martes, 6 de octubre de 2026

San Agustín: El Combate Cristiano - Capítulos XX al XXV

 

EL COMBATE CRISTIANO

Traductor: Lope Cilleruelo, OSA

Revisión: Domingo Natal, OSA


CAPÍTULO XXI

El Verbo no tomó solo el cuerpo

23. Ni escuchemos a los que dicen que el Verbo de Dios tomó solamente el cuerpo, y así interpretan lo que se dijo: el Verbo se hizo carne, negando que asumiese al hombre, el alma o cosa humana alguna, a no ser la carne sola. Pues yerran mucho, y no entienden que solo se nombró la carne en aquello que se dijo: el Verbo se hizo carne, porque a los ojos de los hombres, por los que aquélla se asumió, solo la carne aparece. Pues si es absurdo y muy indigno que aquel hombre no tuviera espíritu humano, como ya hemos dicho antes, más absurdo aún será que no tenga espíritu ni alma, y sólo tenga lo que, incluso en los animales, es lo más ínfimo y vil, esto es, el cuerpo. Excluyamos, pues, también de nuestra fe esta impiedad y creamos que el Verbo de Dios asumió el hombre entero y perfecto.

CAPÍTULO XXII

Cristo nació de mujer

24. No escuchemos tampoco a los que dicen que nuestro Señor tuvo un cuerpo semejante a la paloma que vio Juan Bautista descender del cielo y posarse sobre Jesús como símbolo del Espíritu Santo. Así, pretenden hacer creer que el Hijo de Dios no nació de mujer, porque dicen que, si convenía mostrarlo a los ojos de la carne, pudo asumir un cuerpo como el Espíritu Santo, pues aquella paloma, aseguran, no había nacido de un huevo y, sin embargo, pudo aparecer ante los ojos humanos. A éstos hay que contestarles, en primer lugar, que donde leemos que el Espíritu Santo se apareció a Juan en figura de paloma 48, allí también leemos que Cristo nació de mujer 49, y no podemos creer una parte del Evangelio y rechazar la otra. ¿Por qué crees que el Espíritu Santo apareció en figura de paloma sino porque lo leíste en el Evangelio? Pues, por eso mismo, creo yo que Cristo nació de una virgen, porque lo he leído en el Evangelio. ¿Por qué el Espíritu Santo no nació de una paloma como Cristo nació de una mujer? La razón es que el Espíritu Santo no vino a libertar a los palomos, sino a dar a entender a los hombres la inocencia y el amor espiritual cuyo símbolo visible es la figura de paloma. En cambio, nuestro Señor Jesucristo que vino a liberar a los hombres, tanto varones como mujeres, porque ambos habían de salvarse, no despreció a los varones, pues se hizo varón, ni tampoco a las mujeres, pues nació de mujer. A esto se añade un gran misterio: ya que por la mujer nos vino la muerte, por la mujer se nos dio la vida, para que el diablo fuera vencido y atormentado por ambos géneros, femenino y masculino, ya que cantaba victoria por la ruina de los dos. Pequeño hubiera sido el rescate, de libertar ambos géneros, si no hubiera sido menester valerse de ambos para obtener la libertad. Y esto no lo decimos como si afirmásemos que solo el Señor Jesucristo tuviera verdadero cuerpo y que el Espíritu Santo hubiese aparecido, falazmente, a los ojos de los hombres, sino que a esos dos cuerpos creemos verdaderos cuerpos. Pues, como no convenía que el Hijo de Dios engañase a los hombres, tampoco era apropiado que los engañase el Espíritu Santo. Pero al Dios omnipotente que hizo todas las criaturas de la nada, no le era difícil fabricar un verdadero cuerpo de paloma, sin necesidad de padres, como no le fue difícil, aun sin el semen viril, hacer un verdadero cuerpo en el seno de María, pues la naturaleza corporal está sometida al imperio y a la voluntad de Dios, tanto en las entrañas de la mujer, para hacer un nuevo hombre, como en el mismo mundo para hacer una paloma. Pero los hombres necios y miserables no creen que el Dios omnipotente pudiese hacerlo porque ellos no lo pueden hacer o porque nunca en su vida lo vieron.

CAPÍTULO XXIII

El Hijo de Dios padeció sin perder su divinidad

25. Hagamos oídos sordos, también, a los que quieren obligarnos a contar entre la criaturas al Hijo de Dios porque padeció. Pues dicen: Si padeció es mudable, y si es mudable es criatura, porque la sustancia divina no admite alteración. Con éstos, también nosotros decimos que la sustancia divina no admite mutación y que la criatura es mudable. Pero una cosa es ser criatura y otra asumir la criatura. El Hijo unigénito de Dios, que es Virtud y Sabiduría de Dios, y Verbo, por el que se hicieron todas la cosas, aunque no admite alteración alguna, tomó la criatura humana, que Él se dignó levantar cuando aún estaba caída y renovarla cuando estaba decrépita. Y no se deterioró Él por lo que padeció, sino que la mejoró y la trasformó por su resurrección. Por eso, no hemos de negar que el Verbo del Padre, el Hijo único de Dios por el que se hizo todo, nació y padeció por nosotros. Pues también decimos que los mártires padecieron y murieron por el reino de los cielos, y, sin embargo, en esa pasión y muerte no perecieron sus almas. Por esto dice el Señor: No temáis a los que matan el cuerpo, pero nada pueden hacer al alma 50. Pues así como decimos que los mártires padecieron y murieron en el cuerpo que tenían, sin destrucción ni muerte del alma, así el Hijo de Dios decimos que padeció y murió, en el hombre asumido por Él, sin mutación o muerte alguna de su Divinidad.

CAPÍTULO XXIV

Cristo resucitó con el mismo cuerpo que fue sepultado

26. No escuchemos tampoco a los que niegan que el Señor resucitase con el mismo cuerpo que fue depositado en el sepulcro. Si no hubiera sido el mismo, no hubiera dicho a sus discípulos después de la resurrección: Palpad y ved, porque el espíritu no tiene huesos y carne, como veis que tengo yo 51. Es un sacrilegio creer que nuestro Señor, que es la misma Verdad, haya mentido en algo. Ni nos impresione, que, estando las puertas cerradas, de pronto, se apareciese a los discípulos, como está escrito 52, y por eso neguemos que tenía un cuerpo humano, porque, contra la naturaleza de este cuerpo, le vemos entrar con las puertas cerradas. Todo es posible para Dios 53. Así, caminar sobre las aguas es notoriamente contra la naturaleza de ese cuerpo, y, sin embargo, no solamente el mismo Señor caminó, antes de su pasión, sino que además hizo caminar a Pedro 54. Del mismo modo, también, después de su resurrección hizo lo que quiso de su cuerpo. Si, pues, pudo glorificarlo, antes de su pasión, con un esplendor como el del sol 55, ¿por qué no pudo, también, después de su pasión, reducirlo al nivel de sutilidad que haya querido, de modo que pudiera entrar con las puertas cerradas?

CAPÍTULO XXV

El cuerpo de Cristo fue elevado al cielo

27. Ni oigamos a los que niegan que nuestro Señor llevase al cielo su cuerpo, y citan, a ese propósito, lo que está escrito en el Evangelio: Nadie subió al cielo sino quien descendió del cielo 56. Y dicen: dado que el cuerpo no descendió del cielo, no podía subir al cielo. No entienden que el cuerpo no subió al cielo, pues el Señor ascendió, pero el cuerpo no ascendió, sino que fue llevado al cielo al llevarlo el que ascendió. Es como si, por ejemplo, alguien desciende desnudo de un cerro, y cuando ha descendido se viste y, vestido, sube de nuevo. Con razón, ciertamente, decimos: Nadie ascendió sino el que descendió, y no tenemos en cuenta el vestido que consigo se llevó, sino que decimos tan solo que subió quien ya se vistió.

Fuente: Augustinus.it

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