DEL DON DE LA PERSEVERANCIA
Traductor: Toribio de Castro, OSA
CAPÍTULO XVIII
A las veces, la predestinación se designa con el nombre de presciencia; así dice el Apóstol: No rechazó Dios a su pueblo, que conoció en su presciencia129. Esta palabra "praescivit", previo (presupo), no tiene otro significado que predestinar, como se ve por el contexto. Tratábase de las reliquias de los judíos, que habían sido salvas, dejando perecer a los demás, pues poco antes había dicho lo que el profeta decía a Israel: Todo el día tuve mis manos extendidas a ese pueblo incrédulo y rebelde130; y como si alguien hubiese respondido: "¿Dónde quedan entonces las promesas de Dios a Israel?", el Apóstol añade al punto: Y digo yo ahora: ¿Por ventura ha desechado Dios a su pueblo? No por cierto, porque yo mismo soy israelita, del linaje de Abrahán y de la tribu de Benjamín131; como si dijera: "Yo soy de esa misma plebe"; y por fin, añade la frase de que aquí tratamos: No rechazó Dios a su pueblo, que conoció en su presciencia132. Y para demostrar que la salvación de aquel pequeño número de israelitas fue gracia de Dios y no mérito de sus obras añade: No sabéis lo que de Elías refiere la Escritura, de qué modo dirige éla Dios sus quejas contra Israel133, etc., etc. ¿Mas qué le responde el oráculo divino? Heme reservado siete mil hombres, que no han doblado su rodilla ante Baal. Donde es de notar que no dice: "Me han reservado" o "Se me reservaron", sino Heme reservado134. Así, pues, en este tiempo, por elección de gracia, por elección gratuita, se ha salvado ese pequeño número residuo. Más si por gracia, es decir, gratuitamente, luego no por sus Obras; de otra manera, la gracia no sería gracia135. Y como conclusión de todo lo que acabamos de referir: ¿Qué, pues?, dice respondiendo a esta interrogación: Que Israel no ha hallado lo que buscaba (la justificación), pero la han hallado los escogidos, habiéndose cegado todos los demás136. Por estos escogidos y por este pequeño número de israelitas salvados por la elección de su gracia designa San Pablo al pueblo, que no rechazó, porque lo previo. Esta es aquella elección mediante la cual a los que quiso, escogió en Cristo antes de la creación del mundo para ser santos y sin mácula en su presencia, por caridad, habiéndolos predestinado a ser hijos suyos adoptivos137. Por consiguiente, a nadie que entienda estas cosas le está permitido dudar o negar que donde dice el Apóstol: No rechazó Dios al pueblo suyo, al cual conoció en su presciencia, quiso significar la predestinación. Conoció previamente el pequeño número de israelitas que por elección de su gracia se había de salvar, esto es, los predestinó. Sin duda, los conoció previamente (los presupo) si los predestinó, pues predestinar es saber previamente (presaber) lo que El mismo había de hacer.
CAPÍTULO XIX
48. Cuando los intérpretes de la Escritura divina nos hablan de la presciencia de Dios refiriéndose a la vocación de los elegidos, debemos entender la dicha predestinación, ya que, quizá, usaron de esta palabra porque choca menos y se entiende mejor, y, por otra parte, se adecúa perfectamente a la verdad, que se relaciona con la predestinación de la gracia. Lo que sé es que nadie ha podido, sin caer en error, contradecir esta doctrina que, fundados en la autoridad de la sagrada Escritura, defendemos sobre la predestinación. Y pienso que a los que quieren conocer la opinión de los santos Doctores en esta cuestión debe serles suficiente la autoridad de varones tan ilustres y conspicuos en la doctrina cristiana como los Santos Cipriano y Ambrosio, cuyos preclaros testimonios hemos aducido, y admitir, sin vacilaciones y epikeyas, ambas cosas, a saber: que la gracia de Dios es de todo en todo gratuita, y así hay que creerlo y enseñárselo a los fieles y que la predicación de esta doctrina no obsta a la exhortación de los perezosos ni a la corrección de los malos, puesto que dichos santos varones, al hablar de la gracia de Dios, afirman: "De nada debemos gloriarnos, porque nada es nuestro"; "Ni nuestro corazón m nuestros pensamientos están en nuestra potestad"; y, sin embargo, ni el uno ni el otro dejaron de exhortar ahincadamente a la observancia de los preceptos divinos. Sin duda que no temían que alguien les dijera: "¿A qué vienen vuestras exhortaciones y vuestras correcciones, si no hay bien alguno que provenga de nosotras, ni están en nuestro poder nuestro corazón ni nuestros pensamientos?" No temían esta objeción, aunque sabían muy bien que solamente a muy pocos se les concede recibir la doctrina de salvación directamente del mismo Dios o por ministerio de los ángeles, en tanto que la inmensa mayoría ha de recibirla por ministerio y predicación de los hombres. No obstante, de cualquier modo que se nos anuncie la palabra de Dios, siempre es efecto de su gracia el que la sigamos de manera que nos sometamos a ella.
49. Así, pues, dichos excelentísimos intérpretes de las santas letras, enseñando la doctrina de la verdadera gracia de Dios como debo ser enseñada, esto es, aquella a la que no precede ningún mérito humano, no cesaron de exhortar al cumplimiento de los divinos preceptos, a fin de que quienes recibiesen el don de obediencia oyesen los mandatos que debían obedecer. Si a la gracia precede algún mérito nuestro, ciertamente ese mérito provendrá de algún hecho, dicho o pensamiento, lo que implica alguna buena voluntad; pero con toda brevedad y concisión abarcó toda clase de méritos el que dijo: "De nada hornos de gloriarnos, porque nada es nuestro"; y quien dijo que "Ni nuestro corazón ni nuestros pensamientos están en nuestra mano", comprendió, sin duda, lo que podemos hacer o decir, ya que todas las acciones y palabras del hombre proceden del corazón o del pensamiento. ¿Qué más podía hacer el glorioso mártir y muy sabio Doctor San Cipriano que recomendarnos en la exposición de la oración dominical el orar por los enemigos de la fe cristiana? Y en el mismo lugar, nácenos ver que el initium fidei es don de Dios, como también, al demostrarnos que la Iglesia de Cristo pide todos los días la perseverancia final, nos enseña que Dios sólo es quien la da a los que perseveran. San Ambrosio, exponiendo lo que dice San Lucas Evangelista: Parecióme también a mí138, dice: "Este designio de San Lucas no procede únicamente de sí mismo, porque no ha sido formado por su sola voluntad, sino según agradó a aquel que habla de mí, Cristo, que hace que lo que es bueno en sí mismo, hace que nos parezca bien a nosotros, pues llama a aquel de quien se compadece, y, por tanto, quien sigue a Cristo, interrogado por qué quiso ser cristiano, puede responder: Parecióme a mí también". Y al decir esto no niega que Dios sea también el autor de ese designio: Dios prepara la voluntad de los hombres139, y todo lo que hacen los santos para honrar a Dios es efecto de la gracia divina. Demás de esto, al exponer la repulsa de los samaritanos, que no quisieron recibir a nuestro Señor Jesucristo cuando subía a Jerusalén, dice: "Nota que no quiso ser recibido por los que no estaban sinceramente convertidos; si hubiese querido, de indevotos los hubiese convertido en muy devotos y entregados a Él. El porqué no lo recibieron, el mismo evangelista nos lo dice: Porque su faz era de quien caminaba a Jerusalén. Los discípulos bien querían entrar en Samaria; pero Dios llama y santifica a los que le place. ¿Qué más evidente, qué más preciso podemos pedir a los intérpretes de la sagrada Escritura, si nos place oír lo que bien claramente nos dicen los sagrados textos? Más que suficientes son estos dos preclaros testimonios, pero añadamos el tercero. San Gregorio paladinamente afirma que nuestra fe en Dios y la confesión de esta fe es dádiva divina cuando dice: "Confesad la Trinidad en un solo Dios, o, si os agrada más, decid que las tres divinas personas tienen una misma naturaleza, y nosotros pediremos a Dios que os conceda profesar por su Santo Espíritu lo que creéis. "Sin duda que os lo concederá, estoy seguro; pues quien dio lo principal, dará lo secundario; quien dio el creer, dará el confesarlo.
50. Por ende, tan ilustres y santos doctores, que nos enseñan que no tenemos NADA de qué gloriarnos como de cosa nuestra y que Dios no nos haya dado; que ni siquiera nuestro corazón y nuestros pensamientos están en nuestra mano; que lo atribuyen todo, absolutamente todo a Dios y que confiesan que de Él recibimos la conversión y la perseverancia, que nos parezca bien y queramos aquello que es bueno, que honremos a Dios, que recibamos a Cristo para que de la infidelidad o indiferencia pasemos a la piedad y devoción, que creamos en la beatísima Trinidad y la confesemos pública, mente, todo esto lo atribuyen a la gracia de Dios, lo reconocen como dones del Señor, paladinamente atestiguan que proceden de Él, no de nosotros mismos; ¿y habrá, algunotanatrevido que ose afirmar que, reconociendo así el poder de la gracia divina, vengan a negar su presciencia, cuando hasta los más ignaros y rudos la confiesan y la palpan? Ciertamente, si sabían que Dios es el dador de estos dones, y que previo que los había de otorgar, y que no podía menos de saber a quién se los había de dar, no hay duda de que reconocían la predestinación, que contra los nuevos herejes nosotros tan laboriosa y diligentemente defendemos, y que nos fue enseñada por los mismos apóstoles, a quienes predicando la obediencia a Dios nuestro Señor y exhortando fervorosamente a la misma, nadie, sin embargo, podía decirles: "Si no queréis que esa obediencia a que tan ardorosamente nos exhortáis se entibie en nuestros corazones, no nos prediquéis la gracia de Dios diciendo que Dios da lo mismo que nos exhortáis que hagamos".
CAPÍTULO XX
51. Ahora bien: si los apóstoles y los doctores de la Iglesia que les sucedieron y han seguido sus huellas, enseñando y predicando ambas cosas, a saber: la gratuidad de los dones de Dios y su gracia, que no se da según nuestros méritos, y la devota obediencia a sus salvadores preceptos, ¿por qué estos nuestros hermanos, a despecho y pesar de la fuerza de la verdad, que les obliga a cerrar la boca, se atreven, no obstante, a decir que, aunque sea cierto lo que se dice de la predestinación, no se debe predicarlo al pueblo? Todo lo contrario; hay que predicarlo, y muy alto, para que el que tenga oídos de oír, que oiga140. ¿Y quién los tiene, si no los ha recibido de aquel que dice: Les daré corazón de conocer y oídos de oír?141 Quien no los haya recibido, que lo rechace si le place; pero el que lo entiende, que tome y beba; beba y viva. Así como se ha do predicar la piedad, para que el que tenga oídos de oír rinda a Dios el culto que le es debido, y se le ha de predicar la pureza, a fin de que no cometa pecado contra la preciosa virtud, y se le ha de predicar la caridad, para que ame a Dios y al prójimo, así también se ha de predicar y enseñar la predestinación, para que el que tenga oídos de oír, se gloríe no en sí mismo, sino en Dios nuestro Señor.
52. Dicen también esos hermanos que no había necesidad de discutir cosa tan incierta, con la que se ha turbado el corazón de los poco inteligentes, y que esta doctrina de la predestinación no ha sido necesaria para defender con celo y eficacia durante tantos años la fe católica contra los herejes, especialmente contra los pelagianos, en los libros de tantos escritores católicos y aun en los míos anteriores. Me admira sobre manera oír tales afirmaciones. Paren mientes, y no hablo más que de mis obras, en que fueron escritas antes de que Pelagio empezase a inocular el veneno de su herejía, y, sin embargo, no conociendo todavía la insidiosa herejía pelagiana, ¡cuán certeros golpes le asestamos al predicar y enseñar que la gracia, mediante la cual Dios nos libra de nuestros males, errores y costumbres, no se nos da en vista de nuestros buenos méritos, sino según su gratuita misericordia! Y de esto me di perfecta cuenta cuando al principio de mi episcopado escribí el tratado que dediqué a Simpliciano, Obispo de Milán, de feliz memoria, cuando también conocí y afirmé y demostré que el initium fidei es don gratuito de Dios.
53. De todos mis libros, el de las Confesiones es el más divulgado y el que mayor aceptación ha tenido; y aunque lo escribí y publiqué mucho antes de aparecer la herejía pelagiana, decía en ellos y muchas veces repetía a nuestro Dios y Señor: "Da lo que mandas y manda lo que quieras"142. En cierta ocasión, un querido hermano y coepíscopo, hablando con Pelagio en Roma, las recordó, y el hereje se puso tan furioso y descompuesto, que casi se viene a las manos con aquel hermano nuestro. ¿Qué es lo que primero y principalmente manda Dios sino que creamos en El? Por tanto, eso nos lo da El si justamente decimos: "Da lo que mandas". Demás de esto, en los libros III y IV, capítulos 11, 12 y 13, respectivamente, donde narro mi conversión143, obra de Dios, a esta fe que con miserable y furiosa locuacidad combatía, ¿no recordáis que al narrarlo manifesté bien claramente que lo que evitó mi perdición fueron las ardientes súplicas y las fieles y cotidianas lágrimas de mi buena madre? Con lo cual a la faz del mundo prediqué y expuse que Dios por su gracia gratuita no sólo convierte las voluntades de los hombres apartados de la sana fe, pero también las contrarias y rebeldes a la misma. Sabéis bien y podéis comprobar, si os place, cómo y cuánto ruego a nuestro Señor me conceda la perseverancia. ¿Quién se atreverá no digo a negar, pero ni a poner en duda, que Dios en su presciencia conoció que había de darme estos dones, que tanto deseé y alabé en mis Confesiones, y que, por tanto, El no sabía a quién se los había de dar? Esto es la mismísima predestinación do los santos, que después ha habido que defender con más diligencia y punto por punto contra la herejía pelagiana, porque cada nueva herejía suscita en la Iglesia cuestiones particulares, contra las que hay que defender con más cuidado y escrupulosidad la autoridad de las sagradas Escrituras. ¿Qué otra cosa nos ha forzado a exponer más minuciosa y claramente los textos en que se habla de la predestinación sino el que los pelagianos afirman que la gracia de Dios se da según nuestros méritos, lo que es negar en absoluto la gratuidad de la gracia?
Fuente: Augustinus.it
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