miércoles, 22 de agosto de 2018

Santa Marìa, Reina del Universo

María,  Reina del Universo

La coronación de la Virgen tiene el significado de proclamar la realeza de Nuestra Señora.

En el acto de coronarla proclamamos:

1. Que la Virgen María es Reina del Universo no sólo en sentido metafórico, sino también en sentido estricto, literal y propio.

El fundamento principal de la realeza de María es su divina maternidad, que la eleva al orden hipostático y la une indisolublemente con su divino Hijo Rey universal.

2. Que María es también Reina del Universo también por derecho de conquista, como Corredentora de la humanidad.

3. Que la potestad regia de María, aunque muy propia y verdadera, no es total y absoluta como la de su Hijo, sino limitada y relativa, o sea recibida y participada de la de Jesucristo.

4. Que en sentido analógico y en plena dependencia y subordinación a la realeza de Jesucristo, corresponde también a María la triple potestad legislativa, judicial y en el reino de Cristo.

5. Que a semejanza y en perfecta dependencia de Jesucristo el reino de María no es un reino temporal y terreno, sino más bien un reino eterno y universal: reino de verdad y de vida, de santidad, de gracia, de justicia, de amor y de paz.

6. Que María empezó a ser reina en el momento mismo en que concibió por obra del Espíritu Santo a Jesucristo Rey; reafirmó su realeza por derecho de conquista con su compasión al pie de la cruz de Jesús; la ejerció sobre la Iglesia primitiva sobre los apóstoles y primeros discípulos del Señor, y sigue y seguirá ejerciéndola eternamente en el cielo sobre todos los seres creados.


Coronándola reina de una nación en particular, los fieles de ese pueblo proclaman el reinado de María en particular sobre los corazones de los hijos de esa tierra y su sumisión filial.


Catequesis de S.S. Juan Pablo II Audiencia General de los Miércoles, 23 de julio de 1997

1. La devoción popular invoca a María como Reina. El Concilio, después de recordar la asunción de la Virgen «en cuerpo y alma a la gloria del cielo», explica que fue «elevada (...) por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen gentium, 59).

En efecto, a partir del siglo V, casi en el mismo período en que el concilio de Éfeso la proclama «Madre de Dios», se empieza a atribuir a María el título de Reina. El pueblo cristiano, con este reconocimiento ulterior de su excelsa dignidad, quiere ponerla por encima de todas las criaturas, exaltando su función y su importancia en la vida de cada persona y de todo el mundo.

Pero ya en un fragmento de una homilía, atribuido a Orígenes, aparece este comentario a las palabras pronunciadas por Isabel en la Visitación: «Soy yo quien debería haber ido a ti, puesto que eres bendita por encima de todas las mujeres tú, la madre de mi Señor, tú mi Señora» (Fragmenta: PG 13, 1.902 D). En este texto se pasa espontáneamente de la expresión «la madre de mi Señor» al apelativo «mi Señora», anticipando lo que declarará más tarde san Juan Damasceno, que atribuye a María el título de «Soberana»: «Cuando se convirtió en madre del Creador, llegó a ser verdaderamente la soberana de todas las criaturas» (De fide orthodoxa, 4, 14: PG 94 1.157).

2. Mi venerado predecesor Pío XII en la encíclica Ad coeli Reginam, a la que se refiere el texto de la constitución Lumen gentium, indica como fundamento de la realeza de María, además de su maternidad, su cooperación en la obra de la redención. La encíclica recuerda el texto litúrgico: «Santa María, Reina del cielo y Soberana del mundo, sufría junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (MS 46 [1954] 634). Establece, además, una analogía entre María y Cristo, que nos ayuda a comprender el significado de la realeza de la Virgen. Cristo es rey no sólo porque es Hijo de Dios, sino también porque es Redentor. María es reina no sólo porque es Madre de Dios, sino también porque, asociada como nueva Eva al nuevo Adán, cooperó en la obra de la redención del género humano (MS 46 [1954] 635).

En el evangelio según san Marcos leemos que el día de la Ascensión el Señor Jesús «fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). En el lenguaje bíblico, «sentarse a la diestra de Dios» significa compartir su poder soberano. Sentándose «a la diestra del Padre», él instaura su reino, el reino de Dios. Elevada al cielo, María es asociada al poder de su Hijo y se dedica a la extensión del Reino, participando en la difusión de la gracia divina en el mundo.

Observando la analogía entre la Ascensión de Cristo y la Asunción de María, podemos concluir que, subordinada a Cristo, María es la reina que posee y ejerce sobre el universo una soberanía que le fue otorgada por su Hijo mismo.

3. El título de Reina no sustituye, ciertamente, el de Madre: su realeza es un corolario de su peculiar misión materna, y expresa simplemente el poder que le fue conferido para cumplir dicha misión.

Citando la bula Ineffabilis Deus, de Pío IX, el Sumo Pontífice Pío XII pone de relieve esta dimensión materna de la realeza de la Virgen: «Teniendo hacia nosotros un afecto materno e interesándose por nuestra salvación ella extiende a todo el género humano su solicitud. Establecida por el Señor como Reina del cielo y de la tierra, elevada por encima de todos los coros de los ángeles y de toda la jerarquía celestial de los santos, sentada a la diestra de su Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, obtiene con gran certeza lo que pide con sus súplicas maternal; lo que busca, lo encuentra, y no le puede faltar» (MS 46 [1954] 636-637).

4. Así pues, los cristianos miran con confianza a María Reina, y esto no sólo no disminuye, sino que, por el contrario, exalta su abandono filial en aquella que es madre en el orden de la gracia.

Más aún, la solicitud de María Reina por los hombres puede ser plenamente eficaz precisamente en virtud del estado glorioso posterior a la Asunción. Esto lo destaca muy bien san Germán de Constantinopla, que piensa que ese estado asegura la íntima relación de María con su Hijo, y hace posible su intercesión en nuestro favor. Dirigiéndose a María, añade: Cristo quiso «tener, por decirlo así, la cercanía de tus labios y de tu corazón; de este modo, cumple todos los deseos que le expresas, cuando sufres por tus hijos, y él hace, con su poder divino, todo lo que le pides» (Hom 1: PG 98, 348).

5. Se puede concluir que la Asunción no sólo favorece la plena comunión de María con Cristo, sino también con cada uno de nosotros: está junto a nosotros, porque su estado glorioso le permite seguirnos en nuestro itinerario terreno diario. También leemos en san Germán: «Tú moras espiritualmente con nosotros, y la grandeza de tu desvelo por nosotros manifiesta tu comunión de vida con nosotros» (Hom 1: PG 98, 344).

Por tanto, en vez de crear distancia entre nosotros y ella, el estado glorioso de María suscita una cercanía continua y solícita. Ella conoce todo lo que sucede en nuestra existencia, y nos sostiene con amor materno en las pruebas de la vida.

Elevada a la gloria celestial, María se dedica totalmente a la obra de la salvación para comunicar a todo hombre la felicidad que le fue concedida. Es una Reina que da todo lo que posee compartiendo, sobre todo, la vida y el amor de Cristo.




miércoles, 15 de agosto de 2018

La Asunción de María


Asunción de María

Que asunta hoy al cielo, sea siempre nuestra Madre, 

guía y compañera de camino hasta la eternidad.

Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer 


En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor! Y dijo María: Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia- como había anunciado a nuestros padres - en favor de Abraham y de su linaje por los siglos. María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.

Reflexión

Celebramos hoy una de las fiestas más grandes de la Sma. Virgen: la festividad de su Asunción a los cielos.

Todos conocemos el contenido del misterio del día de hoy: María fue llevada al cielo con su cuerpo y con su alma. Ella es el único ser humano - a excepción de su Hijo Jesús - que está en el cielo con su cuerpo. Esa es la verdad de fe que el Papa Pio XII ha dogmatizado en el año 1950.

Pero, ¿por qué este privilegio? Sabemos que María ha tenido en su cuerpo inmaculado a Cristo, el Hijo de Dios, y le ha dado un cuerpo humano. Y el Hombre-Dios está con su cuerpo glorioso en el cielo. Conviene, por eso, que también su Madre participe en esta incorruptibilidad y glorificación del cuerpo. Y así está también Ella con su cuerpo transfigurado en el cielo.

La Asunción es así como la coronación de su vida y nos da una visión más clara de Ella. Es compañera y ayudante de Cristo durante toda su vida: desde la encarnación hasta la cruz, y ahora también lo es en el cielo. Y así participa en el Reino de Cristo y de la Sma. Trinidad.

Por eso es la más poderosa abogada del cielo. Y como está con su cuerpo, está también con su corazón humano, con su corazón maternal. Y porque no solo es la Madre de Cristo, sino también nuestra Madre, entendemos cómo y por qué actúa siempre desde el cielo por nosotros, sus hijos. Y entendemos también por qué nos acoge y nos arraiga en su corazón de Madre.


Y ahora nos preguntamos: ¿qué quiere decirnos Dios por medio de este dogma de la Asunción? La Virgen glorificada en el cielo es un signo de esperanza y de promesa para todos nosotros. En Ella podemos ver prefigurado nuestro propio destino.

La idea de la muerte hace temblar a muchos hombres, incluso a muchos cristianos. Es natural cierto temor ante lo desconocido, como también el dolor por la separación de una persona querida.

Pero para muchos no se trata sólo de esto: En el fondo no creen que también nuestros cuerpos resucitarán como el de Cristo. Piensan que después de la muerte llevaremos una especie de vida a medias, como hombres incompletos, como ánimas.

María, en el misterio de su Asunción en cuerpo y alma, nos recuerda que la plenitud del hombre se alcanzara precisamente más allá de la muerte.
Recién allá Cristo colmará nuestra alma y nuestro cuerpo de su vida nueva. Recién allá se alcanzará nuestra liberación definitiva, que incluye también la liberación de la muerte. Por eso, sólo Cristo es nuestro verdadero liberador, que nos resucitará a todos.

La Sma. Virgen fue la primera. Ella mereció seguirle a Cristo antes que nadie en su Resurrección, porque como nadie le siguió aquí en la tierra. Por eso, desde el cielo, María nos recuerda también la importancia de esta vida terrenal. Es en nuestra lucha diaria, en medio de este mundo, donde se va conquistando poco a poco nuestra propia Resurrección. Así habrá una continuidad total entre nuestra vida en la tierra y nuestra vida en el cielo.

Por lo demás, podemos preguntarnos también: ¿por qué Dios quiso proclamar este dogma de la Asunción recién en el siglo XX? Porque consta, que esta fe en su glorificación corporal es de lo más antiguo en la Iglesia.

Me parece que Dios quiso manifestar, en la imagen de la Asunta, la dignidad del cuerpo humano y, muy especialmente, la dignidad del cuerpo de la muerte. Cada mujer nació para ser un reflejo de María, para irradiar esa nobleza y realeza de Ella. Cuando encontramos niñas y mujeres así, nos emocionan, porque son como un recuerdo de María.

Sin embargo, nuestro mundo de hoy se esfuerza por destruir esta imagen noble de la mujer. Trata de reducirla a la simple categoría de instrumento de placer. Basta mirar los quioscos de revistas o la propaganda de las películas, para ver la imagen de mujer que se le vende hoy a las personas.

No podremos construir un país más cristiano, si no forjamos también un tipo nuevo y digno de mujer, según la imagen de María. El idealismo, la moral y la fecundidad de un pueblo se mantiene o desmorona con sus mujeres.

Queridos hermanos, hoy en esta fiesta queremos pedirle a la Asunta que Ella siempre nos recuerde la dignidad y nobleza a que toda mujer está llamada.

Con Ella, la mujer revestida del Sol y coronada de estrellas, queremos estar, un día todos juntos en el cielo. Pidámosle, por eso, también que Ella vele maternalmente por cada uno de nosotros y nos conduzca a la Casa del Padre.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt



miércoles, 8 de agosto de 2018

Oración por los niños por nacer a la Virgen de Luján



Oración del pueblo a la Virgen Gaucha

Madre del pueblo argentino
Virgen gaucha de Luján
Hoy tus hijos doloridos
Te venimos a implorar.

La Patria está dividida
Y reina la oscuridad
Al niño que no ha nacido
Hoy lo quieren degollar.

La Patria tiene una historia
Y siempre estuviste vos
Tus brazos fueron la cuna
En donde ella nació.

Este espíritu tenían
Los que hicieron la nación
Te entregaban las banderas
Y en tus manos el bastón.

Así lo hizo Belgrano
En Tucumán y venció
Derrotando a los realistas
Con tu santa protección.

San Martín cruzó Los Andes
Y el bastón te regaló
Protegiste a sus tropas
Y él el triunfo te ofreció.

Por eso es que el pueblo unido
Para arreglar tanto mal
Te entrega el bastón de mando
Virgencita de Luján.

El bastón que te entregamos
Tiene al niño por nacer
Cuídalo Madre querida
Y haz que pueda florecer.

No permitas que haya leyes
Que lo quieran degollar
Protégelo Madrecita
Virgen Santa de Luján.

Y así todos hermanados
Guíes a nuestra nación
Salvemos a las dos vidas
Para la Gloria de Dios.




lunes, 6 de agosto de 2018

La Transfiguración de Jesús

La transfiguración del Señor: la casa encendida
Con la transfiguración, se nos da una idea de lo que nos espera después de la muerte

Por: P. Jesús Martí Ballester | Fuente: Catholic.net



Dice San León que: “El fin principal de la transfiguración era desterrar del alma de los discípulos el escándalo de la cruz”.

Por eso los llevó a un monte alto, para ilustrarlos acerca de su pasión, para hacerles ver que era necesario que el Cristo padeciese antes de entrar en su gloria, conforme a lo anunciado por los profetas (Lc 24,25); para sostener aquellos corazones atribulados y desfallecidos”.

El escenario será el monte Tabor. El Tabor es un monte redondo, gracioso, solitario, que con sólo trescientos metros de altura, destaca por su figura excepcional y su separación de otras montañas.

Situado en el extremo nordeste de la llanura de Esdrelón, dista de Cesarea setenta kilómetros. Es uno de los montes con más personalidad de toda Palestina. Su verdor contrasta con la desnudez de las alturas cercanas.

La subida 

El camino, siguiendo la vía del mar, es fácil y placentero. Bordeando el lago, se llega al pie del monte. Acompañan a Jesús Pedro, Santiago y Juan.

Los mismos testigos de su agonía en Getsemaní, pues la glorificación del Tabor y el anonadamiento del huerto son la cara y la cruz de todo el evangelio. Para que la correspondencia sea más rica, la cruz está presente en la glorificación y el consuelo no faltará en la cruz.

Una reacción es igual, los discípulos se duermen en ambos escenarios. Casi siempre será lo mismo. Jesús solo en su luz inaccesible, en su dolor mortal. Al otro lado quedan los discípulos, incapaces por el sueño de ingresar en la esfera purísima de la aparición, y de compartir la gloria y la angustia del Señor.

Paradojas: La agonía y la transfiguración. El bautismo y la transfiguración. La tesis y la antítesis se funden y se transparentan. No es posible encontrar un episodio de la vida de Jesús que sea sólo cruz o sólo gloria. Todos sus pasos llevan el sello de esa ambivalencia que llegará al extremo en el instante final de su vida, de supremo anonadamiento y exaltación.

“Cristo se hizo obediente hasta la muerte de cruz y por eso el Padre lo exaltó”. A la humillación del bautismo, el Padre se hizo presente con la alabanza suprema: “Este es mi Hijo muy amado, en quien me complazco”.

Son las mismas palabras que resuenan en el aire estremecido del Tabor, en la gloria de su rostro como el sol, de sus vestidos luminosos, pero acibaradas por su alusión al sufrimiento y a la ignominia. ¿Los apóstoles estaban acongojados por la atroz predicción de su Maestro?

Su ternura compasiva aligera cada momento de su programa de obediencia al Padre, para que sirva de provecho y enseñanza y aliento a aquellos hombres débiles que tanto ama.

El relato de Lucas 

“Unos ocho días después de este discurso cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a la montaña a orar. Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, y sus vestidos refulgían de blancos. De pronto hubo dos hombres conversando con El, Moisés y Elías, que aparecían resplandecientes y hablaban de su éxodo, que iba a completar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño; pero se espabilaron, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con Él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:

-Maestro, viene muy bien que estemos aquí nosotros; podríamos hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

No sabía lo que decía. Mientras hablaba se formó que los cubría. Salió de la nube una voz que decía: Este es mi Hijo elegido. Escuchadlo. Cuando cesó la voz, Jesús estaba solo” (Lc 9,28).

Moisés y Elías. En medio, Jesús. 

La Ley y los Profetas, flanqueando el Evangelio, como en la mente de Dios y en su voluntad de salvación, que se había de cumplir en el tiempo. Igual que en el triunfo escatológico, cuando Jesucristo sea exaltado como rey y centro de todas las edades. Jesús, resplandeciente sobre un monte de la tierra.

A diez kilómetros de Nazaret, por donde había caminado vestido de humildad, y de carne opaca. Ahora, desanuda el vigor y la belleza de su ser, reprimidos por las leyes de la encarnación, y permite que aparezcan, y fulguren, y fascinen a quienes los contemplan.

Quiere que su alma, unida al Verbo y gozando la visión beatífica de Dios, desborde su gloria hasta redundar en el cuerpo, como hubiera sido siempre su estado connatural, si él no hubiera querido oscurecer sus efectos.

La nube 

Una nube los cubría. Es la nube. La nube de larga historia: aquella historia de Dios enlazada con la historia de los hombres, que denota la presencia del Señor. La nube cubrió el tabernáculo (Ex 40,34).

La nube garantizaba todas las intervenciones divinas: "El Señor dijo a Moisés: Yo vendré a ti en una nube, para que vea el pueblo que yo hablo contigo y tengan siempre fe en ti” (Ex 19,9). Esa nube cubre ahora a Jesucristo y de ella brota la voz poderosa: “Este es mi Hijo elegido, escuchadlo”.

La nube que se había cernido sobre María en la Encarnación: “El Espíritu Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por eso al que va a nacerlo llamarán consagrado, Hijo de Dios” (Lc 1,35).

La nube que delata y oculta; la nube, esa sombra que, como dice San Agustín, se produce siempre que la luz de Dios se encuentra con un cuerpo para alguna encarnación. La nube que acreditará el triunfo de Jesús en su ascensión (Hech 1,9), y en su retorno (Mc 13,26), cuando los que le hayan seguido se le incorporen, envueltos en nubes de victoria (1 Tes 4,17).

“No tengáis miedo” 

Añade Mateo: “Los discípulos cayeron sobre su rostro, presos de un gran temor. Se acercó a ellos Jesús y, tocándoles, dijo: Levantaos. No tengáis miedo” (Mt 17,6). Jesús provoca el temor y luego lo disipa. Es un temor que despierta al alma purificándola. Temor necesario para que no rebajemos la grandeza de Dios hasta el nivel de nuestra rutina o de nuestros proyectos mundanos.

Jesús rectifica la imagen común del Reino hablando de padecimientos y muerte; después se lleva a los apóstoles hasta un monte y, entre nubes, manifiesta su gloria. Porque él es el Señor, cuyos pensamientos distan de los nuestros como el cielo de la tierra, y porque siempre busca el modo de consolar, no atemperando sus planes a nuestros deseos, sino haciéndonos levantar los ojos por encima de este mundo.

El libro del Apocalipsis, libro de consolación escrito al final de la era apostólica, tras la persecución de Nerón y en vísperas de la de Domiciano, sigue este mismo método, no prometiendo milagros que eviten el dolor; sino definiendo la fugacidad de este tiempo y proclamando, contra los emperadores terrenos de pies de barro, la certidumbre del Cristo poderoso, transfigurado ya para siempre, anunciado ya anteriormente por la profecía de Daniel.

La caducidad de este mundo

Baltasar, rey de Babilonia aún estaba temblando, por la visión de la mano que escribía sobre la pared su perdición, en medio del banquete sacrílego en el que habían profanado el rey y sus cortesanos y sus mujeres, los vasos sagrados del Templo de Jerusalén. Daniel le reveló el sentido de las fatídicas y enigmáticas palabras.

Baltasar fue asesinado aquella misma noche. Le sucedió Darío y en su tiempo, Daniel tiene la visión que vamos a interpretar. Para comprender su mensaje, hemos de situarnos histórica y psicológicamente en el mundo del autor y en su mentalidad judía, profética y apocalíptica.

Daniel combina la historia y la mitología, con la tradición y el futurismo mesiánico, para crear la convicción de que al final de los tiempos el reino de Dios será entregado al pueblo de los santos de Dios, el resto de Israel, presidido por su Cabeza.

Como al principio de la creación todo fue obra del "viento", del Espíritu, así ahora los cuatro vientos del cielo agitan el océano de modo que lo que salga de él será obra del "ruah" de Yahvé. Y aparecen cuatro bestias, identificadas con los cuatro imperios: babilónico, medo, persa y griego, manejados, en su espectacular poderío, por la providencia de Dios.

Vio Daniel cuatro fieras que salían del océano: La primera, el león con alas de águila, rey del mundo animal, corresponde a la cabeza de oro de la estatua del capítulo segundo.

Esta bestia, Darío, tiene "corazón de hombre", porque reconoció al Dios de Daniel, con lo cual dejó de ser una fiera que luchaba contra el reino de Dios: "El rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas de la tierra: Ordeno y mando: Que en mi imperio todos respeten y teman al Dios de Daniel.

Él es el Dios vivo que permanece siempre. Su reino no será destruido, su imperio dura hasta por siempre. Él salva y libra, hace signos y prodigios en el cielo y en la tierra. El salvó a Daniel de los leones".

La segunda fiera, es un oso, que corresponde al pecho de plata de la estatua. Esta era el imperio medo. La tercera, el leopardo, que equivale a las piernas de bronce, es el imperio persa.

Sus cuatro alas simbolizan la celeridad de sus conquistas en todas las direcciones, y sus cuatro cabezas la representación de los cuatro reyes de Persia que conoce la Biblia: Ciro, Jerjes, Astrajerjes y Darío el persa. La cuarta, horrible y espantosa, corresponde a los pies de hierro y de barro de la estatua, y representa el imperio griego, en cuyo tiempo vivía Daniel.

Sus diez cuernos eran diez reyes contemporáneos. El undécimo, que "blasfemará contra el Altísimo e intentará aniquilar a los santos y cambiar el calendario y la Ley", era Antíoco IV Epífanes.

Todos estos reinos habían sido reflejos de la acción de Dios en la tierra e instrumentos punitivos de su Providencia.

La profecía escatológica de Daniel 7,9

Hasta aquí la historia. A partir de este momento viene la profecía escatológica. La visión continúa. Un anciano de muchos años, sin principio ni fin, de blanca túnica y cabellera blanca, símbolo de la pureza y rectitud, a quien sirven miles y miles, se sienta en un trono de fuego purificador.

Comienza el juicio y el insolente undécimo cuerno es matado, descuartizado y echado al fuego. A los demás se les deja vivos durante un tiempo. Cuando todo parece concluido, aparece la más sorprendente novedad, desenlace de toda esta visión apocalíptica.

Entre las nubes del cielo viene como un hombre a quien se le da "poder, honor y reino". Extraordinario contraste porque mientras todos los reinos de la tierra vinieron del océano, el reino de Dios viene de arriba, del mismo Dios.

No es como una fiera sino semejante a un ser humano. Es el rey mesiánico a quien se le da el "poder real y el dominio sobre todos los reinos bajo el cielo". Daniel identifica a este Mesías, hijo de hombre, con el pueblo de los santos. Es un mesianismo colectivo, definitivo y eterno.

Profetiza el triunfo del Cristo total en su tensión escatológica, la gloria del Cuerpo Místico de Cristo, el fulgor de la Iglesia, como se lo aplicó a sí mismo Jesús al identificarse con el Hijo del Hombre, que vendría sobre las nubes del cielo y con cuantos creen en El.

"¿Por qué me persigues?", le dirá a Pablo. Este es el rey de quien "Una voz desde la nube dice en el Tabor: “Escuchadle”" (Mc 9, 1).

¿El hombre Jesús necesitaba Confirmación? 

¿El hombre Jesús ha quedado afectado por su opción por el camino de la cruz? A sus amigos ya les ha anunciado su pasión y muerte. La sombra amarga de la suprema humillación y aniquilamiento no pesa sólo sobre ellos, sino también sobre él; ¿acaso no es hombre de carne y sangre?

Jesús necesita afirmarse y afirmar su identidad de Hijo de Dios, sobre todo en los más íntimos. Por eso: "Cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a la montaña a orar". Se transfiguró y sus vestidos resplandecían de blancura. Su realidad, que permanecía oculta, se manifestó. Dios le llenó desde dentro.

Entrar en oración es llegar a la fuente fresca de la transfiguración, allí donde la luz tiene su manantial. Todo cambia en la oración. El encuentro de Jesús con su Padre fue confortador y estimulante. Glorificador.

Dos hombres conversan con él de su "Éxodo". Los dos guías máximos de la fe de Israel, que han precedido a Jesús y le han esperado, ahora, como compañeros suyos, conversan con él de su muerte: "Yo para esto he venido" (Jn 12,27). Es el tema de mayor importancia y el que más preocupa a Jesús y a sus discípulos. Desde este momento Jesús ve su muerte como un éxodo al Padre.

La transfiguración es una victoria oculta. Es como una luz que ilumina la tiniebla de la pasión, como esperanza que desvela el sentido del camino de la muerte de Jesús y de los suyos. He ahí la pedagogía de la transfiguración y el punto culminante del evangelio.

Viviremos siempre. “Si con él morimos, viviremos con él” (2 Tm 2,11). La muerte sólo es un episodio, un tramo necesario del camino, sin el cual no podemos llegar a la meta. Un túnel después del cual está la luz. "Somos ciudadanos del cielo". La transfiguración de Jesús es la transfiguración del hombre.

Visión de Santa Teresa

Cuenta Santa Teresa que hablando de Dios con el Padre García de Toledo, su confesor, vio a Jesús transfigurado que le dijo: "En estas conversaciones yo siempre estoy presente". Y el Padre se hizo presente y su voz desde la nube decía: "Este es mi Hijo, el Elegido. Escuchadlo".

Era como decirles: No os escandalicéis de su muerte en cruz, es mi voluntad y el único camino de la Redención. Ese hombre que camina hacia la muerte es mi Hijo, que no sólo tiene la naturaleza de Dios, sino que también recibe su poder.

Seguid el camino que él va a recorrer. Su muerte y vuestra muerte terminarán en una glorificación transfigurada. Esa es la cara oculta de Jesús que no veíais. Estaba oculta y seguirá estándolo, pero ya habéis visto momentáneamente, que la oscuridad de la cruz, encubre la luz encendida e inmarcesible.

Como Israel salió de Egipto en dirección a la tierra prometida, el éxodo de Cristo desde Jerusalén, irá de la muerte a la resurrección. A Pedro se le ha quedado grabada hondamente la escena y nos lo dice:

"El recibió de Dios Padre el honor y la gloria cuando desde la grandiosa gloria se le hizo llegar esta voz: “Este es mi hijo, a quien yo amo, mi predilecto”. Esta voz llegada del cielo, la oímos nosotros estando con él en la montaña sagrada. Es una lámpara que brilla en la oscuridad, hasta que despunte el día y el lucero de la mañana nazca en vuestros corazones" (2 Pd 1,18).


La Palabra del Padre nos invita a la obediencia a Jesús, cuya vida y palabra es el camino trazado por el Padre, que nos manda escucharle para caminar con Jesús en el desierto, hasta la crucifixión solemne, o pequeña y escondida, y la resurrección, ya que el Apóstol nos asegura que "transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo" (2 Cor 3,18).

¿Qué hay después de esta vida temporal? 

Dice el Vaticano II: "Ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte que, a pesar de tantos progresos, subsisten todavía? ¿Qué hay después de esta vida temporal?" (GS 10).

La Transfiguración del Señor da respuesta a estas preguntas, porque “Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo", para que la humanidad pueda salvarse.

Quería Pedro quedarse, ¡se estaba muy bien allí! Presiente y anhela la meta, el descanso y la plenitud consumada. No quiere pensar que hay que pasar por la muerte. San Agustín, ante el deseo de Pedro, le dice:

“Desciende, Pedro. Tú, que deseabas descansar en el monte, desciende y predica la palabra... Trabaja, suda, padece a fin de que poseas por el brillo y hermosura de las obras hechas con amor, lo que simbolizan los vestidos blancos del Señor. Desciende a trabajar en la tierra, a servir en la tierra, a ser despreciado y crucificado en la tierra; porque también la Vida descendió para ser muerta, el Pan a tener hambre, el camino a cansarse de andar, la Fuente a tener sed”.


Por eso canta gozosa la Iglesia

En la transfiguración, prenda de gloria, canta la Iglesia el Salmo 96: “El Señor reina, la tierra goza”. El Señor, se alegra la tierra entera y toda la naturaleza participa en la alegría general; todo el cosmos va a ser bendecido con el reinado del Señor. Toda la tierra, hasta las islas lejanas, que son los pueblos ribereños del Mediterráneo.

El Señor aparece entre nubes y tinieblas para velar su majestad, pero precedido de fuego purificador y aislante entre el Santo y las criaturas contaminadas. El fuego anuncia que nadie puede oponerse a la obra de su santidad y justicia.

Este salmo, anterior naturalmente al monte Tabor, reproduce la escena del Sinaí y recuerda la profecía de Habacuc 3,3. Pero su fuego y sus tinieblas no presagian calamidades y catástrofes, sino serenidad y equilibrio, justicia y sosiego. Exaltación y grandeza.

Hemos sido y estamos siendo testigos de tantas injusticias, cataclismos y desmanes y abusos de los poderosos y corruptos, que, ante el anuncio de la paz del Señor y de su justa justicia, manifestada en la Transfiguración de su Hijo Jesús, sentimos un estremecimiento de gozo.

Al contemplar la transfiguración celebramos su vida resucitada. Al celebrar la Eucaristía, velado por los accidentes del pan y del vino, comemos y bebemos al Jesús que se transfiguró y cuyos vestidos aparecieron blancos como la nieve, como los del anciano que describe Daniel: "Sus cabellos como lana limpísima, su trono llamas de fuego, que son los caracteres de Dios Padre".

Su acción ahora, aunque esté oculta a nuestros ojos, es la misma que la de entonces. "Cristo hoy y ayer, el mismo por los siglos" (Hb 13,8), preparando el lugar eterno y transfigurado que nos ha prometido. “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección ¡Ven, Señor Jesús!

Descubrir la ternura 

Augusto Valensín, jesuita francés, escribe sobre la Transfiguración a la luz de los pensamientos que vivía esperando la muerte: “Estos son los sentimientos que me gustaría tener a la hora de la muerte: pensar que voy a descubrir la ternura.

Yo sé que es imposible que Dios me decepcione. ¡Sólo esa hipótesis es absurda! Yo iré hasta él y le diré: No me glorío de nada más que de haber creído en tu bondad. May es donde está mi fuerza. Si esto me abandonase, si me fallase la confianza en tu amor, todo habría terminado. Porque no tengo el sentimiento de valer nada sobrenaturalmente. No, cuanto más avanzo por la vida, mejor veo que tengo razón al presentarme a mi Padre como indulgencia infinita.

Aunque los maestros de la vida espiritual digan lo que quieran, aunque hablen de justicia, de exigencias, de temores, el juez que yo tengo es aquel que todos los días se subía a la terraza para ver si por el horizonte asomaba el hijo pródigo de vuelta a casa. ¿Quién no querría ser juzgado por él? San Juan escribe; "Quien teme, no ha llegado a la plenitud del amor” (1 Jn 4, 18).

Yo no temo a Dios, y el motivo no es tanto que yo le ame, como el que sé que me ama él. Y no siento necesidad de preguntarme por qué me ama mi Padre o qué es lo que él ama en mí.

Me costaría mucho responder a estas preguntas. Sería totalmente incapaz de responder. Pero yo sé que él me ama porque es amor; y basta que yo acepte ser amado por él, para que me ame efectivamente. Basta con que yo realice el gesto de aceptar.

Padre mío, gracias porque me amas. No seré yo el que grite que soy indigno. Porque, efectivamente, amarme a mí tal como soy, es digno de tu amor esencialmente gratuito. Este pensamiento de que me amas porque te da la gana, me encanta. Y así puedo librarme de todos los escrúpulos, de la falsa humildad que descorazona, de la tristeza espiritual, de todo miedo a la muerte.

Fue como un relámpago 

Jesús se encamina a la muerte con serenidad, seguro de que el triunfo culminará su vida, porque su muerte será provisional y pasajera. Jesús descubre que, cuando habla a sus apóstoles de su muerte, éstos se entristecen y tratan de disuadirle.

No entienden que resucitará a los tres días. Ellos creían, como la mayoría de sus contemporáneos, en una resurrección al final de los tiempos. Aunque habían visto la resurrección del hijo de la viuda de Naín y de la niña de Jairo, no podían imaginar que regresara a la vida después de la muerte.

Si moría ¿quién iba a resucitarle a él? Por eso Jesús decide anticiparles una hora de gloria, un relámpago de luz antes de que llegue la noche, como un “anticipo” de la resurrección. ¿Pero, por qué no quiso mostrar su gloria a todos, sino que reservó este regalo a solos tres? ¿Podrían guardar un secreto tan grande entre los doce? Que lo vean tres, para que puedan testimoniarlo en la oscuridad.

Los elegidos verán también de cerca la hora de su agonía en el huerto de los Olivos. Getsemaní y Tabor son como los dos extremos de la vida de Jesús. Allí es el estallido de la humanidad de Jesús, aquí es el estallido de su divinidad. Allí, el miedo y el dolor parecen sumergir la fuerza sobrenatural de Jesús.

Aquí, es la luz de su gloria la que parece situarle fuera de las fronteras humanas. Conviene que sean los mismos testigos los que presencien estas dos horas extremas de su vida.

La maravilla del Tabor

Una gran calma rodeaba al Tabor. En el cielo no había ni una nube. Las zarzas y los cardos, ya desflorados ya y casi secos. Cuando llegaron a la cima, el Maestro comenzó su oración. Ellos, pronto se durmieron. No eran fáciles para la contemplación. También se dormirán en Getsemaní. De repente, les deslumbró un resplandor. Abrieron sus ojos y vieron que la luz procedía de Jesús. Su rostro brillaba.

Los tres evangelistas cuentan la escena con detalles. Mateo ve al Maestro como más hermoso que el sol y vestido de luz. Pero los tres subrayan que la luz sale de él. Le pertenece como algo de su propia sustancia: no es un rayo que viene de lo alto; sale de él, emana de él, radica en él. Vestido de luz se encuentra en su verdadero elemento. Es su estado más normal, dice Bernard. Fue como si hubiera desatado al Dios que era y lo tenía velado en su humanidad.

Su alma de hombre, unida a la divinidad, desborda en este momento e ilumina su cuerpo. Si la alegría de un enamorado es capaz de transformar a un hombre, ¿qué no sería aquella tremenda fuerza interior de amor en llamas que Jesús contenía para no cegar a los que le rodeaban? Jesús levanta el velo que cubría su rostro y su fuerza interior desborda en su mirada, en su gesto, en sus vestidos.

Los discípulos se sienten deslumbrados. Muchos años más tarde, san Pedro, como ya hemos dicho, recordará esta hora: “Con nuestros ojos hemos visto su majestad” (2 Pe 1, 16).

No estaba solo

Aún no habían salido de su asombro ante aquel rostro refulgente cuando advirtieron que Jesús no estaba solo. Con él conversaban dos personalidades: Moisés y Elías. Los representantes de la ley y de los profetas.

Moisés era el padre del pueblo judío cuyo rostro había visto el pueblo brillar cuando descendía del Sinaí. Elías era el profeta que había de anunciar la venida del Mesías. Hablaban. Y los apóstoles podían escuchar la conversación sobre su muerte y le animaban al dolor redentor. Su presencia anticipaba la del ángel consolador en el Huerto de la agonía.

Los tres suplirán el aliento que no le dan los discípulos, entre quienes “busqué quien me consolara y no lo hallé”. Casi siempre será así.

Pedro generoso, decidido, presuntuoso también, quiere vivir, hacerse notar, desea cumplir con los invitados, llenar su papel de entrega, de servicio y de protagonismo. Pero es generoso: ni piensa en él ni en los otros apóstoles, sino en Jesús y sus acompañantes.

Los señores duermen en los palacios o, al menos, en tiendas. Los tres esclavos dormirán ante la puerta de las tiendas.

La grandeza de Dios estalla como una tempestad

Comenta Lanza del Vasto: Entonces, en la cumbre del cielo, estalla la grandeza de Dios de manera que ni siquiera nos hubiéramos atrevido a soñar. Estalla como una tempestad, pero como una tempestad que habla.

Barre las resistencias, hace callar todo delirio y todo pensamiento y toda visión. Y toda figura se borra en la nube luminosa y ya nada subsiste en el abismo tonante, salvo la sombra luminosa de la revelación.

Los tres apóstoles comprenden que están ante algo definitivo y terrible. Por eso caen al suelo, “se prosternaron rostro en tierra, sobrecogidos de un gran temor” (Mt 17,6). Han entrado en contacto con la divinidad. Caen en oración. La zarza ardiendo está ante sus ojos, dice Martín Descalzo.

Jesús solo

Les toca el hombro y, cuando alzan la cabeza y abren los ojos, ya no ven a nadie sino a Jesús solo. Como sigue diciendo Lanza del Vasto, “ven la parte de él que está a su alcance. Porque Jesús ha vuelto a velarse con su carne para no abrasarles totalmente”.

Todo vuelve a ser familiar y sencillo: el gesto de tocarles el hombro, su soledad entre los arbustos de la montaña, la sonrisa que acoge sus rostros aterrados.

Al verle, se sienten felices de que la nube no les haya arrebatado a su Maestro como se llevó a Moisés y a Elías. Ni siquiera preguntan por ellos. Casi se sienten aliviados de que haya cesado la tremenda presencia y la luz de momentos antes.

Este es su Jesús de cada día, con él se sienten protegidos. Pero están aturdidos. No vieron venir a los dos profetas, no los han visto marcharse. Muchas cosas se han aclarado en sus corazones. Ahora entienden mejor el porvenir. Con su transfiguración, se ha transfigurado también su destino. Si muere, no morirá del todo.

Ellos han visto un retazo de su gloria. Ahora ya saben lo que su Maestro quiere decir cuando les habla de resurrección. Será algo como lo que ellos han tocado hoy con sus manos y sus ojos han visto.

Han oído, además, la voz del Padre certificando todo lo que ellos ya intuían. Han interpretado esa voz como una consagración.

Pedro lo recordará en su carta porque sabe que ha visto con sus ojos su grandeza y no sigue fábulas inventadas. Sabe que el Padre le ha dado el honor y la gloria y se siente feliz de que Dios le haya hecho conocer el poder y la manifestación de nuestro Señor Jesucristo (1 Pe 1, 16). Y los apóstoles ya no sabían si estaban llenos de terror o de entusiasmo. Sólo sabían que habían vivido una de las horas más altas de sus vidas.

Escriben Guardini y Martín Descalzo:

“Nos sentimos inclinados a creer que fue una visión. Sería lo justo si sólo nos atuviéramos a la interpretación del fenómeno. Esta nos diría que es una realidad trascendente a la experiencia humana. La índole de la aparición sugiere tal interpretación: la "luz”, no es la del universo, sino la de la esfera interior, luz espiritual; o la “nube”, palabra que designa una formación meteorológica conocida de nosotros, sino una claridad velada y celestial que se manifiesta, pero resulta inaccesible.

La irrupción súbita del fenómeno nos hace pensar también que se trata de una visión: los personajes se presentan y desaparecen de repente, sentimos el abandono de este lugar de la tierra visitado y abandonado después por el cielo. Pero visión no significa un fenómeno subjetivo, una imagen cualquiera producida por el yo, sino la manera en la que captamos una realidad superior a nosotros”.

Comenta Martín Descalzo:

“No fue pues una invención, ni un sueño, fue una realidad percibida por los apóstoles en su mundo interior, fue el descorrimiento de un velo que mil veces habían intuido y nunca comprendido”.

El mismo Guardini llama a este descubrimiento el fuego, esa unión misteriosa que hay entre el Hijo de Dios humano de Jesús y que hace de él un hombre hiperviviente en plenitud de vida humana pero elevada a dimensiones que jamás podremos los hombres entender.

Su vida no es sólo la de un hombre que ama a Dios, ni siquiera la de un hombre invadido por Dios, sino la de un hombre que es verdaderamente Dios. Esto, que nosotros creemos y sólo a medias entendemos, fue entrevisto por un momento en la cima del Tabor.

Esa unión misteriosa estalló en el rostro de Jesús, y los tres apóstoles vieron algo de lo que nosotros sólo veremos en el día final, cuando contemplaremos a Jesús enteramente, descubriendo ese arco de fuego que iluminaba y elevaba más allá de lo humano su humanidad.

La transfiguración fue un rápido relámpago de la luz de la resurrección, de la verdadera vida que a todos nos espera, de esa gracia de la que tanto hablamos y nunca comprendemos. Esa noche los apóstoles no podrían dormir ni un momento, rumiando su visión.

Jesús les prohibió contar a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos (Mt 9,9). Les hubiera gustado hablar de ello y profundizar en lo ocurrido. ¿Cómo compaginar lo que han visto con esa muerte a la que Jesús sigue aludiendo? ¿Y qué resurrección es ésa que parece más una supervida que un simple volver a vivir?

Ellos creen que un día los muertos volverán a vivir, han visto volver a levantarse de la muerte a dos muchachos llamados a la vida por Jesús, pero lo que acaban de ver es mucho más. Y no logran descubrir la naturaleza de esa resurrección con la que Jesús será favorecido. Pero por qué si esta luz existe ya, hay que pasar por la muerte para llegar a ella.

“Esto se les quedó grabado -dice Marcos-, aunque discutían qué querría decir aquello de resucitar de la muerte” (9, 10). Sólo después de la resurrección contaron lo que en este glorioso atardecer habían entrevisto.

El Jesús de la tarde 

Hacia ese horizonte de dolor se encamina ahora Jesús. Sus años de predicación han terminado. Ha expuesto ya a los hombres su mensaje con palabras. Tiene que demostrar, en una última semana trágica, que todo lo que ha dicho es verdad.

Será necesario dejar las palabras, para que se vea sólo a la Palabra. Y Jesús se encamina hacia la muerte. Ya no es el muchacho feliz, que comenzó a predicar hace sólo dos años. ¡Cuánto ha envejecido! ¡Qué cruel ha sido su choque con la iniquidad humana!

A ese Jesús de la noche al que todos nos encontraremos en la frontera de nuestra muerte y nuestra resurrección, rezaba Santa Gertrudis:

“¡Oh Jesús, amor mío, amor de la noche de mi vida! Alégrame con tu vista en la hora de mi partida. ¡Oh Jesús de la noche!

Haz que duerma en ti un sueño tranquilo y que saboree el descanso que tú has preparado para los que te aman”.

Jesús Martí Ballester
jmarti@ciberia.es

Fuente: Catholic.net

jueves, 26 de julio de 2018

ÉL ME ESCOGIÓ PARA SER


ÉL ME ESCOGIÓ PARA SER


"Antes de haberte formado yo en el vientre, te conocía." 
(Jer 1, 5)

Nuestras mentes no pueden comprender cuán especial es cada alma para Dios. No entendemos la dignidad de ser elegidos por su Bondad para vivir, pensar, conocer, ver y amar.

No somos por casualidad — hemos sido elegidos por Dios para existir. Antes de que el tiempo comenzara, Dios nos escogió a cada uno y esta elección fue deliberada. Dios vio a todos los posibles seres humanos que podría crear a lo largo de la historia del mundo. Sobre los posibles billones de seres humanos que pudieran existir en la mente de Dios — su Ojo se fijó en cada uno de nosotros y entonces se detuvo y dijo," Tú serás." Vio a todos los que podrían haber sido y decidió que no serían. Su providencia nos puso en un tiempo y estado de vida que pudiera extraer nuestro mayor potencial.

Nos dio a cada uno talentos especiales, dones y virtudes naturales, destinados todos ellos hacia un conocimiento más profundo de Él mismo. Incluso aquéllos cuyas circunstancias les impiden conocerlo directamente, poseen una convicción profunda de Su existencia y providencia.

Nos colocó a cada uno un sistema de radar interno que nos advierte del peligro y nos garantiza intuitivamente Su cuidado, para que nunca estemos alejados de Él y no nos privemos del conocimiento de Su existencia.

La Mano que nos formó a cada uno dejó Su impronta en nuestras mentes y almas, porque Él nos hizo a Su propia imagen. El alma que Él insufló sobre esta obra de Sus Manos —nuestro cuerpo— fue grabado con algo de Su amor — Su poder creativo — Su fuerza.

Nosotros reflejamos Su eternidad, una vez que Su voluntad nos llamó de la nada, nos convertimos en inmortales — nuestra alma nunca morirá.


"Yahveh desde el seno materno me llamó;
desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre." 
(Is. 49, 1)

Leemos en el Evangelio de S. Juan que, cuando Jesús se apareció a María Magdalena, ella pensó que era el jardinero. Su mente no estaba lista para la Resurrección y entonces oyó su nombre—" ¡María!" ¿Fue el tono de voz lo que le hizo reconocer a Jesús o fue porque el Dios-hombre lo pronunció? ¿Quizá tenía la resonante cualidad del eco lo que llegó a sus oídos? Ese nombre fue pronunciado por Dios antes de que ella naciera —antes que comenzara el tiempo. A su sonido despertó una criatura, primero salió de la nada, después salió del pecado y ahora salió de la tristeza. La primera vez que fue pronunciado, decretó su nacimiento — la segunda vez ella vino a ser —la tercera le llamó a su renacimiento, y ahora, después de la Resurrección, le llamó a reconocer a su Dios en Espíritu, en ella, en su prójimo y en la fe. Cuando un hombre pronuncia un nombre es principalmente una llamada para servir, pero cuando Dios lo pronuncia, da vida, poder, gracia y alegría. Cuando Jesús dijo, "Lázaro sal fuera", un hombre muerto resucitó; cuando Él cambió el nombre de Simón a Pedro, le dio una misión específica y el poder a un hombre. Cuando Él tronó," Saúl, Saúl, por qué Me persigues”, un hombre fue cegado de golpe, transformado y llamado con el nombre de Pablo. Qué estupendo y cuán afortunados somos; pues Dios nos llama constantemente por nuestro nombre y nos da la gracia para cambiar y responder a Su amor.


"Fuiste tú quien del vientre me sacó, 
a salvo me tuviste en los pechos de mi madre; 
a ti me confiaron al salir del seno, 
desde el vientre materno tú eres mi Dios.” 
(Sal. 22, 9-10)

El salmista comprende que fue el Señor Dios quien lo sostuvo en Su regazo; pero su madre natural lo alimentó y lo cuidó. Ve a Dios sostener su cuerpo, dándole la fuerza y todas las funciones corporales necesarias para crecer. No debemos perder nunca de vista esta realidad. Ni por un momento, Dios ha dejado de cuidarnos, proveyéndonos y amándonos. Incluso en esas ocasiones en que parecía que otros se hacían cargo de nuestro crecimiento y cuidado —se hacía en el regazo de Dios — el cuidado amoroso de un Padre compasivo, quién nunca dejó de cuidarnos. Él lo hacía tan silenciosamente que no éramos conscientes de Su preocupación. Era como que si Su poder pudiera asustarnos o Su fuerza aplastarnos, es por ello que se ocupó de nuestra formación y crecimiento con la tal ternura y silencio. Es desafortunado que nosotros hayamos confundido silencio con ausencia y ternura con abandono.


“Porque tú has formado mis riñones, 
me has tejido en el vientre de mi madre;... 
Mi aliento conocías cabalmente, 
mis huesos no se te ocultaban, 
cuando era formado en lo secreto, 
tejido en las honduras de la tierra." 
(Sal. 139, 14-15)

Sólo Dios nos conoce como somos. Cuando el Salmista dice que Dios nos conoce cabalmente, él quiere decir cada aspecto de nuestra creación, vida, talentos, temperamento y características. Él sabe las cruces que vendrían a nuestro camino y como cada una nos ayudaría a cambiar, moldear y conformar nuestra alma a Su Imagen. Como todos los padres, espera el día en que verá claramente Su reflejó en nosotros. Él nos anticipó el elegirle sobre todas las cosas y ve la gloria maravillosa que esa elección nos proporciona. Él vio la santidad que podríamos obtener, la humildad de corazón que sería como un escudo a nuestro alrededor. Él vio las lágrimas que Su amor enjugaría suavemente y las veces que se inclinaría para tomar y sostener nuestra mano cuando cayéramos en desgracia. Él vio nuestras malas elecciones y se apenó por nuestro dolor y entonces buscó maneras de sacar lo bueno de todo. Sí, nos conoció entonces, profundamente y profundamente nos conoce ahora y — todavía Él nos ama.


".. en tu libro están inscritos los días que me has fijado, 
sin que aún exista el primero." 
(Sal. 139, 16)

Tenemos una baja opinión sobre nosotros mismos — nuestro sentido de la justicia de Dios es muy severo — nuestro concepto de Su misericordia, pobre — nuestro gozo en Su amor, efímero. Reservamos nuestras expresiones de amor a Dios como un acto de gratitud después de algún favor recibido. ¿Cuán a menudo pensamos en el amor de Dios por nosotros antes que comenzara el primer día de nuestra existencia? ¡Con qué amor y cuidado Él nos dio a luz y determinó la longitud de nuestros días! Nosotros no somos por casualidad. Tenemos una misión que cumplir, un lugar que ocupar en Su Reino, un deber que realizar y un trabajo que llevar a cabo. Somos importantes para Dios y una parte integral de la historia de la salvación. Cada ser humano ejerce una influencia, cambia a las personas para el bien o el mal, construye o destruye, se sirve o crea oportunidades. Podemos decir ciertamente que cada ser humano cambia el mundo para el bien o el mal y el mundo no es el mismo porque cada uno de nosotros ha vivido en él. No importa cuán insignificante sea nuestro papel, la humildad de nuestra posición, o lo desconocido de nuestra contribución, cada uno de nosotros deja una marca en alguna parte de este mundo. Sin portentos Él nos elige con gran cuidado y determina nuestro curso con amor infinito. ¡Qué don es la vida!


"El Espíritu santo te vendrá sobre ti," 
el ángel respondió a María, 
"y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra." 
"He aquí la esclava del Señor..., 
hágase en mí según tu palabra." 
(Lc 1, 35-38)

Qué maravillas y misterios de Dios envuelve este corto párrafo. El mundo entero esperaba, estudiaba, discernía, ayunaba y oraba por la venida del Santo. El relato de Su Encarnación es corto, pero lleno de alimento para el pensamiento. Dios envió a un ángel a pedirle a María que consintiera ser la Madre del Redentor. Él respeta el poderoso regalo que nos ha dado. Él no realizará esta maravilla de maravillas sin su consentimiento. El ángel le dijo que no temiera —su virginidad quedaría asegurada — fue el Espíritu Santo, envolviendo este precioso Templo del Señor, el que dijo "Permite que la Palabra se haga Carne." La misma Voz que cubrió con sus alas la nada y dijo, "haya luz", daría a luz a la Palabra Eterna y lo pondría en la cuna del útero de María. En el instante en que su voluntad concurrió con la Voluntad del Padre, la Palabra se hizo Carne y habitó entre nosotros.

Hay muchas opiniones hoy acerca de cuando un embrión se convierte en persona — un ser humano — una especie con poderes para decidir y realizar. ¿Cuándo se implanta el alma en el cuerpo de un ser humano en vías de desarrollo? Algunos dicen que cuando el corazón empieza a latir, otros cuando las ondas cerebrales comienzan a funcionar. ¿Qué dice la Escritura? ¿Qué prueba visible poseemos para resolver este misterio?

Nosotros sabemos que "Jesús fue como nosotros en todo excepto en el pecado." Debemos ver si la Palabra Encarnada en el útero del Templo Inmaculado de Dios —María—fructificó, fue poderosa —viva — una Persona Divina — Dios — hombre. La escritura nos dice que el ángel Gabriel había informado a María que su prima Isabel había concebido un hijo en su vejez. Inmediatamente después del anuncio de su propia Maternidad, " En aquellos días, se puso en camino María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá. “Estamos hablando aquí de un viaje de unos ocho kilómetros — un viaje hecho por una mujer que acababa de decir su "Amén” a Dios. No había ninguna duda en su mente de que ella inmediatamente poseyó y llevó en su útero al Hijo de Dios.

Tan evidente era la Presencia Divina dentro del ella — tan poderosa y fuerte esa diminuta semilla que, en cuanto ella saludó a su prima Isabel, el niño que Isabel llevaba experimentó la fuerza de la Palabra hecha Carne. Isabel y su hijo de seis meses sintieron la Presencia de Aquel que los sacó de la nada. El Dios-hombre que había sido puesto justo un día antes en la oscuridad del seno de María Inmaculada, dio la luz de la santidad y la gracia santificante a Su viviente, pero aún no nato, Precursor. La madre y el niño sintieron una Presencia y sus almas sintieron, humildes y jubilosas. "Isabel exclamó a gritos: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor?" Era ciertamente un misterio para Isabel. El Hijo Encarnado de Dios empezó la redención de la humanidad y la propagación de la Buena Nueva tan pronto como Él fue hecho Carne.

En el momento de la Encarnación, Isabel estaba en su sexto mes y Lucas nos informa que María se quedó con ella tres meses — hasta el nacimiento y circuncisión de Juan el Bautista. No hay ninguna duda de que María realizó esa visita inmediatamente después de que la Palabra se hiciera Carne. No puede haber pues ninguna duda en nuestras mentes acerca de cuando se unen alma y cuerpo para formar un ser hecho a imagen y semejanza de Dios. Es en la concepción.

Si sólo hubiera habido en María el principio de un cuerpo, sin un alma humana unida a la Divinidad, no habría habido ninguna reacción por parte de Isabel y su hijo nonato —ninguna exclamación de sorpresa por el honor de ser visitados y cuidados por la propia Madre de Dios. La maternidad empieza ciertamente cuando hay un ser completo dentro de una mujer, un ser con un cuerpo y un alma, unidos para formar juntos una persona humana. Isabel atestiguó la verdad de esta realidad llamando a María la Madre de su Señor. Ella vio dos misterios en una mirada intuitiva — la Encarnación del Mesías y la realidad de una persona totalmente humana en la concepción.

Cuándo Dios dice, "haya vida" ¿nos atreveremos a decir "no será?


"¿O no sabéis que vuestros cuerpo es templo del Espíritu Santo, 
que está vosotros y habéis recibido de Dios, 
y que no os pertenecéis? 
¡Habéis sido bien comprados! 
Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo. 
(1 Cor 6, 19)

Tenemos tendencia a pensar que nuestro cuerpo es nuestro y que podemos hacer con él lo que nos gusta. Pero esto no es así. Hemos sido creados por Dios — creados como débiles seres humanos — una parte humana otra espiritual. Nuestra dignidad como seres humanos fue degradada en el principio, por el orgullo y la rebelión de nuestros primeros padres, Adán y Eva, y después por nuestras propias malas decisiones. El amor de Dios por nosotros inventó un modo de levantarnos sobre nuestra degradación — sobre nuestra propia naturaleza, y nos escogió como seres a los que Él podría llamar legítimamente "hijos". Envió a Su propio Hijo a tomar nuestra carne sobre sí — vivir y morirse como uno de nosotros y después resucitarlo de la muerte para que fuéramos liberados de la esclavitud del pecado. ¡Qué precio se pagó por alguien de naturaleza tan frágil, tan vacilante en su voluntad y tan inclinada al mal! El Gran Rey busca un campesino para elevarlo a la dignidad de un Príncipe. Cada uno de nosotros es un tipo de Cenicienta que es atraído por el Rey para vivir una nueva vida. La elección es nuestra, pero el premio es Suyo — Él tiene ya derecho sobre todo lo que somos, todo lo que poseemos. Él sólo tiene el bien para darnos. ¿Por qué preferimos tan a menudo lo que nos daña? ¿Es el derecho de escoger el bien y el mal más precioso para nosotros que la paz, la felicidad y la alegría? ¿Preferiríamos ser miserables y emplear mal nuestra libertad para elegir, en lugar de ser humildes y admitir que Dios Sabe lo que es mejor para nosotros? ¿Qué precio pagó para salvarnos y qué precio pagamos cuándo hacemos nuestra voluntad? No, nosotros no tenemos derecho a hacer cuanto deseamos con nuestra vida o con la de otros. Nuestra vida pertenece a Dios y ese Dios es bastante poderoso para mantenerla, suficientemente bueno para sostenerla y lo bastante prudente para atender todas sus necesidades.

Nuestro cuerpo, dice S. Pablo, es casa del Espíritu del Señor. Es un Templo. Profanarlo por el pecado o quitarle la vida que da el espíritu, es cometer una injusticia con Dios, los hombres y uno mismo — con Dios porque lo creó y Le pertenece, con nuestro prójimo porque necesita ver a Dios irradiar en nuestras vidas y a nosotros porque fuimos creados para ser hijos de Dios y herederos de Su Reino.

Nos olvidamos que todo lo que Dios creó es bueno. En el Libro de Génesis, para asegurárnoslo, después del relato de cada día, dice Dios "vio que era bueno." Si esto es verdad en la creación de los seres inanimados y los animales, cuánto más verdadero en la del ser humano — hecho a imagen y semejanza de Dios. Aquellas cosas que no convienen a nuestras vidas es lo que hacemos la mayor parte del tiempo, pero, incluso en estas circunstancias, Dios saca lo bueno de ellas para nosotros. El único mal en el mundo es el pecado, por el pecado se destruye y se mata, pero la gracia de Dios resucita las almas muertas y las hace nuevas por el arrepentimiento, la confesión y la absolución. Una vez más Dios puede decir, "es bueno — es muy bueno."


"Escuchadme.... los que habéis sido transportados desde el seno, 
llevados desde el vientre materno, Hasta vuestra vejez. 
Yo seré el mismo, hasta que se os vuelva el pelo blanco, yo os llevaré,” 
(Is. 46, 3) 
"Serás como un hijo del Altísimo, y él te amará más que tu madre,” 
(Eclo 4, 10). 
“Como aquel a quien su madre consuela, así yo os consolaré.” 
(Is. 66, 13). 
"Yo, yo soy tu consolador.
 ¿Quién eres tú que tienes miedo del mortal y del hijo del hombre, 
al heno equiparado?” 
(Is 51, 12).

Sí, nosotros no apreciamos el don de la vida. Hemos olvidado la realidad del cuidado y del amor de Dios por nosotros desde la Concepción a la muerte. Contemplamos la naturaleza como si esta obra irracional, hecha por la mano de Dios, decidiera nuestro destino — el destino de unos seres inteligentes. Buscamos en el mundo directrices para pensar y actuar. Miramos a nuestro vecino e intentamos medir sus conceptos e ideales. Buscamos guía y ayuda por todas partes y en cualquier parte, pero no nos dirigimos al Origen de nuestra vida, la Causa de nuestro ser, el Dispensador de nuestra inteligencia y la Vida de nuestro espíritu.

Algunos contemplan su nacimiento como un accidente, la vida como un mal necesario y la muerte como una resignación a lo inevitable. La visión puede nublarse tanto, por el egoísmo, las estadísticas y el orgullo, que un útero que da la vida se ha convertido en una tumba de muerte. Hay otros cuyos conceptos de la vida se estrechan, su futuro es tan desesperado y su presente tan insufrible, que la única solución a su problema es la extinción completa de esta vida. Y hay muchos que viven en un tipo de oscuro mundo — la oscuridad de lo inferior — de desesperación, sin un pensamiento sobre Dios, el amor o lo que pueda venir. Viven dentro del círculo de sus propios pensamientos, deseos egoístas y odio a sí mismos. Si aquellos que viven en estas actitudes dolorosas y frustrantes, comprendieran solo cuánto les ama Dios, cómo tienen un lugar en Sus planes, cómo cuida de ellos y desea que estén con Él en Su Reino. Ciertamente la comprensión de ser creados, sostenidos, amados y cuidados desde la concepción, en la vida y en la muerte, aseguraría la libertad a los nonatos, daría fuerza a los desamparados y confianza a los desesperados.

Dios tiene toda nuestra vida en la palma de Sus Manos — podemos descansar seguros en nuestro pasado, presente y futuro porque Él nos ama.

Fuente: EWTN