EL COMBATE CRISTIANO
Traductor: Lope Cilleruelo, OSA
Revisión: Domingo Natal, OSA
CAPÍTULO XXVI
Cristo está sentado a la derecha del Padre.
¿Qué es la derecha y la izquierda?
28. Ni escuchemos a los que niegan que el Hijo esté sentado a la derecha del Padre. Y dicen: ¿Es que acaso el Padre tiene costado derecho e izquierdo como los cuerpos humanos? Nosotros tampoco tenemos este pensamiento acerca del Padre, ya que Dios no se define ni encierra en forma alguna de cuerpo. La diestra del Padre es la bienaventuranza eterna que se promete a los santos, como, con razón, se llama siniestra la miseria perpetua que se otorga a los impíos, de modo que, como dijimos, se entienda que la derecha y la izquierda no se encuentra en Dios mismo, sino en las criaturas. El cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, ha de estar a la derecha, esto es, en la misma bienaventuranza, como lo dice el Apóstol, pues: juntos nos resucitó y juntos nos hizo sentar en los cielos 57. Y aunque nuestro cuerpo aún no esté allí, nuestra esperanza ya está allí. Por eso, el mismo Señor, después de la resurrección, mandó a los discípulos, que estaban pescando, que echaran la red a la derecha. Y cuando lo hicieron, cogieron unos peces que eran todos grandes 58, porque éstos simbolizaban a los justos a los que se promete la derecha. Esto mismo quiso dar a entender cuando dijo que en el juicio iba a poner a los corderos a la derecha y a los cabritos a la izquierda 59.
CAPÍTULO XXVII
El juicio final es cierto
29. Ni oigamos a los que niegan el día del juicio futuro, y recuerdan que en el Evangelio está escrito que el que cree en Cristo no será juzgado y que el que no cree en Él ya está juzgado 60. Dicen pues: Si el que cree no vendrá a juicio y el que no cree ya está juzgado, ¿dónde están los que han de ser juzgados el día del juicio? No entienden que las Escrituras hablan así para presentar el tiempo pasado como futuro, según arriba dijimos que el Apóstol dice, de nosotros, que juntos nos ha hecho sentar en los cielos, aunque todavía no se ha realizado. Como el mismo Señor dijo a sus discípulos: Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer 61. Y poco después dice: muchas cosas tengo aún que deciros, pero no podéis llevarlas ahora 62. ¿Cómo ha dicho, pues: todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer, sino al dar por realizado lo que sin duda, un día, había de realizar por el Espíritu Santo? Del mismo modo, cuando oímos: el que cree en Cristo no vendrá a juicio, entendemos que no sufrirá la condenación. Pues se dice juicio por condenación, como cuando dice el Apóstol: el que no come no juzgue al que come 63, es decir, no piense mal de él. Y el Señor dice: no juzguéis y no seréis juzgados 64. Pero no nos quita la inteligencia para juzgar, pues el profeta dice: hijos de los hombres, si amáis de verdad la justicia, juzgad lo recto 65. Y el mismo Señor nos dice: no juzguéis según las personas, sino haced un juicio justo 66. En esto, en que nos prohíbe juzgar, nos advierte que no condenemos a nadie, porque no conocemos sus pensamientos o no sabemos cómo ha de ser más tarde. Del mismo modo, al decir que no vendrá a juicio, quiso decir que no sufrirá condena. Y, con: el que no cree ya ha sido juzgado 67, quiso decir que en la presciencia divina ya está condenado, pues Dios sabe lo que amenaza a los incrédulos.
CAPÍTULO XXVIII
El Espíritu prometido no vino con Pablo y Montano
30. No escuchemos tampoco a los que dicen que el Espíritu Santo que prometió el Señor en el Evangelio ha venido con Pablo, el apóstol; o con Montano y Priscila, como dicen los catafrigas; o con no sé qué Manés o Maniqueo, como dicen los maniqueos. Éstos están tan ciegos que no entienden las Escrituras más claras o viven tan olvidados de su salvación que no las leen en absoluto. Pues ¿quién, si lee el Evangelio, no entenderá lo que escribe, para después de la resurrección del Señor, cuando éste dice: yo envío el prometido de mi Padre sobre vosotros; quedaos, pues, aquí, en la ciudad, hasta que seáis revestidos de la virtud de lo alto? 68 Y no prestan atención a que, en los Hechos de los Apóstoles, después de desaparecer el Señor, al subir al cielo, de la vista de sus discípulos, pasados diez días, el día de Pentecostés, con toda claridad, vino el Espíritu Santo, y como estaban en la ciudad, como les había aconsejado, los llenó a todos de modo que hablaron lenguas 69. Pues de las diversas naciones que entonces estaban presentes, cada uno de los oyentes les entendía en su propia lengua. Pero estos hombres engañan a los que, sin atender a la fe católica, no quieren aprender de su fe, que en las Escrituras es universal, y, lo que es más grave y lamentable, son negligentes para entregarse a la fe católica y diligentes para acomodarse a los herejes.
CAPÍTULO XXIX
La unidad de la Iglesia y los donatistas
31. Ni escuchemos a los que niegan que la santa Iglesia, que es la única católica, esté difundida por todo el mundo, sino que piensan que solo es válida en África, esto es, en el partido de Donato. Éstos hacen oídos sordos al profeta que dice: tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy, pídeme y te daré todas las gentes como herencia tuya y como posesión tuya hasta los confines de la tierra 70. Y otros muchos pasajes, que están escritos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, que muy claramente declaran que la Iglesia de Cristo está difundida por todo el orbe de la tierra. Cuando les objetamos esto, dicen que eso se realizó ya antes de surgir el partido de Donato, pero que después pereció toda la Iglesia, y pretenden que solo quedaron sus restos en la parte de Donato. ¡Oh, lengua orgullosa y abominable!, ¡ojalá al menos viviesen de modo que entre ellos se mantuviese la paz! Pero ahora no se dan cuenta que ya ha ocurrido en el donatismo lo que está escrito: con la medida que midiereis seréis medidos 71.
Pues como Donato intentó dividir a Cristo, así él es dividido por los suyos con divisiones diarias. A esto también pertenece aquello que el Señor dice: el que a espada hiere, a espada morirá 72. En este pasaje, la espada, que tiene un sentido peyorativo, significa la lengua que siembra la discordia, con la que el infeliz Donato hirió a la Iglesia aunque no la asesinó. Porque no dijo el Señor: el que mate con la espada, a espada morirá, sino: quien usare de la espada, a espada morirá. Como él hirió a la Iglesia con la lengua contenciosa, también él es hoy dividido, por ella, hasta que se disgregue y muera definitivamente. Pues, aunque el apóstol Pedro, que no había obrado por propio orgullo sino por amor, aunque fuera carnal, al Señor, cuando fue amonestado guardó la espada, pero este Donato no la envainó ni aun vencido. Llevó al obispo Ceciliano ante el tribunal, ante los obispos de Roma que él había pedido; no pudo probar nada de lo que había intentado, pero se cerró en su cisma hasta morir con su espada. Su partido no escucha ni a los Profetas ni al Evangelio, en los que muy claramente está escrito que la Iglesia de Cristo está difundida entre todas las gentes. Y escucha a los cismáticos, no buscando la gloria de Dios sino la suya, y así manifiesta con claridad que es un esclavo, no un hombre libre, que tiene cortada la oreja derecha. Pues Pedro, equivocado por amor al Señor, cortó la oreja derecha a un siervo, no a un hombre libre, y eso significa que los que son heridos por la espada del cisma, son siervos de los deseos carnales y aún no han sido conducidos a la libertad del Espíritu Santo, de modo que ya no pongan la confianza en el hombre. Significa también que no oyen lo que es recto, esto es, la gloria del Señor muy ampliamente proclamada por la Iglesia católica, sino que solo oyen el error siniestro de la vanagloria humana.
Y si el Señor dice en el Evangelio que, cuando éste fuere predicado, en todos los países, vendrá el fin 73, ¿cómo dicen éstos que todas las demás gentes perdieron la fe, y que la Iglesia permaneció solo en la parte de Donato? Pues es notorio que, después de separarse su partido de la unidad, han creído nuevas gentes, y todavía quedan algunas sin recibir la fe, por lo que se les predica cada día, sin cesar, el Evangelio. ¿Y quién no se admiraría de alguien que quisiera llamarse cristiano y le arrastrase tan gran impiedad, contra la gloria de Cristo, que osare decir que todos aquellos pueblos que actualmente acceden a la Iglesia de Dios y se apresuran a creer en el Hijo de Dios, en vano lo hacen porque no los bautiza un donatista? Sin duda los hombres abominarían de todo esto y los abandonarían sin dilación, si buscasen a Cristo, si amasen a la Iglesia, si fuesen libres, y si tuviesen sana la oreja derecha.
CAPÍTULO XXX
Contra los luciferinos
32. Ni oigamos a los que, aunque no rebauticen a nadie, se separaron de la unidad y prefirieron llamarse luciferinos y no católicos. Hacen bien, en cuanto entienden que el bautismo de Cristo no se debe repetir. Sienten que el sacramento de la santa purificación no se da en parte alguna sino por la Iglesia católica, pues los sarmientos cortados mantienen en sí aquella forma que habían recibido de la vid antes que fueran cortados. Estos son, pues, de quienes dijo el Apóstol: tienen la apariencia de piedad, pero niegan su virtud 74. La gran virtud de la piedad es la paz y la unidad, porque Dios es uno. Pero ellos no la tienen porque fueron separados de la unidad. Y, por tanto, si alguno de ellos viene a la Católica, no renuevan la apariencia de piedad que tienen, sino que reciben la virtud de la piedad que no tienen. Pues claramente enseña el Apóstol que los ramos amputados pueden injertarse de nuevo si no permanecen en la incredulidad 75. Cuando los luciferinos lo entienden y no rebautizan no se lo condenamos, mas ¿quién no reconocerá que es detestable el que hayan preferido ser desarraigados? Máxime, porque lo que más les desagradó en la Iglesia católica fue el que su piedad fuese católica. Porque nunca en ninguna parte deben reinar las entrañas de misericordia, como en la Iglesia católica, para que, como auténtica madre, no insulte con orgullo a los hijos pecadores, y perdone, sin dificultad, a los arrepentidos. Pues, no sin causa, Pedro hace las veces de esta Iglesia católica entre todos los apóstoles. A esta Iglesia se le dieron las llaves del reino de los cielos cuando se las dieron a Pedro 76. Y cuando a él se le dijo, a todos se les dijo: ¿Me amas? Apacienta mis ovejas 77. Debe, pues, la Iglesia católica, por la firmeza de su piedad, perdonar con liberalidad a sus hijos, pues vemos que se le concedió perdón a Pedro, que hacía sus veces, cuando titubeó en el mar 78, cuando quería apartar al Señor de su pasión con la prudencia de la carne 79, cuando cortó la oreja de un siervo con la espada, cuando negó al Señor por tres veces 80 y, posteriormente, cuando cayó en una simulación supersticiosa 81. Pero una vez arrepentido y reformado, llegó hasta la gloria de la pasión del Señor.
Del mismo modo, después de la persecución que promovieron los herejes arrianos, y después que los príncipes seculares dieron a la Iglesia católica la paz, que ella tiene siempre en el Señor, muchos obispos, que habían consentido en la perfidia de los arrianos durante aquella persecución, arrepentidos, solicitaron entrar en la Católica y anatematizaron lo que habían creído o lo que habían simulado creer. A éstos, la Iglesia católica los recibió en su seno maternal como se recibió a Pedro, amonestado por el canto del gallo, después de llorar su negación y como a él mismo cuando, después de la simulación perversa, se corrigió, avisado por la voz de Pablo. Pero los luciferinos recibieron con soberbia la caridad de la madre y con impiedad la rechazaron. Por no haberse alegrado con Pedro cuando se levantó con el canto del gallo 82, merecieron caer con Lucifer que se rebelaba a la aurora 83.



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