jueves, 24 de marzo de 2016

La oración de Jesús en Getsemaní

 


" Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos. "Quédense aquí, mientras yo voy a orar". Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse. Entonces les dijo: "Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando". Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora. Y decía: "Abbá —Padre— todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya".  Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro: "Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora? Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil". Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras. Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle. Volvió por tercera vez y les dijo: "Ahora pueden dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar". (Marcos 14:32-42)




La historia de la agonía del Señor Jesucristo en el huerto de Getsemaní es uno de los pasajes más profundos y misteriosos de la Biblia. Contiene cosas que ningún hombre puede explicar satisfactoriamente. Al estudiarlo, bien se podrían repetir las palabras que Dios le dijo a Moisés cuando se le apareció en la zarza ardiendo: "Quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es" (Ex 3:5). Sin lugar a dudas, el estudio de este pasaje nos debe llevar más bien a la adoración que al análisis.

Aquí veremos al Señor librando la batalla definitiva contra el pecado, pero por alguna razón, esta batalla se nos presenta en dos actos: Getsemaní y Gólgota. Esto nos lleva a preguntarnos ¿por qué fue necesario pasar por Getsemaní? ¿No se podía haber evitado un episodio tan doloroso de su vida? Pero a lo largo de estos estudios veremos que fue en Getsemaní donde el Señor tomó la decisión de ir a la Cruz, mientras que en el Calvario fue donde la materializó.

"Vinieron, pues, a un lugar que se llama Getsemaní"

Como muchas otras noches, Jesús salió de la ciudad y fue a un olivar cercano que era conocido como "Getsemaní", que significaba "prensa de olivas", seguramente porque en él había habido o todavía había una prensa de olivas.

Allí el Señor solía juntarse con sus discípulos durante sus visitas a la capital, buscando apartarse de las multitudes que constantemente le presionaban y tener así un tiempo de enseñanza privada con ellos (Lc 22:39) (Jn 18:1-2). Por lo tanto, el lugar era bien conocido también por Judas, que como más tarde veremos, no tardó en acudir con una escuadrilla para arrestar a Jesús. Aunque no debemos olvidar que si encontraron allí a Jesús en aquella noche, fue porque en él no había ningún pensamiento de huida, a pesar de que conocía perfectamente todas las maquinaciones de Judas, como antes había expresado con toda claridad.

Pero en esta ocasión, aquel lugar donde Jesús había tenido tantas hermosas pláticas con sus discípulos, ahora se iba a convertir en el escenario de su terrible agonía antes de ir a la cruz.

"Sentaos aquí, entre tanto que yo oro"

¿Cómo iba a enfrentar Jesús este duro trance? En esto también apreciamos que Jesús era muy diferente a nosotros. Con frecuencia, cuando pasamos por problemas que nos agobian, o estamos rodeados de dificultades, pensamos que necesitamos un "respiro" y buscamos algún tipo de diversión que nos relaje. Algunos llegan incluso a cosas como el alcohol, las drogas, fiestas, pornografía y vicios similares, que lejos de traerles paz al corazón, no hacen sino aumentar sus problemas. Pero el Señor nos indicó que la solución pasaba por buscar a Dios en oración.

(Stg 5:13) "¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración."
"Y tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan"

Parece que aunque Jesús oraba solo, sin embargo quería sentir la cercanía de algunos de sus discípulos, así que escogió a varios de ellos para que le acompañaran a cierta distancia. Estos tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, se convirtieron así en testigos de la terrible lucha que Jesús mantuvo en esa noche.

Algunos se han preguntado por qué escogió a estos tres. Lo cierto es que ésta era la tercera vez que lo hacía. Estos mismos discípulos habían sido los únicos testigos de la transfiguración del Señor (Mr 9:2) y también de la resurrección de la hija de Jairo (Mr 5:37-43). Resumiendo podríamos decir que estas tres experiencias espirituales tenían relación con tres momentos claves de la vida del Señor: su agonía, resurrección y gloria.

Por otro lado, también debemos recordar que Santiago y Juan habían pedido anteriormente al Señor el sentarse a su derecha y a su izquierda en su gloria, a lo que Jesús les había contestado que no sabían lo que pedían. De hecho, cuando les preguntó si podían beber del vaso que él bebía, ellos no dudaron en contestar que sí podían (Mr 10:35-39). Seguramente, cuando en el huerto de Getsemaní vieron la agonía de Jesús mientras oraba pidiendo que pasara de él aquella copa, ellos tuvieron que darse cuenta de que realmente no sabían lo que habían dicho.

"Y comenzó a entristecerse y a angustiarse"

Cuando Jesús se apartó para orar, el evangelista utiliza en el original dos palabras muy fuertes para indicarnos su intensa perturbación emocional ante la perspectiva que se le presentaba, y también su estado de extremo dolor y angustia. Lucas completa este cuadro diciéndonos que "estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra" (Lc 22:44).

Podríamos preguntarnos qué era lo que producía este estado en Jesús. Algunos han pensado que esta angustia era la reacción natural que todos los seres humanos sienten ante la proximidad de la muerte. Pero en el caso de Jesús, necesariamente tenemos que pensar que había mucho más que eso. Se trataba del estremecimiento de aquel que era la Vida misma al enfrentarse con todo el poder destructivo del mal, de todo aquello que se opone a la santidad de Dios, y que en ese momento se abatía directamente sobre él por cuanto había decidido presentarse como el Cordero de Dios que muere por el pecado de la humanidad.

Y por cuanto era el Hijo de Dios, podía ver con extrema claridad toda la suciedad del mal que venía sobre él. Y por supuesto, para su naturaleza completamente santa y pura, el tener que enfrentarse con el pecado de toda la humanidad, producía un dolor que es imposible expresar con palabras. En realidad, lo que estamos presenciando aquí es el choque frontal entre la Luz y las tinieblas, entre la Vida y la muerte. Los sufrimientos más dolorosos tuvieron que ser los de su alma santa e inocente cuando, con un conocimiento pleno de las consecuencias que este acto iba a tener, asumió cargar sobre sí el pecado de los hombres.

(2 Co 5:21) "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él".

"Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte"

Sólo podremos entender la causa de esta "tristeza mortal" de Jesús si nos damos cuenta de que no se trataba únicamente de la angustia ante la muerte que los seres humanos atravesamos al final de nuestros días. En su caso era una muerte diferente. El no moriría como consecuencia de sus propios pecados, ya que no los tenía, sino que él moriría en sustitución de los pecadores, cargando en ese momento la maldad de toda la humanidad.

Muchas veces nosotros sufrimos como consecuencia de alguno de nuestros pecados, y sabemos por experiencia lo doloroso que esto es, pero ¿qué sería para el Señor sufrir de forma "condensada" por todos los pecados de los hombres? No cabe duda que nunca nadie ha experimentado un dolor y amargura semejante. Y en esos momentos, su santa humanidad fue oprimida y agobiada hasta lo sumo.

Algunos han criticado a Jesús porque en esos momentos no asumió la actitud heroica que debería esperarse de él. Argumentan que otros hombres han afrontado la muerte con mucha más serenidad que él. Pero quienes así hablan, es evidente que no han entendido lo que implicaba la muerte para Jesús. Ya hemos hablado del terrible sufrimiento que tuvo que suponer para un Ser santo e inocente como Jesús el tener que cargar sobre sí la culpabilidad acumulada de toda la humanidad, pero había otro aspecto unido a éste, que todavía tenía que producirle mayor agonía, y era el hecho de que cuando fuera colgado en la cruz quedaría bajo la maldición de Dios, mientras toda la santa ira del Juez justo recaía sobre él.

(Ga 3:13) "Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)."

De alguna manera inexplicable para nosotros, cuando llegó el momento de la cruz, la relación de Jesús con Dios sería interrumpida.

(Mr 15:34) "Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"

No podemos imaginarnos lo que este hecho tuvo que haber significado para Jesús, cuando el mayor deleite de su vida era la comunión con su Padre celestial.

Cuando intentamos sondear en estos misterios, tenemos que reconocer que nunca podremos comprenderlos en toda su intensidad, y en la medida en que pobremente podemos entender algo, quedamos sobrecogidos ante la magnitud de los hechos.



Pero en cualquier caso, hay ciertas lecciones prácticas que sí que deberían quedar grabadas en nuestros corazones:

Primeramente, viendo la impresión que nuestros pecados produjeron en Jesús, esto nos debería llevar a ser mucho más sensibles y a tener siempre un temor reverente para no pecar más.

Y consideramos también que para que Jesús pudiera decir a sus discípulos que "no se turbe vuestro corazón" (Jn 14:1), él mismo tuvo que sufrir la angustia y la aflicción.

"Quedaos aquí y velad"

Cuando Jesús se apartó para orar, hizo un llamamiento a sus discípulos para que velaran. Esta no era la primera vez que les exhortaba a esto, puesto que cuando les había anunciado su segunda venida, ya les había dicho que permanecieran en esa actitud (Mr 13:33-37). Ahora vuelve a hacerlo, aunque con mayor urgencia debido a los acontecimientos que inmediatamente iban a ocurrir.

Nosotros también debemos recibir esta exhortación apremiante a velar. La somnolencia de los discípulos parece que ha alcanzado al cristianismo de nuestro tiempo. Y no lo olvidemos; dejar de velar abre la puerta al poder del mal en nuestras vidas.

Los efectos de esta somnolencia los podemos ver en el embotamiento del alma que pierde la sensibilidad frente al pecado en nuestras vidas y el poder del mal en el mundo. Nos deja anestesiados, ignorantes, indiferentes y tranquilos frente al mal que nos rodea, pensando que en el fondo, no es tan grave. Pero esta falta de sensibilidad, esta falta de vigilancia, tanto por lo que se refiere a la cercanía de la segunda venida de Cristo, como al poder amenazador del mal, otorga un poder en el mundo al maligno.

"Yéndose un poco adelante, se postró en tierra"

Los discípulos quedaron a cierta distancia de Jesús, desde donde todavía podrían verle y oírle. El evangelista nos dice que el Señor cayó rostro en tierra. La postura que adoptó para orar expresaba su total sumisión a la voluntad de Dios.

En cualquier caso, la escena no deja de sorprendernos. Recordamos que unos días antes había descendido cabalgando desde ese mismo monte de los Olivos en procesión real, aclamado justamente como Rey (Mr 11:1-11). Sin embargo, ahora el contraste es total; el Rey está de rodillas, rostro en tierra, sufriendo una angustia indescriptible. ¿Por qué este cambio tan drástico de actitud? Para entenderlo, tenemos que recordar que cuando Jesús entró en Jerusalén se encontró con la capital en manos de rebeldes, y el mismo templo estaba infectado de ladrones. La pregunta entonces era ¿cómo podrían esas personas rebeldes ser salvados y restaurados a la obediencia y a la adoración a Dios? Evidentemente, no lo conseguiría montando sobre una cabalgadura real por las calles de Jerusalén. Nunca la pompa y la ceremonia han conseguido convertir a un rebelde en un santo. Si alguna vez él podría llevar a Jerusalén, Israel y el mundo a la obediencia a Dios, tendría que ser necesariamente porque él mismo comenzara por obedecer a Dios aquí mismo en la tierra. Así que el Rey se arrodilló, dispuesto a obedecer por amor a su Dios y también a toda la raza humana. No había otro camino.

(Ro 5:19) "Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos."

"Y oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora"

Una vez más, las Escrituras nos muestran a Jesús con total honestidad, y no se avergüenza de hacernos saber que cuando se enfrentó al precio de la obediencia, sus oraciones fueron acompañadas de clamor y lágrimas.

Desde ya, sus lágrimas no eran como en muchas ocasiones lo son las nuestras; una expresión infantil de frustración porque no logramos hacer lo que nos da la gana. Por el contrario, en su caso había un corazón absolutamente rendido y sumiso a Dios, y por esa razón, cuando pedía al Padre que pasase de él esa copa, siempre lo hacía bajo la condición de que fuese compatible con la voluntad divina.

Por supuesto, no se trataba de dos voluntades diferentes; por un lado la del Padre y por otro la del Hijo. El evangelista Juan recoge las palabras de Jesús que nos muestran que no había contraposición entre las dos voluntades:

(Jn 12:27-28) "Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez."

En cuanto a su oración, Jesús preguntaba si había otra base justa sobre la cual Dios podría salvar a los pecadores sin que él tuviera que ir a la cruz. Aquí vemos todo el drama de nuestra redención. Y el silencio del cielo indicó que no había otro modo; el Santo Hijo de Dios debía morir por los pecadores.
Por supuesto, "aquella hora" a la que Jesús se refería, tenía que ver con el momento determinado desde la eternidad en el que se habría de resumir y concentrar toda la angustia, toda la pena, toda la muerte y cada una de las consecuencias que han surgido del pecado. Era la "hora" cuando Jesús, el Hombre representativo había de presentarse ante la justicia divina para satisfacer sus exigencias por medio del sacrificio de sí mismo en ofrenda por el pecado.

"Y decía: Abba, Padre"

Notemos que en su oración se dirige a Dios con la palabra "Abba", que inmediatamente es traducida por Marcos para sus lectores gentiles como "Padre".

La palabra "Abba" era usada por los niños para dirigirse a sus padres, e implicaba confianza, intimidad y reconocimiento de autoridad. Equivale a nuestro "papá".

Sin lugar a dudas, tuvo que sorprender a sus discípulos que se dirigiera a Dios de esta manera. Ellos nunca habían escuchado a ningún santo del Antiguo Testamento tratar así a Dios. En la forma de pensar de un judío habría sido irreverente y, por tanto, habría sido impensable que alguien pudiera llamar a Dios con una palabra tan familiar.

Pero al hacerlo, Jesús estaba revelando la naturaleza de su comunión con Dios. De hecho, siempre que vemos a Jesús orando en los evangelios, lo hizo de esta forma, salvo en una única ocasión. Esto tuvo lugar en la cruz, cuando allí clamó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mr 15:34).

"Aparta de mí esta copa"

El acto de obediencia que el Hijo del Hombre se disponía a llevar a cabo, tendría un sabor inconmensurablemente amargo. Tenía el sabor de la muerte. El autor de Hebreos dice que él "gustó la muerte por todos" (He 2:9). Además, el Antiguo Testamento se había referido con frecuencia a esta "copa", que estaba reservada para los malos (Sal 11:6), y que contenía la indignación divina contra los impíos (Sal 75:8), su ira (Is 51:17) y su furor (Jer 25:15).

La muerte que él gustó no sólo tuvo que ver con experimentar la separación del alma del cuerpo, sino el abandono del Dios de justicia por haberse identificado con el pecado del mundo.

Es inimaginable, por lo tanto, que la Santidad encarnada pudiera recibir con agrado el pecado representado en esa copa, de ahí su petición: "aparta de mí esta copa". Pero por otro lado, dejaba también constancia de su absoluta devoción y amor a su Padre: "mas no lo que yo quiero, sino lo que tú".

No había ningún conflicto entre la voluntad del Padre y la del Hijo. El Hombre perfecto era también el Siervo obediente en todo, y aunque todo su santo Ser se alzase en contra de la perspectiva de la cruz, y su cuerpo sudase sangre en su agonía, él nunca dejaría de decir: "mas no lo que yo quiero, sino lo que tú". No podemos imaginar un grado de perfección más alto que el que aquí se nos presenta.

La interpretación que hace Hebreos de este pasaje:

(He 5:7-10) "Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen; y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec."

En el contexto de esta cita, el autor de Hebreos está razonando acerca de lo imprescindible que es para los hombres pecadores tener un sumo sacerdote que interceda por ellos ante Dios. Por supuesto, aquellos que ocuparon esta posición en el Antiguo Testamento eran hombres débiles, y por eso, el autor nos va a decir que en el cumplimiento de los tiempos Dios constituyó a su propio Hijo como Sumo Sacerdote.

Pero el camino para que Cristo pudiera llegar a ser Sumo Sacerdote no fue sencillo. Primeramente tenía que ser hombre, pero él no lo era, así que fue necesario que se encarnase. Los más de treinta años que vivió entre los hombres le proporcionaron el conocimiento directo de nuestra situación, aprendiendo en su propia experiencia la fuerza de la tentación, la prueba y la aflicción. Y también tuvo que aprender a obedecer a Dios en un mundo caído y pecador como el nuestro. Por supuesto, él no tuvo que aprender a obedecer, él siempre lo había hecho en el cielo. Pero allí, obedecer la voluntad de Dios es fuente de gozo y felicidad. Lo que realmente tuvo que aprender es lo que cuesta obedecer a Dios en un mundo caído. Por eso, cuando el autor de Hebreos nos habla del perfeccionamiento de Cristo no se está refiriendo a su perfección moral, como si tuviera necesidad de ser corregido en cuanto a alguna imperfección en su carácter. Jesús siempre vivió sin pecado. Pero era necesario que padeciese a fin de ser perfeccionado para el sacerdocio.


Los sufrimientos de Cristo después de su encarnación fueron reales. El conoció auténticamente el hambre y el cansancio, sufrió el dolor de la deslealtad y la intolerancia, la incomprensión y la injusticia, la decepción de ver intereses creados en sus seguidores más cercanos y la traición o cobardía en otros. Sufrió la agonía indescriptible de la cruz, que de alguna manera nos queda reflejada en sus momentos de oración previos en Getsemaní. Y además le esperaba la separación de su Padre porque, al ser hecho pecado por nosotros, iba a ser abandonado y desamparado por él. Sin duda, esto no podemos llegar a entenderlo plenamente. A todo esto se sumaron las torturas de los soldados, la burla sarcástica de los judíos, la hiriente arrogancia de los sacerdotes y el abandono de los discípulos.

Cristo aprendió que la obediencia a Dios trae sufrimiento en un mundo caído. Nosotros ya lo hemos experimentado muchas veces. Cuando determinamos ser fieles al Señor y obedecerle, ¿cuál es la consecuencia? La oposición de los familiares y amigos ante lo que ellos perciben como "fanatismo religioso", el desprecio de los compañeros y amigos porque nos ven diferentes, y en el peor de los casos, la persecución política. Muchas veces la consecuencia de la fidelidad al Señor es la burla, la crítica, la oposición o el insulto.

Pero en medio de todas estas circunstancias, el Señor Jesucristo es nuestro Sumo Sacerdote, que nos entiende porque él mismo también ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas, por lo cual es poderoso para ministrarnos como fiel Sumo Sacerdote. El ahora puede socorrernos en nuestro peregrinaje por la vida, en el cual muchas veces nuestra determinación de abrazar el camino de Dios nos involucrará en el sufrimiento y la persecución.

Y finalmente, el autor de Hebreos nos dice que "fue oído a causa de su temor reverente". A primera vista, la afirmación nos puede sorprender, porque los Evangelios parece que dicen lo contrario. El pedía al Padre: "Si es posible pase de mí esta copa". Y el Padre no intervino para impedir que la bebiese. Pero sus oraciones fueron respondidas. La noche de sufrimiento fue seguida por la mañana de la resurrección y de la vindicación que Dios hizo de su fe. No fue librado de padecer la muerte, sino que habiendo llegado a ella, fue sacado de sus garras por el glorioso triunfo de la resurrección. Y no olvidemos que de la misma manera, Dios no siempre contesta nuestras oraciones tal como pensamos que debería hacerlo.

"Vino luego y los halló durmiendo"

Después de un tiempo en oración, Jesús volvió a donde había dejado a sus discípulos y los encontró durmiendo. No fueron capaces de compartir con él nada de su infinito dolor.

Cada vez estaba más claro que en el camino a la cruz, Jesús iba a encontrarse absolutamente solo. Si sus más íntimos discípulos no podían acompañarle en oración ni siquiera una hora, ¿qué se podría esperar de ellos una vez que Jesús fuera arrestado y estuviera en manos de sus enemigos? El mismo Pedro, que tan vehementemente había protestado cuando Jesús les anunció que todos ellos le abandonarían en esa noche, no fue capaz de mantenerse despierto junto a Jesús orando con él por un poco de tiempo.

Todo esto era muy importante, porque no debemos olvidar que para encontrar victoria en la hora de la tentación o de la prueba, previamente necesitamos recibir poder mediante la oración. En este sentido estaba claro que los discípulos no entendían la gravedad de la situación que se avecinaba, y por lo tanto, tampoco se estaban preparando adecuadamente para enfrentarla. ¿Y qué diremos de nosotros mismos? ¿Cuántas veces no somos capaces de velar en oración ni siquiera una hora? ¿Qué puede esperar el Señor de nosotros?

La debilidad de la que el Señor les había hablado durante la cena, se empezaba a hacer evidente. Aquí vemos que el pecado ha dañado incluso a nuestros propios cuerpos, que en muchas ocasiones actúan como pesados lastres para nuestras almas.

"Velad y orad, para que no entréis en tentación"

La "tentación" a la que Jesús se refería, y para la que tendrían que estar preparados, consistía en negar y escandalizarse de Jesús una vez que fuera arrestado y crucificado. No es difícil imaginar el impacto que debió tener para ellos ver a su Maestro siendo objeto de las burlas de todos los hombres que se acercaban a él cuando estaba clavado en la vergonzosa cruz. Por eso, aunque los mismos discípulos no percibían la gravedad de la hora de prueba que iba a venir sobre ellos, el mismo Señor ya había orado por ellos, y en especial por Pedro, para que su fe no faltase (Lc 22:31-32).


Esta exhortación de Jesús a "velar y orar" debería estar presente constantemente en nuestros corazones como la única forma real de vencer las tentaciones. No nos engañemos; no hay ningún poder en nosotros mismos que nos haga inmunes a los ataques de Satanás. Por esta razón, cada cristiano debe estar permanentemente en un estado de vigilancia y oración desde el momento de su conversión hasta la hora de su muerte.

Pedro entendió finalmente la lección y él mismo exhortaba a esto en su carta:

(1 P 4:7) "Mas el fin de todas las cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración."
"El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil"

El Señor señaló que la razón por la que era imprescindible que mantuvieran esta actitud de vigilancia y oración, era porque dentro del cristiano hay dos naturalezas que son contrarias entre sí; el espíritu y la carne.

(Ga 5:16-17) "Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis."

Por un lado está la "carne", la vieja naturaleza caída, siempre inclinada al mal. Y por otro lado está el "espíritu", es decir, la nueva naturaleza que el Espíritu Santo ha dado a aquellos que creen en Cristo, y que siempre está dispuesta a hacer el bien que agrada a Dios.


Es importante ser conscientes de que después de la conversión, Dios no quita de nosotros la vieja naturaleza, ya que esto tendrá lugar en el momento cuando seamos arrebatados o muramos. Mientras tanto, la "carne" sigue luchando dentro de nosotros mismos con el fin de hacernos caer. Y no olvidemos que la carne no mejora con el tiempo, únicamente se adapta a las nuevas situaciones, y por lo tanto, no hay ningún creyente que haya llegado a un estado de santidad que ya no deba preocuparse de ella. Por el contrario, aquellos que realmente viven una vida consagrada al Señor son los que, conscientes del grave peligro que constantemente corren por su naturaleza caída, perseveran en "velar y orar".

"Vino la tercera vez, y les dijo: Dormid ya, y descansad"

El Señor interrumpió sus oraciones en tres ocasiones para ir a ver a sus discípulos, y en todas ellas los encontró durmiendo. Y aunque seguramente sentían cierta vergüenza por no estar orando tal como Jesús les había pedido, sin embargo, no lograban resistir el sueño y tampoco "sabían qué responderle".

Pero cuando Jesús regresó por tercera vez, ya no les animó a velar, sino que les dijo que durmieran y descansaran. No debemos ver en estas palabras una severa reprensión, sino más bien todo lo contrario. Podemos incluso imaginarnos al Señor sentándose a su lado mientras velaba sus sueños, como una madre que vigila tiernamente a sus pequeños mientras duermen. Sin duda es un cuadro conmovedor.

Los discípulos se habían rendido a la comodidad del sueño bajo el peso del cansancio y la tristeza (Lc 22:45). Aunque, por supuesto, esto no había alejado de ellos el mal, sino que simplemente les había hecho inconscientes de su existencia y les dejaba indefensos ante su embestida. Pero por otro lado, Cristo no se rindió ante nada, sino que en medio de su inmenso dolor afirmó positivamente su disposición de hacer la voluntad de Dios al precio que fuera, e incluso, velaba por sus discípulos con todo su amor y cuidado mientras ellos dormían.

"Basta, la hora ha venido"

Entendemos que entre la cariñosa invitación de Jesús a sus discípulos para que durmieran y recuperaran fuerzas, hasta este momento que se describe aquí, pasó un intervalo de tiempo no determinado. Pero finalmente llegó "la hora" en que Jesús iba a ser entregado en manos de pecadores.
Suponemos que el Señor escuchó el ruido de la compañía que, conducida por Judas, cruzaba el arroyo y subía la cuesta hacia el huerto, por lo que rápidamente despertó a sus discípulos para advertirles de la presencia del peligro.

Las frases entrecortadas que usa Jesús nos muestran su angustia ante la hora final, pero en ningún momento plantea una huída, sino que por el contrario dijo a sus discípulos "vamos", indicando de esta manera su disposición de ir en busca de los que venían a arrestarle.



Jueves Santo: La institución de la Eucaristía



Jesús celebra la Pascua rodeado de los suyos. Todos los momentos de esta Última Cena reflejan la Majestad de Jesús, que sabe que morirá al día siguiente, y su gran amor y ternura por los hombres. 

Jesús encomendó la disposición de lo necesario a sus discípulos predilectos: Pedro y Juan. Los dos Apóstoles se esmeran en los preparativos. Pusieron un especial empeño en que todo estuviera perfectamente dispuesto. 

Jesús se vuelca en amor y ternura hacia sus discípulos. Es una cena testamentaria; es una cena afectuosa e inmensamente triste, al tiempo que misteriosamente reveladora de promesas divinas, de visiones supremas. Lo que Cristo hizo por los suyos puede resumirse en estas breves palabras de San Juan: los amó hasta el fin (Juan 13, 1). 

Hoy meditamos en ese amor de Jesús por cada uno de nosotros, y en cómo estamos correspondiendo: en el trato con Él, en los actos de desagravio, en la caridad con los demás, en nuestro amor a la Eucaristía... 

Jesús realiza la institución de la Eucaristía, anticipa de forma sacramental –Lucas 22, 19-20: “mi Cuerpo entregado”... “mi Sangre derramada”– el sacrificio que va a consumar al día siguiente en el Calvario. Jesús se nos da en la Eucaristía para fortalecer nuestra debilidad, acompañar nuestra soledad y como un anticipo del Cielo. 

Meditación y Reflexiones Cristianas: La última cena del SeñorJesús, aquella noche memorable, dio a sus Apóstoles y sus sucesores, los obispos y sacerdotes, la potestad de renovar el prodigio hasta el final de los tiempos: Haced esto en memoria mía (Lucas 22, 19; 1 Corintios 2, 24). Junto con la Sagrada Eucaristía instituye el sacerdocio ministerial. 

Jesús se queda con nosotros. Jesús es el mismo en el Cenáculo y en el Sagrario. Esta tarde-noche, cuando vayamos a adorarle en el Monumento, nos encontraremos con Él que nos ve y nos reconoce. Le contaremos lo que nos ilusiona y lo que nos preocupa y le agradeceremos su entrega amorosa. Jesús siempre nos espera en el Sagrario. 

Jesús habla a sus Apóstoles de su inminente partida, y es entonces cuando enuncia el Mandamiento Nuevo, proclamado, por otra parte, en cada página del Evangelio: Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado (Juan 15, 12). 

Hoy, Jueves Santo, podemos preguntarnos si nos conocen como discípulos de Cristo porque vivimos con finura la caridad con los que nos rodean, mientras recordamos, cuando está tan próxima la Pasión del Señor, la entrega de María al cumplimiento de la Voluntad de Dios y al servicio de los demás. 

La inmensa caridad de María hace que se cumpla, también en Ella, la afirmación de Cristo: nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos (Juan 15, 13).

domingo, 20 de marzo de 2016

Domingo de Ramos: "El que persevere hasta el fin, se salvará"


Entrada triunfal en Jerusalém

Jesús hace su entrada en Jerusalén como Mesías en un humilde burrito (Lucas 19,28-40), como había sido profetizado muchos siglos antes (Zacarías 9,9). Y los cantos del pueblo son claramente mesiánicos; esta gente conocía bien las profecías y se llena de júbilo. 

Jesús admite el homenaje. Su triunfo es sencillo, sobre un pobre animal por trono. Jesús quiere también entrar hoy triunfante en la vida de los hombres sobre una cabalgadura humilde: quiere que demos testimonio de Él, en la sencillez de nuestro trabajo bien hecho, con nuestra alegría, con nuestra serenidad, con nuestra sincera preocupación por los demás. 

Hoy nos puede servir de jaculatoria repetir: Como un burrito soy ante Ti, Señor... como un burrito de carga, y siempre estaré contigo (J. Escrivá de Balaguer, citado por A. Vázquez de Prada). El Señor ha entrado triunfante en Jerusalén. Pocos días más tarde, en esa misma ciudad, será clavado en la Cruz. 

Desde la cima del monte de los Olivos, Jesús contempla la ciudad de Jerusalén, y llora por ella. Mira cómo la ciudad se hunde en el pecado, en su ignorancia y en su ceguera. Lleno de misericordia se compadece de esta ciudad que le rechaza. Nada quedó por intentar: ni en milagros, ni en palabras... 

En nuestra vida tampoco ha quedado nada por intentar. ¡Tantas veces Jesús se ha hecho el encontradizo con nosotros! ¡Tantas gracias ordinarias y extraordinarias ha derramado sobre nuestra vida! La historia de cada hombre es la historia de la continua solicitud de Dios sobre él. Cada hombre es objeto de la predilección del Señor. 

Sin embargo, como Jerusalén, podemos aclamarlo y rechazarlo. Es el misterio de la libertad humana, que tiene la triste posibilidad de rechazar la gracia divina. 

Hoy nos preguntamos: ¿Cómo estamos respondiendo a los innumerables requerimientos del Espíritu Santo para que seamos santos en medio de nuestras tareas, en nuestro ambiente? 

Nosotros sabemos que aquella entrada triunfal fue muy efímera. Los ramos verdes se marchitaron pronto y cinco días más tarde el jubiloso ¡hosanna! se transformó en un grito enfurecido: ¡Crucifícale! 

La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén pide de nosotros coherencia y perseverancia, ahondar en nuestra fidelidad, para que nuestros propósitos no sean luces que brillan momentáneamente y pronto se apagan. 

Somos capaces de lo mejor y de lo peor. Si queremos tener la vida divina, triunfar con Cristo, hemos de ser constantes y hacer morir por la penitencia lo que nos aparta de Dios y nos impide acompañar al Señor hasta la Cruz. 

Nunca olvidemos que “... el que persevere hasta el fin, ése se salvará” (Mateo 10,22). Y no nos separemos de la Virgen. Ella nos enseñará a ser constantes.

domingo, 13 de marzo de 2016

La mujer adúltera: "El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra"


Del santo Evangelio según san Juan  8, 1-11


La mujer adúltera

8:1 Jesús fue al monte de los Olivos.
8:2 Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
8:3 Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos,
8:4 dijeron a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
8:5 Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?"
8:6 Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.
8:7 Como insistían, se enderezó y les dijo: "El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra".
8:8 E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.
8:9 Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí,
8:10 e incorporándose, le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?"
8:11 Ella le respondió: "Nadie, Señor". "Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante".


Reflexión

Pbro. Dr. Enrique Cases 

9 julio 2008



Dura fue la historia de la mujer adúltera. Su historia es la de una mujer débil situada en medio de una conspiración contra Jesús. Ella era pecadora sin género de dudas, pero el problema que se pretende plantear a Jesús es de mucho más calado: los escribas y fariseos buscan un pretexto para derrotar a Jesús, sorprenderle en una situación sin salida y humillarle como un falso Maestro o rechazarle como un falso Mesías.

Los evangelios lo narran así: Los escribas y fariseos trajeron una mujer sorprendida en adulterio y poniéndola en medio le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio? Moisés en la Ley nos mandó la pidar a éstas: ¿tú qué dices? Juan aclara lo que por otra parte parece patente ésto lo decían tentándole, para tener de qué acusarle.

La situación es un poco ridícula, pues si habían sorprendido a aquella mujer en un delito y sabían cual era la pena ¿por qué no aplican ellos mismos el castigo que tan bien conocen?. Dos detalles muestran su malicia y su hipocresía: llaman Maestro a Jesús cuando sólo buscan destruir su magisterio, y añaden al delito de la mujer el adjetivo de flagrante, aparentando que sólo buscan la justicia.

El libro del Levítico dice: si adultera un hombre con la mujer de su prójimo, hombre y mujer adúlteros serán castigados con la muerte; y el Deuteronomio añade que los llevaréis a los dos a las puertas de la ciudad y los lapidaréis hasta matarlos. Estas eran la penas establecidas por la Ley.

Sorprende que sólo la mujer esté detenida y no se diga nada del hombre, ya que si el adulterio es flagrante es fácil que hubiesen detenido a los dos. Cabe pensar en una estratagema preparada para sorprender a Jesús en la que la mujer es víctima -aunque fuese culpable- de un complot. La realidad era que estas penas tan duras previstas por la Ley no se solían aplicar, pero contradecirlas equivalía a ir contra la palabra y la voluntad de Dios. Por otra parte el Maestro perdonaba una y otra vez, como se ve en el caso de la Magdalena pecadora pública, y es de suponer que lo mismo ocurriría en muchos otros casos. El pueblo veía a Jesús con un corazón y unos hechos misericordiosos y le querría por ello; si Jesús consiente en la lapidación desaparecería esta atracción amable ante los ojos de los sencillos. Negar la lapidación le convertiría en negador de la Ley. La trampa parecía perfecta y sin escapatoria, igual se contradecía a sí mismo con un sí que con un no.

La mujer debía estar destrozada ante los ojos de todo aquel grupo. De un lado los fariseos y los escribas que se irían creciendo en sus acusaciones ante el silencio de Jesús, como si se dijesen: "ya le hemos vencido" o "no sabe que hacer, gritemos más". Oiría aquellas voces que unidas a las de su conciencia la llenaría de temor y angustia. No se incurre en el adulterio de repente y por sorpresa. Su pecado sería un deslizamiento paulatino, hasta que la impureza la ciega y cede a su debilidad y a la solicitud del adúltero con el que cayó. O era infiel a su marido o pecaba con un hombre casado. En ambos casos la gravedad del pecado impuro es mayor y más premeditado. No cabe invocar una fragilidad momentánea, sino que se advierte una advertencia bastante clara y una voluntariedad decidida. Es cierto que ante la violencia de la tentación el pecador invoca excusas variadas: que si lo hace por amor, que si su marido no la comprende o la trata mal, o la piedad por aquel que quiere estar con ella. Lo cierto es que la situación es enormemente vergonzosa. Siempre la impureza lo es, pero ser sorprendido y ser juzgado en público sería una situación realmente embarazosa. A la vista de todos, la mujer estaría destrozada. Muchos ojos la perforaban con aparente fervor por la justicia. ¿Qué haría el Maestro? Ella se da cuenta de que no hay salida. ¡Qué loca he sido! Fragilidad, tontería, amor; ahora ¡qué mas da! el placer es efímero, sólo quedan las consecuencias.¡Qué loca he sido! Y no se atrevería a mirar a ningún sitio, estaría acurrucuda, con los ojos en el suelo, esperando la sentencia que ya antes había dictado su misma conciencia.

Poco les importaba a los fariseos y a los escribas la situación de la mujer. Era un instrumento para poner un cerco a Jesús, y nada más. El silencio de Jesús es inesperado, pues inclinándose, escribía con el dedo en la tierra. No mira a nadie, parece hacerse el desentendido. Pero en realidad está preparando un juicio severísimo sobre aquellos hipócritas que insistían en preguntarle. Aquellos hombres no les importa manipular las personas ni la verdad. Jesús les enfrentará con su propia conciencia en el momento más oportuno.

Antes de pasar a la sorprendente respuesta de Jesús conviene reflexionar sobre algo muy de nuestro tiempo: la manipulación del escándalo. Algunos se convierten en jueces y procuran sacar a la luz pública escándalos con verdad o sin ella. Unas veces es por la morbosidad de las cuestiones que venden y así extraer unos beneficios; otras para hundir personas aireando sus defectos privados; otras falseando la verdad y propalando calumnias y difamaciones que manchan el honor y la fama de sus víctimas. Son auténticos negociadores de la sospecha. Se crea así un clima malsano de mentira y deformación. Se juega con las personas y con su intimidad, unas veces por dinero, otras por juegos políticos, otras por motivos ideológicos o religiosos. El lema puede ser "todo vale" y cuanto mejor revestido de bondad esté, mejor. ¿Y las personas? No importan, solo cuenta el provecho que se pueda sacar de aquel escándalo, o de aquella murmuración, o de aquella calumnia.

Este el caso de aquellos acusadores de la mujer adúltera, aunque en este caso no fuese calumnia sino verdad. Jesús irá al fondo de la cuestión, con su respuesta quedará claro que ellos no buscan la verdad y la justicia sino hacer daño Jesús, aun a costa de hundir a aquella mujer o matarla.

Pero como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: el que de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra.

Jesús pide que juzguen ellos, o mejor que juzgue el inocente.“El dilema que se planteaba era legal, pero después de la apelación de Jesucristo -quien tenía derecho para hacer que se ejecute la sentencia-, el juicio se suspende legalmente por falta de jueces”

Jesús al levantarse les miraría uno a uno. Dura debió ser la mirada del Señor. Llegaría hasta lo más hondo de su conciencia. Sería como decirles: Hablemos claro, digámoslo todo, empezando por vuestros pecados, ¿queréis un juicio público? Pues tengámoslo.

La conmoción debió ser grande. Jesús pasa de una cuestión legal a una cuestión de conciencia. No es difícil imaginar su mirada indignada ante los aparentes defensores de la justicia. El evangelista señala que al oírle, se iban marchando uno tras otro, comenzando por los más viejos. Con su palabra se disuelve el grupo. Aunque sigan en un primer momento juntos, cada uno es colocado ante su conciencia, sin excusas ni tapujos. La mirada de Jesús iría a los más insistentes y sin palabras les haría saber que conocía sus obras; si alguno se hubiese atrevido a hablar, o a arrojar la primera piedra, le hubiera detenido con la enumeración de pecados que le hacían más reo de pena que la mujer. El detalle de la marchar de los más viejos en primer lugar es significativo; quizá lo hicieron así porque tenían más pecados, o porque se dan más cuenta de que Jesús es muy capaz de ponerlos en evidencia ante todos. Al ver marchar a los demás cada uno pensaría en su vida y no estaría dispuesto a ser sujeto de un juicio público. ¡Qué distintas hubiesen sido las cosas si se hubiesen decidido a ser limpios en conciencia ante Dios!

La respuesta de Jesús se adaptaba plenamente a la Ley que indicaba que los testigos del delito tenían que arrojar las primeras piedras. San Agustín comenta así la respuesta del Señor Mirad que respuesta tan llena de justicia, de mansedumbre y de verdad. ¡Oh verdadera contestación de la Sabiduría! Lo habéis oído: Cúmplase la Ley, que sea apedreada la adúltera. Pero ¿cómo pueden cumplir la Ley y castigar a aquella mujer unos pecadores? Mírese cada uno a sí mismo, entre en su interior y póngase en presencia del tribunal de su corazón y de su conciencia, y se verá obligado a a confesarse pecador. Sufra el castigo aquella pecadora, pero no por manos de pecadores; ejecútese la Ley, pero no por sus trasgresores. Eran testigos, pero no podían ser jueces, porque también eran pecadores.

Juan concluye la escena diciendo: y quedó sólo Jesús y la mujer, de pie, en medio. Jesús se incorporó y le dijo: "Mujer ¿donde están? ¿Ninguno te ha condenado?" Ella respondió: "Ninguno, Señor". Díjole Jesús. "Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques más".

Jesús siendo el Justo no condena; en cambio aquéllos, siendo pecadores, dictan sentencia de muerte. San Agustín comenta así la escena: Sólo dos quedan allí: la miserable y la Misericordia. Y el Señor, después de haber clavado el dardo de su justicia en el corazón de los judíos, ni se digna siquiera mirar cómo van desapareciendo, sino que aparte de ellos su vista y vuelve otra vez a escribir en la tierra. Cuando se marcharon todos y quedó sola la mujer, levantó los ojos y los fijó en ella. Ya hemos oído la voz de la justicia:oigamos también la voz de la mansedumbre. ¡Qué aterrada debió de quedar aquella mujer cuando oyó decir al Señor" "el que de vosotros esté sin pecado, que lance la piedra el primera", porque temía ser castigada por Aquel en el que no podía hallarse pecado alguno. Más el que había alejado de sí a sus enemigos con las palabras de la justicia, mirándola con ojos de misericordia, le pregunta: ¿Ninguno te ha condenado" contesta ella: "Ninguno, Señor". Y El: Ni yo mismo te condeno; yo mismo de quien temiste tal vez ser castigada, porque en mí no hallaste pecado alguno. "Tampoco yo te condeno". Señor, ¿qué es esto? ¿Favoreces tú a los pecadores? Claro que no. Mira lo que sigue: Vete y desde ahora no peques más. Por tanto dio sentencia de condenación contra el pecado, no contra la mujer. 

Vete y no peques más. Así despide el Señor a aquella mujer acosada. La deja marchar, pero le recuerda la gravedad de su pecado, y que si no lucha puede volver a reincidir. A la Magdalena -pecadora arrepentida – le dice: Vete en paz, porque se arrepintió libremente. Sólo puede marchar en paz quien acudió arrepentido. La mujer adultera acudió forzada y utilizada por un grupo de hombres con la conciencia deformada. Jesús aprovecha la maldad de aquellos hombres para intentar que vuelva a la vida recta una persona pecadora. Una lección más podemos aprender: sacar de los males bienes, y de los grandes males, grandes bienes. La adúltera tiene la oportunidad de aprovechar sus errores y los de sus perseguidores en una conversión fruto de un encuentro con Jesús de lo más sorprendente.

Fuente: www.encuentra.com


viernes, 11 de marzo de 2016

El regreso del hijo pródigo: cuaresma es tiempo de conversión

Un Padre con corazón de madre
Cuaresma y Semana Santa

Lucas 15, 1-3, 11-32. 4to.Domingo Cuaresma Ciclo C. ¿Quién no se atreverá a volver a los brazos de un Padre infinitamente bueno y misericordioso como nuestro Dios?

Por: P. Sergio A. Córdova | Fuente: Catholic.net 


Del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-3.11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús todos los publicanos y los pecadores para oírle. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. «Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros." Y, levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado". Y comenzaron la fiesta. Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: "Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano." El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!" Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado."


Oración introductoria
Señor, no merezco tu misericordia porque no he sabido corresponder. La tentación y mi debilidad me llevan a actuar como los hijos de esta parábola. Sé, creo y confío en que Tú estás aguardando este momento de oración para obsequiarme tu gracia, permite que sepa acogerla y aprovecharla para poder crecer en el amor.

Petición
Señor, ayúdame a volver a Ti cada día, como lo hizo el hijo pródigo.


Reflexión

Nos encontramos ante una de las parábolas más bellas y conmovedoras que brotaron de los labios de Jesús. Me gusta imaginar a los discípulos escuchando a nuestro Señor esta hermosa historia, y mirar sus reacciones, los gestos de su rostro, medir el tamaño de su admiración. Estoy seguro de que les habrá impactado enormemente. Yo recuerdo que, cuando era todavía muy niño, me encantaba escucharla.

Un autor espiritual contemporáneo, Henri Nouwen, escribió el año 1994 un libro estupendo, titulado "El regreso del hijo pródigo". Es de carácter autobiográfico y nos narra la profunda reacción interior que suscitó en él la contemplación de un cuadro de Rembrandt, que inmortaliza el instante en que aquel hijo pródigo, con los vestidos y el corazón hechos harapos, llega a la casa paterna, se postra ante su padre y recibe aquel maravilloso abrazo de perdón. El cuadro es sumamente expresivo y habla por sí solo. Es impresionante el rostro profundamente conmovido del anciano padre, la ternura inmensa con que lo acoge y la postración del hijo que, quebrantado y arrepentido, se reconcilia con él. Mientras tanto, el hermano mayor, de pie, soberbiamente erguido, a una cierta distancia, observa con mirada crítica, dura y altanera la escena del encuentro. Él, ciertamente, no está de acuerdo con lo que hace el padre, lo juzga en su interior y no acepta ese comportamiento. En este libro, el autor nos abre la intimidad de su alma, nos describe su propia experiencia de conversión y su itinerario espiritual hacia Dios. Vale la pena leerlo.

Muchos Santos Padres, teólogos, exegetas y autores espirituales han comentado este pasaje a lo largo de la historia, y han sacado de él abundantísimas lecciones para su propia vida y para enseñanza de los cristianos. Sería interesante detenernos a comentarlo detalle por detalle, pero no nos es posible ahora. Esta meditación podría ser objeto de unos ejercicios espirituales.

Georges Chevrot, al fijar su mirada en los hijos de la parábola, escribe: "Yo me preguntaría a cuál de los dos hijos nos gustaría parecernos. El uno no había sabido guardar su alma; el otro no había sabido entregar su corazón. Ambos han contristado a su padre; ambos se han mostrado duros con él; ambos han ignorado su bondad. El uno por su desobediencia, el otro a pesar de su obediencia. ¿A cuál nos gustaría parecernos? ¿Al disipador? ¿Al calculador? No hay en la parábola un tercer hijo al que pudiéramos referirnos y, por lo tanto, nos vemos obligados a convenir en que somos el uno o el otro… O tal vez el uno y el otro".

Si somos sinceros con nosotros mismos, tenemos que vernos retratados en la parábola. Y casi siempre nos ponemos en el papel del hijo menor: el ingrato, el pecador, el que se marcha de la casa del padre y, después de gastar toda la herencia y vivir disolutamente, vuelve al padre, con el alma hecha pedazos, a pedirle de rodillas perdón.

Pero tal vez nunca nos hemos visto reflejados también en la figura del hijo mayor: el hijo soberbio, orgulloso, altanero, frío e inmisericorde. Ese hijo tiene el corazón de piedra, y ni la bondad del padre es capaz de romper tanta dureza. Vive en la casa del padre, pero no ama al padre; tolera su señorío y más parece un esclavo, un jornalero a la fuerza que un verdadero hijo. Lo critica en su interior y se convierte en un juez implacable; no condivide con el padre lo que él más ama y se muestra envidioso de su bondad y de su generosidad. Se siente injustamente tratado y mal pagado, y se queja amargamente con aquella dura recrimación que, sin duda, contrista hondamente el corazón de su padre: "Mira, en tantos años como te sirvo, nunca me has dado un cabrito para comerlo con mis amigos"... Y luego le echa en cara la liberalidad con que acoge al hijo, repudiándolo él como hermano: "y cuando regresa ese hijo tuyo, le matas el ternero cebado". Ya no lo considera su hermano -tal vez nunca lo ha considerado así- y, con esto, está diciéndole al padre que no era realmente su padre, puesto que su hermano no era realmente su hermano. Se siente ofendido por la "injusticia" del padre hacia él.

Pero lo más hermoso de la historia es el comportamiento maravilloso del padre. No sólo no impide que el hijo menor se marche de casa, sino que le da, sin protestar, toda la herencia que le corresponde. ¿Qué padre hace eso y se humilla ante una petición insensata y caprichosa de un hijo? Cualquiera de nosotros le hubiera dado un buen bofetón a ese hijo por tamaña insolencia. Y el padre de la parábola no. Le da la herencia y, en vez de maldecirlo, amenazarlo y romper con él –como habría hecho cualquier padre de la tierra- éste vive esperando el día del retorno de aquel hijo ingrato. Sabía que volvería, porque no podría vivir fuera de casa. Y el padre lo espera y se sube a la azotea del palacio todos los días a ver si su hijo volvía. ¡Qué locura de amor, de piedad, de compasión y de misericordia!

Bruno Maggioni, un escriturista contemporáneo, ha publicado recientemente un libro muy sugestivo, titulado: "Un padre con un corazón de madre". Y es un bello comentario a esta parábola de nuestro Señor. El protagonista de la historia no es el hijo pródigo, sino el Padre de las misericordias.

¡Qué gran fiesta organiza cuando el hijo, por fin, llega de nuevo a casa! Cuando lo ve venir, todavía a lo lejos, se lanza a correr desde la azotea del palacio y le sale al encuentro con los brazos abiertos, se echa a su cuello con inmensa ternura y lo cubre de besos. Y enseguida comienza a dar órdenes de fiesta: "Pronto, sacad enseguida el mejor traje y vestídselo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies". Lo primero que hace es restablecerle en su antigua dignidad de hijo del rey. El vestido lo eleva a la condición de huésped de honor; el anillo es el signo de plenos poderes y las sandalias de su categoría de hombre libre. Y continúa: "Traed el ternero cebado y matadle, y celebremos un banquete". ¡Que venga la música y comience el baile!

Es admirable el inmenso poder de la ternura: destruye lo pasado, regenera, da nueva vida. El hijo aquel venía a la casa del padre con la intención de ser un esclavo más, y se ve elevado a la categoría de hijo predilecto, con plenos poderes, y restituida toda su dignidad. Si nosotros hubiéramos tenido que inventar una parábola para hablar de la bondad de Dios y para contar cómo perdona Él, seguramente hubiésemos sido mucho más cautos. Pero el amor de Dios es un amor sin límites, un amor infinito, una ternura que desborda las barreras de lo imaginable.

¡Éste es el Dios Padre, que nos sigue invitando a la conversión en esta Cuaresma! "Conversión" significa, precisamente, "volver a Dios", como el hijo pródigo; o volver con todo el corazón al Padre, como el hijo mayor, aunque nunca nos hayamos marchado de la casa fisicamente, pero sí con el corazón. ¿Quién no se atreverá a volver a los brazos de un Padre tan infinitamente bueno y misericordioso como nuestro Dios?

Propósito
Conocer la vida de san José, o iniciar una novena para preparar su fiesta, por ser un modelo de esposo y padre.

Diálogo con Cristo

Gracias, Señor, por esta oración, por este domingo en que deseo ardientemente contemplar y apreciar tu misericordia para dejarme transformar por tu amor, imitando la docilidad de san José quién siempre supo escuchar y cumplir tu voluntad. Permite que sepa aprovechar este día para «volver» y rectificar el mal que he podido hacer.

Preguntas o comentarios al autor  P. Sergio Cordova LC


viernes, 4 de marzo de 2016

Frutos del sacramento de la Confesión


Diez frutos de la confesión frecuente

Es nuestra manera de “lavarle los pies” al Señor con nuestro arrepentimiento, y ungírselos con nuestro amor y nuestros propósitos de mejora.


Por: P. Eduardo Volpacchio | Fuente: Catholic.net 


Meditación de Lc 7, 36-50
Lucas  7: 36 - 50

36Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa.
37Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume,
38y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.
39Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.»
40Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte.» El dijo: «Di, maestro.»
41Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta.
42Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?»
43Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más.» El le dijo: «Has juzgado bien»,
44y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos.
45No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies.
46No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume.
47Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.»
48Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados.»
49Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?»
50Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz.»

Jesús en casa de Simón. Una mujer convertida (pecadora dice San Lucas, en realidad una ex-pecadora y, por cierto, muy arrepentida) llora a sus pies. No creo que quisiera lavar los pies del Señor, sino simplemente besarlos mil veces, sin querer ni poder contener las lágrimas. El arrepentimiento de amor. Llora sus pecados, llora de amor.

Simón no se da cuenta de lo que está pasando.

Y piensa que es Jesús el que no se da cuenta.

A Simón le desilusiona que Jesús no se dé cuenta de que es una pecadora.

Y él no se da cuenta de que ya no lo es más.


Qué curioso somos los hombres: pensamos que Dios no se da cuenta, cuando los que no nos damos cuenta somos nosotros.

Jesús lo trae a la realidad con una parábola acerca de dos deudores insolventes. ¿Quién amará más? El perdón y el amor. A quién ama más, se le perdona más. A quien se le perdona más, ama más. Una simple regla de proporciones directas. A quien se le perdona menos ama menos. Una ley del amor.

Mandándonos el primer mandamiento el crecimiento del amor, nos interesa mucho esta ley de proporciones del amor.

Jesús no dice que a quien se le perdonan cosas más graves, ama más. No, no es cuestión de dedicarnos a pecar a bestia, para llegar a amar más.

Simplemente al que se le perdona mucho, ama mucho.

Llamativamente, Jesús reclama a Simón una serie de desatenciones: lavado de pies, beso, unción con perfume… ninguna de ellas representa un pecado, ni siquiera venial. Pero Jesús no lo deja pasar porque son faltas de amor. ¿No tendrá acaso Simón que pedir perdón por ellas?

El que ama mucho, se le perdona mucho. ¿Por qué? Porque su amor le lleva a descubrir muchas pequeñas cosas que duelen. Duelen porque ama. Y, porque duelen, ve la necesidad de pedir perdón. Y porque lo pide, se le perdonan. Porque se le perdonan, ama más. ¡Un círculo virtuoso! Descubrir desamor, dolerse, pedir perdón, ser perdonado; entonces amar más, y con más amor se descubrir el desamor...

Amar significa hacer feliz a la persona amada, y esto incluye necesariamente querer “ahorrarle” hasta las pequeñas molestias de nuestros defectos que no acabamos de poder evitar... Y, como no acabamos de poder evitarlos, en cuanto nos damos cuenta, pedimos perdón, para entrar así gozosamente de nuevo en este círculo virtuoso de amor.


Sentido de la confesión frecuente

¿Qué tiene que ver la confesión con todo esto?

Es nuestra manera de “lavarle los pies” al Señor con nuestro arrepentimiento, y ungírselos con nuestro amor y nuestros propósitos de mejora.

A quien se le perdona mucho, ama mucho. Queremos que el Señor nos perdone todos nuestros pecados y también las faltas de amor e imperfecciones que “no llegan” a la categoría de pecado. Porque amamos mucho y queremos amar más todavía.

La Iglesia siempre ha recomendado la práctica de la confesión frecuente (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica,  1458).

¿Por qué? ¿Para qué? No porque sea necesario para comulgar –obviamente si estamos en gracia-. Y tampoco porque tengamos miedo al infierno. Sino como delicadeza de amor.

No porque seamos escrupulosos, y veamos en todo pecados gravísimos. Sabemos que el pecado grave es grave; en cambio el venial, es venial; y las imperfecciones, simples faltas de amor. Pero, el amor hace que también nos duelan las faltas pequeñas, sabiendo que son pequeñas.

Para crecer en delicadeza de conciencia. Para crecer en el amor.

Hay quienes, por más que buscan, no encuentran pecados en su vida. Otros, en cambio se duelen, de fallarle al Señor en cosas pequeñas. Es cuestión de amor.

La confesión no existe sólo para perdonar pecados graves, es un medio excelente de santificación: divino. El lugar de encuentro con la Misericordia infinita de Dios. Y nos interesa mucho vernos inundados por ella. Purificados por la gracia. Santificados por su amor.

Enséñame Señor a Perdonar

Diez frutos de la confesión frecuente

1. Por el hecho de ser un sacramento, su principal efecto es aumentarnos gracia santificante, es decir, la participación de la vida divina en nuestra alma. Y junto con al gracia, las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, y los dones del Espíritu Santo.


2. Este encuentro con la misericordia infinita de Dios va purificando cada vez más nuestra alma. La confesión va remitiendo de parte de la pena temporal debida por nuestros pecados.


3. Con los consejos y aclaraciones que nos dan, ayuda a formar la propia conciencia.


4. La confesión supone varios actos de humildad: hacer examen de conciencia, sinceridad al acusarse de los pecados, superar la vergüenza, obediencia al cumplir la penitencia. Por eso nos hace crecer en esta virtud.


5. Nos permite reconocer mis faltas pequeñas concretas y pedir perdón por ellas. ¿Qué críticas hice hace tres meses? No lo recuerdo. ¿Distracciones u omisiones voluntarias en la oración? ¿Discusiones, ironías faltas de caridad, etc.? En concreto, no me acuerdo. Sé, en general, que debo haber fallado en esas cosas... pero en concreto, sería imposible acordarse. De mis faltas más “gordas” puedo acordarme, pero no de las más comunes, de las que entonces no me arrepentiría por olvido. Más allá que la confesión me perdone también las faltas que sin culpa propia no puedo confesar por olvido, y que Dios nos perdona mucho más de lo que somos capaces de darnos cuenta, sacaríamos mucho más provecho para nuestras almas si las tuviéramos en cuenta.


6. Lo dicho en el número anterior, explica que nos haga crecer en conocimiento propio: la confesión frecuente lleva consigo el examen habitual de nuestra vida. Puedo conocer mejor en qué tengo que mejorar, qué defectos tengo que superar, etc.


7. Nos ayuda a luchar por ser santos. Todos tenemos experiencia de nuestra poca “autonomía de vuelo” y de hecho, nos esforzamos especialmente por mejorar en los períodos de tiempo cercanos a la confesión. Con el paso del tiempo con facilidad vamos aflojando en ese empeño. La explicación es que la confesión nos da una gracia específica para luchar en las cosas en que nos confesamos: Dios no sólo nos perdona, sino que de alguna manera se compromete en ayudarnos a superar esa dificultad. Así la confesión frecuente se convierte en un “arma” indispensable en el camino de la santidad.


8. Recibir la misericordia divina, nos impulsa a ser también nosotros misericordiosos con los demás.


9. Si procuramos confesarnos habitualmente con el mismo confesor, nos conocerá mejor, lo que permitirá que sus consejos sean más personales según las necesidades de nuestra alma.


10. Nos llena de alegría y paz interior.


¿Cada cuanto sería bueno que me confiese?

En general no hay reglas fijas. El único punto de referencia es la obligación que nos señala la Iglesia de hacerlo al menos una vez al año (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1457).

Dependerá de las necesidades de cada alma y de la facilidad que se tenga para encontrar un confesor.

Quien está en pecado mortal, debería confesarse cuanto antes para recuperar la gracia, y así tener la gracia santificante vivificando su vida, al Espíritu Santo habitando en su alma, y también para poder volver a comulgar.


Quien no tiene pecados mortales, dependerá de sus expectativas de santidad: cuanto más santo quiera ser, más se confesará (obviamente dentro de ciertos límites, en principio no hace falta hacerlo más de una vez por semana).


A un cristiano practicante, que quiere evitar el pecado y vivir cerca de Dios, le aconsejaría que lo haga al menos una vez por mes.


A un cristiano que quisiera cultivar su vida interior, le aconsejaría hacerlo cada quince días –o incluso semanalmente-, para así poder también tener una guía para su alma. Basta recordar que una de las condiciones para ganar indulgencias es la confesión dentro de la semana en que se ha realizado la acción indulgenciada.
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