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lunes, 27 de julio de 2026

San Agustín: El combate cristiano - Capítulos I, II y III

 

EL COMBATE CRISTIANO

Traductor: Lope Cilleruelo, OSA

Revisión: Domingo Natal, OSA

CAPÍTULO I

La gracia de Cristo vence al diablo

1. La corona de la victoria no se promete sino a los que luchan. En la divinas Escrituras vemos que, con frecuencia, se nos promete la corona si vencemos. Pero para no ampliar demasiado las citas, bastará recordar lo que claramente se lee en el apóstol San Pablo: terminé la obra, consumé la carrera, conservé la fe, ya me pertenece la corona de justicia 1. Debemos, pues, conocer quién es el enemigo, al que si vencemos seremos coronados. Ciertamente es aquel a quien Cristo venció primero, para que también nosotros, permaneciendo en Él, le venzamos. Cristo es realmente la Virtud y la Sabiduría de Dios, el Verbo por quien fueron creadas todas las cosas, el Hijo Unigénito de Dios, que permanece inmutable siempre sobre toda criatura. Y si bajo Él está la criatura, incluso la que no pecó 2, ¿cuánto más lo estará toda criatura pecadora? Si bajo Él están los santos ángeles, mucho más los estarán los ángeles prevaricadores cuyo príncipe es el diablo. Pero como el diablo defraudó nuestra naturaleza, el Hijo único de Dios se dignó tomar esa misma naturaleza, para que, por ella misma, el diablo fuera vencido. Así, Él, que tuvo siempre sometido al diablo, le sometió también a nosotros. A él se refiere cuando dice: el príncipe de este mundo ha sido arrojado fuera 3. No porque fuera expulsado del mundo, como dicen algunos herejes, sino que fue arrojado del alma de los que viven unidos al Verbo de Dios y no aman al mundo del que él es el príncipe porque domina a los que aman los bienes temporales que se poseen en este mundo visible. No quiero decir que él sea el dueño de este mundo, sino que es el príncipe de las concupiscencias con las que se codicia todo lo pasajero. Así, somete a los que aman los bienes caducos y mudables y se olvidan del Dios eterno. Pues: raíz de todos los males es la codicia, a la que algunos amaron y se desviaron de la fe, y, así, se acarrearon muchos sufrimientos 4. Por esta concupiscencia reina el diablo en el hombre y posee su corazón. Esos son los que aman este mundo. Pero se renuncia al diablo, que es el príncipe de este mundo, cuando se renuncia a las corruptelas, a las pompas y a los ángeles malos. Por eso, el Señor, al llevar en triunfo la naturaleza humana, dice: Sabed que yo he vencido al mundo 5.

CAPÍTULO II

Modo de vencer al diablo

2. Pero muchos dicen: ¿Cómo podemos vencer al diablo si no le vemos? Tenemos ya un Maestro que se ha dignado mostrarnos cómo se vencen los enemigos invisibles. Pues de Él dice el Apóstol: se desnudó de la carne y sirvió de modelo a principados y potestades, al triunfar confiadamente de ellos en sí mismo 6. Vencemos las potestades hostiles invisibles cuando vencemos las apetencias invisibles. Y por eso, cuando vencemos en nosotros la codicia de los bienes temporales, necesariamente vencemos en nosotros al que reina en el hombre por esa codicia. Pues, cuando se le dijo al diablo: comerás tierra, se le dijo al pecador: eres tierra y tierra te volverás 7. Así, el pecador fue dado como alimento al diablo. No seamos tierra si no queremos ser devorados por la serpiente. Pues, así como lo que comemos se convierte en nuestro cuerpo, y el mismo alimento se hace aquello mismo que somos por el cuerpo, así también, por las malas costumbres, por la malicia, la soberbia y la impiedad, se hace uno, como el diablo, esto es, igual a él, y se somete a él, como nuestro cuerpo nos está sometido. Y esto es lo que significa ser devorados por la serpiente. Así pues, todo el que tema aquel fuego que está preparado para el diablo y sus ángeles 8, trabaje para triunfar de aquél en sí mismo. Pues a los que nos combaten desde fuera, los vencemos desde dentro cuando vencemos las concupiscencias por las que ellos nos dominan. Porque únicamente a los que encuentran iguales que ellos, los llevan consigo al suplicio.

CAPÍTULO III

¿Cómo viven los demonios en el cielo,
si son príncipes de las tinieblas?

3. El Apóstol recuerda que combate, dentro de sí, contra los poderes exteriores. Dice así: No peleamos contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes y potestades de este mundo y los gobernadores de estas tinieblas, contra los malvados espíritus que habitan en el cielo 9. Con el término "cielo" se designa el aire, en el que se forman los vientos y las nubes, las borrascas y torbellinos, como atestigua la Escritura en muchos pasajes: y tronó desde el cielo el Señor 10, y las aves del cielo 11, y los pájaros del cielo 12, pues es manifiesto que la aves vuelan en el aire. Nosotros mismos tenemos la costumbre de llamar cielo al aire, y, así, cuando preguntamos si hace sereno o nuboso, unas veces decimos: ¿Cómo está el aire?, y otras: ¿Cómo está el cielo? Digo esto para que nadie piense que los demonios habitan donde Dios colocó el sol, la luna y las estrellas. A estos demonios malos el Apóstol los llamó espirituales porque en las divinas Escrituras se llama también espíritus a los ángeles malos. Y se dice que son gobernadores de estas tinieblas, porque llama tinieblas a los pecadores, a quienes los demonios dominan. Por eso, en otro lugar dice: en otro tiempo fuisteis tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor 13, pues los que eran pecadores ya habían sido justificados. No pensemos, pues, que el diablo y sus ángeles habitan en el sumo cielo, de donde creemos que cayeron.

Fuente: Augustinus.it

domingo, 13 de abril de 2025

Evangelio del Domingo de Ramos según San Agustín

 



En la lectura de la Pasión del Señor, que leemos en el Domingo de Ramos, nos ayuda a prepararnos a estos días de la Semana Santa. Jesús en su cruz nos enseña a vivir bien nuestra fe, porque Él, desde su cruz, nos habla de amor, de perdón, de misericordia. Palabras que a nosotros nos cuesta vivir, y más en esos momentos de pasión y muerte. Abrámonos al misterio del amor de Dios, que nos quiere sanar, acompañar en nuestros sufrimientos, en nuestros dolores, porque Él lo vivió primero en sus propias carnes. Acompañemos el dolor del mundo sabiendo ser misericordiosos como Dios es misericordioso con nosotros.

Padeció

Cristo quiso padecer por nosotros. Dice el apóstol Pedro: Padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Te enseñó a padecer, y te enseñó padeciendo él. Poca cosa serían sus palabras si no las hubiera acompañado su ejemplo. ¿Cómo nos enseñó, hermanos? Pendía de la cruz, y los judíos se ensañaban contra él; estaba sujeto con ásperos clavos, pero no perdía la dulzura.

Ellos se ensañaban, ladraban en torno a Él y le insultaban cuando pendía de la cruz. Locos furiosos, le atormentaban en todo su cuerpo a Él, cual único y supremo médico. Estando Él colgado, los sanaba. Padre – dice -, perdónales, porque no saben lo que hacen. Pedía, y, con todo, pendía; no descendía, porque iba a convertir su sangre en medicamento para aquellos locos furiosos. Dado que no pudieron resultar vanas las palabras suplicantes del Señor, ni su misericordia que las escuchaba, después de su resurrección sanó a los dementes en grado supremo que había tolerado en la cruz. Ascendió al cielo, envió al Espíritu Santo.

Se manifestó

Pero después de resucitado no se manifestó a todos, sino sólo a sus fieles discípulos, para no dar la impresión de que quería burlarse de quienes le habían dado muerte. Era más importante enseñar la humildad a los amigos que echar en cara a los enemigos la verdad.

Resucitó

Resucitó, y de esta forma hizo más de lo que le pedían no desde la fe, sino en plan de burla, cuando le decían: Si es Hijo de Dios, baje de la cruz. Quien no quiso descender del madero, resucitó del sepulcro. Subió al cielo, desde allí envió al Espíritu Santo; llenó de él a los discípulos, corrigió a los temerosos y les infundió confianza. El pavor de Pedro se convirtió repentinamente en fortaleza para predicar. ¿De dónde le vino esto al hombre?

Pedro

Busca al Pedro que presume y lo hallarás negándolo; busca a Dios que le ayuda, y hallarás a Pedro que lo anuncia. Por un momento tembló su flaqueza para derrotar su presunción, no para destruir la piedad. Lo llena del Espíritu Santo, y convierte en valeroso predicador al presuntuoso al que había predicho: Me negarás tres veces. Pedro, en efecto, había presumido de sus fuerzas; no del don de Dios, sino de su libre voluntad. Le había dicho: Iré contigo hasta la muerte. En su abundancia había dicho: No me moveré nunca jamás.

Pero el que, por propia voluntad, había dado vigor a su hermosura, retiró su rostro, y aquel quedó lleno de turbación. El Señor apartó su rostro: manifestó a Pedro al mismo Pedro; pero luego volvió a él sus ojos y afianzó a Pedro sobre la piedra.

Anunciemos

Imitemos, pues, hermanos míos, el ejemplo de la pasión del Señor en cuanto podamos. Podremos realizarlo si le pedimos ayuda; no adelantándonos como el presuntuoso Pedro, sino yendo tras él y orando como Pedro progresando ya. Poned, pues, atención a lo que dice el evangelista cuando Pedro negó al Señor tres veces: Y el Señor le miró, y Pedro se acordó. Por tanto, el Señor le miró no con el cuerpo, sino con su majestad; no con la mirada de los ojos de carne, sino con su soberana misericordia. Ved ahora a Pedro, lavado en sus propias lágrimas, corregido y levantado, entregado a la predicación. El que lo había negado, ahora lo anuncia; creen quienes se habían encontrado en el error.


Fuente: Agustinos.es

viernes, 4 de abril de 2025

San Agustín: Misericordia Divina Capítulos 1 y 2

 



MEDITACIONES

Traductor: P. TEODORO CALVO MADRID

Libro único
Capítulos 1 y 2

Capítulo 1. ORACIÓN PARA EXTIRPARLOS VICIOS Y OBTENER LAS VIRTUDES

Señor Dios mío, haz que mi corazón te desee, y te busque deseándote, te encuentre buscándote, te ame encontrándote, y amándote sea redimido de mis males, y no recaiga en los pecados perdonados. Inspira, Dios mío, a mi corazón la penitencia, a mi espíritu la contrición, a mis ojos el torrente de las lágrimas, a mis manos la generosidad de la limosna. Señor, Rey mío, extingue en mí los deseos de la carne y enciende el fuego de tu amor. Redentor mío, expulsa de mí el espíritu de soberbia y concédeme propicio el tesoro de tu humildad. Salvador mío, aleja de mí el furor de la ira y otórgame benigno el sereno espíritu de la paciencia. Creador mío, arranca de mí el rencor del alma, y otórgame, Señor, la dulzura de un alma mansa. Concédeme, Padre clementísimo, una fe sólida, una esperanza bien ordenada, una caridad permanente. Señor, mi guía soberana, aleja de mí la vanidad, la inconstancia de la mente, la divagación del corazón, la ligereza del lenguaje, el orgullo de la vista, la glotonería del vientre, todo ultraje contra el prójimo, los pecados de detracción, el afán de la curiosidad malsana, el deseo de las riquezas, la usurpación de las dignidades, el apetito de vanagloria, el mal de la hipocresía, la vergüenza de la adulación, el desprecio de los pobres, la opresión de los débiles, el ardor de la avaricia, el orín de la envidia y la muerte de la blasfemia.

Líbrame, Creador mío, de toda temeridad, de la pertinacia, la inquietud, la ociosidad, la somnolencia y la pereza, la pesadez del espíritu, la ceguera del corazón, la obstinación en mis opiniones, la crueldad de las costumbres, la desobediencia a los preceptos del bien, y la resistencia a los buenos consejos. Aparta también de mí la intemperancia del lenguaje, todo lo que pueda violar los derechos de los pobres y de los débiles, toda calumnia contra los inocentes, toda negligencia contra mis súbditos, toda iniquidad contra mis domésticos, toda ingratitud contra mis amigos y toda dureza respecto de mi prójimo.

¡Oh Dios mío, misericordia mía, te pido por tu amado Hijo, que me concedas hacer obras de caridad y misericordia, compartir los dolores de los afligidos, socorrer las necesidades de los indigentes, ayudar a los desgraciados, volver al buen camino a los extraviados, consolar a los tristes, proteger a los oprimidos, tender la mano a los pobres, levantar a los abatidos, pagar a mis deudores, perdonar a los que me han ofendido, amar a quienes me odian, dar bien por mal, no despreciar a ninguno, sino honrar a todos, imitar a los buenos, desconfiar de los malvados, abrazar todas la virtudes y rechazar todos los vicios, ser paciente en la adversidad, moderado en la prosperidad, poner una guardia a mi boca y una barrera en torno a mis labios, pisotear los bienes terrenos y tener sed de los celestiales.

Capítulo 2. ALABANZA DE LA MISERICORDIA DIVINA

He aquí, Creador mío, que te he pedido muchas gracias cuando no merezco ninguna. Confieso, ¡ay de mí!, que no sólo no merezco los beneficios que te he pedido, sino que más bien merezco muchos y graves castigos. Pero me animan mucho los publicanos, las meretrices y los ladrones, que apenas liberados de las fauces del enemigo fueron recibidos en los brazos del Buen Pastor. Admirable eres, ¡oh Creador del universo!, en todas tus obras, pero eres todavía más maravilloso en las obras de tu inefable caridad. Por lo cual dijiste de ti mismo, por boca de uno de tus siervos: La misericordia de Dios está sobre todas sus obras 1, y en otro texto habla de una sola persona (David), pero confiamos en que se puede aplicar a todo el pueblo: No apartaré de él mi misericordia 2. En efecto, Señor, tú sólo desprecias, rechazas y odias a los que son tan insensatos que no te tienen ningún amor. En lugar de hacer sentir a quienes te ofendieron los efectos de tu ira, derramas sobre ellos tus beneficios cuando dejan de ofenderte. ¡Oh Dios mío, fuerza de mi salvación!, ¡cuán desgraciado soy por haberte ofendido! Hice el mal ante tus ojos, y atraje sobre mí la ira que yo había justamente merecido. Pequé, y soportaste mis faltas, pequé y todavía me sufres. Si hago penitencia, me perdonas; si me convierto a ti, me recibes; y si difiero mi conversión me aguardas pacientemente. Extraviado me devuelves al buen camino, combates mi resistencia, reanimas mi indiferencia, me abres tus brazos cuando retorno a ti, esclareces mi ignorancia, mitigas mis tristezas, me salvas de la perdición, me levantas cuando estoy caído, me concedes lo que te pido, te presentas a mí cuando te busco, me abres la puerta cuando te llamo.

Señor, Dios de mi salvación, no sé cómo excusarme ni cómo responder. No tengo ningún refugio ni ningún asilo fuera de ti. Tú me mostraste el camino de una vida santa, y tú me enseñaste a andar por él. Si abandonaba ese camino me amenazabas con las penas del infierno, y si lo seguía me prometías la gloria del paraíso. Ahora, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, hiere mis carnes con tu temor 3, a fin de que con ese temor saludable evite tus amenazas. Devuélveme la alegría de mi salvación, para que amándote recoja todo el fruto de tus promesas 4. Señor, Dios mío, mi fortaleza, mi sostén, mi refugio y mi libertador, inspírame lo que yo debo pensar de ti, enséñame las palabras con las que yo pueda invocarte, concédeme la gracia de realizar las obras con las que pueda agradarte. Sé, sé muy bien que el medio más seguro para apartar de nosotros tu cólera y tu desprecio es el sacrificio de un corazón contrito y humillado.

Enriquéceme, Dios mío y ayuda mía, con esos tesoros, y protégeme con ellos contra mi enemigo, apagando en mí el fuego de la concupiscencia y sirviéndome de refugio contra las pasiones y los deseos desordenados de mi corazón. Haz, Señor, mi fortaleza y mi salvación, que no pertenezca al número de los que creen un breve tiempo, y pierden la fe en el tiempo de la tentación 5. Cubre mi cabeza en el día del combate 6, y sé mi esperanza en el día de la aflicción, y mi salvación en el tiempo de la tribulación.

Fuente: https://www.augustinus.it/spagnolo/attribuiti_05/index2.htm

miércoles, 2 de abril de 2025

La divinidad de Cristo: San Agustín

 


SERMÓN 229 G (= Guelf. 11)

Traductor: Pío de Luis, OSA

La divinidad de Cristo, manifestada en su resurrección

1. Habéis escuchado lo que el Señor dijo a sus discípulos una vez resucitado para nunca más morir, y, quitando el temor de la muerte a quienes han de morir...

2. Que Cristo es Dios no lo niegan ni siquiera quienes rehúsan reconocer que es de la misma esencia que el Padre; confiesan que es Dios, pero le niegan la igualdad, y de esta manera hacen dos dioses. Nosotros, en cambio, afirmamos que el Hijo es igual al Padre de manera que, si nos preguntan por separado si el Padre es Dios, respondemos que lo es; si el Hijo es Dios, respondemos que lo es; si éstos, el Padre y el Hijo, son dioses o un solo Dios, respondemos que un solo Dios. Esto no lo comprenden los débiles corazones humanos; realidad tan grande y tan divina -como siempre que se habla de Dios- no puede pensarla la debilidad humana, pero puede creerla para que luego tenga lugar el pensamiento adecuado. Pues se dijo al Señor: Muéstranos al Padre, y nos basta1. Quien esto decía no reconocía al Padre en el Hijo; veía lo que los judíos pudieron crucificar, pero no veía a quien, estando oculto, ofendían los judíos. Y pensaba que Cristo no era más que lo que veía con sus ojos, y por eso no le bastaba, porque no lo veía en su totalidad. Y como no creía que en Cristo hubiese nada más, buscaba algo que les bastase: el Padre. Cual si dijera: «A ti te conocemos ciertamente, a ti te vemos; pero aún deseamos algo mayor. Muéstranos al Padre, y nos basta; luego, una vez que hayamos conocido al Padre, ya no tendremos más que buscar». Y él, queriendo mostrar que era igual al Padre, les dijo: Tanto tiempo llevo con vosotros, ¿y aún no me conocéis?2

3. Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto también al Padre3. ¿Qué significa: Quien me ha visto a mí, ha visto también al Padre, sino: «Tú no me ves, puesto que piensas que el Padre es mayor»? Quien me ha visto a mí, ha visto también al Padre. Piensas que el Padre te bastará, no por otra razón sino porque aún no me ves a mí. Muéstranos al Padre, y nos basta. Veme a mí, y te basto. Y decía esto al que le estaba viendo; al que a la vez le veía y no le veía: veía su forma de siervo y no veía su forma de Dios; si viese la forma de Dios, hubiese visto allí que el Hijo es igual al Padre; pues, existiendo en la forma de Dios, no juzgó objeto de rapiña ser igual a Dios4. Como lo era por naturaleza, no era rapiña alguna. Aquel para quien fue una rapiña cayó, y de donde cayó, de allí derribó. En efecto, el diablo quiso que el hombre derribado por él participase en la misma rapiña, para tener como compañero de suplicio al que quiso tener por consorte en el pecado. ¿Qué otra cosa dijo a los hombres sino: Gustad, y se abrirán vuestros ojos, y seréis como dioses?5 Aquí está la rapiña. Esa soberbia es una rapiña, una usurpación, no un acto de condescendencia. Si no lo usurpamos, seremos por gracia lo que no llegaremos a ser por el camino de la soberbia. A la gracia se refieren estas palabras: Yo he dicho: Sois dioses e hijos del Excelso todos6. Yo lo he dicho; pero lo que yo he dicho él lo hace. ¿Qué clase de dioses son los hombres? ¿Qué dioses? Iguales a los ángeles de Dios7. Así reza la promesa; no investiguemos más; no seremos, pues, iguales a Dios: pero, hechos iguales a los ángeles, veremos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo tal cual le creemos en la tierra. Mucho era para Felipe ver lo que dijo el Señor, pues aún cargaba con el peso del cuerpo corruptible y no había llegado lo que dice el Apóstol: Ahora vemos en enigma, como en un espejo; luego le veremos cara a cara8. Puesto que era mucho para él pensar en lo que oyó al Señor: Quien me ha visto a mí, ha visto también al Padre... Considerad que no se dijo en vano: «ha visto también al Padre». No dijo: «Quien me ha visto, ha visto al Padre», para no dar apoyo a los sabelianos, llamados patripasianos, quienes dicen que el Padre es el mismo que el Hijo, sólo que cuando quiere es Padre y cuando quiere Hijo. Para no brindar ocasión a este otro error, no dijo: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre», sino: Ha visto también al Padre; así: al Padre y al Hijo. Por tanto, el Padre y el Hijo son dos. ¿Qué es lo que son dos? Si me lo preguntas a mí, dos son el Padre y el Hijo.

4. A cualquier otra pregunta tuya, te repito la respuesta. El Padre y el Hijo, ¿qué son? ¿dioses? No, pero son dos. ¿Entonces, qué son? Un solo Dios. «No lo entiendo», dice. El Padre no es el Hijo, el Hijo no es el Padre: son dos. «El Padre es Dios, el Hijo es Dios, y ¿no son dos dioses? No lo comprendo». ¿Qué puedo decirte yo a ti, si no lo comprendes? Escucha al profeta: Si no creéis, no entenderéis9. No lo entiendes para que lo creas; pero lo crees para entenderlo. La fe es la tarea, el entenderlo es la recompensa. Si no creéis, no entenderéis. Pero escucha al mismo Señor para aprender lo que has de creer. Si me amarais, os alegraríais de que voy al Padre, puesto que el Padre es mayor que yo10. Ahora como que ha aparecido uno que entiende. «He aquí que ahora -dice- lo entiendo». El Padre es mayor que yo: habla la forma de siervo, busca la forma de Dios. Esto es lo que dijo: Si me amarais, os alegraríais de que voy al Padre, puesto que el Padre es mayor que yo. Cuando me veis ahora, me veis en lo que me hace menor. Por tanto, cuando me veis en lo que soy menor, si me amáis, (alegraos) de que vaya a donde soy igual. ¿Te extrañas de que el Hijo sea menor que el Padre en la forma de siervo? Te digo que es, incluso, menor que sí mismo, puesto que se anonadó, tomando la forma de siervo11. Si consideras como dicho de él: Ha sido hecho un poco inferior a los ángeles12; si ya has puesto tus ojos en la forma de siervo, no te quedes en ella, levántate por encima y confiesa que Cristo es igual al Padre. ¿Por qué oyes con agrado: El Padre es mayor que yo? Escucha aún con mayor satisfacción: Yo y el Padre somos una sola cosa13. He aquí la fe católica, que navega como entre Escila y Caribdis, como se cruza el estrecho entre Sicilia e Italia: de una parte, rocas que destrozan las naves, de otra, remolinos que las tragan. Si la nave va a dar contra las rocas, queda hecha trizas; si va a parar al remolino, es engullida. Así también Sabelio, que dijo: «Es uno solo; el Padre y el Hijo no son dos». Advierte el naufragio. También el arriano: «Son dos, uno mayor y otro menor, no iguales en la esencia». Advierte el remolino. Navega por entre los dos, mantén la vía recta. Si los católicos reciben el nombre de ortodoxos, no es sin motivo; «ortodoxo» es una palabra griega que en latín equivale a «recto». Así, pues, si mantienes la vía recta, evitas tanto Escila como Caribdis. Aférrate a esto: El Padre y yo somos una sola cosa. Yo y el Padre.

5. Escuche el arriano: una sola cosa; escuche también Sabelio: somos. Cuando escuchas: una sola cosa, evitarás Caribdis; cuando escuchas: somos, te guardarás de Escila. Di: somos una sola cosa, y navegarás en derechura. Ved que hemos oído: somos una sola cosa; una sola cosa, por ser de la misma esencia; una sola cosa, porque no hay desemejanza ni desigualdad de naturaleza; una sola cosa, porque la igualdad es total, ninguna la discrepancia, ninguna la diversidad. He aquí por qué hablamos de una sola cosa. ¿Por qué decimos somos? Porque el Padre y el Hijo es un solo Dios. ¿Por qué, pues, es un solo Dios, no son? Único es Dios: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es un solo Dios; son tres, pero un solo Dios. El Padre no es el Hijo, el Hijo no es el Padre, el Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo, sino el Espíritu del Padre y del Hijo; y todo ello no es más que un solo Dios. ¿Por qué un solo Dios? Porque allí es tan grande el amor, tan grande la paz, tan grande la concordia, que no hay disonancia en ninguno. Ahora te voy a dar una razón para que creas lo que no puedes comprender si no lo crees. Dime: ¿cuántas almas eran las que, según los Hechos de los Apóstoles, creyeron cuando vieron los milagros de los apóstoles? Me refiero a los judíos que habían crucificado al Señor, que llevaron sus manos ensangrentadas, que tenían oídos sacrílegos, cuya lengua fue comparada a una espada: Sus dientes son armas y saetas, y su lengua, una espada afilada14. Con todo, puesto que no en vano había orado Cristo por ellos, ni en vano había dicho: Padre, perdónales, pues no saben lo que hacen15, muchísimos de entre ellos creyeron. Así leemos que está escrito: Creyeron tres mil personas aquel día16. Ve que se trata de millares de personas; advierte cuántos millares son; sobre ellos vino el Espíritu Santo que derrama la caridad en nuestros corazones17. ¿Y qué se dijo referente a ese número de personas? Tenían un alma sola y un solo corazón18. Muchas personas: un alma sola; no por naturaleza, sino por gracia. Si mediante la gracia procedente de lo alto se convirtió en un alma sola aquel número de personas, ¿te extrañas de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sea un solo Dios? Por tanto, hermanos míos, conservad la fe solidísima, integérrima y católica. Cuando leéis o escucháis en la Escritura algo en que aparece que el Padre es mayor, pensad en la forma de siervo19; cuando, en cambio, leéis que el Padre y el Hijo son una sola cosa20, creed en su divinidad.

6. Y, si no sois capaces de pensarlo, creedlo; esa fe lleva a Dios vuestras buenas obras y hace que sean aceptadas por él. Pues todo lo que no procede de la fe es pecado21. Si alguien os pregunta: «¿Murió Cristo?», confesad que murió, pero en la carne. -¿Y quién murió? -El Hijo único de Dios, nuestro Señor Jesucristo. -Entonces, ¿muere la divinidad? -No, no muere la divinidad. -¿No murió entonces Cristo? -Sí, murió Cristo, que es Dios. -¿Cómo murió Cristo, que es Dios, si la divinidad no muere? -Del mismo modo que también murieron los apóstoles: en la carne, no en el alma. Como murió el apóstol en la carne, de la misma manera murió Cristo en la carne. Cristo murió; pero, aunque pudo morir en uno de sus componentes, no pudo morir en su divinidad. Pues en el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios22. ¿Dónde está la muerte? En ningún lado. La Palabra no fue hecha en el principio, como en el principio hizo Dios el cielo y la tierra23, obra de la Palabra. ¿Qué existía en el principio? Existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Busca ahí la muerte; no la hallarás: no hay dónde, no hay de dónde, no hay quién. No hay dónde morir, porque la Palabra no está en las manos de los judíos; no hay de dónde, porque no tiene ni carne ni sangre; no hay quién, porque es Dios, igual al Padre. ¿De dónde, pues, le llegó la muerte? La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros24.

Fuente: https://www.augustinus.it/spagnolo/discorsi/discorso_309_testo.htm

sábado, 28 de agosto de 2021

28 de agosto: San Agustín de Hipona

 

Santos y teología del corazón - San Agustín de Hipona



Obispo de Hipona y Doctor de la iglesia (354-430)
Uno de los cuatro doctores mas reconocidos de la Iglesia Latina.
Llamado "Doctor de la Gracia".
Fiesta: 28 de Agosto

San Agustín

"Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón estará insatisfecho hasta que descanse en ti" -San Agustín


Biografía Escritos Libros Oraciones
Audiencias y Homilías de SS Benedicto XVI  Carta Apostólica de JPII


 

BIOGRAFÍA DE SAN AGUSTÍN
354-430 AD

 

Una de las autobiografías más famosas del mundo, las Confesiones de San Agustín, comienza de esta manera: “Grande eres Tu, Oh Señor, digno de alabanza … Tu nos has creado para Ti, Oh Señor, y nuestros corazones estarán errantes hasta que descansen en Ti” (Confesiones, Capítulo 1). Durante mil años, antes de la publicación de la Imitación de Cristo,  Confesiones fue el manual más común de la vida espiritual. Dicho libro ha tenido más lectores que cualquiera de las otras obras de San Agustín. El mismo escribió sus Confesiones diez años después de su conversión, y luego de ser sacerdote durante ocho años. En el libro, San Agustín se confiesa con Dios, narrando el escrito dirigido al Señor. San Agustín le admite a Dios: “Tarde te amé, Oh Belleza siempre antigua, siempre nueva. Tarde te amé” (Confesiones, Capítulo 10).  Muchos aprenden a través de su autobiografía a acercar sus corazones al corazón de Dios, el único lugar en donde encontrar la verdadera felicidad … ¿Quién fue este ‘pecador que llegó a ser un santo’ en la Iglesia? 

 Los primeros años

San Agustin nació en Africa del Norte en 354, hijo de Patricio y Santa Mónica. El tuvo un hermano y una hermana, y todos ellos recibieron una educación cristiana. Su hermana llegó a ser abadesa de un convento y poco después de su muerte San Agustín escribió una carta dirigida a su sucesora incluyendo consejos acerca de la futura dirección de la congregación. Esta carta llego a ser posteriormente la base para la “Regla de San Agustín”, en la cual San Agustín es uno de los grandes fundadores de la vida religiosa.

 Patricio, el padre de San Agustín fue pagano hasta poco antes de su muerte, lo cual fue una respuesta a las fervientes oraciones de su esposa, Santa Mónica, por su conversión. Ella también oró mucho por la conversión de su entonces caprichoso hijo, San Agustín. San Agustín dejó la escuela cuando tenía diez y seis años, y mientras se encontraba en esta situación se sumergió en ideas paganas, en el teatro, en su propio orgullo y en varios pecados de impureza. Cuando tenía diez y siete años inició una relación con una joven con quien vivió fuera del matrimonio durante aproximadamente catorce años. Aunque no estaban casados, ellos se guardaban mutua fidelidad.  Un niño llamado Adeodatus nació de su unión, quien falleció cuando estaba próximo a los veinte años. San Agustín enseñaba gramática y retórica en ese entonces, y era muy admirado y exitoso. Desde los 19 hasta los 28 años, para el profundo pesar de su madre, San Agustín perteneció a la secta herética de los Maniqueos. Entre otras cosas, ellos creían en un Dios del bien y en un Dios del mal, y que solo el espíritu del hombre era bueno, no el cuerpo, ni nada proveniente del mundo material.   

La conversión de San Agustín

A través de la poderosa intercesión de su madre Santa Mónica, la gracia triunfó en la vida de San Agustín. El mismo comenzó a asistir y a ser profundamente impactado por los sermones de San Ambrosio en el Cristianismo. Asimismo, leyó la historia de la conversión de un gran orador pagano, además de leer las epístolas de San Pablo, lo cual tuvo un gran efecto en el para orientar su corazón hacia la verdad de la fe Católica. Durante un largo tiempo, San Agustín deseó ser puro, pero el mismo le manifestó a Dios, “Hazme puro … pero aún no” (Confesiones, Capítulo 8).  Un día cuando San Agustín estaba en el jardín orando a Dios para que lo ayudara con la pureza, escuchó la voz de un niño cantándole: “Toma y lee; toma y lee” (Confesiones, Capítulo 8). Con ello, el se sintió inspirado a abrir su Biblia al azar, y leyó lo primero que llego a su vista. San Agustín leyó las palabras de la carta de San Pablo a los Romanos capítulo 13:13-14:  “nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos … revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias.” Este acontecimiento marcó su vida, y a partir de ese momento en adelante el estuvo firme en su resolución y pudo permanecer casto por el resto de su vida. Esto sucedió en el año 386. Al año siguiente, 387, San Agustín fue bautizado en la fe Católica. Poco después de su bautismo, su madre cayó muy enferma y falleció poco después de cumplir 56 años, cuando San Agustín tenía 33. Ella le manifestó a su hijo que no se preocupara acerca del lugar en donde sería enterrada, sino que solo la recordara siempre que acudiera al altar de Dios. Estas fueron unas palabras preciosas evocadas desde el corazón de una madre que tenía una profunda fe y convicción.  

Obispo de Hipona

Luego de la muerte de su madre, San Agustín regresó al Africa. El no deseaba otra cosa sino la vida de un monje – vivir un estilo de vida silencioso y monástico. Sin embargo, el Señor tenía otros planes para el. Un día San Agustín fue a la ciudad de Hipona en Africa, y asistió a una misa. El Obispo, Valerio, quien vio a San Agustín allí y tuvo conocimiento de su reputación por su santidad, habló fervientemente sobre la necesidad de un sacerdote que lo asistiera. La congregación comenzó de esa manera a clamar por la ordenación de San Agustín. Sus plegarias pronto fueron escuchadas. A pesar de las lágrimas de San Agustín, de su resistencia y de sus ruegos en oposición a dicho pedido, el vio en todo esto la voluntad de Dios. Luego dio lugar a su ordenación. Cinco años después fue nombrado Obispo, y durante 34 años dirigió esta diócesis.   San Agustín brindó generosamente su tiempo y su talento para las necesidades espirituales y temporales de su rebaño, muchos de los cuales eran gente sencilla e ignorante. El mismo escribió constantemente para refutar las enseñanzas de ese entonces, acudió a varios consejos de obispos en Africa y viajó mucho a fin de predicar el Evangelio. Pronto surgió como una figura destacada del Cristianismo. 

El amor de San Agustín hacia la verdad a menudo lo llevo a controversias con diversas herejías. Por ejemplo, las principales herejías contra las cuales habló y escribió fueron las de los Maniqueos, de cuya secta había pertenecido anteriormente; de los cismáticos Donatistas que se habían apartado de la iglesia; y, durante los veinte años restantes de su vida, contra los Pelagianos, que exageraban la función del libre albedrío para hacer caso omiso a la función de la gracia en la salvación de la humanidad. San Agustín escribió mucho acerca de la función de la gracia en nuestra salvación, y más adelante obtuvo el título de doctor de la Iglesia especialmente debido a sus intervenciones con los Pelagianos. En esta línea, el mismo escribió mucho también acerca del pecado original y sus efectos, del bautismo de niños pequeños y de la predestinación.  

Escritos

San Agustín fue un escritor prolífico, que escribió más de cien títulos separados. Según lo mencionado anteriormente, San Agustín escribió su famosa autobiografía titulada Confesiones.  El mismo escribió además un gran tratado durante un período de 16 años titulado Sobre la Trinidad, meditando sobre este gran misterio de Dios casi diariamente. San Agustín escribió además la Ciudad de Dios, que comenzaba como una simple y breve respuesta a la acusación de los paganos de que el Cristianismo era el responsable de la caída de Roma.

 Dicha obra fue escrita entre los años 413-426, y es una de las mejores obras de apologética con respecto a las verdades de la fe Católica. En ella, la ‘ciudad de Dios’ es la Iglesia Católica. La premisa es que los planes de Dios tendrán resultado en la historia en la medida en que las fuerzas organizadas del bien en esta ciudad derroten gradualmente a las fuerzas del orden temporal que hacen la guerra a la voluntad de Dios. Una línea de este libro se puede apreciar a continuación: “Por tanto dos ciudades han sido construidas por dos amores: la ciudad terrenal por el amor del ego hasta la exclusión de Dios; la ciudad celestial por el amor de Dios hasta la exclusión del ego. Una se vanagloria en si mismo, la otra se gloría en el Señor. Una busca la gloria del hombre, la otra encuentra su mayor gloria en el testimonio de la conciencia de Dios” (Ciudad de Dios, Libro 14).


Conclusión de su vida

En 430 San Agustín se enfermó y falleció el 28 de agosto de ese mismo año. Su cuerpo fue enterrado en Hipona, y fue trasladado posteriormente a Pavia, Italia. San Agustín ha sido uno de los más grandes colaboradores de las nuevas ideas en la historia de la Iglesia Católica. El es un ejemplo para todos nosotros – un pecador que se hizo santo y que nos da esperanza a todos. San Agustín es actualmente uno de los treinta y tres doctores de la Iglesia. Su fiesta se celebra el 28 de agosto.
 


BASILICA DE SAN PIETRO EN EL CIEL D’ORO
(donde se encuentran los restos de San Agustín)

San Pietro en el Ciel d'Oro ("San Pedro en el cielo de oro” en italiano) es una basílica católica romana de los Agustinos en Pavía, Italia. El Papa Benedicto XVI la visito en abril del año 2007. Las primeras novedades que tenemos acerca de esta Basílica datan del año 604. La Basílica no es el edificio original. Sigue a otro que era del estilo cristiano de los principios, con columnas simples y techo de madera. La Basílica actual, de forma Románica-Lombarda, data del siglo doce. La misma fue consagrada por el Papa Inocente II en 1132. Dicha Basílica heredó el nombre de “ciel d’oro” (cielo de oro) debido a que el techo de Madera de la iglesia Cristiana de los principios era decorada con pintura de color dorado. El exterior es simplemente de ladrillos. La Basílica es mencionada por Dante, Petrarca y Boccaccio. 

La Basílica cuenta con tres naves. Al final de la nave derecha, el piso del ábside muestra los restos de un mosaico del siglo doce. En la nave izquierda, que aún constituye la construcción original, existen rastros de frescos de los siglos quince y diez y seis. La bóveda majestuosa de la nave central fue reconstruida en 1487 por el arquitecto Giacomo Da Candia de Pavia. 

La Iglesia es el lugar de reposo para los restos de San Agustín de Hipona. El presbiterio es dominado por el Arco de mármol de San Agustín, erigido sobre una cripta. Esta es una obra de arte de la escultura Lombarda del siglo catorce. La misma se encuentra decorada con 95 estatuas.  En el año 1327, el Papa Juan XXII expidió la bula papal Veneranda Santorum Patrum, en la cual  nombra a los Agustinos custodios de la tumba de San Agustín, que fue erigida nuevamente en 1362 y tallada de manera elaborada con escenas de la vida de San Agustín. Dichas escenas incluyen la conversión de San Agustín, su bautismo, los milagros luego de su muerte y el traslado de sus reliquias a Pavia.   

Existe además una cripta en la cual se encuentra enterrado Severino Boezio. El alma de su gran cónsul, senador y filósofo es mencionado por Dante en el décimo canto de “il Paradiso.”  A la derecha de la cripta yace el cuerpo de Liutprando, rey de los Lombardos. Se lo considero por siempre merecedor del esplendor que aseguró a esta Basílica por transferir las santas reliquias de San Agustín desde Sardinia en el año 724.

Estas reliquias, descubiertas en la cripta en el año 1695, actualmente yacen en una urna de plata al pie del Arco de mármol. 

La sacristía de la Basílica es imponente. Con una bóveda acanalada, la misma es rica en decoraciones “grotescas”, atribuidas al siglo diez y seis. Existe también un lienzo del siglo diez y seis que ilustra a San Agustín conversando con San Jerónimo. Los dos altares de mármol son obras del escultor Giovanni Scapolla, oriundo de Pavia. Uno de ellos esta dedicado a Santa Rita, y data del año 1940. El otro, esta dedicado al Sagrado Corazón, y data del año 1963. 

El Arca de San Agustín
Se trata de una pequeña descripción enciclopédica de la fe de las virtudes teologales, cardinales y monásticas. Se encuentran representados también algunos episo
dios de la vida de S. Agustín, el Gran Doctor de la Iglesia: su conversión, bautismo por S. Ambrosio, los milagros, muerte.. 430 d. C. – y el traslado de sus reliquias a Pavía. Detrás del Arca, aparece una porción de mosaico octagonal, de la Catedral de la antigua Hipona, donde Agustín fue Obispo - 395 / 430 d. C. El fresco que cubre la bóveda del ábside remonta al año 1900. En un fondo de falso mosaico dorado domina la figura del Redentor sentado en trono y flanqueado por el Apóstol San Pedro y S. Agustín con su madre Mónica.
 

 

 


PENSAMIENTOS DE SAN AGUSTÍN
 

“Ama a Dios, y haz lo que quieras.” –Sermón acerca de Juan 1, 7:8.

“Nada conquista excepto la verdad y la victoria de la verdad es el amor.” -Sermones 358, 1. “Victoria veritatis est caritas.”

“El amor es la belleza del alma.”

“Tarde te amé, Oh Belleza siempre antigua, siempre nueva. Tarde te amé. Tú me has llamado, y me has llamado insistentemente, y has suprimido mi sordera. Tu has brillado con luz y has puesto mi ceguera a volar! Tu has emanado fragancia, y me he quedado sin aliento, y he suspirado por ti. Te he conocido, y he tenido hambre y sed de Ti. Tú me has tocado, y he sido encendido por tu paz.” -Confesiones, Capítulo 1.

"¡Oh verdad, verdad, cómo suspiraba ya entonces por ti desde las fibras más íntimas de mi corazón!".

¡Pobre de mí, que me creí apto para el vuelo, abandoné el nido y caí antes de poder volar!".

"La medida del amor es el amor sin medida"

"¿Los hombres salen a hacer turismo para admirar las crestas de los montes, el oleaje de los mares, el copioso curso de los ríos, los movimientos de los astros.Y, sin embargo, pasan de largo de sí mismos".

"No busques que dar. Date a ti mismo".

"Conocerse de verdad a uno mismo no es otra cosa que oir de Dios lo que el piensa de nosotros".

"El hombre bueno es libre, incluso cuando es esclavo".

"Si queréis recibir la vida del Espíritu Santo, conservad la caridad, amad la verdad y desead la unidad para llegar a la eternidad".

 


ESCRITOS DE SAN AGUSTÍN


Confesiones (segmentos):
¡Tarde te amé, Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad!
A ti, Señor, me manifiesto tal como soy
Cristo murió por todos
Alcancemos la sabiduría eterna

Vida Espiritual
Virtudes Cardinales/morales

De sus sermones
Nueva Creación en Cristo Sermón 8
Sembrad siempre buenas obras Sermón 11
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado Sermón 19
El corazón del justo se gozará en el Señor Sermón 21,1-4
El Señor se ha compadecido de nosotros Sermón 23
Sufre por mis ovejas Sermón 32
Dichosos los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa -Sermón 103
Estad siempre alegres en el Señor Sermón 171
La fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo Sermón 185
Seremos saciados con la visión de la Palabra -Sermón 194
Juan era la voz, Cristo es la Palabra Sermón 293
La voz del que clama en el desierto (Sobre la Natividad de S. Juan Bautista)
María dio fe al mensaje divino y concibió por su fe
Cantemos aleluya al Dios bueno que nos libra del mal

Sobre la oración (Carta a Proba)
Que nuestro deseo de la vida eterna se ejercite en la oración
Debemos, en ciertos momentos, amonestarnos a nosotros mismos con la oración vocal
No sabemos pedir lo que nos conviene
El Espíritu intercede por nosotros

Sobre la Ciudad de Dios
En todo lugar ofrecerán incienso a mi nombre y una ofrenda pura

Sobre los mártires
Administró la sangre sagrada de Cristo (Sobre S. Lorenzo)
Estos mártires, en su predicación, daban testimonio de lo que habían visto (San Pedro y San Pablo)
Preciosa es la muerte de los mártires, comprada con el precio de la muerte de Cristo

A los pastores:
Somos cristianos y somos obispos
Los pastores que se apacientan a sí mismos
El ejemplo de Pablo
Que nadie busque su interés, sino el de Jesucristo
Prepárate para las pruebas
Ofrece el alivio de la consolación
Los cristianos débiles
Insiste a tiempo y a destiempo
Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros

De sus comentarios sobre los salmos:
Cantad a Dios con maestría y con júbilo Salmo 32
En Cristo fuimos tentados, en Él vencimos al diablo Salmo 60
Los de fuera, lo quieran o no, son hermanos nuestros (sobre los cristianos separados)
El Señor es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía Salmo 47
No pongamos resistencia a su primera venida, y no temeremos la segunda Salmo 95,14.15
Las promesas de Dios se nos conceden por su Hijo  Salmo 109
El Señor Jesucristo es el verdadero Salomón  Salmo 126

Comentario sobre Gálatas:
Entendamos la gracia de Dios.
Hasta ver a Cristo formado en vosotros

Sobre el Evangelio de Juan:
Llega una mujer de Samaria a sacar agua #15
El doble precepto de la caridad  #17
Cristo es el camino hacia la luz, la verdad y la vida #34
Llegarás a la fuente, verás la luz #35
El mandamiento nuevo #65
Que la fuerza del amor supere el pesar por la muerte #123
Dos vidas #124
La Iglesia está fundada sobre la piedra que confesó Pedro #124,5

Otras obras:
La misma vida se ha manifestado en la carne  Tratado sobre la 1 carta de S. Juan
Creer en las Escrituras por la autoridad de la Iglesia Católica
En su libro De Doctrina Christiana expone los principios para la interpretación Bíblica.
Jesucristo es del linaje de David según la carne. Sobre la predestinación
Damos culto a los mártires con un culto de amor y participación
Vicente venció en aquel por quien había sido vencido el mundo
 


ALGUNOS LIBROS


Confesiones
El espejo de las Sagradas Escrituras
El matrimonio y la concupiscencia
El único Bautismo
La Immortalidad del Alma




TARDE TE AMÉ
San Agustín


Tarde te amé, belleza infinita tarde te amé,
Tarde te ame belleza siempre antigua y siempre nueva!

Y supe, Señor que estabas en mi alma y yo estaba fuera, así te buscaba mirando la belleza de lo creado.

¡Tarde te amé belleza infinita, tarde te ame, tarde te ame, belleza siempre antigua y siempre nueva!.
Señor tu me llamaste, tu voz a mi llegó, curando mi sordera con tu luz brillaste cambiando mi ceguera en un resplandor,
¡Tarde te amé belleza infinita,
tarde te ame, tarde te ame, belleza siempre antigua y siempre nueva!.

Tu estabas conmigo, mas yo buscaba fuera y no te encontraba, era un prisionero de tus criaturas, lejos de Ti.
¡Tarde te amé belleza infinita, tarde te ame, tarde te ame, belleza siempre antigua y siempre nueva!.
 Hasta mí, ha llegado el aroma de tu gracia, por fin respiré, Señor yo te he buscado, siento hambre y sed, ansío tu paz.
¡Tarde te amé belleza infinita, tarde te ame, tarde te ame, belleza siempre antigua y siempre nueva!.
 


1650° ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO
DE SAN AGUSTÍN, OBISPO DE HIPONA

ORACIÓN A SAN AGUSTÍN
COMPUESTA POR JUAN PABLO II






¡Oh gran Agustín,
nuestro padre y maestro!,
conocedor de los luminosos caminos de Dios,
y también de las tortuosas
sendas de los hombres,
admiramos las maravillas que la gracia divina
obró en ti, convirtiéndote en testigo apasionado
de la verdad y del bien,
al servicio de los hermanos.

Al inicio de un nuevo milenio,
marcado por la cruz de Cristo,
enséñanos a leer la historia
a la luz de la Providencia divina,
que guía los acontecimientos
hacia el encuentro definitivo con el Padre.

Oriéntanos hacia metas de paz,
alimentando en nuestro corazón
tu mismo anhelo por aquellos valores
sobre los que es posible construir,
con la fuerza que viene de Dios,
la "ciudad" a medida del hombre.

La profunda doctrina
que con estudio amoroso y paciente
sacaste de los manantiales
siempre vivos de la Escritura
ilumine a los que hoy sufren la tentación
de espejismos alienantes.

Obtén para ellos la valentía
de emprender el camino
hacia el "hombre interior",
en el que los espera
el único que puede dar paz
a nuestro corazón inquieto.

Muchos de nuestros contemporáneos
parecen haber perdido
la esperanza de poder encontrar,
entre las numerosas ideologías opuestas,
la verdad, de la que, a pesar de todo,
sienten una profunda nostalgia
en lo más íntimo de su ser.

Enséñales a no dejar nunca de buscarla
con la certeza de que, al final,
su esfuerzo obtendrá como premio
el encuentro, que los saciará,
con la Verdad suprema,
fuente de toda verdad creada.

Por último, ¡oh san Agustín!,
transmítenos también a nosotros una chispa
de aquel ardiente amor a la Iglesia,
la Catholica madre de los santos,
que sostuvo y animó
los trabajos de tu largo ministerio.

Haz que, caminando juntos
bajo la guía de los pastores legítimos,
lleguemos a la gloria de la patria celestial
donde, con todos los bienaventurados,
podremos unirnos al cántico nuevo

                                 del aleluya sin fin. Amén. 


Fuente: Corazones.org