lunes, 29 de junio de 2015

San Pedro y San Pablo 29 de Junio


Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

Un testimonio firmado con la propia sangre: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”


La de hoy es una solemnidad que nos invita a reposar en la Palabra. El martirio de los apóstoles Pedro y Pablo nos da la ocasión para que nos pongamos de cara al misterio de la Iglesia.

Pedro y Pablo: dos caminos y un mismo destino 
Una antigua y muy respetable tradición asocia a Pedro y Pablo. Partiendo de Jerusalén, cada uno de ellos llegó por sus propios medios a la capital del Imperio Romano -en ese momento “centro del mundo”- para animar las comunidades daban testimonio de Cristo en este lugar clave. Allí evangelizaron hasta que sellaron su ministerio apostólico en el martirio, hasta que firmaron su testimonio de Jesús predicado con su propia sangre. 

Como cuenta el historiador Eusebio de Cesarea: 
“Por último de sus iniquidades, el emperador Nerón declaró la primera persecución contra los cristianos cuando los santísimos Apóstoles, Pedro y Pablo fueron coronados en el combate por Cristo con la corona del martirio”

Y también Sulpicio Severo: 
“Por leyes se prohibió la religión y por edicto se declaró no ser lícito el cristianismo. Entonces fueron condenados a muerte Pedro y Pablo. A Pablo le cortaron a espada el cuello, a Pedro lo levantaron en una cruz”. 

Dos martirios grabados en la memoria de la Iglesia

Cuando uno se pasea por las catacumbas romanas como humilde peregrino,  no puede evitar el estremecimiento al ver los nombres de los dos apóstoles grabados el uno al lado del otro en los grafittis de los pasadizos subterráneos. También dos basílicas mayores en Roma llevan sus nombres. Uno los ve a los dos juntos, llevando en sus manos los instrumentos de su martirio: Pedro, la cruz invertida, porque según la tradición se declaró indigno morir de manera idéntica a su Maestro; Pablo, la espada con la que fue decapitado, probablemente en un sitio conocido como “Tres Fuentes”. Estas imágenes las vemos con frecuencia en los capiteles, vitrales, iconos y retablos. 

Por esto no nos extraña que también en el calendario litúrgico de la Iglesia los encontremos asociados en la misma fiesta. Como dijo san Agustín: “Se celebra el mismo día la pasión de los dos apóstoles, pero los dos no hacen más que uno”.

Dos tipos distintos 
Pero, ¿qué hay de común entre el humilde pescador de Galilea y el gran intelectual salido de la academia de Tarso y de la prestigiosa escuela de Gamaliel? 

Pedro anduvo con Jesús de Nazareth por los caminos de Galilea, siguiéndolo con generosidad, tomando el liderazgo entre sus compañeros, sufriendo las consecuencias de la terquedad de su noble corazón. Él acompañó al Maestro hasta el fin, o mejor, casi hasta el fin, cuando su debilidad lo llevó a negarlo; pero su fidelidad fue finalmente la del amor primero de Jesús, porque la mirada misericordiosa del Señor le llegó bien hondo y lo llamó de nuevo.

Pablo no caminó con el Jesús terreno, ni escuchó sus parábolas, ni compartió con él la cena. Más bien -a pesar de que escuchó hablar de él- lo que hizo fue combatir a los cristianos que propagaban su memoria y afirmaban su resurrección. También él experimentó la misericordia del Resucitado, quien lo llamó en el camino de Damasco e hizo de él el intrépido apóstol que abrió tantos caminos al evangelio y formó muchas de las comunidades que todavía hoy siguen inspirando las nuestras.

Un camino de comunión 
Pedro y Pablo, dos hombres bien diferentes en sus orígenes, formación y temperamento que, a pesar de sus resistencias, fueron ambos llamados y moldeados por las palabras y el Espíritu de Jesús. Pero el mismo Señor hizo que sus ministerios fueran complementarios y los constituyó en pilares de la Iglesia naciente. 

Hay que destacar que el entendimiento entre ellos no fue fácil. Ambos tuvieron que aprender los caminos de la “comunión”, núcleo del evangelio. Por ejemplo, en Gálatas 2,9, Pablo cuenta con alegría como en la visita a Jerusalén Pedro, Santiago y Juan “nos tendieron la mano en señal de comunión”, pero también cómo, luego tuvo que reprenderlo: “al ver que no procedía con rectitud, según la verdad del Evangelio, lo acusó de arrastrar a otros a “actuar la misma comedia” (ver 2,11-14). 

La complementariedad entre los dos apóstoles es necesaria. En materia de “comunión”, la Iglesia no nació “sabida”, ella tuvo que aprender. Es bonito ver eso: a pesar de contar con las “memoria” de la palabras y dichos de Jesús, entre los primeros cristianos nadie sabía de una vez por todas lo que había que hacer en todas las circunstancias de la vida. Por eso, cuando tenían un problema, dialogaban entre ellos y, si era el caso, no tenían reparo en debatir algunos temas polémicos que iban surgiendo. Lo importante era que (1) lo hacían con una fidelidad total al Señor, sin apartar la mirada de Jesús; y (2) se dejaban orientar por los apóstoles. Así, la Iglesia primitiva, fue un verdadero volcán de amor, abierta dócilmente a la guía del Espíritu Santo, pronta para el servicio de la Palabra. Esta era la raíz de la comunión eclesial que fue animada por los apóstoles.

Hoy son motivo de fiesta 
Dice una antigua antífona de la liturgia armenia: “La Iglesia, hoy se regocija. Es la solemnidad de los Apóstoles que la adornaron con joyas sin precio, en la Gloria del Verbo hecho carne”. 


La memoria de los apóstoles Pedro y Pablo no es de ninguna manera secundaria. Cada uno de ellos, con su propio carisma, de Jerusalén a Roma, siguieron el camino de la Palabra, para que la Buena Noticia de Jesús muerto y resucitado pudiera ser escuchada por todos, y para que con su enseñanza la vida en Jesús resucitado tomara forma en los nuevos ambientes en los que penetraba el Evangelio. Su ministerio amasó el pan de la Iglesia con la levadura del Evangelio. 

Veinte siglos después de su muerte, nosotros seguimos en esa misma ruta, dejándonos impactar por el ímpetu de su testimonio e intentando aprender siempre de nuevo una vida de “comunión” en todos los niveles de la Iglesia.

La “Roca” de la Iglesia 
El evangelio se centra en la persona de Pedro, el discípulo que Jesús ha venido educando progresivamente en la fe (ver Mateo 14,31). 

La revelación de la filiación divina de Jesús (“el Hijo de Dios vivo”), que hace de Pablo un apóstol (ver Gálatas 1,16), constituye a Simón Pedro en la roca sobre la cual Jesús construirá su Iglesia, una roca que ni aún las fuerzas del mal conseguirán abatir. Su confesión de fe expresa el sentir de la Iglesia entera, su fe es clara e inequívoca 

Esta escena se presenta en contraluz con dos relatos previos en los que los fariseos y saduceos: (1) son reprendidos por Jesús por pedir un signo para creer (Mateo 16,1-4; y él no les da un signo distinto a su persona); (2) son puestos como ejemplo de la actitud y de la doctrina que no hay que seguir (16,5-12).

Simón le dice a Jesús: “Tú eres…”
Después que le hacen el repaso de las diversas opiniones que la gente tiene acerca de él (16,13-14), Jesús les pregunta a los discípulos qué opinión tienen de Él. Entonces Simón Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (16,16). 

En esta confesión de fe, el apóstol reconoce la doble relacionalidad que caracteriza de manera inequívoca a Jesús: 
Con relación al pueblo, Jesús es el Cristo (Mesías): el único, el último y definitivo rey y pastor del pueblo de Israel, enviado por Dios para darle a este pueblo y a toda la humanidad la plenitud de vida (como se vio en la multiplicación de los panes y los otros milagros). 

Con relación a Dios, Jesús es su Hijo: vive en una relación única, singular con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco, la igualdad y la comunión de amor entre el Padre y entre ellos (ver Mt 11,27). 

El Dios que revela Jesús es calificado como “Dios viviente”. Con esto se quiere decir que se trata del único Dios, el verdadero y real, que es vida en sí mismo, que ha creado todo, que su inmenso poder vence la muerte. 

Pero esto que Pedro dice de Dios tiene que ver directamente con Jesús. Jesús es el único Mesías que, profundamente ligado al poder vital mismo, al Dios viviente, está en capacidad concederle a la humanidad el bienestar verdadero, el crecimiento integral y armónico, y la plenitud de la existencia. Este don de la vida Jesús lo comunicará mediante su donación en el camino de la cruz. 

Jesús le dice a Simón: “Tú eres…” 
Una vez que Pedro confiesa la fe, Jesús se detiene en un bellísimo discurso dirigido a él. Notemos: 
(1) Jesús se dirige a él con nombre propio y con su patronímico (nombre del papá) para indicar:
-Su plena realidad humana: “Simón”. 

-Su origen y su historia: “Hijo de Jonás”.

Jesús le revela el don extraordinario que hizo posible esta confesión: el Padre celestial le dio este conocimiento (ver 11,27; 17,5) que no se puede alcanzar únicamente por medios humanos. Simón no sólo ha sido llamado por Jesús sino que también ha sido privilegiado por el Padre, por eso tiene todos los motivos para ser “Bienaventurado”, es decir, “¡Feliz!”. 

Jesús le pone un nuevo nombre. Al “Tú eres” dicho por Simón a Jesús, Jesús le responde con otro “Tú eres” y le declara su nueva identidad: “Tú eres Pedro”, es decir “Roca”. Este término no aparecía antes en ninguna parte como nombre de persona, es una nueva creación de Jesús. Para Simón comienza una nueva vida. 

Jesús le da una nueva tarea. Con la nueva existencia Jesús le da una nueva responsabilidad (como sucede en Gn 17,5.15; Nm 13,16; 2 Re 24,17). Con tres imágenes Jesús describe la nueva tarea del apóstol:

 La Roca: una roca sobre la que Jesús edificará su Iglesia. La Iglesia es presentada como la comunidad de los que expresan la misma confesión de fe de Pedro. Pedro debe darle consistencia y firmeza a esta comunidad de fe. Por su parte Jesús le promete a la comunidad –la casa edificada sobre ella- una duración perenne y una gran solidez (ver la profecía de 2ª Samuel 7,1-17).



 Las Llaves: no significan que Pedro sea nombrado portero del cielo sino el administrador que representa al dueño de la casa ante los demás y que actúa por delegación suya. La imagen está tomada de Isaías 22,15-25, donde se describe el nombramiento de Eliakim como primer ministro del rey Ezequías de Judá. La imagen refuerza que Jesús sigue siendo el “Señor de la Iglesia”.

 
  El Atar y Desatar: es una imagen que indica la autoridad de su enseñanza (ver lo contrario en Mt 16,12). Pedro debe decir qué se permite y qué no en la comunidad; él tiene la tarea de acoger o excluir de ella. El punto de referencia de su enseñanza es la misma doctrina de Jesús; por ejemplo, en el Sermón de la Montaña Jesús ya ha establecido cuál es el comportamiento necesario para entrar en el cielo (ver 5,20; 7,21). Por esto, aunque su referencia constante es la Palabra de Jesús, la enseñanza de Pedro tiene valor vinculante.

Con sus palabras a Pedro, Jesús se declara una vez más como el Señor de la Iglesia. Jesús es su pastor y nunca la abandona sino que le da una guía con autoridad. En la Iglesia todo proviene de Jesús y apunta a Él. Es cierto que quien edifica la Iglesia es Jesús, Él es el fundamento, la piedra angular. Pedro debe hacer visible este fundamento y esta piedra siendo signo de unidad y de comunión entre todos los discípulos que confiesan la misma fe. Con razón decía San Ambrosio: “Ubi Petrus, Ibi Ecclesia”, es decir, “donde está Pedro, allí está la Iglesia”

Saber decir: “Mi Iglesia”


¿Cómo resuenan en nuestros oídos las palabras del Maestro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”? 

Jesús dice “mi Iglesia”, en singular, no “mis Iglesias”. Él ha pensado y deseado una sola Iglesia, no una multiplicidad de Iglesias independientes, o peor, en conflicto entre ellas. 

“Mía”, además de ser singular, es también un adjetivo posesivo. Jesús reconoce, por tanto, la Iglesia como “suya”, dice “mi Iglesia” como si un hombre dijera “mi esposa” o “mi cuerpo”. Se identifica con ella, no se avergüenza de ella. Sobre los labios de Jesús, la expresión “mi Iglesia” suena de manera idéntica. 

En las palabras de Jesús, notamos un fuerte llamado a todos los discípulos de Jesús a reconciliarse con la Iglesia. Renegar de la Iglesia es como renegar de la propia madre. 

“No puede tener a Dios por Padre”, decía san Cipriano, “quien no tiene a las Iglesia por Madre”. Un buen fruto de esta fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo sería que aprendiéramos a decir también nosotros los miembros de la Iglesia católica a la cual pertenecemos: “¡Mi Iglesia!”.

En sintonía con Dios en esta solemnidad, entremos en el espíritu de los apóstoles Pedro y Pablo, orando juntos:

“Me has dicho: ‘Anda y enseña a todas las naciones’ (Mt 28,19).
Creí y por eso hablé (Sal 116,10; 2 Cor 4,13)
Me prohibieron enseñar en tu Nombre (Hch 5,28),
pero yo obedecí a Dios antes que a los hombres (Hch 5,29).
Fui extremadamente humillado (Sal 116,3),
pero estoy feliz de haber sido considerado digno 
de padecer ultrajes por el Nombre de Jesús (Hch 5,41).
Y cada día, en el Templo y en las casas, 
no dejé de anunciar, oh Jesús, que Tú eres el Cristo (Hch 5,42).
Apacenté el rebaño que me confiaste, 
lo cuidé de buena gana, apacible con todos (1 Pe 5,2).
Los que odiaban la paz me atacaron sin motivo (Sl 12).
Me regocijé por tener parte en tus sufrimientos. 
Me alegraré cuando se manifieste tu Gloria. 
Fui ultrajado por tu Nombre, pero de eso me regocijé, 
pues tu Espíritu, oh Dios, reposó en mí. 
Padecí como cristiano y no tuve vergüenza. 
Glorifiqué a Dios por el Nombre de cristiano (1 Pe 4,14).
Y tú, rompiste mis lazos (Sl 116,16).
Reconocí verdaderamente que Tú mandaste a tu Ángel 
y me libraste de la expectación del pueblo (Hch 12,1-19).
A ti me ofrezco en hostia de alabanza, 
y tu Nombre aún lo invoco (Sl 116,4).
Cumplo mi promesa a la faz de todo el pueblo, 
en los atrios de tu Templo Santo, en medio de Jerusalén (Sl 116,18-19),
no dejaré de anunciar que Tú eres el Cristo”
(Oración compuesta con base en el Salmo 116, pasajes de los Hechos de los Apóstoles y 1ª Pedro 4 y 5; Preparada por el Monasterio Apostólico Piedra Blanca)

jueves, 18 de junio de 2015

18 DE JUNIO DE 1961: APARICIONES DE LA VIRGEN DEL CARMEN EN SAN SEBASTIAN DE GARABANDAL

Nota Aclaratoria: Después de haber sido derogados los cánones 1399 y 2318 del Código de Derecho Canónico, por la decisión de Pablo VI en el “Acta Apostolicae Sedis” (Vol. 58, Número 16) del 15 de noviembre de 1966, publicado el 29 de diciembre del mismo año, los escritos referentes a nuevas publicaciones, manifestaciones, milagros, etc., pueden ser difundidos y leídos por los fieles, incluso sin licencia expresa de la Autoridad Eclesiástica, con tal de que se observe la Moral Cristiana General.
Recordemos también a San Pablo que nos exhorta: "No despreciéis las profecías; examinadlo todo y quedaos con lo bueno" (1ra. de Tesalonicenses 5;20).

***

Mensajes de la Santísima Virgen en Garabandal

Primer Mensaje:

18 de Octubre de 1961.

Hay que hacer muchos sacrificios, mucha penitencia.

Tenemos que visitar al Santísimo con frecuencia.

Pero antes tenemos que ser muy buenos.

Si no lo hacemos nos vendrá un castigo.

Ya se está llenando la copa, y si no cambiamos,
 nos vendrá un castigo muy grande.


 Segundo Mensaje:

18 de Junio de 1965.

La Virgen dijo "Me da mucha pena decíroslo yo, pero os lo tengo que decir para vuestro bien", por esta causa fue el Arcángel San Miguel quien lo dijo a Conchita en la tarde del día 18 de Junio de 1965.


 El mensaje que la Santísima Virgen ha dado al mundo por la intercesión de San Miguel.

El Angel ha dicho:

Como no se ha cumplido y no se ha dado mucho a conocer 
mi mensaje del 18 de octubre, os diré que este es el último.

Antes la copa se estaba llenando, ahora está rebosando.

Los Sacerdotes, Obispos y Cardenales van muchos 
por el camino de la perdición 
y con ellos llevan a muchas mas almas.

La Eucaristía cada vez se le da menos importancia.

Debéis evitar la ira del Buen Dios sobre vosotros con vuestros esfuerzos.

Si le pedís perdón con alma sincera El os perdonará.

Yo, vuestra Madre, por intercesión del Angel San Miguel, 
os quiero decir que os enmendéis.

Ya estáis en los últimos avisos.

Os quiero mucho y no quiero vuestra condenación.

Pedidnos sinceramente y nosotros os lo daremos.

Debéis sacrificaros mas, pensad en la Pasión de Jesús.


lunes, 15 de junio de 2015

Sagrados Corazones de Jesús y María

Consagración de la Familia a los
Sagrados Corazones de Jesús y María



Sagrados Corazones de Jesús y María
unidos en el amor perfecto,
como nos miráis con misericordia y cariño,
consagramos nuestros corazones,
nuestras vidas,
y nuestras familias a Vosotros.


Conocemos que el ejemplo bello
de Vuestro hogar en Nazaret fue un modelo
para cada una de nuestras familias.

Esperamos obtener,
con Vuestra ayuda,
la unión y el amor fuerte y perdurable
que Os disteis.

Qué nuestro hogar sea lleno de gozo.
Qué el afecto sincero, la paciencia, la tolerancia,
y el respeto mutuo
sean dados libremente a todos.

Qué nuestras oraciones
incluyan las necesidades de los otros,
no solamente las nuestras.
Y qué siempre estemos cerca de los sacramentos.

Bendecid a todos los presentes
y también a los ausentes,
tantos los difuntos como los vivientes;
qué la paz esté con nosotros,
y cuando seamos probados,
conceded la resignación cristiana
a la voluntad de Dios.

Mantened nuestras familias cerca
de Vuestros Corazones;
qué Vuestra protección
especial esté siempre con nosotros.
Sagrados Corazones de Jesús y María,
escuchad nuestra oración.

Amén.

º

viernes, 12 de junio de 2015

Fiesta del Inmaculado Corazón de María

Sábado, 20 de junio

Ésta fiesta está íntimamente vinculada con la del Sagrado Corazón de Jesús, la cual se celebra el día anterior, viernes. Ambas fiestas se celebran, viernes y sábado respectivamente,  en la semana siguiente al domingo de Corpus Christi.  Los Corazones de Jesús y de María están maravillosamente unidos en el tiempo y la eternidad desde el momento de la Encarnación. La Iglesia nos enseña que el modo más seguro de llegar a Jesús es por medio de María. Por eso nos consagramos al Corazón de Jesús por medio del Corazón de María.

La fiesta del Corazón Inmaculado de María fue oficialmente establecida en toda la Iglesia por el papa Pío XII, el 4 de mayo de 1944, para obtener por medio de la intercesión de María "la paz entre las naciones, libertad para la Iglesia, la conversión de los pecadores, amor a la pureza y la práctica de las virtudes". Esta fiesta se celebra en la Iglesia todos los años el sábado siguiente al segundo domingo después Pentecostés. 

Después de su entrada a los cielos, el Corazón de María sigue ejerciendo a favor nuestro su amorosa intercesión. El amor de su corazón se dirige primero a Dios y a su Hijo Jesús, pero se extiende también con solicitud maternal sobre todo el género humano que Jesús le confió al morir; y así la alabamos por la    santidad de su Inmaculado Corazón y le solicitamos su ayuda maternal en nuestro camino a su Hijo.  

Una práctica que hoy en día forma parte integral de la devoción al Corazón de María, es la Devoción a los Cinco Primeros Sábados. En diciembre de 1925, la Virgen se le apareció a Lucía Martos, vidente de Fátima y le dijo: "Yo prometo asistir a la hora de la muerte, con las gracias necesarias para la salvación, a todos aquellos que en los primeros sábados de cinco meses consecutivos, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen la tercera parte del Rosario, con intención de darme reparación". Junto con la devoción a los nueve Primeros Viernes de Mes, ésta es una de las devociones más conocidas entre el pueblo creyente.

El Papa Juan Pablo II recientemente declaró que la conmemoración del Inmaculado Corazón de María, será de naturaleza "obligatoria" y no "opcional". Es decir, por primera vez en la Iglesia, la liturgia para esta celebración debe de realizarse en todo el mundo Católico.

Entreguémonos al Corazón de María diciéndole: "¡Llévanos a Jesús de tu mano! ¡Llévanos, Reina y Madre, hasta las profundidades de su Corazón adorable! ¡Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros! 

Fuente: EWTN

jueves, 11 de junio de 2015

LA DEVOCIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS - ORACIÓN DE TRES DÍAS AL SAGRADO CORAZÓN

Día litúrgico: Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús (Tercer viernes después de Pentecostés)



Texto del Evangelio (Jn 19,31-37): En aquel tiempo, los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. 

Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: ‘No se le quebrará hueso alguno’. Y también otra Escritura dice: ‘Mirarán al que traspasaron’.


Comentario: P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP (San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)

«Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza»

Hoy se nos ofrece ante los ojos corporales —mejor todavía, ante los “ojos interiores”, iluminados por la fe— la figura de Cristo que, acabado de morir en la Cruz, tuvo el costado abierto por una lanzada infligida por el centurión. «Al instante salió sangre y agua» (Jn 19,34). ¡Espectáculo angustioso y, a la vez elocuentísimo! No hay ni el más mínimo espacio para sostener la tesis de alguno que afirma una muerte aparente: Jesús está ciertamente muerto al 100%. Es más, aquella misteriosa “agua”, que no saldría de un cuerpo sano, normal, nos indica según la medicina moderna que Cristo debió morir a causa de un infarto o, como decían nuestros antepasados, con el corazón reventado. Sólo en este caso se verifica la separación del suero de los glóbulos rojos. Esto explicaría aquel anómalo “sangre y agua”.

Cristo, por tanto, ha muerto verdaderamente, y ha muerto sea a causa de nuestros pecados, sea por su más vivo y principal deseo: poder cancelar nuestros pecados. «Con mi muerte he vencido la muerte y he exaltado al hombre a la sublimidad del cielo» (Melitón de Sardis). Dios, que ha mantenido la promesa de resucitar a su Hijo, mantendrá también la segunda promesa: nos resucitará también a nosotros y nos elevará a su propia diestra. Pero pone una condición mínima: creer en Él y dejarnos salvar por Él. Dios no impone a nadie su amor en detrimento de la humana libertad.

En fin, sobre aquel Hombre que ha sufrido la lanzada en su corazón, «mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37), nos da confirmación también el Apocalipsis: «Mirad que viene entre nubes, y todo ojo lo verá, especialmente los que le traspasaron» (Ap 1, 7). Ésta es una sagrada exigencia de la divina justicia: al fin, también aquellos que lo han rechazado obstinadamente, lo tendrán que reconocer. Incluso, el tirano autoidólatra, el asesino despiadado, el ateo soberbio..., todos sin excepción se verán constreñidos a arrodillarse ante Él, reconociéndolo como el verdadero, único Dios. ¿No es mejor, entonces, serle amigos desde ahora?

El Sagrado Corazón de Jesús

La devoción al Corazón de Jesús ha existido desde los primeros tiempos de la Iglesia, cuando se meditaba en el costado y el Corazón abierto de Jesús, de donde salió sangre y agua. De ese Corazón nació la Iglesia y por ese Corazón se abrieron las puertas del Cielo. La devoción al Sagrado Corazón está por encima de otras devociones porque veneramos al mismo Corazón de Dios. Pero fue Jesús mismo quien, en el siglo diecisiete, en Paray-le-Monial, Francia, solicitó, a través de una humilde religiosa, que se estableciera definitiva y específicamente la devoción a su Sacratísimo Corazón.

El 16 de junio de 1675 se le apareció Nuestro Señor y le mostró su Corazón a Santa Margarita María de Alacoque. Su Corazón estaba rodeado de llamas de amor, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y, del interior de su corazón, salía una cruz.  Santa Margarita  escuchó a Nuestro Señor decir: "He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor." Con estas palabras Nuestro Señor mismo nos dice en qué consiste la devoción a su Sagrado Corazón. La devoción en sí está dirigida a la persona de Nuestro Señor Jesucristo y a su amor no correspondido, representado por su Corazón.

Dos, pues son los actos esenciales de esta devoción: amor y reparación. Amor, por lo mucho que Él nos ama. Reparación y desagravio, por las muchas injurias que recibe sobre todo en la Sagrada Eucaristía.


ORACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

PRIMER DÍA

Acto de Contrición: Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser Tú quien eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido; también me pesa porque puedes castigarme con las penas del infierno. Ayudado de tu divina Gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuese impuesta

Oración del día: ¡Oh Corazón amantísimo de Jesús!, coronado por la Santa Cruz, árbol frondoso que se nutre con tu Sangre Preciosísima!; en unión de todos los Santos y almas fervorosas que en todos los tiempos y lugares te han amado, te adoro, te amo con todo mi corazón; y para darte una prueba más patente de mi afecto, renuevo y te ofrezco las promesas que hice en el santo Bautismo, prefiriendo tu gracia y tu amor a todas las riquezas de la tierra. Dame, en cambio, Señor, los verdaderos tesoros y riquezas celestiales, que son las virtudes de tu divino Corazón que, como flores olorosas brotan al pie de tu Cruz, rociadas y regadas con tu preciosa Sangre.  Amén.

Un Padrenuestro. Un Avemaría. Un Gloria.

Oración Final: ¡Oh Dios!, protector de cuantos en Ti confían, sin cuyo poder nada hay fuerte, nada hay santo; aumenta en nosotros tus misericordias, para que, siendo Tú quien nos dirijas y nos guíes de tal manera pasemos por las cosas temporales, que no perdamos las eternas. Te lo pedimos por el Corazón de tu Santísimo Hijo Jesús. Amén. 


SEGUNDO DÍA:

Acto de Contrición

Oración del día: ¡Oh, Corazón dulcísimo de Jesús!, ceñido de punzantes espinas, símbolo expresivo de nuestras ingratitudes, que te lastiman y de nuestros pecados, que te despedazan, en unión de todos los Espíritus Angélicos, que sin cesar te alaban y se abrazan en tu amor, te adoro, te amo sobre todas las cosas; y en testimonio de este amor, te ofrezco el propósito que te hago de aborrecer todo pecado. Renuncio de una manera particular a laos placeres del sentido, para gozar del dulcísimo placer de amar tu infinita bondad; concédeme, el espíritu de mortificación y apartamiento del mundo, para poder un día formar parte del coro virginal que te seguirá y como corona te rodeará eternamente. Amén.

Un Padre nuestro. Un Avemaría. Un Gloria.

Oración Final


TERCER DÍA:

Acto de Contrición

Oración del día: ¡Oh, Corazón Sacratísimo de Jesús!, rasgado por el hierro de la lanza, como puerta abierta del Paraíso cuya entrada nos franquean los méritos de tu Pasión santísima!; en unión del Corazón Inmaculado de tu Madre, que te ha amado más que todos los Angeles y hombres, te adoro, te amo cuanto me es posible por las soberanas perfecciones que te adornan; y para hacer más eficaz mi amor, te ofrezco la promesa que e hago de propagar cuanto me sea posible el reinado de tu Divino Corazón y la obediencia a tu santa Iglesia y a sus representantes. Dame, Señor, por la intercesión del Corazón de tu Madre, que lo es también mía, la perseverancia final en tu gracia y en la fe de la Iglesia Católica, a fin de vivir morir y reinar eternamente en la morada deliciosa de tu dulcísimo Corazón. Amén.

Un Padre nuestro. Un Avemaría. Un Gloria.

Oración Final


ACTO DE CONFIANZA EN EL CORAZÓN DE JESÚS 

Oh, Corazón de Jesús, Dios y Hombre verdadero, delicia de los Santos, refugio de los pecadores y esperanza de los que en Ti confían; Tú nos dices amablemente: Vengan a Mí; y nos repites las palabras que dijiste al paralítico: Confía, hijo mío, tus pecados te son perdonados, y a la mujer enferma: Confía, hija, tu fe te ha salvado, y a los Apóstoles: Confíen, Yo Soy, no teman.

Animado con estas palabras acudo a Ti con el corazón lleno de confianza, para decirte sinceramente y desde lo más íntimo de mi alma: Corazón de Jesús en Ti confío.

Sí, Corazón de mi amable Jesús, confío y confiaré siempre en tu bondad; y, por el Corazón de tu Madre, te pido que no desfallezca nunca esta confianza en Ti, a pesar de todas las contrariedades y de todas las pruebas que Tú quisieras enviarme, para que habiendo sido mi consuelo en vida, seas mi refugio en la hora de la muerte y mi gloria por toda la eternidad. Amén


Las Doce Promesas del Sagrado Corazón

En mayo de 1673, el Corazón de Jesús le dio a Santa Margarita María para aquellas almas devotas a su Corazón las siguientes promesas:

* Les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida.
* Les daré paz a sus familias.

* Las consolaré en todas sus penas.

* Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte.

* Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas.

* Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia.

* Las almas tibias se volverán fervorosas.

* Las almas fervorosas harán rápidos progresos en la perfección.

* Bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada.

* Otorgaré a aquellos que se ocupan de la salvación de las almas el don de mover los corazones más endurecidos.

* Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción.

* Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento

viernes, 5 de junio de 2015

Nueve Primeros Viernes de mes: vigilia, oración y comunión reparadora a los ultrajes contra el Sagrado Corazón de Jesús



Una de las prácticas principales vinculadas a la devoción del Sagrado Corazón es la devoción a los nueve Primeros Viernes de mes, la cual se deriva de una de las doce promesas que el Corazón de Jesús hizo a Santa Margarita María de Alacoque. La Iglesia siempre ha consagrado los viernes a nuestro Señor Jesucristo, en conmemoración de su dolorosa Pasión. Hoy se le consagra aún de un modo más especial, desde que Jesús mismo se apareció a Santa Margarita María , haciéndole la gran promesa de la comunión en los Primeros Viernes de mes.

"Yo te prometo en el exceso de misericordia de mi Corazón, que mi amor todopoderoso concederá a aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos... la gracia de la Penitencia final; ellos no morirán en mi desgracia, ni sin recibir los Santos Sacramentos, siéndoles mi Corazón refugio seguro en aquella hora postrera." (Benedicto XV, en la bula de canonización de santa Margarita María de Alacoque recoge estas palabras de Cristo).

La comunión en estos primeros viernes de mes ha de llevar a una profunda renovación espiritual, como reparación por los pecados personales del mes precedente y como ayuda para vivir más unido a Cristo en el siguiente, y a incrementar la entrega al apostolado para la salvación de los hombres.

¡Oh buen Jesús, que prometisteis asistir en vida, y especialmente en la hora de la muerte, a quien invoque con confianza vuestro Divino Corazón! Os ofrezco la comunión del presente día, a fin de obtener por intercesión de María Santísima, vuestra Madre, la gracia de poder hacer este año los nueve primeros viernes que deben ayudarme a merecer el cielo y alcanzar una santa muerte. Amén.

Los frutos espirituales de esta devoción se dejarán ver bien pronto comenzada.

Virgen de Medjugorje - Mensaje del 2 de junio de 2015


Mensaje del 2 de junio de 2015


“Queridos hijos, deseo actuar a través de vosotros, mis hijos, mis apóstoles, para que al final pueda reunir a todos mis hijos allí donde está todo preparado para su felicidad. Oro por vosotros, para que con las obras podáis convertir a los demás, porque ha llegado el tiempo de las obras de la verdad, de mi Hijo. Mi amor obrará en vosotros, me serviré de vosotros. Tened confianza en mí, porque todo lo que deseo, lo deseo para vuestro bien, eterno bien, creado por el Padre Celestial. Vosotros, hijos míos, apóstoles míos, vivís la vida terrena en comunidad con mis hijos que no han conocido el amor de mi Hijo, aquellos que a mí no me llaman Madre. Pero no tengáis miedo de dar testimonio de la verdad, porque, si vosotros no tenéis miedo y dais testimonio con valor, la verdad milagrosamente vencerá. Pero recordad: ¡la fuerza está en el amor! Hijos míos, el amor es arrepentimiento, perdón, oración, sacrificio y misericordia. Si sabéis amar con las obras convertiréis a los demás, permitiréis que la luz de mi Hijo penetre en las almas. ¡Os doy las gracias! Orad por vuestros pastores, ellos pertenecen a mi Hijo, Él los ha llamado. Orad para que siempre tengan la fuerza y el valor de brillar con la luz de mi Hijo.”