosroes, como botín de guerra después de apoderarse de Jerusalén y matar en ella a muchos miles de cristianos. Catorce años después Heraclio, rey de Constantinopla, venció a Cosroes y entró en Jerusalén portando la cruz que repuso en el monte Calvario. Este hecho ocurrió el 3 de mayo del año 629 y desde entonces el pueblo cristiano celebra con toda solemnidad la fiesta de la Exaltación de la Cruz. 


Descubrimiento de la Cruz por Santa Elena 

La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz tiene su origen en el descubrimiento de la Santa Cruz por parte de la Emperatriz Santa Elena, madre de Constantino el Grande, durante un viaje a Tierra Santa. La Santa Cruz fue difícil de encontrar, pues estaba enterrada para evitar que los cristianos fueran a venerarla, sabiendo que al verla muchos se convertían. A pesar de ello, un judío de Jerusalém, llamado Judas (y que sería recordado más tarde con San Judas Ciriaco), reveló a la Emperatriz y sus colaboradores el escondite del Santo Madero.

Santa Elena y su equipo de excavaciones encontraron tres crucifijos, en vez de uno, correspondiendo los dos sobrantes a cada uno de los dos ladrones que fueron crucificados junto a Jesús, tal como está escrito en el Evangelio. Al no saber cuál sería la Cruz de Nuestro Señor, se decidió acercarlas a una moribunda que yacía cerca, para ver si alguna obraba el milagro de curarla. Con las dos primeras no pasó nada, pero al sentir el tacto de la tercera cruz, la desahuciada se levantó diciendo: “¡Dios mío! ¡Estoy curada!”; con lo que supieron cuál era la que correspondía a Nuestro Señor.

Entonces, Santa Elena dispuso que la Cruz se dividiera en tres partes, para que pudiera ser venerada tanto en Roma como en Constantinopla y Jerusalén, desde donde se ha ido dividiendo hasta nuestros días. La Emperatriz y su hijo, Constantino el Grande, encomendaron entonces la construcción de la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, para que fuera custodiada una tercera parte del madero y pudiera ser venerada por todos aquellos que así lo quisieran.

En el año 614, el emperador persa Cosroes II, saqueó Jerusalén y se llevó consigo la parte de la Santa Cruz conservada en Jerusalén. Tras años de sangrientas luchas, el emperador bizantino Heraclio recuperó la Santa Cruz de manos del enemigo, realizando una ceremonia solemne en la cual era restaurada a la Basílica construida por Constantino. Esta ceremonia, realizada con gran dignidad, se llamó “Exaltación de la Santa Cruz”, y desde entonces, la fiesta se rememora, año con año.

El Lignum Crucis más grande de la Santa Cruz se encuentra en España, en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, en Cantabria.


ORACIÓN

Te adoramos Cristo y te bendecimos 

porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.


viernes, 12 de septiembre de 2014

EL DULCE NOMBRE DE MARÍA

Origen del nombre MARÍA

(Hebreo). Tiene varios significados: la vidente o la profeta, la estrella de mar, la Elegida, la Señora. Variantes: Mary, Mara, Mae, María, Maren, Miren, Mariette, Marika, Mallaidh, Marie, Marion, Mariska, Molly, May, Marily, Marthe, Martha, Mirit, Miri, Mira, Marisha, Miriam.

María: (hebreo)La elegida, la amada por Dios. En el idioma popular significa: La Iluminadora. En el idioma arameo significa: Señora o Princesa. Se entrega por completo. Es leal a quienes ama. Es muy Fiel y entregado(a). Anima a todos solo con su presencia.



Dice San Alfonso María de Ligorio en su libro "Las glorias de María" lo siguiente:

Capítulo X 

EL NOMBRE DE MARÍA 

Oh dulce, Virgen María 

El nombre de María es dulce en la vida y en la muerte 

1. María, nombre santo 

El augusto nombre de María, dado a la Madre de Dios, no fue cosa terrenal, ni inventado por la mente humana o elegido por decisión humana, como sucede con todos los demás nombres que se imponen. Este nombre fue elegido por el cielo y se le impuso por divina disposición, como lo atestiguan san Jerónimo, san Epifanio, san Antonino y otros. “Del Tesoro de la divinidad –dice Ricardo de San Lorenzo– salió el nombre de María”. De él salió tu excelso nombre; porque las tres divinas personas, prosigue diciendo, te dieron ese nombre, superior a cualquier nombre, fuera del nombre de tu Hijo, y lo enriquecieron con tan grande poder y majestad, que al ser pronunciado tu nombre, quieren que, por reverenciarlo, todos doblen la rodilla, en el cielo, en la tierra y en el infierno. Pero entre otras prerrogativas que el Señor concedió al nombre de María, veamos cuán dulce lo ha hecho para los siervos de esta santísima Señora, tanto durante la vida como en la hora de la muerte. 

2. María, nombre lleno de dulzura 

En cuanto a lo primero, durante la vida, “el santo nombre de María –dice el monje Honorio– está lleno de divina dulzura”. De modo que el glorioso san Antonio de Papua, reconocía en el nombre de María la misma dulzura que san Bernardo en el nombre de Jesús. “El nombre de Jesús”, decía éste; “el nombre de María”, decía aquél, “es alegría para el corazón, miel en los labios y melodía para el oído de sus devotos”. Se cuenta del V. Juvenal Ancina, obispo de Saluzzo, que al pronunciar el nombre de María experimentaba una dulzura sensible tan grande, que se relamía los labios. También se refiere que una señora en la ciudad de colonia le dijo al obispo Marsilio que cuando pronunciaba el nombre de María, sentía un sabor más dulce que el de la miel. Y, tomando el obispo la misma costumbre, también experimentó la misma dulzura. Se lee en el Cantar de los Cantares que, en la Asunción de María, los ángeles preguntaron por tres veces: “¿Quién es ésta que sube del desierto como columnita de humo? ¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente? ¿Quién es ésta que sube del desierto rebosando en delicias?” (Ct 3, 6; 6, 9; 8, 5). Pregunta Ricardo de San Lorenzo: “¿Por qué los ángeles preguntan tantas veces el nombre de esta Reina?” Y él mismo responde: “Era tan dulce para los ángeles oír pronunciar el nombre de María, que por eso hacen tantas preguntas”.

Pero no quiero hablar de esta dulzura sensible, porque no se concede a todos de manera ordinaria; quiero hablar de la dulzura saludable, consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que da este nombre de María a los que lo pronuncian con fervor. 

3. María, nombre que alegra e inspira amor 

Dice el abad Francón que, después del sagrado nombre de Jesús, el nombre de María es tan rico de bienes, que ni en la tierra ni en el cielo resuena ningún nombre del que las almas devotas reciban tanta gracia de esperanza y de dulzura. El nombre de María –prosigue diciendo– contiene en sí un no sé qué de admirable, de dulce y de divino, que cuando es conveniente para los corazones que lo aman, produce en ellos un aroma de santa suavidad. Y la maravilla de este nombre –concluye el mismo autor– consiste en que aunque lo oigan mil veces los que aman a María, siempre les suena como nuevo, experimentando siempre la misma dulzura al oírlo pronunciar.

Hablando también de esta dulzura el B. Enrique Susón, decía que nombrando a María, sentía elevarse su confianza e inflamarse en amor con tanta dicha, que entre el gozo y las lágrimas, mientras pronunciaba el nombre amado, sentía como si se le fuera a salir del pecho el corazón; y decía que este nombre se le derretía en el alma como panal de miel. Por eso exclamaba: “¡Oh nombre suavísimo! Oh María ¿cómo serás tú misma si tu solo nombre es amable y gracioso!”

Contemplando a su buena Madre el enamorado san Bernardo le dice con ternura: “¡Oh excelsa, oh piadosa, oh digna de toda alabanza Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y amable, que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a ti y a Dios; y sólo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansias de amarte”. Dice Ricardo de San Lorenzo: “Si las riquezas consuelan a los pobres porque les sacan de la miseria, cuánto más tu nombre, oh María, mucho mejor que las riquezas de la tierra, nos alivia de las tristezas de la vida presente”.

Tu nombre, oh Madre de Dios –como dice san Metodio– está lleno de gracias y de bendiciones divinas. De modo que –como dice san Buenaventura– no se puede pronunciar tu nombre sin que aporte alguna gracia al que devotamente lo invoca. Búsquese un corazón empedernido lo más que se pueda imaginar y del todo desesperado; si éste te nombra, oh benignísima Virgen, es tal el poder de tu nombre –dice el Idiota– que él ablandará su dureza, porque eres la que conforta a los pecadores con la esperanza del perdón y de la gracia. Tu dulcísimo nombre –le dice san Ambrosio– es ungüento perfumado con aroma de gracia divina. Y el santo le ruega a la Madre de Dios diciéndole: “Descienda a lo íntimo de nuestras almas este ungüento de salvación”. Que es como decir: Haz Señora, que nos acordemos de nombrarte con frecuencia, llenos de amor y confianza, ya que nombrarte así es señal o de que ya se posee la gracia de Dios, o de que pronto se ha de recobrar.

Sí, porque recordar tu nombre, María, consuela al afligido, pone en camino de salvación al que de él se había apartado, y conforta a los pecadores para que no se entreguen a la desesperación; así piensa Landolfo de Sajonia. Y dice el P. Pelbarto que como Jesucristo con sus cinco llagas ha aportado al mundo el remedio de sus males, así, de modo parecido, María, con su nombre santísimo compuesto de cinco letras, confiere todos los días el perdón a los pecadores. 

4. María, nombre que da fortaleza 

Por eso, en los Sagrados cantares, el santo nombre de María es comparado al óleo: “Como aceite derramado es tu nombre” (Ct 1, 2). Comenta así este pasaje el B. Alano: “Su nombre glorioso es comparado al aceite derramado porque, así como el aceite sana a los enfermos, esparce fragancia, y alimenta la lámpara, así también el nombre de María, sana a los pecadores, recrea el corazón y lo inflama en el divino amor”. Por lo cual Ricardo de San Lorenzo anima a los pecadores a recurrir a este sublime nombre, porque eso sólo bastará para curarlos de todos sus males, pues no hay enfermedad tan maligna que no ceda al instante ante el poder del nombre de María”.

Por el contrario los demonios, afirma Tomás de Kempis, temen de tal manera a la Reina del cielo, que al oír su nombre, huyen de aquel que lo nombra como de fuego que los abrasara. La misma Virgen reveló a santa Brígida, que no hay pecador tan frío en el divino amor, que invocando su santo nombre con propósito de convertirse, no consiga que el demonio se aleje de él al instante. Y otra vez le declaró que todos los demonios sienten tal respeto y pavor a su nombre que en cuanto lo oyen pronunciar al punto sueltan al alma que tenían aprisionada entre sus garras.

Y así como se alejan de los pecadores los ángeles rebeldes al oír invocar el nombre de María, lo mismo –dijo la Señora a santa Brígida– acuden numerosos los ángeles buenos a las almas justas que devotamente la invocan.

Atestigua san Germán que como el respirar es señal de vida, así invocar con frecuencia el nombre de María es señal o de que se vive en gracia de Dios o de que pronto se conseguirá; porque este nombre poderoso tiene fuerza para conseguir la vida de la gracia a quien devotamente lo invoca. En suma, este admirable nombre, añade Ricardo de San Lorenzo es, como torre fortísima en que se verán libres de la muerte eterna, los pecadores que en él se refugien; por muy perdidos que hubieran sido, con ese nombre se verán defendidos y salvados.

Torre defensiva que no sólo libra a los pecadores del castigo, sino que defiende también a los justos de los asaltos del infierno. Así lo asegura el mismo Ricardo, que después del nombre de Jesús, no hay nombre que tanto ayude y que tanto sirva para la salvación de los hombres, como este incomparable nombre de María. Es cosa sabida y lo experimentan a diario los devotos de María, que este nombre formidable da fuerza para vencer todas las tentaciones contra la castidad. Reflexiona el mismo autor considerando las palabras del Evangelio: “Y el nombre de la Virgen era María” (Lc 1, 27), y dice que estos dos nombres de María y de Virgen los pone el Evangelista juntos, para que entendamos que el nombre de esta Virgen purísima no está nunca disociado de la castidad. Y añade san Pedro Crisólogo, que el nombre de María es indicio de castidad; queriendo decir que quien duda si habrá pecado en las tentaciones impuras, si recuerda haber invocado el nombre de María, tiene una señal cierta de no haber quebrantado la castidad. 

5. María, nombre de bendición 

Así que, aprovechemos siempre el hermoso consejo de san Bernardo: “En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María. Que no se te caiga de los labios, que no se te quite del corazón”. En todos los peligros de perder la gracia divina, pensemos en María, invoquemos a María junto con el nombre de Jesús, que siempre han de ir estos nombres inseparablemente unidos. No se aparten jamás de nuestro corazón y de nuestros labios estos nombres tan dulces y poderosos, porque estos nombres nos darán la fuerza para no ceder nunca jamás ante las tentaciones y para vencerlas todas. Son maravillosas las gracias prometidas por Jesucristo a los devotos del nombre de María, como lo dio a entender a santa Brígida hablando con su Madre santísima, revelándole que quien invoque el nombre de María con confianza y propósito de la enmienda, recibirá estas gracias especiales: un perfecto dolor de sus pecados, expiarlos cual conviene, la fortaleza para alcanzar la perfección y al fin la gloria del paraíso. Porque, añadió el divino Salvador, son para mí tan dulces y queridas tus palabras, oh María, que no puedo negarte lo que me pides.

En suma, llega a decir san Efrén, que el nombre de María es la llave que abre la puerta del cielo a quien lo invoca con devoción. Por eso tiene razón san Buenaventura al llamar a María “salvación de todos los que la invocan”, como si fuera lo mismo invocar el nombre de María que obtener la salvación eterna. También dice Ricardo de San Lorenzo que invocar este santo y dulce nombre lleva a conseguir gracias sobreabundantes en esta vida y una gloria sublime en la otra. Por tanto, concluye Tomás de Kempis: “Si buscáis, hermanos míos, ser consolados en todos vuestros trabajos, recurrid a María, invocad a María, obsequiad a María, encomendaos a María. Disfrutad con María, llorad con María, caminad con María, y con María buscad a Jesús. Finalmente desead vivir y morir con Jesús y María. Haciéndolo así siempre iréis adelante en los caminos del Señor, ya que María, gustosa rezará por vosotros, y el Hijo ciertamente atenderá a la Madre”. 

6. María, nombre consolador 

Muy dulce es para sus devotos, durante la vida, el santísimo nombre de María, por las gracias supremas que les obtiene, como hemos vitos. Pero más consolador les resultará en la hora de la muerte, por la suave y santa muerte que les otorgará. El P. Sergio Caputo, jesuita, exhortaba a todos los que asistieran a un moribundo, que pronunciasen con frecuencia el nombre de María, dando como razón que este nombre de vida y esperanza, sólo con pronunciarlo en la hora de la muerte, basta para dispersar a los enemigos y para confortar al enfermo en todas sus angustias. De modo parecido, san Camilo de Lelis, recomendaba muy encarecidamente a sus religiosos que ayudasen a los moribundos con frecuencia a invocar los nombres de Jesús y de María como él mismo siempre lo había practicado; y mucho mejor lo practicó consigo mismo en la hora de la muerte, como se refiere en su biografía; repetía con tanta dulzura los nombres, tan amados por él, de Jesús y de María, que inflamaba en amor a todos los que le escuchaban. Y finalmente, con los ojos fijos en aquellas adoradas imágenes, con los brazos en cruz, pronunciando por última vez los dulcísimos nombres de Jesús y de María, expiró el santo con una paz celestial. Y es que esta breve oración, la de invocar los nombres de Jesús y de María, dice Tomás de Kempis, cuanto es fácil retenerla en la memoria, es agradable para meditar y fuerte para proteger al que la utiliza, contra todos los enemigos de su salvación. 

7. María, nombre de buenaventura 

¡Dichoso –decía san Buenaventura– el que ama tu dulce nombre, oh Madre de Dios! Es tan glorioso y admirable tu nombre, que todos los que se acuerdan de invocarlo en la hora de la muerte, no temen los asaltos de todo el infierno.

Quién tuviera la dicha de morir como murió fray Fulgencio de Ascoli, capuchino, que expiró cantando: “Oh María, oh María, la criatura más hermosa; quiero ir al cielo en tu compañía”. O como murió el B. Enrique, cisterciense, del que cuentan los anales de su Orden que murió pronunciando el dulcísimo nombre de María.

Roguemos pues, mi devoto lector, roguemos a Dios nos conceda esta gracia, que en la hora de la muerte, la última palabra que pronunciemos sea el nombre de María, como lo deseaba y pedía san Germán. ¡Oh muerte dulce, muerte segura, si está protegida y acompañada con este nombre salvador que Dios concede que lo pronuncien los que se salvan!

¡Oh mi dulce Madre y Señora, te amo con todo mi corazón! Y porque te amo, amo también tu santo nombre. Propongo y espero con tu ayuda invocarlo siempre durante la vida y en la hora de la muerte. Concluyamos con esta tierna plegaria de san Buenaventura: “Para gloria de tu nombre, cuando mi alma esté para salir de este mundo, ven tú misma a mi encuentro, Señora benditísima, y recíbela”. No desdeñes, oh María –sigamos rezando con el santo– de venir a consolarme con tu dulce presencia. Sé mi escala y camino del paraíso. Concédele la gracia del perdón y del descanso eterno. Y termina el santo diciendo: “Oh María, abogada nuestra, a ti te corresponde defender a tus devotos y tomar a tu cuidado su causa ante el tribunal de Jesucristo”. 


La joven María librada del demonio 

Refiere el P. Rho en su libro de los Sábados, y el P. Lireo en su Trisagio Mariano, que hacia el año 1465, vivía en Güeldres una joven llamada María. Un día la mandó un tío suyo a la ciudad de Nimega a hacer unas compras, diciéndole que pasara la noche en casa de otra tía que allí vivía. Obedeció la joven, pero al ir por la tarde a casa de la tía, ésta la despidió groseramente. La joven desconsolada, emprendió el camino de vuelta. Cayó la noche por el camino, y ella, encolerizada, llamó al demonio en su ayuda. He aquí que se le aparece en forma de hombre, y le promete ayudarla con cierta condición. “Todo lo haré”, respondió la desgraciada. “No te pido otra cosa –le dijo el enemigo– sino que de hoy en adelante no vuelvas a hacer la señal de la cruz y que cambies de nombre”. “En cuanto a lo primero, no haré más la señal de la cruz –le respondió–, pero mi nombre de María, no lo cambiaré. Lo quiero demasiado”. “Y yo no te ayudaré”, le replicó el demonio. Por fin, después de mucho discutir, convinieron en que se llamase con la primera letra del nombre de María, es decir: Eme. Con este pacto se fueron a Amberes; allí vivió seis años con tan perversa compañía, llevando una vida rota, con escándalo de todos.

Un día le dijo al demonio que deseaba volver a su tierra; al demonio le repugnaba la idea, pero al fin hubo de consentir. Al entrar los dos en la ciudad de Nimega, se encontraron con que se representaba en la plaza la vida de Santa María. Al ver semejante representación, la pobre Eme, por aquel poco de devoción hacia la Madre de Dios que había conservado, rompió a llorar. “¿Qué hacemos aquí? –le dijo el compañero–. ¿Quieres que representemos otra comedia?” La agarró para sacarla de aquel lugar, pero ella se resistía, por lo que él, viendo que la perdía, enfurecido la levantó en el aire y la lanzó al medio del teatro. Entonces la desdichada contó su triste historia. Fue a confesarse con el párroco que la remitió al obispo y éste al Papa. Éste, una vez oída su confesión, le impuso de penitencia llevar siempre tres argollas de hierro, una al cuello, y una en cada brazo. Obedeció la penitente y se retiró a Maestricht donde se encerró en un monasterio para penitentes. Allí vivió catorce años haciendo ásperas penitencias. Una mañana, al levantarse vio que se habían roto las tres argollas. Dos años después murió con fama de santidad; y pidió ser enterrada con aquellas tres argollas que, de esclava del infierno, la habían cambiado en feliz esclava de su libertadora. 

ORACIÓN PARA INVOCAR EL NOMBRE DE MARÍA 

¡Madre de Dios y Madre mía María!
Yo no soy digno de pronunciar tu nombre;
pero tú que deseas y quieres mi salvación,
me has de otorgar, aunque mi lengua no es pura,
que pueda llamar en mi socorro
tu santo y poderoso nombre,
que es ayuda en la vida y salvación al morir. 

¡Dulce Madre, María!
haz que tu nombre, de hoy en adelante,
sea la respiración de mi vida.
No tardes, Señora, en auxiliarme
cada vez que te llame.
Pues en cada tentación que me combata,
y en cualquier necesidad que experimente,
quiero llamarte sin cesar; ¡María! 

Así espero hacerlo en la vida,
y así, sobre todo, en la última hora,
para alabar, siempre en el cielo tu nombre amado:
“¡Oh clementísima, oh piadosa,
oh dulce Virgen María!”
¡Qué aliento, dulzura y confianza,
qué ternura siento
con sólo nombrarte y pensar en ti! 

Doy gracias a nuestro Señor y Dios,
que nos ha dado para nuestro bien,
este nombre tan dulce, tan amable y poderoso.
Señora, no me contento
con sólo pronunciar tu nombre;
quiero que tu amor me recuerde
que debo llamarte a cada instante;
y que pueda exclamar con san Anselmo:
“¡Oh nombre de la Madre de Dios,
tú eres el amor mío!” 

Amada María y amado Jesús mío,
que vivan siempre en mi corazón y en el de todos,
vuestros nombres salvadores.
Que se olvide mi mente de cualquier otro nombre,
para acordarme sólo y siempre,
de invocar vuestros nombres adorados. 

Jesús, Redentor mío, y Madre mía María,
cuando llegue la hora de dejar esta vida,
concédeme entonces la gracia de deciros:
“Os amo, Jesús y María;
Jesús y María,
os doy el corazón y el alma mía”.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Festividad de la Natividad de la Santísima Virgen María


¡FELIZ DÍA QUERIDÍSIMA MADRE MÍA, ESPERANZA Y ÚLTIMA ANCLA DE SALVACIÓN DE LOS PECADORES!


Esta fiesta mariana tiene su origen en la dedicación de una iglesia en Jerusalén, pues la piedad cristiana siempre ha venerado a las personas y acontecimientos que han preparado el nacimiento de Jesús. María ocupa un lugar privilegiado, y su nacimiento es motivo de gozo profundo. En esta basílica, que había de convertirse en la iglesia de Santa Ana (siglo XII), san Juan Damasceno saludó a la Virgen niña: "Dios te salve, Probática, santuario divino de la Madre de Dios … ¡Dios te salve, María, dulcísima hija de Ana!". Aunque el Nuevo Testamento no reporta datos directos sobre la vida de la Virgen María, una tradición oriental veneró su nacimiento desde mediados del siglo V, ubicándolo en el sitio de la actual Basílica de "Santa Ana", en Jerusalén. La fiesta pasó a Roma en el siglo VII y fue apoyada por el Papa Sergio I. Su fecha de celebración no tiene un origen claro, pero motivó que la fiesta de "La Inmaculada Concepción" se celebrara el 8 de diciembre (9 meses antes). El Papa Pío X quitó esta celebración del grupo de las fiestas de precepto.

Himno
I
Hoy nace una clara estrella,
tan divina y celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo sol nace de ella.
De Ana y de Joaquín, oriente
de aquella estrella divina,
sale luz clara y digna
de ser pura eternamente;
el alba más clara y bella
no le puede ser igual,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.
No le iguala lumbre alguna
de cuantas bordan el cielo,
porque es el humilde suelo
de sus pies la blanca luna:
nace en el suelo tan bella
y con luz tan celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.
Gloria al Padre, y gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.

O bien:

II
Canten hoy, pues nacéis vos,
los ángeles, gran Señora,
y ensáyense, desde ahora,
para cuando nazca Dios.
Canten hoy pues a ver vienen
nacida su Reina bella,
que el fruto que esperan de ella
es por quien la gracia tienen.
Dignan, Señora de vos,
que habéis de ser su Señora,
y ensáyense, desde ahora,
para cuando nazca Dios.
Pues de aquí a catorce años,
que en buena hora cumpláis,
verán el bien que nos dais,
remedio de tantos daños.
Canten y digan, por vos,
que desde hoy tienen Señora,
y ensáyense desde ahora,
para cuando venga Dios.
Y  nosotros que esperamos
que llegue pronto Belén,
preparemos también
el corazón y las manos.
Vete sembrando, Señora,
de paz nuestro corazón,
y ensayemos, desde ahora,
para cuando nazca Dios. Amén.



Oración

Concede, Señor, a tus hijos el don de tu gracia, para que, cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su Nacimiento. Por nuestro Señor Jesucristo.

Amén.

Fuente: EWTN

jueves, 4 de septiembre de 2014

San Agustín: Confesiones - El Ayuno y la Gula

"Pero Tú, Señor y Dios mío, 
pon en mí tus ojos,
óyeme, 
compadéceme y sáname. 
Porque ante tus ojos 
me he convertido en un problema, 
con tanta miseria" 


(Libro X Cap. XXXIII in fine)






"Nadie debe pues sentirse seguro en esta vida que no es sino una continua tentación, como la llama la Escritura. El que de peor que era consiguió hacerse mejor puede también de lo mejor que es volverse peor, como antes era. La única esperanza que tenemos, la única seguridad y firme promesa, está solamente en tu Misericordia." 

(Libro X Cap. XXXII in fine)


Capítulo XXXI 

Del estado en que se hallaba en orden a las tentaciones de la gula 

1. También el día nos ocasiona otro mal y daño, ¡y ojalá que éste fuera único y solo! Porque todos los días reparamos por la comida y bebida las ruinas que cotidianamente padecen nuestros cuerpos, hasta que llegue el día en que Vos destruyáis, no sólo las viandas, sino también al estómago que las destruye a ellas, que será cuando matéis mi hambre y necesidad enteramente con aquella soberana hartura y vistáis a este corruptible cuerpo de una incorruptibilidad perpetua y sempiterna. 

Pero al presente esta hambre y necesidad me es suave y deliciosa, y tengo que pelear contra este mismo deleite y suavidad, para no dejarme prender y cautivar de ella: esta guerra es cotidiana en los ayunos, pues ayunando con frecuencia para reducir mi cuerpo a la sujeción y servidumbre, sucede que esa misma molestia del ayuno hace después más agradable y deleitoso el alimento. El hambre y la sed son ciertos dolores que incomodan, abrasan y consumen como una calentura, y causarían la muerte a cualquiera, si no se les socorriese con la medicina de los alimentos; como ésta la tenemos tan a mano, por la abundancia de vuestros dones, con los cuales hacéis que la tierra, el mar, el cielo contribuyan y sirvan a nuestra necesidad y dolencia, esta especie de trabajo y calamidad se llama ya gusto y regalo. Vos, Señor, me habéis enseñado que debo usar de los alimentos del mismo modo que de los medicamentos.

2. Porque cuando he de pasar desde la molestia que ha causado en mí el hambre y necesidad a la quietud que causa la refacción, en este mismo paso tiene armados contra mí sus lazos el apetito. Porque este mismo pasar desde el hambre al alimento es deleite y gusto, y no hay otro medio por donde pasar a aquel extremo, al cual nos obliga la necesidad a que pasemos. Y siendo la salud la causa motiva de que comamos y bebamos, se le junta como criada o sierva la delectación peligrosa, y muchas veces quiere ella ir delante como principal, para que se haga por causa de la delectación lo que digo que hago o quiero hacer por conservar mi salud. Pero no tiene la una la moderación que tiene la otra, pues lo que para la salud es bastante es poco para el deleite. Muchas veces no se sabe con certeza si es el cuidado necesario de nuestro cuerpo el que pide el manjar para su socorro, o si es el deleitoso engaño de nuestro apetito el que lo solicita, aunque superfluo: la pobre infeliz alma se alegra con esta incertidumbre, y en ella misma tiene preparada o su defensa o su excusa, alegrándose de no saber con certeza cuánto sea lo bastante para el régimen y conservación de la salud, para que ésta sirva de pretexto, cuando realmente es cumplir el deleite y apetito.

3. Éstas son tentaciones cotidianas que procuro resistir todos los días, e invoco vuestra mano poderosa para que me saque a salvo: os refiero las dudas y congojas de mi alma, porque no sé todavía lo que debo practicar en esta materia. Oigo la voz de mi Dios que me impone este precepto: No se agraven ni entorpezcan vuestros corazones con los manjares ni con la embriaguez (Lc. 21, 34). Pero la intemperancia no pocas se llega, pisando quedito; que tu misericordia la aleje de mí. Porque nadie puede ser continente su Tú no le das la continencia (Sap 8,21).

Muchas gracias y beneficios nos concedéis, porque os lo suplicamos: todo el bien que había en nosotros antes que os suplicásemos, de vuestra mano, Señor, lo habíamos recibido, y este mismo conocimiento también es dádiva vuestra. ... 

4. También, Señor, tengo oída aquella palabra vuestra, en que decís: No sigas tus apetitos y apártate de tu propia voluntad (Ecli. 18, 30). También oí por gracia vuestra otra palabra que fue muy de mi gusto, en que decís: Ni porque comamos tendremos de sobra, ni porque no comamos tendremos escasez (1Cor. 8, 8). Que es lo mismo que decir: Ni lo uno me hará rico, ni lo otro me hará pobre. Otra voz oí también vuestra, en que decís: He aprendido a contentarme con cualquier estado en que me halle: sé vivir con abundancia y sé padecer pobreza. Todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp. 4, 12-13). El que dijo esto es un soldado de la milicia del cielo, que ya no es polvo y ceniza como nosotros. Acordaos, pues, Señor, de que somos polvo, y que en el polvo formasteis al hombre, y que habiéndose perdido, Vos le volvisteis a hallar (Lc. 15, 32). 

Ni el mismo que habló aquella sentencia, inspirado de Vos (que porque hablaba así, me aficioné yo a él -San Pablo-), podía cosa alguna por sí mismo, porque él también era polvo. Todo lo puedo, dice, pero lo puedo en Aquél que me conforta. Confortadme a mí, Señor, para que yo lo pueda todo como él. Dadme lo que mandáis y mandadme cuanto queráis. El Apóstol que decía esto reconoce y confiesa que cuanto tenía lo había recibido de Vos: y así cuando él se gloría, se gloría en el Señor (1 Cor. 1,31). Por otra parte oigo también al Sabio, que deseando conseguir este beneficio, os lo pide a Vos, diciendo: Apartad, Señor, de mí los destemplados deseos de comer y de beber (Ecli. 23,6). De donde se infiere, santísimo Dios mío, que cuando cumplimos vuestros mandamientos, Vos sois el que nos dais la gracia de cumplirlos. 

Vos, Padre amabilísimo, me habéis enseñado que, para los que son puros y limpios, todos los manjares son puros y limpios (Tit. 1, 15), pero que sería malo para el hombre comer de cualquier cosa con escándalo de otros; que todas vuestras criaturas son buenas, y nada se debe desechar para alimento, siendo cosa que se pueda comer con acción de gracias (1Tim. 4, 4): que no es la comida la que nos hace recomendables en vuestra presencia; que ninguno debe juzgar a su prójimo por la especie de manjar o bebida que toma (Col. 2,16); finalmente, que aquél que come de todo, no haga desprecio del que no come lo que él, y el que no come de todo, no juzgue ni condene al otro que usa de todo manjar  (Rom. 14, 3) indiferentemente. De Vos, Señor, he aprendido todas estas doctrinas: por lo cual os alabo y doy repetidas gracias a Vos, Dios mío y Maestro mío, que, además de haberos dignado hacer que oyese vuestras palabras, ilustrasteis mi corazón para entenderlas. Libradme también de todas las tentaciones a que me veis expuesto. 

5. Lo que yo temo no es la impureza de los manjares, sino la impureza de mis apetitos. Sé que Vos disteis licencia a Noé, para que comiese de toda especie de animales que tuviesen carnes saludables y buenas; que Elías también se alimentó de carne; que San Juan Bautista, que practicó una abstinencia admirable, no incurrió en inmundicia ni manchó su alma por alimentarse de unos animalejos tan viles como son las langostas. Sé, por el contrario, que Esaú fue engañado por el destemplado apetito que tuvo de comer unas lentejas; que David se reprendió a sí mismo por el deseo que tuvo de beber un poco de agua, y que el demonio, queriendo tentar a nuestro Rey y Señor, no le propuso que comiese carne, sino, que comiese pan. Y finalmente, el pueblo de Israel, a quien Vos mismo guiabais por el desierto, si mereció ser sorprendido y reprobado, no fue porque deseó alimentarse de carne, sino porque llevado del deseo de este manjar, se quejó y murmuró de su Dios y Señor. Y así yo también, enfrentado a tales tentaciones batallo cada día contra el inmoderado apetito de comer y beber. Pero, Señor, ¿quién será aquél que nunca exceda los precisos límites de la necesidad? Cualquiera que sea, ciertamente, es un hombre grande, y os debe dar gracias y engrandecer por ello vuestro nombre. Yo ciertamente no soy tal, porque sólo soy un hombre pecador, aunque también alabo y engrandezco vuestro nombre, y sé que aquel Señor que triunfó del mundo os pide incesantemente el perdón de mis pecados, contándome entre los miembros débiles y flacos de su cuerpo místico, porque vuestros ojos los ven, aunque sean imperfectos, y a todos los tenéis escritos en vuestro Libro (Sal. 138, 16)

Fuente: "Confesiones",  de San Agustín - Libro X Capítulo XXXI 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Virgen de Medjugorje - Mensaje del 2 de septiembre de 2014


Mensaje del 2 de septiembre de 2014

“Queridos hijos, yo su Madre, vengo de nuevo entre ustedes del amor que no tiene fin, del amor infinito, del infinito Padre Celestial. Y, mientras miro en sus corazones, veo que muchos de ustedes me acogen como Madre y, con un corazón sincero y puro, desean ser mis apóstoles. Pero, yo también soy Madre de ustedes que no me acogen y, en la dureza de su corazón, no desean conocer el amor de mi Hijo. No saben cuánto mi Corazón sufre y cuánto yo oro a mi Hijo por ustedes. Le pido que sane sus almas porque Él lo puede hacer. Le pido que los ilumine con el milagro del Espíritu Santo, para que dejen de traicionarlo, blasfemar y herir siempre de nuevo. Oro con todo el Corazón para que comprendan que solamente mi Hijo es la salvación y la luz del mundo. Y ustedes, hijos míos, queridos apóstoles míos, lleven siempre a mi Hijo en el corazón y en los pensamientos. De esta forma lleven ustedes el amor. Todos aquellos que no lo conocen, lo reconocerán en vuestro amor. Yo estoy siempre junto a ustedes. De una manera especial, yo estoy junto a sus pastores, porque mi Hijo los ha llamado para guiarlos por el camino de la eternidad. Les doy las gracias, apóstoles míos, por el sacrificio y el amor.”