jueves, 22 de octubre de 2026

San Agustín: El Combate Cristiano - Capítulos XXXI a XXXIII

 

EL COMBATE CRISTIANO

Traductor: Lope Cilleruelo, OSA

Revisión: Domingo Natal, OSA



CAPÍTULO XXXI

La iglesia puede perdonar todos los pecados.
Las viudas pueden casarse

33. No escuchemos tampoco a los que niegan que la Iglesia de Dios pueda perdonar todos los pecados. Así, estos miserables como no vieron en Pedro la piedra, y por negarse a creer que a la Iglesia le han sido dadas las llaves del reino de los cielos, ellos las han perdido entre sus manos. Estos son los que condenan a las viudas como adúlteras, cuando vuelven a casarse, y proclaman que son más puros que la doctrina apostólica. Estos cátaros, si quisieran reconocer su verdadero nombre tendrían que llamarse mundanos más bien que mundos 84. Y, puesto que cuando pecan no quieren corregirse, no han elegido otra cosa que ser condenados con el mundo. Porque a los pecadores les niegan el perdón, pero no es para curarlos en salud, sino que le quitan la medicina al enfermo, y obligan a las viudas a quemarse sin permitirles casarse. No hemos de tenerles por más prudentes que el apóstol Pablo, que prefirió que se casasen antes de que se abrasasen 85.

CAPÍTULO XXXII

Hay que admitir la resurrección de la carne

34. Ni escuchemos a los que niegan la futura resurrección de la carne, y recuerdan lo que dice el apóstol Pablo: la carne y la sangre no poseerán el reino de Dios 86. No entienden lo que dice el mismo Apóstol: es preciso que esto corruptible se revista de incorrupción y que esto mortal se revista de inmortalidad 87. Cuando esto se realice ya no habrá carne ni sangre, sino un cuerpo celestial. Es lo que promete el Señor cuando dice: no se casarán ni tomarán esposa, sino que serán como los ángeles de Dios 88. Pues ya no vivirán para los hombres, sino para Dios, cuando sean hechos iguales a los ángeles. La carne y la sangre se transformarán y se harán un cuerpo celeste y angelical. Y los muertos resucitarán incorruptos y nosotros seremos transformados 89. Y así será verdad que resucitará la carne, aun siendo verdad que la carne y la sangre no poseerán el reino de Dios.

CAPÍTULO XXXIII

Conclusión

35. Nutrámonos, pues, en Cristo, amamantados por esta simplicidad y sinceridad de la fe. Y mientras seamos párvulos no apetezcamos el alimento de los adultos, sino que crezcamos en Cristo, con estos alimentos salubérrimos, entregados a las buenas costumbres y a la justicia cristiana, en la que se perfecciona y confirma la caridad de Dios y del prójimo, para que cada uno de nosotros triunfe en sí mismo y por Cristo, de quien ya se ha revestido, del diablo enemigo y sus ángeles. Porque la caridad perfecta excluye el amor y el temor del mundo, esto es, la codicia de adquirir bienes temporales y el temor a perderlos. Por esas dos puertas entra y reina el enemigo, que debe ser arrojado primero con el temor de Dios y después por la caridad. Pues tanto más debemos apetecer el conocimiento manifiesto y sincero de la verdad cuanto más vemos que progresamos en la caridad y cuanto más purificado tengamos el corazón con su simplicidad, porque con esa mirada interior se hace visible la verdad, según se dice: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios 90. Para que, arraigados y apoyados en la caridad, alcancemos a comprender, con todos los santos, cuál sea la anchura y la longitud, la altura y profundidad, y conozcamos también la supereminente ciencia de la caridad de Cristo, para que nos llenemos de toda la plenitud de Dios 91. Y así, después de este combate contra el enemigo invisible, merezcamos la corona de la victoria, ya que, para los que lo quieren y lo aman, el yugo de Cristo es suave y su carga ligera 92.

Fuente: Augustinus.it


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